The Project Gutenberg EBook of Don Quijote, by Miguel de Cervantes Saavedra This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Don Quijote Author: Miguel de Cervantes Saavedra Posting Date: April 27, 2010 [EBook #2000] Release Date: December, 1999 Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK DON QUIJOTE *** Produced by an anonymous Project Gutenberg volunteer. Text file corrections and new HTML file by Joaquin Cuenca Abela.
por Miguel de Cervantes Saavedra
Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de C�mara del Rey nuestro se�or, de los que residen en su Consejo, certifico y doy fe que, habiendo visto por los se�ores d�l un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maraved�s y medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro docientos y noventa maraved�s y medio, en que se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello conste, di la presente en Valladolid, a veinte d�as del mes de deciembre de mil y seiscientos y cuatro a�os.
Juan Gallo de Andrada.
Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su original; en testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el Colegio de la Madre de Dios de los Te�logos de la Universidad de Alcal�, en primero de diciembre de 1604 a�os.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relaci�n que hab�ades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os hab�a costado mucho trabajo y era muy �til y provechoso, nos pedistes y suplicastes os mand�semos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y previlegio por el tiempo que fu�semos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la prem�tica �ltimamente por nos fecha sobre la impresi�n de los libros dispone, fue acordado que deb�amos mandar dar esta nuestra c�dula para vos, en la dicha raz�n; y nos tuv�moslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, pod�is imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, que desuso se hace menci�n, en todos estos nuestros reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez a�os, que corran y se cuenten desde el dicho d�a de la data desta nuestra c�dula; so pena que la persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mesmo caso pierda la impresi�n que hiciere, con los moldes y aparejos della; y m�s, incurra en pena de cincuenta mil maraved�s cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra C�mara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubi�redes de hacer imprimir el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez a�os, le traig�is al nuestro Consejo, juntamente con el original que en �l fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin d�l de Juan Gallo de Andrada, nuestro Escribano de C�mara, de los que en �l residen, para saber si la dicha impresi�n est� conforme el original; o traig�is fe en p�blica forma de c�mo por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigi� la dicha impresi�n por el original, y se imprimi� conforme a �l, y quedan impresas las erratas por �l apuntadas, para cada un libro de los que as� fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubi�redes de haber. Y mandamos al impresor que as� imprimiere el dicho libro, no imprima el principio ni el primer pliego d�l, ni entregue m�s de un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno, para efeto de la dicha correci�n y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro est� corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y, estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra c�dula y la aprobaci�n, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y prem�ticas destos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo, y a otras cualesquier justicias dellos, guarden y cumplan esta nuestra c�dula y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis d�as del mes de setiembre de mil y seiscientos y cuatro a�os.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro se�or:
Juan de Amezqueta.
marqu�s de Gibrale�n, conde de Benalc�zar y Ba�ares, vizconde de La Puebla de Alcocer, se�or de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como pr�ncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjer�as del vulgo, he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del clar�simo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protecci�n, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudici�n de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente en el juicio de algunos que, contini�ndose en los l�mites de su ignorancia, suelen condenar con m�s rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, f�o que no desde�ar� la cortedad de tan humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra.
Desocupado lector: sin juramento me podr�s creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el m�s hermoso, el m�s gallardo y m�s discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y as�, �qu� podr� engendrar el est�ril y mal cultivado ingenio m�o, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendr� en una c�rcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitaci�n? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del esp�ritu son grande parte para que las musas m�s est�riles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte, casi con las l�grimas en los ojos, como otros hacen, lector car�simo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres; y ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedr�o como el m�s pintado, y est�s en tu casa, donde eres se�or della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que com�nmente se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligaci�n; y as�, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della.
S�lo quisiera d�rtela monda y desnuda, sin el ornato de pr�logo, ni de la inumerabilidad y cat�logo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te s� decir que, aunque me cost� alg�n trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefaci�n que vas leyendo. Muchas veces tom� la pluma para escribille, y muchas la dej�, por no saber lo que escribir�a; y, estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que dir�a, entr� a deshora un amigo m�o, gracioso y bien entendido, el cual, vi�ndome tan imaginativo, me pregunt� la causa; y, no encubri�ndosela yo, le dije que pensaba en el pr�logo que hab�a de hacer a la historia de don Quijote, y que me ten�a de suerte que ni quer�a hacerle, ni menos sacar a luz las haza�as de tan noble caballero.
— Porque, �c�mo quer�is vos que no me tenga confuso el qu� dir� el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos a�os como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis a�os a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de invenci�n, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudici�n y doctrina; sin acotaciones en las m�rgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que est�n otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Arist�teles, de Plat�n y de toda la caterva de fil�sofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres le�dos, eruditos y elocuentes? �Pues qu�, cuando citan la Divina Escritura! No dir�n sino que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un rengl�n han pintado un enamorado destra�do y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo o�lle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qu� acotar en el margen, ni qu� anotar en el fin, ni menos s� qu� autores sigo en �l, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del A.B.C., comenzando en Arist�teles y acabando en Xenofonte y en Zo�lo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. Tambi�n ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celeb�rrimos; aunque, si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo s� que me los dar�an, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen m�s nombre en nuestra Espa�a. En fin, se�or y amigo m�o —prosegu�—, yo determino que el se�or don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltr�n y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me s� decir sin ellos. De aqu� nace la suspensi�n y elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante causa para ponerme en ella la que de m� hab�is o�do.
Oyendo lo cual mi amigo, d�ndose una palmada en la frente y disparando en una carga de risa, me dijo:
— Por Dios, hermano, que agora me acabo de desenga�ar de un enga�o en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. Pero agora veo que est�is tan lejos de serlo como lo est� el cielo de la tierra. �C�mo que es posible que cosas de tan poco momento y tan f�ciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso. �Quer�is ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y ver�is c�mo, en un abrir y cerrar de ojos, confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que dec�s que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballer�a andante.
— Decid —le repliqu� yo, oyendo lo que me dec�a—: �de qu� modo pens�is llenar el vac�o de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusi�n?
A lo cual �l dijo:
— Lo primero en que repar�is de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de t�tulo, se puede remediar en que vos mesmo tom�is alg�n trabajo en hacerlos, y despu�s los pod�is bautizar y poner el nombre que quisi�redes, ahij�ndolos al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda, de quien yo s� que hay noticia que fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detr�s os muerdan y murmuren desta verdad, no se os d� dos maraved�s; porque, ya que os averig�en la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes.
�En lo de citar en las m�rgenes los libros y autores de donde sac�redes las sentencias y dichos que pusi�redes en vuestra historia, no hay m�s sino hacer, de manera que venga a pelo, algunas sentencias o latines que vos sep�is de memoria, o, a lo menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle; como ser� poner, tratando de libertad y cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur auro.
Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si trat�redes del poder de la muerte, acudir luego con:
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas,
Regumque turres.
Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego al punto por la Escritura Divina, que lo pod�is hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico vobis: diligite inimicos vestros. Si trat�redes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la instabilidad de los amigos, ah� est� Cat�n, que os dar� su d�stico:
Donec eris felix, multos numerabis amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.
Y con estos latinicos y otros tales os tendr�n siquiera por gram�tico, que el serlo no es de poca honra y provecho el d�a de hoy.
�En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro, seguramente lo pod�is hacer desta manera: si nombr�is alg�n gigante en vuestro libro, hacelde que sea el gigante Gol�as, y con s�lo esto, que os costar� casi nada, ten�is una grande anotaci�n, pues pod�is poner: El gigante Gol�as, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mat� de una gran pedrada en el valle de Terebinto, seg�n se cuenta en el Libro de los Reyes, en el cap�tulo que vos hall�redes que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosm�grafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el r�o Tajo, y ver�isos luego con otra famosa anotaci�n, poniendo: El r�o Tajo fue as� dicho por un rey de las Espa�as; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar oc�ano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opini�n que tiene las arenas de oro, etc. Si trat�redes de ladrones, yo os dir� la historia de Caco, que la s� de coro; si de mujeres rameras, ah� est� el obispo de Mondo�edo, que os prestar� a Lamia, Laida y Flora, cuya anotaci�n os dar� gran cr�dito; si de crueles, Ovidio os entregar� a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mesmo Julio C�sar os prestar� a s� mismo en sus Comentarios, y Plutarco os dar� mil Alejandros. Si trat�redes de amores, con dos onzas que sep�is de la lengua toscana, topar�is con Le�n Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no quer�is andaros por tierras extra�as, en vuestra casa ten�is a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el m�s ingenioso acertare a desear en tal materia. En resoluci�n, no hay m�s sino que vos procur�is nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aqu� he dicho, y dejadme a m� el cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las m�rgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro.
�Vengamos ahora a la citaci�n de los autores que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy f�cil, porque no hab�is de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos dec�s. Pues ese mismo abecedario pondr�is vos en vuestro libro; que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos ten�ades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quiz� alguno habr� tan simple, que crea que de todos os hab�is aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servir� aquel largo cat�logo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y m�s, que no habr� quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no y�ndole nada en ello. Cuanto m�s que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos dec�s que le falta, porque todo �l es una invectiva contra los libros de caballer�as, de quien nunca se acord� Arist�teles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanz� Cicer�n; ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrolog�a; ni le son de importancia las medidas geom�tricas, ni la confutaci�n de los argumentos de quien se sirve la ret�rica; ni tiene para qu� predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un g�nero de mezcla de quien no se ha de vestir ning�n cristiano entendimiento. S�lo tiene que aprovecharse de la imitaci�n en lo que fuere escribiendo; que, cuanto ella fuere m�s perfecta, tanto mejor ser� lo que se escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira a m�s que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballer�as, no hay para qu� and�is mendigando sentencias de fil�sofos, consejos de la Divina Escritura, f�bulas de poetas, oraciones de ret�ricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oraci�n y per�odo sonoro y festivo; pintando, en todo lo que alcanz�redes y fuere posible, vuestra intenci�n, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos. Procurad tambi�n que, leyendo vuestra historia, el melanc�lico se mueva a risa, el risue�o la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invenci�n, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la m�quina mal fundada destos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos m�s; que si esto alcanz�sedes, no habr�ades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me dec�a, y de tal manera se imprimieron en m� sus razones que, sin ponerlas en disputa, las aprob� por buenas y de ellas mismas quise hacer este pr�logo; en el cual ver�s, lector suave, la discreci�n de mi amigo, la buena ventura m�a en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opini�n, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel, que fue el m�s casto enamorado y el m�s valiente caballero que de muchos a�os a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero, pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendr�s del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballer�as est�n esparcidas.
Y con esto, Dios te d� salud, y a m� no olvide. Vale.
Urganda la desconocida
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dir� el boquirru-
que no pones bien los de-.
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,
ver�s de manos a bo-,
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-.
Y, pues la expiriencia ense-
que el que a buen �rbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en B�jar tu buena estre-
un �rbol real te ofre-
que da pr�ncipes por fru-,
en el cual floreci� un du-
que es nuevo Alejandro Ma-:
llega a su sombra, que a osa-
favorece la fortu-.
De un noble hidalgo manche-
contar�s las aventu-,
a quien ociosas letu-,
trastornaron la cabe-:
damas, armas, caballe-,
le provocaron de mo-,
que, cual Orlando furio-,
templado a lo enamora-,
alcanz� a fuerza de bra-
a Dulcinea del Tobo-.
No indiscretos hierogl�-
estampes en el escu-,
que, cuando es todo figu-,
con ruines puntos se envi-.
Si en la direcci�n te humi-,
no dir�, mofante, algu-:
''�Qu� don �lvaro de Lu-,
qu� Anibal el de Carta-,
qu� rey Francisco en Espa-
se queja de la Fortu-!''
Pues al cielo no le plu-
que salieses tan ladi-
como el negro Juan Lati-,
hablar latines reh�-.
No me despuntes de agu-,
ni me alegues con fil�-,
porque, torciendo la bo-,
dir� el que entiende la le-,
no un palmo de las ore-:
''�Para qu� conmigo flo-?''
No te metas en dibu-,
ni en saber vidas aje-,
que, en lo que no va ni vie-,
pasar de largo es cordu-.
Que suelen en caperu-
darles a los que grace-;
mas t� qu�mate las ce-
s�lo en cobrar buena fa-;
que el que imprime neceda-
dalas a censo perpe-.
Advierte que es desati-,
siendo de vidrio el teja-,
tomar piedras en las ma-
para tirar al veci-.
Deja que el hombre de jui-,
en las obras que compo-,
se vaya con pies de plo-;
que el que saca a luz pape-
para entretener donce-
escribe a tontas y a lo-.
AMAD�S DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
T�, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desde�ado sobre
el gran ribazo de la Pe�a Pobre,
de alegre a penitencia reducida;
t�, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre,
y alz�ndote la plata, esta�o y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera,
sus caballos aguije el rubio Apolo,
tendr�s claro renombre de valiente;
tu patria ser� en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo �nico y solo.
DON BELIAN�S DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Romp�, cort�, aboll�, y dije y hice
m�s que en el orbe caballero andante;
fui diestro, fui valiente, fui arrogante;
mil agravios vengu�, cien mil deshice.
Haza�as di a la Fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;
fue enano para m� todo gigante,
y al duelo en cualquier punto satisfice.
Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
y trajo del copete mi cordura
a la calva Ocasi�n al estricote.
M�s, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, �oh gran Quijote!
LA SE�ORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO
Soneto
�Oh, qui�n tuviera, hermosa Dulcinea,
por m�s comodidad y m�s reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
�Oh, qui�n de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!
�Oh, qui�n tan castamente se escapara
del se�or Amad�s como t� hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!
Que as� envidiada fuera, y no envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue triste,
y gozara los gustos sin escote.
GANDAL�N, ESCUDERO DE AMAD�S DE GAULA, A SANCHO PANZA, ESCUDERO DE DON QUIJOTE
Soneto
Salve, var�n famoso, a quien Fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la azada o la hoz poco repugna
al andante ejercicio; ya est� en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.
Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente invidio,
que mostraron tu cuerda providencia.
Salve otra vez, �oh Sancho!, tan buen hombre,
que a solo t� nuestro espa�ol Ovidio
con buzcorona te hace reverencia.
DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y ROCINANTE
Soy Sancho Panza, escude-
del manchego don Quijo-.
Puse pies en polvoro-,
por vivir a lo discre-;
que el t�cito Villadie-
toda su raz�n de esta-
cifr� en una retira-,
seg�n siente Celesti-,
libro, en mi opini�n, divi-
si encubriera m�s lo huma-.
A Rocinante
Soy Rocinante, el famo-
bisnieto del gran Babie-.
Por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-.
Parejas corr� a lo flo-;
mas, por u�a de caba-,
no se me escap� ceba-;
que esto saqu� a Lazari-
cuando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.
ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde t� te hallares,
invito vencedor, jam�s vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Ang�lica, vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respet� el olvido.
No puedo ser tu igual; que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso.
Mas serlo has m�o, si al soberbio moro
y cita fiero domas, que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.
EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
A vuestra espada no igual� la m�a,
Febo espa�ol, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el d�a.
Imperios despreci�; la monarqu�a
que me ofreci� el Oriente rojo en vano
dej�, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa m�a.
Am�la por milagro �nico y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio infierno
temi� mi brazo, que dom� su rabia.
Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.
DE SOLISD�N A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Maguer, se�or Quijote, que sandeces
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca ser�is de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.
Ser�n vuesas faza�as los joeces,
pues tuertos desfaciendo hab�is andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautivos y raheces.
Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen talante,
en tal desm�n, vueso conorte sea
que Sancho Panza fue mal alcag�ete,
necio �l, dura ella, y vos no amante.
DI�LOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE
Soneto
B. �C�mo est�is, Rocinante, tan delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues, �qu� es de la cebada y de la paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. And�, se�or, que est�is muy mal criado,
pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
�Quer�islo ver? Miraldo enamorado.
B. �Es necedad amar? R. No es gran prudencia.
B. Metaf�sico est�is. R. Es que no como.
B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.
�C�mo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viv�a un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, roc�n flaco y galgo corredor. Una olla de algo m�s vaca que carnero, salpic�n las m�s noches, duelos y quebrantos los s�bados, lantejas los viernes, alg�n palomino de a�adidura los domingos, consum�an las tres partes de su hacienda. El resto della conclu�an sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los d�as de entresemana se honraba con su vellor� de lo m�s fino. Ten�a en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que as� ensillaba el roc�n como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta a�os; era de complexi�n recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que ten�a el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas veros�miles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narraci�n d�l no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los m�s del a�o, se daba a leer libros de caballer�as, con tanta afici�n y gusto, que olvid� casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administraci�n de su hacienda. Y lleg� a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendi� muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballer�as en que leer, y as�, llev� a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parec�an tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parec�an de perlas, y m�s cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desaf�os, donde en muchas partes hallaba escrito: La raz�n de la sinraz�n que a mi raz�n se hace, de tal manera mi raz�n enflaquece, que con raz�n me quejo de la vuestra fermosura. Y tambi�n cuando le�a: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perd�a el pobre caballero el juicio, y desvel�base por entenderlas y desentra�arles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Arist�teles, si resucitara para s�lo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belian�s daba y receb�a, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejar�a de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y se�ales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como all� se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sig�enza—, sobre cu�l hab�a sido mejor caballero: Palmer�n de Ingalaterra o Amad�s de Gaula; mas maese Nicol�s, barbero del mesmo pueblo, dec�a que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le pod�a comparar, era don Galaor, hermano de Amad�s de Gaula, porque ten�a muy acomodada condici�n para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llor�n como su hermano, y que en lo de la valent�a no le iba en zaga.
En resoluci�n, �l se enfrasc� tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los d�as de turbio en turbio; y as�, del poco dormir y del mucho leer, se le sec� el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llen�sele la fantas�a de todo aquello que le�a en los libros, as� de encantamentos como de pendencias, batallas, desaf�os, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asent�sele de tal modo en la imaginaci�n que era verdad toda aquella m�quina de aquellas sonadas so�adas invenciones que le�a, que para �l no hab�a otra historia m�s cierta en el mundo. Dec�a �l que el Cid Ruy D�az hab�a sido muy buen caballero, pero que no ten�a que ver con el Caballero de la Ardiente Espada, que de s�lo un rev�s hab�a partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles hab�a muerto a Rold�n el encantado, vali�ndose de la industria de H�rcules, cuando ahog� a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Dec�a mucho bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generaci�n gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, �l solo era afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos de Montalb�n, y m�s cuando le ve�a salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende rob� aquel �dolo de Mahoma que era todo de oro, seg�n dice su historia. Diera �l, por dar una mano de coces al traidor de Galal�n, al ama que ten�a, y aun a su sobrina de a�adidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el m�s estra�o pensamiento que jam�s dio loco en el mundo; y fue que le pareci� convenible y necesario, as� para el aumento de su honra como para el servicio de su rep�blica, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que �l hab�a le�do que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo g�nero de agravio, y poni�ndose en ocasiones y peligros donde, acab�ndolos, cobrase eterno nombre y fama. Imagin�base el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y as�, con estos tan agradables pensamientos, llevado del estra�o gusto que en ellos sent�a, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que hab�an sido de sus bisabuelos, que, tomadas de or�n y llenas de moho, luengos siglos hab�a que estaban puestas y olvidadas en un rinc�n. Limpi�las y aderez�las lo mejor que pudo, pero vio que ten�an una gran falta, y era que no ten�an celada de encaje, sino morri�n simple; mas a esto supli� su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que, encajada con el morri�n, hac�an una apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y pod�a estar al riesgo de una cuchillada, sac� su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que hab�a hecho en una semana; y no dej� de parecerle mal la facilidad con que la hab�a hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la torn� a hacer de nuevo, poni�ndole unas barras de hierro por de dentro, de tal manera que �l qued� satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia della, la diput� y tuvo por celada fin�sima de encaje.
Fue luego a ver su roc�n, y, aunque ten�a m�s cuartos que un real y m�s tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareci� que ni el Buc�falo de Alejandro ni Babieca el del Cid con �l se igualaban. Cuatro d�as se le pasaron en imaginar qu� nombre le pondr�a; porque, seg�n se dec�a �l a s� mesmo, no era raz�n que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno �l por s�, estuviese sin nombre conocido; y ans�, procuraba acomod�rsele de manera que declarase qui�n hab�a sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en raz�n que, mudando su se�or estado, mudase �l tambi�n el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como conven�a a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba. Y as�, despu�s de muchos nombres que form�, borr� y quit�, a�adi�, deshizo y torn� a hacer en su memoria e imaginaci�n, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que hab�a sido cuando fue roc�n, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso pon�rsele a s� mismo, y en este pensamiento dur� otros ocho d�as, y al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde —como queda dicho— tomaron ocasi�n los autores desta tan verdadera historia que, sin duda, se deb�a de llamar Quijada, y no Quesada, como otros quisieron decir. Pero, acord�ndose que el valeroso Amad�s no s�lo se hab�a contentado con llamarse Amad�s a secas, sino que a�adi� el nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llam� Amad�s de Gaula, as� quiso, como buen caballero, a�adir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morri�n celada, puesto nombre a su roc�n y confirm�ndose a s� mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse; porque el caballero andante sin amores era �rbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma. Dec�ase �l a s�:
— Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ah� con alg�n gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, �no ser� bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce se�ora, y diga con voz humilde y rendido: ''Yo, se�ora, soy el gigante Caraculiambro, se�or de la �nsula Malindrania, a quien venci� en singular batalla el jam�s como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mand� que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de m� a su talante''?
�Oh, c�mo se holg� nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y m�s cuando hall� a quien dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo hab�a una moza labradora de muy buen parecer, de quien �l un tiempo anduvo enamorado, aunque, seg�n se entiende, ella jam�s lo supo, ni le dio cata dello. Llam�base Aldonza Lorenzo, y a �sta le pareci� ser bien darle t�tulo de se�ora de sus pensamientos; y, busc�ndole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran se�ora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque era natural del Toboso; nombre, a su parecer, m�sico y peregrino y significativo, como todos los dem�s que a �l y a sus cosas hab�a puesto.
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar m�s tiempo a poner en efeto su pensamiento, apret�ndole a ello la falta que �l pensaba que hac�a en el mundo su tardanza, seg�n eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y as�, sin dar parte a persona alguna de su intenci�n, y sin que nadie le viese, una ma�ana, antes del d�a, que era uno de los calurosos del mes de julio, se arm� de todas sus armas, subi� sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embraz� su adarga, tom� su lanza, y, por la puerta falsa de un corral, sali� al campo con grand�simo contento y alborozo de ver con cu�nta facilidad hab�a dado principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando le asalt� un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a ley de caballer�a, ni pod�a ni deb�a tomar armas con ning�n caballero; y, puesto que lo fuera, hab�a de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos le hicieron titubear en su prop�sito; mas, pudiendo m�s su locura que otra raz�n alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitaci�n de otros muchos que as� lo hicieron, seg�n �l hab�a le�do en los libros que tal le ten�an. En lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen m�s que un armi�o; y con esto se quiet� y prosigui� su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo quer�a, creyendo que en aquello consist�a la fuerza de las aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:
— �Qui�n duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salidad tan de ma�ana, desta manera?: �Apenas hab�a el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los peque�os y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas hab�an saludado con dulce y meliflua armon�a la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subi� sobre su famoso caballo Rocinante, y comenz� a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel�.
Y era la verdad que por �l caminaba. Y a�adi� diciendo:
— Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldr�n a luz las famosas haza�as m�as, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en m�rmoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. �Oh t�, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ru�gote que no te olvides de mi buen Rocinante, compa�ero eterno m�o en todos mis caminos y carreras!
Luego volv�a diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado:
— �Oh princesa Dulcinea, se�ora deste cautivo coraz�n!, mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Pl�gaos, se�ora, de membraros deste vuestro sujeto coraz�n, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
Con �stos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le hab�an ense�ado, imitando en cuanto pod�a su lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel d�a camin� sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto L�pice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero, lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los Anales de la Mancha, es que �l anduvo todo aquel d�a, y, al anochecer, su roc�n y �l se hallaron cansados y muertos de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubrir�a alg�n castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella que, no a los portales, sino a los alc�zares de su redenci�n le encaminaba. Diose priesa a caminar, y lleg� a ella a tiempo que anochec�a.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, ve�a o imaginaba le parec�a ser hecho y pasar al modo de lo que hab�a le�do, luego que vio la venta, se le represent� que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan. Fuese llegando a la venta, que a �l le parec�a castillo, y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que alg�n enano se pusiese entre las almenas a dar se�al con alguna trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la caballeriza, se lleg� a la puerta de la venta, y vio a las dos destra�das mozas que all� estaban, que a �l le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando. En esto, sucedi� acaso que un porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de puercos —que, sin perd�n, as� se llaman— toc� un cuerno, a cuya se�al ellos se recogen, y al instante se le represent� a don Quijote lo que deseaba, que era que alg�n enano hac�a se�al de su venida; y as�, con estra�o contento, lleg� a la venta y a las damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte, armado y con lanza y adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo, alz�ndose la visera de papel�n y descubriendo su seco y polvoroso rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
— No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno; ca a la orden de caballer�a que profeso non toca ni ata�e facerle a ninguno, cuanto m�s a tan altas doncellas como vuestras presencias demuestran.
Mir�banle las mozas, y andaban con los ojos busc�ndole el rostro, que la mala visera le encubr�a; mas, como se oyeron llamar doncellas, cosa tan fuera de su profesi�n, no pudieron tener la risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a decirles:
— Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez adem�s la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo porque os acuitedes ni mostredes mal talante; que el m�o non es de �l que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las se�oras, y el mal talle de nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en �l el enojo; y pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre que, por ser muy gordo, era muy pac�fico, el cual, viendo aquella figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompa�ar a las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto, temiendo la m�quina de tantos pertrechos, determin� de hablarle comedidamente; y as�, le dijo:
— Si vuestra merced, se�or caballero, busca posada, am�n del lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo dem�s se hallar� en ella en mucha abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza, que tal le pareci� a �l el ventero y la venta, respondi�:
-Para m�, se�or castellano, cualquiera cosa basta, porque
mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc.
Pens� el hu�sped que el haberle llamado castellano hab�a sido por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque �l era andaluz, y de los de la playa de Sanl�car, no menos ladr�n que Caco, ni menos maleante que estudiantado paje; y as�, le respondi�:
— Seg�n eso, las camas de vuestra merced ser�n duras pe�as, y su dormir, siempre velar; y siendo as�, bien se puede apear, con seguridad de hallar en esta choza ocasi�n y ocasiones para no dormir en todo un a�o, cuanto m�s en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el cual se ape� con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo aquel d�a no se hab�a desayunado.
Dijo luego al hu�sped que le tuviese mucho cuidado de su caballo, porque era la mejor pieza que com�a pan en el mundo. Mir�le el ventero, y no le pareci� tan bueno como don Quijote dec�a, ni aun la mitad; y, acomod�ndole en la caballeriza, volvi� a ver lo que su hu�sped mandaba, al cual estaban desarmando las doncellas, que ya se hab�an reconciliado con �l; las cuales, aunque le hab�an quitado el peto y el espaldar, jam�s supieron ni pudieron desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que tra�a atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no poderse quitar los �udos; mas �l no lo quiso consentir en ninguna manera, y as�, se qued� toda aquella noche con la celada puesta, que era la m�s graciosa y estra�a figura que se pudiera pensar; y, al desarmarle, como �l se imaginaba que aquellas tra�das y llevadas que le desarmaban eran algunas principales se�oras y damas de aquel castillo, les dijo con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban d�l;
princesas, del su rocino,
o Rocinante, que �ste es el nombre, se�oras m�as, de mi caballo, y don Quijote de la Mancha el m�o; que, puesto que no quisiera descubrirme fasta que las faza�as fechas en vuestro servicio y pro me descubrieran, la fuerza de acomodar al prop�sito presente este romance viejo de Lanzarote ha sido causa que sep�is mi nombre antes de toda saz�n; pero, tiempo vendr� en que las vuestras se�or�as me manden y yo obedezca, y el valor de mi brazo descubra el deseo que tengo de serviros.
Las mozas, que no estaban hechas a o�r semejantes ret�ricas, no respond�an palabra; s�lo le preguntaron si quer�a comer alguna cosa.
— Cualquiera yantar�a yo —respondi� don Quijote—, porque, a lo que entiendo, me har�a mucho al caso.
A dicha, acert� a ser viernes aquel d�a, y no hab�a en toda la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andaluc�a bacallao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Pregunt�ronle si por ventura comer�a su merced truchuela, que no hab�a otro pescado que dalle a comer.
— Como haya muchas truchuelas —respondi� don Quijote—, podr�n servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto m�s, que podr�a ser que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabr�n. Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusi�ronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y tr�jole el hu�sped una porci�n del mal remojado y peor cocido bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, porque, como ten�a puesta la celada y alzada la visera, no pod�a poner nada en la boca con sus manos si otro no se lo daba y pon�a; y ans�, una de aquellas se�oras serv�a deste menester. Mas, al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una ca�a, y puesto el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo esto lo receb�a en paciencia, a trueco de no romper las cintas de la celada.
Estando en esto, lleg� acaso a la venta un castrador de puercos; y, as� como lleg�, son� su silbato de ca�as cuatro o cinco veces, con lo cual acab� de confirmar don Quijote que estaba en alg�n famoso castillo, y que le serv�an con m�sica, y que el abadejo eran truchas; el pan, candeal; y las rameras, damas; y el ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada su determinaci�n y salida. Mas lo que m�s le fatigaba era el no verse armado caballero, por parecerle que no se podr�a poner leg�timamente en aventura alguna sin recebir la orden de caballer�a.
Y as�, fatigado deste pensamiento, abrevi� su venteril y limitada cena; la cual acabada, llam� al ventero, y, encerr�ndose con �l en la caballeriza, se hinc� de rodillas ante �l, dici�ndole:
— No me levantar� jam�s de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortes�a me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundar� en alabanza vuestra y en pro del g�nero humano.
El ventero, que vio a su hu�sped a sus pies y oy� semejantes razones, estaba confuso mir�ndole, sin saber qu� hacerse ni decirle, y porfiaba con �l que se levantase, y jam�s quiso, hasta que le hubo de decir que �l le otorgaba el don que le ped�a.
— No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, se�or m�o — respondi� don Quijote—; y as�, os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que ma�ana en aquel d�a me hab�is de armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velar� las armas; y ma�ana, como tengo dicho, se cumplir� lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras, en pro de los menesterosos, como est� a cargo de la caballer�a y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes faza�as es inclinado.
El ventero, que, como est� dicho, era un poco socarr�n y ya ten�a algunos barruntos de la falta de juicio de su hu�sped, acab� de creerlo cuando acab� de o�rle semejantes razones, y, por tener qu� re�r aquella noche, determin� de seguirle el humor; y as�, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y ped�a, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como �l parec�a y como su gallarda presencia mostraba; y que �l, ansimesmo, en los a�os de su mocedad, se hab�a dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de M�laga, Islas de Riar�n, Comp�s de Sevilla, Azoguejo de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanl�car, Potro de C�rdoba y las Ventillas de Toledo y otras diversas partes, donde hab�a ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y enga�ando a algunos pupilos, y, finalmente, d�ndose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda Espa�a; y que, a lo �ltimo, se hab�a venido a recoger a aquel su castillo, donde viv�a con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en �l a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condici�n que fuesen, s�lo por la mucha afici�n que les ten�a y porque partiesen con �l de sus haberes, en pago de su buen deseo.
D�jole tambi�n que en aquel su castillo no hab�a capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero que, en caso de necesidad, �l sab�a que se pod�an velar dondequiera, y que aquella noche las podr�a velar en un patio del castillo; que a la ma�ana, siendo Dios servido, se har�an las debidas ceremonias, de manera que �l quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser m�s en el mundo.
Pregunt�le si tra�a dineros; respondi� don Quijote que no tra�a blanca, porque �l nunca hab�a le�do en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese tra�do. A esto dijo el ventero que se enga�aba; que, puesto caso que en las historias no se escrib�a, por haberles parecido a los autores dellas que no era menester escrebir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como eran dineros y camisas limpias, no por eso se hab�a de creer que no los trujeron; y as�, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de que tantos libros est�n llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas, por lo que pudiese sucederles; y que asimismo llevaban camisas y una arqueta peque�a llena de ung�entos para curar las heridas que receb�an, porque no todas veces en los campos y desiertos donde se combat�an y sal�an heridos hab�a quien los curase, si ya no era que ten�an alg�n sabio encantador por amigo, que luego los socorr�a, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando alguna gota della, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno hubiesen tenido. Mas que, en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen prove�dos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ung�entos para curarse; y, cuando suced�a que los tales caballeros no ten�an escuderos, que eran pocas y raras veces, ellos mesmos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parec�an, a las ancas del caballo, como que era otra cosa de m�s importancia; porque, no siendo por ocasi�n semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo, pues a�n se lo pod�a mandar como a su ahijado, que tan presto lo hab�a de ser, que no caminase de all� adelante sin dineros y sin las prevenciones referidas, y que ver�a cu�n bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase.
Prometi�le don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y as�, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande que a un lado de la venta estaba; y, recogi�ndolas don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y, embrazando su adarga, asi� de su lanza y con gentil continente se comenz� a pasear delante de la pila; y cuando comenz� el paseo comenzaba a cerrar la noche.
Cont� el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su hu�sped, la vela de las armas y la armaz�n de caballer�a que esperaba. Admir�ronse de tan estra�o g�nero de locura y fu�ronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado adem�n, unas veces se paseaba; otras, arrimado a su lanza, pon�a los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio dellas. Acab� de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna, que pod�a competir con el que se la prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hac�a era bien visto de todos. Antoj�sele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban sobre la pila; el cual, vi�ndole llegar, en voz alta le dijo:
— �Oh t�, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las armas del m�s valeroso andante que jam�s se ci�� espada!, mira lo que haces y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento.
No se cur� el arriero destas razones (y fuera mejor que se curara, porque fuera curarse en salud); antes, trabando de las correas, las arroj� gran trecho de s�. Lo cual visto por don Quijote, alz� los ojos al cielo, y, puesto el pensamiento —a lo que pareci�— en su se�ora Dulcinea, dijo:
— Acorredme, se�ora m�a, en esta primera afrenta que a este vuestro avasallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alz� la lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza, que le derrib� en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera necesidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogi� sus armas y torn� a pasearse con el mismo reposo que primero. Desde all� a poco, sin saberse lo que hab�a pasado (porque a�n estaba aturdido el arriero), lleg� otro con la mesma intenci�n de dar agua a sus mulos; y, llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote palabra y sin pedir favor a nadie, solt� otra vez la adarga y alz� otra vez la lanza, y, sin hacerla pedazos, hizo m�s de tres la cabeza del segundo arriero, porque se la abri� por cuatro. Al ruido acudi� toda la gente de la venta, y entre ellos el ventero. Viendo esto don Quijote, embraz� su adarga, y, puesta mano a su espada, dijo:
— �Oh se�ora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado coraz�n m�o! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tama�a aventura est� atendiendo.
Con esto cobr�, a su parecer, tanto �nimo, que si le acometieran todos los arrieros del mundo, no volviera el pie atr�s. Los compa�eros de los heridos, que tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el cual, lo mejor que pod�a, se reparaba con su adarga, y no se osaba apartar de la pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les hab�a dicho como era loco, y que por loco se librar�a, aunque los matase a todos. Tambi�n don Quijote las daba, mayores, llam�ndolos de alevosos y traidores, y que el se�or del castillo era un foll�n y mal nacido caballero, pues de tal manera consent�a que se tratasen los andantes caballeros; y que si �l hubiera recebido la orden de caballer�a, que �l le diera a entender su alevos�a:
— Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno: tirad, llegad, venid y ofendedme en cuanto pudi�redes, que vosotros ver�is el pago que llev�is de vuestra sandez y demas�a.
Dec�a esto con tanto br�o y denuedo, que infundi� un terrible temor en los que le acomet�an; y, as� por esto como por las persuasiones del ventero, le dejaron de tirar, y �l dej� retirar a los heridos y torn� a la vela de sus armas con la misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su hu�sped, y determin� abreviar y darle la negra orden de caballer�a luego, antes que otra desgracia sucediese. Y as�, lleg�ndose a �l, se desculp� de la insolencia que aquella gente baja con �l hab�a usado, sin que �l supiese cosa alguna; pero que bien castigados quedaban de su atrevimiento. D�jole como ya le hab�a dicho que en aquel castillo no hab�a capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consist�a en la pescozada y en el espaldarazo, seg�n �l ten�a noticia del ceremonial de la orden, y que aquello en mitad de un campo se pod�a hacer, y que ya hab�a cumplido con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cumpl�a, cuanto m�s, que �l hab�a estado m�s de cuatro. Todo se lo crey� don Quijote, y dijo que �l estaba all� pronto para obedecerle, y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese; porque si fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar persona viva en el castillo, eceto aquellas que �l le mandase, a quien por su respeto dejar�a.
Advertido y medroso desto el castellano, trujo luego un libro donde asentaba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le tra�a un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote estaba, al cual mand� hincar de rodillas; y, leyendo en su manual, como que dec�a alguna devota oraci�n, en mitad de la leyenda alz� la mano y diole sobre el cuello un buen golpe, y tras �l, con su mesma espada, un gentil espaldazaro, siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mand� a una de aquellas damas que le ci�ese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreci�n, porque no fue menester poca para no reventar de risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya hab�an visto del novel caballero les ten�a la risa a raya. Al ce�irle la espada, dijo la buena se�ora:
— Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le d� ventura en lides.
Don Quijote le pregunt� c�mo se llamaba, porque �l supiese de all� adelante a qui�n quedaba obligado por la merced recebida; porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondi� con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remend�n natural de Toledo que viv�a a las tendillas de Sancho Bienaya, y que dondequiera que ella estuviese le servir�a y le tendr�a por se�or. Don Quijote le replic� que, por su amor, le hiciese merced que de all� adelante se pusiese don y se llamase do�a Tolosa. Ella se lo prometi�, y la otra le calz� la espuela, con la cual le pas� casi el mismo coloquio que con la de la espada: pregunt�le su nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual tambi�n rog� don Quijote que se pusiese don y se llamase do�a Molinera, ofreci�ndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa las hasta all� nunca vistas ceremonias, no vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras; y, ensillando luego a Rocinante, subi� en �l, y, abrazando a su hu�sped, le dijo cosas tan estra�as, agradeci�ndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos ret�ricas, aunque con m�s breves palabras, respondi� a las suyas, y, sin pedirle la costa de la posada, le dej� ir a la buen hora.
La del alba ser�a cuando don Quijote sali� de la venta, tan contento, tan gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo. Mas, vini�ndole a la memoria los consejos de su hu�sped cerca de las prevenciones tan necesarias que hab�a de llevar consigo, especial la de los dineros y camisas, determin� volver a su casa y acomodarse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recebir a un labrador vecino suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a prop�sito para el oficio escuderil de la caballer�a. Con este pensamiento gui� a Rocinante hacia su aldea, el cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenz� a caminar, que parec�a que no pon�a los pies en el suelo.
No hab�a andado mucho, cuando le pareci� que a su diestra mano, de la espesura de un bosque que all� estaba, sal�an unas voces delicadas, como de persona que se quejaba; y apenas las hubo o�do, cuando dijo:
— Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profesi�n, y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda, son de alg�n menesteroso o menesterosa, que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encamin� a Rocinante hacia donde le pareci� que las voces sal�an. Y, a pocos pasos que entr� por el bosque, vio atada una yegua a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arriba, hasta de edad de quince a�os, que era el que las voces daba; y no sin causa, porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen talle, y cada azote le acompa�aba con una reprehensi�n y consejo. Porque dec�a:
— La lengua queda y los ojos listos.
Y el muchacho respond�a:
— No lo har� otra vez, se�or m�o; por la pasi�n de Dios, que no lo har� otra vez; y yo prometo de tener de aqu� adelante m�s cuidado con el hato.
Y, viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
— Descort�s caballero, mal parece tomaros con quien defender no se puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza —que tambi�n ten�a una lanza arrimada a la encima adonde estaba arrendada la yegua—, que yo os har� conocer ser de cobardes lo que est�is haciendo.
El labrador, que vio sobre s� aquella figura llena de armas blandiendo la lanza sobre su rostro, t�vose por muerto, y con buenas palabras respondi�:
— Se�or caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado, que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos, el cual es tan descuidado, que cada d�a me falta una; y, porque castigo su descuido, o bellaquer�a, dice que lo hago de miserable, por no pagalle la soldada que le debo, y en Dios y en mi �nima que miente.
— �"Miente", delante de m�, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin m�s r�plica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego.
El labrador baj� la cabeza y, sin responder palabra, desat� a su criado, al cual pregunt� don Quijote que cu�nto le deb�a su amo. �l dijo que nueve meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y hall� que montaban setenta y tres reales, y d�jole al labrador que al momento los desembolsase, si no quer�a morir por ello. Respondi� el medroso villano que para el paso en que estaba y juramento que hab�a hecho —y a�n no hab�a jurado nada—, que no eran tantos, porque se le hab�an de descontar y recebir en cuenta tres pares de zapatos que le hab�a dado y un real de dos sangr�as que le hab�an hecho estando enfermo.
— Bien est� todo eso —replic� don Quijote—, pero qu�dense los zapatos y las sangr�as por los azotes que sin culpa le hab�is dado; que si �l rompi� el cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le hab�is rompido el de su cuerpo; y si le sac� el barbero sangre estando enfermo, vos en sanidad se la hab�is sacado; ans� que, por esta parte, no os debe nada.
— El da�o est�, se�or caballero, en que no tengo aqu� dineros: v�ngase Andr�s conmigo a mi casa, que yo se los pagar� un real sobre otro.
— �Irme yo con �l? —dijo el muchacho—. Mas, �mal a�o! No, se�or, ni por pienso; porque, en vi�ndose solo, me desuelle como a un San Bartolom�.
— No har� tal —replic� don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto; y con que �l me lo jure por la ley de caballer�a que ha recebido, le dejar� ir libre y asegurar� la paga.
— Mire vuestra merced, se�or, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballer�a alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
— Importa eso poco —respondi� don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto m�s, que cada uno es hijo de sus obras.
— As� es verdad —dijo Andr�s—; pero este mi amo, �de qu� obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
— No niego, hermano Andr�s —respondi� el labrador—; y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las �rdenes que de caballer�as hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
— Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—; d�dselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpl�is como lo hab�is jurado; si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escond�is m�s que una lagartija. Y si quer�is saber qui�n os manda esto, para quedar con m�s veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones; y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada.
Y, en diciendo esto, pic� a su Rocinante, y en breve espacio se apart� dellos. Sigui�le el labrador con los ojos, y, cuando vio que hab�a traspuesto del bosque y que ya no parec�a, volvi�se a su criado Andr�s y d�jole:
— Venid ac�, hijo m�o, que os quiero pagar lo que os debo, como aquel deshacedor de agravios me dej� mandado.
— Eso juro yo —dijo Andr�s—; y �c�mo que andar� vuestra merced acertado en cumplir el mandamiento de aquel buen caballero, que mil a�os viva; que, seg�n es de valeroso y de buen juez, vive Roque, que si no me paga, que vuelva y ejecute lo que dijo!
— Tambi�n lo juro yo —dijo el labrador—; pero, por lo mucho que os quiero, quiero acrecentar la deuda por acrecentar la paga.
Y, asi�ndole del brazo, le torn� a atar a la encina, donde le dio tantos azotes, que le dej� por muerto.
— Llamad, se�or Andr�s, ahora —dec�a el labrador— al desfacedor de agravios, ver�is c�mo no desface aqu�ste; aunque creo que no est� acabado de hacer, porque me viene gana de desollaros vivo, como vos tem�ades.
Pero, al fin, le desat� y le dio licencia que fuese a buscar su juez, para que ejecutase la pronunciada sentencia. Andr�s se parti� algo moh�no, jurando de ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contalle punto por punto lo que hab�a pasado, y que se lo hab�a de pagar con las setenas. Pero, con todo esto, �l se parti� llorando y su amo se qued� riendo.
Y desta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote; el cual, content�simo de lo sucedido, pareci�ndole que hab�a dado felic�simo y alto principio a sus caballer�as, con gran satisfaci�n de s� mismo iba caminando hacia su aldea, diciendo a media voz:
— Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, �oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y ser� don Quijote de la Mancha, el cual, como todo el mundo sabe, ayer rescibi� la orden de caballer�a, y hoy ha desfecho el mayor tuerto y agravio que form� la sinraz�n y cometi� la crueldad: hoy quit� el l�tigo de la mano a aquel despiadado enemigo que tan sin ocasi�n vapulaba a aquel delicado infante.
En esto, lleg� a un camino que en cuatro se divid�a, y luego se le vino a la imaginaci�n las encrucejadas donde los caballeros andantes se pon�an a pensar cu�l camino de aqu�llos tomar�an, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo; y, al cabo de haberlo muy bien pensado, solt� la rienda a Rocinante, dejando a la voluntad del roc�n la suya, el cual sigui� su primer intento, que fue el irse camino de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubri� don Quijote un grande tropel de gente, que, como despu�s se supo, eran unos mercaderes toledanos que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y ven�an con sus quitasoles, con otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divis� don Quijote, cuando se imagin� ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en todo cuanto a �l le parec�a posible los pasos que hab�a le�do en sus libros, le pareci� venir all� de molde uno que pensaba hacer. Y as�, con gentil continente y denuedo, se afirm� bien en los estribos, apret� la lanza, lleg� la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caballeros andantes llegasen, que ya �l por tales los ten�a y juzgaba; y, cuando llegaron a trecho que se pudieron ver y o�r, levant� don Quijote la voz, y con adem�n arrogante dijo:
— Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella m�s hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.
Par�ronse los mercaderes al son destas razones, y a ver la estra�a figura del que las dec�a; y, por la figura y por las razones, luego echaron de ver la locura de su due�o; mas quisieron ver despacio en qu� paraba aquella confesi�n que se les ped�a, y uno dellos, que era un poco burl�n y muy mucho discreto, le dijo:
— Se�or caballero, nosotros no conocemos qui�n sea esa buena se�ora que dec�s; mostr�dnosla: que si ella fuere de tanta hermosura como signific�is, de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte vuestra nos es pedida.
— Si os la mostrara —replic� don Quijote—, �qu� hici�rades vosotros en confesar una verdad tan notoria? La importancia est� en que sin verla lo hab�is de creer, confesar, afirmar, jurar y defender; donde no, conmigo sois en batalla, gente descomunal y soberbia. Que, ahora veng�is uno a uno, como pide la orden de caballer�a, ora todos juntos, como es costumbre y mala usanza de los de vuestra ralea, aqu� os aguardo y espero, confiado en la raz�n que de mi parte tengo.
— Se�or caballero —replic� el mercader—, suplico a vuestra merced, en nombre de todos estos pr�ncipes que aqu� estamos, que, porque no encarguemos nuestras conciencias confesando una cosa por nosotros jam�s vista ni o�da, y m�s siendo tan en perjuicio de las emperatrices y reinas del Alcarria y Estremadura, que vuestra merced sea servido de mostrarnos alg�n retrato de esa se�ora, aunque sea tama�o como un grano de trigo; que por el hilo se sacar� el ovillo, y quedaremos con esto satisfechos y seguros, y vuestra merced quedar� contento y pagado; y aun creo que estamos ya tan de su parte que, aunque su retrato nos muestre que es tuerta de un ojo y que del otro le mana bermell�n y piedra azufre, con todo eso, por complacer a vuestra merced, diremos en su favor todo lo que quisiere.
— No le mana, canalla infame —respondi� don Quijote, encendido en c�lera—; no le mana, digo, eso que dec�s, sino �mbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada, sino m�s derecha que un huso de Guadarrama. Pero vosotros pagar�is la grande blasfemia que hab�is dicho contra tama�a beldad como es la de mi se�ora.
Y, en diciendo esto, arremeti� con la lanza baja contra el que lo hab�a dicho, con tanta furia y enojo que, si la buena suerte no hiciera que en la mitad del camino tropezara y cayera Rocinante, lo pasara mal el atrevido mercader. Cay� Rocinante, y fue rodando su amo una buena pieza por el campo; y, queri�ndose levantar, jam�s pudo: tal embarazo le causaban la lanza, adarga, espuelas y celada, con el peso de las antiguas armas. Y, entretanto que pugnaba por levantarse y no pod�a, estaba diciendo:
— �Non fuy�is, gente cobarde; gente cautiva, atended!; que no por culpa m�a, sino de mi caballo, estoy aqu� tendido.
Un mozo de mulas de los que all� ven�an, que no deb�a de ser muy bien intencionado, oyendo decir al pobre ca�do tantas arrogancias, no lo pudo sufrir sin darle la respuesta en las costillas. Y, lleg�ndose a �l, tom� la lanza, y, despu�s de haberla hecho pedazos, con uno dellos comenz� a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le moli� como cibera. D�banle voces sus amos que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su c�lera; y, acudiendo por los dem�s trozos de la lanza, los acab� de deshacer sobre el miserable ca�do, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre �l v�a, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parec�an.
Cans�se el mozo, y los mercaderes siguieron su camino, llevando qu� contar en todo �l del pobre apaleado. El cual, despu�s que se vio solo, torn� a probar si pod�a levantarse; pero si no lo pudo hacer cuando sano y bueno, �c�mo lo har�a molido y casi deshecho? Y a�n se ten�a por dichoso, pareci�ndole que aqu�lla era propia desgracia de caballeros andantes, y toda la atribu�a a la falta de su caballo, y no era posible levantarse, seg�n ten�a brumado todo el cuerpo.
Viendo, pues, que, en efeto, no pod�a menearse, acord� de acogerse a su ordinario remedio, que era pensar en alg�n paso de sus libros; y tr�jole su locura a la memoria aquel de Valdovinos y del marqu�s de Mantua, cuando Carloto le dej� herido en la monti�a, historia sabida de los ni�os, no ignorada de los mozos, celebrada y aun cre�da de los viejos; y, con todo esto, no m�s verdadera que los milagros de Mahoma. �sta, pues, le pareci� a �l que le ven�a de molde para el paso en que se hallaba; y as�, con muestras de grande sentimiento, se comenz� a volcar por la tierra y a decir con debilitado aliento lo mesmo que dicen dec�a el herido caballero del bosque:
-�Donde est�s, se�ora m�a,
que no te duele mi mal?
O no lo sabes, se�ora,
o eres falsa y desleal.
Y, desta manera, fue prosiguiendo el romance hasta aquellos versos que dicen:
-�Oh noble marqu�s de Mantua,
mi t�o y se�or carnal!
Y quiso la suerte que, cuando lleg� a este verso, acert� a pasar por all� un labrador de su mesmo lugar y vecino suyo, que ven�a de llevar una carga de trigo al molino; el cual, viendo aquel hombre all� tendido, se lleg� a �l y le pregunt� que qui�n era y qu� mal sent�a que tan tristemente se quejaba. Don Quijote crey�, sin duda, que aqu�l era el marqu�s de Mantua, su t�o; y as�, no le respondi� otra cosa si no fue proseguir en su romance, donde le daba cuenta de su desgracia y de los amores del hijo del Emperante con su esposa, todo de la mesma manera que el romance lo canta.
El labrador estaba admirado oyendo aquellos disparates; y, quit�ndole la visera, que ya estaba hecha pedazos de los palos, le limpi� el rostro, que le ten�a cubierto de polvo; y apenas le hubo limpiado, cuando le conoci� y le dijo:
— Se�or Quijana —que as� se deb�a de llamar cuando �l ten�a juicio y no hab�a pasado de hidalgo sosegado a caballero andante—, �qui�n ha puesto a vuestra merced desta suerte?
Pero �l segu�a con su romance a cuanto le preguntaba. Viendo esto el buen hombre, lo mejor que pudo le quit� el peto y espaldar, para ver si ten�a alguna herida; pero no vio sangre ni se�al alguna. Procur� levantarle del suelo, y no con poco trabajo le subi� sobre su jumento, por parecer caballer�a m�s sosegada. Recogi� las armas, hasta las astillas de la lanza, y li�las sobre Rocinante, al cual tom� de la rienda, y del cabestro al asno, y se encamin� hacia su pueblo, bien pensativo de o�r los disparates que don Quijote dec�a; y no menos iba don Quijote, que, de puro molido y quebrantado, no se pod�a tener sobre el borrico, y de cuando en cuando daba unos suspiros que los pon�a en el cielo; de modo que de nuevo oblig� a que el labrador le preguntase le dijese qu� mal sent�a; y no parece sino que el diablo le tra�a a la memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque, en aquel punto, olvid�ndose de Valdovinos, se acord� del moro Abindarr�ez, cuando el alcaide de Antequera, Rodrigo de Narv�ez, le prendi� y llev� cautivo a su alcaid�a. De suerte que, cuando el labrador le volvi� a preguntar que c�mo estaba y qu� sent�a, le respondi� las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respond�a a Rodrigo de Narv�ez, del mesmo modo que �l hab�a le�do la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovech�ndose della tan a prop�sito, que el labrador se iba dando al diablo de o�r tanta m�quina de necedades; por donde conoci� que su vecino estaba loco, y d�bale priesa a llegar al pueblo, por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga. Al cabo de lo cual, dijo:
— Sepa vuestra merced, se�or don Rodrigo de Narv�ez, que esta hermosa Jarifa que he dicho es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y har� los m�s famosos hechos de caballer�as que se han visto, vean ni ver�n en el mundo.
A esto respondi� el labrador:
— Mire vuestra merced, se�or, pecador de m�, que yo no soy don Rodrigo de Narv�ez, ni el marqu�s de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarr�ez, sino el honrado hidalgo del se�or Quijana.
— Yo s� qui�n soy —respondi� don Quijote—; y s� que puedo ser no s�lo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las haza�as que ellos todos juntos y cada uno por s� hicieron, se aventajar�n las m�as.
En estas pl�ticas y en otras semejantes, llegaron al lugar a la hora que anochec�a, pero el labrador aguard� a que fuese algo m�s noche, porque no viesen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareci�, entr� en el pueblo, y en la casa de don Quijote, la cual hall� toda alborotada; y estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don Quijote, que estaba dici�ndoles su ama a voces:
— �Qu� le parece a vuestra merced, se�or licenciado Pero P�rez —que as� se llamaba el cura—, de la desgracia de mi se�or? Tres d�as ha que no parecen �l, ni el roc�n, ni la adarga, ni la lanza ni las armas. �Desventurada de m�!, que me doy a entender, y as� es ello la verdad como nac� para morir, que estos malditos libros de caballer�as que �l tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle o�do decir muchas veces, hablando entre s�, que quer�a hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean a Satan�s y a Barrab�s tales libros, que as� han echado a perder el m�s delicado entendimiento que hab�a en toda la Mancha.
La sobrina dec�a lo mesmo, y aun dec�a m�s:
— Sepa, se�or maese Nicol�s —que �ste era el nombre del barbero—, que muchas veces le aconteci� a mi se�or t�o estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos d�as con sus noches, al cabo de los cuales, arrojaba el libro de las manos, y pon�a mano a la espada y andaba a cuchilladas con las paredes; y cuando estaba muy cansado, dec�a que hab�a muerto a cuatro gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio dec�a que era sangre de las feridas que hab�a recebido en la batalla; y beb�ase luego un gran jarro de agua fr�a, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una precios�sima bebida que le hab�a tra�do el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avis� a vuestras mercedes de los disparates de mi se�or t�o, para que lo remediaran antes de llegar a lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros, que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados, como si fuesen de herejes.
— Esto digo yo tambi�n —dijo el cura—, y a fee que no se pase el d�a de ma�ana sin que dellos no se haga acto p�blico y sean condenados al fuego, porque no den ocasi�n a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acab� de entender el labrador la enfermedad de su vecino; y as�, comenz� a decir a voces:
— Abran vuestras mercedes al se�or Valdovinos y al se�or marqu�s de Mantua, que viene malferido, y al se�or moro Abindarr�ez, que trae cautivo el valeroso Rodrigo de Narv�ez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos, y, como conocieron los unos a su amigo, las otras a su amo y t�o, que a�n no se hab�a apeado del jumento, porque no pod�a, corrieron a abrazarle. �l dijo:
— T�nganse todos, que vengo malferido por la culpa de mi caballo. Ll�venme a mi lecho y ll�mese, si fuere posible, a la sabia Urganda, que cure y cate de mis feridas.
— �Mir�, en hora maza —dijo a este punto el ama—, si me dec�a a m� bien mi coraz�n del pie que cojeaba mi se�or! Suba vuestra merced en buen hora, que, sin que venga esa Hurgada, le sabremos aqu� curar. �Malditos, digo, sean otra vez y otras ciento estos libros de caballer�as, que tal han parado a vuestra merced!
Llev�ronle luego a la cama, y, cat�ndole las feridas, no le hallaron ninguna; y �l dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran ca�da con Rocinante, su caballo, combati�ndose con diez jayanes, los m�s desaforados y atrevidos que se pudieran fallar en gran parte de la tierra.
— �Ta, ta! —dijo el cura—. �Jayanes hay en la danza? Para mi santiguada, que yo los queme ma�ana antes que llegue la noche.
Hici�ronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que m�s le importaba. H�zose as�, y el cura se inform� muy a la larga del labrador del modo que hab�a hallado a don Quijote. �l se lo cont� todo, con los disparates que al hallarle y al traerle hab�a dicho; que fue poner m�s deseo en el licenciado de hacer lo que otro d�a hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicol�s, con el cual se vino a casa de don Quijote,
el cual a�n todav�a dorm�a. Pidi� las llaves, a la sobrina, del aposento donde estaban los libros, autores del da�o, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron m�s de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros peque�os; y, as� como el ama los vio, volvi�se a salir del aposento con gran priesa, y torn� luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
— Tome vuestra merced, se�or licenciado: roc�e este aposento, no est� aqu� alg�n encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar ech�ndolos del mundo.
Caus� risa al licenciado la simplicidad del ama, y mand� al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qu� trataban, pues pod�a ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego.
— No —dijo la sobrina—, no hay para qu� perdonar a ninguno, porque todos han sido los da�adores; mejor ser� arrojarlos por las ventanas al patio, y hacer un rimero dellos y pegarles fuego; y si no, llevarlos al corral, y all� se har� la hoguera, y no ofender� el humo.
Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos ten�an de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los t�tulos. Y el primero que maese Nicol�s le dio en las manos fue Los cuatro de Amad�s de Gaula, y dijo el cura:
— Parece cosa de misterio �sta; porque, seg�n he o�do decir, este libro fue el primero de caballer�as que se imprimi� en Espa�a, y todos los dem�s han tomado principio y origen d�ste; y as�, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos, sin escusa alguna, condenar al fuego.
— No, se�or —dijo el barbero—, que tambi�n he o�do decir que es el mejor de todos los libros que de este g�nero se han compuesto; y as�, como a �nico en su arte, se debe perdonar.
— As� es verdad —dijo el cura—, y por esa raz�n se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que est� junto a �l.
— Es —dijo el barbero— las Sergas de Esplandi�n, hijo leg�timo de Amad�s de Gaula.
— Pues, en verdad —dijo el cura— que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, se�ora ama: abrid esa ventana y echadle al corral, y d� principio al mont�n de la hoguera que se ha de hacer.
H�zolo as� el ama con mucho contento, y el bueno de Esplandi�n fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.
— Adelante —dijo el cura.
— Este que viene —dijo el barbero— es Amad�s de Grecia; y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje de Amad�s.
— Pues vayan todos al corral —dijo el cura—; que, a trueco de quemar a la reina Pintiquiniestra, y al pastor Darinel, y a sus �glogas, y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemar� con ellos al padre que me engendr�, si anduviera en figura de caballero andante.
— De ese parecer soy yo —dijo el barbero.
— Y aun yo —a�adi� la sobrina.
— Pues as� es —dijo el ama—, vengan, y al corral con ellos.
Di�ronselos, que eran muchos, y ella ahorr� la escalera y dio con ellos por la ventana abajo.
— �Qui�n es ese tonel? —dijo el cura.
— �ste es —respondi� el barbero— Don Olivante de Laura.
— El autor de ese libro —dijo el cura— fue el mesmo que compuso a Jard�n de flores; y en verdad que no sepa determinar cu�l de los dos libros es m�s verdadero, o, por decir mejor, menos mentiroso; s�lo s� decir que �ste ir� al corral por disparatado y arrogante.
— �ste que se sigue es Florimorte de Hircania —dijo el barbero.
— �Ah� est� el se�or Florimorte? —replic� el cura—. Pues a fe que ha de parar presto en el corral, a pesar de su estra�o nacimiento y sonadas aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con �l y con esotro, se�ora ama.
— Que me place, se�or m�o —respond�a ella; y con mucha alegr�a ejecutaba lo que le era mandado.
— �ste es El Caballero Platir —dijo el barbero.
— Antiguo libro es �ste —dijo el cura—, y no hallo en �l cosa que merezca venia. Acompa�e a los dem�s sin r�plica.
Y as� fue hecho. Abri�se otro libro y vieron que ten�a por t�tulo El Caballero de la Cruz.
— Por nombre tan santo como este libro tiene, se pod�a perdonar su ignorancia; mas tambi�n se suele decir: "tras la cruz est� el diablo"; vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro, dijo:
— �ste es Espejo de caballer�as.
— Ya conozco a su merced —dijo el cura—. Ah� anda el se�or Reinaldos de Montalb�n con sus amigos y compa�eros, m�s ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turp�n; y en verdad que estoy por condenarlos no m�s que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invenci�n del famoso Mateo Boyardo, de donde tambi�n teji� su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto; al cual, si aqu� le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardar� respeto alguno; pero si habla en su idioma, le pondr� sobre mi cabeza.
— Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.
— Ni aun fuera bien que vos le entendi�rades —respondi� el cura—, y aqu� le perdon�ramos al se�or capit�n que no le hubiera tra�do a Espa�a y hecho castellano; que le quit� mucho de su natural valor, y lo mesmo har�n todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jam�s llegar�n al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con m�s acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos, ecetuando a un Bernardo del Carpio que anda por ah� y a otro llamado Roncesvalles; que �stos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisi�n alguna.
Todo lo confirm� el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no dir�a otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que era Palmer�n de Oliva, y junto a �l estaba otro que se llamaba Palmer�n de Ingalaterra; lo cual visto por el licenciado, dijo:
— Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas; y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa �nica, y se haga para ello otra caja como la que hall� Alejandro en los despojos de Dario, que la diput� para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, se�or compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque �l por s� es muy bueno, y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bon�simas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propriedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, se�or maese Nicol�s, que �ste y Amad�s de Gaula queden libres del fuego, y todos los dem�s, sin hacer m�s cala y cata, perezcan.
— No, se�or compadre —replic� el barbero—; que �ste que aqu� tengo es el afamado Don Belian�s.
— Pues �se —replic� el cura—, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada c�lera suya, y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de m�s importancia, para lo cual se les da t�rmino ultramarino, y como se enmendaren, as� se usar� con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no los dej�is leer a ninguno.
— Que me place —respondi� el barbero.
Y, sin querer cansarse m�s en leer libros de caballer�as, mand� al ama que tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien ten�a m�s gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que fuera; y, asiendo casi ocho de una vez, los arroj� por la ventana. Por tomar muchos juntos, se le cay� uno a los pies del barbero, que le tom� gana de ver de qui�n era, y vio que dec�a: Historia del famoso caballero Tirante el Blanco.
— �V�lame Dios! —dijo el cura, dando una gran voz—. �Que aqu� est� Tirante el Blanco! D�dmele ac�, compadre; que hago cuenta que he hallado en �l un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aqu� est� don Quirieleis�n de Montalb�n, valeroso caballero, y su hermano Tom�s de Montalb�n, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la se�ora Emperatriz, enamorada de Hip�lito, su escudero. D�goos verdad, se�or compadre, que, por su estilo, es �ste el mejor libro del mundo: aqu� comen los caballeros, y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los dem�s libros deste g�nero carecen. Con todo eso, os digo que merec�a el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los d�as de su vida. Llevadle a casa y leedle, y ver�is que es verdad cuanto d�l os he dicho.
— As� ser� —respondi� el barbero—; pero, �qu� haremos destos peque�os libros que quedan?
— �stos —dijo el cura— no deben de ser de caballer�as, sino de poes�a.
Y abriendo uno, vio que era La Diana, de Jorge de Montemayor, y dijo, creyendo que todos los dem�s eran del mesmo g�nero:
— �stos no merecen ser quemados, como los dem�s, porque no hacen ni har�n el da�o que los de caballer�as han hecho; que son libros de entendimiento, sin perjuicio de tercero.
— �Ay se�or! —dijo la sobrina—, bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los dem�s, porque no ser�a mucho que, habiendo sanado mi se�or t�o de la enfermedad caballeresca, leyendo �stos, se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y ta�endo; y, lo que ser�a peor, hacerse poeta; que, seg�n dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
— Verdad dice esta doncella —dijo el cura—, y ser� bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasi�n delante. Y, pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y qu�desele en hora buena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros.
— �ste que se sigue —dijo el barbero— es La Diana llamada segunda del Salmantino; y �ste, otro que tiene el mesmo nombre, cuyo autor es Gil Polo.
— Pues la del Salmantino —respondi� el cura—, acompa�e y acreciente el n�mero de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mesmo Apolo; y pase adelante, se�or compadre, y d�monos prisa, que se va haciendo tarde.
— Este libro es —dijo el barbero, abriendo otro— Los diez libros de Fortuna de Amor, compuestos por Antonio de Lofraso, poeta sardo.
— Por las �rdenes que receb� —dijo el cura—, que, desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como �se no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el m�s �nico de cuantos deste g�nero han salido a la luz del mundo; y el que no le ha le�do puede hacer cuenta que no ha le�do jam�s cosa de gusto. D�dmele ac�, compadre, que precio m�s haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.
P�sole aparte con grand�simo gusto, y el barbero prosigui� diciendo:
— Estos que se siguen son El Pastor de Iberia, Ninfas de Henares y Desenga�os de celos.
— Pues no hay m�s que hacer —dijo el cura—, sino entregarlos al brazo seglar del ama; y no se me pregunte el porqu�, que ser�a nunca acabar.
— Este que viene es El Pastor de F�lida.
— No es �se pastor —dijo el cura—, sino muy discreto cortesano; gu�rdese como joya preciosa.
— Este grande que aqu� viene se intitula —dijo el barbero— Tesoro de varias poes�as.
— Como ellas no fueran tantas —dijo el cura—, fueran m�s estimadas; menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene. Gu�rdese, porque su autor es amigo m�o, y por respeto de otras m�s heroicas y levantadas obras que ha escrito.
— �ste es —sigui� el barbero— El Cancionero de L�pez Maldonado.
— Tambi�n el autor de ese libro —replic� el cura— es grande amigo m�o, y sus versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las �glogas, pero nunca lo bueno fue mucho: gu�rdese con los escogidos. Pero, �qu� libro es ese que est� junto a �l?
— La Galatea, de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
— Muchos a�os ha que es grande amigo m�o ese Cervantes, y s� que es m�s versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invenci�n; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quiz� con la emienda alcanzar� del todo la misericordia que ahora se le niega; y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, se�or compadre.
— Que me place —respondi� el barbero—. Y aqu� vienen tres, todos juntos: La Araucana, de don Alonso de Ercilla; La Austr�ada, de Juan Rufo, jurado de C�rdoba, y El Monserrato, de Crist�bal de Viru�s, poeta valenciano.
— Todos esos tres libros —dijo el cura— son los mejores que, en verso heroico, en lengua castellana est�n escritos, y pueden competir con los m�s famosos de Italia: gu�rdense como las m�s ricas prendas de poes�a que tiene Espa�a.
Cans�se el cura de ver m�s libros; y as�, a carga cerrada, quiso que todos los dem�s se quemasen; pero ya ten�a abierto uno el barbero, que se llamaba Las l�grimas de Ang�lica.
— Llor�ralas yo —dijo el cura en oyendo el nombre— si tal libro hubiera mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no s�lo de Espa�a, y fue felic�simo en la traduci�n de algunas f�bulas de Ovidio.
Estando en esto, comenz� a dar voces don Quijote, diciendo:
— Aqu�, aqu�, valerosos caballeros; aqu� es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo.
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pas� adelante con el escrutinio de los dem�s libros que quedaban; y as�, se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni o�dos, La Carolea y Le�n de Espa�a, con Los Hechos del Emperador, compuestos por don Luis de �vila, que, sin duda, deb�an de estar entre los que quedaban; y quiz�, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya �l estaba levantado de la cama, y prosegu�a en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abraz�ronse con �l, y por fuerza le volvieron al lecho; y, despu�s que hubo sosegado un poco, volvi�ndose a hablar con el cura, le dijo:
— Por cierto, se�or arzobispo Turp�n, que es gran mengua de los que nos llamamos doce Pares dejar, tan sin m�s ni m�s, llevar la vitoria deste torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez en los tres d�as antecedentes.
— Calle vuestra merced, se�or compadre —dijo el cura—, que Dios ser� servido que la suerte se mude, y que lo que hoy se pierde se gane ma�ana; y atienda vuestra merced a su salud por agora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que est� malferido.
— Ferido no —dijo don Quijote—, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello; porque aquel bastardo de don Rold�n me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valent�as. Mas no me llamar�a yo Reinaldos de Montalb�n si, en levant�ndome deste lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos; y, por agora, tr�iganme de yantar, que s� que es lo que m�s me har� al caso, y qu�dese lo del vengarme a mi cargo.
Hici�ronlo ans�: di�ronle de comer, y qued�se otra vez dormido, y ellos, admirados de su locura.
Aquella noche quem� y abras� el ama cuantos libros hab�a en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merec�an guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permiti� su suerte y la pereza del escruti�ador; y as�, se cumpli� el refr�n en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron, por entonces, para el mal de su amigo, fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase —quiz� quitando la causa, cesar�a el efeto—, y que dijesen que un encantador se los hab�a llevado, y el aposento y todo; y as� fue hecho con mucha presteza. De all� a dos d�as se levant� don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a
ver sus libros; y, como no hallaba el aposento donde le hab�a dejado, andaba de una en otra parte busc�ndole. Llegaba adonde sol�a tener la puerta, y tent�bala con las manos, y volv�a y revolv�a los ojos por todo, sin decir palabra; pero, al cabo de una buena pieza, pregunt� a su ama que hacia qu� parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que hab�a de responder, le dijo:
— �Qu� aposento, o qu� nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llev� el mesmo diablo.
— No era diablo —replic� la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, despu�s del d�a que vuestra merced de aqu� se parti�, y, ape�ndose de una sierpe en que ven�a caballero, entr� en el aposento, y no s� lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza sali� volando por el tejado, y dej� la casa llena de humo; y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno; s�lo se nos acuerda muy bien a m� y al ama que, al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que ten�a al due�o de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el da�o en aquella casa que despu�s se ver�a. Dijo tambi�n que se llamaba el sabio Mu�at�n.
— Frest�n dir�a —dijo don Quijote.
— No s� —respondi� el ama— si se llamaba Frest�n o Frit�n; s�lo s� que acab� en t�n su nombre.
— As� es —dijo don Quijote—; que �se es un sabio encantador, grande enemigo m�o, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien �l favorece, y le tengo de vencer, sin que �l lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y m�ndole yo que mal podr� �l contradecir ni evitar lo que por el cielo est� ordenado.
— �Qui�n duda de eso? —dijo la sobrina—. Pero, �qui�n le mete a vuestra merced, se�or t�o, en esas pendencias? �No ser� mejor estarse pac�fico en su casa y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo, sin considerar que muchos van por lana y vuelven tresquilados?
— �Oh sobrina m�a —respondi� don Quijote—, y cu�n mal que est�s en la cuenta! Primero que a m� me tresquilen, tendr� peladas y quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle m�s, porque vieron que se le encend�a la c�lera.
Es, pues, el caso que �l estuvo quince d�as en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos, en los cuales d�as pas� gracios�simos cuentos con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que �l dec�a que la cosa de que m�s necesidad ten�a el mundo era de caballeros andantes y de que en �l se resucitase la caballer�a andantesca. El cura algunas veces le contradec�a y otras conced�a, porque si no guardaba este artificio, no hab�a poder averiguarse con �l.
En este tiempo, solicit� don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien —si es que este t�tulo se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera. En resoluci�n, tanto le dijo, tanto le persuadi� y prometi�, que el pobre villano se determin� de salirse con �l y servirle de escudero. Dec�ale, entre otras cosas, don Quijote que se dispusiese a ir con �l de buena gana, porque tal vez le pod�a suceder aventura que ganase, en qu�tame all� esas pajas, alguna �nsula, y le dejase a �l por gobernador della. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza, que as� se llamaba el labrador, dej� su mujer y hijos y asent� por escudero de su vecino.
Dio luego don Quijote orden en buscar dineros; y, vendiendo una cosa y empe�ando otra, y malbarat�ndolas todas, lleg� una razonable cantidad. Acomod�se asimesmo de una rodela, que pidi� prestada a un su amigo, y, pertrechando su rota celada lo mejor que pudo, avis� a su escudero Sancho del d�a y la hora que pensaba ponerse en camino, para que �l se acomodase de lo que viese que m�s le era menester. Sobre todo le encarg� que llevase alforjas; e dijo que s� llevar�a, y que ansimesmo pensaba llevar un asno que ten�a muy bueno, porque �l no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo del asno repar� un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si alg�n caballero andante hab�a tra�do escudero caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determin� que le llevase, con presupuesto de acomodarle de m�s honrada caballer�a en habiendo ocasi�n para ello, quit�ndole el caballo al primer descort�s caballero que topase. Provey�se de camisas y de las dem�s cosas que �l pudo, conforme al consejo que el ventero le hab�a dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallar�an aunque los buscasen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la �nsula que su amo le hab�a prometido. Acert� don Quijote a tomar la misma derrota y camino que el que �l hab�a tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel, por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por ser la hora de la ma�ana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
— Mire vuestra merced, se�or caballero andante, que no se le olvide lo que de la �nsula me tiene prometido; que yo la sabr� gobernar, por grande que sea.
A lo cual le respondi� don Quijote:
— Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las �nsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por m� no falte tan agradecida usanza; antes, pienso aventajarme en ella: porque ellos algunas veces, y quiz� las m�s, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos; y, ya despu�s de hartos de servir y de llevar malos d�as y peores noches, les daban alg�n t�tulo de conde, o, por lo mucho, de marqu�s, de alg�n valle o provincia de poco m�s a menos; pero, si t� vives y yo vivo, bien podr�a ser que antes de seis d�as ganase yo tal reino que tuviese otros a �l adherentes, que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podr�a dar a�n m�s de lo que te prometo.
— De esa manera —respondi� Sancho Panza—, si yo fuese rey por alg�n milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Guti�rrez, mi o�slo, vendr�a a ser reina, y mis hijos infantes.
— Pues, �qui�n lo duda? —respondi� don Quijote.
— Yo lo dudo —replic� Sancho Panza—; porque tengo para m� que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentar�a bien sobre la cabeza de Mari Guti�rrez. Sepa, se�or, que no vale dos maraved�s para reina; condesa le caer� mejor, y aun Dios y ayuda.
— Encomi�ndalo t� a Dios, Sancho —respondi� don Quijote—, que �l dar� lo que m�s le convenga, pero no apoques tu �nimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.
— No lo har�, se�or m�o —respondi� Sancho—; y m�s teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabr� dar todo aquello que me est� bien y yo pueda llevar.
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo; y, as� como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
— La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acert�ramos a desear, porque ves all�, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos m�s, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que �sta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
— �Qu� gigantes? —dijo Sancho Panza.
— Aquellos que all� ves —respondi� su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
— Mire vuestra merced —respondi� Sancho— que aquellos que all� se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
— Bien parece —respondi� don Quijote— que no est�s cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, qu�tate de ah�, y ponte en oraci�n en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y, diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirti�ndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero �l iba tan puesto en que eran gigantes, que ni o�a las voces de su escudero Sancho ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes, iba diciendo en voces altas:
— Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levant�se en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
— Pues, aunque mov�is m�s brazos que los del gigante Briareo, me lo hab�is de pagar.
Y, en diciendo esto, y encomend�ndose de todo coraz�n a su se�ora Dulcinea, pidi�ndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremeti� a todo el galope de Rocinante y embisti� con el primero molino que estaba delante; y, d�ndole una lanzada en el aspa, la volvi� el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llev�ndose tras s� al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudi� Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando lleg� hall� que no se pod�a menear: tal fue el golpe que dio con �l Rocinante.
— �V�lame Dios! —dijo Sancho—. �No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hac�a, que no eran sino molinos de viento, y no lo pod�a ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
— Calla, amigo Sancho —respondi� don Quijote—, que las cosas de la guerra, m�s que otras, est�n sujetas a continua mudanza; cuanto m�s, que yo pienso, y es as� verdad, que aquel sabio Frest�n que me rob� el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
— Dios lo haga como puede —respondi� Sancho Panza.
Y, ayud�ndole a levantar, torn� a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto L�pice, porque all� dec�a don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y, dici�ndoselo a su escudero, le dijo:
— Yo me acuerdo haber le�do que un caballero espa�ol, llamado Diego P�rez de Vargas, habi�ndosele en una batalla roto la espada, desgaj� de una encina un pesado ramo o tronco, y con �l hizo tales cosas aquel d�a, y machac� tantos moros, que le qued� por sobrenombre Machuca, y as� �l como sus decendientes se llamaron, desde aquel d�a en adelante, Vargas y Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco tal y tan bueno como aqu�l, que me imagino y pienso hacer con �l tales haza�as, que t� te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podr�n ser cre�das.
— A la mano de Dios —dijo Sancho—; yo lo creo todo as� como vuestra merced lo dice; pero ender�cese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la ca�da.
— As� es la verdad —respondi� don Quijote—; y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
— Si eso es as�, no tengo yo qu� replicar —respondi� Sancho—, pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De m� s� decir que me he de quejar del m�s peque�o dolor que tenga, si ya no se entiende tambi�n con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dej� de re�r don Quijote de la simplicidad de su escudero; y as�, le declar� que pod�a muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con ella; que hasta entonces no hab�a le�do cosa en contrario en la orden de caballer�a. D�jole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondi�le su amo que por entonces no le hac�a menester; que comiese �l cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomod� Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y, sacando de las alforjas lo que en ellas hab�a puesto, iba caminando y comiendo detr�s de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el m�s regalado bodegonero de M�laga. Y, en tanto que �l iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni ten�a por ning�n trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.
En resoluci�n, aquella noche la pasaron entre unos �rboles, y del uno dellos desgaj� don Quijote un ramo seco que casi le pod�a servir de lanza, y puso en �l el hierro que quit� de la que se le hab�a quebrado. Toda aquella noche no durmi� don Quijote, pensando en su se�ora Dulcinea, por acomodarse a lo que hab�a le�do en sus libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas y despoblados, entretenidos con las memorias de sus se�oras. No la pas� ans� Sancho Panza, que, como ten�a el est�mago lleno, y no de agua de chicoria, de un sue�o se la llev� toda; y no fueran parte para despertarle, si su amo no lo llamara, los rayos del sol, que le daban en el rostro, ni el canto de las aves, que, muchas y muy regocijadamente, la venida del nuevo d�a saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hall�la algo m�s flaca que la noche antes; y afligi�sele el coraz�n, por parecerle que no llevaban camino de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse don Quijote, porque, como est� dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias. Tornaron a su comenzado camino del Puerto L�pice, y a obra de las tres del d�a le descubrieron.
— Aqu� —dijo, en vi�ndole, don Quijote— podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras. Mas advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren caballeros, en ninguna manera te es l�cito ni concedido por las leyes de caballer�a que me ayudes, hasta que seas armado caballero.
— Por cierto, se�or —respondi� Sancho—, que vuestra merced sea muy bien obedicido en esto; y m�s, que yo de m�o me soy pac�fico y enemigo de meterme en ruidos ni pendencias. Bien es verdad que, en lo que tocare a defender mi persona, no tendr� mucha cuenta con esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de quien quisiere agraviarle.
— No digo yo menos —respondi� don Quijote—; pero, en esto de ayudarme contra caballeros, has de tener a raya tus naturales �mpetus.
— Digo que as� lo har� —respondi� Sancho—, y que guardar� ese preceto tan bien como el d�a del domingo.
Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios: que no eran m�s peque�as dos mulas en que ven�an. Tra�an sus antojos de camino y sus quitasoles. Detr�s dellos ven�a un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompa�aban y dos mozos de mulas a pie. Ven�a en el coche, como despu�s se supo, una se�ora vizca�na, que iba a Sevilla, donde estaba su marido, que pasaba a las Indias con un muy honroso cargo. No ven�an los frailes con ella, aunque iban el mesmo camino; mas, apenas los divis� don Quijote, cuando dijo a su escudero:
— O yo me enga�o, o �sta ha de ser la m�s famosa aventura que se haya visto; porque aquellos bultos negros que all� parecen deben de ser, y son sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poder�o.
— Peor ser� esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, se�or, que aqu�llos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le enga�e.
— Ya te he dicho, Sancho —respondi� don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo ver�s.
Y, diciendo esto, se adelant� y se puso en la mitad del camino por donde los frailes ven�an, y, en llegando tan cerca que a �l le pareci� que le podr�an o�r lo que dijese, en alta voz dijo:
— Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche llev�is forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados, as� de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
— Se�or caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen, o no, ningunas forzadas princesas.
— Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla —dijo don Quijote.
Y, sin esperar m�s respuesta, pic� a Rocinante y, la lanza baja, arremeti� contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se dejara caer de la mula, �l le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compa�ero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenz� a correr por aquella campa�a, m�s ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, ape�ndose ligeramente de su asno, arremeti� a �l y le comenz� a quitar los h�bitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y pregunt�ronle que por qu� le desnudaba. Respondi�les Sancho que aquello le tocaba a �l lig�timamente, como despojos de la batalla que su se�or don Quijote hab�a ganado. Los mozos, que no sab�an de burlas, ni entend�an aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de all�, hablando con las que en el coche ven�an, arremetieron con Sancho y dieron con �l en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, torn� a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y, cuando se vio a caballo, pic� tras su compa�ero, que un buen espacio de all� le estaba aguardando, y esperando en qu� paraba aquel sobresalto; y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haci�ndose m�s cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la se�ora del coche, dici�ndole:
— La vuestra fermosura, se�ora m�a, puede facer de su persona lo que m�s le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no pen�is por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa do�a Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de m� hab�is recebido, no quiero otra cosa sino que volv�is al Toboso, y que de mi parte os present�is ante esta se�ora y le dig�is lo que por vuestra libertad he fecho.
Todo esto que don Quijote dec�a escuchaba un escudero de los que el coche acompa�aban, que era vizca�no; el cual, viendo que no quer�a dejar pasar el coche adelante, sino que dec�a que luego hab�a de dar la vuelta al Toboso, se fue para don Quijote y, asi�ndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizca�na, desta manera:
— Anda, caballero que mal andes; por el Dios que cri�me, que, si no dejas coche, as� te matas como est�s ah� vizca�no.
Entendi�le muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondi�:
— Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual replic� el vizca�no:
— �Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, �el agua cu�n presto ver�s que al gato llevas! Vizca�no por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y mientes que mira si otra dices cosa.
— �Ahora lo veredes, dijo Agrajes! —respondi� don Quijote.
Y, arrojando la lanza en el suelo, sac� su espada y embraz� su rodela, y arremeti� al vizca�no con determinaci�n de quitarle la vida. El vizca�no, que as� le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no hab�a que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero av�nole bien que se hall� junto al coche, de donde pudo tomar una almohada que le sirvi� de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La dem�s gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque dec�a el vizca�no en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que �l mismo hab�a de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La se�ora del coche, admirada y temerosa de lo que ve�a, hizo al cochero que se desviase de all� alg�n poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizca�no una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a d�rsela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sinti� la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo:
— �Oh se�ora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que, por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla!
El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizca�no, todo fue en un tiempo, llevando determinaci�n de aventurarlo todo a la de un golpe solo.
El vizca�no, que as� le vio venir contra �l, bien entendi� por su denuedo su coraje, y determin� de hacer lo mesmo que don Quijote; y as�, le aguard� bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte; que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes ni�er�as, no pod�a dar un paso.
Ven�a, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizca�no, con la espada en alto, con determinaci�n de abrirle por medio, y el vizca�no le aguardaba ansimesmo levantada la espada y aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que hab�a de suceder de aquellos tama�os golpes con que se amenazaban; y la se�ora del coche y las dem�s criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las im�genes y casas de devoci�n de Espa�a, porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.
Pero est� el da�o de todo esto que en este punto y t�rmino deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculp�ndose que no hall� m�s escrito destas haza�as de don Quijote de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y as�, con esta imaginaci�n, no se desesper� de hallar el fin desta apacible historia, el cual, si�ndole el cielo favorable, le hall� del modo que se contar� en la segunda parte.
Segunda parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Dejamos en la primera parte desta historia al valeroso vizca�no y al famoso don Quijote con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes, tales que, si en lleno se acertaban, por lo menos se dividir�an y fender�an de arriba abajo y abrir�an como una granada; y que en aquel punto tan dudoso par� y qued� destroncada tan sabrosa historia, sin que nos diese noticia su autor d�nde se podr�a hallar lo que della faltaba.
Caus�me esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber le�do tan poco se volv�a en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrec�a para hallar lo mucho que, a mi parecer, faltaba de tan sabroso cuento. Pareci�me cosa imposible y fuera de toda buena costumbre que a tan buen caballero le hubiese faltado alg�n sabio que tomara a cargo el escrebir sus nunca vistas haza�as, cosa que no falt� a ninguno de los caballeros andantes,
de los que dicen las gentes
que van a sus aventuras,
porque cada uno dellos ten�a uno o dos sabios, como de molde, que no solamente escrib�an sus hechos, sino que pintaban sus m�s m�nimos pensamientos y ni�er�as, por m�s escondidas que fuesen; y no hab�a de ser tan desdichado tan buen caballero, que le faltase a �l lo que sobr� a Platir y a otros semejantes. Y as�, no pod�a inclinarme a creer que tan gallarda historia hubiese quedado manca y estropeada; y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas, el cual, o la ten�a oculta o consumida.
Por otra parte, me parec�a que, pues entre sus libros se hab�an hallado tan modernos como Desenga�o de celos y Ninfas y Pastores de Henares, que tambi�n su historia deb�a de ser moderna; y que, ya que no estuviese escrita, estar�a en la memoria de la gente de su aldea y de las a ella circunvecinas. Esta imaginaci�n me tra�a confuso y deseoso de saber, real y verdaderamente, toda la vida y milagros de nuestro famoso espa�ol don Quijote de la Mancha, luz y espejo de la caballer�a manchega, y el primero que en nuestra edad y en estos tan calamitosos tiempos se puso al trabajo y ejercicio de las andantes armas, y al desfacer agravios, socorrer viudas, amparar doncellas, de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que, si no era que alg�n foll�n, o alg�n villano de hacha y capellina, o alg�n descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta a�os, que en todos ellos no durmi� un d�a debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la hab�a parido. Digo, pues, que, por estos y otros muchos respetos, es digno nuestro gallardo Quijote de continuas y memorables alabanzas; y aun a m� no se me deben negar, por el trabajo y diligencia que puse en buscar el fin desta agradable historia; aunque bien s� que si el cielo, el caso y la fortuna no me ayudan, el mundo quedar� falto y sin el pasatiempo y gusto que bien casi dos horas podr� tener el que con atenci�n la leyere. Pas�, pues, el hallarla en esta manera:
Estando yo un d�a en el Alcan� de Toledo, lleg� un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinaci�n, tom� un cartapacio de los que el muchacho vend�a, y vile con caracteres que conoc� ser ar�bigos. Y, puesto que, aunque los conoc�a, no los sab�a leer, anduve mirando si parec�a por all� alg�n morisco aljamiado que los leyese; y no fue muy dificultoso hallar int�rprete semejante, pues, aunque le buscara de otra mejor y m�s antigua lengua, le hallara. En fin, la suerte me depar� uno, que, dici�ndole mi deseo y poni�ndole el libro en las manos, le abri� por medio, y, leyendo un poco en �l, se comenz� a re�r.
Pregunt�le yo que de qu� se re�a, y respondi�me que de una cosa que ten�a aquel libro escrita en el margen por anotaci�n. D�jele que me la dijese; y �l, sin dejar la risa, dijo:
— Est�, como he dicho, aqu� en el margen escrito esto: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha".
Cuando yo o� decir "Dulcinea del Toboso", qued� at�nito y suspenso, porque luego se me represent� que aquellos cartapacios conten�an la historia de don Quijote. Con esta imaginaci�n, le di priesa que leyese el principio, y, haci�ndolo ans�, volviendo de improviso el ar�bigo en castellano, dijo que dec�a: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador ar�bigo. Mucha discreci�n fue menester para disimular el contento que receb� cuando lleg� a mis o�dos el t�tulo del libro; y, salte�ndosele al sedero, compr� al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que, si �l tuviera discreci�n y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar m�s de seis reales de la compra. Apart�me luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y rogu�le me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni a�adirles nada, ofreci�ndole la paga que �l quisiese. Content�se con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, y prometi� de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar m�s el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco m�s de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aqu� se refiere.
Estaba en el primero cartapacio, pintada muy al natural, la batalla de don Quijote con el vizca�no, puestos en la mesma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela, el otro de la almohada, y la mula del vizca�no tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Ten�a a los pies escrito el vizca�no un t�tulo que dec�a: Don Sancho de Azpetia, que, sin duda, deb�a de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que dec�a: Don Quijote. Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan h�tico confirmado, que mostraba bien al descubierto con cu�nta advertencia y propriedad se le hab�a puesto el nombre de Rocinante. Junto a �l estaba Sancho Panza, que ten�a del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro r�tulo que dec�a: Sancho Zancas, y deb�a de ser que ten�a, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas; y por esto se le debi� de poner nombre de Panza y de Zancas, que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias hab�a que advertir, pero todas son de poca importancia y que no hacen al caso a la verdadera relaci�n de la historia; que ninguna es mala como sea verdadera.
Si a �sta se le puede poner alguna objeci�n cerca de su verdad, no podr� ser otra sino haber sido su autor ar�bigo, siendo muy propio de los de aquella naci�n ser mentirosos; aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ans� me parece a m�, pues, cuando pudiera y debiera estender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria las pasa en silencio: cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apasionados, y que ni el inter�s ni el miedo, el rancor ni la afici�n, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, �mula del tiempo, dep�sito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En �sta s� que se hallar� todo lo que se acertare a desear en la m�s apacible; y si algo bueno en ella faltare, para m� tengo que fue por culpa del galgo de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traduci�n, comenzaba desta manera:
Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parec�a sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que ten�an. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el col�rico vizca�no, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia que, a no volv�rsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le ten�a guardado, torci� la espada de su contrario, de modo que, aunque le acert� en el hombro izquierdo, no le hizo otro da�o que desarmarle todo aquel lado, llev�ndole de camino gran parte de la celada, con la mitad de la oreja; que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dej�ndole muy maltrecho.
�V�lame Dios, y qui�n ser� aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entr� en el coraz�n de nuestro manchego, vi�ndose parar de aquella manera! No se diga m�s, sino que fue de manera que se alz� de nuevo en los estribos, y, apretando m�s la espada en las dos manos, con tal furia descarg� sobre el vizca�no, acert�ndole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre �l una monta�a, comenz� a echar sangre por las narices, y por la boca y por los o�dos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero, con todo eso, sac� los pies de los estribos y luego solt� los brazos; y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos dio con su due�o en tierra.
Est�baselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, salt� de su caballo y con mucha ligereza se lleg� a �l, y, poni�ndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortar�a la cabeza. Estaba el vizca�no tan turbado que no pod�a responder palabra, y �l lo pasara mal, seg�n estaba ciego don Quijote, si las se�oras del coche, que hasta entonces con gran desmayo hab�an mirado la pendencia, no fueran adonde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondi�, con mucho entono y gravedad:
— Por cierto, fermosas se�oras, yo soy muy contento de hacer lo que me ped�s; mas ha de ser con una condici�n y concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par do�a Dulcinea, para que ella haga d�l lo que m�s fuere de su voluntad.
La temerosa y desconsolada se�ora, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote ped�a, y sin preguntar qui�n Dulcinea fuese, le prometi� que el escudero har�a todo aquello que de su parte le fuese mandado.
— Pues en fe de esa palabra, yo no le har� m�s da�o, puesto que me lo ten�a bien merecido.
Ya en este tiempo se hab�a levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y hab�a estado atento a la batalla de su se�or don Quijote, y rogaba a Dios en su coraz�n fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna �nsula de donde le hiciese gobernador, como se lo hab�a prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volv�a a subir sobre Rocinante, lleg� a tenerle el estribo; y antes que subiese se hinc� de rodillas delante d�l, y, asi�ndole de la mano, se la bes� y le dijo:
— Sea vuestra merced servido, se�or don Quijote m�o, de darme el gobierno de la �nsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado �nsulas en el mundo.
A lo cual respondi� don Quijote:
— Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a �sta semejantes no son aventuras de �nsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecer�n donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino m�s adelante.
Agradeci�selo mucho Sancho, y, bes�ndole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayud� a subir sobre Rocinante; y �l subi� sobre su asno y comenz� a seguir a su se�or, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar m�s con las del coche, se entr� por un bosque que all� junto estaba. Segu�ale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, vi�ndose quedar atr�s, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. H�zolo as� don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:
— Par�ceme, se�or, que ser�a acertado irnos a retraer a alguna iglesia; que, seg�n qued� maltrecho aquel con quien os combatistes, no ser� mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que primero que salgamos de la c�rcel que nos ha de sudar el hopo.
— Calla —dijo don Quijote—. Y �d�nde has visto t�, o le�do jam�s, que caballero andante haya sido puesto ante la justicia, por m�s homicidios que hubiese cometido?
— Yo no s� nada de omecillos —respondi� Sancho—, ni en mi vida le cat� a ninguno; s�lo s� que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto.
— Pues no tengas pena, amigo —respondi� don Quijote—, que yo te sacar� de las manos de los caldeos, cuanto m�s de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: �has visto m�s valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? �Has le�do en historias otro que tenga ni haya tenido m�s br�o en acometer, m�s aliento en el perseverar, m�s destreza en el herir, ni m�s ma�a en el derribar?
— La verdad sea —respondi� Sancho— que yo no he le�do ninguna historia jam�s, porque ni s� leer ni escrebir; mas lo que osar� apostar es que m�s atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los d�as de mi vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aqu� traigo hilas y un poco de ung�ento blanco en las alforjas.
— Todo eso fuera bien escusado —respondi� don Quijote— si a m� se me acordara de hacer una redoma del b�lsamo de Fierabr�s, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
— �Qu� redoma y qu� b�lsamo es �se? —dijo Sancho Panza.
— Es un b�lsamo —respondi� don Quijote— de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y ans�, cuando yo le haga y te le d�, no tienes m�s que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere ca�do en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondr�s sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me dar�s a beber solos dos tragos del b�lsamo que he dicho, y ver�sme quedar m�s sano que una manzana.
— Si eso hay —dijo Panza—, yo renuncio desde aqu� el gobierno de la prometida �nsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me d� la receta de ese estremado licor; que para m� tengo que valdr� la onza adondequiera m�s de a dos reales, y no he menester yo m�s para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
— Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres —respondi� don Quijote.
— �Pecador de m�! —replic� Sancho—. �Pues a qu� aguarda vuestra merced a hacelle y a ense��rmele?
— Calla, amigo —respondi� don Quijote—, que mayores secretos pienso ense�arte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, cur�monos, que la oreja me duele m�s de lo que yo quisiera.
Sac� Sancho de las alforjas hilas y ung�ento. Mas, cuando don Quijote lleg� a ver rota su celada, pens� perder el juicio, y, puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:
— Yo hago juramento al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde m�s largamente est�n escritos, de hacer la vida que hizo el grande marqu�s de Mantua cuando jur� de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aqu� por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.
Oyendo esto Sancho, le dijo:
— Advierta vuestra merced, se�or don Quijote, que si el caballero cumpli� lo que se le dej� ordenado de irse a presentar ante mi se�ora Dulcinea del Toboso, ya habr� cumplido con lo que deb�a, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.
— Has hablado y apuntado muy bien —respondi� don Quijote—; y as�, anulo el juramento en cuanto lo que toca a tomar d�l nueva venganza; pero h�gole y conf�rmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite por fuerza otra celada tal y tan buena como �sta a alg�n caballero. Y no pienses, Sancho, que as� a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien imitar en ello; que esto mesmo pas�, al pie de la letra, sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le cost� a Sacripante.
— Que d� al diablo vuestra merced tales juramentos, se�or m�o —replic� Sancho—; que son muy en da�o de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no, d�game ahora: si acaso en muchos d�as no topamos hombre armado con celada, �qu� hemos de hacer? �Hase de cumplir el juramento, a despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como ser� el dormir vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que conten�a el juramento de aquel loco viejo del marqu�s de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no s�lo no traen celadas, pero quiz� no las han o�do nombrar en todos los d�as de su vida.
— Eng��aste en eso —dijo don Quijote—, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos m�s armados que los que vinieron sobre Albraca a la conquista de Ang�lica la Bella.
— Alto, pues; sea ans� —dijo Sancho—, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el tiempo de ganar esta �nsula que tan cara me cuesta, y mu�rame yo luego.
— Ya te he dicho, Sancho, que no te d� eso cuidado alguno; que, cuando faltare �nsula, ah� est� el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te vendr�n como anillo al dedo; y m�s, que, por ser en tierra firme, te debes m�s alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de alg�n castillo donde alojemos esta noche y hagamos el b�lsamo que te he dicho; porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
— Aqu� trayo una cebolla, y un poco de queso y no s� cu�ntos mendrugos de pan —dijo Sancho—, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced.
— �Qu� mal lo entiendes! —respondi� don Quijote—. H�gote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes; y, ya que coman, sea de aquello que hallaren m�s a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras le�do tantas historias como yo; que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relaci�n de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hac�an, y los dem�s d�as se los pasaban en flores. Y, aunque se deja entender que no pod�an pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender tambi�n que, andando lo m�s del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su m�s ordinaria comida ser�a de viandas r�sticas, tales como las que t� ahora me ofreces. As� que, Sancho amigo, no te congoje lo que a m� me da gusto. Ni querr�s t� hacer mundo nuevo, ni sacar la caballer�a andante de sus quicios.
— Perd�neme vuestra merced —dijo Sancho—; que, como yo no s� leer ni escrebir, como otra vez he dicho, no s� ni he ca�do en las reglas de la profesi�n caballeresca; y, de aqu� adelante, yo proveer� las alforjas de todo g�nero de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para m� las proveer�, pues no lo soy, de otras cosas vol�tiles y de m�s sustancia.
— No digo yo, Sancho —replic� don Quijote—, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su m�s ordinario sustento deb�a de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban por los campos, que ellos conoc�an y yo tambi�n conozco.
— Virtud es —respondi� Sancho— conocer esas yerbas; que, seg�n yo me voy imaginando, alg�n d�a ser� menester usar de ese conocimiento.
Y, sacando, en esto, lo que dijo que tra�a, comieron los dos en buena paz y compa�a. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y di�ronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero falt�les el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y as�, determinaron de pasarla all�; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le suced�a era hacer un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballer�a.
Fue recogido de los cabreros con buen �nimo; y, habiendo Sancho, lo mejor que pudo, acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que desped�an de s� ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban; y, aunque �l quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban en saz�n de trasladarlos del caldero al est�mago, lo dej� de hacer, porque los cabreros los quitaron del fuego, y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su r�stica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que ten�an. Sent�ronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada hab�a, habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo que vuelto del rev�s le pusieron. Sent�se don Quijote, y qued�base Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Vi�ndole en pie su amo, le dijo:
— Porque veas, Sancho, el bien que en s� encierra la andante caballer�a, y cu�n a pique est�n los que en cualquiera ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aqu� a mi lado y en compa��a desta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural se�or; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque de la caballer�a andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
— �Gran merced! —dijo Sancho—; pero s� decir a vuestra merced que, como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comer�a en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rinc�n, sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Ans� que, se�or m�o, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballer�a andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, convi�rtalas en otras cosas que me sean de m�s c�modo y provecho; que �stas, aunque las doy por bien recebidas, las renuncio para desde aqu� al fin del mundo.
— Con todo eso, te has de sentar; porque a quien se humilla, Dios le ensalza.
Y, asi�ndole por el brazo, le forz� a que junto d�l se sentase.
No entend�an los cabreros aquella jerigonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hac�an otra cosa que comer y callar, y mirar a sus hu�spedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajo como el pu�o. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso, m�s duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo (ya lleno, ya vac�o, como arcaduz de noria) que con facilidad vaci� un zaque de dos que estaban de manifiesto. Despu�s que don Quijote hubo bien satisfecho su est�mago, tom� un pu�o de bellotas en la mano, y, mir�ndolas atentamente, solt� la voz a semejantes razones:
— Dichosa edad y siglos dichosos aqu�llos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella viv�an ignoraban estas dos palabras de tuyo y m�o. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario, para alcanzar su ordinario sustento, tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes r�os, en magn�fica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrec�an. En las quiebras de las pe�as y en lo hueco de los �rboles formaban su rep�blica las sol�citas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin inter�s alguno, la f�rtil cosecha de su dulc�simo trabajo. Los valientes alcornoques desped�an de s�, sin otro artificio que el de su cortes�a, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre r�sticas estacas sustentadas, no m�s que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; a�n no se hab�a atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entra�as piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrec�a, por todas las partes de su f�rtil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la pose�an. Entonces s� que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin m�s vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra; y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la p�rpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quiz� iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los conceb�a, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No hab�a la fraude, el enga�o ni la malicia mezcl�dose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios t�rminos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje a�n no se hab�a sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no hab�a qu� juzgar, ni qui�n fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y se�ora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdici�n nac�a de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no est� segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque all�, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando m�s los tiempos y creciendo m�s la malicia, se instituy� la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los hu�rfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hac�is a m� y a mi escudero; que, aunque por ley natural est�n todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todav�a, por saber que sin saber vosotros esta obligaci�n me acogistes y regalastes, es raz�n que, con la voluntad a m� posible, os agradezca la vuestra.
Toda esta larga arenga —que se pudiera muy bien escusar— dijo nuestro caballero porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada y antoj�sele hacer aquel in�til razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho, asimesmo, callaba y com�a bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le ten�an colgado de un alcornoque.
M�s tard� en hablar don Quijote que en acabarse la cena; al fin de la cual, uno de los cabreros dijo:
— Para que con m�s veras pueda vuestra merced decir, se�or caballero andante, que le agasajamos con prompta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un compa�ero nuestro que no tardar� mucho en estar aqu�; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y escrebir y es m�sico de un rabel, que no hay m�s que desear.
Apenas hab�a el cabrero acabado de decir esto, cuando lleg� a sus o�dos el son del rabel, y de all� a poco lleg� el que le ta��a, que era un mozo de hasta veinte y dos a�os, de muy buena gracia. Pregunt�ronle sus compa�eros si hab�a cenado, y, respondiendo que s�, el que hab�a hecho los ofrecimientos le dijo:
— De esa manera, Antonio, bien podr�s hacernos placer de cantar un poco, porque vea este se�or hu�sped que tenemos quien; tambi�n por los montes y selvas hay quien sepa de m�sica. H�mosle dicho tus buenas habilidades, y deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y as�, te ruego por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores que te compuso el beneficiado tu t�o, que en el pueblo ha parecido muy bien.
— Que me place —respondi� el mozo.
Y, sin hacerse m�s de rogar, se sent� en el tronco de una desmochada encina, y, templando su rabel, de all� a poco, con muy buena gracia, comenz� a cantar, diciendo desta manera:
Antonio
-Yo s�, Olalla, que me adoras,
puesto que no me lo has dicho
ni aun con los ojos siquiera,
mudas lenguas de amor�os.
Porque s� que eres sabida,
en que me quieres me afirmo;
que nunca fue desdichado
amor que fue conocido.
Bien es verdad que tal vez,
Olalla, me has dado indicio
que tienes de bronce el alma
y el blanco pecho de risco.
Mas all� entre tus reproches
y honest�simos desv�os,
tal vez la esperanza muestra
la orilla de su vestido.
Abal�nzase al se�uelo
mi fe, que nunca ha podido,
ni menguar por no llamado,
ni crecer por escogido.
Si el amor es cortes�a,
de la que tienes colijo
que el fin de mis esperanzas
ha de ser cual imagino.
Y si son servicios parte
de hacer un pecho benigno,
algunos de los que he hecho
fortalecen mi partido.
Porque si has mirado en ello,
m�s de una vez habr�s visto
que me he vestido en los lunes
lo que me honraba el domingo.
Como el amor y la gala
andan un mesmo camino,
en todo tiempo a tus ojos
quise mostrarme polido.
Dejo el bailar por tu causa,
ni las m�sicas te pinto
que has escuchado a deshoras
y al canto del gallo primo.
No cuento las alabanzas
que de tu belleza he dicho;
que, aunque verdaderas, hacen
ser yo de algunas malquisto.
Teresa del Berrocal,
yo alab�ndote, me dijo:
''Tal piensa que adora a un �ngel,
y viene a adorar a un jimio;
merced a los muchos dijes
y a los cabellos postizos,
y a hip�critas hermosuras,
que enga�an al Amor mismo''.
Desment�la y enoj�se;
volvi� por ella su primo:
desafi�me, y ya sabes
lo que yo hice y �l hizo.
No te quiero yo a mont�n,
ni te pretendo y te sirvo
por lo de barragan�a;
que m�s bueno es mi designio.
Coyundas tiene la Iglesia
que son lazadas de sirgo;
pon t� el cuello en la gamella;
ver�s como pongo el m�o.
Donde no, desde aqu� juro,
por el santo m�s bendito,
de no salir destas sierras
sino para capuchino.
Con esto dio el cabrero fin a su canto; y, aunque don Quijote le rog� que algo m�s cantase, no lo consinti� Sancho Panza, porque estaba m�s para dormir que para o�r canciones. Y ans�, dijo a su amo:
— Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de posar esta noche, que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el d�a no permite que pasen las noches cantando.
— Ya te entiendo, Sancho —le respondi� don Quijote—; que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden m�s recompensa de sue�o que de m�sica.
— A todos nos sabe bien, bendito sea Dios —respondi� Sancho.
— No lo niego —replic� don Quijote—, pero acom�date t� donde quisieres, que los de mi profesi�n mejor parecen velando que durmiendo. Pero, con todo esto, ser�a bien, Sancho, que me vuelvas a curar esta oreja, que me va doliendo m�s de lo que es menester.
Hizo Sancho lo que se le mandaba; y, viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que �l pondr�a remedio con que f�cilmente se sanase. Y, tomando algunas hojas de romero, de mucho que por all� hab�a, las masc� y las mezcl� con un poco de sal, y, aplic�ndoselas a la oreja, se la vend� muy bien, asegur�ndole que no hab�a menester otra medicina; y as� fue la verdad.
Estando en esto, lleg� otro mozo de los que les tra�an del aldea el bastimento, y dijo:
— �Sab�is lo que pasa en el lugar, compa�eros?
— �C�mo lo podemos saber? —respondi� uno dellos.
— Pues sabed —prosigui� el mozo— que muri� esta ma�ana aquel famoso pastor estudiante llamado Gris�stomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aqu�lla que se anda en h�bito de pastora por esos andurriales.
— Por Marcela dir�s —dijo uno.
— Por �sa digo —respondi� el cabrero—. Y es lo bueno, que mand� en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la pe�a donde est� la fuente del alcornoque; porque, seg�n es fama, y �l dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde �l la vio la vez primera. Y tambi�n mand� otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que tambi�n se visti� de pastor con �l, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dej� mandado Gris�stomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se har� lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y ma�ana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para m� que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejar� de ir a verla, si supiese no volver ma�ana al lugar.
— Todos haremos lo mesmo —respondieron los cabreros—; y echaremos suertes a qui�n ha de quedar a guardar las cabras de todos.
— Bien dices, Pedro —dijo uno—; aunque no ser� menester usar de esa diligencia, que yo me quedar� por todos. Y no lo atribuyas a virtud y a poca curiosidad m�a, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro d�a me pas� este pie.
— Con todo eso, te lo agradecemos —respondi� Pedro.
Y don Quijote rog� a Pedro le dijese qu� muerto era aqu�l y qu� pastora aqu�lla; a lo cual Pedro respondi� que lo que sab�a era que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual hab�a sido estudiante muchos a�os en Salamanca, al cabo de los cuales hab�a vuelto a su lugar, con opini�n de muy sabio y muy le�do.
— �Principalmente, dec�an que sab�a la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan, all� en el cielo, el sol y la luna; porque puntualmente nos dec�a el cris del sol y de la luna.�
— Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores —dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en ni�er�as, prosigui� su cuento diciendo:
— �Asimesmo adevinaba cu�ndo hab�a de ser el a�o abundante o estil.�
— Est�ril quer�is decir, amigo —dijo don Quijote.
— Est�ril o estil —respondi� Pedro—, todo se sale all�. �Y digo que con esto que dec�a se hicieron su padre y sus amigos, que le daban cr�dito, muy ricos, porque hac�an lo que �l les aconsejaba, dici�ndoles: ''Sembrad este a�o cebada, no trigo; en �ste pod�is sembrar garbanzos y no cebada; el que viene ser� de guilla de aceite; los tres siguientes no se coger� gota''.�
— Esa ciencia se llama astrolog�a —dijo don Quijote.
— No s� yo c�mo se llama —replic� Pedro—, mas s� que todo esto sab�a, y a�n m�s. �Finalmente, no pasaron muchos meses, despu�s que vino de Salamanca, cuando un d�a remaneci� vestido de pastor, con su cayado y pellico, habi�ndose quitado los h�bitos largos que como escolar tra�a; y juntamente se visti� con �l de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio, que hab�a sido su compa�ero en los estudios. Olvid�baseme de decir como Gris�stomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que �l hac�a los villancicos para la noche del Nacimiento del Se�or, y los autos para el d�a de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos dec�an que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y no pod�an adivinar la causa que les hab�a movido a hacer aquella tan estra�a mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de nuestro Gris�stomo, y �l qued� heredado en mucha cantidad de hacienda, ans� en muebles como en ra�ces, y en no peque�a cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo cual qued� el mozo se�or desoluto, y en verdad que todo lo merec�a, que era muy buen compa�ero y caritativo y amigo de los buenos, y ten�a una cara como una bendici�n. Despu�s se vino a entender que el haberse mudado de traje no hab�a sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella pastora Marcela que nuestro zagal nombr� denantes, de la cual se hab�a enamorado el pobre difunto de Gris�stomo.� Y qui�roos decir agora, porque es bien que lo sep�is, qui�n es esta rapaza; quiz�, y aun sin quiz�, no habr�is o�do semejante cosa en todos los d�as de vuestra vida, aunque viv�is m�s a�os que sarna.
— Decid Sarra —replic� don Quijote, no pudiendo sufrir el trocar de los vocablos del cabrero.
— Harto vive la sarna —respondi� Pedro—; y si es, se�or, que me hab�is de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un a�o.
— Perdonad, amigo —dijo don Quijote—; que por haber tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien, porque vive m�s sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os replicar� m�s en nada.
— �Digo, pues, se�or m�o de mi alma —dijo el cabrero—, que en nuestra aldea hubo un labrador a�n m�s rico que el padre de Gris�stomo, el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, am�n de las muchas y grandes riquezas, una hija, de cuyo parto muri� su madre, que fue la m�s honrada mujer que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella cara que del un cabo ten�a el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su �nima a la hora de ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer muri� su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder de un t�o suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creci� la ni�a con tanta belleza, que nos hac�a acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande; y, con todo esto, se juzgaba que le hab�a de pasar la de la hija. Y as� fue, que, cuando lleg� a edad de catorce a quince a�os, nadie la miraba que no bendec�a a Dios, que tan hermosa la hab�a criado, y los m�s quedaban enamorados y perdidos por ella. Guard�bala su t�o con mucho recato y con mucho encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendi� de manera que, as� por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores dellos, era rogado, solicitado e importunado su t�o se la diese por mujer. Mas �l, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, as� como la v�a de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la ganancia y granjer�a que le ofrec�a el tener la hacienda de la moza, dilatando su casamiento. Y a fe que se dijo esto en m�s de un corrillo en el pueblo, en alabanza del buen sacerdote.� Que quiero que sepa, se�or andante, que en estos lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura; y tened para vos, como yo tengo para m�, que deb�a de ser demasiadamente bueno el cl�rigo que obliga a sus feligreses a que digan bien d�l, especialmente en las aldeas.
— As� es la verdad —dijo don Quijote—, y proseguid adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le cont�is con muy buena gracia.
— La del Se�or no me falte, que es la que hace al caso. �Y en lo dem�s sabr�is que, aunque el t�o propon�a a la sobrina y le dec�a las calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la ped�an, rog�ndole que se casase y escogiese a su gusto, jam�s ella respondi� otra cosa sino que por entonces no quer�a casarse, y que, por ser tan muchacha, no se sent�a h�bil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al parecer justas escusas, dejaba el t�o de importunarla, y esperaba a que entrase algo m�s en edad y ella supiese escoger compa��a a su gusto. Porque dec�a �l, y dec�a muy bien, que no hab�an de dar los padres a sus hijos estado contra su voluntad. Pero h�telo aqu�, cuando no me cato, que remanece un d�a la melindrosa Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su t�o ni todos los del pueblo, que se lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las dem�s zagalas del lugar, y dio en guardar su mesmo ganado. Y, as� como ella sali� en p�blico y su hermosura se vio al descubierto, no os sabr� buenamente decir cu�ntos ricos mancebos, hidalgos y labradores han tomado el traje de Gris�stomo y la andan requebrando por esos campos. Uno de los cuales, como ya est� dicho, fue nuestro difunto, del cual dec�an que la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ning�n recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado, ni con verdad se podr� alabar, que le haya dado alguna peque�a esperanza de alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la compa��a y conversaci�n de los pastores, y los trata cort�s y amigablemente, en llegando a descubrirle su intenci�n cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la del matrimonio, los arroja de s� como con un trabuco. Y con esta manera de condici�n hace m�s da�o en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia; porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a servirla y a amarla, pero su desd�n y desenga�o los conduce a t�rminos de desesperarse; y as�, no saben qu� decirle, sino llamarla a voces cruel y desagradecida, con otros t�tulos a �ste semejantes, que bien la calidad de su condici�n manifiestan. Y si aqu� estuvi�sedes, se�or, alg�n d�a, ver�ades resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desenga�ados que la siguen. No est� muy lejos de aqu� un sitio donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo �rbol, como si m�s claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda la hermosura humana. Aqu� sospira un pastor, all� se queja otro; acull� se oyen amorosas canciones, ac� desesperadas endechas. Cu�l hay que pasa todas las horas de la noche sentado al pie de alguna encina o pe�asco, y all�, sin plegar los llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le hall� el sol a la ma�ana; y cu�l hay que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del ardor de la m�s enfadosa siesta del verano, tendido sobre la ardiente arena, env�a sus quejas al piadoso cielo. Y d�ste y de aqu�l, y de aqu�llos y de �stos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la conocemos estamos esperando en qu� ha de parar su altivez y qui�n ha de ser el dichoso que ha de venir a dome�ar condici�n tan terrible y gozar de hermosura tan estremada.� Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a entender que tambi�n lo es la que nuestro zagal dijo que se dec�a de la causa de la muerte de Gris�stomo. Y as�, os aconsejo, se�or, que no dej�is de hallaros ma�ana a su entierro, que ser� muy de ver, porque Gris�stomo tiene muchos amigos, y no est� de este lugar a aqu�l donde manda enterrarse media legua.
— En cuidado me lo tengo —dijo don Quijote—, y agrad�zcoos el gusto que me hab�is dado con la narraci�n de tan sabroso cuento.
— �Oh! —replic� el cabrero—, a�n no s� yo la mitad de los casos sucedidos a los amantes de Marcela, mas podr�a ser que ma�ana top�semos en el camino alg�n pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien ser� que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno os podr�a da�ar la herida, puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer de contrario acidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del cabrero, solicit�, por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de Pedro. H�zolo as�, y todo lo m�s de la noche se le pas� en memorias de su se�ora Dulcinea, a imitaci�n de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomod� entre Rocinante y su jumento, y durmi�, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces.
Mas, apenas comenz� a descubrirse el d�a por los balcones del oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y fueron a despertar a don Quijote, y a decille si estaba todav�a con prop�sito de ir a ver el famoso entierro de Gris�stomo, y que ellos le har�an compa��a. Don Quijote, que otra cosa no deseaba, se levant� y mand� a Sancho que ensillase y enalbardase al momento, lo cual �l hizo con mucha diligencia, y con la mesma se pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando, al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seis pastores, vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con guirnaldas de cipr�s y de amarga adelfa. Tra�a cada uno un grueso bast�n de acebo en la mano. Ven�an con ellos, asimesmo, dos gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados de camino, con otros tres mozos de a pie que los acompa�aban. En lleg�ndose a juntar, se saludaron cort�smente, y, pregunt�ndose los unos a los otros d�nde iban, supieron que todos se encaminaban al lugar del entierro; y as�, comenzaron a caminar todos juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compa�ero, le dijo:
— Par�ceme, se�or Vivaldo, que habemos de dar por bien empleada la tardanza que hici�remos en ver este famoso entierro, que no podr� dejar de ser famoso, seg�n estos pastores nos han contado estra�ezas, ans� del muerto pastor como de la pastora homicida.
— As� me lo parece a m� —respondi� Vivaldo—; y no digo yo hacer tardanza de un d�a, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
Pregunt�les don Quijote qu� era lo que hab�an o�do de Marcela y de Gris�stomo. El caminante dijo que aquella madrugada hab�an encontrado con aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan triste traje, les hab�an preguntado la ocasi�n por que iban de aquella manera; que uno dellos se lo cont�, contando la estra�eza y hermosura de una pastora llamada Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de aquel Gris�stomo a cuyo entierro iban. Finalmente, �l cont� todo lo que Pedro a don Quijote hab�a contado.
Ces� esta pl�tica y comenz�se otra, preguntando el que se llamaba Vivaldo a don Quijote qu� era la ocasi�n que le mov�a a andar armado de aquella manera por tierra tan pac�fica. A lo cual respondi� don Quijote:
— La profesi�n de mi ejercicio no consiente ni permite que yo ande de otra manera. El buen paso, el regalo y el reposo, all� se invent� para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas s�lo se inventaron e hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos.
Apenas le oyeron esto, cuando todos le tuvieron por loco; y, por averiguarlo m�s y ver qu� g�nero de locura era el suyo, le torn� a preguntar Vivaldo que qu� quer�a decir "caballeros andantes".
— �No han vuestras mercedes le�do —respondi� don Quijote— los anales e historias de Ingalaterra, donde se tratan las famosas faza�as del rey Arturo, que continuamente en nuestro romance castellano llamamos el rey Art�s, de quien es tradici�n antigua y com�n en todo aquel reino de la Gran Breta�a que este rey no muri�, sino que, por arte de encantamento, se convirti� en cuervo, y que, andando los tiempos, ha de volver a reinar y a cobrar su reino y cetro; a cuya causa no se probar� que desde aquel tiempo a �ste haya ning�n ingl�s muerto cuervo alguno? Pues en tiempo de este buen rey fue instituida aquella famosa orden de caballer�a de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que all� se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera dellos y sabidora aquella tan honrada due�a Quinta�ona, de donde naci� aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra Espa�a, de:
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera Lanzarote
cuando de Breta�a vino;
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballer�a estendi�ndose y dilat�ndose por muchas y diversas partes del mundo; y en ella fueron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amad�s de Gaula, con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generaci�n, y el valeroso Felixmarte de Hircania, y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y casi que en nuestros d�as vimos y comunicamos y o�mos al invencible y valeroso caballero don Belian�s de Grecia. Esto, pues, se�ores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la orden de su caballer�a; en la cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador, he hecho profesi�n, y lo mesmo que profesaron los caballeros referidos profeso yo. Y as�, me voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras, con �nimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la m�s peligrosa que la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era don Quijote falto de juicio, y del g�nero de locura que lo se�oreaba, de lo cual recibieron la mesma admiraci�n que recib�an todos aquellos que de nuevo ven�an en conocimiento della. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de alegre condici�n, por pasar sin pesadumbre el poco camino que dec�an que les faltaba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasi�n a que pasase m�s adelante con sus disparates. Y as�, le dijo:
— Par�ceme, se�or caballero andante, que vuestra merced ha profesado una de las m�s estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para m� que aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha.
— Tan estrecha bien pod�a ser —respondi� nuestro don Quijote—, pero tan necesaria en el mundo no estoy en dos dedos de ponello en duda. Porque, si va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecuci�n lo que su capit�n le manda que el mesmo capit�n que se lo ordena. Quiero decir que los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los soldados y caballeros ponemos en ejecuci�n lo que ellos piden, defendi�ndola con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas; no debajo de cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol en verano y de los erizados yelos del invierno. As� que, somos ministros de Dios en la tierra, y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y, como las cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en ejecuci�n sino sudando, afanando y trabajando, s�guese que aquellos que la profesan tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y reposo est�n rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el del encerrado religioso; s�lo quiero inferir, por lo que yo padezco, que, sin duda, es m�s trabajoso y m�s aporreado, y m�s hambriento y sediento, miserable, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha malaventura en el discurso de su vida. Y si algunos subieron a ser emperadores por el valor de su brazo, a fe que les cost� buen porqu� de su sangre y de su sudor; y que si a los que a tal grado subieron les faltaran encantadores y sabios que los ayudaran, que ellos quedaran bien defraudados de sus deseos y bien enga�ados de sus esperanzas.
— De ese parecer estoy yo —replic� el caminante—; pero una cosa, entre otras muchas, me parece muy mal de los caballeros andantes, y es que, cuando se ven en ocasi�n de acometer una grande y peligrosa aventura, en que se vee manifiesto peligro de perder la vida, nunca en aquel instante de acometella se acuerdan de encomendarse a Dios, como cada cristiano est� obligado a hacer en peligros semejantes; antes, se encomiendan a sus damas, con tanta gana y devoci�n como si ellas fueran su Dios: cosa que me parece que huele algo a gentilidad.
— Se�or —respondi� don Quijote—, eso no puede ser menos en ninguna manera, y caer�a en mal caso el caballero andante que otra cosa hiciese; que ya est� en uso y costumbre en la caballer�a andantesca que el caballero andante que, al acometer alg�n gran fecho de armas, tuviese su se�ora delante,vuelva a ella los ojos blanda y amorosamente, como que le pide con ellos le favorezca y ampare en el dudoso trance que acomete; y aun si nadie le oye, est� obligado a decir algunas palabras entre dientes, en que de todo coraz�n se le encomiende; y desto tenemos innumerables ejemplos en las historias. Y no se ha de entender por esto que han de dejar de encomendarse a Dios; que tiempo y lugar les queda para hacerlo en el discurso de la obra.
— Con todo eso —replic� el caminante—, me queda un escr�pulo, y es que muchas veces he le�do que se traban palabras entre dos andantes caballeros, y, de una en otra, se les viene a encender la c�lera, y a volver los caballos y tomar una buena pieza del campo, y luego, sin m�s ni m�s, a todo el correr dellos, se vuelven a encontrar; y, en mitad de la corrida, se encomiendan a sus damas; y lo que suele suceder del encuentro es que el uno cae por las ancas del caballo, pasado con la lanza del contrario de parte a parte, y al otro le viene tambi�n que, a no tenerse a las crines del suyo, no pudiera dejar de venir al suelo. Y no s� yo c�mo el muerto tuvo lugar para encomendarse a Dios en el discurso de esta tan acelerada obra. Mejor fuera que las palabras que en la carrera gast� encomend�ndose a su dama las gastara en lo que deb�a y estaba obligado como cristiano. Cuanto m�s, que yo tengo para m� que no todos los caballeros andantes tienen damas a quien encomendarse, porque no todos son enamorados.
— Eso no puede ser —respondi� don Quijote—: digo que no puede ser que haya caballero andante sin dama, porque tan proprio y tan natural les es a los tales ser enamorados como al cielo tener estrellas, y a buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos, no ser�a tenido por leg�timo caballero, sino por bastardo, y que entr� en la fortaleza de la caballer�a dicha, no por la puerta, sino por las bardas, como salteador y ladr�n.
— Con todo eso —dijo el caminante—, me parece, si mal no me acuerdo, haber le�do que don Galaor, hermano del valeroso Amad�s de Gaula, nunca tuvo dama se�alada a quien pudiese encomendarse; y, con todo esto, no fue tenido en menos, y fue un muy valiente y famoso caballero.
A lo cual respondi� nuestro don Quijote:
— Se�or, una golondrina sola no hace verano. Cuanto m�s, que yo s� que de secreto estaba ese caballero muy bien enamorado; fuera que, aquello de querer a todas bien cuantas bien le parec�an era condici�n natural, a quien no pod�a ir a la mano. Pero, en resoluci�n, averiguado est� muy bien que �l ten�a una sola a quien �l hab�a hecho se�ora de su voluntad, a la cual se encomendaba muy a menudo y muy secretamente, porque se preci� de secreto caballero.
— Luego, si es de esencia que todo caballero andante haya de ser enamorado — dijo el caminante—, bien se puede creer que vuestra merced lo es, pues es de la profesi�n. Y si es que vuestra merced no se precia de ser tan secreto como don Galaor, con las veras que puedo le suplico, en nombre de toda esta compa��a y en el m�o, nos diga el nombre, patria, calidad y hermosura de su dama; que ella se tendr�a por dichosa de que todo el mundo sepa que es querida y servida de un tal caballero como vuestra merced parece.
Aqu� dio un gran suspiro don Quijote, y dijo:
— Yo no podr� afirmar si la dulce mi enemiga gusta, o no, de que el mundo sepa que yo la sirvo; s�lo s� decir, respondiendo a lo que con tanto comedimiento se me pide, que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad, por lo menos, ha de ser de princesa, pues es reina y se�ora m�a; su hermosura, sobrehumana, pues en ella se vienen a hacer verdaderos todos los imposibles y quim�ricos atributos de belleza que los poetas dan a sus damas: que sus cabellos son oro, su frente campos el�seos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, m�rmol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve, y las partes que a la vista humana encubri� la honestidad son tales, seg�n yo pienso y entiendo, que s�lo la discreta consideraci�n puede encarecerlas, y no compararlas.
— El linaje, prosapia y alcurnia querr�amos saber —replic� Vivaldo.
A lo cual respondi� don Quijote:
— No es de los antiguos Curcios, Gayos y Cipiones romanos, ni de los modernos Colonas y Ursinos; ni de los Moncadas y Requesenes de Catalu�a, ni menos de los Rebellas y Villanovas de Valencia; Palafoxes, Nuzas, Rocabertis, Corellas, Lunas, Alagones, Urreas, Foces y Gurreas de Arag�n; Cerdas, Manriques, Mendozas y Guzmanes de Castilla; Alencastros, Pallas y Meneses de Portogal; pero es de los del Toboso de la Mancha, linaje, aunque moderno, tal, que puede dar generoso principio a las m�s ilustres familias de los venideros siglos. Y no se me replique en esto, si no fuere con las condiciones que puso Cervino al pie del trofeo de las armas de Orlando, que dec�a:
nadie las mueva
que estar no pueda con Rold�n a prueba.
— Aunque el m�o es de los Cachopines de Laredo —respondi� el caminante—, no le osar� yo poner con el del Toboso de la Mancha, puesto que, para decir verdad, semejante apellido hasta ahora no ha llegado a mis o�dos.
— �Como eso no habr� llegado! —replic� don Quijote.
Con gran atenci�n iban escuchando todos los dem�s la pl�tica de los dos, y aun hasta los mesmos cabreros y pastores conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro don Quijote. S�lo Sancho Panza pensaba que cuanto su amo dec�a era verdad, sabiendo �l qui�n era y habi�ndole conocido desde su nacimiento; y en lo que dudaba algo era en creer aquello de la linda Dulcinea del Toboso, porque nunca tal nombre ni tal princesa hab�a llegado jam�s a su noticia, aunque viv�a tan cerca del Toboso.
En estas pl�ticas iban, cuando vieron que, por la quiebra que dos altas monta�as hac�an, bajaban hasta veinte pastores, todos con pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que despu�s pareci�, eran cu�l de tejo y cu�l de cipr�s. Entre seis dellos tra�an unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto por uno de los cabreros, dijo:
— Aquellos que all� vienen son los que traen el cuerpo de Gris�stomo, y el pie de aquella monta�a es el lugar donde �l mand� que le enterrasen. Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que ya los que ven�an hab�an puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura pe�a.
Recibi�ronse los unos y los otros cort�smente; y luego don Quijote y los que con �l ven�an se pusieron a mirar las andas, y en ellas vieron cubierto de flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al parecer, de treinta a�os; y, aunque muerto, mostraba que vivo hab�a sido de rostro hermoso y de disposici�n gallarda. Alrededor d�l ten�a en las mesmas andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y as� los que esto miraban, como los que abr�an la sepultura, y todos los dem�s que all� hab�a, guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al muerto trujeron dijo a otro:
— Mir� bien, Ambrosio, si es �ste el lugar que Gris�stomo dijo, ya que quer�is que tan puntualmente se cumpla lo que dej� mandado en su testamento.
— �ste es —respondi� Ambrosio—; que muchas veces en �l me cont� mi desdichado amigo la historia de su desventura. All� me dijo �l que vio la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y all� fue tambi�n donde la primera vez le declar� su pensamiento, tan honesto como enamorado, y all� fue la �ltima vez donde Marcela le acab� de desenga�ar y desde�ar, de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aqu�, en memoria de tantas desdichas, quiso �l que le depositasen en las entra�as del eterno olvido.
Y, volvi�ndose a don Quijote y a los caminantes, prosigui� diciendo:
— Ese cuerpo, se�ores, que con piadosos ojos est�is mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus riquezas. �se es el cuerpo de Gris�stomo, que fue �nico en el ingenio, solo en la cortes�a, estremo en la gentileza, f�nix en la amistad, magn�fico sin tasa, grave sin presunci�n, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue aborrecido; ador�, fue desde�ado; rog� a una fiera, importun� a un m�rmol, corri� tras el viento, dio voces a la soledad, sirvi� a la ingratitud, de quien alcanz� por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su vida, a la cual dio fin una pastora a quien �l procuraba eternizar para que viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles que est�is mirando, si �l no me hubiera mandado que los entregara al fuego en habiendo entregado su cuerpo a la tierra. — De mayor rigor y crueldad usar�is vos con ellos —dijo Vivaldo— que su mesmo due�o, pues no es justo ni acertado que se cumpla la voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le tuviera bueno Augusto C�sar si consintiera que se pusiera en ejecuci�n lo que el divino Mantuano dej� en su testamento mandado. Ans� que, se�or Ambrosio, ya que deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no quer�is dar sus escritos al olvido; que si �l orden� como agraviado, no es bien que vos cumpl�is como indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, que la tenga siempre la crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en los tiempos que est�n por venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes despe�aderos; que ya s� yo, y los que aqu� venimos, la historia deste vuestro enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra, y la ocasi�n de su muerte, y lo que dej� mandado al acabar de la vida; de la cual lamentable historia se puede sacar cu�nto haya sido la crueldad de Marcela, el amor de Gris�stomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les pone. Anoche supimos la muerte de Gris�stomo, y que en este lugar hab�a de ser enterrado; y as�, de curiosidad y de l�stima, dejamos nuestro derecho viaje, y acordamos de venir a ver con los ojos lo que tanto nos hab�a lastimado en o�llo. Y, en pago desta l�stima y del deseo que en nosotros naci� de remedialla si pudi�ramos, te rogamos, �oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo suplico de mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alarg� la mano y tom� algunos de los que m�s cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
— Por cortes�a consentir� que os qued�is, se�or, con los que ya hab�is tomado; pero pensar que dejar� de abrasar los que quedan es pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles dec�an, abri� luego el uno dellos y vio que ten�a por t�tulo: Canci�n desesperada. Oy�lo Ambrosio y dijo:
— �se es el �ltimo papel que escribi� el desdichado; y, porque ve�is, se�or, en el t�rmino que le ten�an sus desventuras, leelde de modo que se�is o�do; que bien os dar� lugar a ello el que se tardare en abrir la sepultura.
— Eso har� yo de muy buena gana —dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes ten�an el mesmo deseo, se le pusieron a la redonda; y �l, leyendo en voz clara, vio que as� dec�a:
Canci�n de Gris�stomo
Ya que quieres, cruel, que se publique,
de lengua en lengua y de una en otra gente,
del �spero rigor tuyo la fuerza,
har� que el mesmo infierno comunique
al triste pecho m�o un son doliente,
con que el uso com�n de mi voz tuerza.
Y al par de mi deseo, que se esfuerza
a decir mi dolor y tus haza�as,
de la espantable voz ir� el acento,
y en �l mezcladas, por mayor tormento,
pedazos de las m�seras entra�as.
Escucha, pues, y presta atento o�do,
no al concertado son, sino al r�ido
que de lo hondo de mi amargo pecho,
llevado de un forzoso desvar�o,
por gusto m�o sale y tu despecho.
El rugir del le�n, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de alg�n monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
del ya vencido toro el implacable
bramido, y de la viuda tortolilla
el sentible arrullar; el triste canto
del envidiado b�ho, con el llanto
de toda la infernal negra cuadrilla,
salgan con la doliente �nima fuera,
mezclados en un son, de tal manera
que se confundan los sentidos todos,
pues la pena cruel que en m� se halla
para contalla pide nuevos modos.
De tanta confusi�n no las arenas
del padre Tajo oir�n los tristes ecos,
ni del famoso Betis las olivas:
que all� se esparcir�n mis duras penas
en altos riscos y en profundos huecos,
con muerta lengua y con palabras vivas;
o ya en escuros valles, o en esquivas
playas, desnudas de contrato humano,
o adonde el sol jam�s mostr� su lumbre,
o entre la venenosa muchedumbre
de fieras que alimenta el libio llano;
que, puesto que en los p�ramos desiertos
los ecos roncos de mi mal, inciertos,
suenen con tu rigor tan sin segundo,
por privilegio de mis cortos hados,
ser�n llevados por el ancho mundo.
Mata un desd�n, atierra la paciencia,
o verdadera o falsa, una sospecha;
matan los celos con rigor m�s fuerte;
desconcierta la vida larga ausencia;
contra un temor de olvido no aprovecha
firme esperanza de dichosa suerte.
En todo hay cierta, inevitable muerte;
mas yo, �milagro nunca visto!, vivo
celoso, ausente, desde�ado y cierto
de las sospechas que me tienen muerto;
y en el olvido en quien mi fuego avivo,
y, entre tantos tormentos, nunca alcanza
mi vista a ver en sombra a la esperanza,
ni yo, desesperado, la procuro;
antes, por estremarme en mi querella,
estar sin ella eternamente juro.
�Pu�dese, por ventura, en un instante
esperar y temer, o es bien hacello,
siendo las causas del temor m�s ciertas?
�Tengo, si el duro celo est� delante,
de cerrar estos ojos, si he de vello
por mil heridas en el alma abiertas?
�Qui�n no abrir� de par en par las puertas
a la desconfianza, cuando mira
descubierto el desd�n, y las sospechas,
�oh amarga conversi�n!, verdades hechas,
y la limpia verdad vuelta en mentira?
�Oh, en el reino de amor fieros tiranos
celos, ponedme un hierro en estas manos!
Dame, desd�n, una torcida soga.
Mas, �ay de m�!, que, con cruel vitoria,
vuestra memoria el sufrimiento ahoga.
Yo muero, en fin; y, porque nunca espere
buen suceso en la muerte ni en la vida,
pertinaz estar� en mi fantas�a.
Dir� que va acertado el que bien quiere,
y que es m�s libre el alma m�s rendida
a la de amor antigua tiran�a.
Dir� que la enemiga siempre m�a
hermosa el alma como el cuerpo tiene,
y que su olvido de mi culpa nace,
y que, en fe de los males que nos hace,
amor su imperio en justa paz mantiene.
Y, con esta opini�n y un duro lazo,
acelerando el miserable plazo
a que me han conducido sus desdenes,
ofrecer� a los vientos cuerpo y alma,
sin lauro o palma de futuros bienes.
T�, que con tantas sinrazones muestras
la raz�n que me fuerza a que la haga
a la cansada vida que aborrezco,
pues ya ves que te da notorias muestras
esta del coraz�n profunda llaga,
de c�mo, alegre, a tu rigor me ofrezco,
si, por dicha, conoces que merezco
que el cielo claro de tus bellos ojos
en mi muerte se turbe, no lo hagas;
que no quiero que en nada satisfagas,
al darte de mi alma los despojos.
Antes, con risa en la ocasi�n funesta,
descubre que el fin m�o fue tu fiesta;
mas gran simpleza es avisarte desto,
pues s� que est� tu gloria conocida
en que mi vida llegue al fin tan presto.
Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo
T�ntalo con su sed; S�sifo venga
con el peso terrible de su canto;
Ticio traya su buitre, y ansimismo
con su rueda Eg��n no se detenga,
ni las hermanas que trabajan tanto;
y todos juntos su mortal quebranto
trasladen en mi pecho, y en voz baja
-si ya a un desesperado son debidas-
canten obsequias tristes, doloridas,
al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.
Y el portero infernal de los tres rostros,
con otras mil quimeras y mil monstros,
lleven el doloroso contrapunto;
que otra pompa mejor no me parece
que la merece un amador difunto.
Canci�n desesperada, no te quejes
cuando mi triste compa��a dejes;
antes, pues que la causa do naciste
con mi desdicha augmenta su ventura,
aun en la sepultura no est�s triste.
Bien les pareci�, a los que escuchado hab�an, la canci�n de Gris�stomo, puesto que el que la ley� dijo que no le parec�a que conformaba con la relaci�n que �l hab�a o�do del recato y bondad de Marcela, porque en ella se quejaba Gris�stomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen cr�dito y buena fama de Marcela. A lo cual respondi� Ambrosio, como aquel que sab�a bien los m�s escondidos pensamientos de su amigo: — Para que, se�or, os satisfag�is desa duda, es bien que sep�is que cuando este desdichado escribi� esta canci�n estaba ausente de Marcela, de quien �l se hab�a ausentado por su voluntad, por ver si usaba con �l la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa que no le fatigue ni temor que no le d� alcance, as� le fatigaban a Gris�stomo los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho desde�osa, la mesma envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
— As� es la verdad —respondi� Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que hab�a reservado del fuego, lo estorb� una maravillosa visi�n —que tal parec�a ella— que improvisamente se les ofreci� a los ojos; y fue que, por cima de la pe�a donde se cavaba la sepultura, pareci� la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su fama su hermosura. Los que hasta entonces no la hab�an visto la miraban con admiraci�n y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron menos suspensos que los que nunca la hab�an visto. Mas, apenas la hubo visto Ambrosio, cuando, con muestras de �nimo indignado, le dijo:
— �Vienes a ver, por ventura, �oh fiero basilisco destas monta�as!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a quien tu crueldad quit� la vida? �O vienes a ufanarte en las crueles haza�as de tu condici�n, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cad�ver, como la ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qu� es aquello de que m�s gustas; que, por saber yo que los pensamientos de Gris�stomo jam�s dejaron de obedecerte en vida, har� que, aun �l muerto, te obedezcan los de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
— No vengo, �oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho —respondi� Marcela—, sino a volver por m� misma, y a dar a entender cu�n fuera de raz�n van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Gris�stomo me culpan; y as�, ruego a todos los que aqu� est�is me est�is atentos, que no ser� menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos.
�H�zome el cielo, seg�n vosotros dec�s, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me am�is os mueve mi hermosura; y, por el amor que me mostr�is, dec�s, y aun quer�is, que est� yo obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por raz�n de ser amado, est� obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y m�s, que podr�a acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir ''Qui�rote por hermosa; hasme de amar aunque sea feo''. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, ser�a un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cu�l hab�an de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos hab�an de ser los deseos. Y, seg�n yo he o�do decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto as�, como yo creo que lo es, �por qu� quer�is que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no m�s de que dec�s que me quer�is bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, �fuera justo que me quejara de vosotros porque no me am�bades? Cuanto m�s, que hab�is de considerar que yo no escog� la hermosura que tengo; que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y, as� como la v�bora no merece ser culpada por la ponzo�a que tiene, puesto que con ella mata, por hab�rsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado o como la espada aguda, que ni �l quema ni ella corta a quien a ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y al alma m�s adornan y hermosean, �por qu� la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intenci�n de aquel que, por s�lo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda?
�Yo nac� libre, y para poder vivir libre escog� la soledad de los campos. Los �rboles destas monta�as son mi compa��a, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los �rboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desenga�ado con las palabras. Y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Gris�stomo ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mat� su porf�a que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubri� la bondad de su intenci�n, le dije yo que la m�a era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si �l, con todo este desenga�o, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, �qu� mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intenci�n y prosupuesto. Porfi� desenga�ado, desesper� sin ser aborrecido: �mirad ahora si ser� raz�n que de su pena se me d� a m� la culpa! Qu�jese el enga�ado, desesp�rese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, conf�ese el que yo llamare, uf�nese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, enga�o, llamo ni admito.
�El cielo a�n hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que tengo de amar por elecci�n es escusado. Este general desenga�o sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y enti�ndase, de aqu� adelante, que si alguno por m� muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los desenga�os no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, d�jeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscar�, servir�, conocer� ni seguir� en ninguna manera. Que si a Gris�stomo mat� su impaciencia y arrojado deseo, �por qu� se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compa��a de los �rboles, �por qu� ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres? Yo, como sab�is, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condici�n y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No enga�o a �ste ni solicito aqu�l, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversaci�n honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por t�rmino estas monta�as, y si de aqu� salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera.
Y, en diciendo esto, sin querer o�r respuesta alguna, volvi� las espaldas y se entr� por lo m�s cerrado de un monte que all� cerca estaba, dejando admirados, tanto de su discreci�n como de su hermosura, a todos los que all� estaban. Y algunos dieron muestras —de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos— de quererla seguir, sin aprovecharse del manifiesto desenga�o que hab�an o�do. Lo cual visto por don Quijote, pareci�ndole que all� ven�a bien usar de su caballer�a, socorriendo a las doncellas menesterosas, puesta la mano en el pu�o de su espada, en altas e inteligibles voces, dijo:
— Ninguna persona, de cualquier estado y condici�n que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignaci�n m�a. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Gris�stomo, y cu�n ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en �l ella es sola la que con tan honesta intenci�n vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo deb�an, ninguno de los pastores se movi� ni apart� de all� hasta que, acabada la sepultura y abrasados los papeles de Gris�stomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas l�grimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa pe�a, en tanto que se acababa una losa que, seg�n Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un epitafio que hab�a de decir desta manera:
Yace aqu� de un amador
el m�sero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Muri� a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiran�a de su amor.
Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y, dando todos el p�same a su amigo Ambrosio, se despidieron d�l. Lo mesmo hicieron Vivaldo y su compa�ero, y don Quijote se despidi� de sus hu�spedes y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada esquina se ofrecen m�s que en otro alguno. Don Quijote les agradeci� el aviso y el �nimo que mostraban de hacerle merced, y dijo que por entonces no quer�a ni deb�a ir a Sevilla, hasta que hubiese despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas. Viendo su buena determinaci�n, no quisieron los caminantes importunarle m�s, sino, torn�ndose a despedir de nuevo, le dejaron y prosiguieron su camino, en el cual no les falt� de qu� tratar, as� de la historia de Marcela y Gris�stomo como de las locuras de don Quijote. El cual determin� de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que �l pod�a en su servicio. Mas no le avino como �l pensaba, seg�n se cuenta en el discurso desta verdadera historia, dando aqu� fin la segunda parte.
Tercera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Cuenta el sabio Cide Hamete Benengeli que, as� como don Quijote se despidi� de sus hu�spedes y de todos los que se hallaron al entierro del pastor Gris�stomo, �l y su escudero se entraron por el mesmo bosque donde vieron que se hab�a entrado la pastora Marcela; y, habiendo andado m�s de dos horas por �l, busc�ndola por todas partes sin poder hallarla, vinieron a parar a un prado lleno de fresca yerba, junto del cual corr�a un arroyo apacible y fresco; tanto, que convid� y forz� a pasar all� las horas de la siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar.
Ape�ronse don Quijote y Sancho, y, dejando al jumento y a Rocinante a sus anchuras pacer de la mucha yerba que all� hab�a, dieron saco a las alforjas, y, sin cerimonia alguna, en buena paz y compa��a, amo y mozo comieron lo que en ellas hallaron.
No se hab�a curado Sancho de echar sueltas a Rocinante, seguro de que le conoc�a por tan manso y tan poco rijoso que todas las yeguas de la dehesa de C�rdoba no le hicieran tomar mal siniestro. Orden�, pues, la suerte, y el diablo, que no todas veces duerme, que andaban por aquel valle paciendo una manada de hacas galicianas de unos arrieros gallegos, de los cuales es costumbre sestear con su recua en lugares y sitios de yerba y agua; y aquel donde acert� a hallarse don Quijote era muy a prop�sito de los gallegos. Sucedi�, pues, que a Rocinante le vino en deseo de refocilarse con las se�oras facas; y saliendo, as� como las oli�, de su natural paso y costumbre, sin pedir licencia a su due�o, tom� un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas. Mas ellas, que, a lo que pareci�, deb�an de tener m�s gana de pacer que de �l, recibi�ronle con las herraduras y con los dientes, de tal manera que, a poco espacio, se le rompieron las cinchas y qued�, sin silla, en pelota. Pero lo que �l debi� m�s de sentir fue que, viendo los arrieros la fuerza que a sus yeguas se les hac�a, acudieron con estacas, y tantos palos le dieron que le derribaron malparado en el suelo.
Ya en esto don Quijote y Sancho, que la paliza de Rocinante hab�an visto, llegaban ijadeando; y dijo don Quijote a Sancho:
— A lo que yo veo, amigo Sancho, �stos no son caballeros, sino gente soez y de baja ralea. D�golo porque bien me puedes ayudar a tomar la debida venganza del agravio que delante de nuestros ojos se le ha hecho a Rocinante.
— �Qu� diablos de venganza hemos de tomar —respondi� Sancho—, si �stos son m�s de veinte y nosotros no m�s de dos, y aun, quiz�, nosotros sino uno y medio?
— Yo valgo por ciento —replic� don Quijote.
Y, sin hacer m�s discursos, ech� mano a su espada y arremeti� a los gallegos, y lo mesmo hizo Sancho Panza, incitado y movido del ejemplo de su amo. Y, a las primeras, dio don Quijote una cuchillada a uno, que le abri� un sayo de cuero de que ven�a vestido, con gran parte de la espalda. Los gallegos, que se vieron maltratar de aquellos dos hombres solos, siendo ellos tantos, acudieron a sus estacas, y, cogiendo a los dos en medio, comenzaron a menudear sobre ellos con grande ah�nco y vehemencia. Verdad es que al segundo toque dieron con Sancho en el suelo, y lo mesmo le avino a don Quijote, sin que le valiese su destreza y buen �nimo; y quiso su ventura que viniese a caer a los pies de Rocinante, que a�n no se hab�a levantado; donde se echa de ver la furia con que machacan estacas puestas en manos r�sticas y enojadas.
Viendo, pues, los gallegos el mal recado que hab�an hecho, con la mayor presteza que pudieron, cargaron su recua y siguieron su camino, dejando a los dos aventureros de mala traza y de peor talante.
El primero que se resinti� fue Sancho Panza; y, hall�ndose junto a su se�or, con voz enferma y lastimada, dijo:
— �Se�or don Quijote! �Ah, se�or don Quijote!
— �Qu� quieres, Sancho hermano? —respondi� don Quijote con el mesmo tono afeminado y doliente que Sancho.
— Querr�a, si fuese posible —respondi� Sancho Panza—, que vuestra merced me diese dos tragos de aquella bebida del feo Blas, si es que la tiene vuestra merced ah� a mano. Quiz� ser� de provecho para los quebrantamientos de huesos como lo es para las feridas.
— Pues, a tenerla yo aqu�, desgraciado yo, �qu� nos faltaba? —respondi� don Quijote—. Mas yo te juro, Sancho Panza, a fe de caballero andante, que antes que pasen dos d�as, si la fortuna no ordena otra cosa, la tengo de tener en mi poder, o mal me han de andar las manos.
— Pues, �en cu�ntos le parece a vuestra merced que podremos mover los pies? — replic� Sancho Panza.
— De m� s� decir —dijo el molido caballero don Quijote— que no sabr� poner t�rmino a esos d�as. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no hab�a de poner mano a la espada contra hombres que no fuesen armados caballeros como yo; y as�, creo que, en pena de haber pasado las leyes de la caballer�a, ha permitido el dios de las batallas que se me diese este castigo. Por lo cual, Sancho Panza, conviene que est�s advertido en esto que ahora te dir�, porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que, cuando veas que semejante canalla nos hace alg�n agravio, no aguardes a que yo ponga mano al espada para ellos, porque no lo har� en ninguna manera, sino pon t� mano a tu espada y cast�galos muy a tu sabor; que si en su ayuda y defensa acudieren caballeros, yo te sabr� defender y ofendellos con todo mi poder; que ya habr�s visto por mil se�ales y experiencias hasta ad�nde se estiende el valor de este mi fuerte brazo.
Tal qued� de arrogante el pobre se�or con el vencimiento del valiente vizca�no. Mas no le pareci� tan bien a Sancho Panza el aviso de su amo que dejase de responder, diciendo:
— Se�or, yo soy hombre pac�fico, manso, sosegado, y s� disimilar cualquiera injuria, porque tengo mujer y hijos que sustentar y criar. As� que, s�ale a vuestra merced tambi�n aviso, pues no puede ser mandato, que en ninguna manera pondr� mano a la espada, ni contra villano ni contra caballero; y que, desde aqu� para delante de Dios, perdono cuantos agravios me han hecho y han de hacer: ora me los haya hecho, o haga o haya de hacer, persona alta o baja, rico o pobre, hidalgo o pechero, sin eceptar estado ni condici�n alguna.
Lo cual o�do por su amo, le respondi�:
— Quisiera tener aliento para poder hablar un poco descansado, y que el dolor que tengo en esta costilla se aplacara tanto cuanto, para darte a entender, Panza, en el error en que est�s. Ven ac�, pecador; si el viento de la fortuna, hasta ahora tan contrario, en nuestro favor se vuelve, llev�ndonos las velas del deseo para que seguramente y sin contraste alguno tomemos puerto en alguna de las �nsulas que te tengo prometida, �qu� ser�a de ti si, gan�ndola yo, te hiciese se�or della? Pues �lo vendr�s a imposibilitar por no ser caballero, ni quererlo ser, ni tener valor ni intenci�n de vengar tus injurias y defender tu se�or�o? Porque has de saber que en los reinos y provincias nuevamente conquistados nunca est�n tan quietos los �nimos de sus naturales, ni tan de parte del nuevo se�or que no se tengan temor de que han de hacer alguna novedad para alterar de nuevo las cosas, y volver, como dicen, a probar ventura; y as�, es menester que el nuevo posesor tenga entendimiento para saberse gobernar, y valor para ofender y defenderse en cualquiera acontecimiento.
— En este que ahora nos ha acontecido —respondi� Sancho—, quisiera yo tener ese entendimiento y ese valor que vuestra merced dice; mas yo le juro, a fe de pobre hombre, que m�s estoy para bizmas que para pl�ticas. Mire vuestra merced si se puede levantar, y ayudaremos a Rocinante, aunque no lo merece, porque �l fue la causa principal de todo este molimiento. Jam�s tal cre� de Rocinante, que le ten�a por persona casta y tan pac�fica como yo. En fin, bien dicen que es menester mucho tiempo para venir a conocer las personas, y que no hay cosa segura en esta vida. �Qui�n dijera que tras de aquellas tan grandes cuchilladas como vuestra merced dio a aquel desdichado caballero andante, hab�a de venir, por la posta y en seguimiento suyo, esta tan grande tempestad de palos que ha descargado sobre nuestras espaldas? — Aun las tuyas, Sancho —replic� don Quijote—, deben de estar hechas a semejantes nublados; pero las m�as, criadas entre sinabafas y holandas, claro est� que sentir�n m�s el dolor desta desgracia. Y si no fuese porque imagino..., �qu� digo imagino?, s� muy cierto, que todas estas incomodidades son muy anejas al ejercicio de las armas, aqu� me dejar�a morir de puro enojo.
A esto replic� el escudero:
— Se�or, ya que estas desgracias son de la cosecha de la caballer�a, d�game vuestra merced si suceden muy a menudo, o si tienen sus tiempos limitados en que acaecen; porque me parece a m� que a dos cosechas quedaremos in�tiles para la tercera, si Dios, por su infinita misericordia, no nos socorre.
— S�bete, amigo Sancho —respondi� don Quijote—, que la vida de los caballeros andantes est� sujeta a mil peligros y desventuras; y, ni m�s ni menos, est� en potencia propincua de ser los caballeros andantes reyes y emperadores, como lo ha mostrado la experiencia en muchos y diversos caballeros, de cuyas historias yo tengo entera noticia. Y pudi�rate contar agora, si el dolor me diera lugar, de algunos que, s�lo por el valor de su brazo, han subido a los altos grados que he contado; y estos mesmos se vieron antes y despu�s en diversas calamidades y miserias. Porque el valeroso Amad�s de Gaula se vio en poder de su mortal enemigo Arcal�us el encantador, de quien se tiene por averiguado que le dio, teni�ndole preso, m�s de docientos azotes con las riendas de su caballo, atado a una coluna de un patio. Y aun hay un autor secreto, y de no poco cr�dito, que dice que, habiendo cogido al Caballero del Febo con una cierta trampa que se le hundi� debajo de los pies, en un cierto castillo, y al caer, se hall� en una honda sima debajo de tierra, atado de pies y manos, y all� le echaron una destas que llaman melecinas, de agua de nieve y arena, de lo que lleg� muy al cabo; y si no fuera socorrido en aquella gran cuita de un sabio grande amigo suyo, lo pasara muy mal el pobre caballero. Ans� que, bien puedo yo pasar entre tanta buena gente; que mayores afrentas son las que �stos pasaron, que no las que ahora nosotros pasamos. Porque quiero hacerte sabidor, Sancho, que no afrentan las heridas que se dan con los instrumentos que acaso se hallan en las manos; y esto est� en la ley del duelo, escrito por palabras expresas: que si el zapatero da a otro con la horma que tiene en la mano, puesto que verdaderamente es de palo, no por eso se dir� que queda apaleado aquel a quien dio con ella. Digo esto porque no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos, quedamos afrentados; porque las armas que aquellos hombres tra�an, con que nos machacaron, no eran otras que sus estacas, y ninguno dellos, a lo que se me acuerda, ten�a estoque, espada ni pu�al.
— No me dieron a m� lugar —respondi� Sancho— a que mirase en tanto; porque, apenas puse mano a mi tizona, cuando me santiguaron los hombros con sus pinos, de manera que me quitaron la vista de los ojos y la fuerza de los pies, dando conmigo adonde ahora yago, y adonde no me da pena alguna el pensar si fue afrenta o no lo de los estacazos, como me la da el dolor de los golpes, que me han de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.
— Con todo eso, te hago saber, hermano Panza —replic� don Quijote—, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no le consuma.
— Pues, �qu� mayor desdicha puede ser —replic� Panza— de aquella que aguarda al tiempo que la consuma y a la muerte que la acabe? Si esta nuestra desgracia fuera de aquellas que con un par de bizmas se curan, aun no tan malo; pero voy viendo que no han de bastar todos los emplastos de un hospital para ponerlas en buen t�rmino siquiera.
— D�jate deso y saca fuerzas de flaqueza, Sancho —respondi� don Quijote—, que as� har� yo, y veamos c�mo est� Rocinante; que, a lo que me parece, no le ha cabido al pobre la menor parte desta desgracia.
— No hay de qu� maravillarse deso —respondi� Sancho—, siendo �l tan buen caballero andante; de lo que yo me maravillo es de que mi jumento haya quedado libre y sin costas donde nosotros salimos sin costillas.
— Siempre deja la ventura una puerta abierta en las desdichas, para dar remedio a ellas —dijo don Quijote—. D�golo porque esa bestezuela podr� suplir ahora la falta de Rocinante, llev�ndome a m� desde aqu� a alg�n castillo donde sea curado de mis feridas. Y m�s, que no tendr� a deshonra la tal caballer�a, porque me acuerdo haber le�do que aquel buen viejo Sileno, ayo y pedagogo del alegre dios de la risa, cuando entr� en la ciudad de las cien puertas iba, muy a su placer, caballero sobre un muy hermoso asno.
— Verdad ser� que �l deb�a de ir caballero, como vuestra merced dice — respondi� Sancho—, pero hay grande diferencia del ir caballero al ir atravesado como costal de basura.
A lo cual respondi� don Quijote:
— Las feridas que se reciben en las batallas, antes dan honra que la quitan. As� que, Panza amigo, no me repliques m�s, sino, como ya te he dicho, lev�ntate lo mejor que pudieres y ponme de la manera que m�s te agradare encima de tu jumento, y vamos de aqu� antes que la noche venga y nos saltee en este despoblado.
— Pues yo he o�do decir a vuestra merced —dijo Panza— que es muy de caballeros andantes el dormir en los p�ramos y desiertos lo m�s del a�o, y que lo tienen a mucha ventura.
— Eso es —dijo don Quijote— cuando no pueden m�s, o cuando est�n enamorados; y es tan verdad esto, que ha habido caballero que se ha estado sobre una pe�a, al sol y a la sombra, y a las inclemencias del cielo, dos a�os, sin que lo supiese su se�ora. Y uno d�stos fue Amad�s, cuando, llam�ndose Beltenebros, se aloj� en la Pe�a Pobre, ni s� si ocho a�os o ocho meses, que no estoy muy bien en la cuenta: basta que �l estuvo all� haciendo penitencia, por no s� qu� sinsabor que le hizo la se�ora Oriana. Pero dejemos ya esto, Sancho, y acaba, antes que suceda otra desgracia al jumento, como a Rocinante.
— Aun ah� ser�a el diablo —dijo Sancho.
Y, despidiendo treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte p�setes y reniegos de quien all� le hab�a tra�do, se levant�, qued�ndose agobiado en la mitad del camino, como arco turquesco, sin poder acabar de enderezarse; y con todo este trabajo aparej� su asno, que tambi�n hab�a andado algo destra�do con la demasiada libertad de aquel d�a. Levant� luego a Rocinante, el cual, si tuviera lengua con que quejarse, a buen seguro que Sancho ni su amo no le fueran en zaga.
En resoluci�n, Sancho acomod� a don Quijote sobre el asno y puso de reata a Rocinante; y, llevando al asno de cabestro, se encamin�, poco m�s a menos, hacia donde le pareci� que pod�a estar el camino real. Y la suerte, que sus cosas de bien en mejor iba guiando, a�n no hubo andado una peque�a legua, cuando le depar� el camino, en el cual descubri� una venta que, a pesar suyo y gusto de don Quijote, hab�a de ser castillo. Porfiaba Sancho que era venta, y su amo que no, sino castillo; y tanto dur� la porf�a, que tuvieron lugar, sin acabarla, de llegar a ella, en la cual Sancho se entr�, sin m�s averiguaci�n, con toda su recua.
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, pregunt� a Sancho qu� mal tra�a. Sancho le respondi� que no era nada, sino que hab�a dado una ca�da de una pe�a abajo, y que ven�a algo brumadas las costillas. Ten�a el ventero por mujer a una, no de la condici�n que suelen tener las de semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dol�a de las calamidades de sus pr�jimos; y as�, acudi� luego a curar a don Quijote y hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la ayudase a curar a su hu�sped. Serv�a en la venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallard�a del cuerpo supl�a las dem�s faltas: no ten�a siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que alg�n tanto le cargaban, la hac�an mirar al suelo m�s de lo que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayud� a la doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranch�n que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que hab�a servido de pajar muchos a�os. En la cual tambi�n alojaba un arriero, que ten�a su cama hecha un poco m�s all� de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos, hac�a mucha ventaja a la de don Quijote, que s�lo conten�a cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colch�n que en lo sutil parec�a colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de guijarro, y dos s�banas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta. En esta maldita cama se acost� don Quijote, y luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbr�ndoles Maritornes, que as� se llamaba la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello m�s parec�an golpes que ca�da.
— No fueron golpes —dijo Sancho—, sino que la pe�a ten�a muchos picos y tropezones.
Y que cada uno hab�a hecho su cardenal. Y tambi�n le dijo:
— Haga vuestra merced, se�ora, de manera que queden algunas estopas, que no faltar� quien las haya menester; que tambi�n me duelen a m� un poco los lomos.
— Desa manera —respondi� la ventera—, tambi�n debistes vos de caer.
— No ca� —dijo Sancho Panza—, sino que del sobresalto que tom� de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a m� el cuerpo que me parece que me han dado mil palos.
— Bien podr� ser eso —dijo la doncella—; que a m� me ha acontecido muchas veces so�ar que ca�a de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo, y, cuando despertaba del sue�o, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera ca�do.
— Ah� est� el toque, se�ora —respondi� Sancho Panza—: que yo, sin so�ar nada, sino estando m�s despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi se�or don Quijote.
— �C�mo se llama este caballero? —pregunt� la asturiana Maritornes.
— Don Quijote de la Mancha —respondi� Sancho Panza—, y es caballero aventurero, y de los mejores y m�s fuertes que de luengos tiempos ac� se han visto en el mundo.
— �Qu� es caballero aventurero? —replic� la moza.
— �Tan nueva sois en el mundo que no lo sab�is vos? —respondi� Sancho Panza—. Pues sabed, hermana m�a, que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy est� la m�s desdichada criatura del mundo y la m�s menesterosa, y ma�ana tendr�a dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero.
— Pues, �c�mo vos, si�ndolo deste tan buen se�or —dijo la ventera—, no ten�is, a lo que parece, siquiera alg�n condado?
— A�n es temprano —respondi� Sancho—, porque no ha sino un mes que andamos buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si mi se�or don Quijote sana desta herida o ca�da y yo no quedo contrecho della, no trocar�a mis esperanzas con el mejor t�tulo de Espa�a.
Todas estas pl�ticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y, sent�ndose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo:
— Creedme, fermosa se�ora, que os pod�is llamar venturosa por haber alojado en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi escudero os dir� qui�n soy. S�lo os digo que tendr� eternamente escrito en mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradec�roslo mientras la vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran se�ores de mi libertad.
Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las razones del andante caballero, que as� las entend�an como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mir�banle y admir�banse, y parec�ales otro hombre de los que se usaban; y, agradeci�ndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la asturiana Maritornes cur� a Sancho, que no menos lo hab�a menester que su amo.
Hab�a el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilar�an juntos, y ella le hab�a dado su palabra de que, en estando sosegados los hu�spedes y durmiendo sus amos, le ir�a a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y cu�ntase desta buena moza que jam�s dio semejantes palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno; porque presum�a muy de hidalga, y no ten�a por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta, porque dec�a ella que desgracias y malos sucesos la hab�an tra�do a aquel estado.
El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a �l, hizo el suyo Sancho, que s�lo conten�a una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Suced�a a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno de los dos mejores mulos que tra�a, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Ar�valo, seg�n lo dice el autor desta historia, que deste arriero hace particular menci�n, porque le conoc�a muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas; y �chase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan m�nimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podr�n tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dej�ndose en el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo m�s sustancial de la obra. �Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qu� puntualidad lo describen todo!
Digo, pues, que despu�s de haber visitado el arriero a su recua y d�dole el segundo pienso, se tendi� en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntual�sima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo consent�a el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, ten�a los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no hab�a otra luz que la que daba una l�mpara que colgada en medio del portal ard�a.
Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero tra�a de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo a la imaginaci�n una de las estra�as locuras que buenamente imaginarse pueden. Y fue que �l se imagin� haber llegado a un famoso castillo —que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba—, y que la hija del ventero lo era del se�or del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se hab�a enamorado d�l y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendr�a a yacer con �l una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que �l se hab�a fabricado, por firme y valedera, se comenz� a acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se hab�a de ver, y propuso en su coraz�n de no cometer alevos�a a su se�ora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su dama Quinta�ona se le pusiesen delante.
Pensando, pues, en estos disparates, se lleg� el tiempo y la hora —que para �l fue menguada— de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fust�n, con t�citos y atentados pasos, entr� en el aposento donde los tres alojaban en busca del arriero. Pero, apenas lleg� a la puerta, cuando don Quijote la sinti�, y, sent�ndose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendi� los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que, toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido, top� con los brazos de don Quijote, el cual la asi� fuertemente de una mu�eca y, tir�ndola hac�a s�, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tent�le luego la camisa, y, aunque ella era de harpillera, a �l le pareci� ser de fin�simo y delgado cendal. Tra�a en las mu�ecas unas cuentas de vidro, pero a �l le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, �l los marc� por hebras de lucid�simo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurec�a. Y el aliento, que, sin duda alguna, ol�a a ensalada fiambre y trasnochada, a �l le pareci� que arrojaba de su boca un olor suave y arom�tico; y, finalmente, �l la pint� en su imaginaci�n de la misma traza y modo que lo hab�a le�do en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aqu� van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que tra�a en s� la buena doncella, no le desenga�aban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes, le parec�a que ten�a entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y, teni�ndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenz� a decir:
— Quisiera hallarme en t�rminos, fermosa y alta se�ora, de poder pagar tama�a merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que, aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y m�s, que se a�ade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, �nica se�ora de mis m�s escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasi�n en que vuestra gran bondad me ha puesto.
Maritornes estaba congojad�sima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le dec�a, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien ten�an despierto sus malos deseos, desde el punto que entr� su coima por la puerta, la sinti�; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote dec�a, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por otro, se fue llegando m�s al lecho de don Quijote, y est�vose quedo hasta ver en qu� paraban aquellas razones, que �l no pod�a entender. Pero, como vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareci�ndole mal la burla, enarbol� el brazo en alto y descarg� tan terrible pu�ada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero, que le ba�� toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subi� encima de las costillas, y con los pies m�s que de trote, se las pase� todas de cabo a cabo.
El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la a�adidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despert� el ventero, y luego imagin� que deb�an de ser pendencias de Maritornes, porque, habi�ndola llamado a voces, no respond�a. Con esta sospecha se levant�, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde hab�a sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo ven�a, y que era de condici�n terrible, toda medrosica y alborotada, se acogi� a la cama de Sancho Panza, que a�n dorm�a, y all� se acorruc� y se hizo un ovillo. El ventero entr� diciendo:
— �Ad�nde est�s, puta? A buen seguro que son tus cosas �stas.
En esto, despert� Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de s�, pens� que ten�a la pesadilla, y comenz� a dar pu�adas a una y otra parte, y entre otras alcanz� con no s� cu�ntas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le quit� el sue�o; el cual, vi�ndose tratar de aquella manera y sin saber de qui�n, alz�ndose como pudo, se abraz� con Maritornes, y comenzaron entre los dos la m�s re�ida y graciosa escaramuza del mundo. Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cu�l andaba su dama, dejando a don Quijote, acudi� a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intenci�n diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasi�n de toda aquella armon�a. Y as� como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a �l, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apag� el candil, y, como quedaron ascuras, d�banse tan sin compasi�n todos a bulto que, a doquiera que pon�an la mano, no dejaban cosa sana.
Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estra�o estruendo de la pelea, asi� de su media vara y de la caja de lata de sus t�tulos, y entr� ascuras en el aposento, diciendo:
— �T�nganse a la justicia! �T�nganse a la Santa Hermandad!
Y el primero con quien top� fue con el apu�eado de don Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y, ech�ndole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir:
— �Favor a la justicia!
Pero, viendo que el que ten�a asido no se bull�a ni meneaba, se dio a entender que estaba muerto, y que los que all� dentro estaban eran sus matadores; y con esta sospecha reforz� la voz, diciendo:
— �Ci�rrese la puerta de la venta! �Miren no se vaya nadie, que han muerto aqu� a un hombre!
Esta voz sobresalt� a todos, y cada cual dej� la pendencia en el grado que le tom� la voz. Retir�se el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho no se pudieron mover de donde estaban. Solt� en esto el cuadrillero la barba de don Quijote, y sali� a buscar luz para buscar y prender los delincuentes; mas no la hall�, porque el ventero, de industria, hab�a muerto la l�mpara cuando se retir� a su estancia, y fuele forzoso acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendi� el cuadrillero otro candil.
Hab�a ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo tono de voz con que el d�a antes hab�a llamado a su escudero, cuando estaba tendido en el val de las estacas, le comenz� a llamar, diciendo:
— Sancho amigo, �duermes? �Duermes, amigo Sancho?
— �Qu� tengo de dormir, pesia a m� —respondi� Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho—; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta noche?
— Pu�deslo creer ans�, sin duda —respondi� don Quijote—, porque, o yo s� poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendr�s secreto hasta despu�s de mi muerte.
— S� juro —respondi� Sancho.
— D�golo —replic� don Quijote—, porque soy enemigo de que se quite la honra a nadie.
— Digo que s� juro —torn� a decir Sancho— que lo callar� hasta despu�s de los d�as de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir ma�ana. — �Tan malas obras te hago, Sancho —respondi� don Quijote—, que me querr�as ver muerto con tanta brevedad?
— No es por eso —respondi� Sancho—, sino porque soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querr�a que se me pudriesen de guardadas.
— Sea por lo que fuere —dijo don Quijote—; que m�s f�o de tu amor y de tu cortes�a; y as�, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las m�s estra�as aventuras que yo sabr� encarecer; y, por cont�rtela en breve, sabr�s que poco ha que a m� vino la hija del se�or deste castillo, que es la m�s apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. �Qu� te podr�a decir del adorno de su persona? �Qu� de su gallardo entendimiento? �Qu� de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi se�ora Dulcinea del Toboso, dejar� pasar intactas y en silencio? S�lo te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me hab�a puesto en las manos, o quiz�, y esto es lo m�s cierto, que, como tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulc�simos y amoros�simos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por d�nde ven�a, vino una mano pegada a alg�n brazo de alg�n descomunal gigante y asent�me una pu�ada en las quijadas, tal, que las tengo todas ba�adas en sangre; y despu�s me moli� de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los gallegos, que, por demas�as de Rocinante, nos hicieron el agravio que sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le debe de guardar alg�n encantado moro, y no debe de ser para m�.
— Ni para m� tampoco —respondi� Sancho—, porque m�s de cuatrocientos moros me han aporreado a m�, de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan pintado. Pero d�game, se�or, �c�mo llama a �sta buena y rara aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho, pero yo, �qu� tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? �Desdichado de m� y de la madre que me pari�, que ni soy caballero andante, ni lo pienso ser jam�s, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte!
— Luego, �tambi�n est�s t� aporreado? —respondi� don Quijote.
— �No le he dicho que s�, pesia a mi linaje? —dijo Sancho.
— No tengas pena, amigo —dijo don Quijote—, que yo har� agora el b�lsamo precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos.
Acab� en esto de encender el candil el cuadrillero, y entr� a ver el que pensaba que era muerto; y, as� como le vio entrar Sancho, vi�ndole venir en camisa y con su pa�o de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala cara, pregunt� a su amo:
— Se�or, �si ser� �ste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a castigar, si se dej� algo en el tintero?
— No puede ser el moro —respondi� don Quijote—, porque los encantados no se dejan ver de nadie.
— Si no se dejan ver, d�janse sentir —dijo Sancho—; si no, d�ganlo mis espaldas.
— Tambi�n lo podr�an decir las m�as —respondi� don Quijote—, pero no es bastante indicio �se para creer que este que se vee sea el encantado moro. Lleg� el cuadrillero, y, como los hall� hablando en tan sosegada conversaci�n, qued� suspenso. Bien es verdad que a�n don Quijote se estaba boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Lleg�se a �l el cuadrillero y d�jole:
— Pues, �c�mo va, buen hombre?
— Hablara yo m�s bien criado —respondi� don Quijote—, si fuera que vos. ��sase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?
El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con �l en la cabeza, de suerte que le dej� muy bien descalabrado; y, como todo qued� ascuras, sali�se luego; y Sancho Panza dijo:
— Sin duda, se�or, que �ste es el moro encantado, y debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros s�lo guarda las pu�adas y los candilazos.
— As� es —respondi� don Quijote—, y no hay que hacer caso destas cosas de encantamentos, ni hay para qu� tomar c�lera ni enojo con ellas; que, como son invisibles y fant�sticas, no hallaremos de qui�n vengarnos, aunque m�s lo procuremos. Lev�ntate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me d� un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salut�fero b�lsamo; que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado.
Lev�ntose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba el ventero; y, encontr�ndose con el cuadrillero, que estaba escuchando en qu� paraba su enemigo, le dijo:
— Se�or, quien quiera que se�is, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella cama, malferido por las manos del encantado moro que est� en esta venta. Cuando el cuadrillero tal oy�, t�vole por hombre falto de seso; y, porque ya comenzaba a amanecer, abri� la puerta de la venta, y, llamando al ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quer�a. El ventero le provey� de cuanto quiso, y Sancho se lo llev� a don Quijote, que estaba con las manos en la cabeza, quej�ndose del dolor del candilazo, que no le hab�a hecho m�s mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que �l pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta. En resoluci�n, �l tom� sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezcl�ndolos todos y coci�ndolos un buen espacio, hasta que le pareci� que estaban en su punto. Pidi� luego alguna redoma para echallo, y, como no la hubo en la venta, se resolvi� de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donaci�n. Y luego dijo sobre la alcuza m�s de ochenta paternostres y otras tantas avemar�as, salves y credos, y a cada palabra acompa�aba una cruz, a modo de bendici�n; a todo lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos. Hecho esto, quiso �l mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso b�lsamo que �l se imaginaba; y as�, se bebi�, de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se hab�a cocido, casi media azumbre; y apenas lo acab� de beber, cuando comenz� a vomitar de manera que no le qued� cosa en el est�mago; y con las ansias y agitaci�n del v�mito le dio un sudor copios�simo, por lo cual mand� que le arropasen y le dejasen solo. Hici�ronlo ans�, y qued�se dormido m�s de tres horas, al cabo de las cuales despert� y se sinti� aliviad�simo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente crey� que hab�a acertado con el b�lsamo de Fierabr�s, y que con aquel remedio pod�a acometer desde all� adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen.
Sancho Panza, que tambi�n tuvo a milagro la mejor�a de su amo, le rog� que le diese a �l lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedi�selo don Quijote, y �l, tom�ndola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la ech� a pechos, y envas� bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso que el est�mago del pobre Sancho no deb�a de ser tan delicado como el de su amo, y as�, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos que �l pens� bien y verdaderamente que era llegada su �ltima hora; y, vi�ndose tan afligido y congojado, maldec�a el b�lsamo y al ladr�n que se lo hab�a dado. Vi�ndole as� don Quijote, le dijo:
— Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para m� que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son.
— Si eso sab�a vuestra merced —replic� Sancho—, �mal haya yo y toda mi parentela!, �para qu� consinti� que lo gustase?
En esto, hizo su operaci�n el brebaje, y comenz� el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se hab�a vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubr�a, fueron m�s de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente �l, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Dur�le esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no qued� como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se pod�a tener.
Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sinti� aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras, pareci�ndole que todo el tiempo que all� se tardaba era quit�rsele al mundo y a los en �l menesterosos de su favor y amparo; y m�s con la seguridad y confianza que llevaba en su b�lsamo. Y as�, forzado deste deseo, �l mismo ensill� a Rocinante y enalbard� al jumento de su escudero, a quien tambi�n ayud� a vestir y a subir en el asno. P�sose luego a caballo, y, lleg�ndose a un rinc�n de la venta, asi� de un lanz�n que all� estaba, para que le sirviese de lanza.
Est�banle mirando todos cuantos hab�a en la venta, que pasaban de m�s de veinte personas; mir�bale tambi�n la hija del ventero, y �l tambi�n no quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que parec�a que le arrancaba de lo profundo de sus entra�as, y todos pensaban que deb�a de ser del dolor que sent�a en las costillas; a lo menos, pens�banlo aquellos que la noche antes le hab�an visto bizmar.
Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llam� al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo:
— Muchas y muy grandes son las mercedes, se�or alcaide, que en este vuestro castillo he recebido, y quedo obligad�simo a agradec�roslas todos los d�as de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de alg�n soberbio que os haya fecho alg�n agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar alevos�as. Recorred vuestra memoria, y si hall�is alguna cosa deste jaez que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de caballero que receb�, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad.
El ventero le respondi� con el mesmo sosiego:
— Se�or caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ning�n agravio, porque yo s� tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen. S�lo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, as� de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas.
— Luego, �venta es �sta? —replic� don Quijote.
— Y muy honrada —respondi� el ventero.
— Enga�ado he vivido hasta aqu� —respondi� don Quijote—, que en verdad que pens� que era castillo, y no malo; pero, pues es ans� que no es castillo sino venta, lo que se podr� hacer por agora es que perdon�is por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales s� cierto, sin que hasta ahora haya le�do cosa en contrario, que jam�s pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de d�a, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con fr�o, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los inc�modos de la tierra.
— Poco tengo yo que ver en eso —respondi� el ventero—; p�gueseme lo que se me debe, y dej�monos de cuentos ni de caballer�as, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.
— Vos sois un sandio y mal hostalero —respondi� don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanz�n, se sali� de la venta sin que nadie le detuviese, y �l, sin mirar si le segu�a su escudero, se along� un buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudi� a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo que, pues su se�or no hab�a querido pagar, que tampoco �l pagar�a; porque, siendo �l escudero de caballero andante, como era, la mesma regla y raz�n corr�a por �l como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohin�se mucho desto el ventero, y amenaz�le que si no le pagaba, que lo cobrar�a de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondi� que, por la ley de caballer�a que su amo hab�a recebido, no pagar�a un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no hab�a de perder por �l la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se hab�an de quejar d�l los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reproch�ndole el quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de C�rdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo esp�ritu, se llegaron a Sancho, y, ape�ndole del asno, uno dellos entr� por la manta de la cama del hu�sped, y, ech�ndole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo m�s bajo de lo que hab�an menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que ten�a por l�mite el cielo. Y all�, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto y a holgarse con �l como con perro por carnestolendas. Las voces que el m�sero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los o�dos de su amo; el cual, determin�ndose a escuchar atentamente, crey� que alguna nueva aventura le ven�a, hasta que claramente conoci� que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope lleg� a la venta, y, hall�ndola cerrada, la rode� por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hac�a a su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la c�lera le dejara, tengo para m� que se riera. Prob� a subir desde el caballo a las bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y as�, desde encima del caballo, comenz� a decir tantos denuestos y baldones a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovech�, hasta que de puro cansados le dejaron. Truj�ronle all� su asno, y, subi�ndole encima, le arroparon con su gab�n. Y la compasiva de Maritornes, vi�ndole tan fatigado, le pareci� ser bien socorrelle con un jarro de agua, y as�, se le trujo del pozo, por ser m�s fr�o. Tom�le Sancho, y llev�ndole a la boca, se par� a las voces que su amo le daba, diciendo:
— �Hijo Sancho, no bebas agua! �Hijo, no la bebas, que te matar�! �Ves? Aqu� tengo el sant�simo b�lsamo —y ense��bale la alcuza del brebaje—, que con dos gotas que d�l bebas sanar�s sin duda.
A estas voces volvi� Sancho los ojos, como de trav�s, y dijo con otras mayores:
— �Por dicha h�sele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entra�as que me quedaron de anoche? Gu�rdese su licor con todos los diablos y d�jeme a m�.
Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rog� a Maritornes que se le trujese de vino, y as� lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pag� de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque estaba en aquel trato, ten�a unas sombras y lejos de cristiana.
As� como bebi� Sancho, dio de los carca�os a su asno, y, abri�ndole la puerta de la venta de par en par, se sali� della, muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su intenci�n, aunque hab�a sido a costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se qued� con sus alforjas en pago de lo que se le deb�a; mas Sancho no las ech� menos, seg�n sali� turbado. Quiso el ventero atrancar bien la puerta as� como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que eran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballeros andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.
Lleg� Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no pod�a arrear a su jumento. Cuando as� le vio don Quijote, le dijo:
— Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo, �qu� pod�an ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me deb�an de tener encantado; que te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballer�a, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.
— Tambi�n me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para m� que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros; y todos, seg�n los o� nombrar cuando me volteaban, ten�an sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Mart�nez, y el otro Tenorio Hern�ndez, y el ventero o� que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. As� que, se�or, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en �l estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cu�l es nuestro pie derecho. Y lo que ser�a mejor y m�s acertado, seg�n mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dej�ndonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en colodra, como dicen.
— �Qu� poco sabes, Sancho —respondi� don Quijote—, de achaque de caballer�a! Calla y ten paciencia, que d�a vendr� donde veas por vista de ojos cu�n honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: �qu� mayor contento puede haber en el mundo, o qu� gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna.
— As� debe de ser —respondi� Sancho—, puesto que yo no lo s�; s�lo s� que, despu�s que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qu� me cuente en tan honroso n�mero), jam�s hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizca�no, y aun de aqu�lla sali� vuestra merced con media oreja y media celada menos; que, despu�s ac�, todo ha sido palos y m�s palos, pu�adas y m�s pu�adas, llevando yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme, para saber hasta d�nde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.
— �sa es la pena que yo tengo y la que t� debes tener, Sancho —respondi� don Quijote—; pero, de aqu� adelante, yo procurar� haber a las manos alguna espada hecha por tal maestr�a, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ning�n g�nero de encantamentos; y aun podr�a ser que me deparase la ventura aquella de Amad�s, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que ten�a la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no hab�a armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante. — Yo soy tan venturoso —dijo Sancho— que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada semejante, s�lo vendr�a a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el b�lsamo; y los escuderos, que se los papen duelos.
— No temas eso, Sancho —dijo don Quijote—, que mejor lo har� el cielo contigo.
Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban ven�a hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en vi�ndola, se volvi� a Sancho y le dijo:
— �ste es el d�a, �oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; �ste es el d�a, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. �Ves aquella polvareda que all� se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copios�simo ej�rcito que de diversas e innumerables gentes por all� viene marchando.
— A esa cuenta, dos deben de ser —dijo Sancho—, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda.
Volvi� a mirarlo don Quijote, y vio que as� era la verdad; y, alegr�ndose sobremanera, pens�, sin duda alguna, que eran dos ej�rcitos que ven�an a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque ten�a a todas horas y momentos llena la fantas�a de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desaf�os, que en los libros de caballer�as se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hac�a era encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que hab�a visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes ven�an, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ah�nco afirmaba don Quijote que eran ej�rcitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle:
— Se�or, �pues qu� hemos de hacer nosotros?
— �Qu�? —dijo don Quijote—: favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y gu�a el grande emperador Alifanfar�n, se�or de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapol�n del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.
— Pues, �por qu� se quieren tan mal estos dos se�ores? —pregunt� Sancho. — Quier�nse mal —respondi� don Quijote— porque este Alefanfar�n es un foribundo pagano y est� enamorado de la hija de Pentapol�n, que es una muy fermosa y adem�s agraciada se�ora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya.
— �Para mis barbas —dijo Sancho—, si no hace muy bien Pentapol�n, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere!
— En eso har�s lo que debes, Sancho —dijo don Quijote—, porque, para entrar en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero.
— Bien se me alcanza eso —respondi� Sancho—, pero, �d�nde pondremos a este asno que estemos ciertos de hallarle despu�s de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante caballer�a no creo que est� en uso hasta agora.
— As� es verdad —dijo don Quijote—. Lo que puedes hacer d�l es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no, porque ser�n tantos los caballos que tendremos, despu�s que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro. Pero est�me atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros m�s principales que en estos dos ej�rcitos vienen. Y, para que mejor los veas y notes, retir�monos a aquel altillo que all� se hace, de donde se deben de descubrir los dos ej�rcitos.
Hici�ronlo ans�, y pusier�nse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ej�rcito, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en su imaginaci�n lo que no ve�a ni hab�a, con voz levantada comenz� a decir:
— Aquel caballero que all� ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un le�n coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, se�or de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que est� a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbar�n de Boliche, se�or de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, seg�n es fama, es una de las del templo que derrib� Sans�n, cuando con su muerte se veng� de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y ver�s delante y en la frente destotro ej�rcito al siempre vencedor y jam�s vencido Timonel de Carcajona, pr�ncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que, seg�n se dice, es la sin par Miulina, hija del duque Alfe�iqu�n del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de naci�n franc�s, llamado Pierres Pap�n, se�or de las baron�as de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carca�os a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice as�: Rastrea mi suerte. Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadr�n, que �l se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginaci�n de su nunca vista locura; y, sin parar, prosigui� diciendo:
— A este escuadr�n frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aqu� est�n los que beb�an las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan los mas�licos campos; los que criban el fin�simo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas v�as al dorado Pactolo; los n�midas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que pelean huyendo; los �rabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadr�n vienen los que beben las corrientes cristalinas del oliv�fero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los el�seos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se ba�an, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los que tiemblan con el fr�o del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en s� contiene y encierra.
�V�lame Dios, y cu�ntas provincias dijo, cu�ntas naciones nombr�, d�ndole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenec�an, todo absorto y empapado en lo que hab�a le�do en sus libros mentirosos! Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en cuando, volv�a la cabeza a ver si ve�a los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y, como no descubr�a a ninguno, le dijo:
— Se�or, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quiz� todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche.
— �C�mo dices eso? —respondi� don Quijote—. �No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores?
— No oigo otra cosa —respondi� Sancho— sino muchos balidos de ovejas y carneros.
Y as� era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos reba�os.
— El miedo que tienes —dijo don Quijote— te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, ret�rate a una parte y d�jame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda.
Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el ristre, baj� de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, dici�ndole: — �Vu�lvase vuestra merced, se�or don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir! �Vu�lvase, desdichado del padre que me engendr�! �Qu� locura es �sta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. �Qu� es lo que hace? �Pecador soy yo a Dios!
Ni por �sas volvi� don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo: — �Ea, caballeros, los que segu�s y milit�is debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapol�n del Arremangado Brazo, seguidme todos: ver�is cu�n f�cilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfar�n de la Trapobana! Esto diciendo, se entr� por medio del escuadr�n de las ovejas, y comenz� de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada ven�an d�banle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desci��ronse las hondas y comenzaron a saludalle los o�dos con piedras como el pu�o. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, dec�a:
— �Ad�nde est�s, soberbio Alifanfu�n? Vente a m�; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapol�n Garamanta.
Lleg� en esto una peladilla de arroyo, y, d�ndole en un lado, le sepult� dos costillas en el cuerpo. Vi�ndose tan maltrecho, crey� sin duda que estaba muerto o malferido, y, acord�ndose de su licor, sac� su alcuza y p�sosela a la boca, y comenz� a echar licor en el est�mago; mas, antes que acabase de envasar lo que a �l le parec�a que era bastante, lleg� otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llev�ndole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machuc�ndole malamente dos dedos de la mano.
Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Lleg�ronse a �l los pastores y creyeron que le hab�an muerto; y as�, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron.
Est�base todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hac�a, y arranc�base las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le hab�a dado a conocer. Vi�ndole, pues, ca�do en el suelo, y que ya los pastores se hab�an ido, baj� de la cuesta y lleg�se a �l, y hall�le de muy mal arte, aunque no hab�a perdido el sentido, y d�jole:
— �No le dec�a yo, se�or don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ej�rcitos, sino manadas de carneros?
— Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladr�n del sabio mi enemigo. S�bete, Sancho, que es muy f�cil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo hab�a de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desenga�es y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y s�guelos bonitamente, y ver�s c�mo, en alej�ndose de aqu� alg�n poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo te los pint� primero... Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda; ll�gate a m� y mira cu�ntas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.
Lleg�se Sancho tan cerca que casi le met�a los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya hab�a obrado el b�lsamo en el est�mago de don Quijote; y, al tiempo que Sancho lleg� a mirarle la boca, arroj� de s�, m�s recio que una escopeta, cuanto dentro ten�a, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero.
— �Santa Mar�a! —dijo Sancho—, �y qu� es esto que me ha sucedido? Sin duda, este pecador est� herido de muerte, pues vomita sangre por la boca. Pero, reparando un poco m�s en ello, ech� de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el b�lsamo de la alcuza que �l le hab�a visto beber; y fue tanto el asco que tom� que, revolvi�ndosele el est�mago, vomit� las tripas sobre su mismo se�or, y quedaron entrambos como de perlas. Acudi� Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qu� limpiarse y con qu� curar a su amo; y, como no las hall�, estuvo a punto de perder el juicio. Mald�jose de nuevo, y propuso en su coraz�n de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida �nsula.
Levant�se en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asi� con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se hab�a movido de junto a su amo —tal era de leal y bien acondicionado—, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo adem�s. Y, vi�ndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo:
— S�bete, Sancho, que no es un hombre m�s que otro si no hace m�s que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son se�ales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aqu� se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien est� ya cerca. As� que, no debes congojarte por las desgracias que a m� me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas. — �C�mo no? —respondi� Sancho—. Por ventura, el que ayer mantearon, �era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, �son de otro que del mismo?
— �Que te faltan las alforjas, Sancho? —dijo don Quijote.
— S� que me faltan —respondi� Sancho.
— Dese modo, no tenemos qu� comer hoy —replic� don Quijote.
— Eso fuera —respondi� Sancho— cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es. — Con todo eso —respondi� don Quijote—, tomara yo ahora m�s a�na un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Diosc�rides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras m�; que Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y m�s andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos.
— M�s bueno era vuestra merced —dijo Sancho— para predicador que para caballero andante.
— De todo sab�an y han de saber los caballeros andantes, Sancho —dijo don Quijote—, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que as� se paraba a hacer un serm�n o pl�tica, en mitad de un campo real, como si fuera graduado por la Universidad de Par�s; de donde se infiere que nunca la lanza embot� la pluma, ni la pluma la lanza.
— Ahora bien, sea as� como vuestra merced dice —respondi� Sancho—, vamos ahora de aqu�, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los hay, dar� al diablo el hato y el garabato. — P�deselo t� a Dios, hijo —dijo don Quijote—, y gu�a t� por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleci�n el alojarnos. Pero dame ac� la mano y ati�ntame con el dedo, y mira bien cu�ntos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que all� siento el dolor. Meti� Sancho los dedos, y, est�ndole tentando, le dijo:
— �Cu�ntas muelas sol�a vuestra merced tener en esta parte?
— Cuatro —respondi� don Quijote—, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas.
— Mire vuestra merced bien lo que dice, se�or —respondi� Sancho.
— Digo cuatro, si no eran cinco —respondi� don Quijote—, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha ca�do ni comido de neguij�n ni de reuma alguna.
— Pues en esta parte de abajo —dijo Sancho— no tiene vuestra merced m�s de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda est� rasa como la palma de la mano.
— �Sin ventura yo! —dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba—, que m�s quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho m�s se ha de estimar un diente que un diamante. Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballer�a. Sube, amigo, y gu�a, que yo te seguir� al paso que quisieres.
H�zolo as� Sancho, y encamin�se hacia donde le pareci� que pod�a hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por all� iba muy seguido. Y�ndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille dici�ndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que se dir� en el siguiente cap�tulo.
— Par�ceme, se�or m�o, que todas estas desventuras que estos d�as nos han sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra merced contra la orden de su caballer�a, no habiendo cumplido el juramento que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo aquello que a esto se sigue y vuestra merced jur� de cumplir, hasta quitar aquel almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo bien.
— Tienes mucha raz�n, Sancho —dijo don Quijote—; mas, para decirte verdad, ello se me hab�a pasado de la memoria; y tambi�n puedes tener por cierto que por la culpa de no hab�rmelo t� acordado en tiempo te sucedi� aquello de la manta; pero yo har� la enmienda, que modos hay de composici�n en la orden de la caballer�a para todo.
— Pues, �jur� yo algo, por dicha? —respondi� Sancho.
— No importa que no hayas jurado —dijo don Quijote—: basta que yo entiendo que de participantes no est�s muy seguro, y, por s� o por no, no ser� malo proveernos de remedio.
— Pues si ello es as� —dijo Sancho—, mire vuestra merced no se le torne a olvidar esto, como lo del juramento; quiz� les volver� la gana a las fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven tan pertinaz.
En estas y otras pl�ticas les tom� la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no hab�a de bueno en ello era que perec�an de hambre; que, con la falta de las alforjas, les falt� toda la despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta desgracia, les sucedi� una aventura que, sin artificio alguno, verdaderamente lo parec�a. Y fue que la noche cerr� con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena raz�n, hallar�a en �l alguna venta. Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban ven�an hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parec�an sino estrellas que se mov�an. Pasm�se Sancho en vi�ndolas, y don Quijote no las tuvo todas consigo; tir� el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que pod�a ser aquello, y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras m�s se llegaban, mayores parec�an; a cuya vista Sancho comenz� a temblar como un azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote; el cual, anim�ndose un poco, dijo:
— �sta, sin duda, Sancho, debe de ser grand�sima y peligros�sima aventura, donde ser� necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo. — �Desdichado de m�! —respondi� Sancho—; si acaso esta aventura fuese de fantasmas, como me lo va pareciendo, �ad�nde habr� costillas que la sufran? — Por m�s fantasmas que sean —dijo don Quijote—, no consentir� yo que te toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en campo raso, donde podr� yo como quisiere esgremir mi espada.
— Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron —dijo Sancho—, �qu� aprovechar� estar en campo abierto o no?
— Con todo eso —replic� don Quijote—, te ruego, Sancho, que tengas buen �nimo, que la experiencia te dar� a entender el que yo tengo.
— S� tendr�, si a Dios place —respondi� Sancho.
Y, apart�ndose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban pod�a ser; y de all� a muy poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visi�n de todo punto remat� el �nimo de Sancho Panza, el cual comenz� a dar diente con diente, como quien tiene fr�o de cuartana; y creci� m�s el batir y dentellear cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos; detr�s de los cuales ven�a una litera cubierta de luto, a la cual segu�an otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los encamisados murmurando entre s�, con una voz baja y compasiva. Esta estra�a visi�n, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el coraz�n de Sancho, y aun en el de su amo; y as� fuera en cuanto a don Quijote, que ya Sancho hab�a dado al trav�s con todo su esfuerzo. Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le represent� en su imaginaci�n al vivo que aqu�lla era una de las aventuras de sus libros. Figur�sele que la litera eran andas donde deb�a de ir alg�n mal ferido o muerto caballero, cuya venganza a �l solo estaba reservada; y, sin hacer otro discurso, enristr� su lanz�n, p�sose bien en la silla, y con gentil br�o y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados forzosamente hab�an de pasar, y cuando los vio cerca alz� la voz y dijo: — Deteneos, caballeros, o quienquiera que se�is, y dadme cuenta de qui�n sois, de d�nde ven�s, ad�nde vais, qu� es lo que en aquellas andas llev�is; que, seg�n las muestras, o vosotros hab�is fecho, o vos han fecho, alg�n desaguisado, y conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para castigaros del mal que fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos ficieron.
— Vamos de priesa —respondi� uno de los encamisados— y est� la venta lejos, y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como ped�s.
Y, picando la mula, pas� adelante. Sinti�se desta respuesta grandemente don Quijote, y, trabando del freno, dijo:
— Deteneos y sed m�s bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla.
Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espant� de manera que, alz�ndose en los pies, dio con su due�o por las ancas en el suelo. Un mozo que iba a pie, viendo caer al encamisado, comenz� a denostar a don Quijote, el cual, ya encolerizado, sin esperar m�s, enristrando su lanz�n, arremeti� a uno de los enlutados, y, mal ferido, dio con �l en tierra; y, revolvi�ndose por los dem�s, era cosa de ver con la presteza que los acomet�a y desbarataba; que no parec�a sino que en aquel instante le hab�an nacido alas a Rocinante, seg�n andaba de ligero y orgulloso.
Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y as�, con facilidad, en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con las hachas encendidas, que no parec�an sino a los de las m�scaras que en noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y envueltos en sus faldamentos y lobas, no se pod�an mover; as� que, muy a su salvo, don Quijote los apale� a todos y les hizo dejar el sitio mal de su grado, porque todos pensaron que aqu�l no era hombre, sino diablo del infierno que les sal�a a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban. Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su se�or, y dec�a entre s�:
— Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como �l dice.
Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derrib� la mula, a cuya luz le pudo ver don Quijote; y, lleg�ndose a �l, le puso la punta del lanz�n en el rostro, dici�ndole que se rindiese; si no, que le matar�a. A lo cual respondi� el ca�do:
— Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna quebrada; suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me mate; que cometer� un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las primeras �rdenes.
— Pues, �qui�n diablos os ha tra�do aqu� —dijo don Quijote—, siendo hombre de Iglesia?
— �Qui�n, se�or? —replic� el ca�do—: mi desventura.
— Pues otra mayor os amenaza —dijo don Quijote—, si no me satisfac�is a todo cuanto primero os pregunt�.
— Con facilidad ser� vuestra merced satisfecho —respondi� el licenciado—; y as�, sabr� vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado, no soy sino bachiller, y ll�mome Alonso L�pez; soy natural de Alcobendas; vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompa�ando un cuerpo muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que muri� en Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llev�bamos sus huesos a su sepultura, que est� en Segovia, de donde es natural.
— �Y qui�n le mat�? —pregunt� don Quijote.
— Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron —respondi� el bachiller.
— Desa suerte —dijo don Quijote—, quitado me ha Nuestro Se�or del trabajo que hab�a de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto; pero, habi�ndole muerto quien le mat�, no hay sino callar y encoger los hombros, porque lo mesmo hiciera si a m� mismo me matara. Y quiero que sepa vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.
— No s� c�mo pueda ser eso de enderezar tuertos —dijo el bachiller—, pues a m� de derecho me hab�is vuelto tuerto, dej�ndome una pierna quebrada, la cual no se ver� derecha en todos los d�as de su vida; y el agravio que en m� hab�is deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedar� agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras.
— No todas las cosas —respondi� don Quijote— suceden de un mismo modo. El da�o estuvo, se�or bachiller Alonso L�pez, en venir, como ven�ades, de noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas, rezando, cubiertos de luto, que propiamente semej�bades cosa mala y del otro mundo; y as�, yo no pude dejar de cumplir con mi obligaci�n acometi�ndoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que �rades los memos satanases del infierno, que por tales os juzgu� y tuve siempre. — Ya que as� lo ha querido mi suerte —dijo el bachiller—, suplico a vuestra merced, se�or caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el estribo y la silla.
— �Hablara yo para ma�ana! —dijo don Quijote—. Y �hasta cu�ndo aguard�bades a decirme vuestro af�n?
Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero �l no se cur� de venir, porque andaba ocupado desvalijando una ac�mila de repuesto que tra�an aquellos buenos se�ores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho costal de su gab�n, y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego, carg� su jumento, y luego acudi� a las voces de su amo y ayud� a sacar al se�or bachiller de la opresi�n de la mula; y, poni�ndole encima della, le dio la hacha, y don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus compa�eros, a quien de su parte pidiese perd�n del agravio, que no hab�a sido en su mano dejar de haberle hecho. D�jole tambi�n Sancho:
— Si acaso quisieren saber esos se�ores qui�n ha sido el valeroso que tales los puso, dir�les vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha, que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura.
Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote pregunt� a Sancho que qu� le hab�a movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, m�s entonces que nunca.
— Yo se lo dir� —respondi� Sancho—: porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra merced la m�s mala figura, de poco ac�, que jam�s he visto; y d�belo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes.
— No es eso —respondi� don Quijote—, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis haza�as, le habr� parecido que ser� bien que yo tome alg�n nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados: cu�l se llamaba el de la Ardiente Espada; cu�l, el del Unicornio; aquel, de las Doncellas; aqu�ste, el del Ave F�nix; el otro, el Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y as�, digo que el sabio ya dicho te habr� puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura. — No hay para qu� gastar tiempo y dineros en hacer esa figura —dijo Sancho—, sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y d� rostro a los que le miraren; que, sin m�s ni m�s, y sin otra imagen ni escudo, le llamar�n el de la Triste Figura; y cr�ame que le digo verdad, porque le prometo a vuestra merced, se�or, y esto sea dicho en burlas, que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya tengo dicho, se podr� muy bien escusar la triste pintura.
Ri�se don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como hab�a imaginado.
En esto volvi� el bachiller y le dijo a don Quijote:
— Olvid�baseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si quis suadente diabolo, etc.
— No entiendo ese lat�n —respondi� don Quijote—, mas yo s� bien que no puse las manos, sino este lanz�n; cuanto m�s, que yo no pens� que ofend�a a sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como cat�lico y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y, cuando eso as� fuese, en la memoria tengo lo que le pas� al Cid Ruy D�az, cuando quebr� la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad del Papa, por lo cual lo descomulg�, y anduvo aquel d�a el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y valiente caballero.
En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que ven�a en la litera eran huesos o no, pero no lo consinti� Sancho, dici�ndole:
— Se�or, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo m�s a su salvo de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podr�a ser que cayese en la cuenta de que los venci� sola una persona, y, corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos diesen en qu� entender. El jumento est� como conviene, la monta�a cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil comp�s de pies, y, como dicen, v�yase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y, antecogiendo su asno, rog� a su se�or que le siguiese; el cual, pareci�ndole que Sancho ten�a raz�n, sin volverle a replicar, le sigui�. Y, a poco trecho que caminaban por entre dos monta�uelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivi� el jumento, y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus est�magos con m�s de una fiambrera que los se�ores cl�rigos del difunto — que pocas veces se dejan mal pasar— en la ac�mila de su repuesto tra�an. Mas sucedi�les otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y fue que no ten�an vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y, acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba colmado de verde y menuda yerba, lo que se dir� en el siguiente cap�tulo.
— No es posible, se�or m�o, sino que estas yerbas dan testimonio de que por aqu� cerca debe de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece; y as�, ser� bien que vamos un poco m�s adelante, que ya toparemos donde podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda, causa mayor pena que la hambre.
Pareci�le bien el consejo a don Quijote, y, tomando de la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro a su asno, despu�s de haber puesto sobre �l los relieves que de la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna; mas, no hubieron andado docientos pasos, cuando lleg� a sus o�dos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despe�aba. Alegr�les el ruido en gran manera, y, par�ndose a escuchar hacia qu� parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les agu� el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente era medroso y de poco �nimo. Digo que oyeron que daban unos golpes a comp�s, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompa�ados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro coraz�n que no fuera el de don Quijote. Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre unos �rboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hac�an un temeroso y manso ruido; de manera que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y m�s cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento dorm�a, ni la ma�ana llegaba; a�adi�ndose a todo esto el ignorar el lugar donde se hallaban. Pero don Quijote, acompa�ado de su intr�pido coraz�n, salt� sobre Rocinante, y, embrazando su rodela, terci� su lanz�n y dijo: — Sancho amigo, has de saber que yo nac�, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aqu�l para quien est�n guardados los peligros, las grandes haza�as, los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes, los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estra�ezas y fechos de armas, que escurezcan las m�s claras que ellos ficieron. Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estra�o silencio, el sordo y confuso estruendo destos �rboles, el temeroso ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que parece que se despe�a y derrumba desde los altos montes de la luna, y aquel incesable golpear que nos hiere y lastima los o�dos; las cuales cosas, todas juntas y cada una por s�, son bastantes a infundir miedo, temor y espanto en el pecho del mesmo Marte, cuanto m�s en aquel que no est� acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto que yo te pinto son incentivos y despertadores de mi �nimo, que ya hace que el coraz�n me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de acometer esta aventura, por m�s dificultosa que se muestra. As� que, aprieta un poco las cinchas a Rocinante y qu�date a Dios, y esp�rame aqu� hasta tres d�as no m�s, en los cuales, si no volviere, puedes t� volverte a nuestra aldea, y desde all�, por hacerme merced y buena obra, ir�s al Toboso, donde dir�s a la incomparable se�ora m�a Dulcinea que su cautivo caballero muri� por acometer cosas que le hiciesen digno de poder llamarse suyo.
Cuando Sancho oy� las palabras de su amo, comenz� a llorar con la mayor ternura del mundo y a decille:
— Se�or, yo no s� por qu� quiere vuestra merced acometer esta tan temerosa aventura: ahora es de noche, aqu� no nos vee nadie, bien podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en tres d�as; y, pues no hay quien nos vea, menos habr� quien nos note de cobardes; cuanto m�s, que yo he o�do predicar al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca el peligro perece en �l; as� que, no es bien tentar a Dios acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro; y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de entre tantos enemigos como acompa�aban al difunto. Y, cuando todo esto no mueva ni ablande ese duro coraz�n, mu�vale el pensar y creer que apenas se habr� vuestra merced apartado de aqu�, cuando yo, de miedo, d� mi �nima a quien quisiere llevarla. Yo sal� de mi tierra y dej� hijos y mujer por venir a servir a vuestra merced, creyendo valer m�s y no menos; pero, como la cudicia rompe el saco, a m� me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando m�s vivas las ten�a de alcanzar aquella negra y malhadada �nsula que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco della, me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano. Por un solo Dios, se�or m�o, que non se me faga tal desaguisado; y ya que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho, dil�telo, a lo menos, hasta la ma�ana; que, a lo que a m� me muestra la ciencia que aprend� cuando era pastor, no debe de haber desde aqu� al alba tres horas, porque la boca de la Bocina est� encima de la cabeza, y hace la media noche en la l�nea del brazo izquierdo.
— �C�mo puedes t�, Sancho —dijo don Quijote—, ver d�nde hace esa l�nea, ni d�nde est� esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura que no parece en todo el cielo estrella alguna?
— As� es —dijo Sancho—, pero tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas debajo de tierra, cuanto m�s encima en el cielo; puesto que, por buen discurso, bien se puede entender que hay poco de aqu� al d�a.
— Falte lo que faltare —respondi� don Quijote—; que no se ha de decir por m�, ahora ni en ning�n tiempo, que l�grimas y ruegos me apartaron de hacer lo que deb�a a estilo de caballero; y as�, te ruego, Sancho, que calles; que Dios, que me ha puesto en coraz�n de acometer ahora esta tan no vista y tan temerosa aventura, tendr� cuidado de mirar por mi salud y de consolar tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas a Rocinante y quedarte aqu�, que yo dar� la vuelta presto, o vivo o muerto.
Viendo, pues, Sancho la �ltima resoluci�n de su amo y cu�n poco val�an con �l sus l�grimas, consejos y ruegos, determin� de aprovecharse de su industria y hacerle esperar hasta el d�a, si pudiese; y as�, cuando apretaba las cinchas al caballo, bonitamente y sin ser sentido, at� con el cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de manera que cuando don Quijote se quiso partir, no pudo, porque el caballo no se pod�a mover sino a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste, dijo:
— Ea, se�or, que el cielo, conmovido de mis l�grimas y plegarias, ha ordenado que no se pueda mover Rocinante; y si vos quer�is porfiar, y espolear, y dalle, ser� enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra el aguij�n.
Desesper�base con esto don Quijote, y, por m�s que pon�a las piernas al caballo, menos le pod�a mover; y, sin caer en la cuenta de la ligadura, tuvo por bien de sosegarse y esperar, o a que amaneciese, o a que Rocinante se menease, creyendo, sin duda, que aquello ven�a de otra parte que de la industria de Sancho; y as�, le dijo:
— Pues as� es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo soy contento de esperar a que r�a el alba, aunque yo llore lo que ella tardare en venir. — No hay que llorar —respondi� Sancho—, que yo entretendr� a vuestra merced contando cuentos desde aqu� al d�a, si ya no es que se quiere apear y echarse a dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para hallarse m�s descansado cuando llegue el d�a y punto de acometer esta tan desemejable aventura que le espera.
— �A qu� llamas apear o a qu� dormir? —dijo don Quijote—. �Soy yo, por ventura, de aquellos caballeros que toman reposo en los peligros? Duerme t�, que naciste para dormir, o haz lo que quisieres, que yo har� lo que viere que m�s viene con mi pretensi�n.
No se enoje vuestra merced, se�or m�o —respondi� Sancho—, que no lo dije por tanto.
Y, lleg�ndose a �l, puso la una mano en el arz�n delantero y la otra en el otro, de modo que qued� abrazado con el muslo izquierdo de su amo, sin osarse apartar d�l un dedo: tal era el miedo que ten�a a los golpes, que todav�a alternativamente sonaban. D�jole don Quijote que contase alg�n cuento para entretenerle, como se lo hab�a prometido, a lo que Sancho dijo que s� hiciera si le dejara el temor de lo que o�a.
— Pero, con todo eso, yo me esforzar� a decir una historia que, si la acierto a contar y no me van a la mano, es la mejor de las historias; y est�me vuestra merced atento, que ya comienzo. ��rase que se era, el bien que viniere para todos sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...� Y advierta vuestra merced, se�or m�o, que el principio que los antiguos dieron a sus consejas no fue as� comoquiera, que fue una sentencia de Cat�n Zonzorino, romano, que dice: "Y el mal, para quien le fuere a buscar", que viene aqu� como anillo al dedo, para que vuestra merced se est� quedo y no vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos por otro camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos �ste, donde tantos miedos nos sobresaltan.
— Sigue tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, y del camino que hemos de seguir d�jame a m� el cuidado.
— �Digo, pues —prosigui� Sancho—, que en un lugar de Estremadura hab�a un pastor cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el cual pastor o cabrerizo, como digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba, la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero rico...� — Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho —dijo don Quijote—, repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabar�s en dos d�as; dilo seguidamente y cu�ntalo como hombre de entendimiento, y si no, no digas nada.
— De la misma manera que yo lo cuento —respondi� Sancho—, se cuentan en mi tierra todas las consejas, y yo no s� contarlo de otra, ni es bien que vuestra merced me pida que haga usos nuevos.
— Di como quisieres —respondi� don Quijote—; que, pues la suerte quiere que no pueda dejar de escucharte, prosigue.
— �As� que, se�or m�o de mi �nima —prosigui� Sancho—, que, como ya tengo dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una moza rolliza, zahare�a y tiraba algo a hombruna, porque ten�a unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo.�
— Luego, �conoc�stela t�? —dijo don Quijote.
— No la conoc� yo —respondi� Sancho—, pero quien me cont� este cuento me dijo que era tan cierto y verdadero que pod�a bien, cuando lo contase a otro, afirmar y jurar que lo hab�a visto todo. �As� que, yendo d�as y viniendo d�as, el diablo, que no duerme y que todo lo a�asca, hizo de manera que el amor que el pastor ten�a a la pastora se volviese en omecillo y mala voluntad; y la causa fue, seg�n malas lenguas, una cierta cantidad de celillos que ella le dio, tales que pasaban de la raya y llegaban a lo vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreci� de all� adelante que, por no verla, se quiso ausentar de aquella tierra e irse donde sus ojos no la viesen jam�s. La Torralba, que se vio desde�ada del Lope, luego le quiso bien, mas que nunca le hab�a querido.�
— �sa es natural condici�n de mujeres —dijo don Quijote—: desde�ar a quien las quiere y amar a quien las aborrece. Pasa adelante, Sancho. — �Sucedi� —dijo Sancho— que el pastor puso por obra su determinaci�n, y, antecogiendo sus cabras, se encamin� por los campos de Estremadura, para pasarse a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras �l, y segu�ale a pie y descalza desde lejos, con un bord�n en la mano y con unas alforjas al cuello, donde llevaba, seg�n es fama, un pedazo de espejo y otro de un peine, y no s� qu� botecillo de mudas para la cara; mas, llevase lo que llevase, que yo no me quiero meter ahora en averiguallo, s�lo dir� que dicen que el pastor lleg� con su ganado a pasar el r�o Guadiana, y en aquella saz�n iba crecido y casi fuera de madre, y por la parte que lleg� no hab�a barca ni barco, ni quien le pasase a �l ni a su ganado de la otra parte, de lo que se congoj� mucho, porque ve�a que la Torralba ven�a ya muy cerca y le hab�a de dar mucha pesadumbre con sus ruegos y l�grimas; mas, tanto anduvo mirando, que vio un pescador que ten�a junto a s� un barco, tan peque�o que solamente pod�an caber en �l una persona y una cabra; y, con todo esto, le habl� y concert� con �l que le pasase a �l y a trecientas cabras que llevaba. Entr� el pescador en el barco, y pas� una cabra; volvi�, y pas� otra; torn� a volver, y torn� a pasar otra.� Tenga vuestra merced cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque si se pierde una de la memoria, se acabar� el cuento y no ser� posible contar m�s palabra d�l. �Sigo, pues, y digo que el desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y tardaba el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvi� por otra cabra, y otra, y otra...�
— Haz cuenta que las pas� todas —dijo don Quijote—: no andes yendo y viniendo desa manera, que no acabar�s de pasarlas en un a�o.
— �Cu�ntas han pasado hasta agora? —dijo Sancho.
— �Yo qu� diablos s�! —respondi� don Quijote—.
— He ah� lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues, por Dios, que se ha acabado el cuento, que no hay pasar adelante.
— �C�mo puede ser eso? —respondi� don Quijote—. �Tan de esencia de la historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se yerra una del n�mero no puedes seguir adelante con la historia?
— No se�or, en ninguna manera —respondi� Sancho—; porque, as� como yo pregunt� a vuestra merced que me dijese cu�ntas cabras hab�an pasado y me respondi� que no sab�a, en aquel mesmo instante se me fue a m� de la memoria cuanto me quedaba por decir, y a fe que era de mucha virtud y contento.
— �De modo —dijo don Quijote— que ya la historia es acabada?
— Tan acabada es como mi madre —dijo Sancho.
— D�gote de verdad —respondi� don Quijote— que t� has contado una de las m�s nuevas consejas, cuento o historia, que nadie pudo pensar en el mundo; y que tal modo de contarla ni dejarla, jam�s se podr� ver ni habr� visto en toda la vida, aunque no esperaba yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues quiz� estos golpes, que no cesan, te deben de tener turbado el entendimiento.
— Todo puede ser —respondi� Sancho—, mas yo s� que en lo de mi cuento no hay m�s que decir: que all� se acaba do comienza el yerro de la cuenta del pasaje de las cabras.
— Acabe norabuena donde quisiere —dijo don Quijote—, y veamos si se puede mover Rocinante.
Torn�le a poner las piernas, y �l torn� a dar saltos y a estarse quedo: tanto estaba de bien atado.
En esto, parece ser, o que el fr�o de la ma�ana, que ya ven�a, o que Sancho hubiese cenado algunas cosas lenitivas, o que fuese cosa natural —que es lo que m�s se debe creer—, a �l le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por �l; mas era tanto el miedo que hab�a entrado en su coraz�n, que no osaba apartarse un negro de u�a de su amo. Pues pensar de no hacer lo que ten�a gana, tampoco era posible; y as�, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha, que ten�a asida al arz�n trasero, con la cual, bonitamente y sin rumor alguno, se solt� la lazada corrediza con que los calzones se sosten�an, sin ayuda de otra alguna, y, en quit�ndosela, dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto, alz� la camisa lo mejor que pudo y ech� al aire entrambas posaderas, que no eran muy peque�as. Hecho esto —que �l pens� que era lo m�s que ten�a que hacer para salir de aquel terrible aprieto y angustia—, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareci� que no pod�a mudarse sin hacer estr�pito y ruido, y comenz� a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en s� el aliento todo cuanto pod�a; pero, con todas estas diligencias, fue tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido, bien diferente de aquel que a �l le pon�a tanto miedo. Oy�lo don Quijote y dijo: — �Qu� rumor es �se, Sancho?
— No s�, se�or —respondi� �l—. Alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Torn� otra vez a probar ventura, y sucedi�le tan bien que, sin m�s ruido ni alboroto que el pasado, se hall� libre de la carga que tanta pesadumbre le hab�a dado. Mas, como don Quijote ten�a el sentido del olfato tan vivo como el de los o�dos, y Sancho estaba tan junto y cosido con �l que casi por l�nea recta sub�an los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando �l fue al socorro, apret�ndolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso, dijo:
— Par�ceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
— S� tengo —respondi� Sancho—; mas, �en qu� lo echa de ver vuestra merced ahora m�s que nunca?
— En que ahora m�s que nunca hueles, y no a �mbar —respondi� don Quijote. — Bien podr� ser —dijo Sancho—, mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos. — Ret�rate tres o cuatro all�, amigo —dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices)—, y desde aqu� adelante ten m�s cuenta con tu persona y con lo que debes a la m�a; que la mucha conversaci�n que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
— Apostar� —replic� Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.
— Peor es meneallo, amigo Sancho —respondi� don Quijote.
En estos coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo Sancho que a m�s andar se ven�a la ma�ana, con mucho tiento deslig� a Rocinante y se at� los calzones. Como Rocinante se vio libre, aunque �l de suyo no era nada brioso, parece que se resinti�, y comenz� a dar manotadas; porque corvetas —con perd�n suyo— no las sab�a hacer. Viendo, pues, don Quijote que ya Rocinante se mov�a, lo tuvo a buena se�al, y crey� que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura.
Acab� en esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas, y vio don Quijote que estaba entre unos �rboles altos, que ellos eran casta�os, que hacen la sombra muy escura. Sinti� tambi�n que el golpear no cesaba, pero no vio qui�n lo pod�a causar; y as�, sin m�s detenerse, hizo sentir las espuelas a Rocinante, y, tornando a despedirse de Sancho, le mand� que all� le aguardase tres d�as, a lo m�s largo, como ya otra vez se lo hab�a dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese por cierto que Dios hab�a sido servido de que en aquella peligrosa aventura se le acabasen sus d�as. Torn�le a referir el recado y embajada que hab�a de llevar de su parte a su se�ora Dulcinea, y que, en lo que tocaba a la paga de sus servicios, no tuviese pena, porque �l hab�a dejado hecho su testamento antes que saliera de su lugar, donde se hallar�a gratificado de todo lo tocante a su salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese servido; pero que si Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin cautela, se pod�a tener por muy m�s que cierta la prometida �nsula.
De nuevo torn� a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de su buen se�or, y determin� de no dejarle hasta el �ltimo tr�nsito y fin de aquel negocio.
Destas l�grimas y determinaci�n tan honrada de Sancho Panza saca el autor desta historia que deb�a de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano viejo. Cuyo sentimiento enterneci� algo a su amo, pero no tanto que mostrase flaqueza alguna; antes, disimulando lo mejor que pudo, comenz� a caminar hacia la parte por donde le pareci� que el ruido del agua y del golpear ven�a.
Segu�ale Sancho a pie, llevando, como ten�a de costumbre, del cabestro a su jumento, perpetuo compa�ero de sus pr�speras y adversas fortunas; y, habiendo andado una buena pieza por entre aquellos casta�os y �rboles sombr�os, dieron en un pradecillo que al pie de unas altas pe�as se hac�a, de las cuales se precipitaba un grand�simo golpe de agua. Al pie de las pe�as, estaban unas casas mal hechas, que m�s parec�an ruinas de edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que sal�a el ruido y estruendo de aquel golpear, que a�n no cesaba.
Alborot�se Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y, soseg�ndole don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas, encomend�ndose de todo coraz�n a su se�ora, suplic�ndole que en aquella temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba tambi�n a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el cual alargaba cuanto pod�a el cuello y la vista por entre las piernas de Rocinante, por ver si ver�a ya lo que tan suspenso y medroso le ten�a. Otros cien pasos ser�an los que anduvieron, cuando, al doblar de una punta, pareci� descubierta y patente la misma causa, sin que pudiese ser otra, de aquel horr�sono y para ellos espantable ruido, que tan suspensos y medrosos toda la noche los hab�a tenido. Y eran —si no lo has, �oh lector!, por pesadumbre y enojo— seis mazos de bat�n, que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban.
Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeci� y pasm�se de arriba abajo. Mir�le Sancho, y vio que ten�a la cabeza inclinada sobre el pecho, con muestras de estar corrido. Mir� tambi�n don Quijote a Sancho, y viole que ten�a los carrillos hinchados y la boca llena de risa, con evidentes se�ales de querer reventar con ella, y no pudo su melancon�a tanto con �l que, a la vista de Sancho, pudiese dejar de re�rse; y, como vio Sancho que su amo hab�a comenzado, solt� la presa de manera que tuvo necesidad de apretarse las ijadas con los pu�os, por no reventar riendo. Cuatro veces soseg�, y otras tantas volvi� a su risa con el mismo �mpetu que primero; de lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y m�s cuando le oy� decir, como por modo de fisga:
— �Has de saber, �oh Sancho amigo!, que yo nac�, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aqu�l para quien est�n guardados los peligros, las haza�as grandes, los valerosos fechos...�
Y por aqu� fue repitiendo todas o las m�s razones que don Quijote dijo la vez primera que oyeron los temerosos golpes.
Viendo, pues, don Quijote que Sancho hac�a burla d�l, se corri� y enoj� en tanta manera, que alz� el lanz�n y le asent� dos palos, tales que, si, como los recibi� en las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de pagarle el salario, si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba tan malas veras de sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha humildad le dijo:
— Sosi�guese vuestra merced; que, por Dios, que me burlo.
— Pues, porque os burl�is, no me burlo yo —respondi� don Quijote—. Venid ac�, se�or alegre: �par�ceos a vos que, si como �stos fueron mazos de bat�n, fueran otra peligrosa aventura, no hab�a yo mostrado el �nimo que conven�a para emprendella y acaballa? �Estoy yo obligado, a dicha, siendo, como soy, caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cu�les son de bat�n o no? Y m�s, que podr�a ser, como es verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habr�is visto, como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos. Si no, haced vos que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y ech�dmelos a las barbas uno a uno, o todos juntos, y, cuando yo no diere con todos patas arriba, haced de m� la burla que quisi�redes.
— No haya m�s, se�or m�o —replic� Sancho—, que yo confieso que he andado algo risue�o en demas�a. Pero d�game vuestra merced, ahora que estamos en paz (as� Dios le saque de todas las aventuras que le sucedieren tan sano y salvo como le ha sacado d�sta), �no ha sido cosa de re�r, y lo es de contar, el gran miedo que hemos tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de vuestra merced ya yo s� que no le conoce, ni sabe qu� es temor ni espanto. — No niego yo —respondi� don Quijote— que lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de risa, pero no es digna de contarse; que no son todas las personas tan discretas que sepan poner en su punto las cosas.
— A lo menos —respondi� Sancho—, supo vuestra merced poner en su punto el lanz�n, apunt�ndome a la cabeza, y d�ndome en las espaldas, gracias a Dios y a la diligencia que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldr� en la colada; que yo he o�do decir: "�se te quiere bien, que te hace llorar"; y m�s, que suelen los principales se�ores, tras una mala palabra que dicen a un criado, darle luego unas calzas; aunque no s� lo que le suelen dar tras haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros andantes dan tras palos �nsulas o reinos en tierra firme.
— Tal podr�a correr el dado —dijo don Quijote— que todo lo que dices viniese a ser verdad; y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los primeros movimientos no son en mano del hombre, y est� advertido de aqu� adelante en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo; que en cuantos libros de caballer�as he le�do, que son infinitos, jam�s he hallado que ning�n escudero hablase tanto con su se�or como t� con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran falta, tuya y m�a: tuya, en que me estimas en poco; m�a, en que no me dejo estimar en m�s. S�, que Gandal�n, escudero de Amad�s de Gaula, conde fue de la �nsula Firme; y se lee d�l que siempre hablaba a su se�or con la gorra en la mano, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues, �qu� diremos de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue tan callado que, para declararnos la excelencia de su maravilloso silencio, sola una vez se nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera historia? De todo lo que he dicho has de inferir, Sancho, que es menester hacer diferencia de amo a mozo, de se�or a criado y de caballero a escudero. As� que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar con m�s respeto, sin darnos cordelejo, porque, de cualquiera manera que yo me enoje con vos, ha de ser mal para el c�ntaro. Las mercedes y beneficios que yo os he prometido llegar�n a su tiempo; y si no llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de perder, como ya os he dicho.
— Est� bien cuanto vuestra merced dice —dijo Sancho—, pero querr�a yo saber, por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario acudir al de los salarios, cu�nto ganaba un escudero de un caballero andante en aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por d�as, como peones de alba�ir.
— No creo yo —respondi� don Quijote— que jam�s los tales escuderos estuvieron a salario, sino a merced. Y si yo ahora te le he se�alado a ti en el testamento cerrado que dej� en mi casa, fue por lo que pod�a suceder; que a�n no s� c�mo prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros la caballer�a, y no querr�a que por pocas cosas penase mi �nima en el otro mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en �l no hay estado m�s peligroso que el de los aventureros.
— As� es verdad —dijo Sancho—, pues s�lo el ruido de los mazos de un bat�n pudo alborotar y desasosegar el coraz�n de un tan valeroso andante aventurero como es vuestra merced. Mas, bien puede estar seguro que, de aqu� adelante, no despliegue mis labios para hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no fuere para honrarle, como a mi amo y se�or natural. — Desa manera —replic� don Quijote—, vivir�s sobre la haz de la tierra; porque, despu�s de a los padres, a los amos se ha de respetar como si lo fuesen.
En esto, comenz� a llover un poco, y quisiera Sancho que se entraran en el molino de los batanes; mas hab�ales cobrado tal aborrecimiento don Quijote, por la pesada burla, que en ninguna manera quiso entrar dentro; y as�, torciendo el camino a la derecha mano, dieron en otro como el que hab�an llevado el d�a de antes.
De all� a poco, descubri� don Quijote un hombre a caballo, que tra�a en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro, y a�n �l apenas le hubo visto, cuando se volvi� a Sancho y le dijo:
— Par�ceme, Sancho, que no hay refr�n que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas, especialmente aquel que dice: "Donde una puerta se cierra, otra se abre". D�golo porque si anoche nos cerr� la ventura la puerta de la que busc�bamos, enga��ndonos con los batanes, ahora nos abre de par en par otra, para otra mejor y m�s cierta aventura; que si yo no acertare a entrar por ella, m�a ser� la culpa, sin que la pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la escuridad de la noche. Digo esto porque, si no me enga�o, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, sobre que yo hice el juramento que sabes.
— Mire vuestra merced bien lo que dice, y mejor lo que hace —dijo Sancho—, que no querr�a que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido.
— �V�late el diablo por hombre! —replic� don Quijote—. �Qu� va de yelmo a batanes?
— No s� nada —respondi� Sancho—; mas, a fe que si yo pudiera hablar tanto como sol�a, que quiz� diera tales razones que vuestra merced viera que se enga�aba en lo que dice.
— �C�mo me puedo enga�ar en lo que digo, traidor escrupuloso? —dijo don Quijote—. Dime, �no ves aquel caballero que hacia nosotros viene, sobre un caballo rucio rodado, que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro? — Lo que yo veo y columbro —respondi� Sancho— no es sino un hombre sobre un asno pardo, como el m�o, que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra. — Pues �se es el yelmo de Mambrino —dijo don Quijote—. Ap�rtate a una parte y d�jame con �l a solas: ver�s cu�n sin hablar palabra, por ahorrar del tiempo, concluyo esta aventura y queda por m�o el yelmo que tanto he deseado.
— Yo me tengo en cuidado el apartarme —replic� Sancho—, mas quiera Dios, torno a decir, que or�gano sea, y no batanes.
— Ya os he dicho, hermano, que no me ment�is, ni por pienso, m�s eso de los batanes —dijo don Quijote—; que voto..., y no digo m�s, que os batanee el alma.
Call� Sancho, con temor que su amo no cumpliese el voto que le hab�a echado, redondo como una bola.
Es, pues, el caso que el yelmo, y el caballo y caballero que don Quijote ve�a, era esto: que en aquel contorno hab�a dos lugares, el uno tan peque�o que ni ten�a botica ni barbero, y el otro, que estaba junto, s�; y as�, el barbero del mayor serv�a al menor, en el cual tuvo necesidad un enfermo de sangrarse y otro de hacerse la barba, para lo cual ven�a el barbero, y tra�a una bac�a de az�far; y quiso la suerte que, al tiempo que ven�a, comenz� a llover, y, porque no se le manchase el sombrero, que deb�a de ser nuevo, se puso la bac�a sobre la cabeza; y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba. Ven�a sobre un asno pardo, como Sancho dijo, y �sta fue la ocasi�n que a don Quijote le pareci� caballo rucio rodado, y caballero, y yelmo de oro; que todas las cosas que ve�a, con mucha facilidad las acomodaba a sus desvariadas caballer�as y malandantes pensamientos. Y cuando �l vio que el pobre caballero llegaba cerca, sin ponerse con �l en razones, a todo correr de Rocinante le enristr� con el lanz�n bajo, llevando intenci�n de pasarle de parte a parte; mas cuando a �l llegaba, sin detener la furia de su carrera, le dijo:
— �Defi�ndete, cautiva criatura, o entri�game de tu voluntad lo que con tanta raz�n se me debe!
El barbero, que, tan sin pensarlo ni temerlo, vio venir aquella fantasma sobre s�, no tuvo otro remedio, para poder guardarse del golpe de la lanza, si no fue el dejarse caer del asno abajo; y no hubo tocado al suelo, cuando se levant� m�s ligero que un gamo y comenz� a correr por aquel llano, que no le alcanzara el viento. Dej�se la bac�a en el suelo, con la cual se content� don Quijote, y dijo que el pagano hab�a andado discreto y que hab�a imitado al castor, el cual, vi�ndose acosado de los cazadores, se taraza y arpa con los dientes aqu�llo por lo que �l, por distinto natural, sabe que es perseguido. Mand� a Sancho que alzase el yelmo, el cual, tom�ndola en las manos, dijo:
— Por Dios, que la bac�a es buena y que vale un real de a ocho como un maraved�.
Y, d�ndosela a su amo, se la puso luego en la cabeza, rode�ndola a una parte y a otra, busc�ndole el encaje; y, como no se le hallaba, dijo: — Sin duda que el pagano, a cuya medida se forj� primero esta famosa celada, deb�a de tener grand�sima cabeza, y lo peor dello es que le falta la mitad. Cuando Sancho oy� llamar a la bac�a celada, no pudo tener la risa; mas v�nosele a las mientes la c�lera de su amo, y call� en la mitad della. — �De qu� te r�es, Sancho? —dijo don Quijote.
— R�ome —respondi� �l— de considerar la gran cabeza que ten�a el pagano due�o deste almete, que no semeja sino una bac�a de barbero pintiparada. — �Sabes qu� imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo, por alg�n estra�o acidente, debi� de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que hac�a, vi�ndola de oro pur�simo, debi� de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo �sta, que parece bac�a de barbero, como t� dices. Pero, sea lo que fuere; que para m� que la conozco no hace al caso su trasmutaci�n; que yo la aderezar� en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forj� el dios de las herrer�as para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traer� como pudiere, que m�s vale algo que no nada; cuanto m�s, que bien ser� bastante para defenderme de alguna pedrada.
— Eso ser� —dijo Sancho— si no se tira con honda, como se tiraron en la pelea de los dos ej�rcitos, cuando le santiguaron a vuestra merced las muelas y le rompieron el alcuza donde ven�a aquel bendit�simo brebaje que me hizo vomitar las asaduras.along
— No me da mucha pena el haberle perdido, que ya sabes t�, Sancho —dijo don Quijote—, que yo tengo la receta en la memoria.
— Tambi�n la tengo yo —respondi� Sancho—, pero si yo le hiciere ni le probare m�s en mi vida, aqu� sea mi hora. Cuanto m�s, que no pienso ponerme en ocasi�n de haberle menester, porque pienso guardarme con todos mis cinco sentidos de ser ferido ni de ferir a nadie. De lo del ser otra vez manteado, no digo nada, que semejantes desgracias mal se pueden prevenir, y si vienen, no hay que hacer otra cosa sino encoger los hombros, detener el aliento, cerrar los ojos y dejarse ir por donde la suerte y la manta nos llevare.
— Mal cristiano eres, Sancho —dijo, oyendo esto, don Quijote—, porque nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho; pues s�bete que es de pechos nobles y generosos no hacer caso de ni�er�as. �Qu� pie sacaste cojo, qu� costilla quebrada, qu� cabeza rota, para que no se te olvide aquella burla? Que, bien apurada la cosa, burla fue y pasatiempo; que, a no entenderlo yo ans�, ya yo hubiera vuelto all� y hubiera hecho en tu venganza m�s da�o que el que hicieron los griegos por la robada Elena. La cual, si fuera en este tiempo, o mi Dulcinea fuera en aqu�l, pudiera estar segura que no tuviera tanta fama de hermosa como tiene.
Y aqu� dio un sospiro, y le puso en las nubes. Y dijo Sancho:
— Pase por burlas, pues la venganza no puede pasar en veras; pero yo s� de qu� calidad fueron las veras y las burlas, y s� tambi�n que no se me caer�n de la memoria, como nunca se quitar�n de las espaldas. Pero, dejando esto aparte, d�game vuestra merced qu� haremos deste caballo rucio rodado, que parece asno pardo, que dej� aqu� desamparado aquel Martino que vuestra merced derrib�; que, seg�n �l puso los pies en polvorosa y cogi� las de Villadiego, no lleva pergenio de volver por �l jam�s; y �para mis barbas, si no es bueno el rucio!
— Nunca yo acostumbro —dijo don Quijote— despojar a los que venzo, ni es uso de caballer�a quitarles los caballos y dejarlos a pie, si ya no fuese que el vencedor hubiese perdido en la pendencia el suyo; que, en tal caso, l�cito es tomar el del vencido, como ganado en guerra l�cita. As� que, Sancho, deja ese caballo, o asno, o lo que t� quisieres que sea, que, como su due�o nos vea alongados de aqu�, volver� por �l.
— Dios sabe si quisiera llevarle —replic� Sancho—, o, por lo menos, trocalle con este m�o, que no me parece tan bueno. Verdaderamente que son estrechas las leyes de caballer�a, pues no se estienden a dejar trocar un asno por otro; y querr�a saber si podr�a trocar los aparejos siquiera.
— En eso no estoy muy cierto —respondi� don Quijote—; y, en caso de duda, hasta estar mejor informado, digo que los trueques, si es que tienes dellos necesidad estrema.
— Tan estrema es —respondi� Sancho— que si fueran para mi misma persona, no los hubiera menester m�s.
Y luego, habilitado con aquella licencia, hizo mutatio caparum y puso su jumento a las mil lindezas, dej�ndole mejorado en tercio y quinto. Hecho esto, almorzaron de las sobras del real que del ac�mila despojaron, bebieron del agua del arroyo de los batanes, sin volver la cara a mirallos: tal era el aborrecimiento que les ten�an por el miedo en que les hab�an puesto.
Cortada, pues, la c�lera, y aun la malencon�a, subieron a caballo, y, sin tomar determinado camino, por ser muy de caballeros andantes el no tomar ninguno cierto, se pusieron a caminar por donde la voluntad de Rocinante quiso, que se llevaba tras s� la de su amo, y aun la del asno, que siempre le segu�a por dondequiera que guiaba, en buen amor y compa��a. Con todo esto, volvieron al camino real y siguieron por �l a la ventura, sin otro disignio alguno.
Yendo, pues, as� caminando, dijo Sancho a su amo:
— Se�or, �quiere vuestra merced darme licencia que departa un poco con �l? Que, despu�s que me puso aquel �spero mandamiento del silencio, se me han podrido m�s de cuatro cosas en el est�mago, y una sola que ahora tengo en el pico de la lengua no querr�a que se mal lograse.
— Dila —dijo don Quijote—, y s� breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo.
— Digo, pues, se�or —respondi� Sancho—, que, de algunos d�as a esta parte, he considerado cu�n poco se gana y granjea de andar buscando estas aventuras que vuestra merced busca por estos desiertos y encrucijadas de caminos, donde, ya que se venzan y acaben las m�s eligrosas, no hay quien las vea ni sepa; y as�, se han de quedar en perpetuo silencio, y en perjuicio de la intenci�n de vuestra merced y de lo que ellas merecen. Y as�, me parece que ser�a mejor, salvo el mejor parecer de vuestra merced, que nos fu�semos a servir a alg�n emperador, o a otro pr�ncipe grande que tenga alguna guerra, en cuyo servicio vuestra merced muestre el valor de su persona, sus grandes fuerzas y mayor entendimiento; que, visto esto del se�or a quien sirvi�remos, por fuerza nos ha de remunerar, a cada cual seg�n sus m�ritos, y all� no faltar� quien ponga en escrito las haza�as de vuestra merced, para perpetua memoria. De las m�as no digo nada, pues no han de salir de los l�mites escuderiles; aunque s� decir que, si se usa en la caballer�a escribir haza�as de escuderos, que no pienso que se han de quedar las m�as entre renglones.
— No dices mal, Sancho —respondi� don Quijote—; mas, antes que se llegue a ese t�rmino, es menester andar por el mundo, como en aprobaci�n, buscando las aventuras, para que, acabando algunas, se cobre nombre y fama tal que, cuando se fuere a la corte de alg�n gran monarca, ya sea el caballero conocido por sus obras; y que, apenas le hayan visto entrar los muchachos por la puerta de la ciudad, cuando todos le sigan y rodeen, dando voces, diciendo: ''�ste es el Caballero del Sol'', o de la Sierpe, o de otra insignia alguna, debajo de la cual hubiere acabado grandes haza�as. ''�ste es —dir�n— el que venci� en singular batalla al gigantazo Brocabruno de la Gran Fuerza; el que desencant� al Gran Mameluco de Persia del largo encantamento en que hab�a estado casi novecientos a�os''. As� que, de mano en mano, ir�n pregonando tus hechos, y luego, al alboroto de los muchachos y de la dem�s gente, se parar� a las fenestras de su real palacio el rey de aquel reino, y as� como vea al caballero, conoci�ndole por las armas o por la empresa del escudo, forzosamente ha de decir: ''�Ea, sus! �Salgan mis caballeros, cuantos en mi corte est�n, a recebir a la flor de la caballer�a, que all� viene!'' A cuyo mandamiento saldr�n todos, y �l llegar� hasta la mitad de la escalera, y le abrazar� estrech�simamente, y le dar� paz bes�ndole en el rostro; y luego le llevar� por la mano al aposento de la se�ora reina, adonde el caballero la hallar� con la infanta, su hija, que ha de ser una de las m�s fermosas y acabadas doncellas que, en gran parte de lo descubierto de la tierra, a duras penas se pueda hallar. Suceder� tras esto, luego en continente, que ella ponga los ojos en el caballero y �l en los della, y cada uno parezca a otro cosa m�s divina que humana; y, sin saber c�mo ni c�mo no, han de quedar presos y enlazados en la intricable red amorosa, y con gran cuita en sus corazones por no saber c�mo se han de fablar para descubrir sus ansias y sentimientos. Desde all� le llevar�n, sin duda, a alg�n cuarto del palacio, ricamente aderezado, donde, habi�ndole quitado las armas, le traer�n un rico manto de escarlata con que se cubra; y si bien pareci� armado, tan bien y mejor ha de parecer en farseto. Venida la noche, cenar� con el rey, reina e infanta, donde nunca quitar� los ojos della, mir�ndola a furto de los circustantes, y ella har� lo mesmo con la mesma sagacidad, porque, como tengo dicho, es muy discreta doncella. Levantarse han las tablas, y entrar� a deshora por la puerta de la sala un feo y peque�o enano con una fermosa due�a, que, entre dos gigantes, detr�s del enano viene, con cierta aventura, hecha por un antiqu�simo sabio, que el que la acabare ser� tenido por el mejor caballero del mundo. Mandar� luego el rey que todos los que est�n presentes la prueben, y ninguno le dar� fin y cima sino el caballero hu�sped, en mucho pro de su fama, de lo cual quedar� content�sima la infanta, y se tendr� por contenta y pagada adem�s, por haber puesto y colocado sus pensamientos en tan alta parte. Y lo bueno es que este rey, o pr�ncipe, o lo que es, tiene una muy re�ida guerra con otro tan poderoso como �l, y el caballero hu�sped le pide (al cabo de algunos d�as que ha estado en su corte) licencia para ir a servirle en aquella guerra dicha. Dar�sela el rey de muy buen talante, y el caballero le besar� cort�smente las manos por la merced que le face. Y aquella noche se despedir� de su se�ora la infanta por las rejas de un jard�n, que cae en el aposento donde ella duerme, por las cuales ya otras muchas veces la hab�a fablado, siendo medianera y sabidora de todo una doncella de quien la infanta mucho se fiaba. Sospirar� �l, desmayar�se ella, traer� agua la doncella, acuitar�se mucho porque viene la ma�ana, y no querr�a que fuesen descubiertos, por la honra de su se�ora. Finalmente, la infanta volver� en s� y dar� sus blancas manos por la reja al caballero, el cual se las besar� mil y mil veces y se las ba�ar� en l�grimas. Quedar� concertado entre los dos del modo que se han de hacer saber sus buenos o malos sucesos, y rogar�le la princesa que se detenga lo menos que pudiere; promet�rselo ha �l con muchos juramentos; t�rnale a besar las manos, y desp�dese con tanto sentimiento que estar� poco por acabar la vida. Vase desde all� a su aposento, �chase sobre su lecho, no puede dormir del dolor de la partida, madruga muy de ma�ana, vase a despedir del rey y de la reina y de la infanta; d�cenle, habi�ndose despedido de los dos, que la se�ora infanta est� mal dispuesta y que no puede recebir visita; piensa el caballero que es de pena de su partida, trasp�sasele el coraz�n, y falta poco de no dar indicio manifiesto de su pena. Est� la doncella medianera delante, halo de notar todo, v�selo a decir a su se�ora, la cual la recibe con l�grimas y le dice que una de las mayores penas que tiene es no saber qui�n sea su caballero, y si es de linaje de reyes o no; aseg�rala la doncella que no puede caber tanta cortes�a, gentileza y valent�a como la de su caballero sino en subjeto real y grave; consu�lase con esto la cuitada; procura consolarse, por no dar mal indicio de s� a sus padres, y, a cabo de dos d�as, sale en p�blico. Ya se es ido el caballero: pelea en la guerra, vence al enemigo del rey, gana muchas ciudades, triunfa de muchas batallas, vuelve a la corte, ve a su se�ora por donde suele, conci�rtase que la pida a su padre por mujer en pago de sus servicios. No se la quiere dar el rey, porque no sabe qui�n es; pero, con todo esto, o robada o de otra cualquier suerte que sea, la infanta viene a ser su esposa y su padre lo viene a tener a gran ventura, porque se vino a averiguar que el tal caballero es hijo de un valeroso rey de no s� qu� reino, porque creo que no debe de estar en el mapa. Mu�rese el padre, hereda la infanta, queda rey el caballero en dos palabras. Aqu� entra luego el hacer mercedes a su escudero y a todos aquellos que le ayudaron a subir a tan alto estado: casa a su escudero con una doncella de la infanta, que ser�, sin duda, la que fue tercera en sus amores, que es hija de un duque muy principal.
— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—; a eso me atengo, porque todo, al pie de la letra, ha de suceder por vuestra merced, llam�ndose el Caballero de la Triste Figura.
— No lo dudes, Sancho —replic� don Quijote—, porque del mesmo y por los mesmos pasos que esto he contado suben y han subido los caballeros andantes a ser reyes y emperadores. S�lo falta agora mirar qu� rey de los cristianos o de los paganos tenga guerra y tenga hija hermosa; pero tiempo habr� para pensar esto, pues, como te tengo dicho, primero se ha de cobrar fama por otras partes que se acuda a la corte. Tambi�n me falta otra cosa; que, puesto caso que se halle rey con guerra y con hija hermosa, y que yo haya cobrado fama incre�ble por todo el universo, no s� yo c�mo se pod�a hallar que yo sea de linaje de reyes, o, por lo menos, primo segundo de emperador; porque no me querr� el rey dar a su hija por mujer si no est� primero muy enterado en esto, aunque m�s lo merezcan mis famosos hechos. As� que, por esta falta, temo perder lo que mi brazo tiene bien merecido. Bien es verdad que yo soy hijodalgo de solar conocido, de posesi�n y propriedad y de devengar quinientos sueldos; y podr�a ser que el sabio que escribiese mi historia deslindase de tal manera mi parentela y decendencia, que me hallase quinto o sesto nieto de rey. Porque te hago saber, Sancho, que hay dos maneras de linajes en el mundo: unos que traen y derriban su decendencia de pr�ncipes y monarcas, a quien poco a poco el tiempo ha deshecho, y han acabado en punta, como pir�mide puesta al rev�s; otros tuvieron principio de gente baja, y van subiendo de grado en grado, hasta llegar a ser grandes se�ores. De manera que est� la diferencia en que unos fueron, que ya no son, y otros son, que ya no fueron; y podr�a ser yo d�stos que, despu�s de averiguado, hubiese sido mi principio grande y famoso, con lo cual se deb�a de contentar el rey, mi suegro, que hubiere de ser. Y cuando no, la infanta me ha de querer de manera que, a pesar de su padre, aunque claramente sepa que soy hijo de un azac�n, me ha de admitir por se�or y por esposo; y si no, aqu� entra el roballa y llevalla donde m�s gusto me diere; que el tiempo o la muerte ha de acabar el enojo de sus padres.
— Ah� entra bien tambi�n —dijo Sancho— lo que algunos desalmados dicen: "No pidas de grado lo que puedes tomar por fuerza"; aunque mejor cuadra decir: "M�s vale salto de mata que ruego de hombres buenos". D�golo porque si el se�or rey, suegro de vuestra merced, no se quisiere dome�ar a entregalle a mi se�ora la infanta, no hay sino, como vuestra merced dice, roballa y trasponella. Pero est� el da�o que, en tanto que se hagan las paces y se goce pac�ficamente el reino, el pobre escudero se podr� estar a diente en esto de las mercedes. Si ya no es que la doncella tercera, que ha de ser su mujer, se sale con la infanta, y �l pasa con ella su mala ventura, hasta que el cielo ordene otra cosa; porque bien podr�, creo yo, desde luego d�rsela su se�or por lig�tima esposa.
— Eso no hay quien la quite —dijo don Quijote.
— Pues, como eso sea —respondi� Sancho—, no hay sino encomendarnos a Dios, y dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.
— H�galo Dios —respondi� don Quijote— como yo deseo y t�, Sancho, has menester; y ruin sea quien por ruin se tiene.
— Sea par Dios —dijo Sancho—, que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.
— Y aun te sobra —dijo don Quijote—; y cuando no lo fueras, no hac�a nada al caso, porque, siendo yo el rey, bien te puedo dar nobleza, sin que la compres ni me sirvas con nada. Porque, en haci�ndote conde, c�tate ah� caballero, y digan lo que dijeren; que a buena fe que te han de llamar se�or�a, mal que les pese.
— Y �montas que no sabr�a yo autorizar el litado! —dijo Sancho. — Dictado has de decir, que no litado —dijo su amo.
— Sea ans� —respondi� Sancho Panza—. Digo que le sabr�a bien acomodar, porque, por vida m�a, que un tiempo fui mu�idor de una cofrad�a, y que me asentaba tan bien la ropa de mu�idor, que dec�an todos que ten�a presencia para poder ser prioste de la mesma cofrad�a. Pues, �qu� ser� cuando me ponga un rop�n ducal a cuestas, o me vista de oro y de perlas, a uso de conde estranjero? Para m� tengo que me han de venir a ver de cien leguas. — Bien parecer�s —dijo don Quijote—, pero ser� menester que te rapes las barbas a menudo; que, seg�n las tienes de espesas, aborrascadas y mal puestas, si no te las rapas a navaja, cada dos d�as por lo menos, a tiro de escopeta se echar� de ver lo que eres.
— �Qu� hay m�s —dijo Sancho—, sino tomar un barbero y tenelle asalariado en casa? Y aun, si fuere menester, le har� que ande tras m�, como caballerizo de grande.
— Pues, �c�mo sabes t� —pregunt� don Quijote— que los grandes llevan detr�s de s� a sus caballerizos?
— Yo se lo dir� —respondi� Sancho—: los a�os pasados estuve un mes en la corte, y all� vi que, pase�ndose un se�or muy peque�o, que dec�an que era muy grande, un hombre le segu�a a caballo a todas las vueltas que daba, que no parec�a sino que era su rabo. Pregunt� que c�mo aquel hombre no se juntaba con el otro, sino que siempre andaba tras d�l. Respondi�ronme que era su caballerizo y que era uso de los grandes llevar tras s� a los tales. Desde entonces lo s� tan bien que nunca se me ha olvidado.
— Digo que tienes raz�n —dijo don Quijote—, y que as� puedes t� llevar a tu barbero; que los usos no vinieron todos juntos, ni se inventaron a una, y puedes ser t� el primero conde que lleve tras s� su barbero; y aun es de m�s confianza el hacer la barba que ensillar un caballo.
— Qu�dese eso del barbero a mi cargo —dijo Sancho—, y al de vuestra merced se quede el procurar venir a ser rey y el hacerme conde.
— As� ser� —respondi� don Quijote.
Y, alzando los ojos, vio lo que se dir� en el siguiente cap�tulo.
Cuenta Cide Hamete Benengeli, autor ar�bigo y manchego, en esta grav�sima, altisonante, m�nima, dulce e imaginada historia que, despu�s que entre el famoso don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, pasaron aquellas razones que en el fin del cap�tulo veinte y uno quedan referidas, que don Quijote alz� los ojos y vio que por el camino que llevaba ven�an hasta doce hombres a pie, ensartados, como cuentas, en una gran cadena de hierro por los cuellos, y todos con esposas a las manos. Ven�an ansimismo con ellos dos hombres de a caballo y dos de a pie; los de a caballo, con escopetas de rueda, y los de a pie, con dardos y espadas; y que as� como Sancho Panza los vido, dijo:
— �sta es cadena de galeotes, gente forzada del rey, que va a las galeras. — �C�mo gente forzada? —pregunt� don Quijote—. �Es posible que el rey haga fuerza a ninguna gente?
— No digo eso —respondi� Sancho—, sino que es gente que, por sus delitos, va condenada a servir al rey en las galeras de por fuerza.
— En resoluci�n —replic� don Quijote—, comoquiera que ello sea, esta gente, aunque los llevan, van de por fuerza, y no de su voluntad.
— As� es —dijo Sancho.
— Pues desa manera —dijo su amo—, aqu� encaja la ejecuci�n de mi oficio: desfacer fuerzas y socorrer y acudir a los miserables.
— Advierta vuestra merced —dijo Sancho— que la justicia, que es el mesmo rey, no hace fuerza ni agravio a semejante gente, sino que los castiga en pena de sus delitos.
Lleg�, en esto, la cadena de los galeotes, y don Quijote, con muy corteses razones, pidi� a los que iban en su guarda fuesen servidos de informalle y decille la causa, o causas, por que llevan aquella gente de aquella manera. Una de las guardas de a caballo respondi� que eran galeotes, gente de Su Majestad que iba a galeras, y que no hab�a m�s que decir, ni �l ten�a m�s que saber.
— Con todo eso —replic� don Quijote—, querr�a saber de cada uno dellos en particular la causa de su desgracia.
A�adi� a �stas otras tales y tan comedidas razones, para moverlos a que dijesen lo que deseaba, que la otra guarda de a caballo le dijo: — Aunque llevamos aqu� el registro y la fe de las sentencias de cada uno destos malaventurados, no es tiempo �ste de detenerles a sacarlas ni a leellas; vuestra merced llegue y se lo pregunte a ellos mesmos, que ellos lo dir�n si quisieren, que s� querr�n, porque es gente que recibe gusto de hacer y decir bellaquer�as.
Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se la dieran, se lleg� a la cadena, y al primero le pregunt� que por qu� pecados iba de tan mala guisa. �l le respondi� que por enamorado iba de aquella manera. — �Por eso no m�s? —replic� don Quijote—. Pues, si por enamorados echan a galeras, d�as ha que pudiera yo estar bogando en ellas.
— No son los amores como los que vuestra merced piensa —dijo el galeote—; que los m�os fueron que quise tanto a una canasta de colar, atestada de ropa blanca, que la abrac� conmigo tan fuertemente que, a no quit�rmela la justicia por fuerza, a�n hasta agora no la hubiera dejado de mi voluntad. Fue en fragante, no hubo lugar de tormento; concluy�se la causa, acomod�ronme las espaldas con ciento, y por a�adidura tres precisos de gurapas, y acab�se la obra.
— �Qu� son gurapas? —pregunt� don Quijote.
— Gurapas son galeras —respondi� el galeote.
El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro a�os, y dijo que era natural de Piedrah�ta. Lo mesmo pregunt� don Quijote al segundo, el cual no respondi� palabra, seg�n iba de triste y malenc�nico; mas respondi� por �l el primero, y dijo:
— �ste, se�or, va por canario; digo, por m�sico y cantor.
— Pues, �c�mo —repiti� don Quijote—, por m�sicos y cantores van tambi�n a galeras?
— S�, se�or —respondi� el galeote—, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.
— Antes, he yo o�do decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males espanta.
— Ac� es al rev�s —dijo el galeote—, que quien canta una vez llora toda la vida.
— No lo entiendo —dijo don Quijote.
Mas una de las guardas le dijo:
— Se�or caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa, confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confes� su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladr�n de bestias, y, por haber confesado, le condenaron por seis a�os a galeras, am�n de docientos azotes que ya lleva en las espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los dem�s ladrones que all� quedan y aqu� van le maltratan y aniquilan, y escarnecen y tienen en poco, porque confes� y no tuvo �nimo de decir nones. Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un s�, y que harta ventura tiene un delincuente, que est� en su lengua su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas; y para m� tengo que no van muy fuera de camino.
— Y yo lo entiendo as� —respondi� don Quijote.
El cual, pasando al tercero, pregunt� lo que a los otros; el cual, de presto y con mucho desenfado, respondi� y dijo:
— Yo voy por cinco a�os a las se�oras gurapas por faltarme diez ducados. — Yo dar� veinte de muy buena gana —dijo don Quijote— por libraros desa pesadumbre.
— Eso me parece —respondi� el galeote— como quien tiene dineros en mitad del golfo y se est� muriendo de hambre, sin tener adonde comprar lo que ha menester. D�golo porque si a su tiempo tuviera yo esos veinte ducados que vuestra merced ahora me ofrece, hubiera untado con ellos la p�ndola del escribano y avivado el ingenio del procurador, de manera que hoy me viera en mitad de la plaza de Zocodover, de Toledo, y no en este camino, atraillado como galgo; pero Dios es grande: paciencia y basta.
Pas� don Quijote al cuarto, que era un hombre de venerable rostro con una barba blanca que le pasaba del pecho; el cual, oy�ndose preguntar la causa por que all� ven�a, comenz� a llorar y no respondi� palabra; mas el quinto condenado le sirvi� de lengua, y dijo:
— Este hombre honrado va por cuatro a�os a galeras, habiendo paseado las acostumbradas vestido en pompa y a caballo.
— Eso es —dijo Sancho Panza—, a lo que a m� me parece, haber salido a la verg�enza.
— As� es —replic� el galeote—; y la culpa por que le dieron esta pena es por haber sido corredor de oreja, y aun de todo el cuerpo. En efecto, quiero decir que este caballero va por alcahuete, y por tener asimesmo sus puntas y collar de hechicero.
— A no haberle a�adido esas puntas y collar —dijo don Quijote—, por solamente el alcahuete limpio, no merec�a �l ir a bogar en las galeras, sino a mandallas y a ser general dellas; porque no es as� comoquiera el oficio de alcahuete, que es oficio de discretos y necesar�simo en la rep�blica bien ordenada, y que no le deb�a ejercer sino gente muy bien nacida; y aun hab�a de haber veedor y examinador de los tales, como le hay de los dem�s oficios, con n�mero deputado y conocido, como corredores de lonja; y desta manera se escusar�an muchos males que se causan por andar este oficio y ejercicio entre gente idiota y de poco entendimiento, como son mujercillas de poco m�s a menos, pajecillos y truhanes de pocos a�os y de poca experiencia, que, a la m�s necesaria ocasi�n y cuando es menester dar una traza que importe, se les yelan las migas entre la boca y la mano y no saben cu�l es su mano derecha. Quisiera pasar adelante y dar las razones por que conven�a hacer elecci�n de los que en la rep�blica hab�an de tener tan necesario oficio, pero no es el lugar acomodado para ello: alg�n d�a lo dir� a quien lo pueda proveer y remediar. S�lo digo ahora que la pena que me ha causado ver estas blancas canas y este rostro venerable en tanta fatiga, por alcahuete, me la ha quitado el adjunto de ser hechicero; aunque bien s� que no hay hechizos en el mundo que puedan mover y forzar la voluntad, como algunos simples piensan; que es libre nuestro albedr�o, y no hay yerba ni encanto que le fuerce. Lo que suelen hacer algunas mujercillas simples y algunos embusteros bellacos es algunas misturas y venenos con que vuelven locos a los hombres, dando a entender que tienen fuerza para hacer querer bien, siendo, como digo, cosa imposible forzar la voluntad. — As� es —dijo el buen viejo—, y, en verdad, se�or, que en lo de hechicero que no tuve culpa; en lo de alcahuete, no lo pude negar. Pero nunca pens� que hac�a mal en ello: que toda mi intenci�n era que todo el mundo se holgase y viviese en paz y quietud, sin pendencias ni penas; pero no me aprovech� nada este buen deseo para dejar de ir adonde no espero volver, seg�n me cargan los a�os y un mal de orina que llevo, que no me deja reposar un rato.
Y aqu� torn� a su llanto, como de primero; y t�vole Sancho tanta compasi�n, que sac� un real de a cuatro del seno y se le dio de limosna.
Pas� adelante don Quijote, y pregunt� a otro su delito, el cual respondi� con no menos, sino con mucha m�s gallard�a que el pasado:
— Yo voy aqu� porque me burl� demasiadamente con dos primas hermanas m�as, y con otras dos hermanas que no lo eran m�as; finalmente, tanto me burl� con todas, que result� de la burla crecer la parentela, tan intricadamente que no hay diablo que la declare. Prob�seme todo, falt� favor, no tuve dineros, v�ame a pique de perder los tragaderos, sentenci�ronme a galeras por seis a�os, consent�: castigo es de mi culpa; mozo soy: dure la vida, que con ella todo se alcanza. Si vuestra merced, se�or caballero, lleva alguna cosa con que socorrer a estos pobretes, Dios se lo pagar� en el cielo, y nosotros tendremos en la tierra cuidado de rogar a Dios en nuestras oraciones por la vida y salud de vuestra merced, que sea tan larga y tan buena como su buena presencia merece.
�ste iba en h�bito de estudiante, y dijo una de las guardas que era muy grande hablador y muy gentil latino.
Tras todos �stos, ven�a un hombre de muy buen parecer, de edad de treinta a�os, sino que al mirar met�a el un ojo en el otro un poco. Ven�a diferentemente atado que los dem�s, porque tra�a una cadena al pie, tan grande que se la liaba por todo el cuerpo, y dos argollas a la garganta, la una en la cadena, y la otra de las que llaman guardaamigo o piedeamigo, de la cual decend�an dos hierros que llegaban a la cintura, en los cuales se as�an dos esposas, donde llevaba las manos, cerradas con un grueso candado, de manera que ni con las manos pod�a llegar a la boca, ni pod�a bajar la cabeza a llegar a las manos. Pregunt� don Quijote que c�mo iba aquel hombre con tantas prisiones m�s que los otros. Respondi�le la guarda porque ten�a aquel solo m�s delitos que todos los otros juntos, y que era tan atrevido y tan grande bellaco que, aunque le llevaban de aquella manera, no iban seguros d�l, sino que tem�an que se les hab�a de huir.
— �Qu� delitos puede tener —dijo don Quijote—, si no han merecido m�s pena que echalle a las galeras?
— Va por diez a�os —replic� la guarda—, que es como muerte cevil. No se quiera saber m�s, sino que este buen hombre es el famoso Gin�s de Pasamonte, que por otro nombre llaman Ginesillo de Parapilla.
— Se�or comisario —dijo entonces el galeote—, v�yase poco a poco, y no andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Gin�s me llamo y no Ginesillo, y Pasamonte es mi alcurnia, y no Parapilla, como voac� dice; y cada uno se d� una vuelta a la redonda, y no har� poco.
— Hable con menos tono —replic� el comisario—, se�or ladr�n de m�s de la marca, si no quiere que le haga callar, mal que le pese.
— Bien parece —respondi� el galeote— que va el hombre como Dios es servido, pero alg�n d�a sabr� alguno si me llamo Ginesillo de Parapilla o no. — Pues, �no te llaman ans�, embustero? —dijo la guarda.
— S� llaman —respondi� Gin�s—, mas yo har� que no me lo llamen, o me las pelar�a donde yo digo entre mis dientes. Se�or caballero, si tiene algo que darnos, d�noslo ya, y vaya con Dios, que ya enfada con tanto querer saber vidas ajenas; y si la m�a quiere saber, sepa que yo soy Gin�s de Pasamonte, cuya vida est� escrita por estos pulgares.
— Dice verdad —dijo el comisario—: que �l mesmo ha escrito su historia, que no hay m�s, y deja empe�ado el libro en la c�rcel en docientos reales. — Y le pienso quitar —dijo Gin�s—, si quedara en docientos ducados. — �Tan bueno es? —dijo don Quijote.
— Es tan bueno —respondi� Gin�s— que mal a�o para Lazarillo de Tormes y para todos cuantos de aquel g�nero se han escrito o escribieren. Lo que le s� decir a voac� es que trata verdades, y que son verdades tan lindas y tan donosas que no pueden haber mentiras que se le igualen.
— �Y c�mo se intitula el libro? —pregunt� don Quijote.
— La vida de Gin�s de Pasamonte —respondi� el mismo.
— �Y est� acabado? —pregunt� don Quijote.
— �C�mo puede estar acabado —respondi� �l—, si a�n no est� acabada mi vida? Lo que est� escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta �ltima vez me han echado en galeras.
— Luego, �otra vez hab�is estado en ellas? —dijo don Quijote.
— Para servir a Dios y al rey, otra vez he estado cuatro a�os, y ya s� a qu� sabe el bizcocho y el corbacho —respondi� Gin�s—; y no me pesa mucho de ir a ellas, porque all� tendr� lugar de acabar mi libro, que me quedan muchas cosas que decir, y en las galeras de Espa�a hay mas sosiego de aquel que ser�a menester, aunque no es menester mucho m�s para lo que yo tengo de escribir, porque me lo s� de coro.
— H�bil pareces —dijo don Quijote.
— Y desdichado —respondi� Gin�s—; porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio.
— Persiguen a los bellacos —dijo el comisario.
— Ya le he dicho, se�or comisario —respondi� Pasamonte—, que se vaya poco a poco, que aquellos se�ores no le dieron esa vara para que maltratase a los pobretes que aqu� vamos, sino para que nos guiase y llevase adonde Su Majestad manda. Si no, �por vida de...! �Basta!, que podr�a ser que saliesen alg�n d�a en la colada las manchas que se hicieron en la venta; y todo el mundo calle, y viva bien, y hable mejor y caminemos, que ya es mucho regodeo �ste.
Alz� la vara en alto el comisario para dar a Pasamonte en respuesta de sus amenazas, mas don Quijote se puso en medio y le rog� que no le maltratase, pues no era mucho que quien llevaba tan atadas las manos tuviese alg�n tanto suelta la lengua. Y, volvi�ndose a todos los de la cadena, dijo: — De todo cuanto me hab�is dicho, hermanos car�simos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podr�a ser que el poco �nimo que aqu�l tuvo en el tormento, la falta de dineros d�ste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdici�n y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte ten�ades. Todo lo cual se me representa a m� ahora en la memoria de manera que me est� diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arroj� al mundo, y me hizo profesar en �l la orden de caballer�a que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque s� que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos se�ores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz, que no faltar�n otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto m�s, se�ores guardas —a�adi� don Quijote—, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. All� se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no y�ndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumpl�s, algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hag�is, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, har�n que lo hag�is por fuerza.
— �Donosa majader�a! —respondi� el comisario— �Bueno est� el donaire con que ha salido a cabo de rato! �Los forzados del rey quiere que le dejemos, como si tuvi�ramos autoridad para soltarlos o �l la tuviera para mand�rnoslo! V�yase vuestra merced, se�or, norabuena, su camino adelante, y ender�cese ese bac�n que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato. — �Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! —respondi� don Quijote. Y, diciendo y haciendo, arremeti� con �l tan presto que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con �l en el suelo, malherido de una lanzada; y av�nole bien, que �ste era el de la escopeta. Las dem�s guardas quedaron at�nitas y suspensas del no esperado acontecimiento; pero, volviendo sobre s�, pusieron mano a sus espadas los de a caballo, y los de a pie a sus dardos, y arremetieron a don Quijote, que con mucho sosiego los aguardaba; y, sin duda, lo pasara mal si los galeotes, viendo la ocasi�n que se les ofrec�a de alcanzar libertad, no la procuraran, procurando romper la cadena donde ven�an ensartados. Fue la revuelta de manera que las guardas, ya por acudir a los galeotes, que se desataban, ya por acometer a don Quijote, que los acomet�a, no hicieron cosa que fuese de provecho. Ayud� Sancho, por su parte, a la soltura de Gin�s de Pasamonte, que fue el primero que salt� en la campa�a libre y desembarazado, y, arremetiendo al comisario ca�do, le quit� la espada y la escopeta, con la cual, apuntando al uno y se�alando al otro, sin disparalla jam�s, no qued� guarda en todo el campo, porque se fueron huyendo, as� de la escopeta de Pasamonte como de las muchas pedradas que los ya sueltos galeotes les tiraban. Entristeci�se mucho Sancho deste suceso, porque se le represent� que los que iban huyendo hab�an de dar noticia del caso a la Santa Hermandad, la cual, a campana herida, saldr�a a buscar los delincuentes, y as� se lo dijo a su amo, y le rog� que luego de all� se partiesen y se emboscasen en la sierra, que estaba cerca.
— Bien est� eso —dijo don Quijote—, pero yo s� lo que ahora conviene que se haga.
Y, llamando a todos los galeotes, que andaban alborotados y hab�an despojado al comisario hasta dejarle en cueros, se le pusieron todos a la redonda para ver lo que les mandaba, y as� les dijo:
— De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que m�s a Dios ofende es la ingratitud. D�golo porque ya hab�is visto, se�ores, con manifiesta experiencia, el que de m� hab�is recebido; en pago del cual querr�a, y es mi voluntad, que, cargados de esa cadena que quit� de vuestros cuellos, luego os pong�is en camino y vais a la ciudad del Toboso, y all� os present�is ante la se�ora Dulcinea del Toboso y le dig�is que su caballero, el de la Triste Figura, se le env�a a encomendar, y le cont�is, punto por punto, todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podr�is ir donde quisi�redes a la buena ventura.
Respondi� por todos Gin�s de Pasamonte, y dijo:
— Lo que vuestra merced nos manda, se�or y libertador nuestro, es imposible de toda imposibilidad cumplirlo, porque no podemos ir juntos por los caminos, sino solos y divididos, y cada uno por su parte, procurando meterse en las entra�as de la tierra, por no ser hallado de la Santa Hermandad, que, sin duda alguna, ha de salir en nuestra busca. Lo que vuestra merced puede hacer, y es justo que haga, es mudar ese servicio y montazgo de la se�ora Dulcinea del Toboso en alguna cantidad de avemar�as y credos, que nosotros diremos por la intenci�n de vuestra merced; y �sta es cosa que se podr� cumplir de noche y de d�a, huyendo o reposando, en paz o en guerra; pero pensar que hemos de volver ahora a las ollas de Egipto, digo, a tomar nuestra cadena y a ponernos en camino del Toboso, es pensar que es ahora de noche, que a�n no son las diez del d�a, y es pedir a nosotros eso como pedir peras al olmo.
— Pues �voto a tal! —dijo don Quijote, ya puesto en c�lera—, don hijo de la puta, don Ginesillo de Paropillo, o como os llam�is, que hab�is de ir vos solo, rabo entre piernas, con toda la cadena a cuestas.
Pasamonte, que no era nada bien sufrido, estando ya enterado que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate hab�a cometido como el de querer darles libertad, vi�ndose tratar de aquella manera, hizo del ojo a los compa�eros, y, apart�ndose aparte, comenzaron a llover tantas piedras sobre don Quijote, que no se daba manos a cubrirse con la rodela; y el pobre de Rocinante no hac�a m�s caso de la espuela que si fuera hecho de bronce. Sancho se puso tras su asno, y con �l se defend�a de la nube y pedrisco que sobre entrambos llov�a. No se pudo escudar tan bien don Quijote que no le acertasen no s� cu�ntos guijarros en el cuerpo, con tanta fuerza que dieron con �l en el suelo; y apenas hubo ca�do, cuando fue sobre �l el estudiante y le quit� la bac�a de la cabeza, y diole con ella tres o cuatro golpes en las espaldas y otros tantos en la tierra, con que la hizo pedazos. Quit�ronle una ropilla que tra�a sobre las armas, y las medias calzas le quer�an quitar si las grebas no lo estorbaran. A Sancho le quitaron el gab�n, y, dej�ndole en pelota, repartiendo entre s� los dem�s despojos de la batalla, se fueron cada uno por su parte, con m�s cuidado de escaparse de la Hermandad, que tem�an, que de cargarse de la cadena e ir a presentarse ante la se�ora Dulcinea del Toboso.
Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y Don Quijote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que a�n no hab�a cesado la borrasca de las piedras, que le persegu�an los o�dos; Rocinante, tendido junto a su amo, que tambi�n vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohin�simo de verse tan malparado por los mismos a quien tanto bien hab�a hecho.
Vi�ndose tan malparado don Quijote, dijo a su escudero:
— Siempre, Sancho, lo he o�do decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar. Si yo hubiera cre�do lo que me dijiste, yo hubiera escusado esta pesadumbre; pero ya est� hecho: paciencia, y escarmentar para desde aqu� adelante.
— As� escarmentar� vuestra merced —respondi� Sancho— como yo soy turco; pero, pues dice que si me hubiera cre�do se hubiera escusado este da�o, cr�ame ahora y escusar� otro mayor; porque le hago saber que con la Santa Hermandad no hay usar de caballer�as, que no se le da a ella por cuantos caballeros andantes hay dos maraved�s; y sepa que ya me parece que sus saetas me zumban por los o�dos.
— Naturalmente eres cobarde, Sancho —dijo don Quijote—, pero, porque no digas que soy contumaz y que jam�s hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes; mas ha de ser con una condici�n: que jam�s, en vida ni en muerte, has de decir a nadie que yo me retir� y apart� deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos; que si otra cosa dijeres, mentir�s en ello, y desde ahora para entonces, y desde entonces para ahora, te desmiento, y digo que mientes y mentir�s todas las veces que lo pensares o lo dijeres. Y no me repliques m�s, que en s�lo pensar que me aparto y retiro de alg�n peligro, especialmente d�ste, que parece que lleva alg�n es no es de sombra de miedo, estoy ya para quedarme, y para aguardar aqu� solo, no solamente a la Santa Hermandad que dices y temes, sino a los hermanos de los doce tribus de Israel, y a los siete Macabeos, y a C�stor y a P�lux, y aun a todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo.
— Se�or —respondi� Sancho—, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para ma�ana y no aventurarse todo en un d�a. Y sepa que, aunque zafio y villano, todav�a se me alcanza algo desto que llaman buen gobierno; as� que, no se arrepienta de haber tomado mi consejo, sino suba en Rocinante, si puede, o si no yo le ayudar�, y s�game, que el caletre me dice que hemos menester ahora m�s los pies que las manos.
Subi� don Quijote, sin replicarle m�s palabra, y, guiando Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que all� junto estaba, llevando Sancho intenci�n de atravesarla toda e ir a salir al Viso, o a Almod�var del Campo, y esconderse algunos d�as por aquellas asperezas, por no ser hallados si la Hermandad los buscase. Anim�le a esto haber visto que de la refriega de los galeotes se hab�a escapado libre la despensa que sobre su asno ven�a, cosa que la juzg� a milagro, seg�n fue lo que llevaron y buscaron los galeotes.
As� como don Quijote entr� por aquellas monta�as, se le alegr� el coraz�n, pareci�ndole aquellos lugares acomodados para las aventuras que buscaba. Reduc�ansele a la memoria los maravillosos acaecimientos que en semejantes soledades y asperezas hab�an sucedido a caballeros andantes. Iba pensando en estas cosas, tan embebecido y trasportado en ellas que de ninguna otra se acordaba. Ni Sancho llevaba otro cuidado —despu�s que le pareci� que caminaba por parte segura— sino de satisfacer su est�mago con los relieves que del despojo clerical hab�an quedado; y as�, iba tras su amo sentado a la mujeriega sobre su jumento, sacando de un costal y embaulando en su panza; y no se le diera por hallar otra ventura, entretanto que iba de aquella manera, un ardite.
En esto, alz� los ojos y vio que su amo estaba parado, procurando con la punta del lanz�n alzar no s� qu� bulto que estaba ca�do en el suelo, por lo cual se dio priesa a llegar a ayudarle si fuese menester; y cuando lleg� fue a tiempo que alzaba con la punta del lanz�n un coj�n y una maleta asida a �l, medio podridos, o podridos del todo, y deshechos; mas, pesaba tanto, que fue necesario que Sancho se apease a tomarlos, y mand�le su amo que viese lo que en la maleta ven�a.
H�zolo con mucha presteza Sancho, y, aunque la maleta ven�a cerrada con una cadena y su candado, por lo roto y podrido della vio lo que en ella hab�a, que eran cuatro camisas de delgada holanda y otras cosas de lienzo, no menos curiosas que limpias, y en un pa�izuelo hall� un buen montoncillo de escudos de oro; y, as� como los vio, dijo:
— �Bendito sea todo el cielo, que nos ha deparado una aventura que sea de provecho!
Y buscando m�s, hall� un librillo de memoria, ricamente guarnecido. �ste le pidi� don Quijote, y mand�le que guardase el dinero y lo tomase para �l. Bes�le las manos Sancho por la merced, y, desvalijando a la valija de su lencer�a, la puso en el costal de la despensa. Todo lo cual visto por don Quijote, dijo:
— Par�ceme, Sancho, y no es posible que sea otra cosa, que alg�n caminante descaminado debi� de pasar por esta sierra, y, salte�ndole malandrines, le debieron de matar, y le trujeron a enterrar en esta tan escondida parte. — No puede ser eso —respondi� Sancho—, porque si fueran ladrones, no se dejaran aqu� este dinero.
— Verdad dices —dijo don Quijote—, y as�, no adivino ni doy en lo que esto pueda ser; mas, esp�rate: veremos si en este librillo de memoria hay alguna cosa escrita por donde podamos rastrear y venir en conocimiento de lo que deseamos.
Abri�le, y lo primero que hall� en �l escrito, como en borrador, aunque de muy buena letra, fue un soneto, que, ley�ndole alto porque Sancho tambi�n lo oyese, vio que dec�a desta manera:
O le falta al Amor conocimiento,
o le sobra crueldad, o no es mi pena
igual a la ocasi�n que me condena
al g�nero m�s duro de tormento.
Pero si Amor es dios, es argumento
que nada ignora, y es raz�n muy buena
que un dios no sea cruel. Pues, �qui�n ordena
el terrible dolor que adoro y siento?
Si digo que sois vos, Fili, no acierto;
que tanto mal en tanto bien no cabe,
ni me viene del cielo esta r�ina.
Presto habr� de morir, que es lo m�s cierto;
que al mal de quien la causa no se sabe
milagro es acertar la medicina.
— Por esa trova —dijo Sancho— no se puede saber nada, si ya no es que por ese hilo que est� ah� se saque el ovillo de todo.
— �Qu� hilo est� aqu�? —dijo don Quijote.
— Par�ceme —dijo Sancho— que vuestra merced nombr� ah� hilo.
— No dije sino Fili —respondi� don Quijote—, y �ste, sin duda, es el nombre de la dama de quien se queja el autor deste soneto; y a fe que debe de ser razonable poeta, o yo s� poco del arte.
— Luego, �tambi�n —dijo Sancho— se le entiende a vuestra merced de trovas? — Y m�s de lo que t� piensas —respondi� don Quijote—, y ver�slo cuando lleves una carta, escrita en verso de arriba abajo, a mi se�ora Dulcinea del Toboso. Porque quiero que sepas, Sancho, que todos o los m�s caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes m�sicos; que estas dos habilidades, o gracias, por mejor decir, son anexas a los enamorados andantes. Verdad es que las coplas de los pasados caballeros tienen m�s de esp�ritu que de primor.
— Lea m�s vuestra merced —dijo Sancho—, que ya hallar� algo que nos satisfaga.
Volvi� la hoja don Quijote y dijo:
— Esto es prosa, y parece carta.
— �Carta misiva, se�or? —pregunt� Sancho.
— En el principio no parece sino de amores —respondi� don Quijote. — Pues lea vuestra merced alto —dijo Sancho—, que gusto mucho destas cosas de amores.
— Que me place —dijo don Quijote.
Y, ley�ndola alto, como Sancho se lo hab�a rogado, vio que dec�a desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volver�n a tus o�dos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas. Desech�steme, �oh ingrata!, por quien tiene m�s, no por quien vale m�s que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levant� tu hermosura han derribado tus obras: por ella entend� que eras �ngel, y por ellas conozco que eres mujer. Qu�date en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que los enga�os de tu esposo est�n siempre encubiertos, porque t� no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo. Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
— Menos por �sta que por los versos se puede sacar m�s de que quien la escribi� es alg�n desde�ado amante.
Y, hojeando casi todo el librillo, hall� otros versos y cartas, que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos conten�an eran quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los unos y llorados los otros.
En tanto que don Quijote pasaba el libro, pasaba Sancho la maleta, sin dejar rinc�n en toda ella, ni en el coj�n, que no buscase, escudri�ase e inquiriese, ni costura que no deshiciese, ni vedija de lana que no escarmenase, porque no se quedase nada por diligencia ni mal recado: tal golosina hab�an despertado en �l los hallados escudos, que pasaban de ciento. Y, aunque no hall� mas de lo hallado, dio por bien empleados los vuelos de la manta, el vomitar del brebaje, las bendiciones de las estacas, las pu�adas del arriero, la falta de las alforjas, el robo del gab�n y toda la hambre, sed y cansancio que hab�a pasado en servicio de su buen se�or, pareci�ndole que estaba m�s que rebi�n pagado con la merced recebida de la entrega del hallazgo.
Con gran deseo qued� el Caballero de la Triste Figura de saber qui�n fuese el due�o de la maleta, conjeturando, por el soneto y carta, por el dinero en oro y por las tan buenas camisas, que deb�a de ser de alg�n principal enamorado, a quien desdenes y malos tratamientos de su dama deb�an de haber conducido a alg�n desesperado t�rmino. Pero, como por aquel lugar inhabitable y escabroso no parec�a persona alguna de quien poder informarse, no se cur� de m�s que de pasar adelante, sin llevar otro camino que aquel que Rocinante quer�a, que era por donde �l pod�a caminar, siempre con imaginaci�n que no pod�a faltar por aquellas malezas alguna estra�a aventura.
Yendo, pues, con este pensamiento, vio que, por cima de una monta�uela que delante de los ojos se le ofrec�a, iba saltando un hombre, de risco en risco y de mata en mata, con estra�a ligereza. Figur�sele que iba desnudo, la barba negra y espesa, los cabellos muchos y rabultados, los pies descalzos y las piernas sin cosa alguna; los muslos cubr�an unos calzones, al parecer de terciopelo leonado, mas tan hechos pedazos que por muchas partes se le descubr�an las carnes. Tra�a la cabeza descubierta, y, aunque pas� con la ligereza que se ha dicho, todas estas menudencias mir� y not� el Caballero de la Triste Figura; y, aunque lo procur�, no pudo seguille, porque no era dado a la debilidad de Rocinante andar por aquellas asperezas, y m�s siendo �l de suyo pisacorto y flem�tico. Luego imagin� don Quijote que aqu�l era el due�o del coj�n y de la maleta, y propuso en s� de buscalle, aunque supiese andar un a�o por aquellas monta�as hasta hallarle; y as�, mand� a Sancho que se apease del asno y atajase por la una parte de la monta�a, que �l ir�a por la otra y podr�a ser que topasen, con esta diligencia, con aquel hombre que con tanta priesa se les hab�a quitado de delante.
— No podr� hacer eso —respondi� Sancho—, porque, en apart�ndome de vuestra merced, luego es conmigo el miedo, que me asalta con mil g�neros de sobresaltos y visiones. Y s�rvale esto que digo de aviso, para que de aqu� adelante no me aparte un dedo de su presencia.
— As� ser� —dijo el de la Triste Figura—, y yo estoy muy contento de que te quieras valer de mi �nimo, el cual no te ha de faltar, aunque te falte el �nima del cuerpo. Y vente ahora tras m� poco a poco, o como pudieres, y haz de los ojos lanternas; rodearemos esta serrezuela: quiz� toparemos con aquel hombre que vimos, el cual, sin duda alguna, no es otro que el due�o de nuestro hallazgo.
A lo que Sancho respondi�:
— Harto mejor ser�a no buscalle, porque si le hallamos y acaso fuese el due�o del dinero, claro est� que lo tengo de restituir; y as�, fuera mejor, sin hacer esta in�til diligencia, poseerlo yo con buena fe hasta que, por otra v�a menos curiosa y diligente, pareciera su verdadero se�or; y quiz� fuera a tiempo que lo hubiera gastado, y entonces el rey me hac�a franco. — Eng��aste en eso, Sancho —respondi� don Quijote—; que, ya que hemos ca�do en sospecha de qui�n es el due�o, cuasi delante, estamos obligados a buscarle y volv�rselos; y, cuando no le busc�semos, la vehemente sospecha que tenemos de que �l lo sea nos pone ya en tanta culpa como si lo fuese. As� que, Sancho amigo, no te d� pena el buscalle, por la que a m� se me quitar� si le hallo.
Y as�, pic� a Rocinante, y sigui�le Sancho con su acostumbrado jumento; y, habiendo rodeado parte de la monta�a, hallaron en un arroyo, ca�da, muerta y medio comida de perros y picada de grajos, una mula ensillada y enfrenada; todo lo cual confirm� en ellos m�s la sospecha de que aquel que hu�a era el due�o de la mula y del coj�n.
Est�ndola mirando, oyeron un silbo como de pastor que guardaba ganado, y a deshora, a su siniestra mano, parecieron una buena cantidad de cabras, y tras ellas, por cima de la monta�a, pareci� el cabrero que las guardaba, que era un hombre anciano. Diole voces don Quijote, y rog�le que bajase donde estaban. �l respondi� a gritos que qui�n les hab�a tra�do por aquel lugar, pocas o ningunas veces pisado sino de pies de cabras o de lobos y otras fieras que por all� andaban. Respondi�le Sancho que bajase, que de todo le dar�an buena cuenta. Baj� el cabrero, y, en llegando adonde don Quijote estaba, dijo:
— Apostar� que est� mirando la mula de alquiler que est� muerta en esa hondonada. Pues a buena fe que ha ya seis meses que est� en ese lugar. D�ganme: �han topado por ah� a su due�o?
— No hemos topado a nadie —respondi� don Quijote—, sino a un coj�n y a una maletilla que no lejos deste lugar hallamos.
— Tambi�n la hall� yo —respondi� el cabrero—, mas nunca la quise alzar ni llegar a ella, temeroso de alg�n desm�n y de que no me la pidiesen por de hurto; que es el diablo sotil, y debajo de los pies se levanta allombre cosa donde tropiece y caya, sin saber c�mo ni c�mo no.
— Eso mesmo es lo que yo digo —respondi� Sancho—: que tambi�n la hall� yo, y no quise llegar a ella con un tiro de piedra; all� la dej� y all� se queda como se estaba, que no quiero perro con cencerro.
— Decidme, buen hombre —dijo don Quijote—, �sab�is vos qui�n sea el due�o destas prendas?
— Lo que sabr� yo decir —dijo el cabrero— es que �habr� al pie de seis meses, poco m�s a menos, que lleg� a una majada de pastores, que estar� como tres leguas deste lugar, un mancebo de gentil talle y apostura, caballero sobre esa mesma mula que ah� est� muerta, y con el mesmo coj�n y maleta que dec�s que hallastes y no tocastes. Pregunt�nos que cu�l parte desta sierra era la m�s �spera y escondida; dij�mosle que era esta donde ahora estamos; y es ans� la verdad, porque si entr�is media legua m�s adentro, quiz� no acertar�is a salir; y estoy maravillado de c�mo hab�is podido llegar aqu�, porque no hay camino ni senda que a este lugar encamine. Digo, pues, que, en oyendo nuestra respuesta el mancebo, volvi� las riendas y encamin� hacia el lugar donde le se�alamos, dej�ndonos a todos contentos de su buen talle, y admirados de su demanda y de la priesa con que le v�amos caminar y volverse hacia la sierra; y desde entonces nunca m�s le vimos, hasta que desde all� a algunos d�as sali� al camino a uno de nuestros pastores, y, sin decille nada, se lleg� a �l y le dio muchas pu�adas y coces, y luego se fue a la borrica del hato y le quit� cuanto pan y queso en ella tra�a; y, con estra�a ligereza, hecho esto, se volvi� a emboscar en la sierra. Como esto supimos algunos cabreros, le anduvimos a buscar casi dos d�as por lo m�s cerrado desta sierra, al cabo de los cuales le hallamos metido en el hueco de un grueso y valiente alcornoque. Sali� a nosotros con mucha mansedumbre, ya roto el vestido, y el rostro disfigurado y tostado del sol, de tal suerte que apenas le conoc�amos, sino que los vestidos, aunque rotos, con la noticia que dellos ten�amos, nos dieron a entender que era el que busc�bamos. Salud�nos cort�smente, y en pocas y muy buenas razones nos dijo que no nos maravill�semos de verle andar de aquella suerte, porque as� le conven�a para cumplir cierta penitencia que por sus muchos pecados le hab�a sido impuesta. Rog�mosle que nos dijese qui�n era, mas nunca lo pudimos acabar con �l. Ped�mosle tambi�n que, cuando hubiese menester el sustento, sin el cual no pod�a pasar, nos dijese d�nde le hallar�amos, porque con mucho amor y cuidado se lo llevar�amos; y que si esto tampoco fuese de su gusto, que, a lo menos, saliese a pedirlo, y no a quitarlo a los pastores. Agradeci� nuestro ofrecimiento, pidi� perd�n de los asaltos pasados, y ofreci� de pedillo de all� adelante por amor de Dios, sin dar molestia alguna a nadie. En cuanto lo que tocaba a la estancia de su habitaci�n, dijo que no ten�a otra que aquella que le ofrec�a la ocasi�n donde le tomaba la noche; y acab� su pl�tica con un tan tierno llanto, que bien fu�ramos de piedra los que escuchado le hab�amos, si en �l no le acompa��ramos, consider�ndole c�mo le hab�amos visto la vez primera, y cu�l le ve�amos entonces. Porque, como tengo dicho, era un muy gentil y agraciado mancebo, y en sus corteses y concertadas razones mostraba ser bien nacido y muy cortesana persona; que, puesto que �ramos r�sticos los que le escuch�bamos, su gentileza era tanta, que bastaba a darse a conocer a la mesma rusticidad. Y, estando en lo mejor de su pl�tica, par� y enmudeci�se; clav� los ojos en el suelo por un buen espacio, en el cual todos estuvimos quedos y suspensos, esperando en qu� hab�a de parar aquel embelesamiento, con no poca l�stima de verlo; porque, por lo que hac�a de abrir los ojos, estar fijo mirando al suelo sin mover pesta�a gran rato, y otras veces cerrarlos, apretando los labios y enarcando las cejas, f�cilmente conocimos que alg�n accidente de locura le hab�a sobrevenido. Mas �l nos dio a entender presto ser verdad lo que pens�bamos, porque se levant� con gran furia del suelo, donde se hab�a echado, y arremeti� con el primero que hall� junto a s�, con tal denuedo y rabia que, si no se le quit�ramos, le matara a pu�adas y a bocados; y todo esto hac�a, diciendo: ''�Ah, fementido Fernando! �Aqu�, aqu� me pagar�s la sinraz�n que me heciste: estas manos te sacar�n el coraz�n, donde albergan y tienen manida todas las maldades juntas, principalmente la fraude y el enga�o!'' Y a �stas a�ad�a otras razones, que todas se encaminaban a decir mal de aquel Fernando y a tacharle de traidor y fementido. Quit�mossele, pues, con no poca pesadumbre, y �l, sin decir m�s palabra, se apart� de nosotros y se embosc� corriendo por entre estos jarales y malezas, de modo que nos imposibilit� el seguille. Por esto conjeturamos que la locura le ven�a a tiempos, y que alguno que se llamaba Fernando le deb�a de haber hecho alguna mala obra, tan pesada cuanto lo mostraba el t�rmino a que le hab�a conducido. Todo lo cual se ha confirmado despu�s ac� con las veces, que han sido muchas, que �l ha salido al camino, unas a pedir a los pastores le den de lo que llevan para comer y otras a quit�rselo por fuerza; porque cuando est� con el accidente de la locura, aunque los pastores se lo ofrezcan de buen grado, no lo admite, sino que lo toma a pu�adas; y cuando est� en su seso, lo pide por amor de Dios, cort�s y comedidamente, y rinde por ello muchas gracias, y no con falta de l�grimas. Y en verdad os digo, se�ores —prosigui� el cabrero—, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos m�os, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y, despu�s de hallado, ya por fuerza ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almod�var, que est� de aqu� ocho leguas, y all� le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos qui�n es cuando est� en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su desgracia�. Esto es, se�ores, lo que sabr� deciros de lo que me hab�is preguntado; y entended que el due�o de las prendas que hallastes es el mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez —que ya le hab�a dicho don Quijote c�mo hab�a visto pasar aquel hombre saltando por la sierra.
El cual qued� admirado de lo que al cabrero hab�a o�do, y qued� con m�s deseo de saber qui�n era el desdichado loco; y propuso en s� lo mesmo que ya ten�a pensado: de buscalle por toda la monta�a, sin dejar rinc�n ni cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero h�zolo mejor la suerte de lo que �l pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareci�, por entre una quebrada de una sierra que sal�a donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual ven�a hablando entre s� cosas que no pod�an ser entendidas de cerca, cuanto m�s de lejos. Su traje era cual se ha pintado, s�lo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre s� tra�a era de �mbar; por donde acab� de entender que persona que tales h�bitos tra�a no deb�a de ser de �nfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les salud� con una voz desentonada y bronca, pero con mucha cortes�a. Don Quijote le volvi� las saludes con no menos comedimiento, y, ape�ndose de Rocinante, con gentil continente y donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien podemos llamar el Roto de la Mala Figura —como a don Quijote el de la Triste—, despu�s de haberse dejado abrazar, le apart� un poco de s�, y, puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como que quer�a ver si le conoc�a; no menos admirado quiz� de ver la figura, talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a �l. En resoluci�n, el primero que habl� despu�s del abrazamiento fue el Roto, y dijo lo que se dir� adelante.
Dice la historia que era grand�sima la atenci�n con que don Quijote escuchaba al astroso Caballero de la Sierra, el cual, prosiguiendo su pl�tica, dijo:
— Por cierto, se�or, quienquiera que se�is, que yo no os conozco, yo os agradezco las muestras y la cortes�a que conmigo hab�is usado; y quisiera yo hallarme en t�rminos que con m�s que la voluntad pudiera servir la que hab�is mostrado tenerme en el buen acogimiento que me hab�is hecho, mas no quiere mi suerte darme otra cosa con que corresponda a las buenas obras que me hacen, que buenos deseos de satisfacerlas.
— Los que yo tengo —respondi� don Quijote— son de serviros; tanto, que ten�a determinado de no salir destas sierras hasta hallaros y saber de vos si el dolor que en la estra�eza de vuestra vida mostr�is tener se pod�a hallar alg�n g�nero de remedio; y si fuera menester buscarle, buscarle con la diligencia posible. Y, cuando vuestra desventura fuera de aquellas que tienen cerradas las puertas a todo g�nero de consuelo, pensaba ayudaros a llorarla y pla�irla como mejor pudiera, que todav�a es consuelo en las desgracias hallar quien se duela dellas. Y, si es que mi buen intento merece ser agradecido con alg�n g�nero de cortes�a, yo os suplico, se�or, por la mucha que veo que en vos se encierra, y juntamente os conjuro por la cosa que en esta vida m�s hab�is amado o am�is, que me dig�is qui�n sois y la causa que os ha tra�do a vivir y a morir entre estas soledades como bruto animal, pues mor�is entre ellos tan ajeno de vos mismo cual lo muestra vuestro traje y persona. Y juro —a�adi� don Quijote—, por la orden de caballer�a que receb�, aunque indigno y pecador, y por la profesi�n de caballero andante, que si en esto, se�or, me complac�is, de serviros con las veras a que me obliga el ser quien soy: ora remediando vuestra desgracia, si tiene remedio, ora ayud�ndoos a llorarla, como os lo he prometido.
El Caballero del Bosque, que de tal manera oy� hablar al de la Triste Figura, no hac�a sino mirarle, y remirarle y tornarle a mirar de arriba abajo; y, despu�s que le hubo bien mirado, le dijo:
— Si tienen algo que darme a comer, por amor de Dios que me lo den; que, despu�s de haber comido, yo har� todo lo que se me manda, en agradecimiento de tan buenos deseos como aqu� se me han mostrado.
Luego sacaron, Sancho de su costal y el cabrero de su zurr�n, con que satisfizo el Roto su hambre, comiendo lo que le dieron como persona atontada, tan apriesa que no daba espacio de un bocado al otro, pues antes los engull�a que tragaba; y, en tanto que com�a, ni �l ni los que le miraban hablaban palabra. Como acab� de comer, les hizo de se�as que le siguiesen, como lo hicieron, y �l los llev� a un verde pradecillo que a la vuelta de una pe�a poco desviada de all� estaba. En llegando a �l se tendi� en el suelo, encima de la yerba, y los dem�s hicieron lo mismo; y todo esto sin que ninguno hablase, hasta que el Roto, despu�s de haberse acomodado en su asiento, dijo:
— Si gust�is, se�ores, que os diga en breves razones la inmensidad de mis desventuras, hab�isme de prometer de que con ninguna pregunta, ni otra cosa, no interromper�is el hilo de mi triste historia; porque en el punto que lo hag�is, en �se se quedar� lo que fuere contando.
Estas razones del Roto trujeron a la memoria a don Quijote el cuento que le hab�a contado su escudero, cuando no acert� el n�mero de las cabras que hab�an pasado el r�o y se qued� la historia pendiente. Pero, volviendo al Roto, prosigui� diciendo:
— Esta prevenci�n que hago es porque querr�a pasar brevemente por el cuento de mis desgracias; que el traerlas a la memoria no me sirve de otra cosa que a�adir otras de nuevo, y, mientras menos me pregunt�redes, m�s presto acabar� yo de decillas, puesto que no dejar� por contar cosa alguna que sea de importancia para no satisfacer del todo a vuestro deseo.
Don Quijote se lo prometi�, en nombre de los dem�s, y �l, con este seguro, comenz� desta manera:
— �Mi nombre es Cardenio; mi patria, una ciudad de las mejores desta Andaluc�a; mi linaje, noble; mis padres, ricos; mi desventura, tanta que la deben de haber llorado mis padres y sentido mi linaje, sin poderla aliviar con su riqueza; que para remediar desdichas del cielo poco suelen valer los bienes de fortuna. Viv�a en esta mesma tierra un cielo, donde puso el amor toda la gloria que yo acertara a desearme: tal es la hermosura de Luscinda, doncella tan noble y tan rica como yo, pero de m�s ventura y de menos firmeza de la que a mis honrados pensamientos se deb�a. A esta Luscinda am�, quise y ador� desde mis tiernos y primeros a�os, y ella me quiso a m� con aquella sencillez y buen �nimo que su poca edad permit�a. Sab�an nuestros padres nuestros intentos, y no les pesaba dello, porque bien ve�an que, cuando pasaran adelante, no pod�an tener otro fin que el de casarnos, cosa que casi la concertaba la igualdad de nuestro linaje y riquezas. Creci� la edad, y con ella el amor de entrambos, que al padre de Luscinda le pareci� que por buenos respetos estaba obligado a negarme la entrada de su casa, casi imitando en esto a los padres de aquella Tisbe tan decantada de los poetas. Y fue esta negaci�n a�adir llama a llama y deseo a deseo, porque, aunque pusieron silencio a las lenguas, no le pudieron poner a las plumas, las cuales, con m�s libertad que las lenguas, suelen dar a entender a quien quieren lo que en el alma est� encerrado; que muchas veces la presencia de la cosa amada turba y enmudece la intenci�n m�s determinada y la lengua m�s atrevida. �Ay cielos, y cu�ntos billetes le escrib�! �Cu�n regaladas y honestas respuestas tuve! �Cu�ntas canciones compuse y cu�ntos enamorados versos, donde el alma declaraba y trasladaba sus sentimientos, pintaba sus encendidos deseos, entreten�a sus memorias y recreaba su voluntad!
�En efeto, vi�ndome apurado, y que mi alma se consum�a con el deseo de verla, determin� poner por obra y acabar en un punto lo que me pareci� que m�s conven�a para salir con mi deseado y merecido premio; y fue el ped�rsela a su padre por leg�tima esposa, como lo hice; a lo que �l me respondi� que me agradec�a la voluntad que mostraba de honralle, y de querer honrarme con prendas suyas, pero que, siendo mi padre vivo, a �l tocaba de justo derecho hacer aquella demanda; porque, si no fuese con mucha voluntad y gusto suyo, no era Luscinda mujer para tomarse ni darse a hurto.
�Yo le agradec� su buen intento, pareci�ndome que llevaba raz�n en lo que dec�a, y que mi padre vendr�a en ello como yo se lo dijese; y con este intento, luego en aquel mismo instante, fui a decirle a mi padre lo que deseaba. Y, al tiempo que entr� en un aposento donde estaba, le hall� con una carta abierta en la mano, la cual, antes que yo le dijese palabra, me la dio y me dijo: ''Por esa carta ver�s, Cardenio, la voluntad que el duque Ricardo tiene de hacerte merced''.� Este duque Ricardo, como ya vosotros, se�ores, deb�is de saber, es un grande de Espa�a que tiene su estado en lo mejor desta Andaluc�a. �Tom� y le� la carta, la cual ven�a tan encarecida que a m� mesmo me pareci� mal si mi padre dejaba de cumplir lo que en ella se le ped�a, que era que me enviase luego donde �l estaba; que quer�a que fuese compa�ero, no criado, de su hijo el mayor, y que �l tomaba a cargo el ponerme en estado que correspondiese a la estimaci�n en que me ten�a. Le� la carta y enmudec� ley�ndola, y m�s cuando o� que mi padre me dec�a: ''De aqu� a dos d�as te partir�s, Cardenio, a hacer la voluntad del duque; y da gracias a Dios que te va abriendo camino por donde alcances lo que yo s� que mereces''. A�adi� a �stas otras razones de padre consejero. �Lleg�se el t�rmino de mi partida, habl� una noche a Luscinda, d�jele todo lo que pasaba, y lo mesmo hice a su padre, suplic�ndole se entretuviese algunos d�as y dilatase el darle estado hasta que yo viese lo que Ricardo me quer�a. �l me lo prometi� y ella me lo confirm� con mil juramentos y mil desmayos. Vine, en fin, donde el duque Ricardo estaba. Fui d�l tan bien recebido y tratado, que desde luego comenz� la envidia a hacer su oficio, teni�ndomela los criados antiguos, pareci�ndoles que las muestras que el duque daba de hacerme merced hab�an de ser en perjuicio suyo. Pero el que m�s se holg� con mi ida fue un hijo segundo del duque, llamado Fernando, mozo gallardo, gentilhombre, liberal y enamorado, el cual, en poco tiempo, quiso que fuese tan su amigo, que daba que decir a todos; y, aunque el mayor me quer�a bien y me hac�a merced, no lleg� al estremo con que don Fernando me quer�a y trataba.
�Es, pues, el caso que, como entre los amigos no hay cosa secreta que no se comunique, y la privanza que yo ten�a con don Fernando dejada de serlo por ser amistad, todos sus pensamientos me declaraba, especialmente uno enamorado, que le tra�a con un poco de desasosiego. Quer�a bien a una labradora, vasalla de su padre (y ella los ten�a muy ricos), y era tan hermosa, recatada, discreta y honesta que nadie que la conoc�a se determinaba en cu�l destas cosas tuviese m�s excelencia ni m�s se aventajase. Estas tan buenas partes de la hermosa labradora redujeron a tal t�rmino los deseos de don Fernando, que se determin�, para poder alcanzarlo y conquistar la entereza de la labradora, darle palabra de ser su esposo, porque de otra manera era procurar lo imposible. Yo, obligado de su amistad, con las mejores razones que supe y con los m�s vivos ejemplos que pude, procur� estorbarle y apartarle de tal prop�sito. Pero, viendo que no aprovechaba, determin� de decirle el caso al duque Ricardo, su padre. Mas don Fernando, como astuto y discreto, se recel� y temi� desto, por parecerle que estaba yo obligado, en vez de buen criado, no tener encubierta cosa que tan en perjuicio de la honra de mi se�or el duque ven�a; y as�, por divertirme y enga�arme, me dijo que no hallaba otro mejor remedio para poder apartar de la memoria la hermosura que tan sujeto le ten�a, que el ausentarse por algunos meses; y que quer�a que el ausencia fuese que los dos nos vini�semos en casa de mi padre, con ocasi�n que dar�an al duque que ven�a a ver y a feriar unos muy buenos caballos que en mi ciudad hab�a, que es madre de los mejores del mundo.
�Apenas le o� yo decir esto, cuando, movido de mi afici�n, aunque su determinaci�n no fuera tan buena, la aprobara yo por una de las m�s acertadas que se pod�an imaginar, por ver cu�n buena ocasi�n y coyuntura se me ofrec�a de volver a ver a mi Luscinda. Con este pensamiento y deseo, aprob� su parecer y esforc� su prop�sito, dici�ndole que lo pusiese por obra con la brevedad posible, porque, en efeto, la ausencia hac�a su oficio, a pesar de los m�s firmes pensamientos. Ya cuando �l me vino a decir esto, seg�n despu�s se supo, hab�a gozado a la labradora con t�tulo de esposo, y esperaba ocasi�n de descubrirse a su salvo, temeroso de lo que el duque su padre har�a cuando supiese su disparate.
�Sucedi�, pues, que, como el amor en los mozos, por la mayor parte, no lo es, sino apetito, el cual, como tiene por �ltimo fin el deleite, en llegando a alcanzarle se acaba y ha de volver atr�s aquello que parec�a amor, porque no puede pasar adelante del t�rmino que le puso naturaleza, el cual t�rmino no le puso a lo que es verdadero amor...; quiero decir que, as� como don Fernando goz� a la labradora, se le aplacaron sus deseos y se resfriaron sus ah�ncos; y si primero fing�a quererse ausentar, por remediarlos, ahora de veras procuraba irse, por no ponerlos en ejecuci�n. Diole el duque licencia, y mand�me que le acompa�ase. Venimos a mi ciudad, recibi�le mi padre como quien era; vi yo luego a Luscinda, tornaron a vivir, aunque no hab�an estado muertos ni amortiguados, mis deseos, de los cuales di cuenta, por mi mal, a don Fernando, por parecerme que, en la ley de la mucha amistad que mostraba, no le deb�a encubrir nada. Alab�le la hermosura, donaire y discreci�n de Luscinda de tal manera, que mis alabanzas movieron en �l los deseos de querer ver doncella de tantas buenas partes adornada. Cumpl�selos yo, por mi corta suerte, ense��ndosela una noche, a la luz de una vela, por una ventana por donde los dos sol�amos hablarnos. Viola en sayo, tal, que todas las bellezas hasta entonces por �l vistas las puso en olvido. Enmudeci�, perdi� el sentido, qued� absorto y, finalmente, tan enamorado cual lo ver�is en el discurso del cuento de mi desventura. Y, para encenderle m�s el deseo, que a m� me celaba y al cielo a solas descubr�a, quiso la fortuna que hallase un d�a un billete suyo pidi�ndome que la pidiese a su padre por esposa, tan discreto, tan honesto y tan enamorado que, en ley�ndolo, me dijo que en sola Luscinda se encerraban todas las gracias de hermosura y de entendimiento que en las dem�s mujeres del mundo estaban repartidas.
�Bien es verdad que quiero confesar ahora que, puesto que yo ve�a con cu�n justas causas don Fernando a Luscinda alababa, me pesaba de o�r aquellas alabanzas de su boca, y comenc� a temer y a recelarme d�l, porque no se pasaba momento donde no quisiese que trat�semos de Luscinda, y �l mov�a la pl�tica, aunque la trujese por los cabellos; cosa que despertaba en m� un no s� qu� de celos, no porque yo temiese rev�s alguno de la bondad y de la fe de Luscinda, pero, con todo eso, me hac�a temer mi suerte lo mesmo que ella me aseguraba. Procuraba siempre don Fernando leer los papeles que yo a Luscinda enviaba y los que ella me respond�a, a t�tulo que de la discreci�n de los dos gustaba mucho. Acaeci�, pues, que, habi�ndome pedido Luscinda un libro de caballer�as en que leer, de quien era ella muy aficionada, que era el de Amad�s de Gaula...�
No hubo bien o�do don Quijote nombrar libro de caballer�as, cuando dijo: — Con que me dijera vuestra merced, al principio de su historia, que su merced de la se�ora Luscinda era aficionada a libros de caballer�as, no fuera menester otra exageraci�n para darme a entender la alteza de su entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, se�or, le hab�is pintado, si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda: as� que, para conmigo, no es menester gastar m�s palabras en declararme su hermosura, valor y entendimiento; que, con s�lo haber entendido su afici�n, la confirmo por la m�s hermosa y m�s discreta mujer del mundo. Y quisiera yo, se�or, que vuestra merced le hubiera enviado junto con Amad�s de Gaula al bueno de Don Rugel de Grecia, que yo s� que gustara la se�ora Luscinda mucho de Daraida y Geraya, y de las discreciones del pastor Darinel y de aquellos admirables versos de sus buc�licas, cantadas y representadas por �l con todo donaire, discreci�n y desenvoltura. Pero tiempo podr� venir en que se enmiende esa falta, y no dura m�s en hacerse la enmienda de cuanto quiera vuestra merced ser servido de venirse conmigo a mi aldea, que all� le podr� dar m�s de trecientos libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; aunque tengo para m� que ya no tengo ninguno, merced a la malicia de malos y envidiosos encantadores. Y perd�neme vuestra merced el haber contravenido a lo que prometimos de no interromper su pl�tica, pues, en oyendo cosas de caballer�as y de caballeros andantes, as� es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna. As� que, perd�n y proseguir, que es lo que ahora hace m�s al caso.
En tanto que don Quijote estaba diciendo lo que queda dicho, se le hab�a ca�do a Cardenio la cabeza sobre el pecho, dando muestras de estar profundamente pensativo. Y, puesto que dos veces le dijo don Quijote que prosiguiese su historia, ni alzaba la cabeza ni respond�a palabra; pero, al cabo de un buen espacio, la levant� y dijo:
— No se me puede quitar del pensamiento, ni habr� quien me lo quite en el mundo, ni quien me d� a entender otra cosa (y ser�a un majadero el que lo contrario entendiese o creyese), sino que aquel bellaconazo del maestro Elisabat estaba amancebado con la reina Mad�sima.
— Eso no, �voto a tal! —respondi� con mucha c�lera don Quijote (y arroj�le, como ten�a de costumbre)—; y �sa es una muy gran malicia, o bellaquer�a, por mejor decir: la reina Mad�sima fue muy principal se�ora, y no se ha de presumir que tan alta princesa se hab�a de amancebar con un sacapotras; y quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco. Y yo se lo dar� a entender, a pie o a caballo, armado o desarmado, de noche o de d�a, o como m�s gusto le diere.
Est�bale mirando Cardenio muy atentamente, al cual ya hab�a venido el accidente de su locura y no estaba para proseguir su historia; ni tampoco don Quijote se la oyera, seg�n le hab�a disgustado lo que de Mad�sima le hab�a o�do. �Estra�o caso; que as� volvi� por ella como si verdaderamente fuera su verdadera y natural se�ora: tal le ten�an sus descomulgados libros! Digo, pues, que, como ya Cardenio estaba loco y se oy� tratar de ment�s y de bellaco, con otros denuestos semejantes, pareci�le mal la burla, y alz� un guijarro que hall� junto a s�, y dio con �l en los pechos tal golpe a don Quijote que le hizo caer de espaldas. Sancho Panza, que de tal modo vio parar a su se�or, arremeti� al loco con el pu�o cerrado; y el Roto le recibi� de tal suerte que con una pu�ada dio con �l a sus pies, y luego se subi� sobre �l y le brum� las costillas muy a su sabor. El cabrero, que le quiso defender, corri� el mesmo peligro. Y, despu�s que los tuvo a todos rendidos y molidos, los dej� y se fue, con gentil sosiego, a emboscarse en la monta�a.
Levant�se Sancho, y, con la rabia que ten�a de verse aporreado tan sin merecerlo, acudi� a tomar la venganza del cabrero, dici�ndole que �l ten�a la culpa de no haberles avisado que a aquel hombre le tomaba a tiempos la locura; que, si esto supieran, hubieran estado sobre aviso para poderse guardar. Respondi� el cabrero que ya lo hab�a dicho, y que si �l no lo hab�a o�do, que no era suya la culpa. Replic� Sancho Panza, y torn� a replicar el cabrero, y fue el fin de las r�plicas asirse de las barbas y darse tales pu�adas que, si don Quijote no los pusiera en paz, se hicieran pedazos. Dec�a Sancho, asido con el cabrero:
— D�jeme vuestra merced, se�or Caballero de la Triste Figura, que en �ste, que es villano como yo y no est� armado caballero, bien puedo a mi salvo satisfacerme del agravio que me ha hecho, peleando con �l mano a mano, como hombre honrado.
— As� es —dijo don Quijote—, pero yo s� que �l no tiene ninguna culpa de lo sucedido.
Con esto los apacigu�, y don Quijote volvi� a preguntar al cabrero si ser�a posible hallar a Cardenio, porque quedaba con grand�simo deseo de saber el fin de su historia. D�jole el cabrero lo que primero le hab�a dicho, que era no saber de cierto su manida; pero que, si anduviese mucho por aquellos contornos, no dejar�a de hallarle, o cuerdo o loco.
Despidi�se del cabrero don Quijote, y, subiendo otra vez sobre Rocinante, mand� a Sancho que le siguiese, el cual lo hizo, con su jumento, de muy mala gana. �banse poco a poco entrando en lo m�s �spero de la monta�a, y Sancho iba muerto por razonar con su amo, y deseaba que �l comenzase la pl�tica, por no contravenir a lo que le ten�a mandado; mas, no pudiendo sufrir tanto silencio, le dijo:
— Se�or don Quijote, vuestra merced me eche su bendici�n y me d� licencia; que desde aqu� me quiero volver a mi casa, y a mi mujer y a mis hijos, con los cuales, por lo menos, hablar� y departir� todo lo que quisiere; porque querer vuestra merced que vaya con �l por estas soledades, de d�a y de noche, y que no le hable cuando me diere gusto es enterrarme en vida. Si ya quisiera la suerte que los animales hablaran, como hablaban en tiempos de Guisopete, fuera menos mal, porque departiera yo con mi jumento lo que me viniera en gana, y con esto pasara mi mala ventura; que es recia cosa, y que no se puede llevar en paciencia, andar buscando aventuras toda la vida y no hallar sino coces y manteamientos, ladrillazos y pu�adas, y, con todo esto, nos hemos de coser la boca, sin osar decir lo que el hombre tiene en su coraz�n, como si fuera mudo.
— Ya te entiendo, Sancho —respondi� don Quijote—: t� mueres porque te alce el entredicho que te tengo puesto en la lengua. Dale por alzado y di lo que quisieres, con condici�n que no ha de durar este alzamiento m�s de en cuanto anduvi�remos por estas sierras.
— Sea ans� —dijo Sancho—: hable yo ahora, que despu�s Dios sabe lo que ser�; y, comenzando a gozar de ese salvoconduto, digo que �qu� le iba a vuestra merced en volver tanto por aquella reina Magimasa, o como se llama? O, �qu� hac�a al caso que aquel abad fuese su amigo o no? Que, si vuestra merced pasara con ello, pues no era su juez, bien creo yo que el loco pasara adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces, y aun m�s de seis torniscones.
— A fe, Sancho —respondi� don Quijote—, que si t� supieras, como yo lo s�, cu�n honrada y cu�n principal se�ora era la reina Mad�sima, yo s� que dijeras que tuve mucha paciencia, pues no quebr� la boca por donde tales blasfemias salieron; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina est� amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel maestro Elisabat, que el loco dijo, fue un hombre muy prudente y de muy sanos consejos, y sirvi� de ayo y de m�dico a la reina; pero pensar que ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo. Y, porque veas que Cardenio no supo lo que dijo, has de advertir que cuando lo dijo ya estaba sin juicio.
— Eso digo yo —dijo Sancho—: que no hab�a para qu� hacer cuenta de las palabras de un loco, porque si la buena suerte no ayudara a vuestra merced y encaminara el guijarro a la cabeza, como le encamin� al pecho, buenos qued�ramos por haber vuelto por aquella mi se�ora, que Dios cohonda. Pues, �montas que no se librara Cardenio por loco!
— Contra cuerdos y contra locos est� obligado cualquier caballero andante a volver por la honra de las mujeres, cualesquiera que sean, cuanto m�s por las reinas de tan alta guisa y pro como fue la reina Mad�sima, a quien yo tengo particular afici�n por sus buenas partes; porque, fuera de haber sido fermosa, adem�s fue muy prudente y muy sufrida en sus calamidades, que las tuvo muchas; y los consejos y compa��a del maestro Elisabat le fue y le fueron de mucho provecho y alivio para poder llevar sus trabajos con prudencia y paciencia. Y de aqu� tom� ocasi�n el vulgo ignorante y mal intencionado de decir y pensar que ella era su manceba; y mienten, digo otra vez, y mentir�n otras docientas, todos los que tal pensaren y dijeren. — Ni yo lo digo ni lo pienso —respondi� Sancho—: all� se lo hayan; con su pan se lo coman. Si fueron amancebados, o no, a Dios habr�n dado la cuenta. De mis vi�as vengo, no s� nada; no soy amigo de saber vidas ajenas; que el que compra y miente, en su bolsa lo siente. Cuanto m�s, que desnudo nac�, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; mas que lo fuesen, �qu� me va a m�? Y muchos piensan que hay tocinos y no hay estacas. Mas, �qui�n puede poner puertas al campo? Cuanto m�s, que de Dios dijeron.
— �V�lame Dios —dijo don Quijote—, y qu� de necedades vas, Sancho, ensartando! �Qu� va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles; y de aqu� adelante, entrem�tete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere, va muy puesto en raz�n y muy conforme a las reglas de caballer�a, que las s� mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo.
— Se�or —respondi� Sancho—, y �es buena regla de caballer�a que andemos perdidos por estas monta�as, sin senda ni camino, buscando a un loco, el cual, despu�s de hallado, quiz� le vendr� en voluntad de acabar lo que dej� comenzado, no de su cuento, sino de la cabeza de vuestra merced y de mis costillas, acab�ndonoslas de romper de todo punto?
— Calla, te digo otra vez, Sancho —dijo don Quijote—; porque te hago saber que no s�lo me trae por estas partes el deseo de hallar al loco, cuanto el que tengo de hacer en ellas una haza�a con que he de ganar perpetuo nombre y fama en todo lo descubierto de la tierra; y ser� tal, que he de echar con ella el sello a todo aquello que puede hacer perfecto y famoso a un andante caballero.
— Y �es de muy gran peligro esa haza�a? —pregunt� Sancho Panza.
— No —respondi� el de la Triste Figura—, puesto que de tal manera pod�a correr el dado, que ech�semos azar en lugar de encuentro; pero todo ha de estar en tu diligencia.
— �En mi diligencia? —dijo Sancho.
— S� —dijo don Quijote—, porque si vuelves presto de adonde pienso enviarte, presto se acabar� mi pena y presto comenzar� mi gloria. Y, porque no es bien que te tenga m�s suspenso, esperando en lo que han de parar mis razones, quiero, Sancho, que sepas que el famoso Amad�s de Gaula fue uno de los m�s perfectos caballeros andantes. No he dicho bien fue uno: fue el solo, el primero, el �nico, el se�or de todos cuantos hubo en su tiempo en el mundo. Mal a�o y mal mes para don Belian�s y para todos aquellos que dijeren que se le igual� en algo, porque se enga�an, juro cierto. Digo asimismo que, cuando alg�n pintor quiere salir famoso en su arte, procura imitar los originales de los m�s �nicos pintores que sabe; y esta mesma regla corre por todos los m�s oficios o ejercicios de cuenta que sirven para adorno de las rep�blicas. Y as� lo ha de hacer y hace el que quiere alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento; como tambi�n nos mostr� Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capit�n, no pint�ndolo ni descubri�ndolo como ellos fueron, sino como hab�an de ser, para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes. Desta mesma suerte, Amad�s fue el norte, el lucero, el sol de los valientes y enamorados caballeros, a quien debemos de imitar todos aquellos que debajo de la bandera de amor y de la caballer�a militamos. Siendo, pues, esto ans�, como lo es, hallo yo, Sancho amigo, que el caballero andante que m�s le imitare estar� m�s cerca de alcanzar la perfeci�n de la caballer�a. Y una de las cosas en que m�s este caballero mostr� su prudencia, valor, valent�a, sufrimiento, firmeza y amor, fue cuando se retir�, desde�ado de la se�ora Oriana, a hacer penitencia en la Pe�a Pobre, mudado su nombre en el de Beltenebros, nombre, por cierto, significativo y proprio para la vida que �l de su voluntad hab�a escogido. Ans� que, me es a m� m�s f�cil imitarle en esto que no en hender gigantes, descabezar serpientes, matar endriagos, desbaratar ej�rcitos, fracasar armadas y deshacer encantamentos. Y, pues estos lugares son tan acomodados para semejantes efectos, no hay para qu� se deje pasar la ocasi�n, que ahora con tanta comodidad me ofrece sus guedejas.
— En efecto —dijo Sancho—, �qu� es lo que vuestra merced quiere hacer en este tan remoto lugar?
— �Ya no te he dicho —respondi� don Quijote— que quiero imitar a Amad�s, haciendo aqu� del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente don Rold�n, cuando hall� en una fuente las se�ales de que Ang�lica la Bella hab�a cometido vileza con Medoro, de cuya pesadumbre se volvi� loco y arranc� los �rboles, enturbi� las aguas de las claras fuentes, mat� pastores, destruy� ganados, abras� chozas, derrib� casas, arrastr� yeguas y hizo otras cien mil insolencias, dignas de eterno nombre y escritura? Y, puesto que yo no pienso imitar a Rold�n, o Orlando, o Rotolando (que todos estos tres nombres ten�a), parte por parte en todas las locuras que hizo, dijo y pens�, har� el bosquejo, como mejor pudiere, en las que me pareciere ser m�s esenciales. Y podr� ser que viniese a contentarme con sola la imitaci�n de Amad�s, que sin hacer locuras de da�o, sino de lloros y sentimientos, alcanz� tanta fama como el que m�s. — Par�ceme a m� —dijo Sancho— que los caballeros que lo tal ficieron fueron provocados y tuvieron causa para hacer esas necedades y penitencias, pero vuestra merced, �qu� causa tiene para volverse loco? �Qu� dama le ha desde�ado, o qu� se�ales ha hallado que le den a entender que la se�ora Dulcinea del Toboso ha hecho alguna ni�er�a con moro o cristiano?
— Ah� esta el punto —respondi� don Quijote— y �sa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque est� desatinar sin ocasi�n y dar a entender a mi dama que si en seco hago esto, �qu� hiciera en mojado? Cuanto m�s, que harta ocasi�n tengo en la larga ausencia que he hecho de la siempre se�ora m�a Dulcinea del Toboso; que, como ya o�ste decir a aquel pastor de marras, Ambrosio: quien est� ausente todos los males tiene y teme. As� que, Sancho amigo, no gastes tiempo en aconsejarme que deje tan rara, tan felice y tan no vista imitaci�n. Loco soy, loco he de ser hasta tanto que t� vuelvas con la respuesta de una carta que contigo pienso enviar a mi se�ora Dulcinea; y si fuere tal cual a mi fe se le debe, acabarse ha mi sandez y mi penitencia; y si fuere al contrario, ser� loco de veras, y, si�ndolo, no sentir� nada. Ans� que, de cualquiera manera que responda, saldr� del conflito y trabajo en que me dejares, gozando el bien que me trujeres, por cuerdo, o no sintiendo el mal que me aportares, por loco. Pero dime, Sancho, �traes bien guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le alzaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedazos. Pero no pudo, donde se puede echar de ver la fineza de su temple.
A lo cual respondi� Sancho:
— Vive Dios, se�or Caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar en paciencia algunas cosas que vuestra merced dice, y que por ellas vengo a imaginar que todo cuanto me dice de caballer�as y de alcanzar reinos e imperios, de dar �nsulas y de hacer otras mercedes y grandezas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y mentira, y todo pastra�a, o patra�a, o como lo llam�remos. Porque quien oyere decir a vuestra merced que una bac�a de barbero es el yelmo de Mambrino, y que no salga de este error en m�s de cuatro d�as, �qu� ha de pensar, sino que quien tal dice y afirma debe de tener g�ero el juicio? La bac�a yo la llevo en el costal, toda abollada, y ll�vola para aderezarla en mi casa y hacerme la barba en ella, si Dios me diere tanta gracia que alg�n d�a me vea con mi mujer y hijos.
— Mira, Sancho, por el mismo que denantes juraste, te juro —dijo don Quijote— que tienes el m�s corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. �Que es posible que en cuanto ha que andas conmigo no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras, necedades y desatinos, y que son todas hechas al rev�s? Y no porque sea ello ans�, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan y les vuelven seg�n su gusto, y seg�n tienen la gana de favorecernos o destruirnos; y as�, eso que a ti te parece bac�a de barbero, me parece a m� el yelmo de Mambrino, y a otro le parecer� otra cosa. Y fue rara providencia del sabio que es de mi parte hacer que parezca bac�a a todos lo que real y verdaderamente es yelmo de Mambrino, a causa que, siendo �l de tanta estima, todo el mundo me perseguir� por quit�rmele; pero, como ven que no es m�s de un bac�n de barbero, no se curan de procuralle, como se mostr� bien en el que quiso rompelle y le dej� en el suelo sin llevarle; que a fe que si le conociera, que nunca �l le dejara. Gu�rdale, amigo, que por ahora no le he menester; que antes me tengo de quitar todas estas armas y quedar desnudo como cuando nac�, si es que me da en voluntad de seguir en mi penitencia m�s a Rold�n que a Amad�s.
Llegaron, en estas pl�ticas, al pie de una alta monta�a que, casi como pe��n tajado, estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corr�a por su falda un manso arroyuelo, y hac�ase por toda su redondez un prado tan verde y vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Hab�a por all� muchos �rboles silvestres y algunas plantas y flores, que hac�an el lugar apacible. Este sitio escogi� el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia; y as�, en vi�ndole, comenz� a decir en voz alta, como si estuviera sin juicio:
— �ste es el lugar, �oh cielos!, que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me hab�is puesto. �ste es el sitio donde el humor de mis ojos acrecentar� las aguas deste peque�o arroyo, y mis continos y profundos sospiros mover�n a la contina las hojas destos montaraces �rboles, en testimonio y se�al de la pena que mi asendereado coraz�n padece. �Oh vosotros, quienquiera que se�is, r�sticos dioses que en este inhabitable lugar ten�is vuestra morada, o�d las quejas deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han tra�do a lamentarse entre estas asperezas, y a quejarse de la dura condici�n de aquella ingrata y bella, t�rmino y fin de toda humana hermosura! �Oh vosotras, napeas y dr�adas, que ten�is por costumbre de habitar en las espesuras de los montes, as� los ligeros y lascivos s�tiros, de quien sois, aunque en vano, amadas, no perturben jam�s vuestro dulce sosiego, que me ayud�is a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os cans�is de o�lla! �Oh Dulcinea del Toboso, d�a de mi noche, gloria de mi pena, norte de mis caminos, estrella de mi ventura, as� el cielo te la d� buena en cuanto acertares a pedirle, que consideres el lugar y el estado a que tu ausencia me ha conducido, y que con buen t�rmino correspondas al que a mi fe se le debe! �Oh solitarios �rboles, que desde hoy en adelante hab�is de hacer compa��a a mi soledad, dad indicio, con el blando movimiento de vuestras ramas, que no os desagrade mi presencia! �Oh t�, escudero m�o, agradable compa�ero en m�s pr�speros y adversos sucesos, toma bien en la memoria lo que aqu� me ver�s hacer, para que lo cuentes y recetes a la causa total de todo ello!
Y, diciendo esto, se ape� de Rocinante, y en un momento le quit� el freno y la silla; y, d�ndole una palmada en las ancas, le dijo:
— Libertad te da el que sin ella queda, �oh caballo tan estremado por tus obras cuan desdichado por tu suerte! Vete por do quisieres, que en la frente llevas escrito que no te igual� en ligereza el Hipogrifo de Astolfo, ni el nombrado Frontino, que tan caro le cost� a Bradamante.
Viendo esto Sancho, dijo:
— Bien haya quien nos quit� ahora del trabajo de desenalbardar al rucio; que a fe que no faltaran palmadicas que dalle, ni cosas que decille en su alabanza; pero si �l aqu� estuviera, no consintiera yo que nadie le desalbardara, pues no hab�a para qu�, que a �l no le tocaban las generales de enamorado ni de desesperado, pues no lo estaba su amo, que era yo, cuando Dios quer�a. Y en verdad, se�or Caballero de la Triste Figura, que si es que mi partida y su locura de vuestra merced va de veras, que ser� bien tornar a ensillar a Rocinante, para que supla la falta del rucio, porque ser� ahorrar tiempo a mi ida y vuelta; que si la hago a pie, no s� cu�ndo llegar� ni cu�ndo volver�, porque, en resoluci�n, soy mal caminante. — Digo, Sancho —respondi� don Quijote—, que sea como t� quisieres, que no me parece mal tu designio; y digo que de aqu� a tres d�as te partir�s, porque quiero que en este tiempo veas lo que por ella hago y digo, para que se lo digas.
— Pues, �qu� m�s tengo de ver —dijo Sancho— que lo que he visto?
— �Bien est�s en el cuento! —respondi� don Quijote—. Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas pe�as, con otras cosas deste jaez que te han de admirar.
— Por amor de Dios —dijo Sancho—, que mire vuestra merced c�mo se da esas calabazadas; que a tal pe�a podr� llegar, y en tal punto, que con la primera se acabase la m�quina desta penitencia; y ser�a yo de parecer que, ya que vuestra merced le parece que son aqu� necesarias calabazadas y que no se puede hacer esta obra sin ellas, se contentase, pues todo esto es fingido y cosa contrahecha y de burla, se contentase, digo, con d�rselas en el agua, o en alguna cosa blanda, como algod�n; y d�jeme a m� el cargo, que yo dir� a mi se�ora que vuestra merced se las daba en una punta de pe�a m�s dura que la de un diamante.
— Yo agradezco tu buena intenci�n, amigo Sancho —respondi� don Quijote—, mas qui�rote hacer sabidor de que todas estas cosas que hago no son de burlas, sino muy de veras; porque de otra manera, ser�a contravenir a las �rdenes de caballer�a, que nos mandan que no digamos mentira alguna, pena de relasos, y el hacer una cosa por otra lo mesmo es que mentir. Ans� que, mis calabazadas han de ser verdaderas, firmes y valederas, sin que lleven nada del sof�stico ni del fant�stico. Y ser� necesario que me dejes algunas hilas para curarme, pues que la ventura quiso que nos faltase el b�lsamo que perdimos.
— M�s fue perder el asno —respondi� Sancho—, pues se perdieron en �l las hilas y todo. Y ru�gole a vuestra merced que no se acuerde m�s de aquel maldito brebaje; que en s�lo o�rle mentar se me revuelve el alma, no que el est�mago. Y m�s le ruego: que haga cuenta que son ya pasados los tres d�as que me ha dado de t�rmino para ver las locuras que hace, que ya las doy por vistas y por pasadas en cosa juzgada, y dir� maravillas a mi se�ora; y escriba la carta y desp�cheme luego, porque tengo gran deseo de volver a sacar a vuestra merced deste purgatorio donde le dejo.
— �Purgatorio le llamas, Sancho? —dijo don Quijote—. Mejor hicieras de llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea.
— Quien ha infierno —respondi� Sancho—, nula es retencio, seg�n he o�do decir.
— No entiendo qu� quiere decir retencio —dijo don Quijote.
— Retencio es —respondi� Sancho— que quien est� en el infierno nunca sale d�l, ni puede. Lo cual ser� al rev�s en vuestra merced, o a m� me andar�n mal los pies, si es que llevo espuelas para avivar a Rocinante; y p�ngame yo una por una en el Toboso, y delante de mi se�ora Dulcinea, que yo le dir� tales cosas de las necedades y locuras, que todo es uno, que vuestra merced ha hecho y queda haciendo, que la venga a poner m�s blanda que un guante, aunque la halle m�s dura que un alcornoque; con cuya respuesta dulce y melificada volver� por los aires, como brujo, y sacar� a vuestra merced deste purgatorio, que parece infierno y no lo es, pues hay esperanza de salir d�l, la cual, como tengo dicho, no la tienen de salir los que est�n en el infierno, ni creo que vuestra merced dir� otra cosa.
— As� es la verdad —dijo el de la Triste Figura—; pero, �qu� haremos para escribir la carta?
— Y la libranza pollinesca tambi�n —a�adi� Sancho.
— Todo ir� inserto —dijo don Quijote—; y ser�a bueno, ya que no hay papel, que la escribi�semos, como hac�an los antiguos, en hojas de �rboles, o en unas tablitas de cera; aunque tan dificultoso ser� hallarse eso ahora como el papel. Mas ya me ha venido a la memoria d�nde ser� bien, y aun m�s que bien, escribilla: que es en el librillo de memoria que fue de Cardenio; y t� tendr�s cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si no, cualquiera sacrist�n te la trasladar�; y no se la des a trasladar a ning�n escribano, que hacen letra procesada, que no la entender� Satan�s. — Pues, �qu� se ha de hacer de la firma? —dijo Sancho.
— Nunca las cartas de Amad�s se firman —respondi� don Quijote.
— Est� bien —respondi� Sancho—, pero la libranza forzosamente se ha de firmar, y �sa, si se traslada, dir�n que la firma es falsa y quedar�me sin pollinos.
— La libranza ir� en el mesmo librillo firmada; que, en vi�ndola, mi sobrina no pondr� dificultad en cumplilla. Y, en lo que toca a la carta de amores, pondr�s por firma: "Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura". Y har� poco al caso que vaya de mano ajena, porque, a lo que yo me s� acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra m�a ni carta m�a, porque mis amores y los suyos han sido siempre plat�nicos, sin estenderse a m�s que a un honesto mirar. Y aun esto tan de cuando en cuando, que osar� jurar con verdad que en doce a�os que ha que la quiero m�s que a la lumbre destos ojos que han de comer la tierra, no la he visto cuatro veces; y aun podr� ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de ver la una que la miraba: tal es el recato y encerramiento con que sus padres, Lorenzo Corchuelo, y su madre, Aldonza Nogales, la han criado.
— �Ta, ta! —dijo Sancho—. �Que la hija de Lorenzo Corchuelo es la se�ora Dulcinea del Toboso, llamada por otro nombre Aldonza Lorenzo?
— �sa es —dijo don Quijote—, y es la que merece ser se�ora de todo el universo.
— Bien la conozco —dijo Sancho—, y s� decir que tira tan bien una barra como el m�s forzudo zagal de todo el pueblo. �Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante, o por andar, que la tuviere por se�ora! �Oh hideputa, qu� rejo que tiene, y qu� voz! S� decir que se puso un d�a encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de all� m�s de media legua, as� la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Ahora digo, se�or Caballero de la Triste Figura, que no solamente puede y debe vuestra merced hacer locuras por ella, sino que, con justo t�tulo, puede desesperarse y ahorcarse; que nadie habr� que lo sepa que no diga que hizo demasiado de bien, puesto que le lleve el diablo. Y querr�a ya verme en camino, s�lo por vella; que ha muchos d�as que no la veo, y debe de estar ya trocada, porque gasta mucho la faz de las mujeres andar siempre al campo, al sol y al aire. Y confieso a vuestra merced una verdad, se�or don Quijote: que hasta aqu� he estado en una grande ignorancia; que pensaba bien y fielmente que la se�ora Dulcinea deb�a de ser alguna princesa de quien vuestra merced estaba enamorado, o alguna persona tal, que mereciese los ricos presentes que vuestra merced le ha enviado: as� el del vizca�no como el de los galeotes, y otros muchos que deben ser, seg�n deben de ser muchas las vitorias que vuestra merced ha ganado y gan� en el tiempo que yo a�n no era su escudero. Pero, bien considerado, �qu� se le ha de dar a la se�ora Aldonza Lorenzo, digo, a la se�ora Dulcinea del Toboso, de que se le vayan a hincar de rodillas delante della los vencidos que vuestra merced le env�a y ha de enviar? Porque podr�a ser que, al tiempo que ellos llegasen, estuviese ella rastrillando lino, o trillando en las eras, y ellos se corriesen de verla, y ella se riese y enfadase del presente.
— Ya te tengo dicho antes de agora muchas veces, Sancho —dijo don Quijote—, que eres muy grande hablador, y que, aunque de ingenio boto, muchas veces despuntas de agudo. Mas, para que veas cu�n necio eres t� y cu�n discreto soy yo, quiero que me oyas un breve cuento. �Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfadada, se enamor� de un mozo motil�n, rollizo y de buen tomo. Alcanz�lo a saber su mayor, y un d�a dijo a la buena viuda, por v�a de fraternal reprehensi�n: ''Maravillado estoy, se�ora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos te�logos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: "�ste quiero, aqu�ste no quiero"''. Mas ella le respondi�, con mucho donaire y desenvoltura: ''Vuestra merced, se�or m�o, est� muy enga�ado, y piensa muy a lo antiguo si piensa que yo he escogido mal en fulano, por idiota que le parece, pues, para lo que yo le quiero, tanta filosof�a sabe, y m�s, que Arist�teles''�. As� que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la m�s alta princesa de la tierra. S�, que no todos los poetas que alaban damas, debajo de un nombre que ellos a su albedr�o les ponen, es verdad que las tienen. �Piensas t� que las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias, est�n llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aqu�llos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las m�s se las fingen, por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y as�, b�stame a m� pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta; y en lo del linaje importa poco, que no han de ir a hacer la informaci�n d�l para darle alg�n h�bito, y yo me hago cuenta que es la m�s alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar m�s que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es as�, sin que sobre ni falte nada; y p�ntola en mi imaginaci�n como la deseo, as� en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pret�ritas, griega, b�rbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no ser� castigado de los rigurosos.
— Digo que en todo tiene vuestra merced raz�n —respondi� Sancho—, y que yo soy un asno. Mas no s� yo para qu� nombro asno en mi boca, pues no se ha de mentar la soga en casa del ahorcado. Pero venga la carta, y a Dios, que me mudo.
Sac� el libro de memoria don Quijote, y, apart�ndose a una parte, con mucho sosiego comenz� a escribir la carta; y, en acab�ndola, llam� a Sancho y le dijo que se la quer�a leer, porque la tomase de memoria, si acaso se le perdiese por el camino, porque de su desdicha todo se pod�a temer. A lo cual respondi� Sancho:
— Escr�bala vuestra merced dos o tres veces ah� en el libro y d�mele, que yo le llevar� bien guardado, porque pensar que yo la he de tomar en la memoria es disparate: que la tengo tan mala que muchas veces se me olvida c�mo me llamo. Pero, con todo eso, d�gamela vuestra merced, que me holgar� mucho de o�lla, que debe de ir como de molde.
— Escucha, que as� dice —dijo don Quijote:
Carta de don Quijote a Dulcinea del Toboso
Soberana y alta se�ora:
El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del coraz�n, dulc�sima Dulcinea del Toboso, te env�a la salud que �l no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podr� sostenerme en esta cuita, que, adem�s de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dar� entera relaci�n, �oh bella ingrata, amada enemiga m�a!, del modo que por tu causa quedo. Si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto; que, con acabar mi vida, habr� satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.
Tuyo hasta la muerte,
El Caballero de la Triste Figura.
— Por vida de mi padre —dijo Sancho en oyendo la carta—, que es la m�s alta cosa que jam�s he o�do. �Pesia a m�, y c�mo que le dice vuestra merced ah� todo cuanto quiere, y qu� bien que encaja en la firma El Caballero de la Triste Figura! Digo de verdad que es vuestra merced el mesmo diablo, y que no haya cosa que no sepa.
— Todo es menester —respondi� don Quijote— para el oficio que trayo. — Ea, pues —dijo Sancho—, ponga vuestra merced en esotra vuelta la c�dula de los tres pollinos y f�rmela con mucha claridad, porque la conozcan en vi�ndola.
— Que me place —dijo don Quijote.
Y, habi�ndola escrito,se la ley�; que dec�a ans�:
Mandar� vuestra merced, por esta primera de pollinos, se�ora sobrina, dar a Sancho Panza, mi escudero, tres de los cinco que dej� en casa y est�n a cargo de vuestra merced. Los cuales tres pollinos se los mando librar y pagar por otros tantos aqu� recebidos de contado, que consta, y con su carta de pago ser�n bien dados. Fecha en las entra�as de Sierra Morena, a veinte y dos de agosto deste presente a�o.
— Buena est� —dijo Sancho—; f�rmela vuestra merced.
— No es menester firmarla —dijo don Quijote—, sino solamente poner mi r�brica, que es lo mesmo que firma, y para tres asnos, y aun para trecientos, fuera bastante.
— Yo me conf�o de vuestra merced —respondi� Sancho—. D�jeme, ir� a ensillar a Rocinante, y apar�jese vuestra merced a echarme su bendici�n, que luego pienso partirme, sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer, que yo dir� que le vi hacer tantas que no quiera m�s.
— Por lo menos quiero, Sancho, y porque es menester ans�, quiero, digo, que me veas en cueros, y hacer una o dos docenas de locuras, que las har� en menos de media hora, porque, habi�ndolas t� visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las dem�s que quisieres a�adir; y aseg�rote que no dir�s t� tantas cuantas yo pienso hacer.
— Por amor de Dios, se�or m�o, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me dar� mucha l�stima y no podr� dejar de llorar; y tengo tal la cabeza, del llanto que anoche hice por el rucio, que no estoy para meterme en nuevos lloros; y si es que vuestra merced gusta de que yo vea algunas locuras, h�galas vestido, breves y las que le vinieren m�s a cuento. Cuanto m�s, que para m� no era menester nada deso, y, como ya tengo dicho, fuera ahorrar el camino de mi vuelta, que ha de ser con las nuevas que vuestra merced desea y merece. Y si no, apar�jese la se�ora Dulcinea; que si no responde como es raz�n, voto hago solene a quien puedo que le tengo de sacar la buena respuesta del est�mago a coces y a bofetones. Porque, �d�nde se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced, se vuelva loco, sin qu� ni para qu�, por una...? No me lo haga decir la se�ora, porque por Dios que despotrique y lo eche todo a doce, aunque nunca se venda. �Bonico soy yo para eso! �Mal me conoce! �Pues, a fe que si me conociese, que me ayunase!
— A fe, Sancho —dijo don Quijote—, que, a lo que parece, que no est�s t� m�s cuerdo que yo.
— No estoy tan loco —respondi� Sancho—, mas estoy m�s col�rico. Pero, dejando esto aparte, �qu� es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo? �Ha de salir al camino, como Cardenio, a quit�rselo a los pastores?
— No te d� pena ese cuidado —respondi� don Quijote—, porque, aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos �rboles me dieren, que la fineza de mi negocio est� en no comer y en hacer otras asperezas equivalentes.
— A Dios, pues. Pero, �sabe vuestra merced qu� temo? Que no tengo de acertar a volver a este lugar donde agora le dejo, seg�n est� de escondido. — Toma bien las se�as, que yo procurar� no apartarme destos contornos —dijo don Quijote—, y aun tendr� cuidado de subirme por estos m�s altos riscos, por ver si te descubro cuando vuelvas. Cuanto m�s, que lo m�s acertado ser�, para que no me yerres y te pierdas, que cortes algunas retamas de las muchas que por aqu� hay y las vayas poniendo de trecho a trecho, hasta salir a lo raso, las cuales te servir�n de mojones y se�ales para que me halles cuando vuelvas, a imitaci�n del hilo del laberinto de Teseo. — As� lo har� —respondi� Sancho Panza.
Y, cortando algunos, pidi� la bendici�n a su se�or, y, no sin muchas l�grimas de entrambos, se despidi� d�l. Y, subiendo sobre Rocinante, a quien don Quijote encomend� mucho, y que mirase por �l como por su propria persona, se puso en camino del llano, esparciendo de trecho a trecho los ramos de la retama, como su amo se lo hab�a aconsejado. Y as�, se fue, aunque todav�a le importunaba don Quijote que le viese siquiera hacer dos locuras. Mas no hubo andado cien pasos, cuando volvi� y dijo:
— Digo, se�or, que vuestra merced ha dicho muy bien: que, para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, ser� bien que vea siquiera una, aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced.
— �No te lo dec�a yo? —dijo don Quijote—. Esp�rate, Sancho, que en un credo las har�.
Y, desnud�ndose con toda priesa las calzones, qued� en carnes y en pa�ales, y luego, sin m�s ni m�s, dio dos zapatetas en el aire y dos tumbas, la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvi� Sancho la rienda a Rocinante y se dio por contento y satisfecho de que pod�a jurar que su amo quedaba loco. Y as�, le dejaremos ir su camino, hasta la vuelta, que fue breve.
Y, volviendo a contar lo que hizo el de la Triste Figura despu�s que se vio solo, dice la historia que, as� como don Quijote acab� de dar las tumbas o vueltas, de medio abajo desnudo y de medio arriba vestido, y que vio que Sancho se hab�a ido sin querer aguardar a ver m�s sandeces, se subi� sobre una punta de una alta pe�a y all� torn� a pensar lo que otras muchas veces hab�a pensado, sin haberse jam�s resuelto en ello. Y era que cu�l ser�a mejor y le estar�a m�s a cuento: imitar a Rold�n en las locuras desaforadas que hizo, o Amad�s en las malenc�nicas. Y, hablando entre s� mesmo, dec�a: — Si Rold�n fue tan buen caballero y tan valiente como todos dicen, �qu� maravilla?, pues, al fin, era encantado y no le pod�a matar nadie si no era meti�ndole un alfiler de a blanca por la planta del pie, y �l tra�a siempre los zapatos con siete suelas de hierro. Aunque no le valieron tretas contra Bernardo del Carpio, que se las entendi� y le ahog� entre los brazos, en Roncesvalles. Pero, dejando en �l lo de la valent�a a una parte, vengamos a lo de perder el juicio, que es cierto que le perdi�, por las se�ales que hall� en la fontana y por las nuevas que le dio el pastor de que Ang�lica hab�a dormido m�s de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos enrizados y paje de Agramante; y si �l entendi� que esto era verdad y que su dama le hab�a cometido desaguisado, no hizo mucho en volverse loco. Pero yo, �c�mo puedo imitalle en las locuras, si no le imito en la ocasi�n dellas? Porque mi Dulcinea del Toboso osar� yo jurar que no ha visto en todos los d�as de su vida moro alguno, ans� como �l es, en su mismo traje, y que se est� hoy como la madre que la pari�; y har�ale agravio manifiesto si, imaginando otra cosa della, me volviese loco de aquel g�nero de locura de Rold�n el furioso. Por otra parte, veo que Amad�s de Gaula, sin perder el juicio y sin hacer locuras, alcanz� tanta fama de enamorado como el que m�s; porque lo que hizo, seg�n su historia, no fue m�s de que, por verse desde�ado de su se�ora Oriana, que le hab�a mandado que no pareciese ante su presencia hasta que fuese su voluntad, de que se retir� a la Pe�a Pobre en compa��a de un ermita�o, y all� se hart� de llorar y de encomendarse a Dios, hasta que el cielo le acorri�, en medio de su mayor cuita y necesidad. Y si esto es verdad, como lo es, �para qu� quiero yo tomar trabajo agora de desnudarme del todo, ni dar pesadumbre a estos �rboles, que no me han hecho mal alguno? Ni tengo para qu� enturbiar el agua clara destos arroyos, los cuales me han de dar de beber cuando tenga gana. Viva la memoria de Amad�s, y sea imitado de don Quijote de la Mancha en todo lo que pudiere; del cual se dir� lo que del otro se dijo: que si no acab� grandes cosas, muri� por acometellas; y si yo no soy desechado ni desde�ado de Dulcinea del Toboso, b�stame, como ya he dicho, estar ausente della. Ea, pues, manos a la obra: venid a mi memoria, cosas de Amad�s, y ense�adme por d�nde tengo de comenzar a imitaros. Mas ya s� que lo m�s que �l hizo fue rezar y encomendarse a Dios; pero, �qu� har� de rosario, que no le tengo? En esto le vino al pensamiento c�mo le har�a, y fue que rasg� una gran tira de las faldas de la camisa, que andaban colgando, y diole once �udos, el uno m�s gordo que los dem�s, y esto le sirvi� de rosario el tiempo que all� estuvo, donde rez� un mill�n de avemar�as. Y lo que le fatigaba mucho era no hallar por all� otro ermita�o que le confesase y con quien consolarse. Y as�, se entreten�a pase�ndose por el pradecillo, escribiendo y grabando por las cortezas de los �rboles y por la menuda arena muchos versos, todos acomodados a su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea. Mas los que se pudieron hallar enteros y que se pudiesen leer, despu�s que a �l all� le hallaron, no fueron m�s que estos que aqu� se siguen:
�rboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio est�is,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holg�is,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque m�s terrible sea,
pues, por pagaros escote,
aqu� llor� don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Es aqu� el lugar adonde
el amador m�s leal
de su se�ora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber c�mo o por d�nde.
Tr�ele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y as�, hasta henchir un pipote,
aqu� llor� don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
Buscando las aventuras
por entre las duras pe�as,
maldiciendo entra�as duras,
que entre riscos y entre bre�as
halla el triste desventuras,
hiri�le amor con su azote,
no con su blanda correa;
y, en toc�ndole el cogote,
aqu� llor� don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.
No caus� poca risa en los que hallaron los versos referidos el a�adidura del Toboso al nombre de Dulcinea, porque imaginaron que debi� de imaginar don Quijote que si, en nombrando a Dulcinea, no dec�a tambi�n del Toboso, no se podr�a entender la copla; y as� fue la verdad, como �l despu�s confes�. Otros muchos escribi�, pero, como se ha dicho, no se pudieron sacar en limpio, ni enteros, m�s destas tres coplas. En esto, y en suspirar y en llamar a los faunos y silvanos de aquellos bosques, a las ninfas de los r�os, a la dolorosa y h�mida Eco, que le respondiese, consolasen y escuchasen, se entreten�a, y en buscar algunas yerbas con que sustentarse en tanto que Sancho volv�a; que, si como tard� tres d�as, tardara tres semanas, el Caballero de la Triste Figura quedara tan desfigurado que no le conociera la madre que lo pari�.
Y ser� bien dejalle, envuelto entre sus suspiros y versos, por contar lo que le avino a Sancho Panza en su mandader�a. Y fue que, en saliendo al camino real, se puso en busca del Toboso, y otro d�a lleg� a la venta donde le hab�a sucedido la desgracia de la manta; y no la hubo bien visto, cuando le pareci� que otra vez andaba en los aires, y no quiso entrar dentro, aunque lleg� a hora que lo pudiera y debiera hacer, por ser la del comer y llevar en deseo de gustar algo caliente; que hab�a grandes d�as que todo era fiambre.
Esta necesidad le forz� a que llegase junto a la venta, todav�a dudoso si entrar�a o no. Y, estando en esto, salieron de la venta dos personas que luego le conocieron; y dijo el uno al otro:
— D�game, se�or licenciado, aquel del caballo, �no es Sancho Panza, el que dijo el ama de nuestro aventurero que hab�a salido con su se�or por escudero?
— S� es —dijo el licenciado—; y aqu�l es el caballo de nuestro don Quijote. Y conoci�ronle tan bien como aquellos que eran el cura y el barbero de su mismo lugar, y los que hicieron el escrutinio y acto general de los libros. Los cuales, as� como acabaron de conocer a Sancho Panza y a Rocinante, deseosos de saber de don Quijote, se fueron a �l; y el cura le llam� por su nombre, dici�ndole:
— Amigo Sancho Panza, �ad�nde queda vuestro amo?
Conoci�los luego Sancho Panza, y determin� de encubrir el lugar y la suerte donde y como su amo quedaba; y as�, les respondi� que su amo quedaba ocupado en cierta parte y en cierta cosa que le era de mucha importancia, la cual �l no pod�a descubrir, por los ojos que en la cara ten�a.
— No, no —dijo el barbero—, Sancho Panza; si vos no nos dec�s d�nde queda, imaginaremos, como ya imaginamos, que vos le hab�is muerto y robado, pues ven�s encima de su caballo. En verdad que nos hab�is de dar el due�o del roc�n, o sobre eso, morena.
— No hay para qu� conmigo amenazas, que yo no soy hombre que robo ni mato a nadie: a cada uno mate su ventura, o Dios, que le hizo. Mi amo queda haciendo penitencia en la mitad desta monta�a, muy a su sabor.
Y luego, de corrida y sin parar, les cont� de la suerte que quedaba, las aventuras que le hab�an sucedido y c�mo llevaba la carta a la se�ora Dulcinea del Toboso, que era la hija de Lorenzo Corchuelo, de quien estaba enamorado hasta los h�gados.
Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y, aunque ya sab�an la locura de don Quijote y el g�nero della, siempre que la o�an se admiraban de nuevo. Pidi�ronle a Sancho Panza que les ense�ase la carta que llevaba a la se�ora Dulcinea del Toboso. �l dijo que iba escrita en un libro de memoria y que era orden de su se�or que la hiciese trasladar en papel en el primer lugar que llegase; a lo cual dijo el cura que se la mostrase, que �l la trasladar�a de muy buena letra. Meti� la mano en el seno Sancho Panza, buscando el librillo, pero no le hall�, ni le pod�a hallar si le buscara hasta agora, porque se hab�a quedado don Quijote con �l y no se le hab�a dado, ni a �l se le acord� de ped�rsele.
Cuando Sancho vio que no hallaba el libro, fu�sele parando mortal el rostro; y, torn�ndose a tentar todo el cuerpo muy apriesa, torn� a echar de ver que no le hallaba; y, sin m�s ni m�s, se ech� entrambos pu�os a las barbas y se arranc� la mitad de ellas, y luego, apriesa y sin cesar, se dio media docena de pu�adas en el rostro y en las narices, que se las ba�� todas en sangre. Visto lo cual por el cura y el barbero, le dijeron que qu� le hab�a sucedido, que tan mal se paraba.
— �Qu� me ha de suceder —respondi� Sancho—, sino el haber perdido de una mano a otra, en un estante, tres pollinos, que cada uno era como un castillo?
— �C�mo es eso? —replic� el barbero.
— He perdido el libro de memoria —respondi� Sancho—, donde ven�a carta para Dulcinea y una c�dula firmada de su se�or, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa. Y, con esto, les cont� la p�rdida del rucio. Consol�le el cura, y d�jole que, en hallando a su se�or, �l le har�a revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hac�an en libros de memoria jam�s se acetaban ni cumpl�an.
Con esto se consol� Sancho, y dijo que, como aquello fuese ans�, que no le daba mucha pena la p�rdida de la carta de Dulcinea, porque �l la sab�a casi de memoria, de la cual se podr�a trasladar donde y cuando quisiesen. — Decildo, Sancho, pues —dijo el barbero—, que despu�s la trasladaremos. Par�se Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se pon�a sobre un pie, y ya sobre otro; unas veces miraba al suelo, otras al cielo; y, al cabo de haberse ro�do la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grand�simo rato:
— Por Dios, se�or licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda; aunque en el principio dec�a: �Alta y sobajada se�ora�. — No dir�a —dijo el barbero— sobajada, sino sobrehumana o soberana se�ora. — As� es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, prosegu�a..., si mal no me acuerdo: �el llego y falto de sue�o, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa�, y no s� qu� dec�a de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aqu� iba escurriendo, hasta que acababa en �Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura�.
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alab�ronsela mucho, y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos, ansimesmo, la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo. Torn�la a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvi� a decir otros tres mil disparates. Tras esto, cont� asimesmo las cosas de su amo, pero no habl� palabra acerca del manteamiento que le hab�a sucedido en aquella venta, en la cual rehusaba entrar. Dijo tambi�n como su se�or, en trayendo que le trujese buen despacho de la se�ora Dulcinea del Toboso, se hab�a de poner en camino a procurar c�mo ser emperador, o, por lo menos, monarca; que as� lo ten�an concertado entre los dos, y era cosa muy f�cil venir a serlo, seg�n era el valor de su persona y la fuerza de su brazo; y que, en si�ndolo, le hab�a de casar a �l, porque ya ser�a viudo, que no pod�a ser menos, y le hab�a de dar por mujer a una doncella de la emperatriz, heredera de un rico y grande estado de tierra firme, sin �nsulos ni �nsulas, que ya no las quer�a.
Dec�a esto Sancho con tanto reposo, limpi�ndose de cuando en cuando las narices, y con tan poco juicio, que los dos se admiraron de nuevo, considerando cu�n vehemente hab�a sido la locura de don Quijote, pues hab�a llevado tras s� el juicio de aquel pobre hombre. No quisieron cansarse en sacarle del error en que estaba, pareci�ndoles que, pues no le da�aba nada la conciencia, mejor era dejarle en �l, y a ellos les ser�a de m�s gusto o�r sus necedades. Y as�, le dijeron que rogase a Dios por la salud de su se�or, que cosa contingente y muy agible era venir, con el discurso del tiempo, a ser emperador, como �l dec�a, o, por lo menos, arzobispo, o otra dignidad equivalente. A lo cual respondi� Sancho:
— Se�ores, si la fortuna rodease las cosas de manera que a mi amo le viniese en voluntad de no ser emperador, sino de ser arzobispo, querr�a yo saber agora qu� suelen dar los arzobispos andantes a sus escuderos. — Su�lenles dar —respondi� el cura— alg�n beneficio, simple o curado, o alguna sacristan�a, que les vale mucho de renta rentada, am�n del pie de altar, que se suele estimar en otro tanto.
— Para eso ser� menester —replic� Sancho— que el escudero no sea casado y que sepa ayudar a misa, por lo menos; y si esto es as�, �desdichado de yo, que soy casado y no s� la primera letra del ABC! �Qu� ser� de m� si a mi amo le da antojo de ser arzobispo, y no emperador, como es uso y costumbre de los caballeros andantes?
— No teng�is pena, Sancho amigo —dijo el barbero—, que aqu� rogaremos a vuestro amo y se lo aconsejaremos, y aun se lo pondremos en caso de conciencia, que sea emperador y no arzobispo, porque le ser� m�s f�cil, a causa de que �l es m�s valiente que estudiante.
— As� me ha parecido a m� —respondi� Sancho—, aunque s� decir que para todo tiene habilidad. Lo que yo pienso hacer de mi parte es rogarle a Nuestro Se�or que le eche a aquellas partes donde �l m�s se sirva y adonde a m� m�s mercedes me haga.
— Vos lo dec�s como discreto —dijo el cura— y lo har�is como buen cristiano. Mas lo que ahora se ha de hacer es dar orden como sacar a vuestro amo de aquella in�til penitencia que dec�s que queda haciendo; y, para pensar el modo que hemos de tener, y para comer, que ya es hora, ser� bien nos entremos en esta venta.
Sancho dijo que entrasen ellos, que �l esperar�a all� fuera y que despu�s les dir�a la causa por que no entraba ni le conven�a entrar en ella; mas que les rogaba que le sacasen all� algo de comer que fuese cosa caliente, y, ansimismo, cebada para Rocinante. Ellos se entraron y le dejaron, y, de all� a poco, el barbero le sac� de comer. Despu�s, habiendo bien pensado entre los dos el modo que tendr�an para conseguir lo que deseaban, vino el cura en un pensamiento muy acomodado al gusto de don Quijote y para lo que ellos quer�an. Y fue que dijo al barbero que lo que hab�a pensado era que �l se vestir�a en h�bito de doncella andante, y que �l procurase ponerse lo mejor que pudiese como escudero, y que as� ir�an adonde don Quijote estaba, fingiendo ser ella una doncella afligida y menesterosa, y le pedir�a un don, el cual �l no podr�a dej�rsele de otorgar, como valeroso caballero andante. Y que el don que le pensaba pedir era que se viniese con ella donde ella le llevase, a desfacelle un agravio que un mal caballero le ten�a fecho; y que le suplicaba, ansimesmo, que no la mandase quitar su antifaz, ni la demandase cosa de su facienda, fasta que la hubiese fecho derecho de aquel mal caballero; y que creyese, sin duda, que don Quijote vendr�a en todo cuanto le pidiese por este t�rmino; y que desta manera le sacar�an de all� y le llevar�an a su lugar, donde procurar�an ver si ten�a alg�n remedio su estra�a locura.
No le pareci� mal al barbero la invenci�n del cura, sino tan bien, que luego la pusieron por obra. Pidi�ronle a la ventera una saya y unas tocas, dej�ndole en prendas una sotana nueva del cura. El barbero hizo una gran barba de una cola rucia o roja de buey, donde el ventero ten�a colgado el peine. Pregunt�les la ventera que para qu� le ped�an aquellas cosas. El cura le cont� en breves razones la locura de don Quijote, y c�mo conven�a aquel disfraz para sacarle de la monta�a, donde a la saz�n estaba. Cayeron luego el ventero y la ventera en que el loco era su hu�sped, el del b�lsamo, y el amo del manteado escudero, y contaron al cura todo lo que con �l les hab�a pasado, sin callar lo que tanto callaba Sancho. En resoluci�n, la ventera visti� al cura de modo que no hab�a m�s que ver: p�sole una saya de pa�o, llena de fajas de terciopelo negro de un palmo en ancho, todas acuchilladas, y unos corpi�os de terciopelo verde, guarnecidos con unos ribetes de raso blanco, que se debieron de hacer, ellos y la saya, en tiempo del rey Wamba. No consinti� el cura que le tocasen, sino p�sose en la cabeza un birretillo de lienzo colchado que llevaba para dormir de noche, y ci��se por la frente una liga de tafet�n negro, y con otra liga hizo un antifaz, con que se cubri� muy bien las barbas y el rostro; encasquet�se su sombrero, que era tan grande que le pod�a servir de quitasol, y, cubri�ndose su herreruelo, subi� en su mula a mujeriegas, y el barbero en la suya, con su barba que le llegaba a la cintura, entre roja y blanca, como aquella que, como se ha dicho, era hecha de la cola de un buey barroso.
Despidi�ronse de todos, y de la buena de Maritornes, que prometi� de rezar un rosario, aunque pecadora, porque Dios les diese buen suceso en tan arduo y tan cristiano negocio como era el que hab�an emprendido.
Mas, apenas hubo salido de la venta, cuando le vino al cura un pensamiento: que hac�a mal en haberse puesto de aquella manera, por ser cosa indecente que un sacerdote se pusiese as�, aunque le fuese mucho en ello; y, dici�ndoselo al barbero, le rog� que trocasen trajes, pues era m�s justo que �l fuese la doncella menesterosa, y que �l har�a el escudero, y que as� se profanaba menos su dignidad; y que si no lo quer�a hacer, determinaba de no pasar adelante, aunque a don Quijote se le llevase el diablo.
En esto, lleg� Sancho, y de ver a los dos en aquel traje no pudo tener la risa. En efeto, el barbero vino en todo aquello que el cura quiso, y, trocando la invenci�n, el cura le fue informando el modo que hab�a de tener y las palabras que hab�a de decir a don Quijote para moverle y forzarle a que con �l se viniese, y dejase la querencia del lugar que hab�a escogido para su vana penitencia. El barbero respondi� que, sin que se le diese lici�n, �l lo pondr�a bien en su punto. No quiso vestirse por entonces, hasta que estuviesen junto de donde don Quijote estaba; y as�, dobl� sus vestidos, y el cura acomod� su barba, y siguieron su camino, gui�ndolos Sancho Panza; el cual les fue contando lo que les aconteci� con el loco que hallaron en la sierra, encubriendo, empero, el hallazgo de la maleta y de cuanto en ella ven�a; que, maguer que tonto, era un poco codicioso el mancebo.
Otro d�a llegaron al lugar donde Sancho hab�a dejado puestas las se�ales de las ramas para acertar el lugar donde hab�a dejado a su se�or; y, en reconoci�ndole, les dijo como aqu�lla era la entrada, y que bien se pod�an vestir, si era que aquello hac�a al caso para la libertad de su se�or; porque ellos le hab�an dicho antes que el ir de aquella suerte y vestirse de aquel modo era toda la importancia para sacar a su amo de aquella mala vida que hab�a escogido, y que le encargaban mucho que no dijese a su amo quien ellos eran, ni que los conoc�a; y que si le preguntase, como se lo hab�a de preguntar, si dio la carta a Dulcinea, dijese que s�, y que, por no saber leer, le hab�a respondido de palabra, dici�ndole que le mandaba, so pena de la su desgracia, que luego al momento se viniese a ver con ella, que era cosa que le importaba mucho; porque con esto y con lo que ellos pensaban decirle ten�an por cosa cierta reducirle a mejor vida, y hacer con �l que luego se pusiese en camino para ir a ser emperador o monarca; que en lo de ser arzobispo no hab�a de qu� temer.
Todo lo escuch� Sancho, y lo tom� muy bien en la memoria, y les agradeci� mucho la intenci�n que ten�an de aconsejar a su se�or fuese emperador y no arzobispo, porque �l ten�a para s� que, para hacer mercedes a sus escuderos, m�s pod�an los emperadores que los arzobispos andantes. Tambi�n les dijo que ser�a bien que �l fuese delante a buscarle y darle la respuesta de su se�ora, que ya ser�a ella bastante a sacarle de aquel lugar, sin que ellos se pusiesen en tanto trabajo. Pareci�les bien lo que Sancho Panza dec�a, y as�, determinaron de aguardarle hasta que volviese con las nuevas del hallazgo de su amo.
Entr�se Sancho por aquellas quebradas de la sierra, dejando a los dos en una por donde corr�a un peque�o y manso arroyo, a quien hac�an sombra agradable y fresca otras pe�as y algunos �rboles que por all� estaban. El calor, y el d�a que all� llegaron, era de los del mes de agosto, que por aquellas partes suele ser el ardor muy grande; la hora, las tres de la tarde: todo lo cual hac�a al sitio m�s agradable, y que convidase a que en �l esperasen la vuelta de Sancho, como lo hicieron.
Estando, pues, los dos all�, sosegados y a la sombra, lleg� a sus o�dos una voz que, sin acompa�arla son de alg�n otro instrumento, dulce y regaladamente sonaba, de que no poco se admiraron, por parecerles que aqu�l no era lugar donde pudiese haber quien tan bien cantase. Porque, aunque suele decirse que por las selvas y campos se hallan pastores de voces estremadas, m�s son encarecimientos de poetas que verdades; y m�s, cuando advirtieron que lo que o�an cantar eran versos, no de r�sticos ganaderos, sino de discretos cortesanos. Y confirm� esta verdad haber sido los versos que oyeron �stos:
�Qui�n menoscaba mis bienes?
Desdenes.
Y �qui�n aumenta mis duelos?
Los celos.
Y �qui�n prueba mi paciencia?
Ausencia.
De ese modo, en mi dolencia
ning�n remedio se alcanza,
pues me matan la esperanza
desdenes, celos y ausencia.
�Qui�n me causa este dolor?
Amor.
Y �qui�n mi gloria repugna?
Fortuna.
Y �qui�n consiente en mi duelo?
El cielo
De ese modo, yo recelo
morir deste mal estra�o,
pues se aumentan en mi da�o,
amor, fortuna y el cielo.
�Qui�n mejorar� mi suerte?
La muerte.
Y el bien de amor, �qui�n le alcanza?
Mudanza.
Y sus males, �qui�n los cura?
Locura.
De ese modo, no es cordura
querer curar la pasi�n
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.
La hora, el tiempo, la soledad, la voz y la destreza del que cantaba caus� admiraci�n y contento en los dos oyentes, los cuales se estuvieron quedos, esperando si otra alguna cosa o�an; pero, viendo que duraba alg�n tanto el silencio, determinaron de salir a buscar el m�sico que con tan buena voz cantaba. Y, queri�ndolo poner en efeto, hizo la mesma voz que no se moviesen, la cual lleg� de nuevo a sus o�dos, cantando este soneto:
Soneto
Santa amistad, que con ligeras alas,
tu apariencia qued�ndose en el suelo,
entre benditas almas, en el cielo,
subiste alegre a las imp�reas salas,
desde all�, cuando quieres, nos se�alas
la justa paz cubierta con un velo,
por quien a veces se trasluce el celo
de buenas obras que, a la fin, son malas.
Deja el cielo, �oh amistad!, o no permitas
que el enga�o se vista tu librea,
con que destruye a la intenci�n sincera;
que si tus apariencias no le quitas,
presto ha de verse el mundo en la pelea
de la discorde confusi�n primera.
El canto se acab� con un profundo suspiro, y los dos, con atenci�n, volvieron a esperar si m�s se cantaba; pero, viendo que la m�sica se hab�a vuelto en sollozos y en lastimeros ayes, acordaron de saber qui�n era el triste, tan estremado en la voz como doloroso en los gemidos; y no anduvieron mucho, cuando, al volver de una punta de una pe�a, vieron a un hombre del mismo talle y figura que Sancho Panza les hab�a pintado cuando les cont� el cuento de Cardenio; el cual hombre, cuando los vio, sin sobresaltarse, estuvo quedo, con la cabeza inclinada sobre el pecho a guisa de hombre pensativo, sin alzar los ojos a mirarlos m�s de la vez primera, cuando de improviso llegaron.
El cura, que era hombre bien hablado (como el que ya ten�a noticia de su desgracia, pues por las se�as le hab�a conocido), se lleg� a �l, y con breves aunque muy discretas razones le rog� y persuadi� que aquella tan miserable vida dejase, porque all� no la perdiese, que era la desdicha mayor de las desdichas. Estaba Cardenio entonces en su entero juicio, libre de aquel furioso accidente que tan a menudo le sacaba de s� mismo; y as�, viendo a los dos en traje tan no usado de los que por aquellas soledades andaban, no dej� de admirarse alg�n tanto, y m�s cuando oy� que le hab�an hablado en su negocio como en cosa sabida —porque las razones que el cura le dijo as� lo dieron a entender—; y as�, respondi� desta manera: — Bien veo yo, se�ores, quienquiera que se�is, que el cielo, que tiene cuidado de socorrer a los buenos, y aun a los malos muchas veces, sin yo merecerlo, me env�a, en estos tan remotos y apartados lugares del trato com�n de las gentes, algunas personas que, poni�ndome delante de los ojos con vivas y varias razones cu�n sin ella ando en hacer la vida que hago, han procurado sacarme d�sta a mejor parte; pero, como no saben que s� yo que en saliendo deste da�o he de caer en otro mayor, quiz� me deben de tener por hombre de flacos discursos, y aun, lo que peor ser�a, por de ning�n juicio. Y no ser�a maravilla que as� fuese, porque a m� se me trasluce que la fuerza de la imaginaci�n de mis desgracias es tan intensa y puede tanto en mi perdici�n que, sin que yo pueda ser parte a estobarlo, vengo a quedar como piedra, falto de todo buen sentido y conocimiento; y vengo a caer en la cuenta desta verdad, cuando algunos me dicen y muestran se�ales de las cosas que he hecho en tanto que aquel terrible accidente me se�orea, y no s� m�s que dolerme en vano y maldecir sin provecho mi ventura, y dar por disculpa de mis locuras el decir la causa dellas a cuantos o�rla quieren; porque, viendo los cuerdos cu�l es la causa, no se maravillar�n de los efetos, y si no me dieren remedio, a lo menos no me dar�n culpa, convirti�ndoseles el enojo de mi desenvoltura en l�stima de mis desgracias. Y si es que vosotros, se�ores, ven�s con la mesma intenci�n que otros han venido, antes que pas�is adelante en vuestras discretas persuasiones, os ruego que escuch�is el cuento, que no le tiene, de mis desventuras; porque quiz�, despu�s de entendido, ahorrar�is del trabajo que tomar�is en consolar un mal que de todo consuelo es incapaz.
Los dos, que no deseaban otra cosa que saber de su mesma boca la causa de su da�o, le rogaron se la contase, ofreci�ndole de no hacer otra cosa de la que �l quisiese, en su remedio o consuelo; y con esto, el triste caballero comenz� su lastimera historia, casi por las mesmas palabras y pasos que la hab�a contado a don Quijote y al cabrero pocos d�as atr�s, cuando, por ocasi�n del maestro Elisabat y puntualidad de don Quijote en guardar el decoro a la caballer�a, se qued� el cuento imperfeto, como la historia lo deja contado. Pero ahora quiso la buena suerte que se detuvo el accidente de la locura y le dio lugar de contarlo hasta el fin; y as�, llegando al paso del billete que hab�a hallado don Fernando entre el libro de Amad�s de Gaula, dijo Cardenio que le ten�a bien en la memoria, y que dec�a desta manera:
�Luscinda a Cardenio
Cada d�a descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en m�s os estime; y as�, si quisi�redes sacarme desta deuda sin ejecutarme en la honra, lo podr�is muy bien hacer. Padre tengo, que os conoce y que me quiere bien, el cual, sin forzar mi voluntad, cumplir� la que ser� justo que vos teng�is, si es que me estim�is como dec�s y como yo creo. — �Por este billete me mov� a pedir a Luscinda por esposa, como ya os he contado, y �ste fue por quien qued� Luscinda en la opini�n de don Fernando por una de las m�s discretas y avisadas mujeres de su tiempo; y este billete fue el que le puso en deseo de destruirme, antes que el m�o se efetuase. D�jele yo a don Fernando en lo que reparaba el padre de Luscinda, que era en que mi padre se la pidiese, lo cual yo no le osaba decir, temeroso que no vendr�a en ello, no porque no tuviese bien conocida la calidad, bondad, virtud y hermosura de Luscinda, y que ten�a partes bastantes para enoblecer cualquier otro linaje de Espa�a, sino porque yo entend�a d�l que deseaba que no me casase tan presto, hasta ver lo que el duque Ricardo hac�a conmigo. En resoluci�n, le dije que no me aventuraba a dec�rselo a mi padre, as� por aquel inconveniente como por otros muchos que me acobardaban, sin saber cu�les eran, sino que me parec�a que lo que yo desease jam�s hab�a de tener efeto.
�A todo esto me respondi� don Fernando que �l se encargaba de hablar a mi padre y hacer con �l que hablase al de Luscinda. �Oh Mario ambicioso, oh Catilina cruel, oh Sila facinoroso, oh Galal�n embustero, oh Vellido traidor, oh Juli�n vengativo, oh Judas codicioso! Traidor, cruel, vengativo y embustero, �qu� deservicios te hab�a hecho este triste, que con tanta llaneza te descubri� los secretos y contentos de su coraz�n? �Qu� ofensa te hice? �Qu� palabras te dije, o qu� consejos te di, que no fuesen todos encaminados a acrecentar tu honra y tu provecho? Mas, �de qu� me quejo?, �desventurado de m�!, pues es cosa cierta que cuando traen las desgracias la corriente de las estrellas, como vienen de alto a bajo, despe��ndose con furor y con violencia, no hay fuerza en la tierra que las detenga, ni industria humana que prevenirlas pueda. �Qui�n pudiera imaginar que don Fernando, caballero ilustre, discreto, obligado de mis servicios, poderoso para alcanzar lo que el deseo amoroso le pidiese dondequiera que le ocupase, se hab�a de enconar, como suele decirse, en tomarme a m� una sola oveja, que a�n no pose�a? Pero qu�dense estas consideraciones aparte, como in�tiles y sin provecho, y a�udemos el roto hilo de mi desdichada historia.
�Digo, pues, que, pareci�ndole a don Fernando que mi presencia le era inconveniente para poner en ejecuci�n su falso y mal pensamiento, determin� de enviarme a su hermano mayor, con ocasi�n de pedirle unos dineros para pagar seis caballos, que de industria, y s�lo para este efeto de que me ausentase (para poder mejor salir con su da�ado intento), el mesmo d�a que se ofreci� hablar a mi padre los compr�, y quiso que yo viniese por el dinero. �Pude yo prevenir esta traici�n? �Pude, por ventura, caer en imaginarla? No, por cierto; antes, con grand�simo gusto, me ofrec� a partir luego, contento de la buena compra hecha. Aquella noche habl� con Luscinda, y le dije lo que con don Fernando quedaba concertado, y que tuviese firme esperanza de que tendr�an efeto nuestros buenos y justos deseos. Ella me dijo, tan segura como yo de la traici�n de don Fernando, que procurase volver presto, porque cre�a que no tardar�a m�s la conclusi�n de nuestras voluntades que tardase mi padre de hablar al suyo. No s� qu� se fue, que, en acabando de decirme esto, se le llenaron los ojos de l�grimas y un nudo se le atraves� en la garganta, que no le dejaba hablar palabra de otras muchas que me pareci� que procuraba decirme.
�Qued� admirado deste nuevo accidente, hasta all� jam�s en ella visto, porque siempre nos habl�bamos, las veces que la buena fortuna y mi diligencia lo conced�a, con todo regocijo y contento, sin mezclar en nuestras pl�ticas l�grimas, suspiros, celos, sospechas o temores. Todo era engrandecer yo mi ventura, por hab�rmela dado el cielo por se�ora: exageraba su belleza, admir�bame de su valor y entendimiento. Volv�ame ella el recambio, alabando en m� lo que, como enamorada, le parec�a digno de alabanza. Con esto, nos cont�bamos cien mil ni�er�as y acaecimientos de nuestros vecinos y conocidos, y a lo que m�s se entend�a mi desenvoltura era a tomarle, casi por fuerza, una de sus bellas y blancas manos, y llegarla a mi boca, seg�n daba lugar la estrecheza de una baja reja que nos divid�a. Pero la noche que precedi� al triste d�a de mi partida, ella llor�, gimi� y suspir�, y se fue, y me dej� lleno de confusi�n y sobresalto, espantado de haber visto tan nuevas y tan tristes muestras de dolor y sentimiento en Luscinda. Pero, por no destruir mis esperanzas, todo lo atribu� a la fuerza del amor que me ten�a y al dolor que suele causar la ausencia en los que bien se quieren.
�En fin, yo me part� triste y pensativo, llena el alma de imaginaciones y sospechas, sin saber lo que sospechaba ni imaginaba: claros indicios que me mostraban el triste suceso y desventura que me estaba guardada. Llegu� al lugar donde era enviado. Di las cartas al hermano de don Fernando. Fui bien recebido, pero no bien despachado, porque me mand� aguardar, bien a mi disgusto, ocho d�as, y en parte donde el duque, su padre, no me viese, porque su hermano le escrib�a que le enviase cierto dinero sin su sabidur�a. Y todo fue invenci�n del falso don Fernando, pues no le faltaban a su hermano dineros para despacharme luego. Orden y mandato fue �ste que me puso en condici�n de no obedecerle, por parecerme imposible sustentar tantos d�as la vida en el ausencia de Luscinda, y m�s, habi�ndola dejado con la tristeza que os he contado; pero, con todo esto, obedec�, como buen criado, aunque ve�a que hab�a de ser a costa de mi salud.
�Pero, a los cuatro d�as que all� llegu�, lleg� un hombre en mi busca con una carta, que me dio, que en el sobrescrito conoc� ser de Luscinda, porque la letra d�l era suya. Abr�la, temeroso y con sobresalto, creyendo que cosa grande deb�a de ser la que la hab�a movido a escribirme estando ausente, pues presente pocas veces lo hac�a. Pregunt�le al hombre, antes de leerla, qui�n se la hab�a dado y el tiempo que hab�a tardado en el camino. D�jome que acaso, pasando por una calle de la ciudad a la hora de medio d�a, una se�ora muy hermosa le llam� desde una ventana, los ojos llenos de l�grimas, y que con mucha priesa le dijo: ''Hermano: si sois cristiano, como parec�is, por amor de Dios os ruego que encamin�is luego luego esta carta al lugar y a la persona que dice el sobrescrito, que todo es bien conocido, y en ello har�is un gran servicio a nuestro Se�or; y, para que no os falte comodidad de poderlo hacer, tomad lo que va en este pa�uelo''. ''Y, diciendo esto, me arroj� por la ventana un pa�uelo, donde ven�an atados cien reales y esta sortija de oro que aqu� traigo, con esa carta que os he dado. Y luego, sin aguardar respuesta m�a, se quit� de la ventana; aunque primero vio c�mo yo tom� la carta y el pa�uelo, y, por se�as, le dije que har�a lo que me mandaba. Y as�, vi�ndome tan bien pagado del trabajo que pod�a tomar en tra�rosla y conociendo por el sobrescrito que �rades vos a quien se enviaba, porque yo, se�or, os conozco muy bien, y obligado asimesmo de las l�grimas de aquella hermosa se�ora, determin� de no fiarme de otra persona, sino venir yo mesmo a d�rosla; y en diez y seis horas que ha que se me dio, he hecho el camino, que sab�is que es de diez y ocho leguas''.
�En tanto que el agradecido y nuevo correo esto me dec�a, estaba yo colgado de sus palabras, tembl�ndome las piernas de manera que apenas pod�a sostenerme. En efeto, abr� la carta y vi que conten�a estas razones: La palabra que don Fernando os dio de hablar a vuestro padre para que hablase al m�o, la ha cumplido m�s en su gusto que en vuestro provecho. Sabed, se�or, que �l me ha pedido por esposa, y mi padre, llevado de la ventaja que �l piensa que don Fernando os hace, ha venido en lo que quiere, con tantas veras que de aqu� a dos d�as se ha de hacer el desposorio, tan secreto y tan a solas, que s�lo han de ser testigos los cielos y alguna gente de casa. Cual yo quedo, imaginaldo; si os cumple venir, veldo; y si os quiero bien o no, el suceso deste negocio os lo dar� a entender. A Dios plega que �sta llegue a vuestras manos antes que la m�a se vea en condici�n de juntarse con la de quien tan mal sabe guardar la fe que promete. ��stas, en suma, fueron las razones que la carta conten�a y las que me hicieron poner luego en camino, sin esperar otra respuesta ni otros dineros; que bien claro conoc� entonces que no la compra de los caballos, sino la de su gusto, hab�a movido a don Fernando a enviarme a su hermano. El enojo que contra don Fernando conceb�, junto con el temor de perder la prenda que con tantos a�os de servicios y deseos ten�a granjeada, me pusieron alas, pues, casi como en vuelo, otro d�a me puse en mi lugar, al punto y hora que conven�a para ir a hablar a Luscinda. Entr� secreto, y dej� una mula en que ven�a en casa del buen hombre que me hab�a llevado la carta; y quiso la suerte que entonces la tuviese tan buena que hall� a Luscinda puesta a la reja, testigo de nuestros amores. Conoci�me Luscinda luego, y conoc�la yo; mas no como deb�a ella conocerme y yo conocerla. Pero, �qui�n hay en el mundo que se pueda alabar que ha penetrado y sabido el confuso pensamiento y condici�n mudable de una mujer? Ninguno, por cierto.
�Digo, pues, que, as� como Luscinda me vio, me dijo: ''Cardenio, de boda estoy vestida; ya me est�n aguardando en la sala don Fernando el traidor y mi padre el codicioso, con otros testigos, que antes lo ser�n de mi muerte que de mi desposorio. No te turbes, amigo, sino procura hallarte presente a este sacrificio, el cual si no pudiere ser estorbado de mis razones, una daga llevo escondida que podr� estorbar m�s determinadas fuerzas, dando fin a mi vida y principio a que conozcas la voluntad que te he tenido y tengo''. Yo le respond� turbado y apriesa, temeroso no me faltase lugar para responderla: ''Hagan, se�ora, tus obras verdaderas tus palabras; que si t� llevas daga para acreditarte, aqu� llevo yo espada para defenderte con ella o para matarme si la suerte nos fuere contraria''. No creo que pudo o�r todas estas razones, porque sent� que la llamaban apriesa, porque el desposado aguardaba. Cerr�se con esto la noche de mi tristeza, p�soseme el sol de mi alegr�a: qued� sin luz en los ojos y sin discurso en el entendimiento. No acertaba a entrar en su casa, ni pod�a moverme a parte alguna; pero, considerando cu�nto importaba mi presencia para lo que suceder pudiese en aquel caso, me anim� lo m�s que pude y entr� en su casa. Y, como ya sab�a muy bien todas sus entradas y salidas, y m�s con el alboroto que de secreto en ella andaba, nadie me ech� de ver. As� que, sin ser visto, tuve lugar de ponerme en el hueco que hac�a una ventana de la mesma sala, que con las puntas y remates de dos tapices se cubr�a, por entre las cuales pod�a yo ver, sin ser visto, todo cuanto en la sala se hac�a.
��Qui�n pudiera decir ahora los sobresaltos que me dio el coraz�n mientras all� estuve, los pensamientos que me ocurrieron, las consideraciones que hice?, que fueron tantas y tales, que ni se pueden decir ni aun es bien que se digan. Basta que sep�is que el desposado entr� en la sala sin otro adorno que los mesmos vestidos ordinarios que sol�a. Tra�a por padrino a un primo hermano de Luscinda, y en toda la sala no hab�a persona de fuera, sino los criados de casa. De all� a un poco, sali� de una rec�mara Luscinda, acompa�ada de su madre y de dos doncellas suyas, tan bien aderezada y compuesta como su calidad y hermosura merec�an, y como quien era la perfeci�n de la gala y bizarr�a cortesana. No me dio lugar mi suspensi�n y arrobamiento para que mirase y notase en particular lo que tra�a vestido; s�lo pude advertir a las colores, que eran encarnado y blanco, y en las vislumbres que las piedras y joyas del tocado y de todo el vestido hac�an, a todo lo cual se aventajaba la belleza singular de sus hermosos y rubios cabellos; tales que, en competencia de las preciosas piedras y de las luces de cuatro hachas que en la sala estaban, la suya con m�s resplandor a los ojos ofrec�an. �Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso! �De qu� sirve representarme ahora la incomparable belleza de aquella adorada enemiga m�a? �No ser� mejor, cruel memoria, que me acuerdes y representes lo que entonces hizo, para que, movido de tan manifiesto agravio, procure, ya que no la venganza, a lo menos perder la vida?� No os cans�is, se�ores, de o�r estas digresiones que hago; que no es mi pena de aquellas que puedan ni deban contarse sucintamente y de paso, pues cada circunstancia suya me parece a m� que es digna de un largo discurso.
A esto le respondi� el cura que no s�lo no se cansaban en o�rle, sino que les daba mucho gusto las menudencias que contaba, por ser tales, que merec�an no pasarse en silencio, y la mesma atenci�n que lo principal del cuento.
— �Digo, pues —prosigui� Cardenio—, que, estando todos en la sala, entr� el cura de la perroquia, y, tomando a los dos por la mano para hacer lo que en tal acto se requiere, al decir: ''�Quer�is, se�ora Luscinda, al se�or don Fernando, que est� presente, por vuestro leg�timo esposo, como lo manda la Santa Madre Iglesia?'', yo saqu� toda la cabeza y cuello de entre los tapices, y con atent�simos o�dos y alma turbada me puse a escuchar lo que Luscinda respond�a, esperando de su respuesta la sentencia de mi muerte o la confirmaci�n de mi vida. �Oh, qui�n se atreviera a salir entonces, diciendo a voces!: ''�Ah Luscinda, Luscinda, mira lo que haces, considera lo que me debes, mira que eres m�a y que no puedes ser de otro! Advierte que el decir t� s� y el acab�rseme la vida ha de ser todo a un punto. �Ah traidor don Fernando, robador de mi gloria, muerte de mi vida! �Qu� quieres? �Qu� pretendes? Considera que no puedes cristianamente llegar al fin de tus deseos, porque Luscinda es mi esposa y yo soy su marido''. �Ah, loco de m�, ahora que estoy ausente y lejos del peligro, digo que hab�a de hacer lo que no hice! �Ahora que dej� robar mi cara prenda, maldigo al robador, de quien pudiera vengarme si tuviera coraz�n para ello como le tengo para quejarme! En fin, pues fui entonces cobarde y necio, no es mucho que muera ahora corrido, arrepentido y loco.
�Estaba esperando el cura la respuesta de Luscinda, que se detuvo un buen espacio en darla, y, cuando yo pens� que sacaba la daga para acreditarse, o desataba la lengua para decir alguna verdad o desenga�o que en mi provecho redundase, oigo que dijo con voz desmayada y flaca: ''S� quiero''; y lo mesmo dijo don Fernando; y, d�ndole el anillo, quedaron en disoluble nudo ligados. Lleg� el desposado a abrazar a su esposa, y ella, poni�ndose la mano sobre el coraz�n, cay� desmayada en los brazos de su madre. Resta ahora decir cu�l qued� yo viendo, en el s� que hab�a o�do, burladas mis esperanzas, falsas las palabras y promesas de Luscinda: imposibilitado de cobrar en alg�n tiempo el bien que en aquel instante hab�a perdido. Qued� falto de consejo, desamparado, a mi parecer, de todo el cielo, hecho enemigo de la tierra que me sustentaba, neg�ndome el aire aliento para mis suspiros y el agua humor para mis ojos; s�lo el fuego se acrecent� de manera que todo ard�a de rabia y de celos.
�Alborot�ronse todos con el desmayo de Luscinda, y, desabroch�ndole su madre el pecho para que le diese el aire, se descubri� en �l un papel cerrado, que don Fernando tom� luego y se le puso a leer a la luz de una de las hachas; y, en acabando de leerle, se sent� en una silla y se puso la mano en la mejilla, con muestras de hombre muy pensativo, sin acudir a los remedios que a su esposa se hac�an para que del desmayo volviese. Yo, viendo alborotada toda la gente de casa, me aventur� a salir, ora fuese visto o no, con determinaci�n que si me viesen, de hacer un desatino tal, que todo el mundo viniera a entender la justa indignaci�n de mi pecho en el castigo del falso don Fernando, y aun en el mudable de la desmayada traidora. Pero mi suerte, que para mayores males, si es posible que los haya, me debe tener guardado, orden� que en aquel punto me sobrase el entendimiento que despu�s ac� me ha faltado; y as�, sin querer tomar venganza de mis mayores enemigos (que, por estar tan sin pensamiento m�o, fuera f�cil tomarla), quise tomarla de mi mano y ejecutar en m� la pena que ellos merec�an; y aun quiz� con m�s rigor del que con ellos se usara si entonces les diera muerte, pues la que se recibe repentina presto acaba la pena; mas la que se dilata con tormentos siempre mata, sin acabar la vida. �En fin, yo sal� de aquella casa y vine a la de aqu�l donde hab�a dejado la mula; hice que me la ensillase, sin despedirme d�l sub� en ella, y sal� de la ciudad, sin osar, como otro Lot, volver el rostro a miralla; y cuando me vi en el campo solo, y que la escuridad de la noche me encubr�a y su silencio convidaba a quejarme, sin respeto o miedo de ser escuchado ni conocido, solt� la voz y desat� la lengua en tantas maldiciones de Luscinda y de don Fernando, como si con ellas satisficiera el agravio que me hab�an hecho. Dile t�tulos de cruel, de ingrata, de falsa y desagradecida; pero, sobre todos, de codiciosa, pues la riqueza de mi enemigo la hab�a cerrado los ojos de la voluntad, para quit�rmela a m� y entregarla a aqu�l con quien m�s liberal y franca la fortuna se hab�a mostrado; y, en mitad de la fuga destas maldiciones y vituperios, la desculpaba, diciendo que no era mucho que una doncella recogida en casa de sus padres, hecha y acostumbrada siempre a obedecerlos, hubiese querido condecender con su gusto, pues le daban por esposo a un caballero tan principal, tan rico y tan gentil hombre que, a no querer recebirle, se pod�a pensar, o que no ten�a juicio, o que en otra parte ten�a la voluntad: cosa que redundaba tan en perjuicio de su buena opini�n y fama. Luego volv�a diciendo que, puesto que ella dijera que yo era su esposo, vieran ellos que no hab�a hecho en escogerme tan mala elecci�n, que no la disculparan, pues antes de ofrec�rseles don Fernando no pudieran ellos mesmos acertar a desear, si con raz�n midiesen su deseo, otro mejor que yo para esposo de su hija; y que bien pudiera ella, antes de ponerse en el trance forzoso y �ltimo de dar la mano, decir que ya yo le hab�a dado la m�a; que yo viniera y concediera con todo cuanto ella acertara a fingir en este caso.
�En fin, me resolv� en que poco amor, poco juicio, mucha ambici�n y deseos de grandezas hicieron que se olvidase de las palabras con que me hab�a enga�ado, entretenido y sustentado en mis firmes esperanzas y honestos deseos. Con estas voces y con esta inquietud camin� lo que quedaba de aquella noche, y di al amanecer en una entrada destas sierras, por las cuales camin� otros tres d�as, sin senda ni camino alguno, hasta que vine a parar a unos prados, que no s� a qu� mano destas monta�as caen, y all� pregunt� a unos ganaderos que hacia d�nde era lo m�s �spero destas sierras. Dij�ronme que hacia esta parte. Luego me encamin� a ella, con intenci�n de acabar aqu� la vida, y, en entrando por estas asperezas, del cansancio y de la hambre se cay� mi mula muerta, o, lo que yo m�s creo, por desechar de s� tan in�til carga como en m� llevaba. Yo qued� a pie, rendido de la naturaleza, traspasado de hambre, sin tener, ni pensar buscar, quien me socorriese.
�De aquella manera estuve no s� qu� tiempo, tendido en el suelo, al cabo del cual me levant� sin hambre, y hall� junto a m� a unos cabreros, que, sin duda, debieron ser los que mi necesidad remediaron, porque ellos me dijeron de la manera que me hab�an hallado, y c�mo estaba diciendo tantos disparates y desatinos, que daba indicios claros de haber perdido el juicio; y yo he sentido en m�, despu�s ac�, que no todas veces le tengo cabal, sino tan desmedrado y flaco que hago mil locuras, rasg�ndome los vestidos, dando voces por estas soledades, maldiciendo mi ventura y repitiendo en vano el nombre amado de mi enemiga, sin tener otro discurso ni intento entonces que procurar acabar la vida voceando; y cuando en m� vuelvo, me hallo tan cansado y molido, que apenas puedo moverme. Mi m�s com�n habitaci�n es en el hueco de un alcornoque, capaz de cubrir este miserable cuerpo. Los vaqueros y cabreros que andan por estas monta�as, movidos de caridad, me sustentan, poni�ndome el manjar por los caminos y por las pe�as por donde entienden que acaso podr� pasar y hallarlo; y as�, aunque entonces me falte el juicio, la necesidad natural me da a conocer el mantenimiento, y despierta en m� el deseo de apetecerlo y la voluntad de tomarlo. Otras veces me dicen ellos, cuando me encuentran con juicio, que yo salgo a los caminos y que se lo quito por fuerza, aunque me lo den de grado, a los pastores que vienen con ello del lugar a las majadas. �Desta manera paso mi miserable y estrema vida, hasta que el cielo sea servido de conducirle a su �ltimo fin, o de ponerle en mi memoria, para que no me acuerde de la hermosura y de la traici�n de Luscinda y del agravio de don Fernando; que si esto �l hace sin quitarme la vida, yo volver� a mejor discurso mis pensamientos; donde no, no hay sino rogarle que absolutamente tenga misericordia de mi alma, que yo no siento en m� valor ni fuerzas para sacar el cuerpo desta estrecheza en que por mi gusto he querido ponerle�. �sta es, �oh se�ores!, la amarga historia de mi desgracia: decidme si es tal, que pueda celebrarse con menos sentimientos que los que en m� hab�is visto; y no os cans�is en persuadirme ni aconsejarme lo que la raz�n os dijere que puede ser bueno para mi remedio, porque ha de aprovechar conmigo lo que aprovecha la medicina recetada de famoso m�dico al enfermo que recebir no la quiere. Yo no quiero salud sin Luscinda; y, pues ella gust� de ser ajena, siendo, o debiendo ser, m�a, guste yo de ser de la desventura, pudiendo haber sido de la buena dicha. Ella quiso, con su mudanza, hacer estable mi perdici�n; yo querr�, con procurar perderme, hacer contenta su voluntad, y ser� ejemplo a los por venir de que a m� solo falt� lo que a todos los desdichados sobra, a los cuales suele ser consuelo la imposibilidad de tenerle, y en m� es causa de mayores sentimientos y males, porque aun pienso que no se han de acabar con la muerte.
Aqu� dio fin Cardenio a su larga pl�tica y tan desdichada como amorosa historia. Y, al tiempo que el cura se preven�a para decirle algunas razones de consuelo, le suspendi� una voz que lleg� a sus o�dos, que en lastimados acentos oyeron que dec�a lo que se dir� en la cuarta parte desta narraci�n, que en este punto dio fin a la tercera el sabio y atentado historiador Cide Hamete Benengeli.
Cuarta parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Felic�simos y venturosos fueron los tiempos donde se ech� al mundo el audac�simo caballero don Quijote de la Mancha, pues por haber tenido tan honrosa determinaci�n como fue el querer resucitar y volver al mundo la ya perdida y casi muerta orden de la andante caballer�a, gozamos ahora, en esta nuestra edad, necesitada de alegres entretenimientos, no s�lo de la dulzura de su verdadera historia, sino de los cuentos y episodios della, que, en parte, no son menos agradables y artificiosos y verdaderos que la misma historia; la cual, prosiguiendo su rastrillado, torcido y aspado hilo, cuenta que, as� como el cura comenz� a prevenirse para consolar a Cardenio, lo impidi� una voz que lleg� a sus o�dos, que, con tristes acentos, dec�a desta manera:
— �Ay Dios! �Si ser� posible que he ya hallado lugar que pueda servir de escondida sepultura a la carga pesada deste cuerpo, que tan contra mi voluntad sostengo? S� ser�, si la soledad que prometen estas sierras no me miente. �Ay, desdichada, y cu�n m�s agradable compa��a har�n estos riscos y malezas a mi intenci�n, pues me dar�n lugar para que con quejas comunique mi desgracia al cielo, que no la de ning�n hombre humano, pues no hay ninguno en la tierra de quien se pueda esperar consejo en las dudas, alivio en las quejas, ni remedio en los males!
Todas estas razones oyeron y percibieron el cura y los que con �l estaban, y por parecerles, como ello era, que all� junto las dec�an, se levantaron a buscar el due�o, y no hubieron andado veinte pasos, cuando detr�s de un pe�asco vieron, sentado al pie de un fresno, a un mozo vestido como labrador, al cual, por tener inclinado el rostro, a causa de que se lavaba los pies en el arroyo que por all� corr�a, no se le pudieron ver por entonces. Y ellos llegaron con tanto silencio que d�l no fueron sentidos, ni �l estaba a otra cosa atento que a lavarse los pies, que eran tales, que no parec�an sino dos pedazos de blanco cristal que entre las otras piedras del arroyo se hab�an nacido. Suspendi�les la blancura y belleza de los pies, pareci�ndoles que no estaban hechos a pisar terrones, ni a andar tras el arado y los bueyes, como mostraba el h�bito de su due�o; y as�, viendo que no hab�an sido sentidos, el cura, que iba delante, hizo se�as a los otros dos que se agazapasen o escondiesen detr�s de unos pedazos de pe�a que all� hab�a, y as� lo hicieron todos, mirando con atenci�n lo que el mozo hac�a; el cual tra�a puesto un capotillo pardo de dos haldas, muy ce�ido al cuerpo con una toalla blanca. Tra�a, ansimesmo, unos calzones y polainas de pa�o pardo, y en la cabeza una montera parda. Ten�a las polainas levantadas hasta la mitad de la pierna, que, sin duda alguna, de blanco alabastro parec�a. Acab�se de lavar los hermosos pies, y luego, con un pa�o de tocar, que sac� debajo de la montera, se los limpi�; y, al querer quit�rsele, alz� el rostro, y tuvieron lugar los que mir�ndole estaban de ver una hermosura incomparable; tal, que Cardenio dijo al cura, con voz baja:
— �sta, ya que no es Luscinda, no es persona humana, sino divina.
El mozo se quit� la montera, y, sacudiendo la cabeza a una y a otra parte, se comenzaron a descoger y desparcir unos cabellos, que pudieran los del sol tenerles envidia. Con esto conocieron que el que parec�a labrador era mujer, y delicada, y aun la m�s hermosa que hasta entonces los ojos de los dos hab�an visto, y aun los de Cardenio, si no hubieran mirado y conocido a Luscinda; que despu�s afirm� que sola la belleza de Luscinda pod�a contender con aqu�lla. Los luengos y rubios cabellos no s�lo le cubrieron las espaldas, mas toda en torno la escondieron debajo de ellos; que si no eran los pies, ninguna otra cosa de su cuerpo se parec�a: tales y tantos eran. En esto, les sirvi� de peine unas manos, que si los pies en el agua hab�an parecido pedazos de cristal, las manos en los cabellos semejaban pedazos de apretada nieve; todo lo cual, en m�s admiraci�n y en m�s deseo de saber qui�n era pon�a a los tres que la miraban.
Por esto determinaron de mostrarse, y, al movimiento que hicieron de ponerse en pie, la hermosa moza alz� la cabeza, y, apart�ndose los cabellos de delante de los ojos con entrambas manos, mir� los que el ruido hac�an; y apenas los hubo visto, cuando se levant� en pie, y, sin aguardar a calzarse ni a recoger los cabellos, asi� con mucha presteza un bulto, como de ropa, que junto a s� ten�a, y quiso ponerse en huida, llena de turbaci�n y sobresalto; mas no hubo dado seis pasos cuando, no pudiendo sufrir los delicados pies la aspereza de las piedras, dio consigo en el suelo. Lo cual visto por los tres, salieron a ella, y el cura fue el primero que le dijo: — Deteneos, se�ora, quienquiera que se�is, que los que aqu� veis s�lo tienen intenci�n de serviros. No hay para qu� os pong�is en tan impertinente huida, porque ni vuestros pies lo podr�n sufrir ni nosotros consentir. A todo esto, ella no respond�a palabra, at�nita y confusa. Llegaron, pues, a ella, y, asi�ndola por la mano el cura, prosigui� diciendo:
— Lo que vuestro traje, se�ora, nos niega, vuestros cabellos nos descubren: se�ales claras que no deben de ser de poco momento las causas que han disfrazado vuestra belleza en h�bito tan indigno, y tra�dola a tanta soledad como es �sta, en la cual ha sido ventura el hallaros, si no para dar remedio a vuestros males, a lo menos para darles consejo, pues ning�n mal puede fatigar tanto, ni llegar tan al estremo de serlo, mientras no acaba la vida, que reh�ya de no escuchar siquiera el consejo que con buena intenci�n se le da al que lo padece. As� que, se�ora m�a, o se�or m�o, o lo que vos quisierdes ser, perded el sobresalto que nuestra vista os ha causado y contadnos vuestra buena o mala suerte; que en nosotros juntos, o en cada uno, hallar�is quien os ayude a sentir vuestras desgracias.
En tanto que el cura dec�a estas razones, estaba la disfrazada moza como embelesada, mir�ndolos a todos, sin mover labio ni decir palabra alguna: bien as� como r�stico aldeano que de improviso se le muestran cosas raras y d�l jam�s vistas. Mas, volviendo el cura a decirle otras razones al mesmo efeto encaminadas, dando ella un profundo suspiro, rompi� el silencio y dijo:
— Pues que la soledad destas sierras no ha sido parte para encubrirme, ni la soltura de mis descompuestos cabellos no ha permitido que sea mentirosa mi lengua, en balde ser�a fingir yo de nuevo ahora lo que, si se me creyese, ser�a m�s por cortes�a que por otra raz�n alguna. Presupuesto esto, digo, se�ores, que os agradezco el ofrecimiento que me hab�is hecho, el cual me ha puesto en obligaci�n de satisfaceros en todo lo que me hab�is pedido, puesto que temo que la relaci�n que os hiciere de mis desdichas os ha de causar, al par de la compasi�n, la pesadumbre, porque no hab�is de hallar remedio para remediarlas ni consuelo para entretenerlas. Pero, con todo esto, porque no ande vacilando mi honra en vuestras intenciones, habi�ndome ya conocido por mujer y vi�ndome moza, sola y en este traje, cosas todas juntas, y cada una por s�, que pueden echar por tierra cualquier honesto cr�dito, os habr� de decir lo que quisiera callar si pudiera.
Todo esto dijo sin parar la que tan hermosa mujer parec�a, con tan suelta lengua, con voz tan suave, que no menos les admir� su discreci�n que su hermosura. Y, torn�ndole a hacer nuevos ofrecimientos y nuevos ruegos para que lo prometido cumpliese, ella, sin hacerse m�s de rogar, calz�ndose con toda honestidad y recogiendo sus cabellos, se acomod� en el asiento de una piedra, y, puestos los tres alrededor della, haci�ndose fuerza por detener algunas l�grimas que a los ojos se le ven�an, con voz reposada y clara, comenz� la historia de su vida desta manera:
— �En esta Andaluc�a hay un lugar de quien toma t�tulo un duque, que le hace uno de los que llaman grandes en Espa�a. �ste tiene dos hijos: el mayor, heredero de su estado, y, al parecer, de sus buenas costumbres; y el menor, no s� yo de qu� sea heredero, sino de las traiciones de Vellido y de los embustes de Galal�n. Deste se�or son vasallos mis padres, humildes en linaje, pero tan ricos que si los bienes de su naturaleza igualaran a los de su fortuna, ni ellos tuvieran m�s que desear ni yo temiera verme en la desdicha en que me veo; porque quiz� nace mi poca ventura de la que no tuvieron ellos en no haber nacido ilustres. Bien es verdad que no son tan bajos que puedan afrentarse de su estado, ni tan altos que a m� me quiten la imaginaci�n que tengo de que de su humildad viene mi desgracia. Ellos, en fin, son labradores, gente llana, sin mezcla de alguna raza mal sonante, y, como suele decirse, cristianos viejos ranciosos; pero tan ricos que su riqueza y magn�fico trato les va poco a poco adquiriendo nombre de hidalgos, y aun de caballeros. Puesto que de la mayor riqueza y nobleza que ellos se preciaban era de tenerme a m� por hija; y, as� por no tener otra ni otro que los heredase como por ser padres, y aficionados, yo era una de las m�s regaladas hijas que padres jam�s regalaron. Era el espejo en que se miraban, el b�culo de su vejez, y el sujeto a quien encaminaban, midi�ndolos con el cielo, todos sus deseos; de los cuales, por ser ellos tan buenos, los m�os no sal�an un punto. Y del mismo modo que yo era se�ora de sus �nimos, ans� lo era de su hacienda: por m� se receb�an y desped�an los criados; la raz�n y cuenta de lo que se sembraba y cog�a pasaba por mi mano; los molinos de aceite, los lagares de vino, el n�mero del ganado mayor y menor, el de las colmenas. Finalmente, de todo aquello que un tan rico labrador como mi padre puede tener y tiene, ten�a yo la cuenta, y era la mayordoma y se�ora, con tanta solicitud m�a y con tanto gusto suyo, que buenamente no acertar� a encarecerlo. Los ratos que del d�a me quedaban, despu�s de haber dado lo que conven�a a los mayorales, a capataces y a otros jornaleros, los entreten�a en ejercicios que son a las doncellas tan l�citos como necesarios, como son los que ofrece la aguja y la almohadilla, y la rueca muchas veces; y si alguna, por recrear el �nimo, estos ejercicios dejaba, me acog�a al entretenimiento de leer alg�n libro devoto, o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la m�sica compone los �nimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del esp�ritu. ��sta, pues, era la vida que yo ten�a en casa de mis padres, la cual, si tan particularmente he contado, no ha sido por ostentaci�n ni por dar a entender que soy rica, sino porque se advierta cu�n sin culpa me he venido de aquel buen estado que he dicho al infelice en que ahora me hallo. Es, pues, el caso que, pasando mi vida en tantas ocupaciones y en un encerramiento tal que al de un monesterio pudiera compararse, sin ser vista, a mi parecer, de otra persona alguna que de los criados de casa, porque los d�as que iba a misa era tan de ma�ana, y tan acompa�ada de mi madre y de otras criadas, y yo tan cubierta y recatada que apenas v�an mis ojos m�s tierra de aquella donde pon�a los pies; y, con todo esto, los del amor, o los de la ociosidad, por mejor decir, a quien los de lince no pueden igualarse, me vieron, puestos en la solicitud de don Fernando, que �ste es el nombre del hijo menor del duque que os he contado�.
No hubo bien nombrado a don Fernando la que el cuento contaba, cuando a Cardenio se le mud� la color del rostro, y comenz� a trasudar, con tan grande alteraci�n que el cura y el barbero, que miraron en ello, temieron que le ven�a aquel accidente de locura que hab�an o�do decir que de cuando en cuando le ven�a. Mas Cardenio no hizo otra cosa que trasudar y estarse quedo, mirando de hito en hito a la labradora, imaginando qui�n ella era; la cual, sin advertir en los movimientos de Cardenio, prosigui� su historia, diciendo:
— �Y no me hubieron bien visto cuando, seg�n �l dijo despu�s, qued� tan preso de mis amores cuanto lo dieron bien a entender sus demostraciones. Mas, por acabar presto con el cuento, que no le tiene, de mis desdichas, quiero pasar en silencio las diligencias que don Fernando hizo para declararme su voluntad. Soborn� toda la gente de mi casa, dio y ofreci� d�divas y mercedes a mis parientes. Los d�as eran todos de fiesta y de regocijo en mi calle; las noches no dejaban dormir a nadie las m�sicas. Los billetes que, sin saber c�mo, a mis manos ven�an, eran infinitos, llenos de enamoradas razones y ofrecimientos, con menos letras que promesas y juramentos. Todo lo cual no s�lo no me ablandaba, pero me endurec�a de manera como si fuera mi mortal enemigo, y que todas las obras que para reducirme a su voluntad hac�a, las hiciera para el efeto contrario; no porque a m� me pareciese mal la gentileza de don Fernando, ni que tuviese a demas�a sus solicitudes; porque me daba un no s� qu� de contento verme tan querida y estimada de un tan principal caballero, y no me pesaba ver en sus papeles mis alabanzas: que en esto, por feas que seamos las mujeres, me parece a m� que siempre nos da gusto el o�r que nos llaman hermosas. �Pero a todo esto se opone mi honestidad y los consejos continuos que mis padres me daban, que ya muy al descubierto sab�an la voluntad de don Fernando, porque ya a �l no se le daba nada de que todo el mundo la supiese. Dec�anme mis padres que en sola mi virtud y bondad dejaban y depositaban su honra y fama, y que considerase la desigualdad que hab�a entre m� y don Fernando, y que por aqu� echar�a de ver que sus pensamientos, aunque �l dijese otra cosa, mas se encaminaban a su gusto que a mi provecho; y que si yo quisiese poner en alguna manera alg�n inconveniente para que �l se dejase de su injusta pretensi�n, que ellos me casar�an luego con quien yo m�s gustase: as� de los m�s principales de nuestro lugar como de todos los circunvecinos, pues todo se pod�a esperar de su mucha hacienda y de mi buena fama. Con estos ciertos prometimientos, y con la verdad que ellos me dec�an, fortificaba yo mi entereza, y jam�s quise responder a don Fernando palabra que le pudiese mostrar, aunque de muy lejos, esperanza de alcanzar su deseo.
�Todos estos recatos m�os, que �l deb�a de tener por desdenes, debieron de ser causa de avivar m�s su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba; la cual, si ella fuera como deb�a, no la supi�rades vosotros ahora, porque hubiera faltado la ocasi�n de dec�rosla. Finalmente, don Fernando supo que mis padres andaban por darme estado, por quitalle a �l la esperanza de poseerme, o, a lo menos, porque yo tuviese m�s guardas para guardarme; y esta nueva o sospecha fue causa para que hiciese lo que ahora oir�is. Y fue que una noche, estando yo en mi aposento con sola la compa��a de una doncella que me serv�a, teniendo bien cerradas las puertas, por temor que, por descuido, mi honestidad no se viese en peligro, sin saber ni imaginar c�mo, en medio destos recatos y prevenciones, y en la soledad deste silencio y encierro, me le hall� delante, cuya vista me turb� de manera que me quit� la de mis ojos y me enmudeci� la lengua; y as�, no fui poderosa de dar voces, ni aun �l creo que me las dejara dar, porque luego se lleg� a m�, y, tom�ndome entre sus brazos (porque yo, como digo, no tuve fuerzas para defenderme, seg�n estaba turbada), comenz� a decirme tales razones, que no s� c�mo es posible que tenga tanta habilidad la mentira que las sepa componer de modo que parezcan tan verdaderas. Hac�a el traidor que sus l�grimas acreditasen sus palabras y los suspiros su intenci�n. Yo, pobrecilla, sola entre los m�os, mal ejercitada en casos semejantes, comenc�, no s� en qu� modo, a tener por verdaderas tantas falsedades, pero no de suerte que me moviesen a compasi�n menos que buena sus l�grimas y suspiros.
�Y as�, pas�ndoseme aquel sobresalto primero, torn� alg�n tanto a cobrar mis perdidos esp�ritus, y con m�s �nimo del que pens� que pudiera tener, le dije: ''Si como estoy, se�or, en tus brazos, estuviera entre los de un le�n fiero y el librarme dellos se me asegurara con que hiciera, o dijera, cosa que fuera en perjuicio de mi honestidad, as� fuera posible hacella o decilla como es posible dejar de haber sido lo que fue. As� que, si t� tienes ce�ido mi cuerpo con tus brazos, yo tengo atada mi alma con mis buenos deseos, que son tan diferentes de los tuyos como lo ver�s si con hacerme fuerza quisieres pasar adelante en ellos. Tu vasalla soy, pero no tu esclava; ni tiene ni debe tener imperio la nobleza de tu sangre para deshonrar y tener en poco la humildad de la m�a; y en tanto me estimo yo, villana y labradora, como t�, se�or y caballero. Conmigo no han de ser de ning�n efecto tus fuerzas, ni han de tener valor tus riquezas, ni tus palabras han de poder enga�arme, ni tus suspiros y l�grimas enternecerme. Si alguna de todas estas cosas que he dicho viera yo en el que mis padres me dieran por esposo, a su voluntad se ajustara la m�a, y mi voluntad de la suya no saliera; de modo que, como quedara con honra, aunque quedara sin gusto, de grado te entregara lo que t�, se�or, ahora con tanta fuerza procuras. Todo esto he dicho porque no es pensar que de m� alcance cosa alguna el que no fuere mi lig�timo esposo''. ''Si no reparas m�s que en eso, bell�sima Dorotea —(que �ste es el nombre desta desdichada), dijo el desleal caballero—, ves: aqu� te doy la mano de serlo tuyo, y sean testigos desta verdad los cielos, a quien ninguna cosa se asconde, y esta imagen de Nuestra Se�ora que aqu� tienes''.�
Cuando Cardenio le oy� decir que se llamaba Dorotea, torn� de nuevo a sus sobresaltos y acab� de confirmar por verdadera su primera opini�n; pero no quiso interromper el cuento, por ver en qu� ven�a a parar lo que �l ya casi sab�a; s�lo dijo:
— �Que Dorotea es tu nombre, se�ora? Otra he o�do yo decir del mesmo, que quiz� corre parejas con tus desdichas. Pasa adelante, que tiempo vendr� en que te diga cosas que te espanten en el mesmo grado que te lastimen. Repar� Dorotea en las razones de Cardenio y en su estra�o y desastrado traje, y rog�le que si alguna cosa de su hacienda sab�a, se la dijese luego; porque si algo le hab�a dejado bueno la fortuna, era el �nimo que ten�a para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese, segura de que, a su parecer, ninguno pod�a llegar que el que ten�a acrecentase un punto. — No le perdiera yo, se�ora —respondi� Cardenio—, en decirte lo que pienso, si fuera verdad lo que imagino; y hasta ahora no se pierde coyuntura, ni a ti te importa nada el saberlo.
— Sea lo que fuere —respondi� Dorotea—, �lo que en mi cuento pasa fue que, tomando don Fernando una imagen que en aquel aposento estaba, la puso por testigo de nuestro desposorio. Con palabras eficac�simas y juramentos estraordinarios, me dio la palabra de ser mi marido, puesto que, antes que acabase de decirlas, le dije que mirase bien lo que hac�a y que considerase el enojo que su padre hab�a de recebir de verle casado con una villana vasalla suya; que no le cegase mi hermosura, tal cual era, pues no era bastante para hallar en ella disculpa de su yerro, y que si alg�n bien me quer�a hacer, por el amor que me ten�a, fuese dejar correr mi suerte a lo igual de lo que mi calidad pod�a, porque nunca los tan desiguales casamientos se gozan ni duran mucho en aquel gusto con que se comienzan. �Todas estas razones que aqu� he dicho le dije, y otras muchas de que no me acuerdo, pero no fueron parte para que �l dejase de seguir su intento, bien ans� como el que no piensa pagar, que, al concertar de la barata, no repara en inconvenientes. Yo, a esta saz�n, hice un breve discurso conmigo, y me dije a m� mesma: ''S�, que no ser� yo la primera que por v�a de matrimonio haya subido de humilde a grande estado, ni ser� don Fernando el primero a quien hermosura, o ciega afici�n, que es lo m�s cierto, haya hecho tomar compa��a desigual a su grandeza. Pues si no hago ni mundo ni uso nuevo, bien es acudir a esta honra que la suerte me ofrece, puesto que en �ste no dure m�s la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para con Dios ser� su esposa. Y si quiero con desdenes despedille, en t�rmino le veo que, no usando el que debe, usar� el de la fuerza y vendr� a quedar deshonrada y sin disculpa de la culpa que me pod�a dar el que no supiere cu�n sin ella he venido a este punto. Porque, �qu� razones ser�n bastantes para persuadir a mis padres, y a otros, que este caballero entr� en mi aposento sin consentimiento m�o?''
�Todas estas demandas y respuestas revolv� yo en un instante en la imaginaci�n; y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza y a inclinarme a lo que fue, sin yo pensarlo, mi perdici�n: los juramentos de don Fernando, los testigos que pon�a, las l�grimas que derramaba, y, finalmente, su dispusici�n y gentileza, que, acompa�ada con tantas muestras de verdadero amor, pudieran rendir a otro tan libre y recatado coraz�n como el m�o. Llam� a mi criada, para que en la tierra acompa�ase a los testigos del cielo; torn� don Fernando a reiterar y confirmar sus juramentos; a�adi� a los primeros nuevos santos por testigos; ech�se mil futuras maldiciones, si no cumpliese lo que me promet�a; volvi� a humedecer sus ojos y a acrecentar sus suspiros; apret�me m�s entre sus brazos, de los cuales jam�s me hab�a dejado; y con esto, y con volverse a salir del aposento mi doncella, yo dej� de serlo y �l acab� de ser traidor y fementido.
�El d�a que sucedi� a la noche de mi desgracia se ven�a aun no tan apriesa como yo pienso que don Fernando deseaba, porque, despu�s de cumplido aquello que el apetito pide, el mayor gusto que puede venir es apartarse de donde le alcanzaron. Digo esto porque don Fernando dio priesa por partirse de m�, y, por industria de mi doncella, que era la misma que all� le hab�a tra�do, antes que amaneciese se vio en la calle. Y, al despedirse de m�, aunque no con tanto ah�nco y vehemencia como cuando vino, me dijo que estuviese segura de su fe y de ser firmes y verdaderos sus juramentos; y, para m�s confirmaci�n de su palabra, sac� un rico anillo del dedo y lo puso en el m�o. En efecto, �l se fue y yo qued� ni s� si triste o alegre; esto s� bien decir: que qued� confusa y pensativa, y casi fuera de m� con el nuevo acaecimiento, y no tuve �nimo, o no se me acord�, de re�ir a mi doncella por la traici�n cometida de encerrar a don Fernando en mi mismo aposento, porque a�n no me determinaba si era bien o mal el que me hab�a sucedido. D�jele, al partir, a don Fernando que por el mesmo camino de aqu�lla pod�a verme otras noches, pues ya era suya, hasta que, cuando �l quisiese, aquel hecho se publicase. Pero no vino otra alguna, si no fue la siguiente, ni yo pude verle en la calle ni en la iglesia en m�s de un mes; que en vano me cans� en solicitallo, puesto que supe que estaba en la villa y que los m�s d�as iba a caza, ejercicio de que �l era muy aficionado. �Estos d�as y estas horas bien s� yo que para m� fueron aciagos y menguadas, y bien s� que comenc� a dudar en ellos, y aun a descreer de la fe de don Fernando; y s� tambi�n que mi doncella oy� entonces las palabras que en reprehensi�n de su atrevimiento antes no hab�a o�do; y s� que me fue forzoso tener cuenta con mis l�grimas y con la compostura de mi rostro, por no dar ocasi�n a que mis padres me preguntasen que de qu� andaba descontenta y me obligasen a buscar mentiras que decilles. Pero todo esto se acab� en un punto, lleg�ndose uno donde se atropellaron respectos y se acabaron los honrados discursos, y adonde se perdi� la paciencia y salieron a plaza mis secretos pensamientos. Y esto fue porque, de all� a pocos d�as, se dijo en el lugar como en una ciudad all� cerca se hab�a casado don Fernando con una doncella hermos�sima en todo estremo, y de muy principales padres, aunque no tan rica que, por la dote, pudiera aspirar a tan noble casamiento. D�jose que se llamaba Luscinda, con otras cosas que en sus desposorios sucedieron dignas de admiraci�n.�
Oy� Cardenio el nombre de Luscinda, y no hizo otra cosa que encoger los hombros, morderse los labios, enarcar las cejas y dejar de all� a poco caer por sus ojos dos fuentes de l�grimas. Mas no por esto dej� Dorotea de seguir su cuento, diciendo:
— �Lleg� esta triste nueva a mis o�dos, y, en lugar de hel�rseme el coraz�n en o�lla, fue tanta la c�lera y rabia que se encendi� en �l, que falt� poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevos�a y traici�n que se me hab�a hecho. Mas templ�se esta furia por entonces con pensar de poner aquella mesma noche por obra lo que puse: que fue ponerme en este h�bito, que me dio uno de los que llaman zagales en casa de los labradores, que era criado de mi padre, al cual descubr� toda mi desventura, y le rogu� me acompa�ase hasta la ciudad donde entend� que mi enemigo estaba. �l, despu�s que hubo reprehendido mi atrevimiento y afeado mi determinaci�n, vi�ndome resuelta en mi parecer, se ofreci� a tenerme compa��a, como �l dijo, hasta el cabo del mundo. Luego, al momento, encerr� en una almohada de lienzo un vestido de mujer, y algunas joyas y dineros, por lo que pod�a suceder. Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, sal� de mi casa, acompa�ada de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad a pie, llevada en vuelo del deseo de llegar, ya que no a estorbar lo que ten�a por hecho, a lo menos a decir a don Fernando me dijese con qu� alma lo hab�a hecho. �Llegu� en dos d�as y medio donde quer�a, y, en entrando por la ciudad, pregunt� por la casa de los padres de Luscinda, y al primero a quien hice la pregunta me respondi� m�s de lo que yo quisiera o�r. D�jome la casa y todo lo que hab�a sucedido en el desposorio de su hija, cosa tan p�blica en la ciudad, que se hace en corrillos para contarla por toda ella. D�jome que la noche que don Fernando se despos� con Luscinda, despu�s de haber ella dado el s� de ser su esposa, le hab�a tomado un recio desmayo, y que, llegando su esposo a desabrocharle el pecho para que le diese el aire, le hall� un papel escrito de la misma letra de Luscinda, en que dec�a y declaraba que ella no pod�a ser esposa de don Fernando, porque lo era de Cardenio, que, a lo que el hombre me dijo, era un caballero muy principal de la mesma ciudad; y que si hab�a dado el s� a don Fernando, fue por no salir de la obediencia de sus padres. En resoluci�n, tales razones dijo que conten�a el papel, que daba a entender que ella hab�a tenido intenci�n de matarse en acab�ndose de desposar, y daba all� las razones por que se hab�a quitado la vida. Todo lo cual dicen que confirm� una daga que le hallaron no s� en qu� parte de sus vestidos. Todo lo cual visto por don Fernando, pareci�ndole que Luscinda le hab�a burlado y escarnecido y tenido en poco, arremeti� a ella, antes que de su desmayo volviese, y con la misma daga que le hallaron la quiso dar de pu�aladas; y lo hiciera si sus padres y los que se hallaron presentes no se lo estorbaran. Dijeron m�s: que luego se ausent� don Fernando, y que Luscinda no hab�a vuelto de su parasismo hasta otro d�a, que cont� a sus padres c�mo ella era verdadera esposa de aquel Cardenio que he dicho. Supe m�s: que el Cardenio, seg�n dec�an, se hall� presente en los desposorios, y que, en vi�ndola desposada, lo cual �l jam�s pens�, se sali� de la ciudad desesperado, dej�ndole primero escrita una carta, donde daba a entender el agravio que Luscinda le hab�a hecho, y de c�mo �l se iba adonde gentes no le viesen.
�Esto todo era p�blico y notorio en toda la ciudad, y todos hablaban dello; y m�s hablaron cuando supieron que Luscinda hab�a faltado de casa de sus padres y de la ciudad, pues no la hallaron en toda ella, de que perd�an el juicio sus padres y no sab�an qu� medio se tomar para hallarla. Esto que supe puso en bando mis esperanzas, y tuve por mejor no haber hallado a don Fernando, que no hallarle casado, pareci�ndome que a�n no estaba del todo cerrada la puerta a mi remedio, d�ndome yo a entender que podr�a ser que el cielo hubiese puesto aquel impedimento en el segundo matrimonio, por atraerle a conocer lo que al primero deb�a, y a caer en la cuenta de que era cristiano y que estaba m�s obligado a su alma que a los respetos humanos. Todas estas cosas revolv�a en mi fantas�a, y me consolaba sin tener consuelo, fingiendo unas esperanzas largas y desmayadas, para entretener la vida, que ya aborrezco.
�Estando, pues, en la ciudad, sin saber qu� hacerme, pues a don Fernando no hallaba, lleg� a mis o�dos un p�blico preg�n, donde se promet�a grande hallazgo a quien me hallase, dando las se�as de la edad y del mesmo traje que tra�a; y o� decir que se dec�a que me hab�a sacado de casa de mis padres el mozo que conmigo vino, cosa que me lleg� al alma, por ver cu�n de ca�da andaba mi cr�dito, pues no bastaba perderle con mi venida, sino a�adir el con qui�n, siendo subjeto tan bajo y tan indigno de mis buenos pensamientos. Al punto que o� el preg�n, me sal� de la ciudad con mi criado, que ya comenzaba a dar muestras de titubear en la fe que de fidelidad me ten�a prometida, y aquella noche nos entramos por lo espeso desta monta�a, con el miedo de no ser hallados. Pero, como suele decirse que un mal llama a otro, y que el fin de una desgracia suele ser principio de otra mayor, as� me sucedi� a m�, porque mi buen criado, hasta entonces fiel y seguro, as� como me vio en esta soledad, incitado de su mesma bellaquer�a antes que de mi hermosura, quiso aprovecharse de la ocasi�n que, a su parecer, estos yermos le ofrec�an; y, con poca verg�enza y menos temor de Dios ni respeto m�o, me requiri� de amores; y, viendo que yo con feas y justas palabras respond�a a las desverg�enzas de sus prop�sitos, dej� aparte los ruegos, de quien primero pens� aprovecharse, y comenz� a usar de la fuerza. Pero el justo cielo, que pocas o ningunas veces deja de mirar y favorecer a las justas intenciones, favoreci� las m�as, de manera que con mis pocas fuerzas, y con poco trabajo, di con �l por un derrumbadero, donde le dej�, ni s� si muerto o si vivo; y luego, con m�s ligereza que mi sobresalto y cansancio ped�an, me entr� por estas monta�as, sin llevar otro pensamiento ni otro disignio que esconderme en ellas y huir de mi padre y de aquellos que de su parte me andaban buscando.
�Con este deseo, ha no s� cu�ntos meses que entr� en ellas, donde hall� un ganadero que me llev� por su criado a un lugar que est� en las entra�as desta sierra, al cual he servido de zagal todo este tiempo, procurando estar siempre en el campo por encubrir estos cabellos que ahora, tan si pensarlo, me han descubierto. Pero toda mi industria y toda mi solicitud fue y ha sido de ning�n provecho, pues mi amo vino en conocimiento de que yo no era var�n, y naci� en �l el mesmo mal pensamiento que en mi criado; y, como no siempre la fortuna con los trabajos da los remedios, no hall� derrumbadero ni barranco de donde despe�ar y despenar al amo, como le hall� para el criado; y as�, tuve por menor inconveniente dejalle y asconderme de nuevo entre estas asperezas que probar con �l mis fuerzas o mis disculpas. Digo, pues, que me torn� a emboscar, y a buscar donde sin impedimento alguno pudiese con suspiros y l�grimas rogar al cielo se duela de mi desventura y me d� industria y favor para salir della, o para dejar la vida entre estas soledades, sin que quede memoria desta triste, que tan sin culpa suya habr� dado materia para que de ella se hable y murmure en la suya y en las ajenas tierras.�
— Esta es, se�ores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que o�stes y las l�grimas que de mis ojos sal�an, ten�an ocasi�n bastante para mostrarse en mayor abundancia; y, considerada la calidad de mi desgracia, ver�is que ser� en vano el consuelo, pues es imposible el remedio della. S�lo os ruego (lo que con facilidad podr�is y deb�is hacer) que me aconsej�is d�nde podr� pasar la vida sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser hallada de los que me buscan; que, aunque s� que el mucho amor que mis padres me tienen me asegura que ser� dellos bien recebida, es tanta la verg�enza que me ocupa s�lo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de parecer a su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser vista que no verles el rostro, con pensamiento que ellos miran el m�o ajeno de la honestidad que de m� se deb�an de tener prometida.
Call� en diciendo esto, y el rostro se le cubri� de un color que mostr� bien claro el sentimiento y verg�enza del alma. En las suyas sintieron los que escuchado la hab�an tanta l�stima como admiraci�n de su desgracia; y, aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tom� primero la mano Cardenio, diciendo:
— En fin, se�ora, que t� eres la hermosa Dorotea, la hija �nica del rico Clenardo.
Admirada qued� Dorotea cuando oy� el nombre de su padre, y de ver cu�n de poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que Cardenio estaba vestido; y as�, le dijo:
— Y �qui�n sois vos, hermano, que as� sab�is el nombre de mi padre? Porque yo, hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi desdicha no le he nombrado.
— Soy —respondi� Cardenio— aquel sin ventura que, seg�n vos, se�ora, hab�is dicho, Luscinda dijo que era su esposa. Soy el desdichado Cardenio, a quien el mal t�rmino de aquel que a vos os ha puesto en el que est�is me ha tra�do a que me ve�is cual me veis: roto, desnudo, falto de todo humano consuelo y, lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino cuando al cielo se le antoja d�rmele por alg�n breve espacio. Yo, Teodora, soy el que me hall� presente a las sinrazones de don Fernando, y el que aguard� o�r el s� que de ser su esposa pronunci� Luscinda. Yo soy el que no tuvo �nimo para ver en qu� paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas; y as�, dej� la casa y la paciencia, y una carta que dej� a un hu�sped m�o, a quien rogu� que en manos de Luscinda la pusiese, y v�neme a estas soledades, con intenci�n de acabar en ellas la vida, que desde aquel punto aborrec� como mortal enemiga m�a. Mas no ha querido la suerte quit�rmela, content�ndose con quitarme el juicio, quiz� por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues, siendo verdad, como creo que lo es, lo que aqu� hab�is contado, a�n podr�a ser que a entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros desastres que nosotros pensamos. Porque, presupuesto que Luscinda no puede casarse con don Fernando, por ser m�a, ni don Fernando con ella, por ser vuestro, y haberlo ella tan manifiestamente declarado, bien podemos esperar que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues est� todav�a en ser, y no se ha enajenado ni deshecho. Y, pues este consuelo tenemos, nacido no de muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, supl�coos, se�ora, que tom�is otra resoluci�n en vuestros honrados pensamientos, pues yo la pienso tomar en los m�os, acomod�ndoos a esperar mejor fortuna; que yo os juro, por la fe de caballero y de cristiano, de no desampararos hasta veros en poder de don Fernando, y que, cuando con razones no le pudiere atraer a que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me concede el ser caballero, y poder con justo t�tulo desafialle, en raz�n de la sinraz�n que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza dejar� al cielo por acudir en la tierra a los vuestros.
Con lo que Cardenio dijo se acab� de admirar Dorotea, y, por no saber qu� gracias volver a tan grandes ofrecimientos, quiso tomarle los pies para bes�rselos; mas no lo consinti� Cardenio, y el licenciado respondi� por entrambos, y aprob� el buen discurso de Cardenio, y, sobre todo, les rog�, aconsej� y persuadi� que se fuesen con �l a su aldea, donde se podr�an reparar de las cosas que les faltaban, y que all� se dar�a orden c�mo buscar a don Fernando, o c�mo llevar a Dorotea a sus padres, o hacer lo que m�s les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron, y acetaron la merced que se les ofrec�a. El barbero, que a todo hab�a estado suspenso y callado, hizo tambi�n su buena pl�tica y se ofreci� con no menos voluntad que el cura a todo aquello que fuese bueno para servirles. Cont� asimesmo con brevedad la causa que all� los hab�a tra�do, con la estra�eza de la locura de don Quijote, y c�mo aguardaban a su escudero, que hab�a ido a buscalle. V�nosele a la memoria a Cardenio, como por sue�os, la pendencia que con don Quijote hab�a tenido y cont�la a los dem�s, mas no supo decir por qu� causa fue su quisti�n.
En esto, oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza, que, por no haberlos hallado en el lugar donde los dej�, los llamaba a voces. Sali�ronle al encuentro, y, pregunt�ndole por don Quijote, les dijo c�mo le hab�a hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su se�ora Dulcinea; y que, puesto que le hab�a dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar y se fuese al del Toboso, donde le quedaba esperando, hab�a respondido que estaba determinado de no parecer ante su fermosura fasta que hobiese fecho faza�as que le ficiesen digno de su gracia. Y que si aquello pasaba adelante, corr�a peligro de no venir a ser emperador, como estaba obligado, ni aun arzobispo, que era lo menos que pod�a ser. Por eso, que mirasen lo que se hab�a de hacer para sacarle de all�.
El licenciado le respondi� que no tuviese pena, que ellos le sacar�an de all�, mal que le pesase. Cont� luego a Cardenio y a Dorotea lo que ten�an pensado para remedio de don Quijote, a lo menos para llevarle a su casa. A lo cual dijo Dorotea que ella har�a la doncella menesterosa mejor que el barbero, y m�s, que ten�a all� vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento, porque ella hab�a le�do muchos libros de caballer�as y sab�a bien el estilo que ten�an las doncellas cuitadas cuando ped�an sus dones a los andantes caballeros.
— Pues no es menester m�s —dijo el cura— sino que luego se ponga por obra; que, sin duda, la buena suerte se muestra en favor nuestro, pues, tan sin pensarlo, a vosotros, se�ores, se os ha comenzado a abrir puerta para vuestro remedio y a nosotros se nos ha facilitado la que hab�amos menester. Sac� luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica y una mantellina de otra vistosa tela verde, y de una cajita un collar y otras joyas, con que en un instante se adorn� de manera que una rica y gran se�ora parec�a. Todo aquello, y m�s, dijo que hab�a sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le hab�a ofrecido ocasi�n de habello menester. A todos content� en estremo su mucha gracia, donaire y hermosura, y confirmaron a don Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba.
Pero el que m�s se admir� fue Sancho Panza, por parecerle —como era as� verdad— que en todos los d�as de su vida hab�a visto tan hermosa criatura; y as�, pregunt� al cura con grande ah�nco le dijese qui�n era aquella tan fermosa se�ora, y qu� era lo que buscaba por aquellos andurriales. — Esta hermosa se�ora —respondi� el cura—, Sancho hermano, es, como quien no dice nada, es la heredera por l�nea recta de var�n del gran reino de Micomic�n, la cual viene en busca de vuestro amo a pedirle un don, el cual es que le desfaga un tuerto o agravio que un mal gigante le tiene fecho; y, a la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto, de Guinea ha venido a buscarle esta princesa.
— Dichosa buscada y dichoso hallazgo —dijo a esta saz�n Sancho Panza—, y m�s si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto, matando a ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice; que s� matar� si �l le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no tiene mi se�or poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar a vuestra merced, entre otras, se�or licenciado, y es que, porque a mi amo no le tome gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje que se case luego con esta princesa, y as� quedar� imposibilitado de recebir �rdenes arzobispales y vendr� con facilidad a su imperio y yo al fin de mis deseos; que yo he mirado bien en ello y hallo por mi cuenta que no me est� bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy in�til para la Iglesia, pues soy casado, y andarme ahora a traer dispensaciones para poder tener renta por la Iglesia, teniendo, como tengo, mujer y hijos, ser�a nunca acabar. As� que, se�or, todo el toque est� en que mi amo se case luego con esta se�ora, que hasta ahora no s� su gracia, y as�, no la llamo por su nombre.
— Ll�mase —respondi� el cura— la princesa Micomicona, porque, llam�ndose su reino Micomic�n, claro est� que ella se ha de llamar as�.
— No hay duda en eso —respondi� Sancho—, que yo he visto a muchos tomar el apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llam�ndose Pedro de Alcal�, Juan de �beda y Diego de Valladolid; y esto mesmo se debe de usar all� en Guinea: tomar las reinas los nombres de sus reinos.
— As� debe de ser —dijo el cura—; y en lo del casarse vuestro amo, yo har� en ello todos mis poder�os.
Con lo que qued� tan contento Sancho cuanto el cura admirado de su simplicidad, y de ver cu�n encajados ten�a en la fantas�a los mesmos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba a entender que hab�a de venir a ser emperador.
Ya, en esto, se hab�a puesto Dorotea sobre la mula del cura y el barbero se hab�a acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron a Sancho que los guiase adonde don Quijote estaba; al cual advirtieron que no dijese que conoc�a al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consist�a todo el toque de venir a ser emperador su amo; puesto que ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos, porque no se le acordase a don Quijote la pendencia que con Cardenio hab�a tenido, y el cura porque no era menester por entonces su presencia. Y as�, los dejaron ir delante, y ellos los fueron siguiendo a pie, poco a poco. No dej� de avisar el cura lo que hab�a de hacer Dorotea; a lo que ella dijo que descuidasen, que todo se har�a, sin faltar punto, como lo ped�an y pintaban los libros de caballer�as. Tres cuartos de legua habr�an andado, cuando descubrieron a don Quijote entre unas intricadas pe�as, ya vestido, aunque no armado; y, as� como Dorotea le vio y fue informada de Sancho que aqu�l era don Quijote, dio del azote a su palafr�n, sigui�ndole el bien barbado barbero. Y, en llegando junto a �l, el escudero se arroj� de la mula y fue a tomar en los brazos a Dorotea, la cual, ape�ndose con grande desenvoltura, se fue a hincar de rodillas ante las de don Quijote; y, aunque �l pugnaba por levantarla, ella, sin levantarse, le fabl� en esta guisa:
— De aqu� no me levantar�, �oh valeroso y esforzado caballero!, fasta que la vuestra bondad y cortes�a me otorgue un don, el cual redundar� en honra y prez de vuestra persona, y en pro de la m�s desconsolada y agraviada doncella que el sol ha visto. Y si es que el valor de vuestro fuerte brazo corresponde a la voz de vuestra inmortal fama, obligado est�is a favorecer a la sin ventura que de tan lue�es tierras viene, al olor de vuestro famoso nombre, busc�ndoos para remedio de sus desdichas.
— No os responder� palabra, fermosa se�ora —respondi� don Quijote—, ni oir� m�s cosa de vuestra facienda, fasta que os levant�is de tierra.
— No me levantar�, se�or —respondi� la afligida doncella—, si primero, por la vuestra cortes�a, no me es otorgado el don que pido.
— Yo vos le otorgo y concedo —respondi� don Quijote—, como no se haya de cumplir en da�o o mengua de mi rey, de mi patria y de aquella que de mi coraz�n y libertad tiene la llave.
— No ser� en da�o ni en mengua de los que dec�s, mi buen se�or —replic� la dolorosa doncella.
Y, estando en esto, se lleg� Sancho Panza al o�do de su se�or y muy pasito le dijo:
— Bien puede vuestra merced, se�or, concederle el don que pide, que no es cosa de nada: s�lo es matar a un gigantazo, y esta que lo pide es la alta princesa Micomicona, reina del gran reino Micomic�n de Etiop�a.
— Sea quien fuere —respondi� don Quijote—, que yo har� lo que soy obligado y lo que me dicta mi conciencia, conforme a lo que profesado tengo.
Y, volvi�ndose a la doncella, dijo:
— La vuestra gran fermosura se levante, que yo le otorgo el don que pedirme quisiere.
— Pues el que pido es —dijo la doncella— que la vuestra magn�nima persona se venga luego conmigo donde yo le llevare, y me prometa que no se ha de entremeter en otra aventura ni demanda alguna hasta darme venganza de un traidor que, contra todo derecho divino y humano, me tiene usurpado mi reino.
— Digo que as� lo otorgo —respondi� don Quijote—, y as� pod�is, se�ora, desde hoy m�s, desechar la malencon�a que os fatiga y hacer que cobre nuevos br�os y fuerzas vuestra desmayada esperanza; que, con el ayuda de Dios y la de mi brazo, vos os ver�is presto restituida en vuestro reino y sentada en la silla de vuestro antiguo y grande estado, a pesar y a despecho de los follones que contradecirlo quisieren. Y manos a labor, que en la tardanza dicen que suele estar el peligro.
La menesterosa doncella pugn�, con mucha porf�a, por besarle las manos, mas don Quijote, que en todo era comedido y cort�s caballero, jam�s lo consinti�; antes, la hizo levantar y la abraz� con mucha cortes�a y comedimiento, y mand� a Sancho que requiriese las cinchas a Rocinante y le armase luego al punto. Sancho descolg� las armas, que, como trofeo, de un �rbol estaban pendientes, y, requiriendo las cinchas, en un punto arm� a su se�or; el cual, vi�ndose armado, dijo:
— Vamos de aqu�, en el nombre de Dios, a favorecer esta gran se�ora. Est�base el barbero a�n de rodillas, teniendo gran cuenta de disimular la risa y de que no se le cayese la barba, con cuya ca�da quiz� quedaran todos sin conseguir su buena intenci�n; y, viendo que ya el don estaba concedido y con la diligencia que don Quijote se alistaba para ir a cumplirle, se levant� y tom� de la otra mano a su se�ora, y entre los dos la subieron en la mula. Luego subi� don Quijote sobre Rocinante, y el barbero se acomod� en su cabalgadura, qued�ndose Sancho a pie, donde de nuevo se le renov� la p�rdida del rucio, con la falta que entonces le hac�a; mas todo lo llevaba con gusto, por parecerle que ya su se�or estaba puesto en camino, y muy a pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se hab�a de casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomic�n. S�lo le daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos le diesen hab�an de ser todos negros; a lo cual hizo luego en su imaginaci�n un buen remedio, y d�jose a s� mismo: — �Qu� se me da a m� que mis vasallos sean negros? �Habr� m�s que cargar con ellos y traerlos a Espa�a, donde los podr� vender, y adonde me los pagar�n de contado, de cuyo dinero podr� comprar alg�n t�tulo o alg�n oficio con que vivir descansado todos los d�as de mi vida? �No, sino dorm�os, y no teng�is ingenio ni habilidad para disponer de las cosas y para vender treinta o diez mil vasallos en d�came esas pajas! Par Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, y que, por negros que sean, los he de volver blancos o amarillos. �Llegaos, que me mamo el dedo!
Con esto, andaba tan sol�cito y tan contento que se le olvidaba la pesadumbre de caminar a pie.
Todo esto miraban de entre unas bre�as Cardenio y el cura, y no sab�an qu� hacerse para juntarse con ellos; pero el cura, que era gran tracista, imagin� luego lo que har�an para conseguir lo que deseaban; y fue que con unas tijeras que tra�a en un estuche quit� con mucha presteza la barba a Cardenio, y visti�le un capotillo pardo que �l tra�a y diole un herreruelo negro, y �l se qued� en calzas y en jub�n; y qued� tan otro de lo que antes parec�a Cardenio, que �l mesmo no se conociera, aunque a un espejo se mirara. Hecho esto, puesto ya que los otros hab�an pasado adelante en tanto que ellos se disfrazaron, con facilidad salieron al camino real antes que ellos, porque las malezas y malos pasos de aquellos lugares no conced�an que anduviesen tanto los de a caballo como los de a pie. En efeto, ellos se pusieron en el llano, a la salida de la sierra, y, as� como sali� della don Quijote y sus camaradas, el cura se le puso a mirar muy de espacio, dando se�ales de que le iba reconociendo; y, al cabo de haberle una buena pieza estado mirando, se fue a �l abiertos los brazos y diciendo a voces: — Para bien sea hallado el espejo de la caballer�a, el mi buen compatriote don Quijote de la Mancha, la flor y la nata de la gentileza, el amparo y remedio de los menesterosos, la quintaesencia de los caballeros andantes. Y, diciendo esto, ten�a abrazado por la rodilla de la pierna izquierda a don Quijote; el cual, espantado de lo que ve�a y o�a decir y hacer aquel hombre, se le puso a mirar con atenci�n, y, al fin, le conoci� y qued� como espantado de verle, y hizo grande fuerza por apearse; mas el cura no lo consinti�, por lo cual don Quijote dec�a:
— D�jeme vuestra merced, se�or licenciado, que no es raz�n que yo est� a caballo, y una tan reverenda persona como vuestra merced est� a pie. — Eso no consentir� yo en ning�n modo —dijo el cura—: est�se la vuestra grandeza a caballo, pues estando a caballo acaba las mayores faza�as y aventuras que en nuestra edad se han visto; que a m�, aunque indigno sacerdote, bastar�me subir en las ancas de una destas mulas destos se�ores que con vuestra merced caminan, si no lo han por enojo. Y aun har� cuenta que voy caballero sobre el caballo Pegaso, o sobre la cebra o alfana en que cabalgaba aquel famoso moro Muzaraque, que a�n hasta ahora yace encantado en la gran cuesta Zulema, que dista poco de la gran Compluto.
— A�n no ca�a yo en tanto, mi se�or licenciado —respondi� don Quijote—; y yo s� que mi se�ora la princesa ser� servida, por mi amor, de mandar a su escudero d� a vuestra merced la silla de su mula, que �l podr� acomodarse en las ancas, si es que ella las sufre.
— S� sufre, a lo que yo creo —respondi� la princesa—; y tambi�n s� que no ser� menester mand�rselo al se�or mi escudero, que �l es tan cort�s y tan cortesano que no consentir� que una persona eclesi�stica vaya a pie, pudiendo ir a caballo.
— As� es —respondi� el barbero.
Y, ape�ndose en un punto, convid� al cura con la silla, y �l la tom� sin hacerse mucho de rogar. Y fue el mal que al subir a las ancas el barbero, la mula, que, en efeto, era de alquiler, que para decir que era mala esto basta, alz� un poco los cuartos traseros y dio dos coces en el aire, que, a darlas en el pecho de maese Nicol�s, o en la cabeza, �l diera al diablo la venida por don Quijote. Con todo eso, le sobresaltaron de manera que cay� en el suelo, con tan poco cuidado de las barbas, que se le cayeron en el suelo; y, como se vio sin ellas, no tuvo otro remedio sino acudir a cubrirse el rostro con ambas manos y a quejarse que le hab�an derribado las muelas. Don Quijote, como vio todo aquel mazo de barbas, sin quijadas y sin sangre, lejos del rostro del escudero ca�do, dijo:
— �Vive Dios, que es gran milagro �ste! �Las barbas le ha derribado y arrancado del rostro, como si las quitaran aposta!
El cura, que vio el peligro que corr�a su invenci�n de ser descubierta, acudi� luego a las barbas y fuese con ellas adonde yac�a maese Nicol�s, dando a�n voces todav�a, y de un golpe, lleg�ndole la cabeza a su pecho, se las puso, murmurando sobre �l unas palabras, que dijo que era cierto ensalmo apropiado para pegar barbas, como lo ver�an; y, cuando se las tuvo puestas, se apart�, y qued� el escudero tan bien barbado y tan sano como de antes, de que se admir� don Quijote sobremanera, y rog� al cura que cuando tuviese lugar le ense�ase aquel ensalmo; que �l entend�a que su virtud a m�s que pegar barbas se deb�a de estender, pues estaba claro que de donde las barbas se quitasen hab�a de quedar la carne llagada y maltrecha, y que, pues todo lo sanaba, a m�s que barbas aprovechaba.
— As� es —dijo el cura, y prometi� de ense��rsele en la primera ocasi�n. Concert�ronse que por entonces subiese el cura, y a trechos se fuesen los tres mudando, hasta que llegasen a la venta, que estar�a hasta dos leguas de all�. Puestos los tres a caballo, es a saber, don Quijote, la princesa y el cura, y los tres a pie, Cardenio, el barbero y Sancho Panza, don Quijote dijo a la doncella:
— Vuestra grandeza, se�ora m�a, gu�e por donde m�s gusto le diere.
Y, antes que ella respondiese, dijo el licenciado:
— �Hacia qu� reino quiere guiar la vuestra se�or�a? �Es, por ventura, hacia el de Micomic�n?; que s� debe de ser, o yo s� poco de reinos.
Ella, que estaba bien en todo, entendi� que hab�a de responder que s�; y as�, dijo:
— S�, se�or, hacia ese reino es mi camino.
— Si as� es —dijo el cura—, por la mitad de mi pueblo hemos de pasar, y de all� tomar� vuestra merced la derrota de Cartagena, donde se podr� embarcar con la buena ventura; y si hay viento pr�spero, mar tranquilo y sin borrasca, en poco menos de nueve a�os se podr� estar a vista de la gran laguna Meona, digo, Me�tides, que est� poco m�s de cien jornadas m�s ac� del reino de vuestra grandeza.
— Vuestra merced est� enga�ado, se�or m�o —dijo ella—, porque no ha dos a�os que yo part� d�l, y en verdad que nunca tuve buen tiempo, y, con todo eso, he llegado a ver lo que tanto deseaba, que es al se�or don Quijote de la Mancha, cuyas nuevas llegaron a mis o�dos as� como puse los pies en Espa�a, y ellas me movieron a buscarle, para encomendarme en su cortes�a y fiar mi justicia del valor de su invencible brazo.
— No m�s: cesen mis alabanzas —dijo a esta saz�n don Quijote—, porque soy enemigo de todo g�nero de adulaci�n; y, aunque �sta no lo sea, todav�a ofenden mis castas orejas semejantes pl�ticas. Lo que yo s� decir, se�ora m�a, que ora tenga valor o no, el que tuviere o no tuviere se ha de emplear en vuestro servicio hasta perder la vida; y as�, dejando esto para su tiempo, ruego al se�or licenciado me diga qu� es la causa que le ha tra�do por estas partes, tan solo, y tan sin criados, y tan a la ligera, que me pone espanto.
— A eso yo responder� con brevedad —respondi� el cura—, porque sabr� vuestra merced, se�or don Quijote, que yo y maese Nicol�s, nuestro amigo y nuestro barbero, �bamos a Sevilla a cobrar cierto dinero que un pariente m�o que ha muchos a�os que pas� a Indias me hab�a enviado, y no tan pocos que no pasan de sesenta mil pesos ensayados, que es otro que tal; y, pasando ayer por estos lugares, nos salieron al encuentro cuatro salteadores y nos quitaron hasta las barbas; y de modo nos las quitaron, que le convino al barbero pon�rselas postizas; y aun a este mancebo que aqu� va —se�alando a Cardenio— le pusieron como de nuevo. Y es lo bueno que es p�blica fama por todos estos contornos que los que nos saltearon son de unos galeotes que dicen que libert�, casi en este mesmo sitio, un hombre tan valiente que, a pesar del comisario y de las guardas, los solt� a todos; y, sin duda alguna, �l deb�a de estar fuera de juicio, o debe de ser tan grande bellaco como ellos, o alg�n hombre sin alma y sin conciencia, pues quiso soltar al lobo entre las ovejas, a la raposa entre las gallinas, a la mosca entre la miel; quiso defraudar la justicia, ir contra su rey y se�or natural, pues fue contra sus justos mandamientos. Quiso, digo, quitar a las galeras sus pies, poner en alboroto a la Santa Hermandad, que hab�a muchos a�os que reposaba; quiso, finalmente, hacer un hecho por donde se pierda su alma y no se gane su cuerpo.
Hab�ales contado Sancho al cura y al barbero la aventura de los galeotes, que acab� su amo con tanta gloria suya, y por esto cargaba la mano el cura refiri�ndola, por ver lo que hac�a o dec�a don Quijote; al cual se le mudaba la color a cada palabra, y no osaba decir que �l hab�a sido el libertador de aquella buena gente.
— �stos, pues —dijo el cura—, fueron los que nos robaron; que Dios, por su misericordia, se lo perdone al que no los dej� llevar al debido suplicio.
No hubo bien acabado el cura, cuando Sancho dijo:
— Pues m�a fe, se�or licenciado, el que hizo esa faza�a fue mi amo, y no porque yo no le dije antes y le avis� que mirase lo que hac�a, y que era pecado darles libertad, porque todos iban all� por grand�simos bellacos. — �Majadero! —dijo a esta saz�n don Quijote—, a los caballeros andantes no les toca ni ata�e averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos van de aquella manera, o est�n en aquella angustia, por sus culpas o por sus gracias; s�lo le toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquer�as. Yo top� un rosario y sarta de gente moh�na y desdichada, y hice con ellos lo que mi religi�n me pide, y lo dem�s all� se avenga; y a quien mal le ha parecido, salvo la santa dignidad del se�or licenciado y su honrada persona, digo que sabe poco de achaque de caballer�a, y que miente como un hideputa y mal nacido; y esto le har� conocer con mi espada, donde m�s largamente se contiene.
Y esto dijo afirm�ndose en los estribos y cal�ndose el morri�n; porque la bac�a de barbero, que a su cuenta era el yelmo de Mambrino, llevaba colgado del arz�n delantero, hasta adobarla del mal tratamiento que la hicieron los galeotes.
Dorotea, que era discreta y de gran donaire, como quien ya sab�a el menguado humor de don Quijote y que todos hac�an burla d�l, sino Sancho Panza, no quiso ser para menos, y, vi�ndole tan enojado, le dijo: — Se�or caballero, mi�mbresele a la vuestra merced el don que me tiene prometido, y que, conforme a �l, no puede entremeterse en otra aventura, por urgente que sea; sosiegue vuestra merced el pecho, que si el se�or licenciado supiera que por ese invicto brazo hab�an sido librados los galeotes, �l se diera tres puntos en la boca, y aun se mordiera tres veces la lengua, antes que haber dicho palabra que en despecho de vuestra merced redundara.
— Eso juro yo bien —dijo el cura—, y aun me hubiera quitado un bigote. — Yo callar�, se�ora m�a —dijo don Quijote—, y reprimir� la justa c�lera que ya en mi pecho se hab�a levantado, y ir� quieto y pac�fico hasta tanto que os cumpla el don prometido; pero, en pago deste buen deseo, os suplico me dig�is, si no se os hace de mal, cu�l es la vuestra cuita y cu�ntas, qui�nes y cu�les son las personas de quien os tengo de dar debida, satisfecha y entera venganza.
— Eso har� yo de gana —respondi� Dorotea—, si es que no os enfadan o�r l�stimas y desgracias.
— No enfadar�, se�ora m�a —respondi� don Quijote.
A lo que respondi� Dorotea:
— Pues as� es, est�nme vuestras mercedes atentos.
No hubo ella dicho esto, cuando Cardenio y el barbero se le pusieron al lado, deseosos de ver c�mo fing�a su historia la discreta Dorotea; y lo mismo hizo Sancho, que tan enga�ado iba con ella como su amo. Y ella, despu�s de haberse puesto bien en la silla y preven�dose con toser y hacer otros ademanes, con mucho donaire, comenz� a decir desta manera: — �Primeramente, quiero que vuestras mercedes sepan, se�ores m�os, que a m� me llaman...�
Y det�vose aqu� un poco, porque se le olvid� el nombre que el cura le hab�a puesto; pero �l acudi� al remedio, porque entendi� en lo que reparaba, y dijo:
— No es maravilla, se�ora m�a, que la vuestra grandeza se turbe y empache contando sus desventuras, que ellas suelen ser tales, que muchas veces quitan la memoria a los que maltratan, de tal manera que aun de sus mesmos nombres no se les acuerda, como han hecho con vuestra gran se�or�a, que se ha olvidado que se llama la princesa Micomicona, leg�tima heredera del gran reino Micomic�n; y con este apuntamiento puede la vuestra grandeza reducir ahora f�cilmente a su lastimada memoria todo aquello que contar quisiere. — As� es la verdad —respondi� la doncella—, y desde aqu� adelante creo que no ser� menester apuntarme nada, que yo saldr� a buen puerto con mi verdadera historia. �La cual es que el rey mi padre, que se llama Tinacrio el Sabidor, fue muy docto en esto que llaman el arte m�gica, y alcanz� por su ciencia que mi madre, que se llamaba la reina Jaramilla, hab�a de morir primero que �l, y que de all� a poco tiempo �l tambi�n hab�a de pasar desta vida y yo hab�a de quedar hu�rfana de padre y madre. Pero dec�a �l que no le fatigaba tanto esto cuanto le pon�a en confusi�n saber, por cosa muy cierta, que un descomunal gigante, se�or de una grande �nsula, que casi alinda con nuestro reino, llamado Pandafilando de la Fosca Vista (porque es cosa averiguada que, aunque tiene los ojos en su lugar y derechos, siempre mira al rev�s, como si fuese bizco, y esto lo hace �l de maligno y por poner miedo y espanto a los que mira); digo que supo que este gigante, en sabiendo mi orfandad, hab�a de pasar con gran poder�o sobre mi reino y me lo hab�a de quitar todo, sin dejarme una peque�a aldea donde me recogiese; pero que pod�a escusar toda esta ruina y desgracia si yo me quisiese casar con �l; mas, a lo que �l entend�a, jam�s pensaba que me vendr�a a m� en voluntad de hacer tan desigual casamiento; y dijo en esto la pura verdad, porque jam�s me ha pasado por el pensamiento casarme con aquel gigante, pero ni con otro alguno, por grande y desaforado que fuese. Dijo tambi�n mi padre que, despu�s que �l fuese muerto y viese yo que Pandafilando comenzaba a pasar sobre mi reino, que no aguardase a ponerme en defensa, porque ser�a destruirme, sino que libremente le dejase desembarazado el reino, si quer�a escusar la muerte y total destruici�n de mis buenos y leales vasallos, porque no hab�a de ser posible defenderme de la endiablada fuerza del gigante; sino que luego, con algunos de los m�os, me pusiese en camino de las Espa�as, donde hallar�a el remedio de mis males hallando a un caballero andante, cuya fama en este tiempo se estender�a por todo este reino, el cual se hab�a de llamar, si mal no me acuerdo, don Azote o don Gigote.�
— Don Quijote dir�a, se�ora —dijo a esta saz�n Sancho Panza—, o, por otro nombre, el Caballero de la Triste Figura.
— As� es la verdad —dijo Dorotea—. �Dijo m�s: que hab�a de ser alto de cuerpo, seco de rostro, y que en el lado derecho, debajo del hombro izquierdo, o por all� junto, hab�a de tener un lunar pardo con ciertos cabellos a manera de cerdas.�
En oyendo esto don Quijote, dijo a su escudero:
— Ten aqu�, Sancho, hijo, ay�dame a desnudar, que quiero ver si soy el caballero que aquel sabio rey dej� profetizado.
— Pues, �para qu� quiere vuestra merced desnudarse? —dijo Dorotea. — Para ver si tengo ese lunar que vuestro padre dijo —respondi� don Quijote. — No hay para qu� desnudarse —dijo Sancho—, que yo s� que tiene vuestra merced un lunar desas se�as en la mitad del espinazo, que es se�al de ser hombre fuerte.
— Eso basta —dijo Dorotea—, porque con los amigos no se ha de mirar en pocas cosas, y que est� en el hombro o que est� en el espinazo, importa poco; basta que haya lunar, y est� donde estuviere, pues todo es una mesma carne; y, sin duda, acert� mi buen padre en todo, y yo he acertado en encomendarme al se�or don Quijote, que �l es por quien mi padre dijo, pues las se�ales del rostro vienen con las de la buena fama que este caballero tiene no s�lo en Espa�a, pero en toda la Mancha, pues apenas me hube desembarcado en Osuna, cuando o� decir tantas haza�as suyas, que luego me dio el alma que era el mesmo que ven�a a buscar.
— Pues, �c�mo se desembarc� vuestra merced en Osuna, se�ora m�a —pregunt� don Quijote—, si no es puerto de mar?
Mas, antes que Dorotea respondiese, tom� el cura la mano y dijo:
— Debe de querer decir la se�ora princesa que, despu�s que desembarc� en M�laga, la primera parte donde oy� nuevas de vuestra merced fue en Osuna. — Eso quise decir —dijo Dorotea.
— Y esto lleva camino —dijo el cura—, y prosiga vuestra majestad adelante. — No hay que proseguir —respondi� Dorotea—, sino que, finalmente, mi suerte ha sido tan buena en hallar al se�or don Quijote, que ya me cuento y tengo por reina y se�ora de todo mi reino, pues �l, por su cortes�a y magnificencia, me ha prometido el don de irse conmigo dondequiera que yo le llevare, que no ser� a otra parte que a ponerle delante de Pandafilando de la Fosca Vista, para que le mate y me restituya lo que tan contra raz�n me tiene usurpado: que todo esto ha de suceder a pedir de boca, pues as� lo dej� profetizado Tinacrio el Sabidor, mi buen padre; el cual tambi�n dej� dicho y escrito en letras caldeas, o griegas, que yo no las s� leer, que si este caballero de la profec�a, despu�s de haber degollado al gigante, quisiese casarse conmigo, que yo me otorgase luego sin r�plica alguna por su leg�tima esposa, y le diese la posesi�n de mi reino, junto con la de mi persona.
— �Qu� te parece, Sancho amigo? —dijo a este punto don Quijote—. �No oyes lo que pasa? �No te lo dije yo? Mira si tenemos ya reino que mandar y reina con quien casar.
— �Eso juro yo —dijo Sancho— para el puto que no se casare en abriendo el gaznatico al se�or Pandahilado! Pues, �monta que es mala la reina! �As� se me vuelvan las pulgas de la cama!
Y, diciendo esto, dio dos zapatetas en el aire, con muestras de grand�simo contento, y luego fue a tomar las riendas de la mula de Dorotea, y, haci�ndola detener, se hinc� de rodillas ante ella, suplic�ndole le diese las manos para bes�rselas, en se�al que la recib�a por su reina y se�ora. �Qui�n no hab�a de re�r de los circustantes, viendo la locura del amo y la simplicidad del criado? En efecto, Dorotea se las dio, y le prometi� de hacerle gran se�or en su reino, cuando el cielo le hiciese tanto bien que se lo dejase cobrar y gozar. Agradeci�selo Sancho con tales palabras que renov� la risa en todos.
— �sta, se�ores —prosigui� Dorotea—, es mi historia: s�lo resta por deciros que de cuanta gente de acompa�amiento saqu� de mi reino no me ha quedado sino s�lo este buen barbado escudero, porque todos se anegaron en una gran borrasca que tuvimos a vista del puerto, y �l y yo salimos en dos tablas a tierra, como por milagro; y as�, es todo milagro y misterio el discurso de mi vida, como lo habr�is notado. Y si en alguna cosa he andado demasiada, o no tan acertada como debiera, echad la culpa a lo que el se�or licenciado dijo al principio de mi cuento: que los trabajos continuos y extraordinarios quitan la memoria al que los padece.
— �sa no me quitar�n a m�, �oh alta y valerosa se�ora! —dijo don Quijote—, cuantos yo pasare en serviros, por grandes y no vistos que sean; y as�, de nuevo confirmo el don que os he prometido, y juro de ir con vos al cabo del mundo, hasta verme con el fiero enemigo vuestro, a quien pienso, con el ayuda de Dios y de mi brazo, tajar la cabeza soberbia con los filos desta... no quiero decir buena espada, merced a Gin�s de Pasamonte, que me llev� la m�a.
Esto dijo entre dientes, y prosigui� diciendo:
— Y despu�s de hab�rsela tajado y pu�stoos en pac�fica posesi�n de vuestro estado, quedar� a vuestra voluntad hacer de vuestra persona lo que m�s en talante os viniere; porque, mientras que yo tuviere ocupada la memoria y cautiva la voluntad, perdido el entendimiento, a aquella..., y no digo m�s, no es posible que yo arrostre, ni por pienso, el casarme, aunque fuese con el ave f�nix.
Pareci�le tan mal a Sancho lo que �ltimamente su amo dijo acerca de no querer casarse, que, con grande enojo, alzando la voz, dijo:
— Voto a m�, y juro a m�, que no tiene vuestra merced, se�or don Quijote, cabal juicio. Pues, �c�mo es posible que pone vuestra merced en duda el casarse con tan alta princesa como aqu�sta? �Piensa que le ha de ofrecer la fortuna, tras cada cantillo, semejante ventura como la que ahora se le ofrece? �Es, por dicha, m�s hermosa mi se�ora Dulcinea? No, por cierto, ni aun con la mitad, y aun estoy por decir que no llega a su zapato de la que est� delante. As�, noramala alcanzar� yo el condado que espero, si vuestra merced se anda a pedir cotufas en el golfo. C�sese, c�sese luego, encomi�ndole yo a Satan�s, y tome ese reino que se le viene a las manos de vobis, vobis, y, en siendo rey, h�game marqu�s o adelantado, y luego, siquiera se lo lleve el diablo todo.
Don Quijote, que tales blasfemias oy� decir contra su se�ora Dulcinea, no lo pudo sufrir, y, alzando el lanz�n, sin hablalle palabra a Sancho y sin decirle esta boca es m�a, le dio tales dos palos que dio con �l en tierra; y si no fuera porque Dorotea le dio voces que no le diera m�s, sin duda le quitara all� la vida.
— �Pens�is —le dijo a cabo de rato—, villano ruin, que ha de haber lugar siempre para ponerme la mano en la horcajadura, y que todo ha de ser errar vos y perdonaros yo? Pues no lo pens�is, bellaco descomulgado, que sin duda lo est�s, pues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. �Y no sab�is vos, ga��n, faqu�n, belitre, que si no fuese por el valor que ella infunde en mi brazo, que no le tendr�a yo para matar una pulga? Decid, socarr�n de lengua viperina, �y qui�n pens�is que ha ganado este reino y cortado la cabeza a este gigante, y h�choos a vos marqu�s, que todo esto doy ya por hecho y por cosa pasada en cosa juzgada, si no es el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de sus haza�as? Ella pelea en m�, y vence en m�, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser. �Oh hideputa bellaco, y c�mo sois desagradecido: que os veis levantado del polvo de la tierra a ser se�or de t�tulo, y correspond�is a tan buena obra con decir mal de quien os la hizo!
No estaba tan maltrecho Sancho que no oyese todo cuanto su amo le dec�a, y, levant�ndose con un poco de presteza, se fue a poner detr�s del palafr�n de Dorotea, y desde all� dijo a su amo:
— D�game, se�or: si vuestra merced tiene determinado de no casarse con esta gran princesa, claro est� que no ser� el reino suyo; y, no si�ndolo, �qu� mercedes me puede hacer? Esto es de lo que yo me quejo; c�sese vuestra merced una por una con esta reina, ahora que la tenemos aqu� como llovida del cielo, y despu�s puede volverse con mi se�ora Dulcinea; que reyes debe de haber habido en el mundo que hayan sido amancebados. En lo de la hermosura no me entremeto; que, en verdad, si va a decirla, que entrambas me parecen bien, puesto que yo nunca he visto a la se�ora Dulcinea. — �C�mo que no la has visto, traidor blasfemo? —dijo don Quijote—. Pues, �no acabas de traerme ahora un recado de su parte?
— Digo que no la he visto tan despacio —dijo Sancho— que pueda haber notado particularmente su hermosura y sus buenas partes punto por punto; pero as�, a bulto, me parece bien.
— Ahora te disculpo —dijo don Quijote—, y perd�name el enojo que te he dado, que los primeros movimientos no son en manos de los hombres.
— Ya yo lo veo —respondi� Sancho—; y as�, en m� la gana de hablar siempre es primero movimiento, y no puedo dejar de decir, por una vez siquiera, lo que me viene a la lengua.
— Con todo eso —dijo don Quijote—, mira, Sancho, lo que hablas, porque tantas veces va el cantarillo a la fuente..., y no te digo m�s.
— Ahora bien —respondi� Sancho—, Dios est� en el cielo, que ve las trampas, y ser� juez de qui�n hace m�s mal: yo en no hablar bien, o vuestra merced en obrallo.
— No haya m�s —dijo Dorotea—: corred, Sancho, y besad la mano a vuestro se�or, y pedilde perd�n, y de aqu� adelante andad m�s atentado en vuestras alabanzas y vituperios, y no dig�is mal de aquesa se�ora Tobosa, a quien yo no conozco si no es para servilla, y tened confianza en Dios, que no os ha de faltar un estado donde viv�is como un pr�ncipe.
Fue Sancho cabizbajo y pidi� la mano a su se�or, y �l se la dio con reposado continente; y, despu�s que se la hubo besado, le ech� la bendici�n, y dijo a Sancho que se adelantasen un poco, que ten�a que preguntalle y que departir con �l cosas de mucha importancia. H�zolo as� Sancho y apart�ronse los dos algo adelante, y d�jole don Quijote: — Despu�s que veniste, no he tenido lugar ni espacio para preguntarte muchas cosas de particularidad acerca de la embajada que llevaste y de la respuesta que trujiste; y ahora, pues la fortuna nos ha concedido tiempo y lugar, no me niegues t� la ventura que puedes darme con tan buenas nuevas. — Pregunte vuestra merced lo que quisiere —respondi� Sancho—, que a todo dar� tan buena salida como tuve la entrada. Pero suplico a vuestra merced, se�or m�o, que no sea de aqu� adelante tan vengativo.
— �Por qu� lo dices, Sancho? —dijo don Quijote.
— D�golo —respondi�— porque estos palos de agora m�s fueron por la pendencia que entre los dos trab� el diablo la otra noche, que por lo que dije contra mi se�ora Dulcinea, a quien amo y reverencio como a una reliquia, aunque en ella no lo haya, s�lo por ser cosa de vuestra merced.
— No tornes a esas pl�ticas, Sancho, por tu vida —dijo don Quijote—, que me dan pesadumbre; ya te perdon� entonces, y bien sabes t� que suele decirse: a pecado nuevo, penitencia nueva.
En tanto que los dos iban en estas pl�ticas, dijo el cura a Dorotea que hab�a andado muy discreta, as� en el cuento como en la brevedad d�l, y en la similitud que tuvo con los de los libros de caballer�as. Ella dijo que muchos ratos se hab�a entretenido en leellos, pero que no sab�a ella d�nde eran las provincias ni puertos de mar, y que as� hab�a dicho a tiento que se hab�a desembarcado en Osuna.
— Yo lo entend� as� —dijo el cura—, y por eso acud� luego a decir lo que dije, con que se acomod� todo. Pero, �no es cosa estra�a ver con cu�nta facilidad cree este desventurado hidalgo todas estas invenciones y mentiras, s�lo porque llevan el estilo y modo de las necedades de sus libros?
— S� es —dijo Cardenio—, y tan rara y nunca vista, que yo no s� si queriendo inventarla y fabricarla mentirosamente, hubiera tan agudo ingenio que pudiera dar en ella.
— Pues otra cosa hay en ello —dijo el cura—: que fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice tocantes a su locura, si le tratan de otras cosas, discurre con bon�simas razones y muestra tener un entendimiento claro y apacible en todo. De manera que, como no le toquen en sus caballer�as, no habr� nadie que le juzgue sino por de muy buen entendimiento.
En tanto que ellos iban en esta conversaci�n, prosigui� don Quijote con la suya y dijo a Sancho:
— Echemos, Panza amigo, pelillos a la mar en esto de nuestras pendencias, y dime ahora, sin tener cuenta con enojo ni rencor alguno: �D�nde, c�mo y cu�ndo hallaste a Dulcinea? �Qu� hac�a? �Qu� le dijiste? �Qu� te respondi�? �Qu� rostro hizo cuando le�a mi carta? �Qui�n te la traslad�? Y todo aquello que vieres que en este caso es digno de saberse, de preguntarse y satisfacerse, sin que a�adas o mientas por darme gusto, ni menos te acortes por no quit�rmele.
— Se�or —respondi� Sancho—, si va a decir la verdad, la carta no me la traslad� nadie, porque yo no llev� carta alguna.
— As� es como t� dices —dijo don Quijote—, porque el librillo de memoria donde yo la escrib� le hall� en mi poder a cabo de dos d�as de tu partida, lo cual me caus� grand�sima pena, por no saber lo que hab�as t� de hacer cuando te vieses sin carta, y cre� siempre que te volvieras desde el lugar donde la echaras menos.
— As� fuera —respondi� Sancho—, si no la hubiera yo tomado en la memoria cuando vuestra merced me la ley�, de manera que se la dije a un sacrist�n, que me la traslad� del entendimiento, tan punto por punto, que dijo que en todos los d�as de su vida, aunque hab�a le�do muchas cartas de descomuni�n, no hab�a visto ni le�do tan linda carta como aqu�lla.
— Y �ti�nesla todav�a en la memoria, Sancho? —dijo don Quijote.
— No, se�or —respondi� Sancho—, porque despu�s que la di, como vi que no hab�a de ser de m�s provecho, di en olvidalla. Y si algo se me acuerda, es aquello del sobajada, digo, del soberana se�ora, y lo �ltimo: Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura. Y, en medio destas dos cosas, le puse m�s de trecientas almas, y vidas, y ojos m�os.
— Todo eso no me descontenta; prosigue adelante —dijo don Quijote—. Llegaste, �y qu� hac�a aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de ca�utillo para este su cautivo caballero.
— No la hall� —respondi� Sancho— sino ahechando dos hanegas de trigo en un corral de su casa.
— Pues haz cuenta —dijo don Quijote— que los granos de aquel trigo eran granos de perlas, tocados de sus manos. Y si miraste, amigo, el trigo �era candeal, o trechel?
— No era sino rubi�n —respondi� Sancho.
— Pues yo te aseguro —dijo don Quijote— que, ahechado por sus manos, hizo pan candeal, sin duda alguna. Pero pasa adelante: cuando le diste mi carta, �bes�la? �P�sosela sobre la cabeza? �Hizo alguna ceremonia digna de tal carta, o qu� hizo?
— Cuando yo se la iba a dar —respondi� Sancho—, ella estaba en la fuga del meneo de una buena parte de trigo que ten�a en la criba, y d�jome: ''Poned, amigo, esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe de acribar todo lo que aqu� est�''.
— �Discreta se�ora! —dijo don Quijote—. Eso debi� de ser por leerla despacio y recrearse con ella. Adelante, Sancho: y, en tanto que estaba en su menester, �qu� coloquios pas� contigo? �Qu� te pregunt� de m�? Y t�, �qu� le respondiste? Acaba, cu�ntamelo todo; no se te quede en el tintero una m�nima.
— Ella no me pregunt� nada —dijo Sancho—, mas yo le dije de la manera que vuestra merced, por su servicio, quedaba haciendo penitencia, desnudo de la cintura arriba, metido entre estas sierras como si fuera salvaje, durmiendo en el suelo, sin comer pan a manteles ni sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna.
— En decir que maldec�a mi fortuna dijiste mal —dijo don Quijote—, porque antes la bendigo y bendecir� todos los d�as de mi vida, por haberme hecho digno de merecer amar tan alta se�ora como Dulcinea del Toboso.
— Tan alta es —respondi� Sancho—, que a buena fe que me lleva a m� m�s de un coto.
— Pues, �c�mo, Sancho? —dijo don Quijote—. �Haste medido t� con ella? — Med�me en esta manera —respondi� Sancho—: que, lleg�ndole a ayudar a poner un costal de trigo sobre un jumento, llegamos tan juntos que ech� de ver que me llevaba m�s de un gran palmo.
— Pues �es verdad —replic� don Quijote— que no acompa�a esa grandeza y la adorna con mil millones y gracias del alma! Pero no me negar�s, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, �no sentiste un olor sabeo, una fragancia arom�tica, y un no s� qu� de bueno, que yo no acierto a dalle nombre? Digo, �un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de alg�n curioso guantero?
— Lo que s� decir —dijo Sancho— es que sent� un olorcillo algo hombruno; y deb�a de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa.
— No ser�a eso —respondi� don Quijote—, sino que t� deb�as de estar romadizado, o te debiste de oler a ti mismo; porque yo s� bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel �mbar desle�do.
— Todo puede ser —respondi� Sancho—, que muchas veces sale de m� aquel olor que entonces me pareci� que sal�a de su merced de la se�ora Dulcinea; pero no hay de qu� maravillarse, que un diablo parece a otro.
— Y bien —prosigui� don Quijote—, he aqu� que acab� de limpiar su trigo y de enviallo al molino. �Qu� hizo cuando ley� la carta?
— La carta —dijo Sancho— no la ley�, porque dijo que no sab�a leer ni escribir; antes, la rasg� y la hizo menudas piezas, diciendo que no la quer�a dar a leer a nadie, porque no se supiesen en el lugar sus secretos, y que bastaba lo que yo le hab�a dicho de palabra acerca del amor que vuestra merced le ten�a y de la penitencia extraordinaria que por su causa quedaba haciendo. Y, finalmente, me dijo que dijese a vuestra merced que le besaba las manos, y que all� quedaba con m�s deseo de verle que de escribirle; y que, as�, le suplicaba y mandaba que, vista la presente, saliese de aquellos matorrales y se dejase de hacer disparates, y se pusiese luego luego en camino del Toboso, si otra cosa de m�s importancia no le sucediese, porque ten�a gran deseo de ver a vuestra merced. Ri�se mucho cuando le dije como se llamaba vuestra merced el Caballero de la Triste Figura. Pregunt�le si hab�a ido all� el vizca�no de marras; d�jome que s�, y que era un hombre muy de bien. Tambi�n le pregunt� por los galeotes, mas d�jome que no hab�a visto hasta entonces alguno.
— Todo va bien hasta agora —dijo don Quijote—. Pero dime: �qu� joya fue la que te dio, al despedirte, por las nuevas que de m� le llevaste? Porque es usada y antigua costumbre entre los caballeros y damas andantes dar a los escuderos, doncellas o enanos que les llevan nuevas, de sus damas a ellos, a ellas de sus andantes, alguna rica joya en albricias, en agradecimiento de su recado.
— Bien puede eso ser as�, y yo la tengo por buena usanza; pero eso debi� de ser en los tiempos pasados, que ahora s�lo se debe de acostumbrar a dar un pedazo de pan y queso, que esto fue lo que me dio mi se�ora Dulcinea, por las bardas de un corral, cuando della me desped�; y aun, por m�s se�as, era el queso ovejuno.
— Es liberal en estremo —dijo don Quijote—, y si no te dio joya de oro, sin duda debi� de ser porque no la tendr�a all� a la mano para d�rtela; pero buenas son mangas despu�s de Pascua: yo la ver�, y se satisfar� todo. �Sabes de qu� estoy maravillado, Sancho? De que me parece que fuiste y veniste por los aires, pues poco m�s de tres d�as has tardado en ir y venir desde aqu� al Toboso, habiendo de aqu� all� m�s de treinta leguas; por lo cual me doy a entender que aquel sabio nigromante que tiene cuenta con mis cosas y es mi amigo (porque por fuerza le hay, y le ha de haber, so pena que yo no ser�a buen caballero andante); digo que este tal te debi� de ayudar a caminar, sin que t� lo sintieses; que hay sabio d�stos que coge a un caballero andante durmiendo en su cama, y, sin saber c�mo o en qu� manera, amanece otro d�a m�s de mil leguas de donde anocheci�. Y si no fuese por esto, no se podr�an socorrer en sus peligros los caballeros andantes unos a otros, como se socorren a cada paso. Que acaece estar uno peleando en las sierras de Armenia con alg�n endriago, o con alg�n fiero vestiglo, o con otro caballero, donde lleva lo peor de la batalla y est� ya a punto de muerte, y cuando no os me cato, asoma por acull�, encima de una nube, o sobre un carro de fuego, otro caballero amigo suyo, que poco antes se hallaba en Ingalaterra, que le favorece y libra de la muerte, y a la noche se halla en su posada, cenando muy a su sabor; y suele haber de la una a la otra parte dos o tres mil leguas. Y todo esto se hace por industria y sabidur�a destos sabios encantadores que tienen cuidado destos valerosos caballeros. As� que, amigo Sancho, no se me hace dificultoso creer que en tan breve tiempo hayas ido y venido desde este lugar al del Toboso, pues, como tengo dicho, alg�n sabio amigo te debi� de llevar en volandillas, sin que t� lo sintieses.
— As� ser�a —dijo Sancho—; porque a buena fe que andaba Rocinante como si fuera asno de gitano con azogue en los o�dos.
— Y �c�mo si llevaba azogue! —dijo don Quijote—, y aun una legi�n de demonios, que es gente que camina y hace caminar, sin cansarse, todo aquello que se les antoja. Pero, dejando esto aparte, �qu� te parece a ti que debo yo de hacer ahora cerca de lo que mi se�ora me manda que la vaya a ver?; que, aunque yo veo que estoy obligado a cumplir su mandamiento, v�ome tambi�n imposibilitado del don que he prometido a la princesa que con nosotros viene, y fu�rzame la ley de caballer�a a cumplir mi palabra antes que mi gusto. Por una parte, me acosa y fatiga el deseo de ver a mi se�ora; por otra, me incita y llama la prometida fe y la gloria que he de alcanzar en esta empresa. Pero lo que pienso hacer ser� caminar apriesa y llegar presto donde est� este gigante, y, en llegando, le cortar� la cabeza, y pondr� a la princesa pac�ficamente en su estado, y al punto dar� la vuelta a ver a la luz que mis sentidos alumbra, a la cual dar� tales disculpas que ella venga a tener por buena mi tardanza, pues ver� que todo redunda en aumento de su gloria y fama, pues cuanta yo he alcanzado, alcanzo y alcanzare por las armas en esta vida, toda me viene del favor que ella me da y de ser yo suyo.
— �Ay —dijo Sancho—, y c�mo est� vuestra merced lastimado de esos cascos! Pues d�game, se�or: �piensa vuestra merced caminar este camino en balde, y dejar pasar y perder un tan rico y tan principal casamiento como �ste, donde le dan en dote un reino, que a buena verdad que he o�do decir que tiene m�s de veinte mil leguas de contorno, y que es abundant�simo de todas las cosas que son necesarias para el sustento de la vida humana, y que es mayor que Portugal y que Castilla juntos? Calle, por amor de Dios, y tenga verg�enza de lo que ha dicho, y tome mi consejo, y perd�neme, y c�sese luego en el primer lugar que haya cura; y si no, ah� est� nuestro licenciado, que lo har� de perlas. Y advierta que ya tengo edad para dar consejos, y que este que le doy le viene de molde, y que m�s vale p�jaro en mano que buitre volando, porque quien bien tiene y mal escoge, por bien que se enoja no se venga.
— Mira, Sancho —respondi� don Quijote—: si el consejo que me das de que me case es porque sea luego rey, en matando al gigante, y tenga c�modo para hacerte mercedes y darte lo prometido, h�gote saber que sin casarme podr� cumplir tu deseo muy f�cilmente, porque yo sacar� de adahala, antes de entrar en la batalla, que, saliendo vencedor della, ya que no me case, me han de dar una parte del reino, para que la pueda dar a quien yo quisiere; y, en d�ndomela, �a qui�n quieres t� que la d� sino a ti?
— Eso est� claro —respondi� Sancho—, pero mire vuestra merced que la escoja hacia la marina, porque, si no me contentare la vivienda, pueda embarcar mis negros vasallos y hacer dellos lo que ya he dicho. Y vuestra merced no se cure de ir por agora a ver a mi se�ora Dulcinea, sino v�yase a matar al gigante, y concluyamos este negocio; que por Dios que se me asienta que ha de ser de mucha honra y de mucho provecho.
— D�gote, Sancho —dijo don Quijote—, que est�s en lo cierto, y que habr� de tomar tu consejo en cuanto el ir antes con la princesa que a ver a Dulcinea. Y av�sote que no digas nada a nadie, ni a los que con nosotros vienen, de lo que aqu� hemos departido y tratado; que, pues Dulcinea es tan recatada que no quiere que se sepan sus pensamientos, no ser� bien que yo, ni otro por m�, los descubra.
— Pues si eso es as� —dijo Sancho—, �c�mo hace vuestra merced que todos los que vence por su brazo se vayan a presentar ante mi se�ora Dulcinea, siendo esto firma de su nombre que la quiere bien y que es su enamorado? Y, siendo forzoso que los que fueren se han de ir a hincar de finojos ante su presencia, y decir que van de parte de vuestra merced a dalle la obediencia, �c�mo se pueden encubrir los pensamientos de entrambos? — �Oh, qu� necio y qu� simple que eres! —dijo don Quijote—. �T� no ves, Sancho, que eso todo redunda en su mayor ensalzamiento? Porque has de saber que en este nuestro estilo de caballer�a es gran honra tener una dama muchos caballeros andantes que la sirvan, sin que se estiendan m�s sus pensamientos que a servilla, por s�lo ser ella quien es, sin esperar otro premio de sus muchos y buenos deseos, sino que ella se contente de acetarlos por sus caballeros.
— Con esa manera de amor —dijo Sancho— he o�do yo predicar que se ha de amar a Nuestro Se�or, por s� solo, sin que nos mueva esperanza de gloria o temor de pena. Aunque yo le querr�a amar y servir por lo que pudiese. — �V�late el diablo por villano —dijo don Quijote—, y qu� de discreciones dices a las veces! No parece sino que has estudiado.
— Pues a fe m�a que no s� leer —respondi� Sancho.
En esto, les dio voces maese Nicol�s que esperasen un poco, que quer�an detenerse a beber en una fontecilla que all� estaba. Det�vose don Quijote, con no poco gusto de Sancho, que ya estaba cansado de mentir tanto y tem�a no le cogiese su amo a palabras; porque, puesto que �l sab�a que Dulcinea era una labradora del Toboso, no la hab�a visto en toda su vida. Hab�ase en este tiempo vestido Cardenio los vestidos que Dorotea tra�a cuando la hallaron, que, aunque no eran muy buenos, hac�an mucha ventaja a los que dejaba. Ape�ronse junto a la fuente, y con lo que el cura se acomod� en la venta satisficieron, aunque poco, la mucha hambre que todos tra�an.
Estando en esto, acert� a pasar por all� un muchacho que iba de camino, el cual, poni�ndose a mirar con mucha atenci�n a los que en la fuente estaban, de all� a poco arremeti� a don Quijote, y, abraz�ndole por las piernas, comenz� a llorar muy de prop�sito, diciendo:
— �Ay, se�or m�o! �No me conoce vuestra merced? Pues m�reme bien, que yo soy aquel mozo Andr�s que quit� vuestra merced de la encina donde estaba atado. Reconoci�le don Quijote, y, asi�ndole por la mano, se volvi� a los que all� estaban y dijo:
— Porque vean vuestras mercedes cu�n de importancia es haber caballeros andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en �l se hacen por los insolentes y malos hombres que en �l viven, sepan vuestras mercedes que los d�as pasados, pasando yo por un bosque, o� unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa; acud� luego, llevado de mi obligaci�n, hacia la parte donde me pareci� que las lamentables voces sonaban, y hall� atado a una encina a este muchacho que ahora est� delante (de lo que me huelgo en el alma, porque ser� testigo que no me dejar� mentir en nada); digo que estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo arriba, y est�bale abriendo a azotes con las riendas de una yegua un villano, que despu�s supe que era amo suyo; y, as� como yo le vi, le pregunt� la causa de tan atroz vapulamiento; respondi� el zafio que le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que ten�a nac�an m�s de ladr�n que de simple; a lo cual este ni�o dijo: ''Se�or, no me azota sino porque le pido mi salario''. El amo replic� no s� qu� arengas y disculpas, las cuales, aunque de m� fueron o�das, no fueron admitidas. En resoluci�n, yo le hice desatar, y tom� juramento al villano de que le llevar�a consigo y le pagar�a un real sobre otro, y aun sahumados. �No es verdad todo esto, hijo Andr�s? �No notaste con cu�nto imperio se lo mand�, y con cu�nta humildad prometi� de hacer todo cuanto yo le impuse, y notifiqu� y quise? Responde; no te turbes ni dudes en nada: di lo que pas� a estos se�ores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber caballeros andantes por los caminos.
— Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondi� el muchacho—, pero el fin del negocio sucedi� muy al rev�s de lo que vuestra merced se imagina.
— �C�mo al rev�s? —replic� don Quijote—; luego, �no te pag� el villano? — No s�lo no me pag� —respondi� el muchacho—, pero, as� como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvi� a atar a la mesma encina, y me dio de nuevo tantos azotes que qued� hecho un San Bartolom� desollado; y, a cada azote que me daba, me dec�a un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que dec�a. En efeto: �l me par� tal, que hasta ahora he estado cur�ndome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me deb�a. Mas, como vuestra merced le deshonr� tan sin prop�sito y le dijo tantas villan�as, encendi�sele la c�lera, y, como no la pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descarg� sobre m� el nublado, de modo que me parece que no ser� m�s hombre en toda mi vida. — El da�o estuvo —dijo don Quijote— en irme yo de all�; que no me hab�a de ir hasta dejarte pagado, porque bien deb�a yo de saber, por luengas experiencias, que no hay villano que guarde palabra que tiene, si �l vee que no le est� bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andr�s, que yo jur� que si no te pagaba, que hab�a de ir a buscarle, y que le hab�a de hallar, aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
— As� es la verdad —dijo Andr�s—, pero no aprovech� nada.
— Ahora ver�s si aprovecha —dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levant� muy apriesa y mand� a Sancho que enfrenase a Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos com�an.
Pregunt�le Dorotea qu� era lo que hacer quer�a. �l le respondi� que quer�a ir a buscar al villano y castigalle de tan mal t�rmino, y hacer pagado a Andr�s hasta el �ltimo maraved�, a despecho y pesar de cuantos villanos hubiese en el mundo. A lo que ella respondi� que advirtiese que no pod�a, conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la suya; y que, pues esto sab�a �l mejor que otro alguno, que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.
— As� es verdad —respondi� don Quijote—, y es forzoso que Andr�s tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, se�ora, dec�s; que yo le torno a jurar y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado.
— No me creo desos juramentos —dijo Andr�s—; m�s quisiera tener agora con qu� llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo: d�me, si tiene ah�, algo que coma y lleve, y qu�dese con Dios su merced y todos los caballeros andantes; que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido para conmigo.
Sac� de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y, d�ndoselo al mozo, le dijo:
— Tom�, hermano Andr�s, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia. — Pues, �qu� parte os alcanza a vos? —pregunt� Andr�s.
— Esta parte de queso y pan que os doy —respondi� Sancho—, que Dios sabe si me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura, y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andr�s asi� de su pan y queso, y, viendo que nadie le daba otra cosa, abaj� su cabeza y tom� el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a don Quijote:
— Por amor de Dios, se�or caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino d�jeme con mi desgracia; que no ser� tanta, que no sea mayor la que me vendr� de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo.
�base a levantar don Quijote para castigalle, mas �l se puso a correr de modo que ninguno se atrevi� a seguille. Qued� corrid�simo don Quijote del cuento de Andr�s, y fue menester que los dem�s tuviesen mucha cuenta con no re�rse, por no acaballe de correr del todo.
Acab�se la buena comida, ensillaron luego, y, sin que les sucediese cosa digna de contar, llegaron otro d�a a la venta, espanto y asombro de Sancho Panza; y, aunque �l quisiera no entrar en ella, no lo pudo huir. La ventera, ventero, su hija y Maritornes, que vieron venir a don Quijote y a Sancho, les salieron a recebir con muestras de mucha alegr�a, y �l las recibi� con grave continente y aplauso, y d�joles que le aderezasen otro mejor lecho que la vez pasada; a lo cual le respondi� la hu�speda que como la pagase mejor que la otra vez, que ella se la dar�a de pr�ncipes. Don Quijote dijo que s� har�a, y as�, le aderezaron uno razonable en el mismo caramanch�n de marras, y �l se acost� luego, porque ven�a muy quebrantado y falto de juicio.
No se hubo bien encerrado, cuando la hu�speda arremeti� al barbero, y, asi�ndole de la barba, dijo:
— Para mi santiguada, que no se ha a�n de aprovechar m�s de mi rabo para su barba, y que me ha de volver mi cola; que anda lo de mi marido por esos suelos, que es verg�enza; digo, el peine, que sol�a yo colgar de mi buena cola.
No se la quer�a dar el barbero, aunque ella m�s tiraba, hasta que el licenciado le dijo que se la diese, que ya no era menester m�s usar de aquella industria, sino que se descubriese y mostrase en su misma forma, y dijese a don Quijote que cuando le despojaron los ladrones galeotes se hab�an venido a aquella venta huyendo; y que si preguntase por el escudero de la princesa, le dir�an que ella le hab�a enviado adelante a dar aviso a los de su reino como ella iba y llevaba consigo el libertador de todos. Con esto, dio de buena gana la cola a la ventera el barbero, y asimismo le volvieron todos los adherentes que hab�a prestado para la libertad de don Quijote. Espant�ronse todos los de la venta de la hermosura de Dorotea, y aun del buen talle del zagal Cardenio. Hizo el cura que les aderezasen de comer de lo que en la venta hubiese, y el hu�sped, con esperanza de mejor paga, con diligencia les aderez� una razonable comida; y a todo esto dorm�a don Quijote, y fueron de parecer de no despertalle, porque m�s provecho le har�a por entonces el dormir que el comer.
Trataron sobre comida, estando delante el ventero, su mujer, su hija, Maritornes, todos los pasajeros, de la estra�a locura de don Quijote y del modo que le hab�an hallado. La hu�speda les cont� lo que con �l y con el arriero les hab�a acontecido, y, mirando si acaso estaba all� Sancho, como no le viese, cont� todo lo de su manteamiento, de que no poco gusto recibieron. Y, como el cura dijese que los libros de caballer�as que don Quijote hab�a le�do le hab�an vuelto el juicio, dijo el ventero:
— No s� yo c�mo puede ser eso; que en verdad que, a lo que yo entiendo, no hay mejor letrado en el mundo, y que tengo ah� dos o tres dellos, con otros papeles, que verdaderamente me han dado la vida, no s�lo a m�, sino a otros muchos. Porque, cuando es tiempo de la siega, se recogen aqu�, las fiestas, muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rode�monos d�l m�s de treinta, y est�mosle escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de m� s� decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querr�a estar oy�ndolos noches y d�as.
— Y yo ni m�s ni menos —dijo la ventera—, porque nunca tengo buen rato en mi casa sino aquel que vos est�is escuchando leer: que est�is tan embobado, que no os acord�is de re�ir por entonces.
— As� es la verdad —dijo Maritornes—, y a buena fe que yo tambi�n gusto mucho de o�r aquellas cosas, que son muy lindas; y m�s, cuando cuentan que se est� la otra se�ora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero, y que les est� una due�a haci�ndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto. Digo que todo esto es cosa de mieles.
— Y a vos �qu� os parece, se�ora doncella? —dijo el cura, hablando con la hija del ventero.
— No s�, se�or, en mi �nima —respondi� ella—; tambi�n yo lo escucho, y en verdad que, aunque no lo entiendo, que recibo gusto en o�llo; pero no gusto yo de los golpes de que mi padre gusta, sino de las lamentaciones que los caballeros hacen cuando est�n ausentes de sus se�oras: que en verdad que algunas veces me hacen llorar de compasi�n que les tengo.
— Luego, �bien las remedi�rades vos, se�ora doncella —dijo Dorotea—, si por vos lloraran?
— No s� lo que me hiciera —respondi� la moza—; s�lo s� que hay algunas se�oras de aqu�llas tan crueles, que las llaman sus caballeros tigres y leones y otras mil inmundicias. Y, �Jes�s!, yo no s� qu� gente es aqu�lla tan desalmada y tan sin conciencia, que por no mirar a un hombre honrado, le dejan que se muera, o que se vuelva loco. Yo no s� para qu� es tanto melindre: si lo hacen de honradas, c�sense con ellos, que ellos no desean otra cosa.
— Calla, ni�a —dijo la ventera—, que parece que sabes mucho destas cosas, y no est� bien a las doncellas saber ni hablar tanto.
— Como me lo pregunta este se�or —respondi� ella—, no pude dejar de respondelle.
— Ahora bien —dijo el cura—, traedme, se�or hu�sped, aquesos libros, que los quiero ver.
— Que me place —respondi� �l.
Y, entrando en su aposento, sac� d�l una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y, abri�ndola, hall� en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano. El primer libro que abri� vio que era Don Cirongilio de Tracia; y el otro, de Felixmarte de Hircania; y el otro, la Historia del Gran Capit�n Gonzalo Hern�ndez de C�rdoba, con la vida de Diego Garc�a de Paredes. As� como el cura ley� los dos t�tulos primeros, volvi� el rostro al barbero y dijo:
— Falta nos hacen aqu� ahora el ama de mi amigo y su sobrina.
— No hacen —respondi� el barbero—, que tambi�n s� yo llevallos al corral o a la chimenea; que en verdad que hay muy buen fuego en ella.
— Luego, �quiere vuestra merced quemar m�s libros? —dijo el ventero. — No m�s —dijo el cura— que estos dos: el de Don Cirongilio y el de Felixmarte.
— Pues, �por ventura —dijo el ventero— mis libros son herejes o flem�ticos, que los quiere quemar?
— Cism�ticos quer�is decir, amigo —dijo el barbero—, que no flem�ticos.
— As� es —replic� el ventero—; mas si alguno quiere quemar, sea ese del Gran Capit�n y dese Diego Garc�a, que antes dejar� quemar un hijo que dejar quemar ninguno desotros.
— Hermano m�o —dijo el cura—, estos dos libros son mentirosos y est�n llenos de disparates y devaneos; y este del Gran Capit�n es historia verdadera, y tiene los hechos de Gonzalo Hern�ndez de C�rdoba, el cual, por sus muchas y grandes haza�as, mereci� ser llamado de todo el mundo Gran Capit�n, renombre famoso y claro, y d�l s�lo merecido. Y este Diego Garc�a de Paredes fue un principal caballero, natural de la ciudad de Trujillo, en Estremadura, valent�simo soldado, y de tantas fuerzas naturales que deten�a con un dedo una rueda de molino en la mitad de su furia; y, puesto con un montante en la entrada de una puente, detuvo a todo un innumerable ej�rcito, que no pasase por ella; y hizo otras tales cosas que, como si �l las cuenta y las escribe �l asimismo, con la modestia de caballero y de coronista propio, las escribiera otro, libre y desapasionado, pusieran en su olvido las de los H�tores, Aquiles y Roldanes.
— �Tomaos con mi padre! —dijo el dicho ventero—. �Mirad de qu� se espanta: de detener una rueda de molino! Por Dios, ahora hab�a vuestra merced de leer lo que hizo Felixmarte de Hircania, que de un rev�s solo parti� cinco gigantes por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecicos que hacen los ni�os. Y otra vez arremeti� con un grand�simo y poderos�simo ej�rcito, donde llev� m�s de un mill�n y seiscientos mil soldados, todos armados desde el pie hasta la cabeza, y los desbarat� a todos, como si fueran manadas de ovejas. Pues, �qu� me dir�n del bueno de don Cirongilio de Tracia, que fue tan valiente y animoso como se ver� en el libro, donde cuenta que, navegando por un r�o, le sali� de la mitad del agua una serpiente de fuego, y �l, as� como la vio, se arroj� sobre ella, y se puso a horcajadas encima de sus escamosas espaldas, y le apret� con ambas manos la garganta, con tanta fuerza que, viendo la serpiente que la iba ahogando, no tuvo otro remedio sino dejarse ir a lo hondo del r�o, llev�ndose tras s� al caballero, que nunca la quiso soltar? Y, cuando llegaron all� bajo, se hall� en unos palacios y en unos jardines tan lindos que era maravilla; y luego la sierpe se volvi� en un viejo anciano, que le dijo tantas de cosas que no hay m�s que o�r. Calle, se�or, que si oyese esto, se volver�a loco de placer. �Dos higas para el Gran Capit�n y para ese Diego Garc�a que dice!
Oyendo esto Dorotea, dijo callando a Cardenio:
— Poco le falta a nuestro hu�sped para hacer la segunda parte de don Quijote.
— As� me parece a m� —respondi� Cardenio—, porque, seg�n da indicio, �l tiene por cierto que todo lo que estos libros cuentan pas� ni m�s ni menos que lo escriben, y no le har�n creer otra cosa frailes descalzos. — Mirad, hermano —torn� a decir el cura—, que no hubo en el mundo Felixmarte de Hircania, ni don Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes que los libros de caballer�as cuentan, porque todo es compostura y ficci�n de ingenios ociosos, que los compusieron para el efeto que vos dec�s de entretener el tiempo, como lo entretienen ley�ndolos vuestros segadores; porque realmente os juro que nunca tales caballeros fueron en el mundo, ni tales haza�as ni disparates acontecieron en �l.
— �A otro perro con ese hueso! —respondi� el ventero—. �Como si yo no supiese cu�ntas son cinco y ad�nde me aprieta el zapato! No piense vuestra merced darme papilla, porque por Dios que no soy nada blanco. �Bueno es que quiera darme vuestra merced a entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los se�ores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que hab�an de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos que quitan el juicio!
— Ya os he dicho, amigo —replic� el cura—, que esto se hace para entretener nuestros ociosos pensamientos; y, as� como se consiente en las rep�blicas bien concertadas que haya juegos de ajedrez, de pelota y de trucos, para entretener a algunos que ni tienen, ni deben, ni pueden trabajar, as� se consiente imprimir y que haya tales libros, creyendo, como es verdad, que no ha de haber alguno tan ignorante que tenga por historia verdadera ninguna destos libros. Y si me fuera l�cito agora, y el auditorio lo requiriera, yo dijera cosas acerca de lo que han de tener los libros de caballer�as para ser buenos, que quiz� fueran de provecho y aun de gusto para algunos; pero yo espero que vendr� tiempo en que lo pueda comunicar con quien pueda remediallo, y en este entretanto creed, se�or ventero, lo que os he dicho, y tomad vuestros libros, y all� os avenid con sus verdades o mentiras, y buen provecho os hagan, y quiera Dios que no coje�is del pie que cojea vuestro hu�sped don Quijote.
— Eso no —respondi� el ventero—, que no ser� yo tan loco que me haga caballero andante: que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros.
A la mitad desta pl�tica se hall� Sancho presente, y qued� muy confuso y pensativo de lo que hab�a o�do decir que ahora no se usaban caballeros andantes, y que todos los libros de caballer�as eran necedades y mentiras, y propuso en su coraz�n de esperar en lo que paraba aquel viaje de su amo, y que si no sal�a con la felicidad que �l pensaba, determinaba de dejalle y volverse con su mujer y sus hijos a su acostumbrado trabajo.
Llev�base la maleta y los libros el ventero, mas el cura le dijo: — Esperad, que quiero ver qu� papeles son esos que de tan buena letra est�n escritos.
Sac�los el hu�sped, y, d�ndoselos a leer, vio hasta obra de ocho pliegos escritos de mano, y al principio ten�an un t�tulo grande que dec�a: Novela del curioso impertinente. Ley� el cura para s� tres o cuatro renglones y dijo:
— Cierto que no me parece mal el t�tulo desta novela, y que me viene voluntad de leella toda.
A lo que respondi� el ventero:
— Pues bien puede leella su reverencia, porque le hago saber que algunos hu�spedes que aqu� la han le�do les ha contentado mucho, y me la han pedido con muchas veras; mas yo no se la he querido dar, pensando volv�rsela a quien aqu� dej� esta maleta olvidada con estos libros y esos papeles; que bien puede ser que vuelva su due�o por aqu� alg�n tiempo, y, aunque s� que me han de hacer falta los libros, a fe que se los he de volver: que, aunque ventero, todav�a soy cristiano.
— Vos ten�is mucha raz�n, amigo —dijo el cura—, mas, con todo eso, si la novela me contenta, me la hab�is de dejar trasladar.
— De muy buena gana —respondi� el ventero.
Mientras los dos esto dec�an, hab�a tomado Cardenio la novela y comenzado a leer en ella; y, pareci�ndole lo mismo que al cura, le rog� que la leyese de modo que todos la oyesen.
— S� leyera —dijo el cura—, si no fuera mejor gastar este tiempo en dormir que en leer.
— Harto reposo ser� para m� —dijo Dorotea— entretener el tiempo oyendo alg�n cuento, pues a�n no tengo el esp�ritu tan sosegado que me conceda dormir cuando fuera raz�n.
— Pues desa manera —dijo el cura—, quiero leerla, por curiosidad siquiera; quiz� tendr� alguna de gusto.
Acudi� maese Nicol�s a rogarle lo mesmo, y Sancho tambi�n; lo cual visto del cura, y entendiendo que a todos dar�a gusto y �l le recibir�a, dijo: — Pues as� es, est�nme todos atentos, que la novela comienza desta manera:
�En Florencia, ciudad rica y famosa de Italia, en la provincia que llaman Toscana, viv�an Anselmo y Lotario, dos caballeros ricos y principales, y tan amigos que, por excelencia y antonomasia, de todos los que los conoc�an los dos amigos eran llamados. Eran solteros, mozos de una misma edad y de unas mismas costumbres; todo lo cual era bastante causa a que los dos con rec�proca amistad se correspondiesen. Bien es verdad que el Anselmo era algo m�s inclinado a los pasatiempos amorosos que el Lotario, al cual llevaban tras s� los de la caza; pero, cuando se ofrec�a, dejaba Anselmo de acudir a sus gustos por seguir los de Lotario, y Lotario dejaba los suyos por acudir a los de Anselmo; y, desta manera, andaban tan a una sus voluntades, que no hab�a concertado reloj que as� lo anduviese. �Andaba Anselmo perdido de amores de una doncella principal y hermosa de la misma ciudad, hija de tan buenos padres y tan buena ella por s�, que se determin�, con el parecer de su amigo Lotario, sin el cual ninguna cosa hac�a, de pedilla por esposa a sus padres, y as� lo puso en ejecuci�n; y el que llev� la embajada fue Lotario, y el que concluy� el negocio tan a gusto de su amigo, que en breve tiempo se vio puesto en la posesi�n que deseaba, y Camila tan contenta de haber alcanzado a Anselmo por esposo, que no cesaba de dar gracias al cielo, y a Lotario, por cuyo medio tanto bien le hab�a venido.
�Los primeros d�as, como todos los de boda suelen ser alegres, continu� Lotario, como sol�a, la casa de su amigo Anselmo, procurando honralle, festejalle y regocijalle con todo aquello que a �l le fue posible; pero, acabadas las bodas y sosegada ya la frecuencia de las visitas y parabienes, comenz� Lotario a descuidarse con cuidado de las idas en casa de Anselmo, por parecerle a �l —como es raz�n que parezca a todos los que fueren discretos— que no se han de visitar ni continuar las casas de los amigos casados de la misma manera que cuando eran solteros; porque, aunque la buena y verdadera amistad no puede ni debe de ser sospechosa en nada, con todo esto, es tan delicada la honra del casado, que parece que se puede ofender aun de los mesmos hermanos, cuanto m�s de los amigos.
�Not� Anselmo la remisi�n de Lotario, y form� d�l quejas grandes, dici�ndole que si �l supiera que el casarse hab�a de ser parte para no comunicalle como sol�a, que jam�s lo hubiera hecho, y que si, por la buena correspondencia que los dos ten�an mientras �l fue soltero, hab�an alcanzado tan dulce nombre como el de ser llamados los dos amigos, que no permitiese, por querer hacer del circunspecto, sin otra ocasi�n alguna, que tan famoso y tan agradable nombre se perdiese; y que as�, le suplicaba, si era l�cito que tal t�rmino de hablar se usase entre ellos, que volviese a ser se�or de su casa, y a entrar y salir en ella como de antes, asegur�ndole que su esposa Camila no ten�a otro gusto ni otra voluntad que la que �l quer�a que tuviese, y que, por haber sabido ella con cu�ntas veras los dos se amaban, estaba confusa de ver en �l tanta esquiveza. �A todas estas y otras muchas razones que Anselmo dijo a Lotario para persuadille volviese como sol�a a su casa, respondi� Lotario con tanta prudencia, discreci�n y aviso, que Anselmo qued� satisfecho de la buena intenci�n de su amigo, y quedaron de concierto que dos d�as en la semana y las fiestas fuese Lotario a comer con �l; y, aunque esto qued� as� concertado entre los dos, propuso Lotario de no hacer m�s de aquello que viese que m�s conven�a a la honra de su amigo, cuyo cr�dito estimaba en m�s que el suyo proprio. Dec�a �l, y dec�a bien, que el casado a quien el cielo hab�a concedido mujer hermosa, tanto cuidado hab�a de tener qu� amigos llevaba a su casa como en mirar con qu� amigas su mujer conversaba, porque lo que no se hace ni concierta en las plazas, ni en los templos, ni en las fiestas p�blicas, ni estaciones —cosas que no todas veces las han de negar los maridos a sus mujeres—, se concierta y facilita en casa de la amiga o la parienta de quien m�s satisfaci�n se tiene.
�Tambi�n dec�a Lotario que ten�an necesidad los casados de tener cada uno alg�n amigo que le advirtiese de los descuidos que en su proceder hiciese, porque suele acontecer que con el mucho amor que el marido a la mujer tiene, o no le advierte o no le dice, por no enojalla, que haga o deje de hacer algunas cosas, que el hacellas o no, le ser�a de honra o de vituperio; de lo cual, siendo del amigo advertido, f�cilmente pondr�a remedio en todo. Pero, �d�nde se hallar� amigo tan discreto y tan leal y verdadero como aqu� Lotario le pide? No lo s� yo, por cierto; s�lo Lotario era �ste, que con toda solicitud y advertimiento miraba por la honra de su amigo y procuraba dezmar, frisar y acortar los d�as del concierto del ir a su casa, porque no pareciese mal al vulgo ocioso y a los ojos vagabundos y maliciosos la entrada de un mozo rico, gentilhombre y bien nacido, y de las buenas partes que �l pensaba que ten�a, en la casa de una mujer tan hermosa como Camila; que, puesto que su bondad y valor pod�a poner freno a toda maldiciente lengua, todav�a no quer�a poner en duda su cr�dito ni el de su amigo, y por esto los m�s de los d�as del concierto los ocupaba y entreten�a en otras cosas, que �l daba a entender ser inexcusables. As� que, en quejas del uno y disculpas del otro se pasaban muchos ratos y partes del d�a.
�Sucedi�, pues, que uno que los dos se andaban paseando por un prado fuera de la ciudad, Anselmo dijo a Lotario las semejantes razones: �—Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en hacerme hijo de tales padres como fueron los m�os y al darme, no con mano escasa, los bienes, as� los que llaman de naturaleza como los de fortuna, no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido, y sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria: dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, en el que puedo. Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el m�s despechado y el m�s desabrido hombre de todo el universo mundo; porque no s� qu� d�as a esta parte me fatiga y aprieta un deseo tan estra�o, y tan fuera del uso com�n de otros, que yo me maravillo de m� mismo, y me culpo y me ri�o a solas, y procuro callarlo y encubrirlo de mis proprios pensamientos; y as� me ha sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo a todo el mundo. Y, pues que, en efeto, �l ha de salir a plaza,quiero que sea en la del archivo de tu secreto, confiado que, con �l y con la diligencia que pondr�s, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me ver� presto libre de la angustia que me causa, y llegar� mi alegr�a por tu solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura. �Suspenso ten�an a Lotario las razones de Anselmo, y no sab�a en qu� hab�a de parar tan larga prevenci�n o pre�mbulo; y, aunque iba revolviendo en su imaginaci�n qu� deseo podr�a ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agon�a que le causaba aquella suspensi�n, le dijo que hac�a notorio agravio a su mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus m�s encubiertos pensamientos, pues ten�a cierto que se pod�a prometer d�l, o ya consejos para entretenellos, o ya remedio para cumplillos.
�—As� es la verdad —respondi� Anselmo—, y con esa confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfeta como yo pienso; y no puedo enterarme en esta verdad, si no es prob�ndola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para m�, �oh amigo!, que no es una mujer m�s buena de cuanto es o no es solicitada, y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las d�divas, a las l�grimas y a las continuas importunidades de los sol�citos amantes. Porque, �qu� hay que agradecer —dec�a �l— que una mujer sea buena, si nadie le dice que sea mala? �Qu� mucho que est� recogida y temerosa la que no le dan ocasi�n para que se suelte, y la que sabe que tiene marido que, en cogi�ndola en la primera desenvoltura, la ha de quitar la vida? Ans� que, la que es buena por temor, o por falta de lugar, yo no la quiero tener en aquella estima en que tendr� a la solicitada y perseguida que sali� con la corona del vencimiento. De modo que, por estas razones y por otras muchas que te pudiera decir para acreditar y fortalecer la opini�n que tengo, deseo que Camila, mi esposa, pase por estas dificultades y se acrisole y quilate en el fuego de verse requerida y solicitada, y de quien tenga valor para poner en ella sus deseos; y si ella sale, como creo que saldr�, con la palma desta batalla, tendr� yo por sin igual mi ventura; podr� yo decir que est� colmo el vac�o de mis deseos; dir� que me cupo en suerte la mujer fuerte, de quien el Sabio dice que �qui�n la hallar�? Y, cuando esto suceda al rev�s de lo que pienso, con el gusto de ver que acert� en mi opini�n, llevar� sin pena la que de raz�n podr� causarme mi tan costosa experiencia. Y, prosupuesto que ninguna cosa de cuantas me dijeres en contra de mi deseo ha de ser de alg�n provecho para dejar de ponerle por la obra, quiero, �oh amigo Lotario!, que te dispongas a ser el instrumento que labre aquesta obra de mi gusto; que yo te dar� lugar para que lo hagas, sin faltarte todo aquello que yo viere ser necesario para solicitar a una mujer honesta, honrada, recogida y desinteresada. Y mu�veme, entre otras cosas, a fiar de ti esta tan ardua empresa, el ver que si de ti es vencida Camila, no ha de llegar el vencimiento a todo trance y rigor, sino a s�lo a tener por hecho lo que se ha de hacer, por buen respeto; y as�, no quedar� yo ofendido m�s de con el deseo, y mi injuria quedar� escondida en la virtud de tu silencio, que bien s� que en lo que me tocare ha de ser eterno como el de la muerte. As� que, si quieres que yo tenga vida que pueda decir que lo es, desde luego has de entrar en esta amorosa batalla, no tibia ni perezosamente, sino con el ah�nco y diligencia que mi deseo pide, y con la confianza que nuestra amistad me asegura.
��stas fueron las razones que Anselmo dijo a Lotario, a todas las cuales estuvo tan atento, que si no fueron las que quedan escritas que le dijo, no despleg� sus labios hasta que hubo acabado; y, viendo que no dec�a m�s, despu�s que le estuvo mirando un buen espacio, como si mirara otra cosa que jam�s hubiera visto, que le causara admiraci�n y espanto, le dijo: �—No me puedo persuadir, �oh amigo Anselmo!, a que no sean burlas las cosas que me has dicho; que, a pensar que de veras las dec�as, no consintiera que tan adelante pasaras, porque con no escucharte previniera tu larga arenga. Sin duda imagino, o que no me conoces, o que yo no te conozco. Pero no; que bien s� que eres Anselmo, y t� sabes que yo soy Lotario; el da�o est� en que yo pienso que no eres el Anselmo que sol�as, y t� debes de haber pensado que tampoco yo soy el Lotario que deb�a ser, porque las cosas que me has dicho, ni son de aquel Anselmo mi amigo, ni las que me pides se han de pedir a aquel Lotario que t� conoces; porque los buenos amigos han de probar a sus amigos y valerse dellos, como dijo un poeta, usque ad aras; que quiso decir que no se hab�an de valer de su amistad en cosas que fuesen contra Dios. Pues, si esto sinti� un gentil de la amistad, �cu�nto mejor es que lo sienta el cristiano, que sabe que por ninguna humana ha de perder la amistad divina? Y cuando el amigo tirase tanto la barra que pusiese aparte los respetos del cielo por acudir a los de su amigo, no ha de ser por cosas ligeras y de poco momento, sino por aquellas en que vaya la honra y la vida de su amigo. Pues dime t� ahora, Anselmo: �cu�l destas dos cosas tienes en peligro para que yo me aventure a complacerte y a hacer una cosa tan detestable como me pides? Ninguna, por cierto; antes, me pides, seg�n yo entiendo, que procure y solicite quitarte la honra y la vida, y quit�rmela a m� juntamente. Porque si yo he de procurar quitarte la honra, claro est� que te quito la vida, pues el hombre sin honra peor es que un muerto; y, siendo yo el instrumento, como t� quieres que lo sea, de tanto mal tuyo, �no vengo a quedar deshonrado, y, por el mesmo consiguiente, sin vida? Escucha, amigo Anselmo, y ten paciencia de no responderme hasta que acabe de decirte lo que se me ofreciere acerca de lo que te ha pedido tu deseo; que tiempo quedar� para que t� me repliques y yo te escuche.
�—Que me place —dijo Anselmo—: di lo que quisieres.
�Y Lotario prosigui� diciendo:
�—Par�ceme, �oh Anselmo!, que tienes t� ahora el ingenio como el que siempre tienen los moros, a los cuales no se les puede dar a entender el error de su secta con las acotaciones de la Santa Escritura, ni con razones que consistan en especulaci�n del entendimiento, ni que vayan fundadas en art�culos de fe, sino que les han de traer ejemplos palpables, f�ciles, intelegibles, demonstrativos, indubitables, con demostraciones matem�ticas que no se pueden negar, como cuando dicen: "Si de dos partes iguales quitamos partes iguales, las que quedan tambi�n son iguales"; y, cuando esto no entiendan de palabra, como, en efeto, no lo entienden, h�seles de mostrar con las manos y pon�rselo delante de los ojos, y, aun con todo esto, no basta nadie con ellos a persuadirles las verdades de mi sacra religi�n. Y este mesmo t�rmino y modo me convendr� usar contigo, porque el deseo que en ti ha nacido va tan descaminado y tan fuera de todo aquello que tenga sombra de razonable, que me parece que ha de ser tiempo gastado el que ocupare en darte a entender tu simplicidad, que por ahora no le quiero dar otro nombre, y aun estoy por dejarte en tu desatino, en pena de tu mal deseo; mas no me deja usar deste rigor la amistad que te tengo, la cual no consiente que te deje puesto en tan manifiesto peligro de perderte. Y, porque claro lo veas, dime, Anselmo: �t� no me has dicho que tengo de solicitar a una retirada, persuadir a una honesta, ofrecer a una desinteresada, servir a una prudente? S� que me lo has dicho. Pues si t� sabes que tienes mujer retirada, honesta, desinteresada y prudente, �qu� buscas? Y si piensas que de todos mis asaltos ha de salir vencedora, como saldr� sin duda, �qu� mejores t�tulos piensas darle despu�s que los que ahora tiene, o qu� ser� m�s despu�s de lo que es ahora? O es que t� no la tienes por la que dices, o t� no sabes lo que pides. Si no la tienes por lo que dices, �para qu� quieres probarla, sino, como a mala, hacer della lo que m�s te viniere en gusto? Mas si es tan buena como crees, impertinente cosa ser� hacer experiencia de la mesma verdad, pues, despu�s de hecha, se ha de quedar con la estimaci�n que primero ten�a. As� que, es raz�n concluyente que el intentar las cosas de las cuales antes nos puede suceder da�o que provecho es de juicios sin discurso y temerarios, y m�s cuando quieren intentar aquellas a que no son forzados ni compelidos, y que de muy lejos traen descubierto que el intentarlas es manifiesta locura. Las cosas dificultosas se intentan por Dios, o por el mundo, o por entrambos a dos: las que se acometen por Dios son las que acometieron los santos, acometiendo a vivir vida de �ngeles en cuerpos humanos; las que se acometen por respeto del mundo son las de aquellos que pasan tanta infinidad de agua, tanta diversidad de climas, tanta estra�eza de gentes, por adquirir estos que llaman bienes de fortuna. Y las que se intentan por Dios y por el mundo juntamente son aquellas de los valerosos soldados, que apenas veen en el contrario muro abierto tanto espacio cuanto es el que pudo hacer una redonda bala de artiller�a, cuando, puesto aparte todo temor, sin hacer discurso ni advertir al manifiesto peligro que les amenaza, llevados en vuelo de las alas del deseo de volver por su fe, por su naci�n y por su rey, se arrojan intr�pidamente por la mitad de mil contrapuestas muertes que los esperan. Estas cosas son las que suelen intentarse, y es honra, gloria y provecho intentarlas, aunque tan llenas de inconvenientes y peligros. Pero la que t� dices que quieres intentar y poner por obra, ni te ha de alcanzar gloria de Dios, bienes de la fortuna, ni fama con los hombres; porque, puesto que salgas con ella como deseas, no has de quedar ni m�s ufano, ni m�s rico, ni m�s honrado que est�s ahora; y si no sales, te has de ver en la mayor miseria que imaginarse pueda, porque no te ha de aprovechar pensar entonces que no sabe nadie la desgracia que te ha sucedido, porque bastar� para afligirte y deshacerte que la sepas t� mesmo. Y, para confirmaci�n desta verdad, te quiero decir una estancia que hizo el famoso poeta Luis Tansilo, en el fin de su primera parte de Las l�grimas de San Pedro, que dice as�:
Crece el dolor y crece la verg�enza
en Pedro, cuando el d�a se ha mostrado;
y, aunque all� no ve a nadie, se averg�enza
de s� mesmo, por ver que hab�a pecado:
que a un magn�nimo pecho a haber verg�enza
no s�lo ha de moverle el ser mirado;
que de s� se averg�enza cuando yerra,
si bien otro no vee que cielo y tierra.
As� que, no escusar�s con el secreto tu dolor; antes, tendr�s que llorar contino, si no l�grimas de los ojos, l�grimas de sangre del coraz�n, como las lloraba aquel simple doctor que nuestro poeta nos cuenta que hizo la prueba del vaso, que, con mejor discurso, se escus� de hacerla el prudente Reinaldos; que, puesto que aquello sea ficci�n po�tica, tiene en s� encerrados secretos morales dignos de ser advertidos y entendidos e imitados. Cuanto m�s que, con lo que ahora pienso decirte, acabar�s de venir en conocimiento del grande error que quieres cometer. Dime, Anselmo, si el cielo, o la suerte buena, te hubiera hecho se�or y leg�timo posesor de un fin�simo diamante, de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de com�n parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se pod�a estender la naturaleza de tal piedra, y t� mesmo lo creyeses as�, sin saber otra cosa en contrario, �ser�a justo que te viniese en deseo de tomar aquel diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y all�, a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y m�s, si lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a tan necia prueba, no por eso se le a�adir�a m�s valor ni m�s fama; y si se rompiese, cosa que podr�a ser, �no se perder�a todo? S�, por cierto, dejando a su due�o en estimaci�n de que todos le tengan por simple. Pues haz cuenta, Anselmo amigo, que Camila es f�nisimo diamante, as� en tu estimaci�n como en la ajena, y que no es raz�n ponerla en contingencia de que se quiebre, pues, aunque se quede con su entereza, no puede subir a m�s valor del que ahora tiene; y si faltase y no resistiese, considera desde ahora cu�l quedar�as sin ella, y con cu�nta raz�n te podr�as quejar de ti mesmo, por haber sido causa de su perdici�n y la tuya. Mira que no hay joya en el mundo que tanto valga como la mujer casta y honrada, y que todo el honor de las mujeres consiste en la opini�n buena que dellas se tiene; y, pues la de tu esposa es tal que llega al estremo de bondad que sabes, �para qu� quieres poner esta verdad en duda? Mira, amigo, que la mujer es animal imperfecto, y que no se le han de poner embarazos donde tropiece y caiga, sino quit�rselos y despejalle el camino de cualquier inconveniente, para que sin pesadumbre corra ligera a alcanzar la perfeci�n que le falta, que consiste en el ser virtuosa. Cuentan los naturales que el arminio es un animalejo que tiene una piel blanqu�sima, y que cuando quieren cazarle, los cazadores usan deste artificio: que, sabiendo las partes por donde suele pasar y acudir, las atajan con lodo, y despu�s, oje�ndole, le encaminan hacia aquel lugar, y as� como el arminio llega al lodo, se est� quedo y se deja prender y cautivar, a trueco de no pasar por el cieno y perder y ensuciar su blancura, que la estima en m�s que la libertad y la vida. La honesta y casta mujer es arminio, y es m�s que nieve blanca y limpia la virtud de la honestidad; y el que quisiere que no la pierda, antes la guarde y conserve, ha de usar de otro estilo diferente que con el arminio se tiene, porque no le han de poner delante el cieno de los regalos y servicios de los importunos amantes, porque quiz�, y aun sin quiz�, no tiene tanta virtud y fuerza natural que pueda por s� mesma atropellar y pasar por aquellos embarazos, y es necesario quit�rselos y ponerle delante la limpieza de la virtud y la belleza que encierra en s� la buena fama. Es asimesmo la buena mujer como espejo de cristal luciente y claro; pero est� sujeto a empa�arse y escurecerse con cualquiera aliento que le toque. Hase de usar con la honesta mujer el estilo que con las reliquias: adorarlas y no tocarlas. Hase de guardar y estimar la mujer buena como se guarda y estima un hermoso jard�n que est� lleno de flores y rosas, cuyo due�o no consiente que nadie le pasee ni manosee; basta que desde lejos, y por entre las verjas de hierro, gocen de su fragrancia y hermosura. Finalmente, quiero decirte unos versos que se me han venido a la memoria, que los o� en una comedia moderna, que me parece que hacen al prop�sito de lo que vamos tratando. Aconsejaba un prudente viejo a otro, padre de una doncella, que la recogiese, guardase y encerrase, y entre otras razones, le dijo �stas:
Es de vidrio la mujer;
pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podr�a ser.
Y es m�s f�cil el quebrarse,
y no es cordura ponerse
a peligro de romperse
lo que no puede soldarse.
Y en esta opini�n est�n
todos, y en raz�n la fundo:
que si hay D�naes en el mundo,
hay pluvias de oro tambi�n.
Cuanto hasta aqu� te he dicho, �oh Anselmo!, ha sido por lo que a ti te toca; y ahora es bien que se oiga algo de lo que a m� me conviene; y si fuere largo, perd�name, que todo lo requiere el laberinto donde te has entrado y de donde quieres que yo te saque. T� me tienes por amigo y quieres quitarme la honra, cosa que es contra toda amistad; y aun no s�lo pretendes esto, sino que procuras que yo te la quite a ti. Que me la quieres quitar a m� est� claro, pues, cuando Camila vea que yo la solicito, como me pides, cierto est� que me ha de tener por hombre sin honra y mal mirado, pues intento y hago una cosa tan fuera de aquello que el ser quien soy y tu amistad me obliga. De que quieres que te la quite a ti no hay duda, porque, viendo Camila que yo la solicito, ha de pensar que yo he visto en ella alguna liviandad que me dio atrevimiento a descubrirle mi mal deseo; y, teni�ndose por deshonrada, te toca a ti, como a cosa suya, su mesma deshonra. Y de aqu� nace lo que com�nmente se platica: que el marido de la mujer ad�ltera, puesto que �l no lo sepa ni haya dado ocasi�n para que su mujer no sea la que debe, ni haya sido en su mano, ni en su descuido y poco recato estorbar su desgracia, con todo, le llaman y le nombran con nombre de vituperio y bajo; y en cierta manera le miran, los que la maldad de su mujer saben, con ojos de menosprecio, en cambio de mirarle con los de l�stima, viendo que no por su culpa, sino por el gusto de su mala compa�era, est� en aquella desventura. Pero qui�rote decir la causa por que con justa raz�n es deshonrado el marido de la mujer mala, aunque �l no sepa que lo es, ni tenga culpa, ni haya sido parte, ni dado ocasi�n, para que ella lo sea. Y no te canses de o�rme, que todo ha de redundar en tu provecho. Cuando Dios cri� a nuestro primero padre en el Para�so terrenal, dice la Divina Escritura que infundi� Dios sue�o en Ad�n, y que, estando durmiendo, le sac� una costilla del lado siniestro, de la cual form� a nuestra madre Eva; y, as� como Ad�n despert� y la mir�, dijo: ''�sta es carne de mi carne y hueso de mis huesos''. Y Dios dijo: ''Por �sta dejar� el hombre a su padre y madre, y ser�n dos en una carne misma''. Y entonces fue instituido el divino sacramento del matrimonio, con tales lazos que sola la muerte puede desatarlos. Y tiene tanta fuerza y virtud este milagroso sacramento, que hace que dos diferentes personas sean una mesma carne; y a�n hace m�s en los buenos casados, que, aunque tienen dos almas, no tienen m�s de una voluntad. Y de aqu� viene que, como la carne de la esposa sea una mesma con la del esposo, las manchas que en ella caen, o los defectos que se procura, redundan en la carne del marido, aunque �l no haya dado, como queda dicho, ocasi�n para aquel da�o. Porque, as� como el dolor del pie o de cualquier miembro del cuerpo humano le siente todo el cuerpo, por ser todo de una carne mesma, y la cabeza siente el da�o del tobillo, sin que ella se le haya causado, as� el marido es participante de la deshonra de la mujer, por ser una mesma cosa con ella. Y como las honras y deshonras del mundo sean todas y nazcan de carne y sangre, y las de la mujer mala sean deste g�nero, es forzoso que al marido le quepa parte dellas, y sea tenido por deshonrado sin que �l lo sepa. Mira, pues, �oh Anselmo!, al peligro que te pones en querer turbar el sosiego en que tu buena esposa vive. Mira por cu�n vana e impertinente curiosidad quieres revolver los humores que ahora est�n sosegados en el pecho de tu casta esposa. Advierte que lo que aventuras a ganar es poco, y que lo que perder�s ser� tanto que lo dejar� en su punto, porque me faltan palabras para encarecerlo. Pero si todo cuanto he dicho no basta a moverte de tu mal prop�sito, bien puedes buscar otro instrumento de tu deshonra y desventura, que yo no pienso serlo, aunque por ello pierda tu amistad, que es la mayor p�rdida que imaginar puedo.
�Call�, en diciendo esto, el virtuoso y prudente Lotario, y Anselmo qued� tan confuso y pensativo que por un buen espacio no le pudo responder palabra; pero, en fin, le dijo:
�—Con la atenci�n que has visto he escuchado, Lotario amigo, cuanto has querido decirme, y en tus razones, ejemplos y comparaciones he visto la mucha discreci�n que tienes y el estremo de la verdadera amistad que alcanzas; y ansimesmo veo y confieso que si no sigo tu parecer y me voy tras el m�o, voy huyendo del bien y corriendo tras el mal. Prosupuesto esto, has de considerar que yo padezco ahora la enfermedad que suelen tener algunas mujeres, que se les antoja comer tierra, yeso, carb�n y otras cosas peores, aun asquerosas para mirarse, cuanto m�s para comerse; as� que, es menester usar de alg�n artificio para que yo sane, y esto se pod�a hacer con facilidad, s�lo con que comiences, aunque tibia y fingidamente, a solicitar a Camila, la cual no ha de ser tan tierna que a los primeros encuentros d� con su honestidad por tierra; y con solo este principio quedar� contento y t� habr�s cumplido con lo que debes a nuestra amistad, no solamente d�ndome la vida, sino persuadi�ndome de no verme sin honra. Y est�s obligado a hacer esto por una raz�n sola; y es que, estando yo, como estoy, determinado de poner en pl�tica esta prueba, no has t� de consentir que yo d� cuenta de mi desatino a otra persona, con que pondr�a en aventura el honor que t� procuras que no pierda; y, cuando el tuyo no est� en el punto que debe en la intenci�n de Camila en tanto que la solicitares, importa poco o nada, pues con brevedad, viendo en ella la entereza que esperamos, le podr�s decir la pura verdad de nuestro artificio, con que volver� tu cr�dito al ser primero. Y, pues tan poco aventuras y tanto contento me puedes dar aventur�ndote, no lo dejes de hacer, aunque m�s inconvenientes se te pongan delante, pues, como ya he dicho, con s�lo que comiences dar� por concluida la causa.
�Viendo Lotario la resoluta voluntad de Anselmo, y no sabiendo qu� m�s ejemplos traerle ni qu� m�s razones mostrarle para que no la siguiese, y viendo que le amenazaba que dar�a a otro cuenta de su mal deseo, por evitar mayor mal, determin� de contentarle y hacer lo que le ped�a, con prop�sito e intenci�n de guiar aquel negocio de modo que, sin alterar los pensamientos de Camila, quedase Anselmo satisfecho; y as�, le respondi� que no comunicase su pensamiento con otro alguno, que �l tomaba a su cargo aquella empresa, la cual comenzar�a cuando a �l le diese m�s gusto. Abraz�le Anselmo tierna y amorosamente, y agradeci�le su ofrecimiento, como si alguna grande merced le hubiera hecho; y quedaron de acuerdo entre los dos que desde otro d�a siguiente se comenzase la obra; que �l le dar�a lugar y tiempo como a sus solas pudiese hablar a Camila, y asimesmo le dar�a dineros y joyas que darla y que ofrecerla. Aconsej�le que le diese m�sicas, que escribiese versos en su alabanza, y que, cuando �l no quisiese tomar trabajo de hacerlos, �l mesmo los har�a. A todo se ofreci� Lotario, bien con diferente intenci�n que Anselmo pensaba.
�Y con este acuerdo se volvieron a casa de Anselmo, donde hallaron a Camila con ansia y cuidado, esperando a su esposo, porque aquel d�a tardaba en venir m�s de lo acostumbrado.
�Fuese Lotario a su casa, y Anselmo qued� en la suya, tan contento como Lotario fue pensativo, no sabiendo qu� traza dar para salir bien de aquel impertinente negocio. Pero aquella noche pens� el modo que tendr�a para enga�ar a Anselmo, sin ofender a Camila; y otro d�a vino a comer con su amigo, y fue bien recebido de Camila, la cual le receb�a y regalaba con mucha voluntad, por entender la buena que su esposo le ten�a. �Acabaron de comer, levantaron los manteles y Anselmo dijo a Lotario que se quedase all� con Camila, en tanto que �l iba a un negocio forzoso, que dentro de hora y media volver�a. Rog�le Camila que no se fuese y Lotario se ofreci� a hacerle compa��a, m�s nada aprovech� con Anselmo; antes, importun� a Lotario que se quedase y le aguardase, porque ten�a que tratar con �l una cosa de mucha importancia. Dijo tambi�n a Camila que no dejase solo a Lotario en tanto que �l volviese. En efeto, �l supo tan bien fingir la necesidad, o necedad, de su ausencia, que nadie pudiera entender que era fingida. Fuese Anselmo, y quedaron solos a la mesa Camila y Lotario, porque la dem�s gente de casa toda se hab�a ido a comer. Viose Lotario puesto en la estacada que su amigo deseaba y con el enemigo delante, que pudiera vencer con sola su hermosura a un escuadr�n de caballeros armados: mirad si era raz�n que le temiera Lotario.
�Pero lo que hizo fue poner el codo sobre el brazo de la silla y la mano abierta en la mejilla, y, pidiendo perd�n a Camila del mal comedimiento, dijo que quer�a reposar un poco en tanto que Anselmo volv�a. Camila le respondi� que mejor reposar�a en el estrado que en la silla, y as�, le rog� se entrase a dormir en �l. No quiso Lotario, y all� se qued� dormido hasta que volvi� Anselmo, el cual, como hall� a Camila en su aposento y a Lotario durmiendo, crey� que, como se hab�a tardado tanto, ya habr�an tenido los dos lugar para hablar, y aun para dormir, y no vio la hora en que Lotario despertase, para volverse con �l fuera y preguntarle de su ventura. �Todo le sucedi� como �l quiso: Lotario despert�, y luego salieron los dos de casa, y as�, le pregunt� lo que deseaba, y le respondi� Lotario que no le hab�a parecido ser bien que la primera vez se descubriese del todo; y as�, no hab�a hecho otra cosa que alabar a Camila de hermosa, dici�ndole que en toda la ciudad no se trataba de otra cosa que de su hermosura y discreci�n, y que �ste le hab�a parecido buen principio para entrar ganando la voluntad, y disponi�ndola a que otra vez le escuchase con gusto, usando en esto del artificio que el demonio usa cuando quiere enga�ar a alguno que est� puesto en atalaya de mirar por s�: que se transforma en �ngel de luz, si�ndolo �l de tinieblas, y, poni�ndole delante apariencias buenas, al cabo descubre qui�n es y sale con su intenci�n, si a los principios no es descubierto su enga�o. Todo esto le content� mucho a Anselmo, y dijo que cada d�a dar�a el mesmo lugar, aunque no saliese de casa, porque en ella se ocupar�a en cosas que Camila no pudiese venir en conocimiento de su artificio.
�Sucedi�, pues, que se pasaron muchos d�as que, sin decir Lotario palabra a Camila, respond�a a Anselmo que la hablaba y jam�s pod�a sacar della una peque�a muestra de venir en ninguna cosa que mala fuese, ni aun dar una se�al de sombra de esperanza; antes, dec�a que le amenazaba que si de aquel mal pensamiento no se quitaba, que lo hab�a de decir a su esposo. �—Bien est� —dijo Anselmo—. Hasta aqu� ha resistido Camila a las palabras; es menester ver c�mo resiste a las obras: yo os dar� ma�ana dos mil escudos de oro para que se los ofrezc�is, y aun se los deis, y otros tantos para que compr�is joyas con que cebarla; que las mujeres suelen ser aficionadas, y m�s si son hermosas, por m�s castas que sean, a esto de traerse bien y andar galanas; y si ella resiste a esta tentaci�n, yo quedar� satisfecho y no os dar� m�s pesadumbre.
�Lotario respondi� que ya que hab�a comenzado, que �l llevar�a hasta el fin aquella empresa, puesto que entend�a salir della cansado y vencido. Otro d�a recibi� los cuatro mil escudos, y con ellos cuatro mil confusiones, porque no sab�a qu� decirse para mentir de nuevo; pero, en efeto, determin� de decirle que Camila estaba tan entera a las d�divas y promesas como a las palabras, y que no hab�a para qu� cansarse m�s, porque todo el tiempo se gastaba en balde.
�Pero la suerte, que las cosas guiaba de otra manera, orden� que, habiendo dejado Anselmo solos a Lotario y a Camila, como otras veces sol�a, �l se encerr� en un aposento y por los agujeros de la cerradura estuvo mirando y escuchando lo que los dos trataban, y vio que en m�s de media hora Lotario no habl� palabra a Camila, ni se la hablara si all� estuviera un siglo, y cay� en la cuenta de que cuanto su amigo le hab�a dicho de las respuestas de Camila todo era ficci�n y mentira. Y, para ver si esto era ans�, sali� del aposento, y, llamando a Lotario aparte, le pregunt� qu� nuevas hab�a y de qu� temple estaba Camila. Lotario le respondi� que no pensaba m�s darle puntada en aquel negocio, porque respond�a tan �spera y desabridamente, que no tendr�a �nimo para volver a decirle cosa alguna.
�—�Ah! —dijo Anselmo—, Lotario, Lotario, y cu�n mal correspondes a lo que me debes y a lo mucho que de ti conf�o! Ahora te he estado mirando por el lugar que concede la entrada desta llave, y he visto que no has dicho palabra a Camila, por donde me doy a entender que aun las primeras le tienes por decir; y si esto es as�, como sin duda lo es, �para qu� me enga�as, o por qu� quieres quitarme con tu industria los medios que yo podr�a hallar para conseguir mi deseo?
�No dijo m�s Anselmo, pero bast� lo que hab�a dicho para dejar corrido y confuso a Lotario; el cual, casi como tomando por punto de honra el haber sido hallado en mentira, jur� a Anselmo que desde aquel momento tomaba tan a su cargo el contentalle y no mentille, cual lo ver�a si con curiosidad lo espiaba; cuanto m�s, que no ser�a menester usar de ninguna diligencia, porque la que �l pensaba poner en satisfacelle le quitar�a de toda sospecha. Crey�le Anselmo, y para dalle comodidad m�s segura y menos sobresaltada, determin� de hacer ausencia de su casa por ocho d�as, y�ndose a la de un amigo suyo, que estaba en una aldea, no lejos de la ciudad, con el cual amigo concert� que le enviase a llamar con muchas veras, para tener ocasi�n con Camila de su partida.
��Desdichado y mal advertido de ti, Anselmo! �Qu� es lo que haces? �Qu� es lo que trazas? �Qu� es lo que ordenas? Mira que haces contra ti mismo, trazando tu deshonra y ordenando tu perdici�n. Buena es tu esposa Camila, quieta y sosegadamente la posees, nadie sobresalta tu gusto, sus pensamientos no salen de las paredes de su casa, t� eres su cielo en la tierra, el blanco de sus deseos, el cumplimiento de sus gustos y la medida por donde mide su voluntad, ajust�ndola en todo con la tuya y con la del cielo. Pues si la mina de su honor, hermosura, honestidad y recogimiento te da sin ning�n trabajo toda la riqueza que tiene y t� puedes desear, �para qu� quieres ahondar la tierra y buscar nuevas vetas de nuevo y nunca visto tesoro, poni�ndote a peligro que toda venga abajo, pues, en fin, se sustenta sobre los d�biles arrimos de su flaca naturaleza? Mira que el que busca lo imposible es justo que lo posible se le niegue, como lo dijo mejor un poeta, diciendo:
Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisi�n libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jam�s espero alg�n bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.
�Fuese otro d�a Anselmo a la aldea, dejando dicho a Camila que el tiempo que �l estuviese ausente vendr�a Lotario a mirar por su casa y a comer con ella; que tuviese cuidado de tratalle como a su mesma persona. Afligi�se Camila, como mujer discreta y honrada, de la orden que su marido le dejaba, y d�jole que advirtiese que no estaba bien que nadie, �l ausente, ocupase la silla de su mesa, y que si lo hac�a por no tener confianza que ella sabr�a gobernar su casa, que probase por aquella vez, y ver�a por experiencia como para mayores cuidados era bastante. Anselmo le replic� que aqu�l era su gusto, y que no ten�a m�s que hacer que bajar la cabeza y obedecelle. Camila dijo que ans� lo har�a, aunque contra su voluntad. �Parti�se Anselmo, y otro d�a vino a su casa Lotario, donde fue rescebido de Camila con amoroso y honesto acogimiento; la cual jam�s se puso en parte donde Lotario la viese a solas, porque siempre andaba rodeada de sus criados y criadas, especialmente de una doncella suya, llamada Leonela, a quien ella mucho quer�a, por haberse criado desde ni�as las dos juntas en casa de los padres de Camila, y cuando se cas� con Anselmo la trujo consigo.
�En los tres d�as primeros nunca Lotario le dijo nada, aunque pudiera, cuando se levantaban los manteles y la gente se iba a comer con mucha priesa, porque as� se lo ten�a mandado Camila. Y aun ten�a orden Leonela que comiese primero que Camila, y que de su lado jam�s se quitase; mas ella, que en otras cosas de su gusto ten�a puesto el pensamiento y hab�a menester aquellas horas y aquel lugar para ocuparle en sus contentos, no cumpl�a todas veces el mandamiento de su se�ora; antes, los dejaba solos, como si aquello le hubieran mandado. Mas la honesta presencia de Camila, la gravedad de su rostro, la compostura de su persona era tanta, que pon�a freno a la lengua de Lotario.
�Pero el provecho que las muchas virtudes de Camila hicieron, poniendo silencio en la lengua de Lotario, redund� m�s en da�o de los dos, porque si la lengua callaba, el pensamiento discurr�a y ten�a lugar de contemplar, parte por parte, todos los estremos de bondad y de hermosura que Camila ten�a, bastantes a enamorar una estatua de m�rmol, no que un coraz�n de carne.
�Mir�bala Lotario en el lugar y espacio que hab�a de hablarla, y consideraba cu�n digna era de ser amada; y esta consideraci�n comenz� poco a poco a dar asaltos a los respectos que a Anselmo ten�a, y mil veces quiso ausentarse de la ciudad y irse donde jam�s Anselmo le viese a �l, ni �l viese a Camila; mas ya le hac�a impedimento y deten�a el gusto que hallaba en mirarla. Hac�ase fuerza y peleaba consigo mismo por desechar y no sentir el contento que le llevaba a mirar a Camila. Culp�base a solas de su desatino, llam�base mal amigo y aun mal cristiano; hac�a discursos y comparaciones entre �l y Anselmo, y todos paraban en decir que m�s hab�a sido la locura y confianza de Anselmo que su poca fidelidad, y que si as� tuviera disculpa para con Dios como para con los hombres de lo que pensaba hacer, que no temiera pena por su culpa.
�En efecto, la hermosura y la bondad de Camila, juntamente con la ocasi�n que el ignorante marido le hab�a puesto en las manos, dieron con la lealtad de Lotario en tierra. Y, sin mirar a otra cosa que aquella a que su gusto le inclinaba, al cabo de tres d�as de la ausencia de Anselmo, en los cuales estuvo en continua batalla por resistir a sus deseos, comenz� a requebrar a Camila, con tanta turbaci�n y con tan amorosas razones que Camila qued� suspensa, y no hizo otra cosa que levantarse de donde estaba y entrarse a su aposento, sin respondelle palabra alguna. Mas no por esta sequedad se desmay� en Lotario la esperanza, que siempre nace juntamente con el amor; antes, tuvo en m�s a Camila. La cual, habiendo visto en Lotario lo que jam�s pensara, no sab�a qu� hacerse. Y, pareci�ndole no ser cosa segura ni bien hecha darle ocasi�n ni lugar a que otra vez la hablase, determin� de enviar aquella mesma noche, como lo hizo, a un criado suyo con un billete a Anselmo, donde le escribi� estas razones:
�As� como suele decirse que parece mal el ej�rcito sin su general y el castillo sin su castellano, digo yo que parece muy peor la mujer casada y moza sin su marido, cuando just�simas ocasiones no lo impiden. Yo me hallo tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausencia, que si presto no ven�s, me habr� de ir a entretener en casa de mis padres, aunque deje sin guarda la vuestra; porque la que me dejastes, si es que qued� con tal t�tulo, creo que mira m�s por su gusto que por lo que a vos os toca; y, pues sois discreto, no tengo m�s que deciros, ni aun es bien que m�s os diga.
�Esta carta recibi� Anselmo, y entendi� por ella que Lotario hab�a ya comenzado la empresa, y que Camila deb�a de haber respondido como �l deseaba; y, alegre sobremanera de tales nuevas, respondi� a Camila, de palabra, que no hiciese mudamiento de su casa en modo ninguno, porque �l volver�a con mucha brevedad. Admirada qued� Camila de la respuesta de Anselmo, que la puso en m�s confusi�n que primero, porque ni se atrev�a a estar en su casa, ni menos irse a la de sus padres; porque en la quedada corr�a peligro su honestidad, y en la ida iba contra el mandamiento de su esposo.
�En fin, se resolvi� en lo que le estuvo peor, que fue en el quedarse, con determinaci�n de no huir la presencia de Lotario, por no dar que decir a sus criados; y ya le pesaba de haber escrito lo que escribi� a su esposo, temerosa de que no pensase que Lotario hab�a visto en ella alguna desenvoltura que le hubiese movido a no guardalle el decoro que deb�a. Pero, fiada en su bondad, se fi� en Dios y en su buen pensamiento, con que pensaba resistir callando a todo aquello que Lotario decirle quisiese, sin dar m�s cuenta a su marido, por no ponerle en alguna pendencia y trabajo. Y aun andaba buscando manera como disculpar a Lotario con Anselmo, cuando le preguntase la ocasi�n que le hab�a movido a escribirle aquel papel. Con estos pensamientos, m�s honrados que acertados ni provechosos, estuvo otro d�a escuchando a Lotario, el cual carg� la mano de manera que comenz� a titubear la firmeza de Camila, y su honestidad tuvo harto que hacer en acudir a los ojos, para que no diesen muestra de alguna amorosa compasi�n que las l�grimas y las razones de Lotario en su pecho hab�an despertado. Todo esto notaba Lotario, y todo le encend�a.
�Finalmente, a �l le pareci� que era menester, en el espacio y lugar que daba la ausencia de Anselmo, apretar el cerco a aquella fortaleza. Y as�, acometi� a su presunci�n con las alabanzas de su hermosura, porque no hay cosa que m�s presto rinda y allane las encastilladas torres de la vanidad de las hermosas que la mesma vanidad, puesta en las lenguas de la adulaci�n. En efecto, �l, con toda diligencia, min� la roca de su entereza, con tales pertrechos que, aunque Camila fuera toda de bronce, viniera al suelo. Llor�, rog�, ofreci�, adul�, porfi�, y fingi� Lotario con tantos sentimientos, con muestras de tantas veras, que dio al trav�s con el recato de Camila y vino a triunfar de lo que menos se pensaba y m�s deseaba. �Rindi�se Camila, Camila se rindi�; pero, �qu� mucho, si la amistad de Lotario no qued� en pie? Ejemplo claro que nos muestra que s�lo se vence la pasi�n amorosa con huilla, y que nadie se ha de poner a brazos con tan poderoso enemigo, porque es menester fuerzas divinas para vencer las suyas humanas. S�lo supo Leonela la flaqueza de su se�ora, porque no se la pudieron encubrir los dos malos amigos y nuevos amantes. No quiso Lotario decir a Camila la pretensi�n de Anselmo, ni que �l le hab�a dado lugar para llegar a aquel punto, porque no tuviese en menos su amor y pensase que as�, acaso y sin pensar, y no de prop�sito, la hab�a solicitado.
�Volvi� de all� a pocos d�as Anselmo a su casa, y no ech� de ver lo que faltaba en ella, que era lo que en menos ten�a y m�s estimaba. Fuese luego a ver a Lotario, y hall�le en su casa; abraz�ronse los dos, y el uno pregunt� por las nuevas de su vida o de su muerte.
�—Las nuevas que te podr� dar, �oh amigo Anselmo! —dijo Lotario—, son de que tienes una mujer que dignamente puede ser ejemplo y corona de todas las mujeres buenas. Las palabras que le he dicho se las ha llevado el aire, los ofrecimientos se han tenido en poco, las d�divas no se han admitido, de algunas l�grimas fingidas m�as se ha hecho burla notable. En resoluci�n, as� como Camila es cifra de toda belleza, es archivo donde asiste la honestidad y vive el comedimiento y el recato, y todas las virtudes que pueden hacer loable y bien afortunada a una honrada mujer. Vuelve a tomar tus dineros, amigo, que aqu� los tengo, sin haber tenido necesidad de tocar a ellos; que la entereza de Camila no se rinde a cosas tan bajas como son d�divas ni promesas. Cont�ntate, Anselmo, y no quieras hacer m�s pruebas de las hechas; y, pues a pie enjuto has pasado el mar de las dificultades y sospechas que de las mujeres suelen y pueden tenerse, no quieras entrar de nuevo en el profundo pi�lago de nuevos inconvenientes, ni quieras hacer experiencia con otro piloto de la bondad y fortaleza del nav�o que el cielo te dio en suerte para que en �l pasases la mar deste mundo, sino haz cuenta que est�s ya en seguro puerto, y af�rrate con las �ncoras de la buena consideraci�n, y d�jate estar hasta que te vengan a pedir la deuda que no hay hidalgu�a humana que de pagarla se escuse.
�Content�simo qued� Anselmo de las razones de Lotario, y as� se las crey� como si fueran dichas por alg�n or�culo. Pero, con todo eso, le rog� que no dejase la empresa, aunque no fuese m�s de por curiosidad y entretenimiento, aunque no se aprovechase de all� adelante de tan ahincadas diligencias como hasta entonces; y que s�lo quer�a que le escribiese algunos versos en su alabanza, debajo del nombre de Clori, porque �l le dar�a a entender a Camila que andaba enamorado de una dama, a quien le hab�a puesto aquel nombre por poder celebrarla con el decoro que a su honestidad se le deb�a; y que, cuando Lotario no quisiera tomar trabajo de escribir los versos, que �l los har�a.
�—No ser� menester eso —dijo Lotario—, pues no me son tan enemigas las musas que algunos ratos del a�o no me visiten. Dile t� a Camila lo que has dicho del fingimiento de mis amores, que los versos yo los har�; si no tan buenos como el subjeto merece, ser�n, por lo menos, los mejores que yo pudiere.
�Quedaron deste acuerdo el impertinente y el traidor amigo; y, vuelto Anselmo a su casa, pregunt� a Camila lo que ella ya se maravillaba que no se lo hubiese preguntado: que fue que le dijese la ocasi�n por que le hab�a escrito el papel que le envi�. Camila le respondi� que le hab�a parecido que Lotario la miraba un poco m�s desenvueltamente que cuando �l estaba en casa; pero que ya estaba desenga�ada y cre�a que hab�a sido imaginaci�n suya, porque ya Lotario hu�a de vella y de estar con ella a solas. D�jole Anselmo que bien pod�a estar segura de aquella sospecha, porque �l sab�a que Lotario andaba enamorado de una doncella principal de la ciudad, a quien �l celebraba debajo del nombre de Clori, y que, aunque no lo estuviera, no hab�a que temer de la verdad de Lotario y de la mucha amistad de entrambos. Y, a no estar avisada Camila de Lotario de que eran fingidos aquellos amores de Clori, y que �l se lo hab�a dicho a Anselmo por poder ocuparse algunos ratos en las mismas alabanzas de Camila, ella, sin duda, cayera en la desesperada red de los celos; mas, por estar ya advertida, pas� aquel sobresalto sin pesadumbre.
�Otro d�a, estando los tres sobre mesa, rog� Anselmo a Lotario dijese alguna cosa de las que hab�a compuesto a su amada Clori; que, pues Camila no la conoc�a, seguramente pod�a decir lo que quisiese.
�—Aunque la conociera —respondi� Lotario—, no encubriera yo nada, porque cuando alg�n amante loa a su dama de hermosa y la nota de cruel, ning�n oprobrio hace a su buen cr�dito. Pero, sea lo que fuere, lo que s� decir, que ayer hice un soneto a la ingratitud desta Clori, que dice ans�: Soneto
En el silencio de la noche, cuando
ocupa el dulce sue�o a los mortales,
la pobre cuenta de mis ricos males
estoy al cielo y a mi Clori dando.
Y, al tiempo cuando el sol se va mostrando
por las rosadas puertas orientales,
con suspiros y acentos desiguales,
voy la antigua querella renovando.
Y cuando el sol, de su estrellado asiento,
derechos rayos a la tierra env�a,
el llanto crece y doblo los gemidos.
Vuelve la noche, y vuelvo al triste cuento,
y siempre hallo, en mi mortal porf�a,
al cielo, sordo; a Clori, sin o�dos.
�Bien le pareci� el soneto a Camila, pero mejor a Anselmo, pues le alab�, y dijo que era demasiadamente cruel la dama que a tan claras verdades no correspond�a. A lo que dijo Camila:
�—Luego, �todo aquello que los poetas enamorados dicen es verdad?
�—En cuanto poetas, no la dicen —respondi� Lotario—; mas, en cuanto enamorados, siempre quedan tan cortos como verdaderos.
�—No hay duda deso —replic� Anselmo, todo por apoyar y acreditar los pensamientos de Lotario con Camila, tan descuidada del artificio de Anselmo como ya enamorada de Lotario.
�Y as�, con el gusto que de sus cosas ten�a, y m�s, teniendo por entendido que sus deseos y escritos a ella se encaminaban, y que ella era la verdadera Clori, le rog� que si otro soneto o otros versos sab�a, los dijese:
�—S� s� —respondi� Lotario—, pero no creo que es tan bueno como el primero, o, por mejor decir, menos malo. Y podr�islo bien juzgar, pues es �ste:
Soneto
Yo s� que muero; y si no soy cre�do,
es m�s cierto el morir, como es m�s cierto
verme a tus pies, �oh bella ingrata!, muerto,
antes que de adorarte arrepentido.
Podr� yo verme en la regi�n de olvido,
de vida y gloria y de favor desierto,
y all� verse podr� en mi pecho abierto
c�mo tu hermoso rostro est� esculpido.
Que esta reliquia guardo para el duro
trance que me amenaza mi porf�a,
que en tu mismo rigor se fortalece.
�Ay de aquel que navega, el cielo escuro,
por mar no usado y peligrosa v�a,
adonde norte o puerto no se ofrece!
�Tambi�n alab� este segundo soneto Anselmo, como hab�a hecho el primero, y desta manera iba a�adiendo eslab�n a eslab�n a la cadena con que se enlazaba y trababa su deshonra, pues cuando m�s Lotario le deshonraba, entonces le dec�a que estaba m�s honrado; y, con esto, todos los escalones que Camila bajaba hacia el centro de su menosprecio, los sub�a, en la opini�n de su marido, hacia la cumbre de la virtud y de su buena fama. �Sucedi� en esto que, hall�ndose una vez, entre otras, sola Camila con su doncella, le dijo:
�—Corrida estoy, amiga Leonela, de ver en cu�n poco he sabido estimarme, pues siquiera no hice que con el tiempo comprara Lotario la entera posesi�n que le di tan presto de mi voluntad. Temo que ha de estimar mi presteza o ligereza, sin que eche de ver la fuerza que �l me hizo para no poder resistirle.
�—No te d� pena eso, se�ora m�a —respondi� Leonela—, que no est� la monta, ni es causa para menguar la estimaci�n, darse lo que se da presto, si, en efecto, lo que se da es bueno, y ello por s� digno de estimarse. Y aun suele decirse que el que luego da, da dos veces.
�—Tambi�n se suele decir —dijo Camila— que lo que cuesta poco se estima en menos.
�—No corre por ti esa raz�n —respondi� Leonela—, porque el amor, seg�n he o�do decir, unas veces vuela y otras anda, con �ste corre y con aqu�l va despacio, a unos entibia y a otros abrasa, a unos hiere y a otros mata, en un mesmo punto comienza la carrera de sus deseos y en aquel mesmo punto la acaba y concluye, por la ma�ana suele poner el cerco a una fortaleza y a la noche la tiene rendida, porque no hay fuerza que le resista. Y, siendo as�, �de qu� te espantas, o de qu� temes, si lo mismo debe de haber acontecido a Lotario, habiendo tomado el amor por instrumento de rendirnos la ausencia de mi se�or? Y era forzoso que en ella se concluyese lo que el amor ten�a determinado, sin dar tiempo al tiempo para que Anselmo le tuviese de volver, y con su presencia quedase imperfecta la obra. Porque el amor no tiene otro mejor ministro para ejecutar lo que desea que es la ocasi�n: de la ocasi�n se sirve en todos sus hechos, principalmente en los principios. Todo esto s� yo muy bien, m�s de experiencia que de o�das, y alg�n d�a te lo dir�, se�ora, que yo tambi�n soy de carne y de sangre moza. Cuanto m�s, se�ora Camila, que no te entregaste ni diste tan luego, que primero no hubieses visto en los ojos, en los suspiros, en las razones y en las promesas y d�divas de Lotario toda su alma, viendo en ella y en sus virtudes cu�n digno era Lotario de ser amado. Pues si esto es ans�, no te asalten la imaginaci�n esos escrupulosos y melindrosos pensamientos, sino aseg�rate que Lotario te estima como t� le estimas a �l, y vive con contento y satisfaci�n de que, ya que ca�ste en el lazo amoroso, es el que te aprieta de valor y de estima. Y que no s�lo tiene las cuatro eses que dicen que han de tener los buenos enamorados, sino todo un ABC entero: si no, esc�chame y ver�s como te le digo de coro. �l es, seg�n yo veo y a m� me parece, agradecido, bueno, caballero, dadivoso, enamorado, firme, gallardo, honrado, ilustre, leal, mozo, noble, onesto, principal, quantioso, rico, y las eses que dicen; y luego, t�cito, verdadero. La X no le cuadra, porque es letra �spera; la Y ya est� dicha; la Z, zelador de tu honra.
�Ri�se Camila del ABC de su doncella, y t�vola por m�s pl�tica en las cosas de amor que ella dec�a; y as� lo confes� ella, descubriendo a Camila como trataba amores con un mancebo bien nacido, de la mesma ciudad; de lo cual se turb� Camila, temiendo que era aqu�l camino por donde su honra pod�a correr riesgo. Apur�la si pasaban sus pl�ticas a m�s que serlo. Ella, con poca verg�enza y mucha desenvoltura, le respondi� que s� pasaban; porque es cosa ya cierta que los descuidos de las se�oras quitan la verg�enza a las criadas, las cuales, cuando ven a las amas echar traspi�s, no se les da nada a ellas de cojear, ni de que lo sepan.
�No pudo hacer otra cosa Camila sino rogar a Leonela no dijese nada de su hecho al que dec�a ser su amante, y que tratase sus cosas con secreto, porque no viniesen a noticia de Anselmo ni de Lotario. Leonela respondi� que as� lo har�a, mas cumpli�lo de manera que hizo cierto el temor de Camila de que por ella hab�a de perder su cr�dito. Porque la deshonesta y atrevida Leonela, despu�s que vio que el proceder de su ama no era el que sol�a, atrevi�se a entrar y poner dentro de casa a su amante, confiada que, aunque su se�ora le viese, no hab�a de osar descubrille; que este da�o acarrean, entre otros, los pecados de las se�oras: que se hacen esclavas de sus mesmas criadas y se obligan a encubrirles sus deshonestidades y vilezas, como aconteci� con Camila; que, aunque vio una y muchas veces que su Leonela estaba con su gal�n en un aposento de su casa, no s�lo no la osaba re�ir, mas d�bale lugar a que lo encerrase, y quit�bale todos los estorbos, para que no fuese visto de su marido.
�Pero no los pudo quitar que Lotario no le viese una vez salir, al romper del alba; el cual, sin conocer qui�n era, pens� primero que deb�a de ser alguna fantasma; mas, cuando le vio caminar, embozarse y encubrirse con cuidado y recato, cay� de su simple pensamiento y dio en otro, que fuera la perdici�n de todos si Camila no lo remediara. Pens� Lotario que aquel hombre que hab�a visto salir tan a deshora de casa de Anselmo no hab�a entrado en ella por Leonela, ni aun se acord� si Leonela era en el mundo; s�lo crey� que Camila, de la misma manera que hab�a sido f�cil y ligera con �l, lo era para otro; que estas a�adiduras trae consigo la maldad de la mujer mala: que pierde el cr�dito de su honra con el mesmo a quien se entreg� rogada y persuadida, y cree que con mayor facilidad se entrega a otros, y da infalible cr�dito a cualquiera sospecha que desto le venga. Y no parece sino que le falt� a Lotario en este punto todo su buen entendimiento, y se le fueron de la memoria todos sus advertidos discursos, pues, sin hacer alguno que bueno fuese, ni aun razonable, sin m�s ni m�s, antes que Anselmo se levantase, impaciente y ciego de la celosa rabia que las entra�as le ro�a, muriendo por vengarse de Camila, que en ninguna cosa le hab�a ofendido, se fue a Anselmo y le dijo:
�—S�bete, Anselmo, que ha muchos d�as que he andado peleando conmigo mesmo, haci�ndome fuerza a no decirte lo que ya no es posible ni justo que m�s te encubra. S�bete que la fortaleza de Camila est� ya rendida y sujeta a todo aquello que yo quisiere hacer della; y si he tardado en descubrirte esta verdad, ha sido por ver si era alg�n liviano antojo suyo, o si lo hac�a por probarme y ver si eran con prop�sito firme tratados los amores que, con tu licencia, con ella he comenzado. Cre�, ansimismo, que ella, si fuera la que deb�a y la que entrambos pens�bamos, ya te hubiera dado cuenta de mi solicitud, pero, habiendo visto que se tarda, conozco que son verdaderas las promesas que me ha dado de que, cuando otra vez hagas ausencia de tu casa, me hablar� en la rec�mara, donde est� el repuesto de tus alhajas —y era la verdad, que all� le sol�a hablar Camila—; y no quiero que precipitosamente corras a hacer alguna venganza, pues no est� a�n cometido el pecado sino con pensamiento, y podr�a ser que, desde �ste hasta el tiempo de ponerle por obra, se mudase el de Camila y naciese en su lugar el arrepentimiento. Y as�, ya que, en todo o en parte, has seguido siempre mis consejos, sigue y guarda uno que ahora te dir�, para que sin enga�o y con medroso advertimento te satisfagas de aquello que m�s vieres que te convenga. Finge que te ausentas por dos o tres d�as, como otras veces sueles, y haz de manera que te quedes escondido en tu rec�mara, pues los tapices que all� hay y otras cosas con que te puedas encubrir te ofrecen mucha comodidad, y entonces ver�s por tus mismos ojos, y yo por los m�os, lo que Camila quiere; y si fuere la maldad que se puede temer antes que esperar, con silencio, sagacidad y discreci�n podr�s ser el verdugo de tu agravio.
�Absorto, suspenso y admirado qued� Anselmo con las razones de Lotario, porque le cogieron en tiempo donde menos las esperaba o�r, porque ya ten�a a Camila por vencedora de los fingidos asaltos de Lotario y comenzaba a gozar la gloria del vencimiento. Callando estuvo por un buen espacio, mirando al suelo sin mover pesta�a, y al cabo dijo:
�—T� lo has hecho, Lotario, como yo esperaba de tu amistad; en todo he de seguir tu consejo: haz lo que quisieres y guarda aquel secreto que ves que conviene en caso tan no pensado.
�Prometi�selo Lotario, y, en apart�ndose d�l, se arrepinti� totalmente de cuanto le hab�a dicho, viendo cu�n neciamente hab�a andado, pues pudiera �l vengarse de Camila, y no por camino tan cruel y tan deshonrado. Maldec�a su entendimiento, afeaba su ligera determinaci�n, y no sab�a qu� medio tomarse para deshacer lo hecho, o para dalle alguna razonable salida. Al fin, acord� de dar cuenta de todo a Camila; y, como no faltaba lugar para poderlo hacer, aquel mismo d�a la hall� sola, y ella, as� como vio que le pod�a hablar, le dijo.
�—Sabed, amigo Lotario, que tengo una pena en el coraz�n que me le aprieta de suerte que parece que quiere reventar en el pecho, y ha de ser maravilla si no lo hace, pues ha llegado la desverg�enza de Leonela a tanto, que cada noche encierra a un gal�n suyo en esta casa y se est� con �l hasta el d�a, tan a costa de mi cr�dito cuanto le quedar� campo abierto de juzgarlo al que le viere salir a horas tan inusitadas de mi casa. Y lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni re�ir: que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos, y temo que de aqu� ha de nacer alg�n mal suceso.
�Al principio que Camila esto dec�a crey� Lotario que era artificio para desmentille que el hombre que hab�a visto salir era de Leonela, y no suyo; pero, vi�ndola llorar y afligirse, y pedirle remedio, vino a creer la verdad, y, en crey�ndola, acab� de estar confuso y arrepentido del todo. Pero, con todo esto, respondi� a Camila que no tuviese pena, que �l ordenar�a remedio para atajar la insolencia de Leonela. D�jole asimismo lo que, instigado de la furiosa rabia de los celos, hab�a dicho a Anselmo, y c�mo estaba concertado de esconderse en la rec�mara, para ver desde all� a la clara la poca lealtad que ella le guardaba. Pidi�le perd�n desta locura, y consejo para poder remedialla y salir bien de tan revuelto laberinto como su mal discurso le hab�a puesto.
�Espantada qued� Camila de o�r lo que Lotario le dec�a, y con mucho enojo y muchas y discretas razones le ri�� y afe� su mal pensamiento y la simple y mala determinaci�n que hab�a tenido. Pero, como naturalmente tiene la mujer ingenio presto para el bien y para el mal m�s que el var�n, puesto que le va faltando cuando de prop�sito se pone a hacer discursos, luego al instante hall� Camila el modo de remediar tan al parecer inremediable negocio, y dijo a Lotario que procurase que otro d�a se escondiese Anselmo donde dec�a, porque ella pensaba sacar de su escondimiento comodidad para que desde all� en adelante los dos se gozasen sin sobresalto alguno; y, sin declararle del todo su pensamiento, le advirti� que tuviese cuidado que, en estando Anselmo escondido, �l viniese cuando Leonela le llamase, y que a cuanto ella le dijese le respondiese como respondiera aunque no supiera que Anselmo le escuchaba. Porfi� Lotario que le acabase de declarar su intenci�n, porque con m�s seguridad y aviso guardase todo lo que viese ser necesario.
�—Digo —dijo Camila— que no hay m�s que guardar, si no fuere responderme como yo os preguntare (no queriendo Camila darle antes cuenta de lo que pensaba hacer, temerosa que no quisiese seguir el parecer que a ella tan bueno le parec�a, y siguiese o buscase otros que no podr�an ser tan buenos).
�Con esto, se fue Lotario; y Anselmo, otro d�a, con la escusa de ir aquella aldea de su amigo, se parti� y volvi� a esconderse: que lo pudo hacer con comodidad, porque de industria se la dieron Camila y Leonela. �Escondido, pues, Anselmo, con aquel sobresalto que se puede imaginar que tendr�a el que esperaba ver por sus ojos hacer notom�a de las entra�as de su honra, �base a pique de perder el sumo bien que �l pensaba que ten�a en su querida Camila. Seguras ya y ciertas Camila y Leonela que Anselmo estaba escondido, entraron en la rec�mara; y apenas hubo puesto los pies en ella Camilia, cuando, dando un grande suspiro, dijo:
�—�Ay, Leonela amiga! �No ser�a mejor que, antes que llegase a poner en ejecuci�n lo que no quiero que sepas, porque no procures estorbarlo, que tomases la daga de Anselmo, que te he pedido, y pasases con ella este infame pecho m�o? Pero no hagas tal, que no ser� raz�n que yo lleve la pena de la ajena culpa. Primero quiero saber qu� es lo que vieron en m� los atrevidos y deshonestos ojos de Lotario que fuese causa de darle atrevimiento a descubrirme un tan mal deseo como es el que me ha descubierto, en desprecio de su amigo y en deshonra m�a. Ponte, Leonela, a esa ventana y ll�male, que, sin duda alguna, �l debe de estar en la calle, esperando poner en efeto su mala intenci�n. Pero primero se pondr� la cruel cuanto honrada m�a.
�—�Ay, se�ora m�a! —respondi� la sagaz y advertida Leonela—, y �qu� es lo que quieres hacer con esta daga? �Quieres por ventura quitarte la vida o quit�rsela a Lotario? Que cualquiera destas cosas que quieras ha de redundar en p�rdida de tu cr�dito y fama. Mejor es que disimules tu agravio, y no des lugar a que este mal hombre entre ahora en esta casa y nos halle solas. Mira, se�ora, que somos flacas mujeres, y �l es hombre y determinado; y, como viene con aquel mal prop�sito, ciego y apasionado, quiz� antes que t� pongas en ejecuci�n el tuyo, har� �l lo que te estar�a m�s mal que quitarte la vida. �Mal haya mi se�or Anselmo, que tanto mal ha querido dar a este desuellacaras en su casa! Y ya, se�ora, que le mates, como yo pienso que quieres hacer, �qu� hemos de hacer d�l despu�s de muerto?
�—�Qu�, amiga? —respondi� Camila—: dejar�mosle para que Anselmo le entierre, pues ser� justo que tenga por descanso el trabajo que tomare en poner debajo de la tierra su misma infamia. Ll�male, acaba, que todo el tiempo que tardo en tomar la debida venganza de mi agravio parece que ofendo a la lealtad que a mi esposo debo.
�Todo esto escuchaba Anselmo, y, a cada palabra que Camila dec�a, se le mudaban los pensamientos; mas, cuando entendi� que estaba resuelta en matar a Lotario, quiso salir y descubrirse, porque tal cosa no se hiciese; pero det�vole el deseo de ver en qu� paraba tanta gallard�a y honesta resoluci�n, con prop�sito de salir a tiempo que la estorbase.
�Tom�le en esto a Camila un fuerte desmayo, y, arroj�ndose encima de una cama que all� estaba, comenz� Leonela a llorar muy amargamente y a decir: �—�Ay, desdichada de m� si fuese tan sin ventura que se me muriese aqu� entre mis brazos la flor de la honestidad del mundo, la corona de las buenas mujeres, el ejemplo de la castidad...!
�Con otras cosas a �stas semejantes, que ninguno la escuchara que no la tuviera por la m�s lastimada y leal doncella del mundo, y a su se�ora por otra nueva y perseguida Pen�lope. Poco tard� en volver de su desmayo Camila; y, al volver en s�, dijo:
�—�Por qu� no vas, Leonela, a llamar al m�s leal amigo de amigo que vio el sol o cubri� la noche? Acaba, corre, aguija, camina, no se esfogue con la tardanza el fuego de la c�lera que tengo, y se pase en amenazas y maldiciones la justa venganza que espero.
�—Ya voy a llamarle, se�ora m�a —dijo Leonela—, mas hasme de dar primero esa daga, porque no hagas cosa, en tanto que falto, que dejes con ella que llorar toda la vida a todos los que bien te quieren.
�—Ve segura, Leonela amiga, que no har� —respondi� Camila—; porque, ya que sea atrevida y simple a tu parecer en volver por mi honra, no lo he de ser tanto como aquella Lucrecia de quien dicen que se mat� sin haber cometido error alguno, y sin haber muerto primero a quien tuvo la causa de su desgracia. Yo morir�, si muero, pero ha de ser vengada y satisfecha del que me ha dado ocasi�n de venir a este lugar a llorar sus atrevimientos, nacidos tan sin culpa m�a.
�Mucho se hizo de rogar Leonela antes que saliese a llamar a Lotario, pero, en fin, sali�; y, entre tanto que volv�a, qued� Camilia diciendo, como que hablaba consigo misma:
�—�V�lame Dios! �No fuera m�s acertado haber despedido a Lotario, como otras muchas veces lo he hecho, que no ponerle en condici�n, como ya le he puesto, que me tenga por deshonesta y mala, siquiera este tiempo que he de tardar en desenga�arle? Mejor fuera, sin duda; pero no quedara yo vengada, ni la honra de mi marido satisfecha, si tan a manos lavadas y tan a paso llano se volviera a salir de donde sus malos pensamientos le entraron. Pague el traidor con la vida lo que intent� con tan lascivo deseo: sepa el mundo, si acaso llegare a saberlo, de que Camila no s�lo guard� la lealtad a su esposo, sino que le dio venganza del que se atrevi� a ofendelle. Mas, con todo, creo que fuera mejor dar cuenta desto a Anselmo, pero ya se la apunt� a dar en la carta que le escrib� al aldea, y creo que el no acudir �l al remedio del da�o que all� le se�al�, debi� de ser que, de puro bueno y confiado, no quiso ni pudo creer que en el pecho de su tan firme amigo pudiese caber g�nero de pensamiento que contra su honra fuese; ni aun yo lo cre� despu�s, por muchos d�as, ni lo creyera jam�s, si su insolencia no llegara a tanto, que las manifiestas d�divas y las largas promesas y las continuas l�grimas no me lo manifestaran. Mas, �para qu� hago yo ahora estos discursos? �Tiene, por ventura, una resuluci�n gallarda necesidad de consejo alguno? No, por cierto. �Afuera, pues, traidores; aqu�, venganzas! �Entre el falso, venga, llegue, muera y acabe, y suceda lo que sucediere! Limpia entr� en poder del que el cielo me dio por m�o, limpia he de salir d�l; y, cuando mucho, saldr� ba�ada en mi casta sangre, y en la impura del m�s falso amigo que vio la amistad en el mundo.
�Y, diciendo esto, se paseaba por la sala con la daga desenvainada, dando tan desconcertados y desaforados pasos, y haciendo tales ademanes, que no parec�a sino que le faltaba el juicio, y que no era mujer delicada, sino un rufi�n desesperado.
�Todo lo miraba Anselmo, cubierto detr�s de unos tapices donde se hab�a escondido, y de todo se admiraba, y ya le parec�a que lo que hab�a visto y o�do era bastante satisfaci�n para mayores sospechas; y ya quisiera que la prueba de venir Lotario faltara, temeroso de alg�n mal repentino suceso. Y, estando ya para manifestarse y salir, para abrazar y desenga�ar a su esposa, se detuvo porque vio que Leonela volv�a con Lotario de la mano; y, as� como Camila le vio, haciendo con la daga en el suelo una gran raya delante della, le dijo:
�—Lotario, advierte lo que te digo: si a dicha te atrevieres a pasar desta raya que ves, ni aun llegar a ella, en el punto que viere que lo intentas, en ese mismo me pasar� el pecho con esta daga que en las manos tengo. Y, antes que a esto me respondas palabra, quiero que otras algunas me escuches; que despu�s responder�s lo que m�s te agradare. Lo primero, quiero, Lotario, que me digas si conoces a Anselmo, mi marido, y en qu� opini�n le tienes; y lo segundo, quiero saber tambi�n si me conoces a m�. Resp�ndeme a esto, y no te turbes, ni pienses mucho lo que has de responder, pues no son dificultades las que te pregunto.
�No era tan ignorante Lotario que, desde el primer punto que Camila le dijo que hiciese esconder a Anselmo, no hubiese dado en la cuenta de lo que ella pensaba hacer; y as�, correspondi� con su intenci�n tan discretamente, y tan a tiempo, que hicieran los dos pasar aquella mentira por m�s que cierta verdad; y as�, respondi� a Camila desta manera:
�—No pens� yo, hermosa Camila, que me llamabas para preguntarme cosas tan fuera de la intenci�n con que yo aqu� vengo. Si lo haces por dilatarme la prometida merced, desde m�s lejos pudieras entretenerla, porque tanto m�s fatiga el bien deseado cuanto la esperanza est� m�s cerca de poseello; pero, porque no digas que no respondo a tus preguntas, digo que conozco a tu esposo Anselmo, y nos conocemos los dos desde nuestros m�s tiernos a�os; y no quiero decir lo que t� tan bien sabes de nuestra amistad, por no me hacer testigo del agravio que el amor hace que le haga, poderosa disculpa de mayores yerros. A ti te conozco y tengo en la misma posesi�n que �l te tiene; que, a no ser as�, por menos prendas que las tuyas no hab�a yo de ir contra lo que debo a ser quien soy y contra las santas leyes de la verdadera amistad, ahora por tan poderoso enemigo como el amor por m� rompidas y violadas.
�—Si eso confiesas —respondi� Camila—, enemigo mortal de todo aquello que justamente merece ser amado, �con qu� rostro osas parecer ante quien sabes que es el espejo donde se mira aquel en quien t� te debieras mirar, para que vieras con cu�n poca ocasi�n le agravias? Pero ya cayo, �ay, desdichada de m�!, en la cuenta de qui�n te ha hecho tener tan poca con lo que a ti mismo debes, que debe de haber sido alguna desenvoltura m�a, que no quiero llamarla deshonestidad, pues no habr� procedido de deliberada determinaci�n, sino de alg�n descuido de los que las mujeres que piensan que no tienen de qui�n recatarse suelen hacer inadvertidamente. Si no, dime: �cu�ndo, �oh traidor!, respond� a tus ruegos con alguna palabra o se�al que pudiese despertar en ti alguna sombra de esperanza de cumplir tus infames deseos? �Cu�ndo tus amorosas palabras no fueron deshechas y reprehendidas de las m�as con rigor y con aspereza? �Cu�ndo tus muchas promesas y mayores d�divas fueron de m� cre�das, ni admitidas? Pero, por parecerme que alguno no puede perseverar en el intento amoroso luengo tiempo, si no es sustentado de alguna esperanza, quiero atribuirme a m� la culpa de tu impertinencia, pues, sin duda, alg�n descuido m�o ha sustentado tanto tiempo tu cuidado; y as�, quiero castigarme y darme la pena que tu culpa merece. Y, porque vieses que, siendo conmigo tan inhumana, no era posible dejar de serlo contigo, quise traerte a ser testigo del sacrificio que pienso hacer a la ofendida honra de mi tan honrado marido, agraviado de ti con el mayor cuidado que te ha sido posible, y de m� tambi�n con el poco recato que he tenido del huir la ocasi�n, si alguna te di, para favorecer y canonizar tus malas intenciones. Torno a decir que la sospecha que tengo que alg�n descuido m�o engendr� en ti tan desvariados pensamientos es la que m�s me fatiga, y la que yo m�s deseo castigar con mis propias manos, porque, castig�ndome otro verdugo, quiz� ser�a m�s p�blica mi culpa; pero, antes que esto haga, quiero matar muriendo, y llevar conmigo quien me acabe de satisfacer el deseo de la venganza que espero y tengo, viendo all�, dondequiera que fuere, la pena que da la justicia desinteresada y que no se dobla al que en t�rminos tan desesperados me ha puesto.
�Y, diciendo estas razones, con una incre�ble fuerza y ligereza arremeti� a Lotario con la daga desenvainada, con tales muestras de querer enclav�rsela en el pecho, que casi �l estuvo en duda si aquellas demostraciones eran falsas o verdaderas, porque le fue forzoso valerse de su industria y de su fuerza para estorbar que Camila no le diese. La cual tan vivamente fing�a aquel estra�o embuste y fealdad que, por dalle color de verdad, la quiso matizar con su misma sangre; porque, viendo que no pod�a haber a Lotario, o fingiendo que no pod�a, dijo:
�—Pues la suerte no quiere satisfacer del todo mi tan justo deseo, a lo menos, no ser� tan poderosa que, en parte, me quite que no le satisfaga. Y, haciendo fuerza para soltar la mano de la daga, que Lotario la ten�a asida, la sac�, y, guiando su punta por parte que pudiese herir no profundamente, se la entr� y escondi� por m�s arriba de la islilla del lado izquierdo, junto al hombro, y luego se dej� caer en el suelo, como desmayada.
�Estaban Leonela y Lotario suspensos y at�nitos de tal suceso, y todav�a dudaban de la verdad de aquel hecho, viendo a Camila tendida en tierra y ba�ada en su sangre. Acudi� Lotario con mucha presteza, despavorido y sin aliento, a sacar la daga, y, en ver la peque�a herida, sali� del temor que hasta entonces ten�a, y de nuevo se admir� de la sagacidad, prudencia y mucha discreci�n de la hermosa Camila; y, por acudir con lo que a �l le tocaba, comenz� a hacer una larga y triste lamentaci�n sobre el cuerpo de Camila, como si estuviera difunta, ech�ndose muchas maldiciones, no s�lo a �l, sino al que hab�a sido causa de habelle puesto en aquel t�rmino. Y, como sab�a que le escuchaba su amigo Anselmo, dec�a cosas que el que le oyera le tuviera mucha m�s l�stima que a Camila, aunque por muerta la juzgara.
�Leonela la tom� en brazos y la puso en el lecho, suplicando a Lotario fuese a buscar quien secretamente a Camila curase; ped�ale asimismo consejo y parecer de lo que dir�an a Anselmo de aquella herida de su se�ora, si acaso viniese antes que estuviese sana. �l respondi� que dijesen lo que quisiesen, que �l no estaba para dar consejo que de provecho fuese; s�lo le dijo que procurase tomarle la sangre, porque �l se iba adonde gentes no le viesen. Y, con muestras de mucho dolor y sentimiento, se sali� de casa; y, cuando se vio solo y en parte donde nadie le ve�a, no cesaba de hacerse cruces, maravill�ndose de la industria de Camila y de los ademanes tan proprios de Leonela. Consideraba cu�n enterado hab�a de quedar Anselmo de que ten�a por mujer a una segunda Porcia, y deseaba verse con �l para celebrar los dos la mentira y la verdad m�s disimulada que jam�s pudiera imaginarse.
�Leonela tom�, como se ha dicho, la sangre a su se�ora, que no era m�s de aquello que bast� para acreditar su embuste; y, lavando con un poco de vino la herida, se la at� lo mejor que supo, diciendo tales razones, en tanto que la curaba, que, aunque no hubieran precedido otras, bastaran a hacer creer a Anselmo que ten�a en Camila un simulacro de la honestidad. �Junt�ronse a las palabras de Leonela otras de Camila, llam�ndose cobarde y de poco �nimo, pues le hab�a faltado al tiempo que fuera m�s necesario tenerle, para quitarse la vida, que tan aborrecida ten�a. Ped�a consejo a su doncella si dar�a, o no, todo aquel suceso a su querido esposo; la cual le dijo que no se lo dijese, porque le pondr�a en obligaci�n de vengarse de Lotario, lo cual no podr�a ser sin mucho riesgo suyo, y que la buena mujer estaba obligada a no dar ocasi�n a su marido a que ri�ese, sino a quitalle todas aquellas que le fuese posible.
�Respondi� Camila que le parec�a muy bien su parecer y que ella le seguir�a; pero que en todo caso conven�a buscar qu� decir a Anselmo de la causa de aquella herida, que �l no podr�a dejar de ver; a lo que Leonela respond�a que ella, ni aun burlando, no sab�a mentir.
�—Pues yo, hermana —replic� Camila—, �qu� tengo de saber, que no me atrever� a forjar ni sustentar una mentira, si me fuese en ello la vida? Y si es que no hemos de saber dar salida a esto, mejor ser� decirle la verdad desnuda, que no que nos alcance en mentirosa cuenta.
�—No tengas pena, se�ora: de aqu� a ma�ana —respondi� Leonela— yo pensar� qu� le digamos, y quiz� que, por ser la herida donde es, la podr�s encubrir sin que �l la vea, y el cielo ser� servido de favorecer a nuestros tan justos y tan honrados pensamientos. Sosi�gate, se�ora m�a, y procura sosegar tu alteraci�n, porque mi se�or no te halle sobresaltada, y lo dem�s d�jalo a mi cargo, y al de Dios, que siempre acude a los buenos deseos. �Atent�simo hab�a estado Anselmo a escuchar y a ver representar la tragedia de la muerte de su honra; la cual con tan estra�os y eficaces afectos la representaron los personajes della, que pareci� que se hab�an transformado en la misma verdad de lo que fing�an. Deseaba mucho la noche, y el tener lugar para salir de su casa, y ir a verse con su buen amigo Lotario, congratul�ndose con �l de la margarita preciosa que hab�a hallado en el desenga�o de la bondad de su esposa. Tuvieron cuidado las dos de darle lugar y comodidad a que saliese, y �l, sin perdella, sali� y luego fue a buscar a Lotario, el cual hallado, no se puede buenamente contar los abrazos que le dio, las cosas que de su contento le dijo, las alabanzas que dio a Camila. Todo lo cual escuch� Lotario sin poder dar muestras de alguna alegr�a, porque se le representaba a la memoria cu�n enga�ado estaba su amigo y cu�n injustamente �l le agraviaba. Y, aunque Anselmo ve�a que Lotario no se alegraba, cre�a ser la causa por haber dejado a Camila herida y haber �l sido la causa; y as�, entre otras razones, le dijo que no tuviese pena del suceso de Camila, porque, sin duda, la herida era ligera, pues quedaban de concierto de encubr�rsela a �l; y que, seg�n esto, no hab�a de qu� temer, sino que de all� adelante se gozase y alegrase con �l, pues por su industria y medio �l se ve�a levantado a la m�s alta felicidad que acertara desearse, y quer�a que no fuesen otros sus entretenimientos que en hacer versos en alabanza de Camila, que la hiciesen eterna en la memoria de los siglos venideros. Lotario alab� su buena determinaci�n y dijo que �l, por su parte, ayudar�a a levantar tan ilustre edificio. �Con esto qued� Anselmo el hombre m�s sabrosamente enga�ado que pudo haber en el mundo: �l mismo llev� por la mano a su casa, creyendo que llevaba el instrumento de su gloria, toda la perdici�n de su fama. Receb�ale Camila con rostro, al parecer, torcido, aunque con alma risue�a. Dur� este enga�o algunos d�as, hasta que, al cabo de pocos meses, volvi� Fortuna su rueda y sali� a plaza la maldad con tanto artificio hasta all� cubierta, y a Anselmo le cost� la vida su impertinente curiosidad.�
Poco m�s quedaba por leer de la novela, cuando del caramanch�n donde reposaba don Quijote sali� Sancho Panza todo alborotado, diciendo a voces:
— Acudid, se�ores, presto y socorred a mi se�or, que anda envuelto en la m�s re�ida y trabada batalla que mis ojos han visto. �Vive Dios, que ha dado una cuchillada al gigante enemigo de la se�ora princesa Micomicona, que le ha tajado la cabeza, cercen a cercen, como si fuera un nabo!
— �Qu� dices, hermano? —dijo el cura, dejando de leer lo que de la novela quedaba—. �Est�is en vos, Sancho? �C�mo diablos puede ser eso que dec�s, estando el gigante dos mil leguas de aqu�?
En esto, oyeron un gran ruido en el aposento, y que don Quijote dec�a a voces:
— �Tente, ladr�n, malandr�n, foll�n, que aqu� te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra!
Y parec�a que daba grandes cuchilladas por las paredes. Y dijo Sancho:
— No tienen que pararse a escuchar, sino entren a despartir la pelea, o a ayudar a mi amo; aunque ya no ser� menester, porque, sin duda alguna, el gigante est� ya muerto, y dando cuenta a Dios de su pasada y mala vida, que yo vi correr la sangre por el suelo, y la cabeza cortada y ca�da a un lado, que es tama�a como un gran cuero de vino.
— Que me maten —dijo a esta saz�n el ventero— si don Quijote, o don diablo, no ha dado alguna cuchillada en alguno de los cueros de vino tinto que a su cabecera estaban llenos, y el vino derramado debe de ser lo que le parece sangre a este buen hombre.
Y, con esto, entr� en el aposento, y todos tras �l, y hallaron a don Quijote en el m�s estra�o traje del mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por detr�s ten�a seis dedos menos; las piernas eran muy largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias; ten�a en la cabeza un bonetillo colorado, grasiento, que era del ventero; en el brazo izquierdo ten�a revuelta la manta de la cama, con quien ten�a ojeriza Sancho, y �l se sab�a bien el porqu�; y en la derecha, desenvainada la espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes, diciendo palabras como si verdaderamente estuviera peleando con alg�n gigante. Y es lo bueno que no ten�a los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y so�ando que estaba en batalla con el gigante; que fue tan intensa la imaginaci�n de la aventura que iba a fenecer, que le hizo so�ar que ya hab�a llegado al reino de Micomic�n, y que ya estaba en la pelea con su enemigo. Y hab�a dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que las daba en el gigante, que todo el aposento estaba lleno de vino; lo cual visto por el ventero, tom� tanto enojo que arremeti� con don Quijote, y a pu�o cerrado le comenz� a dar tantos golpes que si Cardenio y el cura no se le quitaran, �l acabara la guerra del gigante; y, con todo aquello, no despertaba el pobre caballero, hasta que el barbero trujo un gran caldero de agua fr�a del pozo y se le ech� por todo el cuerpo de golpe, con lo cual despert� don Quijote; mas no con tanto acuerdo que echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cu�n corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y, como no la hallaba, dijo:
— Ya yo s� que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en este mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y porrazos, sin saber qui�n me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora no parece por aqu� esta cabeza que vi cortar por mis mism�simos ojos, y la sangre corr�a del cuerpo como de una fuente.
— �Qu� sangre ni qu� fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? —dijo el ventero—. �No vees, ladr�n, que la sangre y la fuente no es otra cosa que estos cueros que aqu� est�n horadados y el vino tinto que nada en este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los horad�? — No s� nada —respondi� Sancho—; s�lo s� que vendr� a ser tan desdichado que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como la sal en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le ten�an las promesas que su amo le hab�a hecho. El ventero se desesperaba de ver la flema del escudero y el maleficio del se�or, y juraba que no hab�a de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le hab�an de valer los previlegios de su caballer�a para dejar de pagar lo uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se hab�an de echar a los rotos cueros.
Ten�a el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya hab�a acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona, se hinc� de rodillas delante del cura, diciendo:
— Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa se�ora, vivir, de hoy m�s, segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo tambi�n, de hoy m�s, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda del alto Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan bien la he cumplido.
— �No lo dije yo? —dijo oyendo esto Sancho—. S� que no estaba yo borracho: �mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! �Ciertos son los toros: mi condado est� de molde!
�Qui�n no hab�a de re�r con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos re�an sino el ventero, que se daba a Satan�s. Pero, en fin, tanto hicieron el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con don Quijote en la cama, el cual se qued� dormido, con muestras de grand�simo cansancio. Dej�ronle dormir, y sali�ronse al portal de la venta a consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque m�s tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado por la repentina muerte de sus cueros. Y la ventera dec�a en voz y en grito: — En mal punto y en hora menguada entr� en mi casa este caballero andante, que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada, para �l y para su escudero, y un roc�n y un jumento, diciendo que era caballero aventurero (que mala ventura le d� Dios a �l y a cuantos aventureros hay en el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada, que as� estaba escrito en los aranceles de la caballer�a andantesca. Y ahora, por su respeto, vino estotro se�or y me llev� mi cola, y h�mela vuelto con m�s de dos cuartillos de da�o, toda pelada, que no puede servir para lo que la quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre. �Pues no se piense; que, por los huesos de mi padre y por el siglo de mi madre, si no me lo han de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamar�a yo como me llamo ni ser�a hija de quien soy!
Estas y otras razones tales dec�a la ventera con grande enojo, y ayud�bala su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando se sonre�a. El cura lo soseg� todo, prometiendo de satisfacerles su p�rdida lo mejor que pudiese, as� de los cueros como del vino, y principalmente del menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hac�an. Dorotea consol� a Sancho Panza dici�ndole que cada y cuando que pareciese haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le promet�a, en vi�ndose pac�fica en su reino, de darle el mejor condado que en �l hubiese. Consol�se con esto Sancho, y asegur� a la princesa que tuviese por cierto que �l hab�a visto la cabeza del gigante, y que, por m�s se�as, ten�a una barba que le llegaba a la cintura; y que si no parec�a, era porque todo cuanto en aquella casa pasaba era por v�a de encantamento, como �l lo hab�a probado otra vez que hab�a posado en ella. Dorotea dijo que as� lo cre�a, y que no tuviese pena, que todo se har�a bien y suceder�a a pedir de boca. Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los dem�s le rogaron la acabase. �l, que a todos quiso dar gusto, y por el que �l ten�a de leerla, prosigui� el cuento, que as� dec�a:
�Sucedi�, pues, que, por la satisfaci�n que Anselmo ten�a de la bondad de Camila, viv�a una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria, hac�a mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al rev�s de la voluntad que le ten�a; y, para m�s confirmaci�n de su hecho, pidi� licencia Lotario para no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre que con su vista Camila receb�a; mas el enga�ado Anselmo le dijo que en ninguna manera tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras era Anselmo el fabricador de su deshonra, creyendo que lo era de su gusto.
�En esto, el que ten�a Leonela de verse cualificada, no de con sus amores, lleg� a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras �l a suelta rienda, fiada en que su se�ora la encubr�a, y aun la advert�a del modo que con poco recelo pudiese ponerle en ejecuci�n. En fin, una noche sinti� Anselmo pasos en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver qui�n los daba, sinti� que le deten�an la puerta, cosa que le puso m�s voluntad de abrirla; y tanta fuerza hizo, que la abri�, y entr� dentro a tiempo que vio que un hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza a alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque Leonela se abraz� con �l, dici�ndole:
�—Sosi�gate, se�or m�o, y no te alborotes, ni sigas al que de aqu� salt�; es cosa m�a, y tanto, que es mi esposo.
�No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sac� la daga y quiso herir a Leonela, dici�ndole que le dijese la verdad, si no, que la matar�a. Ella, con el miedo, sin saber lo que se dec�a, le dijo:
�—No me mates, se�or, que yo te dir� cosas de m�s importancia de las que puedes imaginar.
�—Dilas luego —dijo Anselmo—; si no, muerta eres.
�—Por ahora ser� imposible —dijo Leonela—, seg�n estoy de turbada; d�jame hasta ma�ana, que entonces sabr�s de m� lo que te ha de admirar; y est� seguro que el que salt� por esta ventana es un mancebo desta ciudad, que me ha dado la mano de ser mi esposo.
�Soseg�se con esto Anselmo y quiso aguardar el t�rmino que se le ped�a, porque no pensaba o�r cosa que contra Camila fuese, por estar de su bondad tan satisfecho y seguro; y as�, se sali� del aposento y dej� encerrada en �l a Leonela, dici�ndole que de all� no saldr�a hasta que le dijese lo que ten�a que decirle.
�Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que con su doncella le hab�a pasado, y la palabra que le hab�a dado de decirle grandes cosas y de importancia. Si se turb� Camila o no, no hay para qu� decirlo, porque fue tanto el temor que cobr�, creyendo verdaderamente —y era de creer— que Leonela hab�a de decir a Anselmo todo lo que sab�a de su poca fe, que no tuvo �nimo para esperar si su sospecha sal�a falsa o no. Y aquella mesma noche, cuando le pareci� que Anselmo dorm�a, junt� las mejores joyas que ten�a y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida, sali� de casa y se fue a la de Lotario, a quien cont� lo que pasaba, y le pidi� que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo pudiesen estar seguros. La confusi�n en que Camila puso a Lotario fue tal, que no le sab�a responder palabra, ni menos sab�a resolverse en lo que har�a.
�En fin, acord� de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora una su hermana. Consinti� Camila en ello, y, con la presteza que el caso ped�a, la llev� Lotario y la dej� en el monesterio, y �l, ansimesmo, se ausent� luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.
�Cuando amaneci�, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de su lado, con el deseo que ten�a de saber lo que Leonela quer�a decirle, se levant� y fue adonde la hab�a dejado encerrada. Abri� y entr� en el aposento, pero no hall� en �l a Leonela: s�lo hall� puestas unas s�banas a�udadas a la ventana, indicio y se�al que por all� se hab�a descolgado e ido. Volvi� luego muy triste a dec�rselo a Camila, y, no hall�ndola en la cama ni en toda la casa, qued� asombrado.Pregunt� a los criados de casa por ella, pero nadie le supo dar raz�n de lo que ped�a.
�Acert� acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos y que dellos faltaban las m�s de sus joyas, y con esto acab� de caer en la cuenta de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura. Y, ans� como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le hall�, y sus criados le dijeron que aquella noche hab�a faltado de casa y hab�a llevado consigo todos los dineros que ten�a, pens� perder el juicio. Y, para acabar de concluir con todo, volvi�ndose a su casa, no hall� en ella ninguno de cuantos criados ni criadas ten�a, sino la casa desierta y sola.
�No sab�a qu� pensar, qu� decir, ni qu� hacer, y poco a poco se le iba volviendo el juicio. Contempl�base y mir�base en un instante sin mujer, sin amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubr�a, y sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su perdici�n.
�Resolvi�se, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su amigo, donde hab�a estado cuando dio lugar a que se maquinase toda aquella desventura. Cerr� las puertas de su casa, subi� a caballo, y con desmayado aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad, cuando, acosado de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar su caballo a un �rbol, a cuyo tronco se dej� caer, dando tiernos y dolorosos suspiros, y all� se estuvo hasta casi que anochec�a; y aquella hora vio que ven�a un hombre a caballo de la ciudad, y, despu�s de haberle saludado, le pregunt� qu� nuevas hab�a en Florencia. El ciudadano respondi�:
�—Las m�s estra�as que muchos d�as ha se han o�do en ella; porque se dice p�blicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico, que viv�a a San Juan, se llev� esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el cual tampoco parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche la hall� el gobernador descolg�ndose con una s�bana por las ventanas de la casa de Anselmo. En efeto, no s� puntualmente c�mo pas� el negocio; s�lo s� que toda la ciudad est� admirada deste suceso, porque no se pod�a esperar tal hecho de la mucha y familiar amistad de los dos, que dicen que era tanta, que los llamaban los dos amigos.
�—�S�bese, por ventura —dijo Anselmo—, el camino que llevan Lotario y Camila?
�—Ni por pienso —dijo el ciudadano—, puesto que el gobernador ha usado de mucha diligencia en buscarlos
�—A Dios vais, se�or —dijo Anselmo.
�—Con �l qued�is —respondi� el ciudadano, y fuese.
�Con tan desdichadas nuevas, casi casi lleg� a t�rminos Anselmo, no s�lo de perder el juicio, sino de acabar la vida. Levant�se como pudo y lleg� a casa de su amigo, que a�n no sab�a su desgracia; mas, como le vio llegar amarillo, consumido y seco, entendi� que de alg�n grave mal ven�a fatigado. Pidi� luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de escribir. H�zose as�, y dej�ronle acostado y solo, porque �l as� lo quiso, y aun que le cerrasen la puerta. Vi�ndose, pues, solo, comenz� a cargar tanto la imaginaci�n de su desventura, que claramente conoci� que se le iba acabando la vida; y as�, orden� de dejar noticia de la causa de su estra�a muerte; y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo que quer�a, le falt� el aliento y dej� la vida en las manos del dolor que le caus� su curiosidad impertinente.
�Viendo el se�or de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba, acord� de entrar a saber si pasaba adelante su indisposici�n, y hall�le tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y �l ten�a a�n la pluma en la mano. Lleg�se el hu�sped a �l, habi�ndole llamado primero; y, trab�ndole por la mano, viendo que no le respond�a y hall�ndole fr�o, vio que estaba muerto. Admir�se y congoj�se en gran manera, y llam� a la gente de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida; y, finalmente, ley� el papel, que conoci� que de su mesma mano estaba escrito, el cual conten�a estas razones:
Un necio e impertinente deseo me quit� la vida. Si las nuevas de mi muerte llegaren a los o�dos de Camila, sepa que yo la perdono, porque no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo ten�a necesidad de querer que ella los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay para qu�...
�Hasta aqu� escribi� Anselmo, por donde se ech� de ver que en aquel punto, sin poder acabar la raz�n, se le acab� la vida. Otro d�a dio aviso su amigo a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sab�an su desgracia, y el monesterio donde Camila estaba, casi en el t�rmino de acompa�ar a su esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del muerto esposo, mas por las que supo del ausente amigo. D�cese que, aunque se vio viuda, no quiso salir del monesterio, ni, menos, hacer profesi�n de monja, hasta que, no de all� a muchos d�as, le vinieron nuevas que Lotario hab�a muerto en una batalla que en aquel tiempo dio monsiur de Lautrec al Gran Capit�n Gonzalo Fern�ndez de C�rdoba en el reino de N�poles, donde hab�a ido a parar el tarde arrepentido amigo; lo cual sabido por Camila, hizo profesi�n, y acab� en breves d�as la vida a las rigurosas manos de tristezas y melancol�as. �ste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado principio.�
— Bien —dijo el cura— me parece esta novela, pero no me puedo persuadir que esto sea verdad; y si es fingido, fingi� mal el autor, porque no se puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un gal�n y una dama, pudi�rase llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible; y, en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta.
Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:
— Esta que viene es una hermosa tropa de hu�spedes: si ellos paran aqu�, gaudeamus tenemos.
— �Qu� gente es? —dijo Cardenio.
— Cuatro hombres —respondi� el ventero— vienen a caballo, a la jineta, con lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene una mujer vestida de blanco, en un sill�n, ansimesmo cubierto el rostro, y otros dos mozos de a pie.
— �Vienen muy cerca? —pregunt� el cura.
— Tan cerca —respondi� el ventero—, que ya llegan.
Oyendo esto Dorotea, se cubri� el rostro, y Cardenio se entr� en el aposento de don Quijote; y casi no hab�an tenido lugar para esto, cuando entraron en la venta todos los que el ventero hab�a dicho; y, ape�ndose los cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposici�n eran, fueron a apear a la mujer que en el sill�n ven�a; y, tom�ndola uno dellos en sus brazos, la sent� en una silla que estaba a la entrada del aposento donde Cardenio se hab�a escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se hab�an quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; s�lo que, al sentarse la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dej� caer los brazos, como persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los caballos a la caballeriza.
Viendo esto el cura, deseoso de saber qu� gente era aquella que con tal traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos le pregunt� lo que ya deseaba; el cual le respondi�:
— Pardiez, se�or, yo no sabr� deciros qu� gente sea �sta; s�lo s� que muestra ser muy principal, especialmente aquel que lleg� a tomar en sus brazos a aquella se�ora que hab�is visto; y esto d�golo porque todos los dem�s le tienen respeto, y no se hace otra cosa m�s de la que �l ordena y manda.
— Y la se�ora, �qui�n es? —pregunt� el cura.
— Tampoco sabr� decir eso —respondi� el mozo—, porque en todo el camino no la he visto el rostro; suspirar s� la he o�do muchas veces, y dar unos gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es de maravillar que no sepamos m�s de lo que habemos dicho, porque mi compa�ero y yo no ha m�s de dos d�as que los acompa�amos; porque, habi�ndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que vini�semos con ellos hasta el Andaluc�a, ofreci�ndose a pag�rnoslo muy bien.
— �Y hab�is o�do nombrar a alguno dellos? —pregunt� el cura.
— No, por cierto —respondi� el mozo—, porque todos caminan con tanto silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los suspiros y sollozos de la pobre se�ora, que nos mueven a l�stima; y sin duda tenemos cre�do que ella va forzada dondequiera que va, y, seg�n se puede colegir por su h�bito, ella es monja, o va a serlo, que es lo m�s cierto, y quiz� porque no le debe de nacer de voluntad el monj�o, va triste, como parece.
— Todo podr�a ser —dijo el cura.
Y, dej�ndolos, se volvi� adonde estaba Dorotea, la cual, como hab�a o�do suspirar a la embozada, movida de natural compasi�n, se lleg� a ella y le dijo:
— �Qu� mal sent�s, se�ora m�a? Mirad si es alguno de quien las mujeres suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una buena voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada se�ora; y, aunque Dorotea torn� con mayores ofrecimientos, todav�a se estaba en su silencio, hasta que lleg� el caballero embozado que dijo el mozo que los dem�s obedec�an, y dijo a Dorotea:
— No os cans�is, se�ora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procur�is que os responda, si no quer�is o�r alguna mentira de su boca.
— Jam�s la dije —dijo a esta saz�n la que hasta all� hab�a estado callando—; antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que se�is el testigo, pues mi pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.
Oy� estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba tan junto de quien las dec�a que sola la puerta del aposento de don Quijote estaba en medio; y, as� como las oy�, dando una gran voz dijo:
— �V�lgame Dios! �Qu� es esto que oigo? �Qu� voz es esta que ha llegado a mis o�dos?
Volvi� la cabeza a estos gritos aquella se�ora, toda sobresaltada, y, no viendo qui�n las daba, se levant� en pie y fuese a entrar en el aposento; lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella, con la turbaci�n y desasosiego, se le cay� el tafet�n con que tra�a cubierto el rostro, y descubri� una hermosura incomparable y un rostro milagroso, aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba rodeando todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ah�nco, que parec�a persona fuera de juicio; cuyas se�ales, sin saber por qu� las hac�a, pusieron gran l�stima en Dorotea y en cuantos la miraban. Ten�ala el caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le ca�a, como, en efeto, se le cay� del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con la se�ora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la ten�a era su esposo don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo �ntimo de sus entra�as un luengo y trist�simo ''�ay!'', se dej� caer de espaldas desmayada; y, a no hallarse all� junto el barbero, que la recogi� en los brazos, ella diera consigo en el suelo.
Acudi� luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro, y as� como la descubri� la conoci� don Fernando, que era el que estaba abrazado con la otra, y qued� como muerto en verla; pero no porque dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse de sus brazos; la cual hab�a conocido en el suspiro a Cardenio, y �l la hab�a conocido a ella. Oy� asimesmo Cardenio el �ay! que dio Dorotea cuando se cay� desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, sali� del aposento despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que ten�a abrazada a Luscinda. Tambi�n don Fernando conoci� luego a Cardenio; y todos tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos, casi sin saber lo que les hab�a acontecido.
Callaban todos y mir�banse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando a Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien primero rompi� el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando desta manera:
— Dejadme, se�or don Fernando, por lo que deb�is a ser quien sois, ya que por otro respeto no lo hag�is; dejadme llegar al muro de quien yo soy yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras importunaciones, vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras d�divas. Notad c�mo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos, me ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sab�is por mil costosas experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de mi memoria. Sean, pues, parte tan claros desenga�os para que volv�is, ya que no pod�is hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme con �l la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo, la dar� por bien empleada: quiz� con mi muerte quedar� satisfecho de la fe que le mantuve hasta el �ltimo trance de la vida.
Hab�a en este entretanto vuelto Dorotea en s�, y hab�a estado escuchando todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento de qui�n ella era; que, viendo que don Fernando a�n no la dejaba de los brazos, ni respond�a a sus razones, esforz�ndose lo m�s que pudo, se levant� y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha cantidad de hermosas y lastimeras l�grimas, as� le comenz� a decir:
— Si ya no es, se�or m�o, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habr�s echado de ver que la que a tus pies est� arrodillada es la sin ventura, hasta que t� quieras, y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien t�, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los l�mites de la honestidad, vivi� vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer, justos y amorosos sentimientos, abri� las puertas de su recato y te entreg� las llaves de su libertad: d�diva de ti tan mal agradecida, cual lo muestra bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas, y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querr�a que cayese en tu imaginaci�n pensar que he venido aqu� con pasos de mi deshonra, habi�ndome tra�do s�lo los del dolor y sentimiento de verme de ti olvidada. T� quisiste que yo fuese tuya, y quis�stelo de manera que, aunque ahora quieras que no lo sea, no ser� posible que t� dejes de ser m�o. Mira, se�or m�o, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien me dejas la incomparable voluntad que te tengo. T� no puedes ser de la hermosa Luscinda, porque eres m�o, ni ella puede ser tuya, porque es de Cardenio; y m�s f�cil te ser�, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te quiera. T� solicitaste mi descuido, t� rogaste a mi entereza, t� no ignoraste mi calidad, t� sabes bien de la manera que me entregu� a toda tu voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a enga�o. Y si esto es as�, como lo es, y t� eres tan cristiano como caballero, �por qu� por tantos rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y leg�tima esposa, qui�reme, a lo menos, y adm�teme por tu esclava; que, como yo est� en tu poder, me tendr� por dichosa y bien afortunada. No permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos en mi deshonra; no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen los leales servicios que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han hecho. Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la m�a, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la que hace al caso en las ilustres decendencias; cuanto m�s, que la verdadera nobleza consiste en la virtud, y si �sta a ti te falta, neg�ndome lo que tan justamente me debes, yo quedar� con m�s ventajas de noble que las que t� tienes. En fin, se�or, lo que �ltimamente te digo es que, quieras o no quieras, yo soy tu esposa: testigos son tus palabras, que no han ni deben ser mentirosas, si ya es que te precias de aquello por que me desprecias; testigo ser� la firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien t� llamaste por testigo de lo que me promet�as. Y, cuando todo esto falte, tu misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus alegr�as, volviendo por esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores gustos y contentos.
Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento y l�grimas, que los mismos que acompa�aban a don Fernando, y cuantos presentes estaban, la acompa�aron en ellas. Escuch�la don Fernando sin replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos sollozos y suspiros, que bien hab�a de ser coraz�n de bronce el que con muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mir�ndola estaba Luscinda, no menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreci�n y hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la ten�an. El cual, lleno de confusi�n y espanto, al cabo de un buen espacio que atentamente estuvo mirando a Dorotea, abri� los brazos y, dejando libre a Luscinda, dijo:
— Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener �nimo para negar tantas verdades juntas.
Con el desmayo que Luscinda hab�a tenido, as� como la dej� don Fernando, iba a caer en el suelo; mas, hall�ndose Cardenio all� junto, que a las espaldas de don Fernando se hab�a puesto porque no le conociese, prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudi� a sostener a Luscinda, y, cogi�ndola entre sus brazos, le dijo:
— Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas alg�n descanso, leal, firme y hermosa se�ora m�a, en ninguna parte creo yo que le tendr�s m�s seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte m�a.
A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado a conocerle, primero por la voz, y asegur�ndose que �l era con la vista, casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ning�n honesto respeto, le ech� los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:
— Vos s�, se�or m�o, sois el verdadero due�o desta vuestra captiva, aunque m�s lo impida la contraria suerte, y, aunque m�s amenazas le hagan a esta vida que en la vuestra se sustenta.
Estra�o espect�culo fue �ste para don Fernando y para todos los circunstantes, admir�ndose de tan no visto suceso. Pareci�le a Dorotea que don Fernando hab�a perdido la color del rostro y que hac�a adem�n de querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la espada; y, as� como lo pens�, con no vista presteza se abraz� con �l por las rodillas, bes�ndoselas y teni�ndole apretado, que no le dejaba mover, y, sin cesar un punto de sus l�grimas, le dec�a:
— �Qu� es lo que piensas hacer, �nico refugio m�o, en este tan impensado trance? T� tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea est� en los brazos de su marido. Mira si te estar� bien o te ser� posible deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendr� querer levantar a igualar a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, ba�ados de licor amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te ruego, y por quien t� eres te suplico, que este tan notorio desenga�o no s�lo no acreciente tu ira, sino que la meng�e en tal manera, que con quietud y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin impedimiento tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere conced�rsele; y en esto mostrar�s la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y ver� el mundo que tiene contigo m�s fuerza la raz�n que el apetito.
En tanto que esto dec�a Dorotea, aunque Cardenio ten�a abrazada a Luscinda, no quitaba los ojos de don Fernando, con determinaci�n de que, si le viese hacer alg�n movimiento en su perjuicio, procurar defenderse y ofender como mejor pudiese a todos aquellos que en su da�o se mostrasen, aunque le costase la vida. Pero a esta saz�n acudieron los amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo hab�an estado presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a don Fernando, suplic�ndole tuviese por bien de mirar las l�grimas de Dorotea; y que, siendo verdad, como sin duda ellos cre�an que lo era, lo que en sus razones hab�a dicho, que no permitiese quedase defraudada de sus tan justas esperanzas. Que considerase que, no acaso, como parec�a, sino con particular providencia del cielo, se hab�an todos juntado en lugar donde menos ninguno pensaba; y que advirtiese —dijo el cura— que sola la muerte pod�a apartar a Luscinda de Cardenio; y, aunque los dividiesen filos de alguna espada, ellos tendr�an por felic�sima su muerte; y que en los lazos inremediables era suma cordura, forz�ndose y venci�ndose a s� mismo, mostrar un generoso pecho, permitiendo que por sola su voluntad los dos gozasen el bien que el cielo ya les hab�a concedido; que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad de Dorotea, y ver�a que pocas o ninguna se le pod�an igualar, cuanto m�s hacerle ventaja, y que juntase a su hermosura su humildad y el estremo del amor que le ten�a; y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de caballero y de cristiano, que no pod�a hacer otra cosa que cumplille la palabra dada, y que, cumpli�ndosela, cumplir�a con Dios y satisfar�a a las gentes discretas, las cuales saben y conocen que es prerrogativa de la hermosura, aunque est� en sujeto humilde, como se acompa�e con la honestidad, poder levantarse e igualarse a cualquiera alteza, sin nota de menoscabo del que la levanta e iguala a s� mismo; y, cuando se cumplen las fuertes leyes del gusto, como en ello no intervenga pecado, no debe de ser culpado el que las sigue.
En efeto, a estas razones a�adieron todos otras, tales y tantas, que el valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre sangre) se abland� y se dej� vencer de la verdad, que �l no pudiera negar aunque quisiera; y la se�al que dio de haberse rendido y entregado al buen parecer que se le hab�a propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea, dici�ndole:
— Levantaos, se�ora m�a, que no es justo que est� arrodillada a mis pies la que yo tengo en mi alma; y si hasta aqu� no he dado muestras de lo que digo, quiz� ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la fe con que me am�is, os sepa estimar en lo que merec�is. Lo que os ruego es que no me reprehend�is mi mal t�rmino y mi mucho descuido, pues la misma ocasi�n y fuerza que me movi� para acetaros por m�a, esa misma me impeli� para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved y mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallar�is disculpa de todos mis yerros; y, pues ella hall� y alcanz� lo que deseaba, y yo he hallado en vos lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos y felices a�os con su Cardenio, que yo rogar� al cielo que me los deje vivir con mi Dorotea.
Y, diciendo esto, la torn� a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las l�grimas no acabasen de dar indubitables se�as de su amor y arrepentimiento. No lo hicieron as� las de Luscinda y Cardenio, y aun las de casi todos los que all� presentes estaban, porque comenzaron a derramar tantas, los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parec�a sino que alg�n grave y mal caso a todos hab�a sucedido. Hasta Sancho Panza lloraba, aunque despu�s dijo que no lloraba �l sino por ver que Dorotea no era, como �l pensaba, la reina Micomicona, de quien �l tantas mercedes esperaba. Dur� alg�n espacio, junto con el llanto, la admiraci�n en todos, y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas ante don Fernando, d�ndole gracias de la merced que les hab�a hecho con tan corteses razones, que don Fernando no sab�a qu� responderles; y as�, los levant� y abraz� con muestras de mucho amor y de mucha cortes�a.
Pregunt� luego a Dorotea le dijese c�mo hab�a venido a aquel lugar tan lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, cont� todo lo que antes hab�a contado a Cardenio, de lo cual gust� tanto don Fernando y los que con �l ven�an, que quisieran que durara el cuento m�s tiempo: tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, as� como hubo acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le hab�a acontecido despu�s que hall� el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser esposa de Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo hiciera si de sus padres no fuera impedido; y que as�, se sali� de su casa, despechado y corrido, con determinaci�n de vengarse con m�s comodidad; y que otro d�a supo como Luscinda hab�a faltado de casa de sus padres, sin que nadie supiese decir d�nde se hab�a ido, y que, en resoluci�n, al cabo de algunos meses vino a saber como estaba en un monesterio, con voluntad de quedarse en �l toda la vida, si no la pudiese pasar con Cardenio; y que, as� como lo supo, escogiendo para su compa��a aquellos tres caballeros, vino al lugar donde estaba, a la cual no hab�a querido hablar, temeroso que, en sabiendo que �l estaba all�, hab�a de haber m�s guarda en el monesterio; y as�, aguardando un d�a a que la porter�a estuviese abierta, dej� a los dos a la guarda de la puerta, y �l, con otro, hab�an entrado en el monesterio buscando a Luscinda, la cual hallaron en el claustro hablando con una monja; y, arrebat�ndola, sin darle lugar a otra cosa, se hab�an venido con ella a un lugar donde se acomodaron de aquello que hubieron menester para traella. Todo lo cual hab�an podido hacer bien a su salvo, por estar el monesterio en el campo, buen trecho fuera del pueblo. Dijo que, as� como Luscinda se vio en su poder, perdi� todos los sentidos; y que, despu�s de vuelta en s�, no hab�a hecho otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar palabra alguna; y que as�, acompa�ados de silencio y de l�grimas, hab�an llegado a aquella venta, que para �l era haber llegado al cielo, donde se rematan y tienen fin todas las desventuras de la tierra.
Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su �nima, viendo que se le desparec�an e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la linda princesa Micomicona se le hab�a vuelto en Dorotea, y el gigante en don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sue�o suelto, bien descuidado de todo lo sucedido. No se pod�a asegurar Dorotea si era so�ado el bien que pose�a. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de Luscinda corr�a por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo por la merced recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto, donde se hallaba tan a pique de perder el cr�dito y el alma; y, finalmente, cuantos en la venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso que hab�an tenido tan trabados y desesperados negocios.
Todo lo pon�a en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el parabi�n del bien alcanzado; pero quien m�s jubilaba y se contentaba era la ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le hab�an hecho de pagalle todos los da�os e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen venido. S�lo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado y el triste; y as�, con malenc�nico semblante, entr� a su amo, el cual acababa de despertar, a quien dijo:
— Bien puede vuestra merced, se�or Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado de matar a ning�n gigante, ni de volver a la princesa su reino: que ya todo est� hecho y concluido.
— Eso creo yo bien —respondi� don Quijote—, porque he tenido con el gigante la m�s descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los d�as de mi vida; y de un rev�s, �zas!, le derrib� la cabeza en el suelo, y fue tanta la sangre que le sali�, que los arroyos corr�an por la tierra como si fueran de agua.
— Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor — respondi� Sancho—, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es la puta que me pari�, y ll�velo todo Satan�s.
— Y �qu� es lo que dices, loco? —replic� don Quijote—. �Est�s en tu seso?
— Lev�ntese vuestra merced —dijo Sancho—, y ver� el buen recado que ha hecho, y lo que tenemos que pagar; y ver� a la reina convertida en una dama particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos, le han de admirar.
— No me maravillar�a de nada deso —replic� don Quijote—, porque, si bien te acuerdas, la otra vez que aqu� estuvimos te dije yo que todo cuanto aqu� suced�a eran cosas de encantamento, y no ser�a mucho que ahora fuese lo mesmo.
— Todo lo creyera yo —respondi� Sancho—, si tambi�n mi manteamiento fuera cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo que el ventero que aqu� est� hoy d�a ten�a del un cabo de la manta, y me empujaba hacia el cielo con mucho donaire y br�o, y con tanta risa como fuerza; y donde interviene conocerse las personas, tengo para m�, aunque simple y pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento y mucha mala ventura.
— Ahora bien, Dios lo remediar� —dijo don Quijote—. Dame de vestir y d�jame salir all� fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que dices.
Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vest�a, cont� el cura a don Fernando y a los dem�s las locuras de don Quijote, y del artificio que hab�an usado para sacarle de la Pe�a Pobre, donde �l se imaginaba estar por desdenes de su se�ora. Cont�les asimismo casi todas las aventuras que Sancho hab�a contado, de que no poco se admiraron y rieron, por parecerles lo que a todos parec�a: ser el m�s estra�o g�nero de locura que pod�a caber en pensamiento desparatado. Dijo m�s el cura: que, pues ya el buen suceso de la se�ora Dorotea impid�a pasar con su disignio adelante, que era menester inventar y hallar otro para poderle llevar a su tierra. Ofreci�se Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda har�a y representar�a la persona de Dorotea.
— No —dijo don Fernando—, no ha de ser as�: que yo quiero que Dorotea prosiga su invenci�n; que, como no sea muy lejos de aqu� el lugar deste buen caballero, yo holgar� de que se procure su remedio.
— No est� m�s de dos jornadas de aqu�.
— Pues, aunque estuviera m�s, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer tan buena obra.
Sali�, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo, aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su rodela y arrimado a su tronco o lanz�n. Suspendi� a don Fernando y a los dem�s la estra�a presencia de don Quijote, viendo su rostro de media legua de andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su mesurado continente, y estuvieron callando hasta ver lo que �l dec�a, el cual, con mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea, dijo:
— Estoy informado, hermosa se�ora, deste mi escudero que la vuestra grandeza se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina y gran se�ora que sol�ades ser os hab�is vuelto en una particular doncella. Si esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso que yo no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni sabe de la misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas, porque si �l las hubiera le�do y pasado tan atentamente y con tanto espacio como yo las pas� y le�, hallara a cada paso c�mo otros caballeros de menor fama que la m�a hab�an acabado cosas m�s dificultosas, no si�ndolo mucho matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no ha muchas horas que yo me vi con �l, y... quiero callar, porque no me digan que miento; pero el tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dir� cuando menos lo pensemos.
— V�stesos vos con dos cueros, que no con un gigante —dijo a esta saz�n el ventero.
Al cual mand� don Fernando que callase y no interrumpiese la pl�tica de don Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosigui� diciendo:
— Digo, en fin, alta y desheredada se�ora, que si por la causa que he dicho vuestro padre ha hecho este metamorf�seos en vuestra persona, que no le deis cr�dito alguno, porque no hay ning�n peligro en la tierra por quien no se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de vuestro enemigo en tierra, os pondr� a vos la corona de la vuestra en la cabeza en breves d�as.
No dijo m�s don Quijote, y esper� a que la princesa le respondiese, la cual, como ya sab�a la determinaci�n de don Fernando de que se prosiguiese adelante en el enga�o hasta llevar a su tierra a don Quijote, con mucho donaire y gravedad, le respondi�:
— Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo me hab�a mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma que ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho en m� ciertos acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor que yo pudiera desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes y de tener los mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro valeroso e invenerable brazo que siempre he tenido. As� que, se�or m�o, vuestra bondad vuelva la honra al padre que me engendr�, y t�ngale por hombre advertido y prudente, pues con su ciencia hall� camino tan f�cil y tan verdadero para remediar mi desgracia; que yo creo que si por vos, se�or, no fuera, jam�s acertara a tener la ventura que tengo; y en esto digo tanta verdad como son buenos testigos della los m�s destos se�ores que est�n presentes. Lo que resta es que ma�ana nos pongamos en camino, porque ya hoy se podr� hacer poca jornada, y en lo dem�s del buen suceso que espero, lo dejar� a Dios y al valor de vuestro pecho.
Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oy�ndolo don Quijote, se volvi� a Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:
— Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en Espa�a. Dime, ladr�n vagamundo, �no me acabaste de decir ahora que esta princesa se hab�a vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que cort� a un gigante era la puta que te pari�, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusi�n que jam�s he estado en todos los d�as de mi vida? �Voto... —y mir� al cielo y apret� los dientes— que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes, de aqu� adelante, en el mundo!
— Vuestra merced se sosiegue, se�or m�o —respondi� Sancho—, que bien podr�a ser que yo me hubiese enga�ado en lo que toca a la mutaci�n de la se�ora princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante, o, a lo menos, a la horadaci�n de los cueros y a lo de ser vino tinto la sangre, no me enga�o, �vive Dios!, porque los cueros all� est�n heridos, a la cabecera del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un lago el aposento; y si no, al fre�r de los huevos lo ver�; quiero decir que lo ver� cuando aqu� su merced del se�or ventero le pida el menoscabo de todo. De lo dem�s, de que la se�ora reina se est� como se estaba, me regocijo en el alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.
— Ahora yo te digo, Sancho —dijo don Quijote—, que eres un mentecato; y perd�name, y basta.
— Basta —dijo don Fernando—, y no se hable m�s en esto; y, pues la se�ora princesa dice que se camine ma�ana, porque ya hoy es tarde, h�gase as�, y esta noche la podremos pasar en buena conversaci�n hasta el venidero d�a, donde todos acompa�aremos al se�or don Quijote, porque queremos ser testigos de las valerosas e inauditas haza�as que ha de hacer en el discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.
— Yo soy el que tengo de serviros y acompa�aros —respondi� don Quijote—, y agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opini�n que de m� se tiene, la cual procurar� que salga verdadera, o me costar� la vida, y aun m�s, si m�s costarme puede.
Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron entre don Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero que en aquella saz�n entr� en la venta, el cual en su traje mostraba ser cristiano reci�n venido de tierra de moros, porque ven�a vestido con una casaca de pa�o azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los calzones eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; tra�a unos borcegu�es datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahel� que le atravesaba el pecho. Entr� luego tras �l, encima de un jumento, una mujer a la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza; tra�a un bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los hombros a los pies la cubr�a. Era el hombre de robusto y agraciado talle, de edad de poco m�s de cuarenta a�os, algo moreno de rostro, largo de bigotes y la barba muy bien puesta. En resoluci�n, �l mostraba en su apostura que si estuviera bien vestido, le juzgaran por persona de calidad y bien nacida.
Pidi�, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no le hab�a, mostr� recebir pesadumbre; y, lleg�ndose a la que en el traje parec�a mora, la ape� en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta, pareci�ndole que as� ella como el que la tra�a se congojaban por la falta del aposento, le dijo:
— No os d� mucha pena, se�ora m�a, la incomodidad de regalo que aqu� falta, pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto, si gust�redes de pasar con nosotras —se�alando a Luscinda—, quiz� en el discurso de este camino habr�is hallado otros no tan buenos acogimientos.
No respondi� nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse de donde sentado se hab�a, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre el pecho, inclinada la cabeza, dobl� el cuerpo en se�al de que lo agradec�a. Por su silencio imaginaron que, sin duda alguna, deb�a de ser mora, y que no sab�a hablar cristiano. Lleg�, en esto, el cautivo, que entendiendo en otra cosa hasta entonces hab�a estado, y, viendo que todas ten�an cercada a la que con �l ven�a, y que ella a cuanto le dec�an callaba, dijo:
— Se�oras m�as, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar otra ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido, ni responde, a lo que se le ha preguntado.
— No se le pregunta otra cosa ninguna —respondi� Luscinda— sino ofrecelle por esta noche nuestra compa��a y parte del lugar donde nos acomod�remos, donde se le har� el regalo que la comodidad ofreciere, con la voluntad que obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren necesidad, especialmente siendo mujer a quien se sirve.
— Por ella y por m� —respondi� el captivo— os beso, se�ora m�a, las manos, y estimo mucho y en lo que es raz�n la merced ofrecida; que en tal ocasi�n, y de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa de ver que ha de ser muy grande.
— Decidme, se�or —dijo Dorotea—: �esta se�ora es cristiana o mora? Porque el traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querr�amos que fuese.
— Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande cristiana, porque tiene grand�simos deseos de serlo.
— Luego, �no es baptizada? —replic� Luscinda.
— No ha habido lugar para ello —respondi� el captivo— despu�s que sali� de Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios ser� servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su persona merece, que es m�s de lo que muestra su h�bito y el m�o.
Con estas razones puso gana en todos los que escuch�ndole estaban de saber qui�n fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar por entonces, por ver que aquella saz�n era m�s para procurarles descanso que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tom� por la mano y la llev� a sentar junto a s�, y le rog� que se quitase el embozo. Ella mir� al cautivo, como si le preguntara le dijese lo que dec�an y lo que ella har�a. �l, en lengua ar�biga, le dijo que le ped�an se quitase el embozo, y que lo hiciese; y as�, se lo quit�, y descubri� un rostro tan hermoso que Dorotea la tuvo por m�s hermosa que a Luscinda, y Luscinda por m�s hermosa que a Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podr�a igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y gracia de reconciliar los �nimos y atraer las voluntades, luego se rindieron todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.
Pregunt� don Fernando al captivo c�mo se llamaba la mora, el cual respondi� que lela Zoraida; y, as� como esto oy�, ella entendi� lo que le hab�an preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja y donaire:
— �No, no Zoraida: Mar�a, Mar�a! —dando a entender que se llamaba Mar�a y no Zoraida.
Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron derramar m�s de una l�grima a algunos de los que la escucharon, especialmente a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas. Abraz�la Luscinda con mucho amor, dici�ndole:
— S�, s�: Mar�a, Mar�a.
A lo cual respondi� la mora:
— �S�, s�: Mar�a; Zoraida macange! —que quiere decir no.
Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que ven�an con don Fernando, hab�a el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de cenar lo mejor que a �l le fue posible. Llegada, pues, la hora, sent�ronse todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la hab�a redonda ni cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que �l lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la se�ora Micomicona, pues �l era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda y Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo y los dem�s caballeros, y, al lado de las se�oras, el cura y el barbero. Y as�, cenaron con mucho contento, y acrecent�seles m�s viendo que, dejando de comer don Quijote, movido de otro semejante esp�ritu que el que le movi� a hablar tanto como habl� cuando cen� con los cabreros, comenz� a decir:
— Verdaderamente, si bien se considera, se�ores m�os, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballer�a. Si no, �cu�l de los vivientes habr� en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos? �Qui�n podr� decir que esta se�ora que est� a mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel Caballero de la Triste Figura que anda por ah� en boca de la fama? Ahora no hay que dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y aquellos que los hombres inventaron, y tanto m�s se ha de tener en estima cuanto a m�s peligros est� sujeto. Qu�tenseme delante los que dijeren que las letras hacen ventaja a las armas, que les dir�, y sean quien se fueren, que no saben lo que dicen. Porque la raz�n que los tales suelen decir, y a lo que ellos m�s se atienen, es que los trabajos del esp�ritu exceden a los del cuerpo, y que las armas s�lo con el cuerpo se ejercitan, como si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester m�s de buenas fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden para ejecutallos mucho entendimiento; o como si no trabajase el �nimo del guerrero que tiene a su cargo un ej�rcito, o la defensa de una ciudad sitiada, as� con el esp�ritu como con el cuerpo. Si no, v�ase si se alcanza con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los disignios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir los da�os que se temen; que todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no tiene parte alguna el cuerpo. Siendo pues ans�, que las armas requieren esp�ritu, como las letras, veamos ahora cu�l de los dos esp�ritus, el del letrado o el del guerrero, trabaja m�s. Y esto se vendr� a conocer por el fin y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intenci�n se ha de estimar en m�s que tiene por objeto m�s noble fin. Es el fin y paradero de las letras..., y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como �ste ninguno otro se le puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto, generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Y as�, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres fueron las que dieron los �ngeles la noche que fue nuestro d�a, cuando cantaron en los aires: ''Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena voluntad''; y a la salutaci�n que el mejor maestro de la tierra y del cielo ense�� a sus allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en alguna casa, dijesen: ''Paz sea en esta casa''; y otras muchas veces les dijo: ''Mi paz os doy, mi paz os dejo: paz sea con vosotros'', bien como joya y prenda dada y dejada de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni en el cielo puede haber bien alguno. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra es la paz, y que en esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a los trabajos del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, y v�ase cu�les son mayores.
De tal manera, y por tan buenos t�rminos, iba prosiguiendo en su pl�tica don Quijote que oblig� a que, por entonces, ninguno de los que escuch�ndole estaban le tuviese por loco; antes, como todos los m�s eran caballeros, a quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana; y �l prosigui� diciendo:
— Digo, pues, que los trabajos del estudiante son �stos: principalmente pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo el estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me parece que no hab�a que decir m�s de su mala ventura, porque quien es pobre no tiene cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en hambre, ya en fr�o, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso, no es tanta que no coma, aunque sea un poco m�s tarde de lo que se usa, aunque sea de las sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante �ste que entre ellos llaman andar a la sopa; y no les falta alg�n ajeno brasero o chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su fr�o, y, en fin, la noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias, conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos, la raridad y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto, cuando la buena suerte les depara alg�n banquete. Por este camino que he pintado, �spero y dificultoso, tropezando aqu�, cayendo all�, levant�ndose acull�, tornando a caer ac�, llegan al grado que desean; el cual alcanzado, a muchos hemos visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y por estas Scilas y Caribdis, como llevados en vuelo de la favorable fortuna, digo que los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla, trocada su hambre en hartura, su fr�o en refrigerio, su desnudez en galas, y su dormir en una estera en reposar en holandas y damascos: premio justamente merecido de su virtud. Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del m�lite guerrero, se quedan muy atr�s en todo, como ahora dir�.
Prosiguiendo don Quijote, dijo:
— Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es m�s rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno m�s pobre en la misma pobreza, porque est� atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campa�a rasa, con s�lo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vac�o, tengo por averiguado que debe de salir fr�o, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas incomodidades, en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jam�s pecar� de estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las s�banas. Ll�guese, pues, a todo esto, el d�a y la hora de recebir el grado de su ejercicio; ll�guese un d�a de batalla, que all� le pondr�n la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle alg�n balazo, que quiz� le habr� pasado las sienes, o le dejar� estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podr� ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, se�ores, si hab�is mirado en ello: �cu�n menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda, hab�is de responder que no tienen comparaci�n, ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podr�n contar los premiados vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al rev�s en los letrados; porque, de faldas, que no quiero decir de mangas, todos tienen en qu� entretenerse. As� que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es m�s f�cil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aqu�llos se premian con darles oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesi�n, y a �stos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del se�or a quien sirven; y esta imposibilidad fortifica m�s la raz�n que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora est� por averiguar, seg�n son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podr�an sustentar las armas, porque la guerra tambi�n tiene sus leyes y est� sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podr�n sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las rep�blicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las rep�blicas, los reinos, las monarqu�as, las ciudades, los caminos de mar y tierra estar�an sujetos al rigor y a la confusi�n que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es raz�n averiguada que aquello que m�s cuesta se estima y debe de estimar en m�s. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, v�guidos de cabeza, indigestiones de est�mago, y otras cosas a �stas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus t�rminos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparaci�n, porque a cada paso est� a pique de perder la vida. Y �qu� temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado, que, hall�ndose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o guarda, en alg�n revell�n o caballero, siente que los enemigos est�n minando hacia la parte donde �l est�, y no puede apartarse de all� por ning�n caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? S�lo lo que puede hacer es dar noticia a su capit�n de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y �l estarse quedo, temiendo y esperando cu�ndo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si �ste parece peque�o peligro, veamos si le iguala o hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado m�s espacio del que concede dos pies de tabla del espol�n; y, con todo esto, viendo que tiene delante de s� tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos ca�ones de artiller�a se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies ir�a a visitar los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto, con intr�pido coraz�n, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucer�a, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que m�s es de admirar: que apenas uno ha ca�do donde no se podr� levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si �ste tambi�n cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valent�a y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artiller�a, a cuyo inventor tengo para m� que en el infierno se le est� dando el premio de su diab�lica invenci�n, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber c�mo o por d�nde, en la mitad del coraje y br�o que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quiz� huy� y se espant� del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita m�quina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merec�a gozar luengos siglos. Y as�, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a m� ning�n peligro me pone miedo, todav�a me pone recelo pensar si la p�lvora y el esta�o me han de quitar la ocasi�n de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto ser� m�s estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Todo este largo pre�mbulo dijo don Quijote, en tanto que los dem�s cenaban, olvid�ndose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces le hab�a dicho Sancho Panza que cenase, que despu�s habr�a lugar para decir todo lo que quisiese. En los que escuchado le hab�an sobrevino nueva l�stima de ver que hombre que, al parecer, ten�a buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido tan rematadamente, en trat�ndole de su negra y pizmienta caballer�a. El cura le dijo que ten�a mucha raz�n en todo cuanto hab�a dicho en favor de las armas, y que �l, aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo parecer.
Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera, su hija y Maritornes aderezaban el camaranch�n de don Quijote de la Mancha, donde hab�an determinado que aquella noche las mujeres solas en �l se recogiesen, don Fernando rog� al cautivo les contase el discurso de su vida, porque no podr�a ser sino que fuese peregrino y gustoso, seg�n las muestras que hab�a comenzado a dar, viniendo en compa��a de Zoraida. A lo cual respondi� el cautivo que de muy buena gana har�a lo que se le mandaba, y que s�lo tem�a que el cuento no hab�a de ser tal, que les diese el gusto que �l deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar en obedecelle, le contar�a. El cura y todos los dem�s se lo agradecieron, y de nuevo se lo rogaron; y �l, vi�ndose rogar de tantos, dijo que no eran menester ruegos adonde el mandar ten�a tanta fuerza.
— Y as�, est�n vuestras mercedes atentos, y oir�n un discurso verdadero, a quien podr�a ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse.
Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un grande silencio; y �l, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir quisiese, con voz agradable y reposada, comenz� a decir desta manera:
— �En un lugar de las Monta�as de Le�n tuvo principio mi linaje, con quien fue m�s agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en la estrecheza de aquellos pueblos, todav�a alcanzaba mi padre fama de rico, y verdaderamente lo fuera si as� se diera ma�a a conservar su hacienda como se la daba en gastalla. Y la condici�n que ten�a de ser liberal y gastador le procedi� de haber sido soldado los a�os de su joventud, que es escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco, pr�digo; y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos, que se ven raras veces. Pasaba mi padre los t�rminos de la liberalidad, y rayaba en los de ser pr�digo: cosa que no le es de ning�n provecho al hombre casado, y que tiene hijos que le han de suceder en el nombre y en el ser. Los que mi padre ten�a eran tres, todos varones y todos de edad de poder elegir estado. Viendo, pues, mi padre que, seg�n �l dec�a, no pod�a irse a la mano contra su condici�n, quiso privarse del instrumento y causa que le hac�a gastador y dadivoso, que fue privarse de la hacienda, sin la cual el mismo Alejandro pareciera estrecho.
�Y as�, llam�ndonos un d�a a todos tres a solas en un aposento, nos dijo unas razones semejantes a las que ahora dir�: ''Hijos, para deciros que os quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que os quiero mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra hacienda. Pues, para que entend�is desde aqu� adelante que os quiero como padre, y que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros que ha muchos d�as que la tengo pensada y con madura consideraci�n dispuesta. Vosotros est�is ya en edad de tomar estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal que, cuando mayores, os honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi hacienda cuatro partes: las tres os dar� a vosotros, a cada uno lo que le tocare, sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedar� yo para vivir y sustentarme los d�as que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero querr�a que, despu�s que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese uno de los caminos que le dir�. Hay un refr�n en nuestra Espa�a, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga y discreta experiencia; y el que yo digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si m�s claramente dijera: "Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando el arte de la mercanc�a, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque dicen: "M�s vale migaja de rey que merced de se�or". Digo esto porque querr�a, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro la mercanc�a, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar a servirle en su casa; que, ya que la guerra no d� muchas riquezas, suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho d�as, os dar� toda vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo ver�is por la obra. Decidme ahora si quer�is seguir mi parecer y consejo en lo que os he propuesto''. Y, mand�ndome a m�, por ser el mayor, que respondiese, despu�s de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo lo que fuese su voluntad, que nosotros �ramos mozos para saber ganarla, vine a concluir en que cumplir�a su gusto, y que el m�o era seguir el ejercicio de las armas, sirviendo en �l a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mesmos ofrecimientos, y escogi� el irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que le cupiese. El menor, y, a lo que yo creo, el m�s discreto, dijo que quer�a seguir la Iglesia, o irse a acabar sus comenzados estudios a Salamanca. As� como acabamos de concordarnos y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abraz� a todos, y, con la brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos hab�a prometido; y, dando a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil ducados, en dineros (porque un nuestro t�o compr� toda la hacienda y la pag� de contado, porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo d�a nos despedimos todos tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo, pareci�ndome a m� ser inhumanidad que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda, hice con �l que de mis tres mil tomase los dos mil ducados, porque a m� me bastaba el resto para acomodarme de lo que hab�a menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi ejemplo, cada uno le dio mil ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro mil en dineros, y m�s tres mil, que, a lo que parece, val�a la hacienda que le cupo, que no quiso vender, sino quedarse con ella en ra�ces. Digo, en fin, que nos despedimos d�l y de aquel nuestro t�o que he dicho, no sin mucho sentimiento y l�grimas de todos, encarg�ndonos que les hici�semos saber, todas las veces que hubiese comodidad para ello, de nuestros sucesos, pr�speros o adversos. Promet�mosselo, y, abraz�ndonos y ech�ndonos su bendici�n, el uno tom� el viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde tuve nuevas que hab�a una nave ginovesa que cargaba all� lana para G�nova.
��ste har� veinte y dos a�os que sal� de casa de mi padre, y en todos ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido d�l ni de mis hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado lo dir� brevemente. Embarqu�me en Alicante, llegu� con pr�spero viaje a G�nova, fui desde all� a Mil�n, donde me acomod� de armas y de algunas galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte; y, estando ya de camino para Alejandr�a de la Palla, tuve nuevas que el gran duque de Alba pasaba a Flandes. Mud� prop�sito, fuime con �l, serv�le en las jornadas que hizo, hall�me en la muerte de los condes de Eguem�n y de Hornos, alcanc� a ser alf�rez de un famoso capit�n de Guadalajara, llamado Diego de Urbina; y, a cabo de alg�n tiempo que llegu� a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del Papa P�o Quinto, de felice recordaci�n, hab�a hecho con Venecia y con Espa�a, contra el enemigo com�n, que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, hab�a ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del dominio del veneciano: y p�rdida lamentable y desdichada. S�pose cierto que ven�a por general desta liga el seren�simo don Juan de Austria, hermano natural de nuestro buen rey don Felipe. Divulg�se el grand�simo aparato de guerra que se hac�a. Todo lo cual me incit� y conmovi� el �nimo y el deseo de verme en la jornada que se esperaba; y, aunque ten�a barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la primera ocasi�n que se ofreciese ser�a promovido a capit�n, lo quise dejar todo y venirme, como me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el se�or don Juan de Austria acababa de llegar a G�nova, que pasaba a N�poles a juntarse con la armada de Venecia, como despu�s lo hizo en Mecina.
�Digo, en fin, que yo me hall� en aquella felic�sima jornada, ya hecho capit�n de infanter�a, a cuyo honroso cargo me subi� mi buena suerte, m�s que mis merecimientos. Y aquel d�a, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en �l se desenga�� el mundo y todas las naciones del error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la mar: en aquel d�a, digo, donde qued� el orgullo y soberbia otomana quebrantada, entre tantos venturosos como all� hubo (porque m�s ventura tuvieron los cristianos que all� murieron que los que vivos y vencedores quedaron), yo solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar, si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella noche que sigui� a tan famoso d�a con cadenas a los pies y esposas a las manos.
�Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchal�, rey de Argel, atrevido y venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos tres caballeros quedaron vivos en ella, y �stos malheridos, acudi� la capitana de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compa��a; y, haciendo lo que deb�a en ocasi�n semejante, salt� en la galera contraria, la cual, desvi�ndose de la que la hab�a embestido, estorb� que mis soldados me siguiesen, y as�, me hall� solo entre mis enemigos, a quien no pude resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como ya habr�is, se�ores, o�do decir que el Uchal� se salv� con toda su escuadra, vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil cristianos los que aquel d�a alcanzaron la deseada libertad, que todos ven�an al remo en la turquesca armada.
�Llev�ronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general de la mar a mi amo, porque hab�a hecho su deber en la batalla, habiendo llevado por muestra de su valor el estandarte de la religi�n de Malta. Hall�me el segundo a�o, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando en la capitana de los tres fanales. Vi y not� la ocasi�n que all� se perdi� de no coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes y jen�zaros que en ella ven�an tuvieron por cierto que les hab�an de embestir dentro del mesmo puerto, y ten�an a punto su ropa y pasamaques, que son sus zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser combatidos: tanto era el miedo que hab�an cobrado a nuestra armada. Pero el cielo lo orden� de otra manera, no por culpa ni descuido del general que a los nuestros reg�a, sino por los pecados de la cristiandad, y porque quiere y permite Dios que tengamos siempre verdugos que nos castiguen.
�En efeto, el Uchal� se recogi� a Mod�n, que es una isla que est� junto a Navarino, y, echando la gente en tierra, fortific� la boca del puerto, y est�vose quedo hasta que el se�or don Juan se volvi�. En este viaje se tom� la galera que se llamaba La Presa, de quien era capit�n un hijo de aquel famoso cosario Barbarroja. Tom�la la capitana de N�poles, llamada La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados, por aquel venturoso y jam�s vencido capit�n don �lvaro de Baz�n, marqu�s de Santa Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedi� en la presa de La Presa. Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que, as� como los que ven�an al remo vieron que la galera Loba les iba entrando y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron de su capit�n, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen apriesa, y pas�ndole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, que a poco m�s que pas� del �rbol ya hab�a pasado su �nima al infierno: tal era, como he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio que ellos le ten�an.
�Volvimos a Constantinopla, y el a�o siguiente, que fue el de setenta y tres, se supo en ella c�mo el se�or don Juan hab�a ganado a T�nez, y quitado aquel reino a los turcos y puesto en posesi�n d�l a Muley Hamet, cortando las esperanzas que de volver a reinar en �l ten�a Muley Hamida, el moro m�s cruel y m�s valiente que tuvo el mundo. Sinti� mucho esta p�rdida el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de su casa tienen, hizo paz con venecianos, que mucho m�s que �l la deseaban; y el a�o siguiente de setenta y cuatro acometi� a la Goleta y al fuerte que junto a T�nez hab�a dejado medio levantado el se�or don Juan. En todos estos trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna; a lo menos, no esperaba tenerla por rescate, porque ten�a determinado de no escribir las nuevas de mi desgracia a mi padre.
�Perdi�se, en fin, la Goleta; perdi�se el fuerte, sobre las cuales plazas hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y al�rabes de toda la Africa, m�s de cuatrocientos mil, acompa�ado este tan gran n�mero de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y con tantos gastadores, que con las manos y a pu�ados de tierra pudieran cubrir la Goleta y el fuerte. Perdi�se primero la Goleta, tenida hasta entonces por inexpugnable; y no se perdi� por culpa de sus defensores, los cuales hicieron en su defensa todo aquello que deb�an y pod�an, sino porque la experiencia mostr� la facilidad con que se pod�an levantar trincheas en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y los turcos no la hallaron a dos varas; y as�, con muchos sacos de arena levantaron las trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza; y, tir�ndoles a caballero, ninguno pod�a parar, ni asistir a la defensa. Fue com�n opini�n que no se hab�an de encerrar los nuestros en la Goleta, sino esperar en campa�a al desembarcadero; y los que esto dicen hablan de lejos y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la Goleta y en el fuerte apenas hab�a siete mil soldados, �c�mo pod�a tan poco n�mero, aunque m�s esforzados fuesen, salir a la campa�a y quedar en las fuerzas, contra tanto como era el de los enemigos?; y �c�mo es posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y m�s cuando la cercan enemigos muchos y porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos les pareci�, y as� me pareci� a m�, que fue particular gracia y merced que el cielo hizo a Espa�a en permitir que se asolase aquella oficina y capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de dineros que all� sin provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de conservar la memoria de haberla ganado la felic�sima del invict�simo Carlos Quinto; como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y ser�, que aquellas piedras la sustentaran.
�Perdi�se tambi�n el fuerte; pero fu�ronle ganando los turcos palmo a palmo, porque los soldados que lo defend�an pelearon tan valerosa y fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron en veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron sano de trecientos que quedaron vivos, se�al cierta y clara de su esfuerzo y valor, y de lo bien que se hab�an defendido y guardado sus plazas. Rindi�se a partido un peque�o fuerte o torre que estaba en mitad del esta�o, a cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado. Cautivaron a don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo cuanto fue posible por defender su fuerza; y sinti� tanto el haberla perdido que de pesar muri� en el camino de Constantinopla, donde le llevaban cautivo. Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio Cervell�n, caballero milan�s, grande ingeniero y valent�simo soldado. Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales fue una Pag�n de Oria, caballero del h�bito de San Juan, de condici�n generoso, como lo mostr� la summa liberalidad que us� con su hermano, el famoso Juan de Andrea de Oria; y lo que m�s hizo lastimosa su muerte fue haber muerto a manos de unos al�rabes de quien se fi�, viendo ya perdido el fuerte, que se ofrecieron de llevarle en h�bito de moro a Tabarca, que es un portezuelo o casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses que se ejercitan en la pesquer�a del coral; los cuales al�rabes le cortaron la cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesca, el cual cumpli� con ellos nuestro refr�n castellano: "Que aunque la traici�n aplace, el traidor se aborrece"; y as�, se dice que mand� el general ahorcar a los que le trujeron el presente, porque no se le hab�an tra�do vivo.
�Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado don Pedro de Aguilar, natural no s� de qu� lugar del Andaluc�a, el cual hab�a sido alf�rez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento: especialmente ten�a particular gracia en lo que llaman poes�a. D�golo porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo de mi mesmo patr�n; y, antes que nos parti�semos de aquel puerto, hizo este caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el otro al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los s� de memoria y creo que antes causar�n gusto que pesadumbre.�
En el punto que el cautivo nombr� a don Pedro de Aguilar, don Fernando mir� a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando lleg� a decir de los sonetos, dijo el uno:
— Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qu� se hizo ese don Pedro de Aguilar que ha dicho.
— Lo que s� es —respondi� el cautivo— que, al cabo de dos a�os que estuvo en Constantinopla, se huy� en traje de arna�te con un griego esp�a, y no s� si vino en libertad, puesto que creo que s�, porque de all� a un a�o vi yo al griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de aquel viaje.
— Pues lo fue —respondi� el caballero—, porque ese don Pedro es mi hermano, y est� ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres hijos.
— Gracias sean dadas a Dios —dijo el cautivo— por tantas mercedes como le hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se iguale a alcanzar la libertad perdida.
— Y m�s —replic� el caballero—, que yo s� los sonetos que mi hermano hizo.
— D�galos, pues, vuestra merced —dijo el cautivo—, que los sabr� decir mejor que yo.
— Que me place —respondi� el caballero—; y el de la Goleta dec�a as�:
Soneto
Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo m�s alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor falt� la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal, triste ca�da
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
— Desa mesma manera le s� yo —dijo el cautivo.
— Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo —dijo el caballero—, dice as�:
Soneto
De entre esta tierra est�ril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y �ste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no m�s justas de su duro seno
habr�n al claro cielo almas subido,
ni aun �l sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegr� con las nuevas que de su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:
— �Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en desmantelar la Goleta, porque el fuerte qued� tal, que no hubo qu� poner por tierra, y para hacerlo con m�s brevedad y menos trabajo, la minaron por tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que parec�a menos fuerte, que eran las murallas viejas; y todo aquello que hab�a quedado en pie de la fortificaci�n nueva que hab�a hecho el Frat�n, con mucha facilidad vino a tierra. En resoluci�n, la armada volvi� a Constantinopla, triunfante y vencedora: y de all� a pocos meses muri� mi amo el Uchal�, al cual llamaban Uchal� Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado ti�oso, porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse nombres de alguna falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya. Y esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes, que decienden de la casa Otomana, y los dem�s, como tengo dicho, toman nombre y apellido ya de las tachas del cuerpo y ya de las virtudes del �nimo. Y este Ti�oso bog� el remo, siendo esclavo del Gran Se�or, catorce a�os, y a m�s de los treinta y cuatro de sus edad reneg�, de despecho de que un turco, estando al remo, le dio un bofet�n, y por poderse vengar dej� su fe; y fue tanto su valor que, sin subir por los torpes medios y caminos que los m�s privados del Gran Turco suben, vino a ser rey de Argel, y despu�s, a ser general de la mar, que es el tercero cargo que hay en aquel se�or�o. Era calabr�s de naci�n, y moralmente fue un hombre de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que lleg� a tener tres mil, los cuales, despu�s de su muerte, se repartieron, como �l lo dej� en su testamento, entre el Gran Se�or (que tambi�n es hijo heredero de cuantos mueren, y entra a la parte con los m�s hijos que deja el difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que, siendo grumete de una nave, le cautiv� el Uchal�, y le quiso tanto, que fue uno de los m�s regalados garzones suyos, y �l vino a ser el m�s cruel renegado que jam�s se ha visto. Llam�base Az�n Ag�, y lleg� a ser muy rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo contento, por estar tan cerca de Espa�a, no porque pensase escribir a nadie el desdichado suceso m�o, sino por ver si me era m�s favorable la suerte en Argel que en Constantinopla, donde ya hab�a probado mil maneras de huirme, y ninguna tuvo saz�n ni ventura; y pensaba en Argel buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jam�s me desampar� la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba, pensaba y pon�a por obra no correspond�a el suceso a la intenci�n, luego, sin abandonarme, fing�a y buscaba otra esperanza que me sustentase, aunque fuese d�bil y flaca.
�Con esto entreten�a la vida, encerrado en una prisi�n o casa que los turcos llaman ba�o, donde encierran los cautivos cristianos, as� los que son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almac�n, que es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las obras p�blicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen muy dificultosa su libertad, que, como son del com�n y no tienen amo particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos ba�os, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque all� los tienen holgados y seguros hasta que venga su rescate. Tambi�n los cautivos del rey que son de rescate no salen al trabajo con la dem�s chusma, si no es cuando se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban por �l con m�s ah�nco, les hacen trabajar y ir por le�a con los dem�s, que es un no peque�o trabajo.
�Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capit�n, puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovech� nada para que no me pusiesen en el n�mero de los caballeros y gente de rescate. Pusi�ronme una cadena, m�s por se�al de rescate que por guardarme con ella; y as�, pasaba la vida en aquel ba�o, con otros muchos caballeros y gente principal, se�alados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como o�r y ver, a cada paso, las jam�s vistas ni o�das crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada d�a ahorcaba el suyo, empalaba a �ste, desorejaba aqu�l; y esto, por tan poca ocasi�n, y tan sin ella, que los turcos conoc�an que lo hac�a no m�s de por hacerlo, y por ser natural condici�n suya ser homicida de todo el g�nero humano. S�lo libr� bien con �l un soldado espa�ol, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedar�n en la memoria de aquellas gentes por muchos a�os, y todas por alcanzar libertad, jam�s le dio palo, ni se lo mand� dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, tem�amos todos que hab�a de ser empalado, y as� lo temi� �l m�s de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.
�Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisi�n ca�an las ventanas de la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario son las de los moros, m�s eran agujeros que ventanas, y aun �stas se cubr�an con celos�as muy espesas y apretadas. Acaeci�, pues, que un d�a, estando en un terrado de nuestra prisi�n con otros tres compa�eros, haciendo pruebas de saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando solos, porque todos los dem�s cristianos hab�an salido a trabajar, alc� acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parec�a una ca�a, y al remate della puesto un lienzo atado, y la ca�a se estaba blandeando y movi�ndose, casi como si hiciera se�as que lleg�semos a tomarla. Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse debajo de la ca�a, por ver si la soltaban, o lo que hac�an; pero, as� como lleg�, alzaron la ca�a y la movieron a los dos lados, como si dijeran no con la cabeza. Volvi�se el cristiano, y torn�ronla a bajar y hacer los mesmos movimientos que primero. Fue otro de mis compa�eros, y sucedi�le lo mesmo que al primero. Finalmente, fue el tercero y av�nole lo que al primero y al segundo. Viendo yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, as� como llegu� a ponerme debajo de la ca�a, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del ba�o. Acud� luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro d�l ven�an diez cian�is, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros, que cada una vale diez reales de los nuestros. Si me holgu� con el hallazgo, no hay para qu� decirlo, pues fue tanto el contento como la admiraci�n de pensar de donde pod�a venirnos aquel bien, especialmente a m�, pues las muestras de no haber querido soltar la ca�a sino a m� claro dec�an que a m� se hac�a la merced. Tom� mi buen dinero, quebr� la ca�a, volv�me al terradillo, mir� la ventana, y vi que por ella sal�a una muy blanca mano, que la abr�an y cerraban muy apriesa. Con esto entendimos, o imaginamos, que alguna mujer que en aquella casa viv�a nos deb�a de haber hecho aquel beneficio; y, en se�al de que lo agradec�amos, hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la cabeza, doblando el cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De all� a poco sacaron por la mesma ventana una peque�a cruz hecha de ca�as, y luego la volvieron a entrar. Esta se�al nos confirm� en que alguna cristiana deb�a de estar cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hac�a; pero la blancura de la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo este pensamiento, puesto que imaginamos que deb�a de ser cristiana renegada, a quien de ordinario suelen tomar por leg�timas mujeres sus mesmos amos, y aun lo tienen a ventura, porque las estiman en m�s que las de su naci�n.
�En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y as�, todo nuestro entretenimiento desde all� adelante era mirar y tener por norte a la ventana donde nos hab�a aparecido la estrella de la ca�a; pero bien se pasaron quince d�as en que no la vimos, ni la mano tampoco, ni otra se�al alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda solicitud saber qui�n en aquella casa viv�a, y si hab�a en ella alguna cristiana renegada, jam�s hubo quien nos dijese otra cosa, sino que all� viv�a un moro principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que hab�a sido de La Pata, que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando m�s descuidados est�bamos de que por all� hab�an de llover m�s cian�is, vimos a deshora parecer la ca�a, y otro lienzo en ella, con otro nudo m�s crecido; y esto fue a tiempo que estaba el ba�o, como la vez pasada, solo y sin gente. Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de los mismos tres que est�bamos, pero a ninguno se rindi� la ca�a sino a m�, porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desat� el nudo, y hall� cuarenta escudos de oro espa�oles y un papel escrito en ar�bigo, y al cabo de lo escrito hecha una grande cruz. Bes� la cruz, tom� los escudos, volv�me al terrado, hecimos todos nuestras zalemas, torn� a parecer la mano, hice se�as que leer�a el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos confusos y alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entend�a el ar�bigo, era grande el deseo que ten�amos de entender lo que el papel conten�a, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.
�En fin, yo me determin� de fiarme de un renegado, natural de Murcia, que se hab�a dado por grande amigo m�o, y puesto prendas entre los dos, que le obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen algunos renegados, cuando tienen intenci�n de volverse a tierra de cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien, y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en la primera ocasi�n que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees con buena intenci�n, otros se sirven dellas acaso y de industria: que, viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan, sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se ver� el prop�sito con que ven�an, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y que por eso ven�an en corso con los dem�s turcos. Con esto se escapan de aquel primer �mpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga da�o; y, cuando veen la suya, se vuelven a Berber�a a ser lo que antes eran. Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se quedan en tierra de cristianos.
�Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual ten�a firmas de todas nuestras camaradas, donde le acredit�bamos cuanto era posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo. Supe que sab�a muy bien ar�bigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo; pero, antes que del todo me declarase con �l, le dije que me leyese aquel papel, que acaso me hab�a hallado en un agujero de mi rancho. Abri�le, y estuvo un buen espacio mir�ndole y construy�ndole, murmurando entre los dientes. Pregunt�le si lo entend�a; d�jome que muy bien, y, que si quer�a que me lo declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque mejor lo hiciese. D�mosle luego lo que ped�a, y �l poco a poco lo fue traduciendo; y, en acabando, dijo: ''Todo lo que va aqu� en romance, sin faltar letra, es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice Lela Mari�n quiere decir Nuestra Se�ora la Virgen Mar�a''.
�Le�mos el papel, y dec�a as�:
Cuando yo era ni�a, ten�a mi padre una esclava, la cual en mi lengua me mostr� la zal� cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Mari�n. La cristiana muri�, y yo s� que no fue al fuego, sino con Al�, porque despu�s la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a Lela Mari�n, que me quer�a mucho. No s� yo c�mo vaya: muchos cristianos he visto por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino t�. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar conmigo: mira t� si puedes hacer c�mo nos vamos, y ser�s all� mi marido, si quisieres, y si no quisieres, no se me dar� nada, que Lela Mari�n me dar� con quien me case. Yo escrib� esto; mira a qui�n lo das a leer: no te f�es de ning�n moro, porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que no te descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echar� luego en un pozo, y me cubrir� de piedras. En la ca�a pondr� un hilo: ata all� la respuesta; y si no tienes quien te escriba ar�bigo, d�melo por se�as, que Lela Mari�n har� que te entienda. Ella y Al� te guarden, y esa cruz que yo beso muchas veces; que as� me lo mand� la cautiva.
�Mirad, se�ores, si era raz�n que las razones deste papel nos admirasen y alegrasen. Y as�, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendi� que no acaso se hab�a hallado aquel papel, sino que realmente a alguno de nosotros se hab�a escrito; y as�, nos rog� que si era verdad lo que sospechaba, que nos fi�semos d�l y se lo dij�semos, que �l aventurar�a su vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sac� del pecho un crucifijo de metal, y con muchas l�grimas jur� por el Dios que aquella imagen representaba, en quien �l, aunque pecador y malo, bien y fielmente cre�a, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisi�semos descubrirle, porque le parec�a, y casi adevinaba que, por medio de aquella que aquel papel hab�a escrito, hab�a �l y todos nosotros de tener libertad, y verse �l en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y apartado por su ignorancia y pecado.
�Con tantas l�grimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto el renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos en declararle la verdad del caso; y as�, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle nada. Mostr�mosle la ventanilla por donde parec�a la ca�a, y �l marc� desde all� la casa, y qued� de tener especial y gran cuidado de informarse qui�n en ella viv�a. Acordamos, ansimesmo, que ser�a bien responder al billete de la mora; y, como ten�amos quien lo supiese hacer, luego al momento el renegado escribi� las razones que yo le fui notando, que puntualmente fueron las que dir�, porque de todos los puntos sustanciales que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la memoria, ni aun se me ir� en tanto que tuviere vida.
�En efeto, lo que a la mora se le respondi� fue esto:
El verdadero Al� te guarde, se�ora m�a, y aquella bendita Mari�n, que es la verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en coraz�n que te vayas a tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ru�gale t� que se sirva de darte a entender c�mo podr�s poner por obra lo que te manda, que ella es tan buena que s� har�. De mi parte y de la de todos estos cristianos que est�n conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudi�remos, hasta morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer, que yo te responder� siempre; que el grande Al� nos ha dado un cristiano cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo ver�s por este papel. As� que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo que quisieres. A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que los cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Al� y Mari�n, su madre, sean en tu guarda, se�ora m�a.
�Escrito y cerrado este papel, aguard� dos d�as a que estuviese el ba�o solo, como sol�a, y luego sal� al paso acostumbrado del terradillo, por ver si la ca�a parec�a, que no tard� mucho en asomar. As� como la vi, aunque no pod�a ver qui�n la pon�a, mostr� el papel, como dando a entender que pusiesen el hilo, pero ya ven�a puesto en la ca�a, al cual at� el papel, y de all� a poco torn� a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz del atadillo. Dej�ronla caer, y alc� yo, y hall� en el pa�o, en toda suerte de moneda de plata y de oro, m�s de cincuenta escudos, los cuales cincuenta veces m�s doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza de tener libertad.
�Aquella misma noche volvi� nuestro renegado, y nos dijo que hab�a sabido que en aquella casa viv�a el mesmo moro que a nosotros nos hab�an dicho que se llamaba Agi Morato, riqu�simo por todo estremo, el cual ten�a una sola hija, heredera de toda su hacienda, y que era com�n opini�n en toda la ciudad ser la m�s hermosa mujer de la Berber�a; y que muchos de los virreyes que all� ven�an la hab�an pedido por mujer, y que ella nunca se hab�a querido casar; y que tambi�n supo que tuvo una cristiana cautiva, que ya se hab�a muerto; todo lo cual concertaba con lo que ven�a en el papel. Entramos luego en consejo con el renegado, en qu� orden se tendr�a para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se acord� por entonces que esper�semos el aviso segundo de Zoraida, que as� se llamaba la que ahora quiere llamarse Mar�a; porque bien vimos que ella, y no otra alguna era la que hab�a de dar medio a todas aquellas dificultades. Despu�s que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuvi�semos pena, que �l perder�a la vida o nos pondr�a en libertad.
�Cuatro d�as estuvo el ba�o con gente, que fue ocasi�n que cuatro d�as tardase en parecer la ca�a; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad del ba�o, pareci� con el lienzo tan pre�ado, que un felic�simo parto promet�a. Inclin�se a m� la ca�a y el lienzo, hall� en �l otro papel y cien escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba all� el renegado, d�mosle a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que as� dec�a:
Yo no s�, mi se�or, c�mo dar orden que nos vamos a Espa�a, ni Lela Mari�n me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podr� hacer es que yo os dar� por esta ventana much�simos dineros de oro: rescataos vos con ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos, y compre all� una barca y vuelva por los dem�s; y a m� me hallar�n en el jard�n de mi padre, que est� a la puerta de Babaz�n, junto a la marina, donde tengo de estar todo este verano con mi padre y con mis criados. De all�, de noche, me podr�is sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira que has de ser mi marido, porque si no, yo pedir� a Mari�n que te castigue. Si no te f�as de nadie que vaya por la barca, resc�tate t� y ve, que yo s� que volver�s mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura saber el jard�n, y cuando te pasees por ah� sabr� que est� solo el ba�o, y te dar� mucho dinero. Al� te guarde, se�or m�o.
�Esto dec�a y conten�a el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada uno se ofreci� a querer ser el rescatado, y prometi� de ir y volver con toda puntualidad, y tambi�n yo me ofrec� a lo mismo; a todo lo cual se opuso el renegado, diciendo que en ninguna manera consentir�a que ninguno saliese de libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia le hab�a mostrado cu�n mal cumpl�an los libres las palabras que daban en el cautiverio; porque muchas veces hab�an usado de aquel remedio algunos principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia, o Mallorca, con dineros para poder armar una barca y volver por los que le hab�an rescatado, y nunca hab�an vuelto; porque la libertad alcanzada y el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas las obligaciones del mundo. Y, en confirmaci�n de la verdad que nos dec�a, nos cont� brevemente un caso que casi en aquella mesma saz�n hab�a acaecido a unos caballeros cristianos, el m�s estra�o que jam�s sucedi� en aquellas partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto y de admiraci�n.
�En efecto, �l vino a decir que lo que se pod�a y deb�a hacer era que el dinero que se hab�a de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a �l para comprar all� en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y tratante en Tetu�n y en aquella costa; y que, siendo �l se�or de la barca, f�cilmente se dar�a traza para sacarlos del ba�o y embarcarlos a todos. Cuanto m�s, que si la mora, como ella dec�a, daba dineros para rescatarlos a todos, que, estando libres, era facil�sima cosa aun embarcarse en la mitad del d�a; y que la dificultad que se ofrec�a mayor era que los moros no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es bajel grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca, principalmente si es espa�ol, no la quiere sino para irse a tierra de cristianos; pero que �l facilitar�a este inconveniente con hacer que un moro tagarino fuese a la parte con �l en la compa��a de la barca y en la ganancia de las mercanc�as, y con esta sombra �l vendr�a a ser se�or de la barca, con que daba por acabado todo lo dem�s.
�Y, puesto que a m� y a mis camaradas nos hab�a parecido mejor lo de enviar por la barca a Mallorca, como la mora dec�a, no osamos contradecirle, temerosos que, si no hac�amos lo que �l dec�a, nos hab�a de descubrir y poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida, por cuya vida di�ramos todos las nuestras. Y as�, determinamos de ponernos en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo punto se le respondi� a Zoraida, dici�ndole que har�amos todo cuanto nos aconsejaba, porque lo hab�a advertido tan bien como si Lela Mari�n se lo hubiera dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello luego por obra. Ofrec�mele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro d�a que acaeci� a estar solo el ba�o, en diversas veces, con la ca�a y el pa�o, nos dio dos mil escudos de oro, y un papel donde dec�a que el primer jum�, que es el viernes, se iba al jard�n de su padre, y que antes que se fuese nos dar�a m�s dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avis�semos, que nos dar�a cuanto le pidi�semos: que su padre ten�a tantos, que no lo echar�a menos, cuanto m�s, que ella ten�a la llaves de todo.
�Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca; con ochocientos me rescat� yo, dando el dinero a un mercader valenciano que a la saz�n se hallaba en Argel, el cual me rescat� del rey, tom�ndome sobre su palabra, d�ndola de que con el primer bajel que viniese de Valencia pagar�a mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar sospechas al rey que hab�a muchos d�as que mi rescate estaba en Argel, y que el mercader, por sus granjer�as, lo hab�a callado. Finalmente, mi amo era tan caviloso que en ninguna manera me atrev� a que luego se desembolsase el dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se hab�a de ir al jard�n, nos dio otros mil escudos y nos avis� de su partida, rog�ndome que, si me rescatase, supiese luego el jard�n de su padre, y que en todo caso buscase ocasi�n de ir all� y verla. Respond�le en breves palabras que as� lo har�a, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela Mari�n, con todas aquellas oraciones que la cautiva le hab�a ense�ado.
�Hecho esto, dieron orden en que los tres compa�eros nuestros se rescatasen, por facilitar la salida del ba�o, y porque, vi�ndome a m� rescatado, y a ellos no, pues hab�a dinero, no se alborotasen y les persuadiese el diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que, puesto que el ser ellos quien eran me pod�a asegurar deste temor, con todo eso, no quise poner el negocio en aventura, y as�, los hice rescatar por la misma orden que yo me rescat�, entregando todo el dinero al mercader, para que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al cual nunca descubrimos nuestro trato y secreto, por el peligro que hab�a.
�No se pasaron quince d�as, cuando ya nuestro renegado ten�a comprada una muy buena barca, capaz de m�s de treinta personas: y, para asegurar su hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se llamaba Sargel, que est� treinta leguas de Argel hacia la parte de Or�n, en el cual hay mucha contrataci�n de higos pasos. Dos o tres veces hizo este viaje, en compa��a del tagarino que hab�a dicho. Tagarinos llaman en Berber�a a los moros de Arag�n, y a los de Granada, mud�jares; y en el reino de Fez llaman a los mud�jares elches, los cuales son la gente de quien aquel rey m�s se sirve en la guerra.
�Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una caleta que estaba no dos tiros de ballesta del jard�n donde Zoraida esperaba; y all�, muy de prop�sito, se pon�a el renegado con los morillos que bogaban el remo, o ya a hacer la zal�, o a como por ensayarse de burlas a lo que pensaba hacer de veras; y as�, se iba al jard�n de Zoraida y le ped�a fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque �l quisiera hablar a Zoraida, como �l despu�s me dijo, y decille que �l era el que por orden m�a le hab�a de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura, nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ning�n moro ni turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos cautivos se dejan tratar y comunicar, aun m�s de aquello que ser�a razonable; y a m� me hubiera pesado que �l la hubiera hablado, que quiz� la alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados. Pero Dios, que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo que nuestro renegado ten�a; el cual, viendo cu�n seguramente iba y ven�a a Sargel, y que daba fondo cuando y como y adonde quer�a, y que el tagarino, su compa�ero, no ten�a m�s voluntad de lo que la suya ordenaba, y que yo estaba ya rescatado, y que s�lo faltaba buscar algunos cristianos que bogasen el remo, me dijo que mirase yo cu�les quer�a traer conmigo, fuera de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer viernes, donde ten�a determinado que fuese nuestra partida. Viendo esto, habl� a doce espa�oles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos que m�s libremente pod�an salir de la ciudad; y no fue poco hallar tantos en aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se hab�an llevado toda la gente de remo, y �stos no se hallaran, si no fuera que su amo se qued� aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota que ten�a en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la vuelta del jard�n de Agi Morato, y que all� me aguardasen hasta que yo fuese. A cada uno di este aviso de por s�, con orden que, aunque all� viesen a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les hab�a mandado esperar en aquel lugar.
�Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que m�s me conven�a: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios, para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se sobresaltase si de improviso la asalt�semos antes del tiempo que ella pod�a imaginar que la barca de cristianos pod�a volver. Y as�, determin� de ir al jard�n y ver si podr�a hablarla; y, con ocasi�n de coger algunas yerbas, un d�a, antes de mi partida, fui all�, y la primera persona con qui�n encontr� fue con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berber�a, y aun en Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana, ni de otra naci�n alguna, sino una mezcla de todas las lenguas con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de lenguaje me pregunt� que qu� buscaba en aquel su jard�n, y de qui�n era. Respond�le que era esclavo de Arna�te Mam� (y esto, porque sab�a yo por muy cierto que era un grand�simo amigo suyo), y que buscaba de todas yerbas, para hacer ensalada. Pregunt�me, por el consiguiente, si era hombre de rescate o no, y que cu�nto ped�a mi amo por m�. Estando en todas estas preguntas y respuestas, sali� de la casa del jard�n la bella Zoraida, la cual ya hab�a mucho que me hab�a visto; y, como las moras en ninguna manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco se esquivan, como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su padre conmigo estaba; antes, luego cuando su padre vio que ven�a, y de espacio, la llam� y mand� que llegase.
�Demasiada cosa ser�a decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza, el gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostr� a mis ojos: s�lo dir� que m�s perlas pend�an de su hermos�simo cuello, orejas y cabellos, que cabellos ten�a en la cabeza. En las gargantas de los sus pies, que descubiertas, a su usanza, tra�a, tra�a dos carcajes (que as� se llamaban las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de pur�simo oro, con tantos diamantes engastados, que ella me dijo despu�s que su padre los estimaba en diez mil doblas, y las que tra�a en las mu�ecas de las manos val�an otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque la mayor gala y bizarr�a de las moras es adornarse de ricas perlas y alj�far, y as�, hay m�s perlas y alj�far entre moros que entre todas las dem�s naciones; y el padre de Zoraida ten�a fama de tener muchas y de las mejores que en Argel hab�a, y de tener asimismo m�s de docientos mil escudos espa�oles, de todo lo cual era se�ora esta que ahora lo es m�a. Si con todo este adorno pod�a venir entonces hermosa, o no, por las reliquias que le han quedado en tantos trabajos se podr� conjeturar cu�l deb�a de ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas mujeres tiene d�as y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o acrecentarse; y es natural cosa que las pasiones del �nimo la levanten o abajen, puesto que las m�s veces la destruyen.
�Digo, en fin, que entonces lleg� en todo estremo aderezada y en todo estremo hermosa, o, a lo menos, a m� me pareci� serlo la m�s que hasta entonces hab�a visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me hab�a puesto, me parec�a que ten�a delante de m� una deidad del cielo, venida a la tierra para mi gusto y para mi remedio. As� como ella lleg�, le dijo su padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arna�te Mam�, y que ven�a a buscar ensalada. Ella tom� la mano, y en aquella mezcla de lenguas que tengo dicho me pregunt� si era caballero y qu� era la causa que no me rescataba. Yo le respond� que ya estaba rescatado, y que en el precio pod�a echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues hab�a dado por m� mil y quinientos zoltan�s. A lo cual ella respondi�: ''En verdad que si t� fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera �l por otros dos tantos, porque vosotros, cristianos, siempre ment�s en cuanto dec�s, y os hac�is pobres por enga�ar a los moros''. ''Bien podr�a ser eso, se�ora —le respond�—, mas en verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la tratar� con cuantas personas hay en el mundo''. ''Y �cu�ndo te vas?'', dijo Zoraida. ''Ma�ana, creo yo —dije—, porque est� aqu� un bajel de Francia que se hace ma�ana a la vela, y pienso irme en �l''. ''�No es mejor —replic� Zoraida—, esperar a que vengan bajeles de Espa�a, y irte con ellos, que no con los de Francia, que no son vuestros amigos?'' ''No —respond� yo—, aunque si como hay nuevas que viene ya un bajel de Espa�a, es verdad, todav�a yo le aguardar�, puesto que es m�s cierto el partirme ma�ana; porque el deseo que tengo de verme en mi tierra, y con las personas que bien quiero, es tanto que no me dejar� esperar otra comodidad, si se tarda, por mejor que sea''. ''Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra —dijo Zoraida—, y por eso deseas ir a verte con tu mujer''. ''No soy —respond� yo— casado, mas tengo dada la palabra de casarme en llegando all�''. ''Y �es hermosa la dama a quien se la diste?'', dijo Zoraida. ''Tan hermosa es —respond� yo— que para encarecella y decirte la verdad, te parece a ti mucho''. Desto se riy� muy de veras su padre, y dijo: ''Gual�, cristiano, que debe de ser muy hermosa si se parece a mi hija, que es la m�s hermosa de todo este reino. Si no, m�rala bien, y ver�s c�mo te digo verdad''. Serv�anos de int�rprete a las m�s de estas palabras y razones el padre de Zoraida, como m�s ladino; que, aunque ella hablaba la bastarda lengua que, como he dicho, all� se usa, m�s declaraba su intenci�n por se�as que por palabras.
�Estando en estas y otras muchas razones, lleg� un moro corriendo, y dijo, a grandes voces, que por las bardas o paredes del jard�n hab�an saltado cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba madura. Sobresalt�se el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es com�n y casi natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los moros que a ellos est�n sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: ''Hija, ret�rate a la casa y enci�rrate, en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y t�, cristiano, busca tus yerbas, y vete en buen hora, y ll�vete Al� con bien a tu tierra''. Yo me inclin�, y �l se fue a buscar los turcos, dej�ndome solo con Zoraida, que comenz� a dar muestras de irse donde su padre la hab�a mandado. Pero, apenas �l se encubri� con los �rboles del jard�n, cuando ella, volvi�ndose a m�, llenos los ojos de l�grimas, me dijo: ''�mexi, cristiano, �mexi''; que quiere decir: "�Vaste, cristiano, vaste?" Yo la respond�: ''Se�ora, s�, pero no en ninguna manera sin ti: el primero jum� me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas; que sin duda alguna iremos a tierra de cristianos''.
�Yo le dije esto de manera que ella me entendi� muy bien a todas las razones que entrambos pasamos; y, ech�ndome un brazo al cuello, con desmayados pasos comenz� a caminar hacia la casa; y quiso la suerte, que pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que, yendo los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al cuello, su padre, que ya volv�a de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte y manera que �bamos, y nosotros vimos que �l nos hab�a visto; pero Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes se lleg� m�s a m� y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las rodillas, dando claras se�ales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo, di a entender que la sosten�a contra mi voluntad. Su padre lleg� corriendo adonde est�bamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le pregunt� que qu� ten�a; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre: ''Sin duda alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha desmayado''. Y, quit�ndola del m�o, la arrim� a su pecho; y ella, dando un suspiro y a�n no enjutos los ojos de l�grimas, volvi� a decir: ''�mexi, cristiano, �mexi'': "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondi�: ''No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ning�n mal te ha hecho, y los turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que pueda darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se volvieron por donde entraron''. ''Ellos, se�or, la sobresaltaron, como has dicho —dije yo a su padre—; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la quiero dar pesadumbre: qu�date en paz, y, con tu licencia, volver�, si fuere menester, por yerbas a este jard�n; que, seg�n dice mi amo, en ninguno las hay mejores para ensalada que en �l''. ''Todas las que quisieres podr�s volver —respondi� Agi Morato—, que mi hija no dice esto porque t� ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que los turcos se fuesen, dijo que t� te fueses, o porque ya era hora que buscases tus yerbas''.
�Con esto, me desped� al punto de entrambos; y ella, arranc�ndosele el alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las yerbas, rode� muy bien y a mi placer todo el jard�n: mir� bien las entradas y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se pod�a ofrecer para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta de cuanto hab�a pasado al renegado y a mis compa�eros; y ya no ve�a la hora de verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella Zoraida la suerte me ofrec�a.
�En fin, el tiempo se pas�, y se lleg� el d�a y plazo de nosotros tan deseado; y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta consideraci�n y largo discurso, muchas veces hab�amos dado, tuvimos el buen suceso que dese�bamos; porque el viernes que se sigui� al d�a que yo con Zoraida habl� en el jard�n, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con la barca casi frontero de donde la hermos�sima Zoraida estaba. Ya los cristianos que hab�an de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos por diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos y alborozados, aguard�ndome, deseosos ya de embestir con el bajel que a los ojos ten�an; porque ellos no sab�an el concierto del renegado, sino que pensaban que a fuerza de brazos hab�an de haber y ganar la libertad, quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.
�Sucedi�, pues, que, as� como yo me mostr� y mis compa�eros, todos los dem�s escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto era ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella campa�a ninguna persona parec�a. Como estuvimos juntos, dudamos si ser�a mejor ir primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos que bogaban el remo en la barca. Y, estando en esta duda, lleg� a nosotros nuestro renegado dici�ndonos que en qu� nos deten�amos, que ya era hora, y que todos sus moros estaban descuidados, y los m�s dellos durmiendo. Dij�mosle en lo que repar�bamos, y �l dijo que lo que m�s importaba era rendir primero el bajel, que se pod�a hacer con grand�sima facilidad y sin peligro alguno, y que luego pod�amos ir por Zoraida. Pareci�nos bien a todos lo que dec�a, y as�, sin detenernos m�s, haciendo �l la gu�a, llegamos al bajel, y, saltando �l dentro primero, meti� mano a un alfanje, y dijo en morisco: ''Ninguno de vosotros se mueva de aqu�, si no quiere que le cueste la vida''. Ya, a este tiempo, hab�an entrado dentro casi todos los cristianos. Los moros, que eran de poco �nimo, viendo hablar de aquella manera a su arr�ez, qued�ronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a las armas, que pocas o casi ningunas ten�an, se dejaron, sin hablar alguna palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo hicieron, amenazando a los moros que si alzaban por alguna v�a o manera la voz, que luego al punto los pasar�an todos a cuchillo.
�Hecho ya esto, qued�ndose en guardia dellos la mitad de los nuestros, los que qued�bamos, haci�ndonos asimismo el renegado la gu�a, fuimos al jard�n de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a abrir la puerta, se abri� con tanta facilidad como si cerrada no estuviera; y as�, con gran quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de nadie. Estaba la bell�sima Zoraida aguard�ndonos a una ventana, y, as� como sinti� gente, pregunt� con voz baja si �ramos nizarani, como si dijera o preguntara si �ramos cristianos. Yo le respond� que s�, y que bajase. Cuando ella me conoci�, no se detuvo un punto, porque, sin responderme palabra, baj� en un instante, abri� la puerta y mostr�se a todos tan hermosa y ricamente vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que yo la vi, le tom� una mano y la comenc� a besar, y el renegado hizo lo mismo, y mis dos camaradas; y los dem�s, que el caso no sab�an, hicieron lo que vieron que nosotros hac�amos, que no parec�a sino que le d�bamos las gracias y la reconoc�amos por se�ora de nuestra libertad. El renegado le dijo en lengua morisca si estaba su padre en el jard�n. Ella respondi� que s� y que dorm�a. ''Pues ser� menester despertalle —replic� el renegado—, y llev�rnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso jard�n.'' ''No —dijo ella—, a mi padre no se ha de tocar en ning�n modo, y en esta casa no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien habr� para que todos qued�is ricos y contentos; y esperaros un poco y lo ver�is''. Y, diciendo esto, se volvi� a entrar, diciendo que muy presto volver�a; que nos estuvi�semos quedos, sin hacer ning�n ruido. Pregunt�le al renegado lo que con ella hab�a pasado, el cual me lo cont�, a quien yo dije que en ninguna cosa se hab�a de hacer m�s de lo que Zoraida quisiese; la cual ya que volv�a cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro, tantos, que apenas lo pod�a sustentar, quiso la mala suerte que su padre despertase en el �nterin y sintiese el ruido que andaba en el jard�n; y, asom�ndose a la ventana, luego conoci� que todos los que en �l estaban eran cristianos; y, dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenz� a decir en ar�bigo: ''�Cristianos, cristianos! �Ladrones, ladrones!''; por los cuales gritos nos vimos todos puestos en grand�sima y temerosa confusi�n. Pero el renegado, viendo el peligro en que est�bamos, y lo mucho que le importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grand�sima presteza, subi� donde Agi Morato estaba, y juntamente con �l fueron algunos de nosotros; que yo no os� desamparar a la Zoraida, que como desmayada se hab�a dejado caer en mis brazos. En resoluci�n, los que subieron se dieron tan buena ma�a que en un momento bajaron con Agi Morato, tray�ndole atadas las manos y puesto un pa�izuelo en la boca, que no le dejaba hablar palabra, amenaz�ndole que el hablarla le hab�a de costar la vida. Cuando su hija le vio, se cubri� los ojos por no verle, y su padre qued� espantado, ignorando cu�n de su voluntad se hab�a puesto en nuestras manos. Mas, entonces siendo m�s necesarios los pies, con diligencia y presteza nos pusimos en la barca; que ya los que en ella hab�an quedado nos esperaban, temerosos de alg�n mal suceso nuestro.
�Apenas ser�an dos horas pasadas de la noche, cuando ya est�bamos todos en la barca, en la cual se le quit� al padre de Zoraida la atadura de las manos y el pa�o de la boca; pero torn�le a decir el renegado que no hablase palabra, que le quitar�an la vida. �l, como vio all� a su hija, comenz� a suspirar tern�simamente, y m�s cuando vio que yo estrechamente la ten�a abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse, se estaba queda; pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto las muchas amenazas que el renegado le hac�a. Vi�ndose, pues, Zoraida ya en la barca, y que quer�amos dar los remos al agua, y viendo all� a su padre y a los dem�s moros que atados estaban, le dijo al renegado que me dijese le hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a su padre, porque antes se arrojar�a en la mar que ver delante de sus ojos y por causa suya llevar cautivo a un padre que tanto la hab�a querido. El renegado me lo dijo; y yo respond� que era muy contento; pero �l respondi� que no conven�a, a causa que, si all� los dejaban apellidar�an luego la tierra y alborotar�an la ciudad, y ser�an causa que saliesen a buscallos con algunas fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera que no pudi�semos escaparnos; que lo que se podr�a hacer era darles libertad en llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer venimos todos, y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que nos mov�an a no hacer luego lo que quer�a, tambi�n se satisfizo; y luego, con regocijado silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes remeros tom� su remo, y comenzamos, encomend�ndonos a Dios de todo coraz�n, a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra de cristianos m�s cerca.
�Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar algo picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Or�n, no sin mucha pesadumbre nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, tem�amos encontrar por aquel paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercanc�a de Tetu�n, aunque cada uno por s�, y todos juntos, presum�amos de que, si se encontraba galeota de mercanc�a, como no fuese de las que andan en corso, que no s�lo no nos perder�amos, mas que tomar�amos bajel donde con m�s seguridad pudi�semos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto que se navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su padre, y sent�a yo que iba llamando a Lela Mari�n que nos ayudase.
�Bien habr�amos navegado treinta millas, cuando nos amaneci�, como tres tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo m�s sosegada; y, habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles en tanto que com�amos algo, que iba bien prove�da la barca, puesto que los que bogaban dijeron que no era aqu�l tiempo de tomar reposo alguno, que les diesen de comer los que no bogaban, que ellos no quer�an soltar los remos de las manos en manera alguna. H�zose ans�, y en esto comenz� a soplar un viento largo, que nos oblig� a hacer luego vela y a dejar el remo, y enderezar a Or�n, por no ser posible poder hacer otro viaje. Todo se hizo con much�sima presteza; y as�, a la vela, navegamos por m�s de ocho millas por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar con bajel que de corso fuese.
�Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consol� dici�ndoles como no iban cautivos, que en la primera ocasi�n les dar�an libertad. Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondi�: ''Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y buen t�rmino, �oh cristianos!, mas el darme libertad, no me teng�is por tan simple que lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de quit�rmela para volverla tan liberalmente, especialmente sabiendo qui�n soy yo, y el interese que se os puede seguir de d�rmela; el cual interese, si le quer�is poner nombre, desde aqu� os ofrezco todo aquello que quisi�redes por m� y por esa desdichada hija m�a, o si no, por ella sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma''. En diciendo esto, comenz� a llorar tan amargamente que a todos nos movi� a compasi�n, y forz� a Zoraida que le mirase; la cual, vi�ndole llorar, as� se enterneci� que se levant� de mis pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro con el suyo, comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los que all� �bamos le acompa�amos en �l. Pero, cuando su padre la vio adornada de fiesta y con tantas joyas sobre s�, le dijo en su lengua: ''�Qu� es esto, hija, que ayer al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia en que nos vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que hayas tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de solenizalle con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores vestidos que yo supe y pude darte cuando nos fue la ventura m�s favorable? Resp�ndeme a esto, que me tiene m�s suspenso y admirado que la misma desgracia en que me hallo''.
�Todo lo que el moro dec�a a su hija nos lo declaraba el renegado, y ella no le respond�a palabra. Pero, cuando �l vio a un lado de la barca el cofrecillo donde ella sol�a tener sus joyas, el cual sab�a �l bien que le hab�a dejado en Argel, y no tra�dole al jard�n, qued� m�s confuso, y pregunt�le que c�mo aquel cofre hab�a venido a nuestras manos, y qu� era lo que ven�a dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le respondiese, le respondi�: ''No te canses, se�or, en preguntar a Zoraida, tu hija, tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfar� a todas; y as�, quiero que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas y la libertad de nuestro cautiverio; ella va aqu� de su voluntad, tan contenta, a lo que yo imagino, de verse en este estado, como el que sale de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria''. ''�Es verdad lo que �ste dice, hija?'', dijo el moro. ''As� es'', respondi� Zoraida. ''�Que, en efeto —replic� el viejo—, t� eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos?'' A lo cual respondi� Zoraida: ''La que es cristiana yo soy, pero no la que te ha puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendi� a dejarte ni a hacerte mal, sino a hacerme a m� bien''. ''Y �qu� bien es el que te has hecho, hija?'' ''Eso —respondi� ella— preg�ntaselo t� a Lela Mari�n, que ella te lo sabr� decir mejor que no yo''.
�Apenas hubo o�do esto el moro, cuando, con una incre�ble presteza, se arroj� de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el vestido largo y embarazoso que tra�a no le entretuviera un poco sobre el agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y as�, acudimos luego todos, y, asi�ndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que recibi� tanta pena Zoraida que, como si fuera ya muerto, hac�a sobre �l un tierno y doloroso llanto. Volv�mosle boca abajo, volvi� mucha agua, torn� en s� al cabo de dos horas, en las cuales, habi�ndose trocado el viento, nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por no embestir en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala que se hace al lado de un peque�o promontorio o cabo que de los moros es llamado el de La Cava Rum�a, que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer cristiana; y es tradici�n entre los moros que en aquel lugar est� enterrada la Cava, por quien se perdi� Espa�a, porque cava en su lengua quiere decir mujer mala, y rum�a, cristiana; y aun tienen por mal ag�ero llegar all� a dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella; puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, seg�n andaba alterada la mar.
�Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jam�s los remos de la mano; comimos de lo que el renegado hab�a prove�do, y rogamos a Dios y a Nuestra Se�ora, de todo nuestro coraz�n, que nos ayudase y favoreciese para que felicemente di�semos fin a tan dichoso principio. Diose orden, a suplicaci�n de Zoraida, como ech�semos en tierra a su padre y a todos los dem�s moros que all� atados ven�an, porque no le bastaba el �nimo, ni lo pod�an sufrir sus blandas entra�as, ver delante de sus ojos atado a su padre y aquellos de su tierra presos. Promet�mosle de hacerlo as� al tiempo de la partida, pues no corr�a peligro el dejallos en aquel lugar, que era despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no fuesen o�das del cielo; que, en nuestro favor, luego volvi� el viento, tranquilo el mar, convid�ndonos a que torn�semos alegres a proseguir nuestro comenzado viaje.
�Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra, de lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ''�Por qu� pens�is, cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? �Pens�is que es por piedad que de m� tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo que le dar� mi presencia cuando quiera poner en ejecuci�n sus malos deseos; ni pens�is que la ha movido a mudar religi�n entender ella que la vuestra a la nuestra se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se usa la deshonestidad m�s libremente que en la nuestra''. Y, volvi�ndose a Zoraida, teni�ndole yo y otro cristiano de entrambos brazos asido, porque alg�n desatino no hiciese, le dijo: ''�Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! �Ad�nde vas, ciega y desatinada, en poder destos perros, naturales enemigos nuestros? �Maldita sea la hora en que yo te engendr�, y malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!'' Pero, viendo yo que llevaba t�rmino de no acabar tan presto, di priesa a ponelle en tierra, y desde all�, a voces, prosigui� en sus maldiciones y lamentos, rogando a Mahoma rogase a Al� que nos destruyese, confundiese y acabase; y cuando, por habernos hecho a la vela, no podimos o�r sus palabras, vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas, mesarse los cabellos y arrastrarse por el suelo; mas una vez esforz� la voz de tal manera que podimos entender que dec�a: ''�Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero, que ya es suyo, y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejar� la vida, si t� le dejas!'' Todo lo cual escuchaba Zoraida, y todo lo sent�a y lloraba, y no supo decirle ni respondelle palabra, sino: ''Plega a Al�, padre m�o, que Lela Mari�n, que ha sido la causa de que yo sea cristiana, ella te consuele en tu tristeza. Al� sabe bien que no pude hacer otra cosa de la que he hecho, y que estos cristianos no deben nada a mi voluntad, pues, aunque quisiera no venir con ellos y quedarme en mi casa, me fuera imposible, seg�n la priesa que me daba mi alma a poner por obra �sta que a m� me parece tan buena como t�, padre amado, la juzgas por mala''. Esto dijo, a tiempo que ni su padre la o�a, ni nosotros ya le ve�amos; y as�, consolando yo a Zoraida, atendimos todos a nuestro viaje, el cual nos le facilitaba el proprio viento, de tal manera que bien tuvimos por cierto de vernos otro d�a al amanecer en las riberas de Espa�a.
�Mas, como pocas veces, o nunca, viene el bien puro y sencillo, sin ser acompa�ado o seguido de alg�n mal que le turbe o sobresalte, quiso nuestra ventura, o quiz� las maldiciones que el moro a su hija hab�a echado, que siempre se han de temer de cualquier padre que sean; quiso, digo, que estando ya engolfados y siendo ya casi pasadas tres horas de la noche, yendo con la vela tendida de alto baja, frenillados los remos, porque el pr�spero viento nos quitaba del trabajo de haberlos menester, con la luz de la luna, que claramente resplandec�a, vimos cerca de nosotros un bajel redondo, que, con todas las velas tendidas, llevando un poco a orza el tim�n, delante de nosotros atravesaba; y esto tan cerca, que nos fue forzoso amainar por no embestirle, y ellos, asimesmo, hicieron fuerza de tim�n para darnos lugar que pas�semos.
�Hab�anse puesto a bordo del bajel a preguntarnos qui�n �ramos, y ad�nde naveg�bamos, y de d�nde ven�amos; pero, por preguntarnos esto en lengua francesa, dijo nuestro renegado: ''Ninguno responda; porque �stos, sin duda, son cosarios franceses, que hacen a toda ropa''. Por este advertimiento, ninguno respondi� palabra; y, habiendo pasado un poco delante, que ya el bajel quedaba sotavento, de improviso soltaron dos piezas de artiller�a, y, a lo que parec�a, ambas ven�an con cadenas, porque con una cortaron nuestro �rbol por medio, y dieron con �l y con la vela en la mar; y al momento, disparando otra pieza, vino a dar la bala en mitad de nuestra barca, de modo que la abri� toda, sin hacer otro mal alguno; pero, como nosotros nos vimos ir a fondo, comenzamos todos a grandes voces a pedir socorro y a rogar a los del bajel que nos acogiesen, porque nos aneg�bamos. Amainaron entonces, y, echando el esquife o barca a la mar, entraron en �l hasta doce franceses bien armados, con sus arcabuces y cuerdas encendidas, y as� llegaron junto al nuestro; y, viendo cu�n pocos �ramos y c�mo el bajel se hund�a, nos recogieron, diciendo que, por haber usado de la descortes�a de no respondelles, nos hab�a sucedido aquello. Nuestro renegado tom� el cofre de las riquezas de Zoraida, y dio con �l en la mar, sin que ninguno echase de ver en lo que hac�a. En resoluci�n, todos pasamos con los franceses, los cuales, despu�s de haberse informado de todo aquello que de nosotros saber quisieron, como si fueran nuestros capitales enemigos, nos despojaron de todo cuanto ten�amos, y a Zoraida le quitaron hasta los carcajes que tra�a en los pies. Pero no me daba a m� tanta pesadumbre la que a Zoraida daban, como me la daba el temor que ten�a de que hab�an de pasar del quitar de las riqu�simas y precios�simas joyas al quitar de la joya que m�s val�a y ella m�s estimaba. Pero los deseos de aquella gente no se estienden a m�s que al dinero, y desto jam�s se vee harta su codicia; lo cual entonces lleg� a tanto, que aun hasta los vestidos de cautivos nos quitaran si de alg�n provecho les fueran. Y hubo parecer entre ellos de que a todos nos arrojasen a la mar envueltos en una vela, porque ten�an intenci�n de tratar en algunos puertos de Espa�a con nombre de que eran bretones, y si nos llevaban vivos, ser�an castigados, siendo descubierto su hurto. Mas el capit�n, que era el que hab�a despojado a mi querida Zoraida, dijo que �l se contentaba con la presa que ten�a, y que no quer�a tocar en ning�n puerto de Espa�a, sino pasar el estrecho de Gibraltar de noche, o como pudiese, y irse a la Rochela, de donde hab�a salido; y as�, tomaron por acuerdo de darnos el esquife de su nav�o, y todo lo necesario para la corta navegaci�n que nos quedaba, como lo hicieron otra d�a, ya a vista de tierra de Espa�a, con la cual vista, todas nuestras pesadumbres y pobrezas se nos olvidaron de todo punto, como si no hubieran pasado por nosotros: tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida.
�Cerca de mediod�a podr�a ser cuando nos echaron en la barca, d�ndonos dos barriles de agua y alg�n bizcocho; y el capit�n, movido no s� de qu� misericordia, al embarcarse la hermos�sima Zoraida, le dio hasta cuarenta escudos de oro, y no consinti� que le quitasen sus soldados estos mesmos vestidos que ahora tiene puestos. Entramos en el bajel; d�mosles las gracias por el bien que nos hac�an, mostr�ndonos m�s agradecidos que quejosos; ellos se hicieron a lo largo, siguiendo la derrota del estrecho; nosotros, sin mirar a otro norte que a la tierra que se nos mostraba delante, nos dimos tanta priesa a bogar que al poner del sol est�bamos tan cerca que bien pudi�ramos, a nuestro parecer, llegar antes que fuera muy noche; pero, por no parecer en aquella noche la luna y el cielo mostrarse escuro, y por ignorar el paraje en que est�bamos, no nos pareci� cosa segura embestir en tierra, como a muchos de nosotros les parec�a, diciendo que di�semos en ella, aunque fuese en unas pe�as y lejos de poblado, porque as� asegurar�amos el temor que de raz�n se deb�a tener que por all� anduviesen bajeles de cosarios de Tetu�n, los cuales anochecen en Berber�a y amanecen en las costas de Espa�a, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas. Pero, de los contrarios pareceres, el que se tom� fue que nos lleg�semos poco a poco, y que si el sosiego del mar lo concediese, desembarc�semos donde pudi�semos.
�H�zose as�, y poco antes de la media noche ser�a cuando llegamos al pie de una disform�sima y alta monta�a, no tan junto al mar que no concediese un poco de espacio para poder desembarcar c�modamente. Embestimos en la arena, salimos a tierra, besamos el suelo, y, con l�grimas de muy alegr�simo contento, dimos todos gracias a Dios, Se�or Nuestro, por el bien tan incomparable que nos hab�a hecho. Sacamos de la barca los bastimentos que ten�a, tir�mosla en tierra, y sub�monos un grand�simo trecho en la monta�a, porque a�n all� est�bamos, y a�n no pod�amos asegurar el pecho, ni acab�bamos de creer que era tierra de cristianos la que ya nos sosten�a. Amaneci� m�s tarde, a mi parecer, de lo que quisi�ramos. Acabamos de subir toda la monta�a, por ver si desde all� alg�n poblado se descubr�a, o algunas caba�as de pastores; pero, aunque m�s tendimos la vista, ni poblado, ni persona, ni senda, ni camino descubrimos. Con todo esto, determinamos de entrarnos la tierra adentro, pues no podr�a ser menos sino que presto descubri�semos quien nos diese noticia della. Pero lo que a m� m�s me fatigaba era el ver ir a pie a Zoraida por aquellas asperezas, que, puesto que alguna vez la puse sobre mis hombros, m�s le cansaba a ella mi cansancio que la reposaba su reposo; y as�, nunca m�s quiso que yo aquel trabajo tomase; y, con mucha paciencia y muestras de alegr�a, llev�ndola yo siempre de la mano, poco menos de un cuarto de legua deb�amos de haber andado, cuando lleg� a nuestros o�dos el son de una peque�a esquila, se�al clara que por all� cerca hab�a ganado; y, mirando todos con atenci�n si alguno se parec�a, vimos al pie de un alcornoque un pastor mozo, que con grande reposo y descuido estaba labrando un palo con un cuchillo. Dimos voces, y �l, alzando la cabeza, se puso ligeramente en pie, y, a lo que despu�s supimos, los primeros que a la vista se le ofrecieron fueron el renegado y Zoraida, y, como �l los vio en h�bito de moros, pens� que todos los de la Berber�a estaban sobre �l; y, meti�ndose con estra�a ligereza por el bosque adelante, comenz� a dar los mayores gritos del mundo diciendo: ''�Moros, moros hay en la tierra! �Moros, moros! �Arma, arma!''
�Con estas voces quedamos todos confusos, y no sab�amos qu� hacernos; pero, considerando que las voces del pastor hab�an de alborotar la tierra, y que la caballer�a de la costa hab�a de venir luego a ver lo que era, acordamos que el renegado se desnudase las ropas del turco y se vistiese un gilecuelco o casaca de cautivo que uno de nosotros le dio luego, aunque se qued� en camisa; y as�, encomend�ndonos a Dios, fuimos por el mismo camino que vimos que el pastor llevaba, esperando siempre cu�ndo hab�a de dar sobre nosotros la caballer�a de la costa. Y no nos enga�� nuestro pensamiento, porque, a�n no habr�an pasado dos horas cuando, habiendo ya salido de aquellas malezas a un llano, descubrimos hasta cincuenta caballeros, que con gran ligereza, corriendo a media rienda, a nosotros se ven�an, y as� como los vimos, nos estuvimos quedos aguard�ndolos; pero, como ellos llegaron y vieron, en lugar de los moros que buscaban, tanto pobre cristiano, quedaron confusos, y uno dellos nos pregunt� si �ramos nosotros acaso la ocasi�n por que un pastor hab�a apellidado al arma. ''S�'', dije yo; y, queriendo comenzar a decirle mi suceso, y de d�nde ven�amos y qui�n �ramos, uno de los cristianos que con nosotros ven�an conoci� al jinete que nos hab�a hecho la pregunta, y dijo, sin dejarme a m� decir m�s palabra: ''�Gracias sean dadas a Dios, se�ores, que a tan buena parte nos ha conducido!, porque, si yo no me enga�o, la tierra que pisamos es la de V�lez M�laga, si ya los a�os de mi cautiverio no me han quitado de la memoria el acordarme que vos, se�or, que nos pregunt�is qui�n somos, sois Pedro de Bustamante, t�o m�o''. Apenas hubo dicho esto el cristiano cautivo, cuando el jinete se arroj� del caballo y vino a abrazar al mozo, dici�ndole: ''Sobrino de mi alma y de mi vida, ya te conozco, y ya te he llorado por muerto yo, y mi hermana, tu madre, y todos los tuyos, que a�n viven; y Dios ha sido servido de darles vida para que gocen el placer de verte: ya sab�amos que estabas en Argel, y por las se�ales y muestras de tus vestidos, y la de todos los desta compa��a, comprehendo que hab�is tenido milagrosa libertad''. ''As� es —respondi� el mozo—, y tiempo nos quedar� para cont�roslo todo''.
�Luego que los jinetes entendieron que �ramos cristianos cautivos, se apearon de sus caballos, y cada uno nos convidaba con el suyo para llevarnos a la ciudad de V�lez M�laga, que legua y media de all� estaba. Algunos dellos volvieron a llevar la barca a la ciudad, dici�ndoles d�nde la hab�amos dejado; otros nos subieron a las ancas, y Zoraida fue en las del caballo del t�o del cristiano. Sali�nos a recebir todo el pueblo, que ya de alguno que se hab�a adelantado sab�an la nueva de nuestra venida. No se admiraban de ver cautivos libres, ni moros cautivos, porque toda la gente de aquella costa est� hecha a ver a los unos y a los otros; pero admir�banse de la hermosura de Zoraida, la cual en aquel instante y saz�n estaba en su punto, ans� con el cansancio del camino como con la alegr�a de verse ya en tierra de cristianos, sin sobresalto de perderse; y esto le hab�a sacado al rostro tales colores que, si no es que la afici�n entonces me enga�aba, osar� decir que m�s hermosa criatura no hab�a en el mundo; a lo menos, que yo la hubiese visto.
�Fuimos derechos a la iglesia, a dar gracias a Dios por la merced recebida; y, as� como en ella entr� Zoraida, dijo que all� hab�a rostros que se parec�an a los de Lela Mari�n. Dij�mosle que eran im�gines suyas, y como mejor se pudo le dio el renegado a entender lo que significaban, para que ella las adorase como si verdaderamente fueran cada una dellas la misma Lela Mari�n que la hab�a hablado. Ella, que tiene buen entendimiento y un natural f�cil y claro, entendi� luego cuanto acerca de las im�genes se le dijo. Desde all� nos llevaron y repartieron a todos en diferentes casas del pueblo; pero al renegado, Zoraida y a m� nos llev� el cristiano que vino con nosotros, y en casa de sus padres, que medianamente eran acomodados de los bienes de fortuna, y nos regalaron con tanto amor como a su mismo hijo.
�Seis d�as estuvimos en V�lez, al cabo de los cuales el renegado, hecha su informaci�n de cuanto le conven�a, se fue a la ciudad de Granada, a reducirse por medio de la Santa Inquisici�n al gremio sant�simo de la Iglesia; los dem�s cristianos libertados se fueron cada uno donde mejor le pareci�; solos quedamos Zoraida y yo, con solos los escudos que la cortes�a del franc�s le dio a Zoraida, de los cuales compr� este animal en que ella viene; y, sirvi�ndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo, vamos con intenci�n de ver si mi padre es vivo, o si alguno de mis hermanos ha tenido m�s pr�spera ventura que la m�a, puesto que, por haberme hecho el cielo compa�ero de Zoraida, me parece que ninguna otra suerte me pudiera venir, por buena que fuera, que m�s la estimara. La paciencia con que Zoraida lleva las incomodidades que la pobreza trae consigo, y el deseo que muestra tener de verse ya cristiana es tanto y tal, que me admira y me mueve a servirla todo el tiempo de mi vida, puesto que el gusto que tengo de verme suyo y de que ella sea m�a me lo turba y deshace no saber si hallar� en mi tierra alg�n rinc�n donde recogella, y si habr�n hecho el tiempo y la muerte tal mudanza en la hacienda y vida de mi padre y hermanos que apenas halle quien me conozca, si ellos faltan.� No tengo m�s, se�ores, que deciros de mi historia; la cual, si es agradable y peregrina, j�zguenlo vuestros buenos entendimientos; que de m� s� decir que quisiera hab�rosla contado m�s brevemente, puesto que el temor de enfadaros m�s de cuatro circustancias me ha quitado de la lengua.
Call�, en diciendo esto, el cautivo, a quien don Fernando dijo:
— Por cierto, se�or capit�n, el modo con que hab�is contado este estra�o suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estra�eza del mesmo caso. Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en escuchalle, que, aunque nos hallara el d�a de ma�ana entretenidos en el mesmo cuento, holg�ramos que de nuevo se comenzara.
Y, en diciendo esto, don Fernando y todos los dem�s se le ofrecieron, con todo lo a ellos posible para servirle, con palabras y razones tan amorosas y tan verdaderas que el capit�n se tuvo por bien satisfecho de sus voluntades. Especialmente, le ofreci� don Fernando que si quer�a volverse con �l, que �l har�a que el marqu�s, su hermano, fuese padrino del bautismo de Zoraida, y que �l, por su parte, le acomodar�a de manera que pudiese entrar en su tierra con el autoridad y c�modo que a su persona se deb�a. Todo lo agradeci� cortes�simamente el cautivo, pero no quiso acetar ninguno de sus liberales ofrecimientos.
En esto, llegaba ya la noche, y, al cerrar della, lleg� a la venta un coche, con algunos hombres de a caballo. Pidieron posada; a quien la ventera respondi� que no hab�a en toda la venta un palmo desocupado.
— Pues, aunque eso sea —dijo uno de los de a caballo que hab�an entrado—, no ha de faltar para el se�or oidor que aqu� viene.
A este nombre se turb� la g��speda, y dijo:
— Se�or, lo que en ello hay es que no tengo camas: si es que su merced del se�or oidor la trae, que s� debe de traer, entre en buen hora, que yo y mi marido nos saldremos de nuestro aposento por acomodar a su merced.
— Sea en buen hora —dijo el escudero.
Pero, a este tiempo, ya hab�a salido del coche un hombre, que en el traje mostr� luego el oficio y cargo que ten�a, porque la ropa luenga, con las mangas arrocadas, que vest�a, mostraron ser oidor, como su criado hab�a dicho. Tra�a de la mano a una doncella, al parecer de hasta diez y seis a�os, vestida de camino, tan bizarra, tan hermosa y tan gallarda que a todos puso en admiraci�n su vista; de suerte que, a no haber visto a Dorotea y a Luscinda y Zoraida, que en la venta estaban, creyeran que otra tal hermosura como la desta doncella dif�cilmente pudiera hallarse. Hall�se don Quijote al entrar del oidor y de la doncella, y, as� como le vio, dijo:
— Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo, que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad en el mundo que no d� lugar a las armas y a las letras, y m�s si las armas y letras traen por gu�a y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no s�lo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y abajarse las monta�as, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este para�so, que aqu� hallar� estrellas y soles que acompa�en el cielo que vuestra merced trae consigo; aqu� hallar� las armas en su punto y la hermosura en su estremo.
Admirado qued� el oidor del razonamiento de don Quijote, a quien se puso a mirar muy de prop�sito, y no menos le admiraba su talle que sus palabras; y, sin hallar ningunas con que respondelle, se torn� a admirar de nuevo cuando vio delante de s� a Luscinda, Dorotea y a Zoraida, que, a las nuevas de los nuevos g��spedes y a las que la ventera les hab�a dado de la hermosura de la doncella, hab�an venido a verla y a recebirla. Pero don Fernando, Cardenio y el cura le hicieron m�s llanos y m�s cortesanos ofrecimientos. En efecto, el se�or oidor entr� confuso, as� de lo que ve�a como de lo que escuchaba, y las hermosas de la venta dieron la bienllegada a la hermosa doncella.
En resoluci�n, bien ech� de ver el oidor que era gente principal toda la que all� estaba; pero el talle, visaje y la apostura de don Quijote le desatinaba; y, habiendo pasado entre todos corteses ofrecimientos y tanteado la comodidad de la venta, se orden� lo que antes estaba ordenado: que todas las mujeres se entrasen en el camaranch�n ya referido, y que los hombres se quedasen fuera, como en su guarda. Y as�, fue contento el oidor que su hija, que era la doncella, se fuese con aquellas se�oras, lo que ella hizo de muy buena gana. Y con parte de la estrecha cama del ventero, y con la mitad de la que el oidor tra�a, se acomodaron aquella noche mejor de lo que pensaban.
El cautivo, que, desde el punto que vio al oidor, le dio saltos el coraz�n y barruntos de que aqu�l era su hermano, pregunt� a uno de los criados que con �l ven�an que c�mo se llamaba y si sab�a de qu� tierra era. El criado le respondi� que se llamaba el licenciado Juan P�rez de Viedma, y que hab�a o�do decir que era de un lugar de las monta�as de Le�n. Con esta relaci�n y con lo que �l hab�a visto se acab� de confirmar de que aqu�l era su hermano, que hab�a seguido las letras por consejo de su padre; y, alborotado y contento, llamando aparte a don Fernando, a Cardenio y al cura, les cont� lo que pasaba, certific�ndoles que aquel oidor era su hermano. Hab�ale dicho tambi�n el criado como iba prove�do por oidor a las Indias, en la Audiencia de M�jico. Supo tambi�n como aquella doncella era su hija, de cuyo parto hab�a muerto su madre, y que �l hab�a quedado muy rico con el dote que con la hija se le qued� en casa. Pidi�les consejo qu� modo tendr�a para descubrirse, o para conocer primero si, despu�s de descubierto, su hermano, por verle pobre, se afrentaba o le receb�a con buenas entra�as.
— D�jeseme a m� el hacer esa experiencia —dijo el cura—; cuanto m�s, que no hay pensar sino que vos, se�or capit�n, ser�is muy bien recebido; porque el valor y prudencia que en su buen parecer descubre vuestro hermano no da indicios de ser arrogante ni desconocido, ni que no ha de saber poner los casos de la fortuna en su punto.
— Con todo eso —dijo el capit�n— yo querr�a, no de improviso, sino por rodeos, d�rmele a conocer.
— Ya os digo —respondi� el cura— que yo lo trazar� de modo que todos quedemos satisfechos.
Ya, en esto, estaba aderezada la cena, y todos se sentaron a la mesa, eceto el cautivo y las se�oras, que cenaron de por s� en su aposento. En la mitad de la cena dijo el cura:
— Del mesmo nombre de vuestra merced, se�or oidor, tuve yo una camarada en Costantinopla, donde estuve cautivo algunos a�os; la cual camarada era uno de los valientes soldados y capitanes que hab�a en toda la infanter�a espa�ola, pero tanto cuanto ten�a de esforzado y valeroso lo ten�a de desdichado.
— Y �c�mo se llamaba ese capit�n, se�or m�o? —pregunt� el oidor.
— Llam�base —respondi� el cura— Ruy P�rez de Viedma, y era natural de un lugar de las monta�as de Le�n, el cual me cont� un caso que a su padre con sus hermanos le hab�a sucedido, que, a no cont�rmelo un hombre tan verdadero como �l, lo tuviera por conseja de aquellas que las viejas cuentan el invierno al fuego. Porque me dijo que su padre hab�a dividido su hacienda entre tres hijos que ten�a, y les hab�a dado ciertos consejos, mejores que los de Cat�n. Y s� yo decir que el que �l escogi� de venir a la guerra le hab�a sucedido tan bien que en pocos a�os, por su valor y esfuerzo, sin otro brazo que el de su mucha virtud, subi� a ser capit�n de infanter�a, y a verse en camino y predicamento de ser presto maestre de campo. Pero fuele la fortuna contraria, pues donde la pudiera esperar y tener buena, all� la perdi�, con perder la libertad en la felic�sima jornada donde tantos la cobraron, que fue en la batalla de Lepanto. Yo la perd� en la Goleta, y despu�s, por diferentes sucesos, nos hallamos camaradas en Costantinopla. Desde all� vino a Argel, donde s� que le sucedi� uno de los m�s estra�os casos que en el mundo han sucedido.
De aqu� fue prosiguiendo el cura, y, con brevedad sucinta, cont� lo que con Zoraida a su hermano hab�a sucedido; a todo lo cual estaba tan atento el oidor, que ninguna vez hab�a sido tan oidor como entonces. S�lo lleg� el cura al punto de cuando los franceses despojaron a los cristianos que en la barca ven�an, y la pobreza y necesidad en que su camarada y la hermosa mora hab�an quedado; de los cuales no hab�a sabido en qu� hab�an parado, ni si hab�an llegado a Espa�a, o llev�dolos los franceses a Francia.
Todo lo que el cura dec�a estaba escuchando, algo de all� desviado, el capit�n, y notaba todos los movimientos que su hermano hac�a; el cual, viendo que ya el cura hab�a llegado al fin de su cuento, dando un grande suspiro y llen�ndosele los ojos de agua, dijo:
— �Oh, se�or, si supi�sedes las nuevas que me hab�is contado, y c�mo me tocan tan en parte que me es forzoso dar muestras dello con estas l�grimas que, contra toda mi discreci�n y recato, me salen por los ojos! Ese capit�n tan valeroso que dec�s es mi mayor hermano, el cual, como m�s fuerte y de m�s altos pensamientos que yo ni otro hermano menor m�o, escogi� el honroso y digno ejercicio de la guerra, que fue uno de los tres caminos que nuestro padre nos propuso, seg�n os dijo vuestra camarada en la conseja que, a vuestro parecer, le o�stes. Yo segu� el de las letras, en las cuales Dios y mi diligencia me han puesto en el grado que me veis. Mi menor hermano est� en el Pir�, tan rico que con lo que ha enviado a mi padre y a m� ha satisfecho bien la parte que �l se llev�, y aun dado a las manos de mi padre con que poder hartar su liberalidad natural; y yo, ansimesmo, he podido con m�s decencia y autoridad tratarme en mis estudios y llegar al puesto en que me veo. Vive a�n mi padre, muriendo con el deseo de saber de su hijo mayor, y pide a Dios con continuas oraciones no cierre la muerte sus ojos hasta que �l vea con vida a los de su hijo; del cual me maravillo, siendo tan discreto, c�mo en tantos trabajos y afliciones, o pr�speros sucesos, se haya descuidado de dar noticia de s� a su padre; que si �l lo supiera, o alguno de nosotros, no tuviera necesidad de aguardar al milagro de la ca�a para alcanzar su rescate. Pero de lo que yo agora me temo es de pensar si aquellos franceses le habr�n dado libertad, o le habr�n muerto por encubrir su hurto. Esto todo ser� que yo prosiga mi viaje, no con aquel contento con que le comenc�, sino con toda melancol�a y tristeza. �Oh buen hermano m�o, y qui�n supiera agora d�nde estabas; que yo te fuera a buscar y a librar de tus trabajos, aunque fuera a costa de los m�os! �Oh, qui�n llevara nuevas a nuestro viejo padre de que ten�as vida, aunque estuvieras en las mazmorras m�s escondidas de Berber�a; que de all� te sacaran sus riquezas, las de mi hermano y las m�as! �Oh Zoraida hermosa y liberal, qui�n pudiera pagar el bien que a un hermano hiciste!; �qui�n pudiera hallarse al renacer de tu alma, y a las bodas, que tanto gusto a todos nos dieran!
Estas y otras semejantes palabras dec�a el oidor, lleno de tanta compasi�n con las nuevas que de su hermano le hab�an dado, que todos los que le o�an le acompa�aban en dar muestras del sentimiento que ten�an de su l�stima.
Viendo, pues, el cura que tan bien hab�a salido con su intenci�n y con lo que deseaba el capit�n, no quiso tenerlos a todos m�s tiempo tristes, y as�, se levant� de la mesa, y, entrando donde estaba Zoraida, la tom� por la mano, y tras ella se vinieron Luscinda, Dorotea y la hija del oidor. Estaba esperando el capit�n a ver lo que el cura quer�a hacer, que fue que, tom�ndole a �l asimesmo de la otra mano, con entrambos a dos se fue donde el oidor y los dem�s caballeros estaban, y dijo:
— Cesen, se�or oidor, vuestras l�grimas, y c�lmese vuestro deseo de todo el bien que acertare a desearse, pues ten�is delante a vuestro buen hermano y a vuestra buena cu�ada. �ste que aqu� veis es el capit�n Viedma, y �sta, la hermosa mora que tanto bien le hizo. Los franceses que os dije los pusieron en la estrecheza que veis, para que vos mostr�is la liberalidad de vuestro buen pecho.
Acudi� el capit�n a abrazar a su hermano, y �l le puso ambas manos en los pechos por mirarle algo m�s apartado; mas, cuando le acab� de conocer, le abraz� tan estrechamente, derramando tan tiernas l�grimas de contento,que los m�s de los que presentes estaban le hubieron de acompa�ar en ellas. Las palabras que entrambos hermanos se dijeron, los sentimientos que mostraron, apenas creo que pueden pensarse, cuanto m�s escribirse. All�, en breves razones, se dieron cuenta de sus sucesos; all� mostraron puesta en su punto la buena amistad de dos hermanos; all� abraz� el oidor a Zoraida; all� la ofreci� su hacienda; all� hizo que la abrazase su hija; all� la cristiana hermosa y la mora hermos�sima renovaron las l�grimas de todos.
All� don Quijote estaba atento, sin hablar palabra, considerando estos tan estra�os sucesos, atribuy�ndolos todos a quimeras de la andante caballer�a. All� concertaron que el capit�n y Zoraida se volviesen con su hermano a Sevilla y avisasen a su padre de su hallazgo y libertad, para que, como pudiese, viniese a hallarse en las bodas y bautismo de Zoraida, por no le ser al oidor posible dejar el camino que llevaba, a causa de tener nuevas que de all� a un mes part�a la flota de Sevilla a la Nueva Espa�a, y fu�rale de grande incomodidad perder el viaje.
En resoluci�n, todos quedaron contentos y alegres del buen suceso del cautivo; y, como ya la noche iba casi en las dos partes de su jornada, acordaron de recogerse y reposar lo que de ella les quedaba. Don Quijote se ofreci� a hacer la guardia del castillo, porque de alg�n gigante o otro mal andante foll�n no fuesen acometidos, codiciosos del gran tesoro de hermosura que en aquel castillo se encerraba. Agradeci�ronselo los que le conoc�an, y dieron al oidor cuenta del humor estra�o de don Quijote, de que no poco gusto recibi�.
S�lo Sancho Panza se desesperaba con la tardanza del recogimiento, y s�lo �l se acomod� mejor que todos, ech�ndose sobre los aparejos de su jumento, que le costaron tan caros como adelante se dir�.
Recogidas, pues, las damas en su estancia, y los dem�s acomod�dose como menos mal pudieron, don Quijote se sali� fuera de la venta a hacer la centinela del castillo, como lo hab�a prometido.
Sucedi�, pues, que faltando poco por venir el alba, lleg� a los o�dos de las damas una voz tan entonada y tan buena, que les oblig� a que todas le prestasen atento o�do, especialmente Dorotea, que despierta estaba, a cuyo lado dorm�a do�a Clara de Viedma, que ans� se llamaba la hija del oidor. Nadie pod�a imaginar qui�n era la persona que tan bien cantaba, y era una voz sola, sin que la acompa�ase instrumento alguno. Unas veces les parec�a que cantaban en el patio; otras, que en la caballeriza; y, estando en esta confusi�n muy atentas, lleg� a la puerta del aposento Cardenio y dijo:
— Quien no duerme, escuche; que oir�n una voz de un mozo de mulas, que de tal manera canta que encanta.
— Ya lo o�mos, se�or —respondi� Dorotea.
Y, con esto, se fue Cardenio; y Dorotea, poniendo toda la atenci�n posible, entendi� que lo que se cantaba era esto:
-Marinero soy de amor,
y en su pi�lago profundo
navego sin esperanza
de llegar a puerto alguno.
Siguiendo voy a una estrella
que desde lejos descubro,
m�s bella y resplandeciente
que cuantas vio Palinuro.
Yo no s� ad�nde me gu�a,
y as�, navego confuso,
el alma a mirarla atenta,
cuidadosa y con descuido.
Recatos impertinentes,
honestidad contra el uso,
son nubes que me la encubren
cuando m�s verla procuro.
�Oh clara y luciente estrella,
en cuya lumbre me apuro!;
al punto que te me encubras,
ser� de mi muerte el punto.
Llegando el que cantaba a este punto, le pareci� a Dorotea que no ser�a bien que dejase Clara de o�r una tan buena voz; y as�, movi�ndola a una y a otra parte, la despert� dici�ndole:
— Perd�name, ni�a, que te despierto, pues lo hago porque gustes de o�r la mejor voz que quiz� habr�s o�do en toda tu vida.
Clara despert� toda so�olienta, y de la primera vez no entendi� lo que Dorotea le dec�a; y, volvi�ndoselo a preguntar, ella se lo volvi� a decir, por lo cual estuvo atenta Clara. Pero, apenas hubo o�do dos versos que el que cantaba iba prosiguiendo, cuando le tom� un temblor tan estra�o como si de alg�n grave accidente de cuartana estuviera enferma, y, abraz�ndose estrechamente con Teodora, le dijo:
— �Ay se�ora de mi alma y de mi vida!, �para qu� me despertastes?; que el mayor bien que la fortuna me pod�a hacer por ahora era tenerme cerrados los ojos y los o�dos, para no ver ni o�r a ese desdichado m�sico.
— �Qu� es lo que dices, ni�a?; mira que dicen que el que canta es un mozo de mulas.
— No es sino se�or de lugares —respondi� Clara—, y el que le tiene en mi alma con tanta seguridad que si �l no quiere dejalle, no le ser� quitado eternamente.
Admirada qued� Dorotea de las sentidas razones de la muchacha, pareci�ndole que se aventajaban en mucho a la discreci�n que sus pocos a�os promet�an; y as�, le dijo:
— Habl�is de modo, se�ora Clara, que no puedo entenderos: declaraos m�s y decidme qu� es lo que dec�s de alma y de lugares, y deste m�sico, cuya voz tan inquieta os tiene. Pero no me dig�is nada por ahora, que no quiero perder, por acudir a vuestro sobresalto, el gusto que recibo de o�r al que canta; que me parece que con nuevos versos y nuevo tono torna a su canto.
— Sea en buen hora —respondi� Clara.
Y, por no o�lle, se tap� con las manos entrambos o�dos, de lo que tambi�n se admir� Dorotea; la cual, estando atenta a lo que se cantaba, vio que prosegu�an en esta manera:
-Dulce esperanza m�a,
que, rompiendo imposibles y malezas,
sigues firme la v�a
que t� mesma te finges y aderezas:
no te desmaye el verte
a cada paso junto al de tu muerte.
No alcanzan perezosos
honrados triunfos ni vitoria alguna,
ni pueden ser dichosos
los que, no contrastando a la fortuna,
entregan, desvalidos,
al ocio blando todos los sentidos.
Que amor sus glorias venda
caras, es gran raz�n, y es trato justo,
pues no hay m�s rica prenda
que la que se quilata por su gusto;
y es cosa manifiesta
que no es de estima lo que poco cuesta.
Amorosas porf�as
tal vez alcanzan imposibles cosas;
y ans�, aunque con las m�as
sigo de amor las m�s dificultosas,
no por eso recelo
de no alcanzar desde la tierra el cielo.
Aqu� dio fin la voz, y principio a nuevos sollozos Clara. Todo lo cual encend�a el deseo de Dorotea, que deseaba saber la causa de tan suave canto y de tan triste lloro. Y as�, le volvi� a preguntar qu� era lo que le quer�a decir denantes. Entonces Clara, temerosa de que Luscinda no la oyese, abrazando estrechamente a Dorotea, puso su boca tan junto del o�do de Dorotea, que seguramente pod�a hablar sin ser de otro sentida, y as� le dijo:
— Este que canta, se�ora m�a, es un hijo de un caballero natural del reino de Arag�n, se�or de dos lugares, el cual viv�a frontero de la casa de mi padre en la Corte; y, aunque mi padre ten�a las ventanas de su casa con lienzos en el invierno y celos�as en el verano, yo no s� lo que fue, ni lo que no, que este caballero, que andaba al estudio, me vio, ni s� si en la iglesia o en otra parte. Finalmente, �l se enamor� de m�, y me lo dio a entender desde las ventanas de su casa con tantas se�as y con tantas l�grimas, que yo le hube de creer, y aun querer, sin saber lo que me quer�a. Entre las se�as que me hac�a, era una de juntarse la una mano con la otra, d�ndome a entender que se casar�a conmigo; y, aunque yo me holgar�a mucho de que ans� fuera, como sola y sin madre, no sab�a con qui�n comunicallo, y as�, lo dej� estar sin dalle otro favor si no era, cuando estaba mi padre fuera de casa y el suyo tambi�n, alzar un poco el lienzo o la celos�a y dejarme ver toda, de lo que �l hac�a tanta fiesta, que daba se�ales de volverse loco. Lleg�se en esto el tiempo de la partida de mi padre, la cual �l supo, y no de m�, pues nunca pude dec�rselo. Cay� malo, a lo que yo entiendo, de pesadumbre; y as�, el d�a que nos partimos nunca pude verle para despedirme d�l, siquiera con los ojos. Pero, a cabo de dos d�as que camin�bamos, al entrar de una posada, en un lugar una jornada de aqu�, le vi a la puerta del mes�n, puesto en h�bito de mozo de mulas, tan al natural que si yo no le trujera tan retratado en mi alma fuera imposible conocelle. Conoc�le, admir�me y alegr�me; �l me mir� a hurto de mi padre, de quien �l siempre se esconde cuando atraviesa por delante de m� en los caminos y en las posadas do llegamos; y, como yo s� qui�n es, y considero que por amor de m� viene a pie y con tanto trabajo, mu�rome de pesadumbre, y adonde �l pone los pies pongo yo los ojos. No s� con qu� intenci�n viene, ni c�mo ha podido escaparse de su padre, que le quiere estraordinariamente, porque no tiene otro heredero, y porque �l lo merece, como lo ver� vuestra merced cuando le vea. Y m�s le s� decir: que todo aquello que canta lo saca de su cabeza; que he o�do decir que es muy gran estudiante y poeta. Y hay m�s: que cada vez que le veo o le oigo cantar, tiemblo toda y me sobresalto, temerosa de que mi padre le conozca y venga en conocimiento de nuestros deseos. En mi vida le he hablado palabra, y, con todo eso, le quiero de manera que no he de poder vivir sin �l. Esto es, se�ora m�a, todo lo que os puedo decir deste m�sico, cuya voz tanto os ha contentado; que en sola ella echar�is bien de ver que no es mozo de mulas, como dec�s, sino se�or de almas y lugares, como yo os he dicho.
— No dig�is m�s, se�ora do�a Clara —dijo a esta saz�n Dorotea, y esto, bes�ndola mil veces—; no dig�is m�s, digo, y esperad que venga el nuevo d�a, que yo espero en Dios de encaminar de manera vuestros negocios, que tengan el felice fin que tan honestos principios merecen.
— �Ay se�ora! —dijo do�a Clara—, �qu� fin se puede esperar, si su padre es tan principal y tan rico que le parecer� que aun yo no puedo ser criada de su hijo, cuanto m�s esposa? Pues casarme yo a hurto de mi padre, no lo har� por cuanto hay en el mundo. No querr�a sino que este mozo se volviese y me dejase; quiz� con no velle y con la gran distancia del camino que llevamos se me aliviar�a la pena que ahora llevo, aunque s� decir que este remedio que me imagino me ha de aprovechar bien poco. No s� qu� diablos ha sido esto, ni por d�nde se ha entrado este amor que le tengo, siendo yo tan muchacha y �l tan muchacho, que en verdad que creo que somos de una edad mesma, y que yo no tengo cumplidos diez y seis a�os; que para el d�a de San Miguel que vendr� dice mi padre que los cumplo.
No pudo dejar de re�rse Dorotea, oyendo cu�n como ni�a hablaba do�a Clara, a quien dijo:
— Reposemos, se�ora, lo poco que creo queda de la noche, y amanecer� Dios y medraremos, o mal me andar�n las manos.
Soseg�ronse con esto, y en toda la venta se guardaba un grande silencio; solamente no dorm�an la hija de la ventera y Maritornes, su criada, las cuales, como ya sab�an el humor de que pecaba don Quijote, y que estaba fuera de la venta armado y a caballo haciendo la guarda, determinaron las dos de hacelle alguna burla, o, a lo menos, de pasar un poco el tiempo oy�ndole sus disparates.
Es, pues, el caso que en toda la venta no hab�a ventana que saliese al campo, sino un agujero de un pajar, por donde echaban la paja por defuera. A este agujero se pusieron las dos semidoncellas, y vieron que don Quijote estaba a caballo, recostado sobre su lanz�n, dando de cuando en cuando tan dolientes y profundos suspiros que parec�a, que con cada uno se le arrancaba el alma. Y asimesmo oyeron que dec�a con voz blanda, regalada y amorosa:
— �Oh mi se�ora Dulcinea del Toboso, estremo de toda hermosura, fin y remate de la discreci�n, archivo del mejor donaire, dep�sito de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo! Y �qu� far� agora la tu merced? �Si tendr�s por ventura las mientes en tu cautivo caballero, que a tantos peligros, por s�lo servirte, de su voluntad ha querido ponerse? Dame t� nuevas della, �oh luminaria de las tres caras! Quiz� con envidia de la suya la est�s ahora mirando; que, o pase�ndose por alguna galer�a de sus suntuosos palacios, o ya puesta de pechos sobre alg�n balc�n, est� considerando c�mo, salva su honestidad y grandeza, ha de amansar la tormenta que por ella este mi cuitado coraz�n padece, qu� gloria ha de dar a mis penas, qu� sosiego a mi cuidado y, finalmente, qu� vida a mi muerte y qu� premio a mis servicios. Y t�, sol, que ya debes de estar apriesa ensillando tus caballos, por madrugar y salir a ver a mi se�ora, as� como la veas, supl�cote que de mi parte la saludes; pero gu�rdate que al verla y saludarla no le des paz en el rostro, que tendr� m�s celos de ti que t� los tuviste de aquella ligera ingrata que tanto te hizo sudar y correr por los llanos de Tesalia, o por las riberas de Peneo, que no me acuerdo bien por d�nde corriste entonces celoso y enamorado.
A este punto llegaba entonces don Quijote en su tan lastimero razonamiento, cuando la hija de la ventera le comenz� a cecear y a decirle:
— Se�or m�o, ll�guese ac� la vuestra merced si es servido.
A cuyas se�as y voz volvi� don Quijote la cabeza, y vio, a la luz de la luna, que entonces estaba en toda su claridad, c�mo le llamaban del agujero que a �l le pareci� ventana, y aun con rejas doradas, como conviene que las tengan tan ricos castillos como �l se imaginaba que era aquella venta; y luego en el instante se le represent� en su loca imaginaci�n que otra vez, como la pasada, la doncella fermosa, hija de la se�ora de aquel castillo, vencida de su amor, tornaba a solicitarle; y con este pensamiento, por no mostrarse descort�s y desagradecido, volvi� las riendas a Rocinante y se lleg� al agujero, y, as� como vio a las dos mozas, dijo:
— L�stima os tengo, fermosa se�ora, de que hayades puesto vuestras amorosas mientes en parte donde no es posible corresponderos conforme merece vuestro gran valor y gentileza; de lo que no deb�is dar culpa a este miserable andante caballero, a quien tiene amor imposibilitado de poder entregar su voluntad a otra que aquella que, en el punto que sus ojos la vieron, la hizo se�ora absoluta de su alma. Perdonadme, buena se�ora, y recogeos en vuestro aposento, y no quer�is, con significarme m�s vuestros deseos, que yo me muestre m�s desagradecido; y si del amor que me ten�is hall�is en m� otra cosa con que satisfaceros, que el mismo amor no sea, ped�dmela; que yo os juro, por aquella ausente enemiga dulce m�a, de d�rosla en continente, si bien me pidi�sedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, o ya los mesmos rayos del sol encerrados en una redoma.
— No ha menester nada deso mi se�ora, se�or caballero —dijo a este punto Maritornes.
— Pues, �qu� ha menester, discreta due�a, vuestra se�ora? —respondi� don Quijote.
— Sola una de vuestras hermosas manos —dijo Maritornes—, por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha tra�do, tan a peligro de su honor que si su se�or padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja.
— �Ya quisiera yo ver eso! —respondi� don Quijote—; pero �l se guardar� bien deso, si ya no quiere hacer el m�s desastrado fin que padre hizo en el mundo, por haber puesto las manos en los delicados miembros de su enamorada hija.
Pareci�le a Maritornes que sin duda don Quijote dar�a la mano que le hab�an pedido, y, proponiendo en su pensamiento lo que hab�a de hacer, se baj� del agujero y se fue a la caballeriza, donde tom� el cabestro del jumento de Sancho Panza, y con mucha presteza se volvi� a su agujero, a tiempo que don Quijote se hab�a puesto de pies sobre la silla de Rocinante, por alcanzar a la ventana enrejada, donde se imaginaba estar la ferida doncella; y, al darle la mano, dijo:
— Tomad, se�ora, esa mano, o, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, a quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun la de aquella que tiene entera posesi�n de todo mi cuerpo. No os la doy para que la bes�is, sino para que mir�is la contestura de sus nervios, la trabaz�n de sus m�sculos, la anchura y espaciosidad de sus venas; de donde sacar�is qu� tal debe de ser la fuerza del brazo que tal mano tiene.
— Ahora lo veremos —dijo Maritornes.
Y, haciendo una lazada corrediza al cabestro, se la ech� a la mu�eca, y, baj�ndose del agujero, at� lo que quedaba al cerrojo de la puerta del pajar muy fuertemente. Don Quijote, que sinti� la aspereza del cordel en su mu�eca, dijo:
— M�s parece que vuestra merced me ralla que no que me regala la mano; no la trat�is tan mal, pues ella no tiene la culpa del mal que mi voluntad os hace, ni es bien que en tan poca parte vengu�is el todo de vuestro enojo. Mirad que quien quiere bien no se venga tan mal.
Pero todas estas razones de don Quijote ya no las escuchaba nadie, porque, as� como Maritornes le at�, ella y la otra se fueron, muertas de risa, y le dejaron asido de manera que fue imposible soltarse.
Estaba, pues, como se ha dicho, de pies sobre Rocinante, metido todo el brazo por el agujero y atado de la mu�eca, y al cerrojo de la puerta, con grand�simo temor y cuidado, que si Rocinante se desviaba a un cabo o a otro, hab�a de quedar colgado del brazo; y as�, no osaba hacer movimiento alguno, puesto que de la paciencia y quietud de Rocinante bien se pod�a esperar que estar�a sin moverse un siglo entero.
En resoluci�n, vi�ndose don Quijote atado, y que ya las damas se hab�an ido, se dio a imaginar que todo aquello se hac�a por v�a de encantamento, como la vez pasada, cuando en aquel mesmo castillo le moli� aquel moro encantado del arriero; y maldec�a entre s� su poca discreci�n y discurso, pues, habiendo salido tan mal la vez primera de aquel castillo, se hab�a aventurado a entrar en �l la segunda, siendo advertimiento de caballeros andantes que, cuando han probado una aventura y no salido bien con ella, es se�al que no est� para ellos guardada, sino para otros; y as�, no tienen necesidad de probarla segunda vez. Con todo esto, tiraba de su brazo, por ver si pod�a soltarse; mas �l estaba tan bien asido, que todas sus pruebas fueron en vano. Bien es verdad que tiraba con tiento, porque Rocinante no se moviese; y, aunque �l quisiera sentarse y ponerse en la silla, no pod�a sino estar en pie, o arrancarse la mano.
All� fue el desear de la espada de Amad�s, contra quien no ten�a fuerza de encantamento alguno; all� fue el maldecir de su fortuna; all� fue el exagerar la falta que har�a en el mundo su presencia el tiempo que all� estuviese encantado, que sin duda alguna se hab�a cre�do que lo estaba; all� el acordarse de nuevo de su querida Dulcinea del Toboso; all� fue el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que, sepultado en sue�o y tendido sobre el albarda de su jumento, no se acordaba en aquel instante de la madre que lo hab�a parido; all� llam� a los sabios Lirgandeo y Alquife, que le ayudasen; all� invoc� a su buena amiga Urganda, que le socorriese, y, finalmente, all� le tom� la ma�ana, tan desesperado y confuso que bramaba como un toro; porque no esperaba �l que con el d�a se remediara su cuita, porque la ten�a por eterna, teni�ndose por encantado. Y hac�ale creer esto ver que Rocinante poco ni mucho se mov�a, y cre�a que de aquella suerte, sin comer ni beber ni dormir, hab�an de estar �l y su caballo, hasta que aquel mal influjo de las estrellas se pasase, o hasta que otro m�s sabio encantador le desencantase.
Pero enga��se mucho en su creencia, porque, apenas comenz� a amanecer, cuando llegaron a la venta cuatro hombres de a caballo, muy bien puestos y aderezados, con sus escopetas sobre los arzones. Llamaron a la puerta de la venta, que a�n estaba cerrada, con grandes golpes; lo cual, visto por don Quijote desde donde a�n no dejaba de hacer la centinela, con voz arrogante y alta dijo:
— Caballeros, o escuderos, o quienquiera que se�is: no ten�is para qu� llamar a las puertas deste castillo; que asaz de claro est� que a tales horas, o los que est�n dentro duermen, o no tienen por costumbre de abrirse las fortalezas hasta que el sol est� tendido por todo el suelo. Desviaos afuera, y esperad que aclare el d�a, y entonces veremos si ser� justo o no que os abran.
— �Qu� diablos de fortaleza o castillo es �ste —dijo uno—, para obligarnos a guardar esas ceremonias? Si sois el ventero, mandad que nos abran, que somos caminantes que no queremos m�s de dar cebada a nuestras cabalgaduras y pasar adelante, porque vamos de priesa.
— �Par�ceos, caballeros, que tengo yo talle de ventero? —respondi� don Quijote.
— No s� de qu� ten�is talle —respondi� el otro—, pero s� que dec�s disparates en llamar castillo a esta venta.
— Castillo es —replic� don Quijote—, y aun de los mejores de toda esta provincia; y gente tiene dentro que ha tenido cetro en la mano y corona en la cabeza.
— Mejor fuera al rev�s —dijo el caminante—: el cetro en la cabeza y la corona en la mano. Y ser�, si a mano viene, que debe de estar dentro alguna compa��a de representantes, de los cuales es tener a menudo esas coronas y cetros que dec�s, porque en una venta tan peque�a, y adonde se guarda tanto silencio como �sta, no creo yo que se alojan personas dignas de corona y cetro.
— Sab�is poco del mundo —replic� don Quijote—, pues ignor�is los casos que suelen acontecer en la caballer�a andante.
Cans�banse los compa�eros que con el preguntante ven�an del coloquio que con don Quijote pasaba, y as�, tornaron a llamar con grande furia; y fue de modo que el ventero despert�, y aun todos cuantos en la venta estaban; y as�, se levant� a preguntar qui�n llamaba. Sucedi� en este tiempo que una de las cabalgaduras en que ven�an los cuatro que llamaban se lleg� a oler a Rocinante, que, melanc�lico y triste, con las orejas ca�das, sosten�a sin moverse a su estirado se�or; y como, en fin, era de carne, aunque parec�a de le�o, no pudo dejar de resentirse y tornar a oler a quien le llegaba a hacer caricias; y as�, no se hubo movido tanto cuanto, cuando se desviaron los juntos pies de don Quijote, y, resbalando de la silla, dieran con �l en el suelo, a no quedar colgado del brazo: cosa que le caus� tanto dolor que crey� o que la mu�eca le cortaban, o que el brazo se le arrancaba; porque �l qued� tan cerca del suelo que con los estremos de las puntas de los pies besaba la tierra, que era en su perjuicio, porque, como sent�a lo poco que le faltaba para poner las plantas en la tierra, fatig�base y estir�base cuanto pod�a por alcanzar al suelo: bien as� como los que est�n en el tormento de la garrucha, puestos a toca, no toca, que ellos mesmos son causa de acrecentar su dolor, con el ah�nco que ponen en estirarse, enga�ados de la esperanza que se les representa, que con poco m�s que se estiren llegar�n al suelo.
En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de presto las puertas de la venta, sali� el ventero, despavorido, a ver qui�n tales gritos daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya hab�a despertado a las mismas voces, imaginando lo que pod�a ser, se fue al pajar y desat�, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sosten�a, y �l dio luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, lleg�ndose a �l, le preguntaron qu� ten�a, que tales voces daba. �l, sin responder palabra, se quit� el cordel de la mu�eca, y, levant�ndose en pie, subi� sobre Rocinante, embraz� su adarga, enristr� su lanz�n, y, tomando buena parte del campo, volvi� a medio galope, diciendo:
— Cualquiera que dijere que yo he sido con justo t�tulo encantado, como mi se�ora la princesa Micomicona me d� licencia para ello, yo le desmiento, le rieto y desaf�o a singular batalla.
Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero el ventero les quit� de aquella admiraci�n, dici�ndoles que era don Quijote, y que no hab�a que hacer caso d�l, porque estaba fuera de juicio.
Pregunt�ronle al ventero si acaso hab�a llegado a aquella venta un muchacho de hasta edad de quince a�os, que ven�a vestido como mozo de mulas, de tales y tales se�as, dando las mesmas que tra�a el amante de do�a Clara. El ventero respondi� que hab�a tanta gente en la venta, que no hab�a echado de ver en el que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde hab�a venido el oidor, dijo:
— Aqu� debe de estar sin duda, porque �ste es el coche que �l dicen que sigue; qu�dese uno de nosotros a la puerta y entren los dem�s a buscarle; y aun ser�a bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las bardas de los corrales.
— As� se har� —respondi� uno dellos.
Y, entr�ndose los dos dentro, uno se qued� a la puerta y el otro se fue a rodear la venta; todo lo cual ve�a el ventero, y no sab�a atinar para qu� se hac�an aquellas diligencias, puesto que bien crey� que buscaban aquel mozo cuyas se�as le hab�an dado.
Ya a esta saz�n aclaraba el d�a; y, as� por esto como por el ruido que don Quijote hab�a hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente do�a Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante, y la otra con el deseo de verle, hab�an podido dormir bien mal aquella noche. Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro caminantes hac�a caso d�l, ni le respond�an a su demanda, mor�a y rabiaba de despecho y sa�a; y si �l hallara en las ordenanzas de su caballer�a que l�citamente pod�a el caballero andante tomar y emprender otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna hasta acabar la que hab�a prometido, �l embistiera con todos, y les hiciera responder mal de su grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y estarse quedo, esperando a ver en qu� paraban las diligencias de aquellos caminantes; uno de los cuales hall� al mancebo que buscaba, durmiendo al lado de un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que le hallase. El hombre le trab� del brazo y le dijo:
— Por cierto, se�or don Luis, que responde bien a quien vos sois el h�bito que ten�is, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre os cri�.
Limpi�se el mozo los so�olientos ojos y mir� de espacio al que le ten�a asido, y luego conoci� que era criado de su padre, de que recibi� tal sobresalto, que no acert� o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y el criado prosigui� diciendo:
— Aqu� no hay que hacer otra cosa, se�or don Luis, sino prestar paciencia y dar la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi se�or la d� al otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por vuestra ausencia.
— Pues, �c�mo supo mi padre —dijo don Luis— que yo ven�a este camino y en este traje?
— Un estudiante —respondi� el criado— a quien distes cuenta de vuestros pensamientos fue el que lo descubri�, movido a l�stima de las que vio que hac�a vuestro padre al punto que os ech� de menos; y as�, despach� a cuatro de sus criados en vuestra busca, y todos estamos aqu� a vuestro servicio, m�s contentos de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos, llev�ndoos a los ojos que tanto os quieren.
— Eso ser� como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare —respondi� don Luis.
— �Qu� hab�is de querer, o qu� ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.
Todas estas razones que entre los dos pasaban oy� el mozo de mulas junto a quien don Luis estaba; y, levant�ndose de all�, fue a decir lo que pasaba a don Fernando y a Cardenio, y a los dem�s, que ya vestido se hab�an; a los cuales dijo c�mo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que pasaban, y c�mo le quer�a volver a casa de su padre, y el mozo no quer�a. Y con esto, y con lo que d�l sab�an de la buena voz que el cielo le hab�a dado, vinieron todos en gran deseo de saber m�s particularmente qui�n era, y aun de ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y as�, se fueron hacia la parte donde a�n estaba hablando y porfiando con su criado.
Sal�a en esto Dorotea de su aposento, y tras ella do�a Clara, toda turbada; y, llamando Dorotea a Cardenio aparte, le cont� en breves razones la historia del m�sico y de do�a Clara, a quien �l tambi�n dijo lo que pasaba de la venida a buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando que lo dejase de o�r Clara; de lo que qued� tan fuera de s� que, si Dorotea no llegara a tenerla, diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se volviesen al aposento, que �l procurar�a poner remedio en todo, y ellas lo hicieron.
Ya estaban todos los cuatro que ven�an a buscar a don Luis dentro de la venta y rodeados d�l, persuadi�ndole que luego, sin detenerse un punto, volviese a consolar a su padre. �l respondi� que en ninguna manera lo pod�a hacer hasta dar fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma. Apret�ronle entonces los criados, dici�ndole que en ning�n modo volver�an sin �l, y que le llevar�an, quisiese o no quisiese.
— Eso no har�is vosotros —replic� don Luis—, si no es llev�ndome muerto; aunque, de cualquiera manera que me llev�is, ser� llevarme sin vida.
Ya a esta saz�n hab�an acudido a la porf�a todos los m�s que en la venta estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura, el barbero y don Quijote, que ya le pareci� que no hab�a necesidad de guardar m�s el castillo. Cardenio, como ya sab�a la historia del mozo, pregunt� a los que llevarle quer�an que qu� les mov�a a querer llevar contra su voluntad aquel muchacho.
— Mu�venos —respondi� uno de los cuatro— dar la vida a su padre, que por la ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.
A esto dijo don Luis:
— No hay para qu� se d� cuenta aqu� de mis cosas: yo soy libre, y volver� si me diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.
— Har�sela a vuestra merced la raz�n —respondi� el hombre—; y, cuando ella
no bastare con vuestra merced, bastar� con nosotros para hacer a lo que venimos y lo que somos obligados.
— Sepamos qu� es esto de ra�z —dijo a este tiempo el oidor.
Pero el hombre, que lo conoci�, como vecino de su casa, respondi�:
— �No conoce vuestra merced, se�or oidor, a este caballero, que es el hijo de su vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el h�bito tan indecente a su calidad como vuestra merced puede ver?
Mir�le entonces el oidor m�s atentamente y conoci�le; y, abraz�ndole, dijo:
— �Qu� ni�er�as son �stas, se�or don Luis, o qu� causas tan poderosas, que os hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la calidad vuestra?
Al mozo se le vinieron las l�grimas a los ojos, y no pudo responder palabra. El oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se har�a bien; y, tomando por la mano a don Luis, le apart� a una parte y le pregunt� qu� venida hab�a sido aqu�lla.
Y, en tanto que le hac�a esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la puerta de la venta, y era la causa dellas que dos hu�spedes que aquella noche hab�an alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los cuatro buscaban, hab�an intentado a irse sin pagar lo que deb�an; mas el ventero, que atend�a m�s a su negocio que a los ajenos, les asi� al salir de la puerta y pidi� su paga, y les afe� su mala intenci�n con tales palabras, que les movi� a que le respondiesen con los pu�os; y as�, le comenzaron a dar tal mano, que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y su hija no vieron a otro m�s desocupado para poder socorrerle que a don Quijote, a quien la hija de la ventera dijo:
— Socorra vuestra merced, se�or caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi pobre padre, que dos malos hombres le est�n moliendo como a cibera.
A lo cual respondi� don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:
— Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petici�n, porque estoy impedido de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi palabra me ha puesto. Mas lo que yo podr� hacer por serviros es lo que ahora dir�: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor que pudiere, y que no se deje vencer en ning�n modo, en tanto que yo pido licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella me la da, tened por cierto que yo le sacar� della.
— �Pecadora de m�! —dijo a esto Maritornes, que estaba delante—: primero que vuestra merced alcance esa licencia que dice, estar� ya mi se�or en el otro mundo.
— Dadme vos, se�ora, que yo alcance la licencia que digo —respondi� don Quijote—; que, como yo la tenga, poco har� al caso que �l est� en el otro mundo; que de all� le sacar� a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os dar� tal venganza de los que all� le hubieren enviado, que qued�is m�s que medianamente satisfechas.
Y sin decir m�s se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidi�ndole con palabras caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y �l luego, embrazando su adarga y poniendo mano a su espada, acudi� a la puerta de la venta, adonde a�n todav�a tra�an los dos hu�spedes a mal traer al ventero; pero, as� como lleg�, embaz� y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la ventera le dec�an que en qu� se deten�a, que socorriese a su se�or y marido.
— Det�ngome —dijo don Quijote— porque no me es l�cito poner mano a la espada contra gente escuderil; pero llamadme aqu� a mi escudero Sancho, que a �l toca y ata�e esta defensa y venganza.
Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las pu�adas y mojicones muy en su punto, todo en da�o del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera y su hija, que se desesperaban de ver la cobard�a de don Quijote, y de lo mal que lo pasaba su marido, se�or y padre.
Pero dej�mosle aqu�, que no faltar� quien le socorra, o si no, sufra y calle el que se atreve a m�s de a lo que sus fuerzas le prometen, y volv�monos atr�s cincuenta pasos, a ver qu� fue lo que don Luis respondi� al oidor, que le dejamos aparte, pregunt�ndole la causa de su venida a pie y de tan vil traje vestido. A lo cual el mozo, asi�ndole fuertemente de las manos, como en se�al de que alg�n gran dolor le apretaba el coraz�n, y derramando l�grimas en grande abundancia, le dijo:
— Se�or m�o, yo no s� deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el cielo y facilit� nuestra vecindad que yo viese a mi se�ora do�a Clara, hija vuestra y se�ora m�a, desde aquel instante la hice due�o de mi voluntad; y si la vuestra, verdadero se�or y padre m�o, no lo impide, en este mesmo d�a ha de ser mi esposa. Por ella dej� la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje, para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero al norte. Ella no sabe de mis deseos m�s de lo que ha podido entender de algunas veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, se�or, sab�is la riqueza y la nobleza de mis padres, y como yo soy su �nico heredero: si os parece que �stas son partes para que os aventur�is a hacerme en todo venturoso, recebidme luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no gustare deste bien que yo supe buscarme, m�s fuerza tiene el tiempo para deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades.
Call�, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor qued� en o�rle suspenso, confuso y admirado, as� de haber o�do el modo y la discreci�n con que don Luis le hab�a descubierto su pensamiento, como de verse en punto que no sab�a el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y as�, no respondi� otra cosa sino que se sosegase por entonces, y entretuviese a sus criados, que por aquel d�a no le volviesen, porque se tuviese tiempo para considerar lo que mejor a todos estuviese. Bes�le las manos por fuerza don Luis, y aun se las ba�� con l�grimas, cosa que pudiera enternecer un coraz�n de m�rmol, no s�lo el del oidor, que, como discreto, ya hab�a conocido cu�n bien le estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo quisiera efetuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sab�a que pretend�a hacer de t�tulo a su hijo.
Ya a esta saz�n estaban en paz los hu�spedes con el ventero, pues, por persuasi�n y buenas razones de don Quijote, m�s que por amenazas, le hab�an pagado todo lo que �l quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de la pl�tica del oidor y la resoluci�n de su amo, cuando el demonio, que no duerme, orden� que en aquel mesmo punto entr� en la venta el barbero a quien don Quijote quit� el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que troc� con los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a Sancho Panza que estaba aderezando no s� qu� de la albarda, y as� como la vio la conoci�, y se atrevi� a arremeter a Sancho, diciendo:
— �Ah don ladr�n, que aqu� os tengo! �Venga mi bac�a y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes!
Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oy� los vituperios que le dec�an, con la una mano asi� de la albarda, y con la otra dio un mojic�n al barbero que le ba�� los dientes en sangre; pero no por esto dej� el barbero la presa que ten�a hecha en el albarda; antes, alz� la voz de tal manera que todos los de la venta acudieron al ruido y pendencia, y dec�a:
— �Aqu� del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere matar este ladr�n salteador de caminos!
— Ment�s —respondi� Sancho—, que yo no soy salteador de caminos; que en buena guerra gan� mi se�or don Quijote estos despojos.
Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cu�n bien se defend�a y ofend�a su escudero, y t�vole desde all� adelante por hombre de pro, y propuso en su coraz�n de armalle caballero en la primera ocasi�n que se le ofreciese, por parecerle que ser�a en �l bien empleada la orden de la caballer�a. Entre otras cosas que el barbero dec�a en el discurso de la pendencia, vino a decir:
— Se�ores, as� esta albarda es m�a como la muerte que debo a Dios, y as� la conozco como si la hubiera parido; y ah� est� mi asno en el establo, que no me dejar� mentir; si no, pru�bensela, y si no le viniere pintiparada, yo quedar� por infame. Y hay m�s: que el mismo d�a que ella se me quit�, me quitaron tambi�n una bac�a de az�far nueva, que no se hab�a estrenado, que era se�ora de un escudo.
Aqu� no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poni�ndose entre los dos y apart�ndoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:
— �Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que est� este buen escudero, pues llama bac�a a lo que fue, es y ser� yelmo de Mambrino, el cual se lo quit� yo en buena guerra, y me hice se�or d�l con lig�tima y l�cita posesi�n! En lo del albarda no me entremeto, que lo que en ello sabr� decir es que mi escudero Sancho me pidi� licencia para quitar los jaeces del caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di, y �l los tom�, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no sabr� dar otra raz�n si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos de la caballer�a; para confirmaci�n de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca aqu� el yelmo que este buen hombre dice ser bac�a.
— �Pardiez, se�or —dijo Sancho—, si no tenemos otra prueba de nuestra intenci�n que la que vuestra merced dice, tan bac�a es el yelmo de Malino como el jaez deste buen hombre albarda!
— Haz lo que te mando —replic� don Quijote—, que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento.
Sancho fue a do estaba la bac�a y la trujo; y, as� como don Quijote la vio, la tom� en las manos y dijo:
— Miren vuestras mercedes con qu� cara pod�a decir este escudero que �sta es bac�a, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballer�a que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quit�, sin haber a�adido en �l ni quitado cosa alguna.
— En eso no hay duda —dijo a esta saz�n Sancho—, porque desde que mi se�or le gan� hasta agora no ha hecho con �l m�s de una batalla, cuando libr� a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.
— �Qu� les parece a vuestras mercedes, se�ores —dijo el barbero—, de lo que afirman estos gentiles hombres, pues a�n porf�an que �sta no es bac�a, sino yelmo?
— Y quien lo contrario dijere —dijo don Quijote—, le har� yo conocer que miente, si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.
Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como ten�a tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:
— Se�or barbero, o quien sois, sabed que yo tambi�n soy de vuestro oficio, y tengo m�s ha de veinte a�os carta de examen, y conozco muy bien de todos los instrumentos de la barber�a, sin que le falte uno; y ni m�s ni menos fui un tiempo en mi mocedad soldado, y s� tambi�n qu� es yelmo, y qu� es morri�n, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a los g�neros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remiti�ndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que est� aqu� delante y que este buen se�or tiene en las manos, no s�lo no es bac�a de barbero, pero est� tan lejos de serlo como est� lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; tambi�n digo que �ste, aunque es yelmo, no es yelmo entero.
— No, por cierto —dijo don Quijote—, porque le falta la mitad, que es la babera.
— As� es —dijo el cura, que ya hab�a entendido la intenci�n de su amigo el barbero.
Y lo mismo confirm� Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor, si no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su parte, a la burla; pero las veras de lo que pensaba le ten�an tan suspenso, que poco o nada atend�a a aquellos donaires.
— �V�lame Dios! —dijo a esta saz�n el barbero burlado—; �que es posible que tanta gente honrada diga que �sta no es bac�a, sino yelmo? Cosa parece �sta que puede poner en admiraci�n a toda una Universidad, por discreta que sea. Basta: si es que esta bac�a es yelmo, tambi�n debe de ser esta albarda jaez de caballo, como este se�or ha dicho.
— A m� albarda me parece —dijo don Quijote—, pero ya he dicho que en eso no me entremeto.
— De que sea albarda o jaez —dijo el cura— no est� en m�s de decirlo el se�or don Quijote; que en estas cosas de la caballer�a todos estos se�ores y yo le damos la ventaja.
— Por Dios, se�ores m�os —dijo don Quijote—, que son tantas y tan estra�as las cosas que en este castillo, en dos veces que en �l he alojado, me han sucedido, que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de lo que en �l se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto en �l se trata va por v�a de encantamento. La primera vez me fatig� mucho un moro encantado que en �l hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros sus secuaces; y anoche estuve colgado deste brazo casi dos horas, sin saber c�mo ni c�mo no vine a caer en aquella desgracia. As� que, ponerme yo agora en cosa de tanta confusi�n a dar mi parecer, ser� caer en juicio temerario. En lo que toca a lo que dicen que �sta es bac�a, y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero, en lo de declarar si �sa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia difinitiva: s�lo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes. Quiz� por no ser armados caballeros, como yo lo soy, no tendr�n que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y tendr�n los entendimientos libres, y podr�n juzgar de las cosas deste castillo como ellas son real y verdaderamente, y no como a m� me parec�an.
— No hay duda —respondi� a esto don Fernando—, sino que el se�or don Quijote ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinici�n deste caso; y, porque vaya con m�s fundamento, yo tomar� en secreto los votos destos se�ores, y de lo que resultare dar� entera y clara noticia.
Para aquellos que la ten�an del humor de don Quijote, era todo esto materia de grand�sima risa; pero, para los que le ignoraban, les parec�a el mayor disparate del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a don Luis ni m�s ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso hab�an llegado a la venta, que ten�an parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo eran. Pero el que m�s se desesperaba era el barbero, cuya bac�a, all� delante de sus ojos, se le hab�a vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya albarda pensaba sin duda alguna que se le hab�a de volver en jaez rico de caballo; y los unos y los otros se re�an de ver c�mo andaba don Fernando tomando los votos de unos en otros, habl�ndolos al o�do para que en secreto declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien tanto se hab�a peleado. Y, despu�s que hubo tomado los votos de aquellos que a don Quijote conoc�an, dijo en alta voz:
— El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos pareceres, porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que es disparate el decir que �sta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun de caballo castizo; y as�, habr�is de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y al de vuestro asno, �ste es jaez y no albarda, y vos hab�is alegado y probado muy mal de vuestra parte.
— No la tenga yo en el cielo —dijo el sobrebarbero— si todos vuestras mercedes no se enga�an, y que as� parezca mi �nima ante Dios como ella me parece a m� albarda, y no jaez; pero all� van leyes..., etc�tera; y no digo m�s; y en verdad que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de pecar no.
No menos causaban risa las necedades que dec�a el barbero que los disparates de don Quijote, el cual a esta saz�n dijo:
— Aqu� no hay m�s que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
Uno de los cuatro dijo:
— Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres de tan buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aqu� est�n, se atrevan a decir y afirmar que �sta no es bac�a, ni aqu�lla albarda; mas, como veo que lo afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de misterio el porfiar una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma verdad y la misma experiencia; porque, �voto a tal! —y arroj�le redondo—, que no me den a m� a entender cuantos hoy viven en el mundo al rev�s de que �sta no sea bac�a de barbero y �sta albarda de asno.
— Bien podr�a ser de borrica —dijo el cura.
— Tanto monta —dijo el criado—, que el caso no consiste en eso, sino en si es o no es albarda, como vuestras mercedes dicen.
Oyendo esto uno de los cuadrilleros que hab�an entrado, que hab�a o�do la pendencia y quisti�n, lleno de c�lera y de enfado, dijo:
— Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de estar hecho uva.
— Ment�s como bellaco villano —respondi� don Quijote.
Y, alzando el lanz�n, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar tal golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara all� tendido. El lanz�n se hizo pedazos en el suelo, y los dem�s cuadrilleros, que vieron tratar mal a su compa�ero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa Hermandad.
El ventero, que era de la cuadrilla, entr� al punto por su varilla y por su espada, y se puso al lado de sus compa�eros; los criados de don Luis rodearon a don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa revuelta, torn� a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso mano a su espada y arremeti� a los cuadrilleros. Don Luis daba voces a sus criados que le dejasen a �l y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio, y a don Fernando, que todos favorec�an a don Quijote. El cura daba voces, la ventera gritaba, su hija se aflig�a, Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa, Luscinda suspensa y do�a Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho mol�a al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevi� a asirle del brazo porque no se fuese, le dio una pu�ada que le ba�� los dientes en sangre; el oidor le defend�a, don Fernando ten�a debajo de sus pies a un cuadrillero, midi�ndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero torn� a reforzar la voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era llantos, voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas, mojicones, palos, coces y efusi�n de sangre. Y, en la mitad deste caos, m�quina y laberinto de cosas, se le represent� en la memoria de don Quijote que se ve�a metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante; y as� dijo, con voz que atronaba la venta:
— �T�nganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; �iganme todos, si todos quieren quedar con vida!
A cuya gran voz, todos se pararon, y �l prosigui� diciendo:
— �No os dije yo, se�ores, que este castillo era encantado, y que alguna regi�n de demonios debe de habitar en �l? En confirmaci�n de lo cual, quiero que ve�is por vuestros ojos c�mo se ha pasado aqu� y trasladado entre nosotros la discordia del campo de Agramante. Mirad c�mo all� se pelea por la espada, aqu� por el caballo, acull� por el �guila, ac� por el yelmo, y todos peleamos, y todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, se�or oidor, y vuestra merced, se�or cura, y el uno sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y p�nganos en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquer�a que tanta gente principal como aqu� estamos se mate por causas tan livianas.
Los cuadrilleros, que no entend�an el frasis de don Quijote, y se ve�an malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no quer�an sosegarse; el barbero s�, porque en la pendencia ten�a deshechas las barbas y el albarda; Sancho, a la m�s m�nima voz de su amo, obedeci� como buen criado; los cuatro criados de don Luis tambi�n se estuvieron quedos, viendo cu�n poco les iba en no estarlo. S�lo el ventero porfiaba que se hab�an de castigar las insolencias de aquel loco, que a cada paso le alborotaba la venta. Finalmente, el rumor se apacigu� por entonces, la albarda se qued� por jaez hasta el d�a del juicio, y la bac�a por yelmo y la venta por castillo en la imaginaci�n de don Quijote.
Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasi�n del oidor y del cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se viniese con ellos; y, en tanto que �l con ellos se aven�a, el oidor comunic� con don Fernando, Cardenio y el cura qu� deb�a hacer en aquel caso, cont�ndoseles con las razones que don Luis le hab�a dicho. En fin, fue acordado que don Fernando dijese a los criados de don Luis qui�n �l era y c�mo era su gusto que don Luis se fuese con �l al Andaluc�a, donde de su hermano el marqu�s ser�a estimado como el valor de don Luis merec�a; porque desta manera se sab�a de la intenci�n de don Luis que no volver�a por aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen pedazos. Entendida, pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la intenci�n de don Luis, determinaron entre ellos que los tres se volviesen a contar lo que pasaba a su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a no dejalle hasta que ellos volviesen por �l, o viese lo que su padre les ordenaba.
Desta manera se apacigu� aquella m�quina de pendencias, por la autoridad de Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, vi�ndose el enemigo de la concordia y el �mulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que hab�a granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acord� de probar otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.
Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreo�do la calidad de los que con ellos se hab�an combatido, y se retiraron de la pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, hab�an de llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido y pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos mandamientos que tra�a para prender a algunos delincuentes, tra�a uno contra don Quijote, a quien la Santa Hermandad hab�a mandado prender, por la libertad que dio a los galeotes, y como Sancho, con mucha raz�n, hab�a temido.
Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las se�as que de don Quijote tra�a ven�an bien, y, sacando del seno un pergamino, top� con el que buscaba; y, poni�ndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a cada palabra que le�a pon�a los ojos en don Quijote, y iba cotejando las se�as del mandamiento con el rostro de don Quijote, y hall� que, sin duda alguna, era el que el mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado, cuando, recogiendo su pergamino, en la izquierda tom� el mandamiento, y con la derecha asi� a don Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba alentar, y a grandes voces dec�a:
— �Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras, l�ase este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de caminos.
Tom� el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero dec�a, y c�mo conven�a con las se�as con don Quijote; el cual, vi�ndose tratar mal de aquel villano malandr�n, puesta la c�lera en su punto y cruji�ndole los huesos de su cuerpo, como mejor pudo �l, asi� al cuadrillero con entrambas manos de la garganta, que, a no ser socorrido de sus compa�eros, all� dejara la vida antes que don Quijote la presa. El ventero, que por fuerza hab�a de favorecer a los de su oficio, acudi� luego a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido en pendencias, de nuevo alz� la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y su hija, pidiendo favor al cielo y a los que all� estaban. Sancho dijo, viendo lo que pasaba:
— �Vive el Se�or, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en �l!
Don Fernando desparti� al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de entrambos, les desenclavij� las manos, que el uno en el collar del sayo del uno, y el otro en la garganta del otro, bien asidas ten�an; pero no por esto cesaban los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a d�rsele atado y entregado a toda su voluntad, porque as� conven�a al servicio del rey y de la Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les ped�an socorro y favor para hacer aquella prisi�n de aquel robador y salteador de sendas y de carreras. Re�ase de o�r decir estas razones don Quijote; y, con mucho sosiego, dijo:
— Venid ac�, gente soez y malnacida: �saltear de caminos llam�is al dar libertad a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los ca�dos, remediar los menesterosos? �Ah gente infame, digna por vuestro bajo y vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la caballer�a andante, ni os d� a entender el pecado e ignorancia en que est�is en no reverenciar la sombra, cuanto m�s la asistencia, de cualquier caballero andante! Venid ac�, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad; decidme: �qui�n fue el ignorante que firm� mandamiento de prisi�n contra un tal caballero como yo soy? �Qui�n el que ignor� que son esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su ley es su espada; sus fueros, sus br�os; sus prem�ticas, su voluntad? �Qui�n fue el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero andante el d�a que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballer�a? �Qu� caballero andante pag� pecho, alcabala, chap�n de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? �Qu� sastre le llev� hechura de vestido que le hiciese? �Qu� castellano le acogi� en su castillo que le hiciese pagar el escote? �Qu� rey no le asent� a su mesa? �Qu� doncella no se le aficion� y se le entreg� rendida, a todo su talante y voluntad? Y, finalmente, �qu� caballero andante ha habido, hay ni habr� en el mundo, que no tenga br�os para dar �l solo cuatrocientos palos a cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante?
En tanto que don Quijote esto dec�a, estaba persuadiendo el cura a los cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo ve�an por sus obras y por sus palabras, y que no ten�an para qu� llevar aquel negocio adelante, pues, aunque le prendiesen y llevasen, luego le hab�an de dejar por loco; a lo que respondi� el del mandamiento que a �l no tocaba juzgar de la locura de don Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado, y que una vez preso, siquiera le soltasen trecientas.
— Con todo eso —dijo el cura—, por esta vez no le hab�is de llevar, ni aun �l dejar� llevarse, a lo que yo entiendo.
En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote hacer, que m�s locos fueran que no �l los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote; y as�, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser medianeros de hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todav�a asist�an con gran rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron la causa y fueron �rbitros della, de tal modo que ambas partes quedaron, si no del todo contentas, a lo menos en algo satisfechas, porque se trocaron las albardas, y no las cinchas y j�quimas; y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese, le dio por la bac�a ocho reales, y el barbero le hizo una c�dula del recibo y de no llamarse a enga�o por entonces, ni por siempre jam�s am�n.
Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las m�s principales y de m�s tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los tres, y que el uno quedase para acompa�arle donde don Fernando le quer�a llevar; y, como ya la buena suerte y mejor fortuna hab�a comenzado a romper lanzas y a facilitar dificultades en favor de los amantes de la venta y de los valientes della, quiso llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso, porque los criados se contentaron de cuanto don Luis quer�a; de que recibi� tanto contento do�a Clara, que ninguno en aquella saz�n la mirara al rostro que no conociera el regocijo de su alma.
Zoraida, aunque no entend�a bien todos los sucesos que hab�a visto, se entristec�a y alegraba a bulto, conforme ve�a y notaba los semblantes a cada uno, especialmente de su espa�ol, en quien ten�a siempre puestos los ojos y tra�a colgada el alma. El ventero, a quien no se le pas� por alto la d�diva y recompensa que el cura hab�a hecho al barbero, pidi� el escote de don Quijote, con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que no saldr�a de la venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le pagase primero hasta el �ltimo ardite. Todo lo apacigu� el cura, y lo pag� don Fernando, puesto que el oidor, de muy buena voluntad, hab�a tambi�n ofrecido la paga; y de tal manera quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parec�a la venta la discordia del campo de Agramante, como don Quijote hab�a dicho, sino la misma paz y quietud del tiempo de Otaviano; de todo lo cual fue com�n opini�n que se deb�an dar las gracias a la buena intenci�n y mucha elocuencia del se�or cura y a la incomparable liberalidad de don Fernando.
Vi�ndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, as� de su escudero como suyas, le pareci� que ser�a bien seguir su comenzado viaje y dar fin a aquella grande aventura para que hab�a sido llamado y escogido; y as�, con resoluta determinaci�n se fue a poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le consinti� que hablase palabra hasta que se levantase; y �l, por obedecella, se puso en pie y le dijo:
— Es com�n proverbio, fermosa se�ora, que la diligencia es madre de la buena ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la solicitud del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas cosas se muestra m�s esta verdad que en las de la guerra, adonde la celeridad y presteza previene los discursos del enemigo, y alcanza la vitoria antes que el contrario se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y preciosa se�ora, porque me parece que la estada nuestra en este castillo ya es sin provecho, y podr�a sernos de tanto da�o que lo ech�semos de ver alg�n d�a; porque, �qui�n sabe si por ocultas esp�as y diligentes habr� sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a destruille?; y, d�ndole lugar el tiempo, se fortificase en alg�n inexpugnable castillo o fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de mi incansable brazo. As� que, se�ora m�a, prevengamos, como tengo dicho, con nuestra diligencia sus designios, y part�monos luego a la buena ventura; que no est� m�s de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde de verme con vuestro contrario.
Call� y no dijo m�s don Quijote, y esper� con mucho sosiego la respuesta de la fermosa infanta; la cual, con adem�n se�oril y acomodado al estilo de don Quijote, le respondi� desta manera:
— Yo os agradezco, se�or caballero, el deseo que mostr�is tener de favorecerme en mi gran cuita, bien as� como caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer los hu�rfanos y menesterosos; y quiera el cielo que el vuestro y mi deseo se cumplan, para que ve�is que hay agradecidas mujeres en el mundo. Y en lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo m�s voluntad que la vuestra: disponed vos de m� a toda vuestra guisa y talante; que la que una vez os entreg� la defensa de su persona y puso en vuestras manos la restauraci�n de sus se�or�os no ha de querer ir contra lo que la vuestra prudencia ordenare.
— A la mano de Dios —dijo don Quijote—; pues as� es que una se�ora se me humilla, no quiero yo perder la ocasi�n de levantalla y ponella en su heredado trono. La partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al deseo y al camino lo que suele decirse que en la tardanza est� el peligro. Y, pues no ha criado el cielo, ni visto el infierno, ninguno que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a Rocinante, y apareja tu jumento y el palafr�n de la reina, y despid�monos del castellano y destos se�ores, y vamos de aqu� luego al punto.
Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y a otra:
— �Ay se�or, se�or, y c�mo hay m�s mal en el aldeg�ela que se suena, con perd�n sea dicho de las tocadas honradas!
— �Qu� mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo, que pueda sonarse en menoscabo m�o, villano?
— Si vuestra merced se enoja —respondi� Sancho—, yo callar�, y dejar� de decir lo que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado decir a su se�or.
— Di lo que quisieres —replic� don Quijote—, como tus palabras no se encaminen a ponerme miedo; que si t� le tienes, haces como quien eres, y si yo no le tengo, hago como quien soy.
— No es eso, �pecador fui yo a Dios! —respondi� Sancho—, sino que yo tengo por cierto y por averiguado que esta se�ora que se dice ser reina del gran reino Micomic�n no lo es m�s que mi madre; porque, a ser lo que ella dice, no se anduviera hocicando con alguno de los que est�n en la rueda, a vuelta de cabeza y a cada traspuesta.
Par�se colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, hab�a cogido con los labios parte del premio que merec�an sus deseos (lo cual hab�a visto Sancho, y pareci�ndole que aquella desenvoltura m�s era de dama cortesana que de reina de tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a Sancho, sino dej�le proseguir en su pl�tica, y �l fue diciendo:
— Esto digo, se�or, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y pasado malas noches y peores d�as, ha de venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se est� holgando en esta venta, no hay para qu� darme priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafr�n, pues ser� mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.
�Oh, v�lame Dios, y cu�n grande que fue el enojo que recibi� don Quijote, oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que, con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:
— �Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! �Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas �nclitas se�oras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginaci�n? �Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquer�as, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! �Vete; no parezcas delante de m�, so pena de mi ira!
Y, diciendo esto, enarc� las cejas, hinch� los carrillos, mir� a todas partes, y dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, se�ales todas de la ira que encerraba en sus entra�as. A cuyas palabras y furibundos ademanes qued� Sancho tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo qu� hacerse, sino volver las espaldas y quitarse de la enojada presencia de su se�or. Pero la discreta Dorotea, que tan entendido ten�a ya el humor de don Quijote, dijo, para templarle la ira:
— No os despech�is, se�or Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que vuestro buen escudero ha dicho, porque quiz� no las debe de decir sin ocasi�n, ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede sospechar que levante testimonio a nadie; y as�, se ha de creer, sin poner duda en ello, que, como en este castillo, seg�n vos, se�or caballero, dec�s, todas las cosas van y suceden por modo de encantamento, podr�a ser, digo, que Sancho hubiese visto por esta diab�lica v�a lo que �l dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad.
— Por el omnipotente Dios juro —dijo a esta saz�n don Quijote—, que la vuestra grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visi�n se le puso delante a este pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible verse de otro modo que por el de encantos no fuera; que s� yo bien de la bondad e inocencia deste desdichado, que no sabe levantar testimonios a nadie.
— Ans� es y ans� ser� —dijo don Fernando—; por lo cual debe vuestra merced, se�or don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut erat in principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio.
Don Quijote respondi� que �l le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el cual vino muy humilde, y, hinc�ndose de rodillas, pidi� la mano a su amo; y �l se la dio, y, despu�s de hab�rsela dejado besar, le ech� la bendici�n, diciendo:
— Agora acabar�s de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas veces te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por v�a de encantamento.
— As� lo creo yo —dijo Sancho—, excepto aquello de la manta, que realmente sucedi� por v�a ordinaria.
— No lo creas —respondi� don Quijote—; que si as� fuera, yo te vengara entonces, y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en qui�n tomar venganza de tu agravio.
Desearon saber todos qu� era aquello de la manta, y el ventero lo cont�, punto por punto: la volater�a de Sancho Panza, de que no poco se rieron todos; y de que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su amo que era encantamento; puesto que jam�s lleg� la sandez de Sancho a tanto, que creyese no ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de enga�o alguno, lo de haber sido manteado por personas de carne y hueso, y no por fantasmas so�adas ni imaginadas, como su se�or lo cre�a y lo afirmaba.
Dos d�as eran ya pasados los que hab�a que toda aquella ilustre compa��a estaba en la venta; y, pareci�ndoles que ya era tiempo de partirse, dieron orden para que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con don Quijote a su aldea, con la invenci�n de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el cura y el barbero llev�rsele, como deseaban, y procurar la cura de su locura en su tierra. Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes que acaso acert� a pasar por all�, para que lo llevase en esta forma: hicieron una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente don Quijote; y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura, se cubrieron los rostros y se disfrazaron, qui�n de una manera y qui�n de otra, de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel castillo hab�a visto.
Hecho esto, con grand�simo silencio se entraron adonde �l estaba durmiendo y descansando de las pasadas refriegas. Lleg�ronse a �l, que libre y seguro de tal acontecimiento dorm�a, y, asi�ndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y los pies, de modo que, cuando �l despert� con sobresalto, no pudo menearse, ni hacer otra cosa m�s que admirarse y suspenderse de ver delante de s� tan estra�os visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su continua y desvariada imaginaci�n le representaba, y se crey� que todas aquellas figuras eran fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba encantado, pues no se pod�a menear ni defender: todo a punto como hab�a pensado que suceder�a el cura, trazador desta m�quina. S�lo Sancho, de todos los presentes, estaba en su mesmo juicio y en su mesma figura; el cual, aunque le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo, no dej� de conocer qui�n eran todas aquellas contrahechas figuras; mas no os� descoser su boca, hasta ver en qu� paraba aquel asalto y prisi�n de su amo, el cual tampoco hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que, trayendo all� la jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan fuertemente que no se pudieran romper a dos tirones.
Tom�ronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oy� una voz temerosa, todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro, que dec�a:
— �Oh Caballero de la Triste Figura!, no te d� afincamiento la prisi�n en que vas, porque as� conviene para acabar m�s presto la aventura en que tu gran esfuerzo te puso; la cual se acabar� cuando el furibundo le�n manchado con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya despu�s de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimo�esco; de cuyo inaudito consorcio saldr�n a la luz del orbe los bravos cachorros, que imitar�n las rumpantes garras del valeroso padre. Y esto ser� antes que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos vegadas la visita de las lucientes im�gines con su r�pido y natural curso. Y t�, �oh, el m�s noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar ans� delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballer�a andante; que presto, si al plasmador del mundo le place, te ver�s tan alto y tan sublimado que no te conozcas, y no saldr�n defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen se�or. Y aseg�rote, de parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como lo ver�s por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero, que conviene que vayas donde par�is entrambos. Y, porque no me es l�cito decir otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me s�.
Y, al acabar de la profec�a, alz� la voz de punto, y diminuy�la despu�s, con tan tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por creer que era verdad lo que o�an.
Qued� don Quijote consolado con la escuchada profec�a, porque luego coligi� de todo en todo la significaci�n de ella; y vio que le promet�an el verse ayuntados en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice vientre saldr�an los cachorros, que eran sus hijos, para gloria perpetua de la Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alz� la voz, y, dando un gran suspiro, dijo:
— �Oh t�, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ru�gote que pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que no me deje perecer en esta prisi�n donde agora me llevan, hasta ver cumplidas tan alegres e incomparables promesas como son las que aqu� se me han hecho; que, como esto sea, tendr� por gloria las penas de mi c�rcel, y por alivio estas cadenas que me ci�en, y no por duro campo de batalla este lecho en que me acuestan, sino por cama blanda y t�lamo dichoso. Y, en lo que toca a la consolaci�n de Sancho Panza, mi escudero, yo conf�o de su bondad y buen proceder que no me dejar� en buena ni en mala suerte; porque, cuando no suceda, por la suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la �nsula, o otra cosa equivalente que le tengo prometida, por lo menos su salario no podr� perderse; que en mi testamento, que ya est� hecho, dejo declarado lo que se le ha de dar, no conforme a sus muchos y buenos servicios, sino a la posibilidad m�a.
Sancho Panza se le inclin� con mucho comedimiento, y le bes� entrambas las manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.
Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el carro de los bueyes.
Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro, dijo:
— Muchas y muy graves historias he yo le�do de caballeros andantes, pero jam�s he le�do, ni visto, ni o�do, que a los caballeros encantados los lleven desta manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tard�os animales; porque siempre los suelen llevar por los aires, con estra�a ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube, o en alg�n carro de fuego, o ya sobre alg�n hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me lleven a m� agora sobre un carro de bueyes, �vive Dios que me pone en confusi�n! Pero quiz� la caballer�a y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y tambi�n podr�a ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballer�a aventurera, tambi�n nuevamente se hayan inventado otros g�neros de encantamentos y otros modos de llevar a los encantados. �Qu� te parece desto, Sancho hijo?
— No s� yo lo que me parece —respondi� Sancho—, por no ser tan le�do como vuestra merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osar�a afirmar y jurar que estas visiones que por aqu� andan, que no son del todo cat�licas.
— �Cat�licas? �Mi padre! —respondi� don Quijote—. �C�mo han de ser cat�licas si son todos demonios que han tomado cuerpos fant�sticos para venir a hacer esto y a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, t�calos y p�lpalos, y ver�s como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste m�s de en la apariencia.
— Par Dios, se�or —replic� Sancho—, ya yo los he tocado; y este diablo que aqu� anda tan sol�cito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de la que yo he o�do decir que tienen los demonios; porque, seg�n se dice, todos huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero �ste huele a �mbar de media legua.
Dec�a esto Sancho por don Fernando, que, como tan se�or, deb�a de oler a lo que Sancho dec�a.
— No te maravilles deso, Sancho amigo —respondi� don Quijote—, porque te hago saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores consigo, ellos no huelen nada, porque son esp�ritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas, sino malas y hidiondas. Y la raz�n es que como ellos, dondequiera que est�n, traen el infierno consigo, y no pueden recebir g�nero de alivio alguno en sus tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que ellos huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que dices huele a �mbar, o t� te enga�as, o �l quiere enga�arte con hacer que no le tengas por demonio.
Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando y Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su invenci�n, a quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar con la partida; y, llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha presteza.
Ya en esto, el cura se hab�a concertado con los cuadrilleros que le acompa�asen hasta su lugar, d�ndoles un tanto cada d�a. Colg� Cardenio del arz�n de la silla de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bac�a, y por se�as mand� a Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los dos lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas. Pero, antes que se moviese el carro, sali� la ventera, su hija y Maritornes a despedirse de don Quijote, fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Quijote dijo:
— No llor�is, mis buenas se�oras, que todas estas desdichas son anexas a los que profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran, no me tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de poco nombre y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se acuerde dellos. A los valerosos s�, que tienen envidiosos de su virtud y valent�a a muchos pr�ncipes y a muchos otros caballeros, que procuran por malas v�as destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa que, por s� sola, a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor, Zoroastes, saldr� vencedora de todo trance, y dar� de s� luz en el mundo, como la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si alg�n desaguisado, por descuido m�o, os he fecho, que, de voluntad y a sabiendas, jam�s le di a nadie; y rogad a Dios me saque destas prisiones, donde alg�n mal intencionado encantador me ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se me caer� de la memoria las mercedes que en este castillo me habedes fecho, para gratificallas, servillas y recompensallas como ellas merecen.
En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y el barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capit�n y de su hermano y todas aquellas contentas se�oras, especialmente de Dorotea y Luscinda. Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos, diciendo don Fernando al cura d�nde hab�a de escribirle para avisarle en lo que paraba don Quijote, asegur�ndole que no habr�a cosa que m�s gusto le diese que saberlo; y que �l, asimesmo, le avisar�a de todo aquello que �l viese que podr�a darle gusto, as� de su casamiento como del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis, y vuelta de Luscinda a su casa. El cura ofreci� de hacer cuanto se le mandaba, con toda puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a nuevos ofrecimientos.
El ventero se lleg� al cura y le dio unos papeles, dici�ndole que los hab�a hallado en un aforro de la maleta donde se hall� la Novela del curioso impertinente, y que, pues su due�o no hab�a vuelto m�s por all�, que se los llevase todos; que, pues �l no sab�a leer, no los quer�a. El cura se lo agradeci�, y, abri�ndolos luego, vio que al principio de lo escrito dec�a: Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendi� ser alguna novela y coligi� que, pues la del Curioso impertinente hab�a sido buena, que tambi�n lo ser�a aqu�lla, pues podr�a ser fuesen todas de un mesmo autor; y as�, la guard�, con prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.
Subi� a caballo, y tambi�n su amigo el barbero, con sus antifaces, porque no fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusi�ronse a caminar tras el carro. Y la orden que llevaban era �sta: iba primero el carro, gui�ndole su due�o; a los dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; segu�a luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detr�s de todo esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros, como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando m�s de lo que permit�a el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.
Y as�, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que llegaron a un valle, donde le pareci� al boyero ser lugar acomodado para reposar y dar pasto a los bueyes; y, comunic�ndolo con el cura, fue de parecer el barbero que caminasen un poco m�s, porque �l sab�a, detr�s de un recuesto que cerca de all� se mostraba, hab�a un valle de m�s yerba y mucho mejor que aquel donde parar quer�an. Tom�se el parecer del barbero, y as�, tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvi� el cura el rostro, y vio que a sus espaldas ven�an hasta seis o siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los bueyes, sino como quien iba sobre mulas de can�nigos y con deseo de llegar presto a sestear a la venta, que menos de una legua de all� se parec�a. Llegaron los diligentes a los perezosos y salud�ronse cort�smente; y uno de los que ven�an, que, en resoluci�n, era can�nigo de Toledo y se�or de los dem�s que le acompa�aban, viendo la concertada procesi�n del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura y barbero, y m�s a don Quijote, enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de preguntar qu� significaba llevar aquel hombre de aquella manera; aunque ya se hab�a dado a entender, viendo las insignias de los cuadrilleros, que deb�a de ser alg�n facinoroso salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la Santa Hermandad. Uno de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta, respondi� ans�:
— Se�or, lo que significa ir este caballero desta manera, d�galo �l, porque nosotros no lo sabemos.
Oy� don Quijote la pl�tica, y dijo:
— �Por dicha vuestras mercedes, se�ores caballeros, son versados y perictos en esto de la caballer�a andante? Porque si lo son, comunicar� con ellos mis desgracias, y si no, no hay para qu� me canse en decillas.
Y, a este tiempo, hab�an ya llegado el cura y el barbero, viendo que los caminantes estaban en pl�ticas con don Quijote de la Mancha, para responder de modo que no fuese descubierto su artificio.
El can�nigo, a lo que don Quijote dijo, respondi�:
— En verdad, hermano, que s� m�s de libros de caballer�as que de las S�mulas de Villalpando. Ans� que, si no est� m�s que en esto, seguramente pod�is comunicar conmigo lo que quisi�redes.
— A la mano de Dios —replic� don Quijote—. Pues as� es, quiero, se�or caballero, que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y fraude de malos encantadores; que la virtud m�s es perseguida de los malos que amada de los buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jam�s la Fama se acord� para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos cri� Persia, bracmanes la India, ginosofistas la Etiop�a, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar a la cumbre y alteza honrosa de las armas.
— Dice verdad el se�or don Quijote de la Mancha —dijo a esta saz�n el cura—; que �l va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por la mala intenci�n de aquellos a quien la virtud enfada y la valent�a enoja. �ste es, se�or, el Caballero de la Triste Figura, si ya le o�stes nombrar en alg�n tiempo, cuyas valerosas haza�as y grandes hechos ser�n escritas en bronces duros y en eternos m�rmoles, por m�s que se canse la envidia en escurecerlos y la malicia en ocultarlos.
Cuando el can�nigo oy� hablar al preso y al libre en semejante estilo, estuvo por hacerse la cruz, de admirado, y no pod�a saber lo que le hab�a acontencido; y en la mesma admiraci�n cayeron todos los que con �l ven�an. En esto, Sancho Panza, que se hab�a acercado a o�r la pl�tica, para adobarlo todo, dijo:
— Ahora, se�ores, qui�ranme bien o qui�ranme mal por lo que dijere, el caso de ello es que as� va encantado mi se�or don Quijote como mi madre; �l tiene su entero juicio, �l come y bebe y hace sus necesidades como los dem�s hombres, y como las hac�a ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ans�, �c�mo quieren hacerme a m� entender que va encantado? Pues yo he o�do decir a muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van a la mano, hablar� m�s que treinta procuradores.
Y, volvi�ndose a mirar al cura, prosigui� diciendo:
— �Ah se�or cura, se�or cura! �Pensaba vuestra merced que no le conozco, y pensar� que yo no calo y adivino ad�nde se encaminan estos nuevos encantamentos? Pues sepa que le conozco, por m�s que se encubra el rostro, y sepa que le entiendo, por m�s que disimule sus embustes. En fin, donde reina la envidia no puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la liberalidad. !Mal haya el diablo!; que, si por su reverencia no fuera, �sta fuera ya la hora que mi se�or estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo fuera conde, por lo menos, pues no se pod�a esperar otra cosa, as� de la bondad de mi se�or el de la Triste Figura como de la grandeza de mis servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se dice por ah�: que la rueda de la Fortuna anda m�s lista que una rueda de molino, y que los que ayer estaban en pinganitos hoy est�n por el suelo. De mis hijos y de mi mujer me pesa, pues cuando pod�an y deb�an esperar ver entrar a su padre por sus puertas hecho gobernador o visorrey de alguna �nsula o reino, le ver�n entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, se�or cura, no es m�s de por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento que a mi se�or se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta prisi�n de mi amo, y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes que mi se�or don Quijote deja de hacer en este tiempo que est� preso.
— �Ad�bame esos candiles! —dijo a este punto el barbero—. �Tambi�n vos, Sancho, sois de la cofrad�a de vuestro amo? �Vive el Se�or, que voy viendo que le hab�is de tener compa��a en la jaula, y que hab�is de quedar tan encantado como �l, por lo que os toca de su humor y de su caballer�a! En mal punto os empre�astes de sus promesas, y en mal hora se os entr� en los cascos la �nsula que tanto dese�is.
— Yo no estoy pre�ado de nadie —respondi� Sancho—, ni soy hombre que me dejar�a empre�ar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si �nsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto m�s gobernador de una �nsula, y m�s pudiendo ganar tantas mi se�or que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire c�mo habla, se�or barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. D�golo porque todos nos conocemos, y a m� no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y qu�dese aqu�, porque es peor meneallo.
No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus simplicidades lo que �l y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este mesmo temor, hab�a el cura dicho al can�nigo que caminasen un poco delante: que �l le dir�a el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto. H�zolo as� el can�nigo, y adelant�se con sus criados y con �l: estuvo atento a todo aquello que decirle quiso de la condici�n, vida, locura y costumbres de don Quijote, cont�ndole brevemente el principio y causa de su desvar�o, y todo el progreso de sus sucesos, hasta haberlo puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban de llevarle a su tierra, para ver si por alg�n medio hallaban remedio a su locura. Admir�ronse de nuevo los criados y el can�nigo de o�r la peregrina historia de don Quijote, y, en acab�ndola de o�r, dijo:
— Verdaderamente, se�or cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la rep�blica estos que llaman libros de caballer�as; y, aunque he le�do, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los m�s que hay impresos, jam�s me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me parece que, cu�l m�s, cu�l menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene m�s �ste que aqu�l, ni estotro que el otro. Y, seg�n a m� me parece, este g�nero de escritura y composici�n cae debajo de aquel de las f�bulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a ense�ar: al contrario de lo que hacen las f�bulas ap�logas, que deleitan y ense�an juntamente. Y, puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no s� yo c�mo puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates; que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la imaginaci�n le ponen delante; y toda cosa que tiene en s� fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues, �qu� hermosura puede haber, o qu� proporci�n de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro o f�bula donde un mozo de diez y seis a�os da una cuchillada a un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfe�ique; y que, cuando nos quieren pintar una batalla, despu�s de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un mill�n de competientes, como sea contra ellos el se�or del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal caballero alcanz� la vitoria por solo el valor de su fuerte brazo? Pues, �qu� diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? �Qu� ingenio, si no es del todo b�rbaro e inculto, podr� contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con pr�spero viento, y hoy anochece en Lombard�a, y ma�ana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en otras que ni las descubri� Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que as�, no est�n obligados a mirar en delicadezas ni verdades, responderles h�a yo que tanto la mentira es mejor cuanto m�s parece verdadera, y tanto m�s agrada cuanto tiene m�s de lo dudoso y posible. Hanse de casar las f�bulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribi�ndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo los �nimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiraci�n y la alegr�a juntas; y todas estas cosas no podr� hacer el que huyere de la verisimilitud y de la imitaci�n, en quien consiste la perfeci�n de lo que se escribe. No he visto ning�n libro de caballer�as que haga un cuerpo de f�bula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con tantos miembros, que m�s parece que llevan intenci�n a formar una quimera o un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en el estilo duros; en las haza�as, incre�bles; en los amores, lascivos; en las cortes�as, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la rep�blica cristiana, como a gente in�til.
El cura le estuvo escuchando con grande atenci�n, y pareci�le hombre de buen entendimiento, y que ten�a raz�n en cuanto dec�a; y as�, le dijo que, por ser �l de su mesma opini�n y tener ojeriza a los libros de caballer�as, hab�a quemado todos los de don Quijote, que eran muchos. Y cont�le el escrutinio que dellos hab�a hecho, y los que hab�a condenado al fuego y dejado con vida, de que no poco se ri� el can�nigo, y dijo que, con todo cuanto mal hab�a dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena: que era el sujeto que ofrec�an para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas; pintando un capit�n valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostr�ndose prudente previniendo las astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y tr�gico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; all� una hermos�sima dama, honesta, discreta y recatada; aqu� un caballero cristiano, valiente y comedido; acull� un desaforado b�rbaro fanfarr�n; ac� un pr�ncipe cort�s, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de se�ores. Ya puede mostrarse astr�logo, ya cosm�grafo excelente, ya m�sico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendr� ocasi�n de mostrarse nigromante, si quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valent�a de Aquiles, las desgracias de H�ctor, las traiciones de Sin�n, la amistad de Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de C�sar, la clemencia y verdad de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Cat�n; y, finalmente, todas aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un var�n ilustre, ahora poni�ndolas en uno solo, ahora dividi�ndolas en muchos.
— Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invenci�n, que tire lo m�s que fuere posible a la verdad, sin duda compondr� una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, despu�s de acabada, tal perfeci�n y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es ense�ar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse �pico, l�rico, tr�gico, c�mico, con todas aquellas partes que encierran en s� las dulc�simas y agradables ciencias de la poes�a y de la oratoria; que la �pica tambi�n puede escrebirse en prosa como en verso.
— As� es como vuestra merced dice, se�or can�nigo —dijo el cura—, y por esta causa son m�s dignos de reprehensi�n los que hasta aqu� han compuesto semejantes libros sin tener advertencia a ning�n buen discurso, ni al arte y reglas por donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso los dos pr�ncipes de la poes�a griega y latina.
— Yo, a lo menos —replic� el can�nigo—, he tenido cierta tentaci�n de hacer un libro de caballer�as, guardando en �l todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas m�s de cien hojas. Y para hacer la experiencia de si correspond�an a mi estimaci�n, las he comunicado con hombres apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, que s�lo atienden al gusto de o�r disparates, y de todos he hallado una agradable aprobaci�n; pero, con todo esto, no he proseguido adelante, as� por parecerme que hago cosa ajena de mi profesi�n, como por ver que es m�s el n�mero de los simples que de los prudentes; y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros. Pero lo que m�s me le quit� de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle, fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representa, diciendo: ''Si estas que ahora se usan, as� las imaginadas como las de historia, todas o las m�s son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que as� han de ser, porque as� las quiere el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la f�bula como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los dem�s se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les est� mejor ganar de comer con los muchos, que no opini�n con los pocos, deste modo vendr� a ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendr� a ser el sastre del cantillo''. Y, aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se enga�an en tener la opini�n que tienen, y que m�s gente atraer�n y m�s fama cobrar�n representando comedias que hagan el arte que no con las disparatadas, y est�n tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay raz�n ni evidencia que d�l los saque. Acu�rdome que un d�a dije a uno destos pertinaces: ''Decidme, �no os acord�is que ha pocos a�os que se representaron en Espa�a tres tragedias que compuso un famoso poeta destos reinos, las cuales fueron tales, que admiraron, alegraron y suspendieron a todos cuantos las oyeron, as� simples como prudentes, as� del vulgo como de los escogidos, y dieron m�s dineros a los representantes ellas tres solas que treinta de las mejores que despu�s ac� se han hecho?'' ''Sin duda —respondi� el autor que digo—, que debe de decir vuestra merced por La Isabela, La Filis y La Alejandra''. ''Por �sas digo — le repliqu� yo—; y mirad si guardaban bien los preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de agradar a todo el mundo. As� que no est� la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa. S�, que no fue disparate La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le hall� en la del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que de algunos entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y para ganancia de los que las han representado''. Y otras cosas a�ad� a �stas, con que, a mi parecer, le dej� algo confuso, pero no satisfecho ni convencido para sacarle de su errado pensamiento.
— En materia ha tocado vuestra merced, se�or can�nigo —dijo a esta saz�n el cura—, que ha despertado en m� un antiguo rancor que tengo con las comedias que agora se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballer�as; porque, habiendo de ser la comedia, seg�n le parece a Tulio, espejo de la vida humana, ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan son espejos de disparates, ejemplos de necedades e im�genes de lascivia. Porque, �qu� mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos que salir un ni�o en mantillas en la primera cena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho hombre barbado? Y �qu� mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo rect�rico, un paje consejero, un rey ganap�n y una princesa fregona? �Qu� dir�, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o pod�an suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que la primera jornada comenz� en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acab� en Africa, y ans� fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en Am�rica, y as� se hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitaci�n es lo principal que ha de tener la comedia, �c�mo es posible que satisfaga a ning�n mediano entendimiento que, fingiendo una acci�n que pasa en tiempo del rey Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan que fue el emperador Heraclio, que entr� con la Cruz en Jerusal�n, y el que gan� la Casa Santa, como Godofre de Bull�n, habiendo infinitos a�os de lo uno a lo otro; y fund�ndose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de historia, y mezclarle pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y tiempos, y esto, no con trazas veris�miles, sino con patentes errores de todo punto inexcusables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo perfecto, y que lo dem�s es buscar gullur�as. Pues, �qu� si venimos a las comedias divinas?: �qu� de milagros falsos fingen en ellas, qu� de cosas ap�crifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun en las humanas se atreven a hacer milagros, sin m�s respeto ni consideraci�n que parecerles que all� estar� bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman, para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobrio de los ingenios espa�oles; porque los estranjeros, que con mucha puntualidad guardan las leyes de la comedia, nos tienen por b�rbaros e ignorantes, viendo los absurdos y disparates de las que hacemos. Y no ser�a bastante disculpa desto decir que el principal intento que las rep�blicas bien ordenadas tienen, permitiendo que se hagan p�blicas comedias, es para entretener la comunidad con alguna honesta recreaci�n, y divertirla a veces de los malos humores que suele engendrar la ociosidad; y que, pues �ste se consigue con cualquier comedia, buena o mala, no hay para qu� poner leyes, ni estrechar a los que las componen y representan a que las hagan como deb�an hacerse, pues, como he dicho, con cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. A lo cual responder�a yo que este fin se conseguir�a mucho mejor, sin comparaci�n alguna, con las comedias buenas que con las no tales; porque, de haber o�do la comedia artificiosa y bien ordenada, saldr�a el oyente alegre con las burlas, ense�ado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el �nimo del que la escuchare, por r�stico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia que todas estas partes tuviere mucho m�s que aquella que careciere dellas, como por la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se representan. Y no tienen la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que conocen muy bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer; pero, como las comedias se han hecho mercader�a vendible, dicen, y dicen verdad, que los representantes no se las comprar�an si no fuesen de aquel jaez; y as�, el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su obra le pide. Y que esto sea verdad v�ase por muchas e infinitas comedias que ha compuesto un felic�simo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves sentencias y, finalmente, tan llenas de elocuci�n y alteza de estilo, que tiene lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la perfecci�n que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que despu�s de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse, temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos linajes. Y todos estos inconvinientes cesar�an, y aun otros muchos m�s que no digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que examinase todas las comedias antes que se representasen (no s�lo aquellas que se hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en Espa�a), sin la cual aprobaci�n, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase representar comedia alguna; y, desta manera, los comediantes tendr�an cuidado de enviar las comedias a la Corte, y con seguridad podr�an representallas, y aquellos que las componen mirar�an con m�s cuidado y estudio lo que hac�an, temorosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien lo entiende; y desta manera se har�an buenas comedias y se conseguir�a felic�simamente lo que en ellas se pretende: as� el entretenimiento del pueblo, como la opini�n de los ingenios de Espa�a, el inter�s y seguridad de los recitantes y el ahorro del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a este mismo, que examinase los libros de caballer�as que de nuevo se compusiesen, sin duda podr�an salir algunos con la perfecci�n que vuestra merced ha dicho, enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia, dando ocasi�n que los libros viejos se escureciesen a la luz de los nuevos que saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los m�s ocupados; pues no es posible que est� continuo el arco armado, ni la condici�n y flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna l�cita recreaci�n.
A este punto de su coloquio llegaban el can�nigo y el cura, cuando, adelant�ndose el barbero, lleg� a ellos, y dijo al cura:
— Aqu�, se�or licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que, sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.
— As� me lo parece a m� —respondi� el cura.
Y, dici�ndole al can�nigo lo que pensaba hacer, �l tambi�n quiso quedarse con ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les ofrec�a. Y, as� por gozar d�l como de la conversaci�n del cura, de quien ya iba aficionado, y por saber m�s por menudo las haza�as de don Quijote, mand� a algunos de sus criados que se fuesen a la venta, que no lejos de all� estaba, y trujesen della lo que hubiese de comer, para todos, porque �l determinaba de sestear en aquel lugar aquella tarde; a lo cual uno de sus criados respondi� que el ac�mila del repuesto, que ya deb�a de estar en la venta, tra�a recado bastante para no obligar a no tomar de la venta m�s que cebada.
— Pues as� es —dijo el can�nigo—, ll�vense all� todas las cabalgaduras, y haced volver la ac�mila.
En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que pod�a hablar a su amo sin la continua asistencia del cura y el barbero, que ten�a por sospechosos, se lleg� a la jaula donde iba su amo, y le dijo:
— Se�or, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca de su encantamento; y es que aquestos dos que vienen aqu� cubiertos los rostros son el cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta traza de llevalle desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra merced se les adelanta en hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta verdad, s�guese que no va encantado, sino emba�do y tonto. Para prueba de lo cual le quiero preguntar una cosa; y si me responde como creo que me ha de responder, tocar� con la mano este enga�o y ver� como no va encantado, sino trastornado el juicio.
— Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho —respondi� don Quijote—, que yo te satisfar� y responder� a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos que all� van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotos y conocidos, bien podr� ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me han encantado habr�n tomado esa apariencia y semejanza; porque es f�cil a los encantadores tomar la figura que se les antoja, y habr�n tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti ocasi�n de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones, que no aciertes a salir d�l, aunque tuvieses la soga de Teseo. Y tambi�n lo habr�n hecho para que yo vacile en mi entendimiento, y no sepa atinar de d�nde me viene este da�o; porque si, por una parte, t� me dices que me acompa�an el barbero y el cura de nuestro pueblo, y, por otra, yo me veo enjaulado, y s� de m� que fuerzas humanas, como no fueran sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, �qu� quieres que diga o piense sino que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he le�do en todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados? Ans� que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que dices, porque as� son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer preguntarme algo, di, que yo te responder�, aunque me preguntes de aqu� a ma�ana.
— �V�lame Nuestra Se�ora! —respondi� Sancho, dando una gran voz—. Y �es posible que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo, que no eche de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisi�n y desgracia tiene m�s parte la malicia que el encanto? Pero, pues as� es, yo le quiero probar evidentemente como no va encantado. Si no, d�game, as� Dios le saque desta tormenta, y as� se vea en los brazos de mi se�ora Dulcinea cuando menos se piense...
— Acaba de conjurarme —dijo don Quijote—, y pregunta lo que quisieres; que ya te he dicho que te responder� con toda puntualidad.
— Eso pido —replic� Sancho—; y lo que quiero saber es que me diga, sin a�adir ni quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la han de decir y la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra merced las profesa, debajo de t�tulo de caballeros andantes...
— Digo que no mentir� en cosa alguna —respondi� don Quijote—. Acaba ya de preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y prevenciones, Sancho.
— Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y as�, porque hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso despu�s que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse.
— No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; acl�rate m�s, si quieres que te responda derechamente.
— �Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.
— �Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. �S�came deste peligro, que no anda todo limpio!
— �Ah —dijo Sancho—; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como al alma y como a la vida. Venga ac�, se�or: �podr�a negar lo que com�nmente suele decirse por ah� cuando una persona est� de mala voluntad: "No s� qu� tiene fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a prop�sito a lo que le preguntan, que no parece sino que est� encantado"? De donde se viene a sacar que los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo digo, estos tales est�n encantados; pero no aquellos que tienen la gana que vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y responde a todo aquello que le preguntan.
— Verdad dices, Sancho —respondi� don Quijote—, pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamentos, y podr�a ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hac�an. De manera que contra el uso de los tiempos no hay que arg�ir ni de qu� hacer consecuencias. Yo s� y tengo para m� que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formar�a muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podr�a dar a muchos menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de ahora precisa y estrema necesidad.
— Pues, con todo eso —replic� Sancho—, digo que, para mayor abundancia y satisfaci�n, ser�a bien que vuestra merced probase a salir desta c�rcel, que yo me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y probase de nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que tambi�n parece que va encantado, seg�n va de malenc�lico y triste; y, hecho esto, prob�semos otra vez la suerte de buscar m�s aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, de encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced tan desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo.
— Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano —replic� don Quijote—; y cuando t� veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te obedecer� en todo y por todo; pero t�, Sancho, ver�s como te enga�as en el conocimiento de mi desgracia.
En estas pl�ticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el can�nigo y el barbero. Desunci� luego los bueyes de la carreta el boyero, y dej�los andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya frescura convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como don Quijote, sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el cual rog� al cura que permitiese que su se�or saliese por un rato de la jaula, porque si no le dejaban salir, no ir�a tan limpia aquella prisi�n como requir�a la decencia de un tal caballero como su amo. Entendi�le el cura, y dijo que de muy buena gana har�a lo que le ped�a si no temiera que, en vi�ndose su se�or en libertad, hab�a de hacer de las suyas, y irse donde jam�s gentes le viesen.
— Yo le f�o de la fuga —respondi� Sancho.
— Y yo y todo —dijo el can�nigo—; y m�s si �l me da la palabra, como caballero, de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.
— S� doy —respondi� don Quijote, que todo lo estaba escuchando—; cuanto m�s, que el que est� encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su persona lo que quisiere, porque el que le encant� le puede hacer que no se mueva de un lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le har� volver en volandas. —Y que, pues esto era as�, bien pod�an soltalle, y m�s, siendo tan en provecho de todos; y del no soltalle les protestaba que no pod�a dejar de fatigalles el olfato, si de all� no se desviaban.
Tom�le la mano el can�nigo, aunque las ten�a atadas, y, debajo de su buena fe y palabra, le desenjaularon, de que �l se alegr� infinito y en grande manera de verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo el cuerpo, y luego se fue donde estaba Rocinante, y, d�ndole dos palmadas en las ancas, dijo:
— A�n espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos, que presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; t�, con tu se�or a cuestas; y yo, encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me ech� al mundo.
Y, diciendo esto, don Quijote se apart� con Sancho en remota parte, de donde vino m�s aliviado y con m�s deseos de poner en obra lo que su escudero ordenase.
Mir�balo el can�nigo, y admir�base de ver la estra�eza de su grande locura, y de que, en cuanto hablaba y respond�a, mostraba tener bon�simo entendimiento: solamente ven�a a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en trat�ndole de caballer�a. Y as�, movido de compasi�n, despu�s de haberse sentado todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del can�nigo, le dijo:
— �Es posible, se�or hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa letura de los libros de caballer�as, que le hayan vuelto el juicio de modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste jaez, tan lejos de ser verdaderas como lo est� la mesma mentira de la verdad? Y �c�mo es posible que haya entendimiento humano que se d� a entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero, tanto emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafr�n, tanta doncella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes, tantas inauditas aventuras, tanto g�nero de encantamentos, tantas batallas, tantos desaforados encuentros, tanta bizarr�a de trajes, tantas princesas enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete, tanto requiebro, tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan disparatados casos como los libros de caballer�as contienen? De m� s� decir que, cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginaci�n en pensar que son todos mentira y liviandad, me dan alg�n contento; pero, cuando caigo en la cuenta de lo que son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con �l en el fuego si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la com�n naturaleza, y como a inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da ocasi�n que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se atreven a turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho, pues le han tra�do a t�rminos que sea forzoso encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro de bueyes, como quien trae o lleva alg�n le�n o alg�n tigre, de lugar en lugar, para ganar con �l dejando que le vean. �Ea, se�or don Quijote, du�lase de s� mismo, y red�zgase al gremio de la discreci�n, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de darle, empleando el felic�simo talento de su ingenio en otra letura que redunde en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todav�a, llevado de su natural inclinaci�n, quisiere leer libros de haza�as y de caballer�as, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que all� hallar� verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo Lusitania; un C�sar, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un conde Fern�n Gonz�lez, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fern�ndez, Andaluc�a; un Diego Garc�a de Paredes, Estremadura; un Garci P�rez de Vargas, Jerez; un Garcilaso, Toledo; un don Manuel de Le�n, Sevilla, cuya leci�n de sus valerosos hechos puede entretener, ense�ar, deleitar y admirar a los m�s altos ingenios que los leyeren. �sta s� ser� letura digna del buen entendimiento de vuestra merced, se�or don Quijote m�o, de la cual saldr� erudito en la historia, enamorado de la virtud, ense�ado en la bondad, mejorado en las costumbres, valiente sin temeridad, osado sin cobard�a, y todo esto, para honra de Dios, provecho suyo y fama de la Mancha; do, seg�n he sabido, trae vuestra merced su principio y origen.
Atent�simamente estuvo don Quijote escuchando las razones del can�nigo; y, cuando vio que ya hab�a puesto fin a ellas, despu�s de haberle estado un buen espacio mirando, le dijo:
— Par�ceme, se�or hidalgo, que la pl�tica de vuestra merced se ha encaminado a querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que todos los libros de caballer�as son falsos, mentirosos, da�adores e in�tiles para la rep�blica; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y m�s mal en imitarlos, habi�ndome puesto a seguir la dur�sima profesi�n de la caballer�a andante, que ellos ense�an, neg�ndome que no ha habido en el mundo Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las escrituras est�n llenas.
— Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando —dijo a est� saz�n el can�nigo.
A lo cual respondi� don Quijote:
— A�adi� tambi�n vuestra merced, diciendo que me hab�an hecho mucho da�o tales libros, pues me hab�an vuelto el juicio y pu�stome en una jaula, y que me ser�a mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros m�s verdaderos y que mejor deleitan y ense�an.
— As� es —dijo el can�nigo.
— Pues yo —replic� don Quijote— hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que el que la negase, como vuestra merced la niega, merec�a la mesma pena que vuestra merced dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar a entender a nadie que Amad�s no fue en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que est�n colmadas las historias, ser� querer persuadir que el sol no alumbra, ni el yelo enfr�a, ni la tierra sustenta; porque, �qu� ingenio puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue verdad lo de la infanta Floripes y Guy de Borgo�a, y lo de Fierabr�s con la puente de Mantible, que sucedi� en el tiempo de Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como es ahora de d�a? Y si es mentira, tambi�n lo debe de ser que no hubo H�ctor, ni Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Art�s de Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino por momentos. Y tambi�n se atrever�n a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son ap�crifos los amores de don Trist�n y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, habiendo personas que casi se acuerdan de haber visto a la due�a Quinta�ona, que fue la mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Breta�a. Y es esto tan ans�, que me acuerdo yo que me dec�a una mi ag�ela de partes de mi padre, cuando ve�a alguna due�a con tocas reverendas: ''Aqu�lla, nieto, se parece a la due�a Quinta�ona''; de donde arguyo yo que la debi� de conocer ella o, por lo menos, debi� de alcanzar a ver alg�n retrato suyo. Pues, �qui�n podr� negar no ser verdadera la historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy d�a se vee en la armer�a de los reyes la clavija con que volv�a al caballo de madera, sobre quien iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un tim�n de carreta? Y junto a la clavija est� la silla de Babieca, y en Roncesvalles est� el cuerno de Rold�n, tama�o como una grande viga: de donde se infiere que hubo Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,
d�stos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Si no, d�ganme tambi�n que no es verdad que fue caballero andante el valiente lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgo�a y se combati� en la ciudad de Ras con el famoso se�or de Charn�, llamado mos�n Pierres, y despu�s, en la ciudad de Basilea, con mos�n Enrique de Remest�n, saliendo de entrambas empresas vencedor y lleno de honrosa fama; y las aventuras y desaf�os que tambi�n acabaron en Borgo�a los valientes espa�oles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia yo deciendo por l�nea recta de var�n), venciendo a los hijos del conde de San Polo. Ni�guenme, asimesmo, que no fue a buscar las aventuras a Alemania don Fernando de Guevara, donde se combati� con micer Jorge, caballero de la casa del duque de Austria; digan que fueron burla las justas de Suero de Qui�ones, del Paso; las empresas de mos�n Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzm�n, caballero castellano, con otras muchas haza�as hechas por caballeros cristianos, d�stos y de los reinos estranjeros, tan aut�nticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecer�a de toda raz�n y buen discurso.
Admirado qued� el can�nigo de o�r la mezcla que don Quijote hac�a de verdades y mentiras, y de ver la noticia que ten�a de todas aquellas cosas tocantes y concernientes a los hechos de su andante caballer�a; y as�, le respondi�:
— No puedo yo negar, se�or don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes espa�oles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de Francia, pero no quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el arzobispo Turp�n dellos escribe; porque la verdad dello es que fueron caballeros escogidos por los reyes de Francia, a quien llamaron pares por ser todos iguales en valor, en calidad y en valent�a; a lo menos, si no lo eran, era raz�n que lo fuesen y era como una religi�n de las que ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone que los que la profesan han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes y bien nacidos; y, como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alc�ntara, dec�an en aquel tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce iguales los que para esta religi�n militar se escogieron. En lo de que hubo Cid no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las haza�as que dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced dice del conde Pierres, y que est� junto a la silla de Babieca en la armer�a de los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan corto de vista, que, aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y m�s siendo tan grande como vuestra merced ha dicho.
— Pues all� est�, sin duda alguna —replic� don Quijote—; y, por m�s se�as, dicen que est� metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.
— Todo puede ser —respondi� el can�nigo—; pero, por las �rdenes que receb�, que no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que est� all�, no por eso me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta turbamulta de caballeros como por ah� nos cuentan; ni es raz�n que un hombre como vuestra merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento, se d� a entender que son verdaderas tantas y tan estra�as locuras como las que est�n escritas en los disparatados libros de caballer�as.
— �Bueno est� eso! —respondi� don Quijote—. Los libros que est�n impresos con licencia de los reyes y con aprobaci�n de aquellos a quien se remitieron, y que con gusto general son le�dos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y caballeros, finalmente, de todo g�nero de personas, de cualquier estado y condici�n que sean, �hab�an de ser mentira?; y m�s llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las haza�as, punto por punto y d�a por d�a, que el tal caballero hizo, o caballeros hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y cr�ame que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino l�alos, y ver� el gusto que recibe de su leyenda. Si no, d�game: �hay mayor contento que ver, como si dij�semos: aqu� ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por �l muchas serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos g�neros de animales feroces y espantables, y que del medio del lago sale una voz trist�sima que dice: ''T�, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago est�s mirando, si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arr�jate en mitad de su negro y encendido licor; porque si as� no lo haces, no ser�s digno de ver las altas maravillas que en s� encierran y contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' �Y que, apenas el caballero no ha acabado de o�r la voz temerosa, cuando, sin entrar m�s en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomend�ndose a Dios y a su se�ora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata ni sabe d�nde ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los El�seos no tienen que ver en ninguna cosa? All� le parece que el cielo es m�s transparente, y que el sol luce con claridad m�s nueva; ofr�cesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos �rboles compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los o�dos el dulce y no aprendido canto de los peque�os, infinitos y pintados pajarillos que por los intricados ramos van cruzando. Aqu� descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que l�quidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acull� vee una artificiosa fuente de jaspe variado y de liso m�rmol compuesta; ac� vee otra a lo brutesco adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con las torcidas casas blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que all� la vence. Acull� de improviso se le descubre un fuerte castillo o vistoso alc�zar, cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas de jacintos; finalmente, �l es de tan admirable compostura que, con ser la materia de que est� formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rub�es, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de m�s estimaci�n su hechura. Y �hay m�s que ver, despu�s de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen n�mero de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, ser�a nunca acabar; y tomar luego la que parec�a principal de todas por la mano al atrevido caballero que se arroj� en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle palabra, dentro del rico alc�zar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le pari�, y ba�arle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ung�entos, y vestirle una camisa de cendal delgad�simo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mant�n sobre los hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele valer una ciudad, y aun m�s? �Qu� es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras todo esto, le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto concierto, que queda suspenso y admirado?; �qu�, el verle echar agua a manos, toda de �mbar y de olorosas flores distilada?; �qu�, el hacerle sentar sobre una silla de marfil?; �qu�, verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso silencio?; �qu�, el traerle tanta diferencia de manjares, tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cu�l deba de alargar la mano? �Cu�l ser� o�r la m�sica que en tanto que come suena, sin saberse qui�n la canta ni ad�nde suena? �Y, despu�s de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quiz� mond�ndose los dientes, como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho m�s hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y comenzar a darle cuenta de qu� castillo es aqu�l, y de c�mo ella est� encantada en �l, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que van leyendo su historia? No quiero alargarme m�s en esto, pues dello se puede colegir que cualquiera parte que se lea, de cualquiera historia de caballero andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y vuestra merced cr�ame, y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y ver� c�mo le destierran la melancol�a que tuviere, y le mejoran la condici�n, si acaso la tiene mala. De m� s� decir que, despu�s que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cort�s, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo, favoreci�ndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos d�as verme rey de alg�n reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi pecho encierra. Que, m�a fe, se�or, el pobre est� inhabilitado de poder mostrar la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el agradecimiento que s�lo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la fe sin obras. Por esto querr�a que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasi�n donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos, especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre del mundo, y querr�a darle un condado que le tengo muchos d�as ha prometido, sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado.
Casi estas �ltimas palabras oy� Sancho a su amo, a quien dijo:
— Trabaje vuestra merced, se�or don Quijote, en darme ese condado, tan prometido de vuestra merced como de m� esperado, que yo le prometo que no me falte a m� habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he o�do decir que hay hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los se�ores, y les dan un tanto cada a�o, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el se�or se est� a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse de otra cosa;
y as� har� yo, y no reparar� en tanto m�s cuanto, sino que luego me desistir� de todo, y me gozar� mi renta como un duque, y all� se lo hayan.
— Eso, hermano Sancho —dijo el can�nigo—, enti�ndese en cuanto al gozar la renta; empero, al administrar justicia, ha de atender el se�or del estado, y aqu� entra la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intenci�n de acertar; que si �sta falta en los principios, siempre ir�n errados los medios y los fines; y as� suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del discreto.
— No s� esas filosof�as —respondi� Sancho Panza—; mas s�lo s� que tan presto tuviese yo el condado como sabr�a regirle; que tanta alma tengo yo como otro, y tanto cuerpo como el que m�s, y tan rey ser�a yo de mi estado como cada uno del suyo; y, si�ndolo, har�a lo que quisiese; y, haciendo lo que quisiese, har�a mi gusto; y, haciendo mi gusto, estar�a contento; y, en estando uno contento, no tiene m�s que desear; y, no teniendo m�s que desear, acab�se; y el estado venga, y a Dios y ve�monos, como dijo un ciego a otro.
— No son malas filosof�as �sas, como t� dices, Sancho; pero, con todo eso, hay mucho que decir sobre esta materia de condados.
A lo cual replic� don Quijote:
— Yo no s� que haya m�s que decir; s�lo me gu�o por el ejemplo que me da el grande Amad�s de Gaula, que hizo a su escudero conde de la �nsula Firme; y as�, puedo yo, sin escr�pulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que es uno de los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.
Admirado qued� el can�nigo de los concertados disparates que don Quijote hab�a dicho, del modo con que hab�a pintado la aventura del Caballero del Lago, de la impresi�n que en �l hab�an hecho las pensadas mentiras de los libros que hab�a le�do; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho, que con tanto ah�nco deseaba alcanzar el condado que su amo le hab�a prometido.
Ya en esto, volv�an los criados del can�nigo, que a la venta hab�an ido por la ac�mila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde yerba del prado, a la sombra de unos �rboles se sentaron, y comieron all�, porque el boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho. Y, estando comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila, que por entre unas zarzas y espesas matas que all� junto estaban sonaba, y al mesmo instante vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada de negro, blanco y pardo. Tras ella ven�a un cabrero d�ndole voces, y dici�ndole palabras a su uso, para que se detuviese, o al reba�o volviese. La fugitiva cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como a favorecerse della, y all� se detuvo. Lleg� el cabrero, y, asi�ndola de los cuernos, como si fuera capaz de discurso y entendimiento, le dijo:
— �Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y c�mo and�is vos estos d�as de pie cojo! �Qu� lobos os espantan, hija? �No me dir�is qu� es esto, hermosa? Mas �qu� puede ser sino que sois hembra, y no pod�is estar sosegada; que mal haya vuestra condici�n, y la de todas aquellas a quien imit�is! Volved, volved, amiga; que si no tan contenta, a lo menos, estar�is m�s segura en vuestro aprisco, o con vuestras compa�eras; que si vos que las hab�is de guardar y encaminar and�is tan sin gu�a y tan descaminada, �en qu� podr�n parar ellas?
Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron, especialmente al can�nigo, que le dijo:
— Por vida vuestra, hermano, que os sosegu�is un poco y no os acuci�is en volver tan presto esa cabra a su reba�o; que, pues ella es hembra, como vos dec�s, ha de seguir su natural distinto, por m�s que vos os pong�is a estorbarlo. Tomad este bocado y bebed una vez, con que templar�is la c�lera, y en tanto, descansar� la cabra.
Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo fiambre, todo fue uno. Tom�lo y agradeci�lo el cabrero; bebi� y soseg�se, y luego dijo:
— No querr�a que por haber yo hablado con esta alima�a tan en seso, me tuviesen vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen de misterio las palabras que le dije. R�stico soy, pero no tanto que no entienda c�mo se ha de tratar con los hombres y con las bestias.
— Eso creo yo muy bien —dijo el cura—, que ya yo s� de esperiencia que los montes cr�an letrados y las caba�as de los pastores encierran fil�sofos.
— A lo menos, se�or —replic� el cabrero—, acogen hombres escarmentados; y para que cre�is esta verdad y la toqu�is con la mano, aunque parezca que sin ser rogado me convido, si no os enfad�is dello y quer�is, se�ores, un breve espacio prestarme o�do atento, os contar� una verdad que acredite lo que ese se�or (se�alando al cura) ha dicho, y la m�a.
A esto respondi� don Quijote:
— Por ver que tiene este caso un no s� qu� de sombra de aventura de caballer�a, yo, por mi parte, os oir�, hermano, de muy buena gana, y as� lo har�n todos estos se�ores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser amigos de curiosas novedades que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como, sin duda, pienso que lo ha de hacer vuestro cuento. Comenzad, pues, amigo, que todos escucharemos.
— Saco la m�a —dijo Sancho—; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada, donde pienso hartarme por tres d�as; porque he o�do decir a mi se�or don Quijote que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le ofreciere, hasta no poder m�s, a causa que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan intricada que no aciertan a salir della en seis d�as; y si el hombre no va harto, o bien prove�das las alforjas, all� se podr� quedar, como muchas veces se queda, hecho carne momia.
— T� est�s en lo cierto, Sancho —dijo don Quijote—: vete adonde quisieres, y come lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y s�lo me falta dar al alma su refacci�n, como se la dar� escuchando el cuento deste buen hombre.
— As� las daremos todos a las nuestras —dijo el can�nigo.
Y luego, rog� al cabrero que diese principio a lo que prometido hab�a. El cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos ten�a, dici�ndole:
— Recu�state junto a m�, Manchada, que tiempo nos queda para volver a nuestro apero.
Parece que lo entendi� la cabra, porque, en sent�ndose su due�o, se tendi� ella junto a �l con mucho sosiego, y, mir�ndole al rostro, daba a entender que estaba atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenz� su historia desta manera:
— �Tres leguas deste valle est� una aldea que, aunque peque�a, es de las m�s ricas que hay en todos estos contornos; en la cual hab�a un labrador muy honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, m�s lo era �l por la virtud que ten�a que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que le hac�a m�s dichoso, seg�n �l dec�a, era tener una hija de tan estremada hermosura, rara discreci�n, donaire y virtud, que el que la conoc�a y la miraba se admiraba de ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la hab�an enriquecido. Siendo ni�a fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en la edad de diez y seis a�os fue hermos�sima. La fama de su belleza se comenz� a estender por todas las circunvecinas aldeas, �qu� digo yo por las circunvecinas no m�s, si se estendi� a las apartadas ciudades, y aun se entr� por las salas de los reyes, y por los o�dos de todo g�nero de gente; que, como a cosa rara, o como a imagen de milagros, de todas partes a verla ven�an? Guard�bala su padre, y guard�base ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden a una doncella que las del recato proprio.
�La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, as� del pueblo como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas �l, como a quien tocaba disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber determinarse a qui�n la entregar�a de los infinitos que le importunaban. Y, entre los muchos que tan buen deseo ten�an, fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de buen suceso conocer que el padre conoc�a quien yo era, el ser natural del mismo pueblo, limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas partes la pidi� tambi�n otro del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner en balanza la voluntad del padre, a quien parec�a que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien empleada; y, por salir desta confusi�n, determin� dec�rselo a Leandra, que as� se llama la rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos �ramos iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas, sino que se las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto. No s� yo el que tuvo Leandra; s�lo s� que el padre nos entretuvo a entrambos con la poca edad de su hija y con palabras generales, que ni le obligaban, ni nos desobligaba tampoco. Ll�mase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin a�n est� pendiente; pero bien se deja entender que ser� desastrado.
�En esta saz�n, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre labrador del mismo lugar; el cual Vicente ven�a de las Italias, y de otras diversas partes, de ser soldado. Llev�le de nuestro lugar, siendo muchacho de hasta doce a�os, un capit�n que con su compa��a por all� acert� a pasar, y volvi� el mozo de all� a otros doce, vestido a la soldadesca, pintado con mil colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de acero. Hoy se pon�a una gala y ma�ana otra; pero todas sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo. La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y d�ndole el ocio lugar es la misma malicia, lo not�, y cont� punto por punto sus galas y preseas, y hall� que los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y medias; pero �l hac�a tantos guisados e invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera quien jurara que hab�a hecho muestra de m�s de diez pares de vestidos y de m�s de veinte plumajes. Y no parezca impertinencia y demas�a esto que de los vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.
�Sent�base en un poyo que debajo de un gran �lamo est� en nuestra plaza, y all� nos ten�a a todos la boca abierta, pendientes de las haza�as que nos iba contando. No hab�a tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde no se hubiese hallado; hab�a muerto m�s moros que tiene Marruecos y T�nez, y entrado en m�s singulares desaf�os, seg�n �l dec�a, que Gante y Luna, Diego Garc�a de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos hab�a salido con vitoria, sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre. Por otra parte, mostraba se�ales de heridas que, aunque no se divisaban, nos hac�a entender que eran arcabuzazos dados en diferentes rencuentros y faciones. Finalmente, con una no vista arrogancia, llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le conoc�an, y dec�a que su padre era su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser soldado, al mismo rey no deb�a nada. A�adi�sele a estas arrogancias ser un poco m�sico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera que dec�an algunos que la hac�a hablar; pero no pararon aqu� sus gracias, que tambi�n la ten�a de poeta, y as�, de cada ni�er�a que pasaba en el pueblo, compon�a un romance de legua y media de escritura.
�Este soldado, pues, que aqu� he pintado, este Vicente de la Rosa, este bravo, este gal�n, este m�sico, este poeta fue visto y mirado muchas veces de Leandra, desde una ventana de su casa que ten�a la vista a la plaza. Enamor�la el oropel de sus vistosos trajes, encant�ronla sus romances, que de cada uno que compon�a daba veinte traslados, llegaron a sus o�dos las haza�as que �l de s� mismo hab�a referido, y, finalmente, que as� el diablo lo deb�a de tener ordenado, ella se vino a enamorar d�l, antes que en �l naciese presunci�n de solicitalla. Y, como en los casos de amor no hay ninguno que con m�s facilidad se cumpla que aquel que tiene de su parte el deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra y Vicente; y, primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la cuenta de su deseo, ya ella le ten�a cumplido, habiendo dejado la casa de su querido y amado padre, que madre no la tiene, y ausent�dose de la aldea con el soldado, que sali� con m�s triunfo desta empresa que de todas las muchas que �l se aplicaba.
�Admir� el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que d�l noticia tuvieron; yo qued� suspenso, Anselmo, at�nito, el padre triste, sus parientes afrentados, sol�cita la justicia, los cuadrilleros listos; tom�ronse los caminos, escudri��ronse los bosques y cuanto hab�a, y, al cabo de tres d�as, hallaron a la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin muchos dineros y precios�simas joyas que de su casa hab�a sacado. Volvi�ronla a la presencia del lastimado padre; pregunt�ronle su desgracia; confes� sin apremio que Vicente de la Roca la hab�a enga�ado, y debajo de su palabra de ser su esposo la persuadi� que dejase la casa de su padre; que �l la llevar�a a la m�s rica y m�s viciosa ciudad que hab�a en todo el universo mundo, que era N�poles; y que ella, mal advertida y peor enga�ada, le hab�a cre�do; y, robando a su padre, se le entreg� la misma noche que hab�a faltado; y que �l la llev� a un �spero monte, y la encerr� en aquella cueva donde la hab�an hallado. Cont� tambi�n como el soldado, sin quitalle su honor, le rob� cuanto ten�a, y la dej� en aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiraci�n a todos.
�Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirm� con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le hab�an dejado a su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que jam�s se cobre. El mismo d�a que pareci� Leandra la despareci� su padre de nuestros ojos, y la llev� a encerrar en un monesterio de una villa que est� aqu� cerca, esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opini�n en que su hija se puso. Los pocos a�os de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos que no les iba alg�n inter�s en que ella fuese mala o buena; pero los que conoc�an su discreci�n y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinaci�n de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.
�Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin tener cosa que mirar que contento le diese; los m�os en tinieblas, sin luz que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra, crec�a nuestra tristeza, apoc�base nuestra paciencia, maldec�amos las galas del soldado y abomin�bamos del poco recato del padre de Leandra. Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde �l, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas proprias, y yo un numeroso reba�o de cabras, tambi�n m�as, pasamos la vida entre los �rboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando solos y a solas comunicando con el cielo nuestras querellas.
�A imitaci�n nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han venido a estos �speros montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia, seg�n est� colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en �l donde no se oiga el nombre de la hermosa Leandra. �ste la maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta; aqu�l la condena por f�cil y ligera; tal la absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condici�n, y, en fin, todos la deshonran, y todos la adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje de desd�n sin haberla jam�s hablado, y aun quien se lamente y sienta la rabiosa enfermedad de los celos, que ella jam�s dio a nadie; porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco de pe�a, ni margen de arroyo, ni sombra de �rbol que no est� ocupada de alg�n pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qu� tememos. Entre estos disparatados, el que muestra que menos y m�s juicio tiene es mi competidor Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, s�lo se queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro camino m�s f�cil, y a mi parecer el m�s acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.� Y �sta fue la ocasi�n, se�ores, de las palabras y razones que dije a esta cabra cuando aqu� llegu�; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero. �sta es la historia que promet� contaros; si he sido en el contarla prolijo, no ser� en serviros corto: cerca de aqu� tengo mi majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabros�simo queso, con otras varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al gusto agradables.
General gusto caus� el cuento del cabrero a todos los que escuchado le hab�an; especialmente le recibi� el can�nigo, que con estra�a curiosidad not� la manera con que le hab�a contado, tan lejos de parecer r�stico cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y as�, dijo que hab�a dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio; pero el que m�s se mostr� liberal en esto fue don Quijote, que le dijo:
— Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos la tuvi�rades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna, debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que hici�rades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las leyes de la caballer�a, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Se�or que no ha de poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda m�s la de otro encantador mejor intencionado, y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesi�n, que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.
Mir�le el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura, admir�se y pregunt� al barbero, que cerca de s� ten�a:
— Se�or, �qui�n es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?
— �Qui�n ha de ser —respondi� el barbero— sino el famoso don Quijote de la Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?
— Eso me semeja —respondi� el cabrero— a lo que se lee en los libros de caballeros andantes, que hac�an todo eso que de este hombre vuestra merced dice; puesto que para m� tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil hombre debe de tener vac�os los aposentos de la cabeza.
— Sois un grand�simo bellaco —dijo a esta saz�n don Quijote—; y vos sois el vac�o y el menguado, que yo estoy m�s lleno que jam�s lo estuvo la muy hideputa puta que os pari�.
Y, diciendo y haciendo, arrebat� de un pan que junto a s� ten�a, y dio con �l al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remach� las narices; mas el cabrero, que no sab�a de burlas, viendo con cu�ntas veras le maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a todos aquellos que comiendo estaban, salt� sobre don Quijote, y, asi�ndole del cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con �l encima de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudi� a subirse sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de Sancho, andaba buscando a gatas alg�n cuchillo de la mesa para hacer alguna sanguinolenta venganza, pero estorb�banselo el can�nigo y el cura; mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogi� debajo de s� a don Quijote, sobre el cual llovi� tanto n�mero de mojicones, que del rostro del pobre caballero llov�a tanta sangre como del suyo.
Reventaban de risa el can�nigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en pendencia est�n trabados; s�lo Sancho Panza se desesperaba, porque no se pod�a desasir de un criado del can�nigo, que le estorbaba que a su amo no ayudase.
En resoluci�n, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes que se carp�an, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo volver los rostros hacia donde les pareci� que sonaba; pero el que m�s se alborot� de o�rle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su voluntad y m�s que medianamente molido, le dijo:
— Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las m�as, ru�gote que hagamos treguas, no m�s de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros o�dos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dej� luego, y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se o�a, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco, a modo de diciplinantes.
Era el caso que aquel a�o hab�an las nubes negado su roc�o a la tierra, y por todos los lugares de aquella comarca se hac�an procesiones, rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que all� junto estaba ven�a en procesi�n a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle hab�a.
Don Quijote, que vio los estra�os trajes de los diciplinantes, sin pasarle por la memoria las muchas veces que los hab�a de haber visto, se imagin� que era cosa de aventura, y que a �l solo tocaba, como a caballero andante, el acometerla; y confirm�le m�s esta imaginaci�n pensar que una imagen que tra�an cubierta de luto fuese alguna principal se�ora que llevaban por fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cay� en las mientes, con gran ligereza arremeti� a Rocinante, que paciendo andaba, quit�ndole del arz�n el freno y el adarga, y en un punto le enfren�, y, pidiendo a Sancho su espada, subi� sobre Rocinante y embraz� su adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes estaban:
— Agora, valerosa compa��a, veredes cu�nto importa que haya en el mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballer�a; agora digo que veredes, en la libertad de aquella buena se�ora que all� va cautiva, si se han de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apret� los muslos a Rocinante, porque espuelas no las ten�a, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera historia que jam�s la diese Rocinante, se fue a encontrar con los diciplinantes, bien que fueran el cura y el can�nigo y barbero a detenelle; mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo:
— �Ad�nde va, se�or don Quijote? �Qu� demonios lleva en el pecho, que le incitan a ir contra nuestra fe cat�lica? Advierta, mal haya yo, que aqu�lla es procesi�n de diciplinantes, y que aquella se�ora que llevan sobre la peana es la imagen bendit�sima de la Virgen sin mancilla; mire, se�or, lo que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.
Fatig�se en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los ensabanados y en librar a la se�ora enlutada, que no oy� palabra; y, aunque la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Lleg�, pues, a la procesi�n, y par� a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco, y, con turbada y ronca voz, dijo:
— Vosotros, que, quiz� por no ser buenos, os encubr�s los rostros, atended y escuchad lo que deciros quiero.
Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de los cuatro cl�rigos que cantaban las ledan�as, viendo la estra�a catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que not� y descubri� en don Quijote, le respondi� diciendo:
— Se�or hermano, si nos quiere decir algo, d�galo presto, porque se van estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es raz�n que nos detengamos a o�r cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se diga.
— En una lo dir� —replic� don Quijote—, y es �sta: que luego al punto dej�is libre a esa hermosa se�ora, cuyas l�grimas y triste semblante dan claras muestras que la llev�is contra su voluntad y que alg�n notorio desaguisado le habedes fecho; y yo, que nac� en el mundo para desfacer semejantes agravios, no consentir� que un solo paso adelante pase sin darle la deseada libertad que merece.
En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote deb�a de ser alg�n hombre loco, y tom�ronse a re�r muy de gana; cuya risa fue poner p�lvora a la c�lera de don Quijote, porque, sin decir m�s palabra, sacando la espada, arremeti� a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus compa�eros, sali� al encuentro de don Quijote, enarbolando una horquilla o bast�n con que sustentaba las andas en tanto que descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada que le tir� don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el �ltimo tercio, que le qued� en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.
Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, vi�ndole ca�do, dio voces a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero encantado, que no hab�a hecho mal a nadie en todos los d�as de su vida. Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que don Quijote no bull�a pie ni mano; y as�, creyendo que le hab�a muerto, con priesa se alz� la t�nica a la cinta, y dio a huir por la campa�a como un gamo.
Ya en esto llegaron todos los de la compa��a de don Quijote adonde �l estaba; y m�s los de la procesi�n, que los vieron venir corriendo, y con ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron alg�n mal suceso, y hici�ronse todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los capirotes, empu�ando las diciplinas, y los cl�rigos los ciriales, esperaban el asalto con determinaci�n de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su se�or, haciendo sobre �l el m�s doloroso y risue�o llanto del mundo, creyendo que estaba muerto.
El cura fue conocido de otro cura que en la procesi�n ven�a, cuyo conocimiento puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de qui�n era don Quijote, y as� �l como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con l�grimas en los ojos, dec�a:
— �Oh flor de la caballer�a, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus tan bien gastados a�os! �Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando t� en �l, quedar� lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechor�as! �Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me ten�as dada la mejor �nsula que el mar ci�e y rodea! �Oh humilde con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivi� don Quijote, y la primer palabra que dijo fue:
— El que de vos vive ausente, dulc�sima Dulcinea, a mayores miserias que �stas est� sujeto. Ay�dame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho pedazos.
— Eso har� yo de muy buena gana, se�or m�o —respondi� Sancho—, y volvamos a mi aldea en compa��a destos se�ores, que su bien desean, y all� daremos orden de hacer otra salida que nos sea de m�s provecho y fama.
— Bien dices, Sancho —respondi� don Quijote—, y ser� gran prudencia dejar pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.
El can�nigo y el cura y barbero le dijeron que har�a muy bien en hacer lo que dec�a; y as�, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes ven�a. La procesi�n volvi� a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se despidi� de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pag� lo que se les deb�a. El can�nigo pidi� al cura le avisase el suceso de don Quijote, si sanaba de su locura o si prosegu�a en ella, y con esto tom� licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante, que a todo lo que hab�a visto estaba con tanta paciencia como su amo.
El boyero unci� sus bueyes y acomod� a don Quijote sobre un haz de heno, y con su acostumbrada flema sigui� el camino que el cura quiso, y a cabo de seis d�as llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del d�a, que acert� a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual atraves� el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro ven�a, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron maravillados, y un muchacho acudi� corriendo a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su t�o y su se�or ven�a flaco y amarillo, y tendido sobre un mont�n de heno y sobre un carro de bueyes. Cosa de l�stima fue o�r los gritos que las dos buenas se�oras alzaron, las bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos libros de caballer�as; todo lo cual se renov� cuando vieron entrar a don Quijote por sus puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudi� la mujer de Sancho Panza, que ya hab�a sabido que hab�a ido con �l sirvi�ndole de escudero, y, as� como vio a Sancho, lo primero que le pregunt� fue que si ven�a bueno el asno. Sancho respondi� que ven�a mejor que su amo.
— Gracias sean dadas a Dios —replic� ella—, que tanto bien me ha hecho; pero contadme agora, amigo: �qu� bien hab�is sacado de vuestras escuder�as?, �qu� saboyana me traes a m�?, �qu� zapaticos a vuestros hijos?
— No traigo nada deso —dijo Sancho—, mujer m�a, aunque traigo otras cosas de m�s momento y consideraci�n.
— Deso recibo yo mucho gusto —respondi� la mujer—; mostradme esas cosas de m�s consideraci�n y m�s momento, amigo m�o, que las quiero ver, para que se me alegre este coraz�n, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia.
— En casa os las mostrar�, mujer —dijo Panza—, y por agora estad contenta, que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me ver�is presto conde o gobernador de una �nsula, y no de las de por ah�, sino la mejor que pueda hallarse.
— Qui�ralo as� el cielo, marido m�o; que bien lo habemos menester. Mas, decidme: �qu� es eso de �nsulas, que no lo entiendo?
— No es la miel para la boca del asno —respondi� Sancho—; a su tiempo lo ver�s, mujer, y aun te admirar�s de o�rte llamar Se�or�a de todos tus vasallos.
— �Qu� es lo que dec�s, Sancho, de se�or�as, �nsulas y vasallos? —respondi� Juana Panza, que as� se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.
— No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo verdad, y cose la boca. S�lo te sabr� decir, as� de paso, que no hay cosa m�s gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las m�s que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querr�a, porque de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. S�lo yo de expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudri�ando selvas, pisando pe�as, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreci�n, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maraved�.
Todas estas pl�ticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y le tendieron en su antiguo lecho. Mir�balas �l con ojos atravesados, y no acababa de entender en qu� parte estaba. El cura encarg� a la sobrina tuviese gran cuenta con regalar a su t�o, y que estuviesen alerta de que otra vez no se les escapase, contando lo que hab�a sido menester para traelle a su casa. Aqu� alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; all� se renovaron las maldiciones de los libros de caballer�as, all� pidieron al cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas de que se hab�an de ver sin su amo y t�o en el mesmo punto que tuviese alguna mejor�a; y s� fue como ellas se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras aut�nticas; s�lo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez que sali� de su casa, fue a Zaragoza, donde se hall� en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y all� le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo m�dico que ten�a en su poder una caja de plomo, que, seg�n �l dijo, se hab�a hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se hab�an hallado unos pergaminos escritos con letras g�ticas, pero en versos castellanos, que conten�an muchas de sus haza�as y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres.
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aqu� pone el fidedigno autor desta nueva y jam�s vista historia. El cual autor no pide a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le cost� inquerir y buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo cr�dito que suelen dar los discretos a los libros de caballer�as, que tan validos andan en el mundo; que con esto se tendr� por bien pagado y satisfecho, y se animar� a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo menos de tanta invenci�n y pasatiempo.
Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se hall� en la caja de plomo eran �stas:
LOS ACAD�MICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,
HOC SCRIPSERUNT:
EL MONICONGO, ACAD�MICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
El calvatrueno que adorn� a la Mancha
de m�s despojos que Jas�n decreta;
el j�icio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que lleg� del Catay hasta Gaeta,
la musa m�s horrenda y m�s discreta
que grab� versos en la bronc�nea plancha,
el que a cola dej� los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarr�a,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fr�a.
DEL PANIAGUADO, ACAD�MICO DE LA ARGAMASILLA,
In laudem Dulcineae del Toboso
Soneto
Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y adem�n brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pis� por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Mont�el, hasta el herboso
llano de Aranj�ez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, �oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos a�os,
ella dej�, muriendo, de ser bella;
y �l, aunque queda en m�rmores escrito,
no pudo huir de amor, iras y enga�os.
DEL CAPRICHOSO, DISCRET�SIMO ACAD�MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
fren�tico, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
�nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amad�s se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunf� mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
do Belona preside, y d�l se precia,
m�s que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.
DEL BURLADOR, ACAD�MICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA
Soneto
DEL CACHIDIABLO, ACAD�MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
Aqu� yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llev� Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace tambi�n junto a �l,
escudero el m�s f�el
que vio el trato de escudero.
DEL TIQUITOC, ACAD�MICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO
Epitafio
Reposa aqu� Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvi� en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.
�stos fueron los versos que se pudieron leer; los dem�s, por estar carcomida la letra, se entregaron a un acad�mico para que por conjeturas los declarase. Ti�nese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y que tiene intenci�n de sacallos a luz, con esperanza de la tercera salida de don Quijote.
Forsi altro canter� con miglior plectio.
Finis
Yo, Hernando de Vallejo, escribano de C�mara del Rey nuestro se�or, de los que residen en su Consejo, doy fe que, habi�ndose visto por los se�ores d�l un libro que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don Quijote de la Mancha, Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso, le tasaron a cuatro maraved�s cada pliego en papel, el cual tiene setenta y tres pliegos, que al dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos maraved�s, y mandaron que esta tasa se ponga al principio de cada volumen del dicho libro, para que se sepa y entienda lo que por �l se ha de pedir y llevar, sin que se exceda en ello en manera alguna, como consta y parece por el auto y decreto original sobre ello dado, y que queda en mi poder, a que me refiero; y de mandamiento de los dichos se�ores del Consejo y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes, di esta fee en Madrid, a veinte y uno d�as del mes de otubre del mil y seiscientos y quince a�os.
Hernando de Vallejo.
Vi este libro intitulado Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en �l cosa digna de notar que no corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de otubre, mil y seiscientos y quince.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
APROBACI�N
Por comisi�n y mandado de los se�ores del Consejo, he hecho ver el libro contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, antes es libro de mucho entretenimiento l�cito, mezclado de mucha filosof�a moral; pu�desele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a cinco de noviembre de mil seiscientos y quince.
Doctor Gutierre de Cetina.
APROBACI�N
Por comisi�n y mandado de los se�ores del Consejo, he visto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no contiene cosa contra nuestra santa fe cat�lica, ni buenas costumbres, antes, muchas de honesta recreaci�n y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a sus rep�blicas, pues aun en la severa de los lacedemonios levantaron estatua a la risa, y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido de Bosio, libro II De signis Ecclesiae, cap. 10, alentando �nimos marchitos y esp�ritus melanc�licos, de que se acord� Tulio en el primero De legibus, y el poeta diciendo:
Interpone tuis interdum gaudia curis,
lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el anzuelo de la reprehensi�n, y cumpliendo con el acertado asunto en que pretende la expulsi�n de los libros de caballer�as, pues con su buena diligencia ma�osamente alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos, es obra muy digna de su grande ingenio, honra y lustre de nuestra naci�n, admiraci�n y invidia de las estra�as. �ste es mi parecer, salvo etc. En Madrid, a 17 de marzo de 1615.
El maestro Josef de Valdivielso.
APROBACI�N
Por comisi�n del se�or doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hallo en �l cosa indigna de un cristiano celo, ni que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales; antes, mucha erudici�n y aprovechamiento, as� en la continencia de su bien seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballer�as, cuyo contagio hab�a cundido m�s de lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectaci�n, vicio con raz�n aborrecido de hombres cuerdos; y en la correci�n de vicios que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprehensi�n cristiana, que aquel que fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas gustosamente habr� bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestaci�n de su vicio, con que se hallar�, que es lo m�s dif�cil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a prop�sito lo �til con lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo imitar a Di�genes en lo fil�sofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo c�nico, entreg�ndose a maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio que tocan de su �spera reprehensi�n, y por ventura descubren caminos para seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no reprehensores, a lo menos maestros d�l. H�cense odiosos a los bien entendidos, con el pueblo pierden el cr�dito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo tiempo est�n dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes, algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya aplicaci�n, el atentado y docto m�dico consigue el fin de resolverlas, t�rmino que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de Cervantes, as� nuestra naci�n como las estra�as, pues como a milagro desean ver el autor de libros que con general aplauso, as� por su decoro y decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido Espa�a, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en veinte y cinco de febrero deste a�o de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustr�simo se�or don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi se�or, a pagar la visita que a Su Ilustr�sima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de sus pr�ncipes y los de Espa�a, muchos caballeros franceses, de los que vinieron acompa�ando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a m� y a otros capellanes del cardenal mi se�or, deseosos de saber qu� libros de ingenio andaban m�s validos; y, tocando acaso en �ste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimaci�n en que, as� en Francia como en los reinos sus confinantes, se ten�an sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la primera parte d�sta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrec� llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Pregunt�ronme muy por menor su edad, su profesi�n, calidad y cantidad. Hall�me obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondi� estas formales palabras: ''Pues, �a tal hombre no le tiene Espa�a muy rico y sustentado del erario p�blico?'' Acudi� otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo �l pobre, haga rico a todo el mundo''. Bien creo que est�, para censura, un poco larga; alguno dir� que toca los l�mites de lisonjero elogio; mas la verdad de lo que cortamente digo deshace en el cr�tico la sospecha y en m� el cuidado; adem�s que el d�a de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qu� cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de febrero de mil y seiscientos y quince.
El licenciado M�rquez Torres.
PRIVILEGIO
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha relaci�n que hab�ades compuesto la Segunda parte de don Quijote de la Mancha, de la cual hac�ades presentaci�n, y, por ser libro de historia agradable y honesta, y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos suplicastes os mand�semos dar licencia para le poder imprimir y privilegio por veinte a�os, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hizo la diligencia que la prem�tica por nos sobre ello fecha dispone, fue acordado que deb�amos mandar dar esta nuestra c�dula en la dicha raz�n, y nos tuv�moslo por bien. Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por tiempo y espacio de diez a�os, cumplidos primeros siguientes, que corran y se cuenten desde el d�a de la fecha de esta nuestra c�dula en adelante, vos, o la persona que para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, pod�is imprimir y vender el dicho libro que desuso se hace menci�n; y por la presente damos licencia y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombr�redes para que durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo, nuestro escribano de C�mara, y uno de los que en �l residen, con que antes y primero que se venda lo traig�is ante ellos, juntamente con el dicho original, para que se vea si la dicha impresi�n est� conforme a �l, o traig�is fe en p�blica forma c�mo, por corretor por nos nombrado, se vio y corrigi� la dicha impresi�n por el dicho original, y m�s al dicho impresor que ans� imprimiere el dicho libro no imprima el principio y primer pliego d�l, ni entregue m�s de un solo libro con el original al autor y persona a cuya costa lo imprimiere, ni a otra alguna, para efecto de la dicha correci�n y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro est� corregido y tasado por los del nuestro Consejo, y estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, en el cual imediatamente ponga esta nuestra licencia y la aprobaci�n, tasa y erratas, ni lo pod�is vender ni vend�is vos ni otra persona alguna, hasta que est� el dicho libro en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en la dicha prem�tica y leyes de nuestros reinos que sobre ello disponen; y m�s, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que d�l tuviere, y m�s incurra en pena de cincuenta mil maraved�s por cada vez que lo contrario hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra C�mara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte par el que lo denunciare; y m�s a los del nuestro Consejo, presidentes, oidores de las nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y Chanciller�as, y a otras cualesquiera justicias de todas las ciudades, villas y lugares de los nuestros reinos y se�or�os, y a cada uno en su juridici�n, ans� a los que agora son como a los que ser�n de aqu� adelante, que vos guarden y cumplan esta nuestra c�dula y merced, que ans� vos hacemos, y contra ella no vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil maraved�s para la nuestra C�mara. Dada en Madrid, a treinta d�as del mes de marzo de mil y seiscientos y quince a�os.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro se�or:
Pedro de Contreras.
�V�lame Dios, y con cu�nta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este pr�logo, creyendo hallar en �l venganzas, ri�as y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen que se engendr� en Tordesillas y naci� en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan la c�lera en los m�s humildes pechos, en el m�o ha de padecer excepci�n esta regla. Quisieras t� que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: cast�guele su pecado, con su pan se lo coma y all� se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por m�, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la m�s alta ocasi�n que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimaci�n de los que saben d�nde se cobraron; que el soldado m�s bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en m� de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facci�n prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que gu�an a los dem�s al cielo de la honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con los a�os.
He sentido tambi�n que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me describa qu� cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y, siendo esto as�, como lo es, no tengo yo de perseguir a ning�n sacerdote, y m�s si tiene por a�adidura ser familiar del Santo Oficio; y si �l lo dijo por quien parece que lo dijo, enga��se de todo en todo: que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupaci�n continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este se�or autor el decir que mis novelas son m�s sat�ricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.
Par�ceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los t�rminos de mi modestia, sabiendo que no se ha a�adir aflici�n al afligido, y que la que debe de tener este se�or sin duda es grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traici�n de lesa majestad. Si, por ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado: que bien s� lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmaci�n desto, quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:
�Hab�a en Sevilla un loco que dio en el m�s gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un ca�uto de ca�a puntiagudo en el fin, y, en cogiendo alg�n perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le cog�a el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor pod�a le acomodaba el ca�uto en la parte que, sopl�ndole, le pon�a redondo como una pelota; y, en teni�ndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: ''�Pensar�n vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?''�
�Pensar� vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?
Y si este cuento no le cuadrare, dir�sle, lector amigo, �ste, que tambi�n es de loco y de perro:
�Hab�a en C�rdoba otro loco, que ten�a por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de m�rmol, o un canto no muy liviano, y, en topando alg�n perro descuidado, se le pon�a junto, y a plomo dejaba caer sobre �l el peso. Amohin�base el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedi�, pues, que, entre los perros que descarg� la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quer�a mucho su due�o. Baj� el canto, diole en la cabeza, alz� el grito el molido perro, violo y sinti�lo su amo, asi� de una vara de medir, y sali� al loco y no le dej� hueso sano; y cada palo que le daba dec�a: ''Perro ladr�n, �a mi podenco? �No viste, cruel, que era podenco mi perro?'' Y, repiti�ndole el nombre de podenco muchas veces, envi� al loco hecho una alhe�a. Escarment� el loco y retir�se, y en m�s de un mes no sali� a la plaza; al cabo del cual tiempo, volvi� con su invenci�n y con m�s carga. Lleg�base donde estaba el perro, y, mir�ndole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, dec�a: ''Este es podenco: �guarda!'' En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, dec�a que eran podencos; y as�, no solt� m�s el canto.�
Quiz� de esta suerte le podr� acontecer a este historiador: que no se atrever� a soltar m�s la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son m�s duros que las pe�as.
Dile tambi�n que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, no se me da un ardite, que, acomod�ndome al entrem�s famoso de La Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi se�or, y Cristo con todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad, bien conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y v�vame la suma caridad del ilustr�simo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y siquiera no haya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra m� m�s libros que tienen letras las Coplas de Mingo Revulgo. Estos dos pr�ncipes, sin que los solicite adulaci�n m�a ni otro g�nero de aplauso, por sola su bondad, han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por m�s dichoso y m�s rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto en su cumbre. La honra pu�dela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud d� alguna luz de s�, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles esp�ritus, y, por el consiguiente, favorecida.
Y no le digas m�s, ni yo quiero decirte m�s a ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo art�fice y del mesmo pa�o que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta tambi�n que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas, hace que no se estimen, y la carest�a, aun de las malas, se estima en algo. Olv�daseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de Galatea.
Enviando a Vuestra Excelencia los d�as pasados mis comedias, antes impresas que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si �l all� llega, me parece que habr� hecho alg�n servicio a Vuestra Excelencia, porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le env�e para quitar el h�mago y la n�usea que ha causado otro don Quijote, que, con nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que m�s ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en lengua chinesca habr� un mes que me escribi� una carta con un propio, pidi�ndome, o, por mejor decir, suplic�ndome se le enviase, porque quer�a fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quer�a que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con esto, me dec�a que fuese yo a ser el rector del tal colegio.
Pregunt�le al portador si Su Majestad le hab�a dado para m� alguna ayuda de costa. Respondi�me que ni por pensamiento. ''Pues, hermano —le respond� yo—, vos os pod�is volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que ven�s despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; adem�s que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y monarca por monarca, en N�poles tengo al grande conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rector�as, me sustenta, me ampara y hace m�s merced que la que yo acierto a desear''.
Con esto le desped�, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien dar� fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el m�s malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el m�s malo, porque, seg�n la opini�n de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad posible.
Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estar� Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de Vuestra Excelencia. De Madrid, �ltimo de otubre de mil seiscientos y quince.
Criado de Vuestra Excelencia,
Miguel de Cervantes Saavedra.
Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encarg�ndolas tuviesen cuenta con regalarle, d�ndole a comer cosas confortativas y apropiadas para el coraz�n y el celebro, de donde proced�a, seg�n buen discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que as� lo hac�an, y lo har�an, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su se�or por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que hab�an acertado en haberle tra�do encantado en el carro de los bueyes, como se cont� en la primera parte desta tan grande como puntual historia, en su �ltimo cap�tulo. Y as�, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su mejor�a, aunque ten�an casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no tocarle en ning�n punto de la andante caballer�a, por no ponerse a peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.
Visit�ronle, en fin, y hall�ronle sentado en la cama, vestida una almilla de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y amojamado, que no parec�a sino hecho de carne momia. Fueron d�l muy bien recebidos, pregunt�ronle por su salud, y �l dio cuenta de s� y de ella con mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su pl�tica vinieron a tratar en esto que llaman raz�n de estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y condenando aqu�l, reformando una costumbre y desterrando otra, haci�ndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Sol�n flamante; y de tal manera renovaron la rep�blica, que no pareci� sino que la hab�an puesto en una fragua, y sacado otra de la que pusieron; y habl� don Quijote con tanta discreci�n en todas las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Hall�ronse presentes a la pl�tica la sobrina y ama, y no se hartaban de dar gracias a Dios de ver a su se�or con tan buen entendimiento; pero el cura, mudando el prop�sito primero, que era de no tocarle en cosa de caballer�as, quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era falsa o verdadera, y as�, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas que hab�an venido de la corte; y, entre otras, dijo que se ten�a por cierto que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sab�a su designio, ni ad�nde hab�a de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que casi cada a�o nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y Su Majestad hab�a hecho proveer las costas de N�poles y Sicilia y la isla de Malta. A esto respondi� don Quijote:
— Su Majestad ha hecho como prudent�simo guerrero en proveer sus estados con tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi consejo, aconsej�rale yo que usara de una prevenci�n, de la cual Su Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oy� esto el cura, cuando dijo entre s�:
— �Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te despe�as de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad!
Mas el barbero, que ya hab�a dado en el mesmo pensamiento que el cura, pregunt� a don Quijote cu�l era la advertencia de la prevenci�n que dec�a era bien se hiciese; quiz� podr�a ser tal, que se pusiese en la lista de los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los pr�ncipes.
— El m�o, se�or rapador —dijo don Quijote—, no ser� impertinente, sino perteneciente.
— No lo digo por tanto —replic� el barbero—, sino porque tiene mostrado la esperiencia que todos o los m�s arbitrios que se dan a Su Majestad, o son imposibles, o disparatados, o en da�o del rey o del reino.
— Pues el m�o —respondi� don Quijote— ni es imposible ni disparatado, sino el m�s f�cil, el m�s justo y el m�s ma�ero y breve que puede caber en pensamiento de arbitrante alguno.
— Ya tarda en decirle vuestra merced, se�or don Quijote —dijo el cura.
— No querr�a —dijo don Quijote— que le dijese yo aqu� agora, y amaneciese ma�ana en los o�dos de los se�ores consejeros, y se llevase otro las gracias y el premio de mi trabajo.
— Por m� —dijo el barbero—, doy la palabra, para aqu� y para delante de Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre terrenal, juramento que aprend� del romance del cura que en el prefacio avis� al rey del ladr�n que le hab�a robado las cien doblas y la su mula la andariega.
— No s� historias —dijo don Quijote—, pero s� que es bueno ese juramento, en fee de que s� que es hombre de bien el se�or barbero.
— Cuando no lo fuera —dijo el cura—, yo le abono y salgo por �l, que en este caso no hablar� m�s que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.
— Y a vuestra merced, �qui�n le f�a, se�or cura? —dijo don Quijote.
— Mi profesi�n —respondi� el cura—, que es de guardar secreto.
— �Cuerpo de tal! —dijo a esta saz�n don Quijote—. �Hay m�s, sino mandar Su Majestad por p�blico preg�n que se junten en la corte para un d�a se�alado todos los caballeros andantes que vagan por Espa�a; que, aunque no viniesen sino media docena, tal podr�a venir entre ellos, que solo bastase a destruir toda la potestad del Turco? Est�nme vuestras mercedes atentos, y vayan conmigo. �Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ej�rcito de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, d�ganme: �cu�ntas historias est�n llenas destas maravillas? �Hab�a, en hora mala para m�, que no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belian�s, o alguno de los del inumerable linaje de Amad�s de Gaula; que si alguno d�stos hoy viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia! Pero Dios mirar� por su pueblo, y deparar� alguno que, si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, a lo menos no les ser� inferior en el �nimo; y Dios me entiende, y no digo m�s.
— �Ay! —dijo a este punto la sobrina—; �que me maten si no quiere mi se�or volver a ser caballero andante!
A lo que dijo don Quijote:
— Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando �l quisiere y cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta saz�n dijo el barbero:
— Suplico a vuestras mercedes que se me d� licencia para contar un cuento breve que sucedi� en Sevilla, que, por venir aqu� como de molde, me da gana de contarle.
Dio la licencia don Quijote, y el cura y los dem�s le prestaron atenci�n, y �l comenz� desta manera:
— �En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes hab�an puesto all� por falto de juicio. Era graduado en c�nones por Osuna, pero, aunque lo fuera por Salamanca, seg�n opini�n de muchos, no dejara de ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos a�os de recogimiento, se dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginaci�n escribi� al arzobispo, suplic�ndole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que viv�a, pues por la misericordia de Dios hab�a ya cobrado el juicio perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le ten�an all�, y, a pesar de la verdad, quer�an que fuese loco hasta la muerte.
�El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mand� a un capell�n suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que aquel licenciado le escrib�a, y que asimesmo hablase con el loco, y que si le pareciese que ten�a juicio, le sacase y pusiese en libertad. H�zolo as� el capell�n, y el retor le dijo que aquel hombre a�n se estaba loco: que, puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras discreciones, como se pod�a hacer la esperiencia habl�ndole. Quiso hacerla el capell�n, y, poni�ndole con el loco, habl� con �l una hora y m�s, y en todo aquel tiempo jam�s el loco dijo raz�n torcida ni disparatada; antes, habl� tan atentadamente, que el capell�n fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo fue que el retor le ten�a ojeriza, por no perder los regalos que sus parientes le hac�an porque dijese que a�n estaba loco, y con l�cidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia ten�a era su mucha hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, pon�an dolo y dudaban de la merced que Nuestro Se�or le hab�a hecho en volverle de bestia en hombre. Finalmente, �l habl� de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y desalmados a sus parientes, y a �l tan discreto que el capell�n se determin� a llev�rsele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de aquel negocio.
�Con esta buena fee, el buen capell�n pidi� al retor mandase dar los vestidos con que all� hab�a entrado el licenciado; volvi� a decir el retor que mirase lo que hac�a, porque, sin duda alguna, el licenciado a�n se estaba loco. No sirvieron de nada para con el capell�n las prevenciones y advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeci� el retor, viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y, como �l se vio vestido de cuerdo y desnudo de loco, suplic� al capell�n que por caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compa�eros los locos. El capell�n dijo que �l le quer�a acompa�ar y ver los locos que en la casa hab�a. Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le dijo: ''Hermano m�o, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza en �l, que, pues a m� me ha vuelto a mi primero estado, tambi�n le volver� a �l si en �l conf�a. Yo tendr� cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y c�malos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los est�magos vac�os y los celebros llenos de aire. Esfu�rcese, esfu�rcese, que el descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.
�Todas estas razones del licenciado escuch� otro loco que estaba en otra jaula, frontero de la del furioso, y, levant�ndose de una estera vieja donde estaba echado y desnudo en cueros, pregunt� a grandes voces qui�n era el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondi�: ''Yo soy, hermano, el que me voy; que ya no tengo necesidad de estar m�s aqu�, por lo que doy infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''. ''Mirad lo que dec�s, licenciado, no os enga�e el diablo —replic� el loco—; sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorrar�is la vuelta''. ''Yo s� que estoy bueno —replic� el licenciado—, y no habr� para qu� tornar a andar estaciones''. ''�Vos bueno? —dijo el loco—: agora bien, ello dir�; andad con Dios, pero yo os voto a J�piter, cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella, que quede memoria d�l por todos los siglos del los siglos, am�n. �No sabes t�, licenciadillo menguado, que lo podr� hacer, pues, como digo, soy J�piter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en �l ni en todo su distrito y contorno por tres enteros a�os, que se han de contar desde el d�a y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. �T� libre, t� sano, t� cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? As� pienso llover como pensar ahorcarme''.
�A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos, pero nuestro licenciado, volvi�ndose a nuestro capell�n y asi�ndole de las manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, se�or m�o, ni haga caso de lo que este loco ha dicho, que si �l es J�piter y no quisiere llover, yo, que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, llover� todas las veces que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondi� el capell�n: ''Con todo eso, se�or Neptuno, no ser� bien enojar al se�or J�piter: vuestra merced se quede en su casa, que otro d�a, cuando haya m�s comodidad y m�s espacio, volveremos por vuestra merced''. Ri�se el retor y los presentes, por cuya risa se medio corri� el capell�n; desnudaron al licenciado, qued�se en casa y acab�se el cuento.�
— Pues, ��ste es el cuento, se�or barbero —dijo don Quijote—, que, por venir aqu� como de molde, no pod�a dejar de contarle? �Ah, se�or rapista, se�or rapista, y cu�n ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y �es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, se�or barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo; s�lo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que est� en no renovar en s� el felic�simo tiempo donde campeaba la orden de la andante caballer�a. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los hu�rfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los m�s de los caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos, arrimado a su lanza, s�lo procure descabezar, como dicen, el sue�o, como lo hac�an los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que, saliendo deste bosque, entre en aquella monta�a, y de all� pise una est�ril y desierta playa del mar, las m�s veces proceloso y alterado, y, hallando en ella y en su orilla un peque�o batel sin remos, vela, m�stil ni jarcia alguna, con intr�pido coraz�n se arroje en �l, entreg�ndose a las implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan al abismo; y �l, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y m�s leguas distante del lugar donde se embarc�, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valent�a y la te�rica de la pr�ctica de las armas, que s�lo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los andantes caballeros. Si no, d�ganme: �qui�n m�s honesto y m�s valiente que el famoso Amad�s de Gaula?; �qui�n m�s discreto que Palmer�n de Inglaterra?; �qui�n m�s acomodado y manual que Tirante el Blanco?; �qui�n m�s gal�n que Lisuarte de Grecia?; �qui�n m�s acuchillado ni acuchillador que don Belian�s?; �qui�n m�s intr�pido que Peri�n de Gaula, o qui�n m�s acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o qui�n m�s sincero que Esplandi�n?; �qui�n mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; �qui�n m�s bravo que Rodamonte?; �qui�n m�s prudente que el rey Sobrino?; �qui�n m�s atrevido que Reinaldos?; �qui�n m�s invencible que Rold�n?; y �qui�n m�s gallardo y m�s cort�s que Rugero, de quien decienden hoy los duques de Ferrara, seg�n Turp�n en su Cosmograf�a? Todos estos caballeros, y otros muchos que pudiera decir, se�or cura, fueron caballeros andantes, luz y gloria de la caballer�a. D�stos, o tales como �stos, quisiera yo que fueran los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capell�n della; y si su J�piter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aqu� estoy yo, que llover� cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el se�or Bac�a que le entiendo.
— En verdad, se�or don Quijote —dijo el barbero—, que no lo dije por tanto, y as� me ayude Dios como fue buena mi intenci�n, y que no debe vuestra merced sentirse.
— Si puedo sentirme o no —respondi� don Quijote—, yo me lo s�.
A esto dijo el cura:
— Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera quedar con un escr�pulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo que aqu� el se�or don Quijote ha dicho.
— Para otras cosas m�s —respondi� don Quijote— tiene licencia el se�or cura; y as�, puede decir su escr�pulo, porque no es de gusto andar con la conciencia escrupulosa.
— Pues con ese benepl�cito —respondi� el cura—, digo que mi escr�pulo es que no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros andantes que vuestra merced, se�or don Quijote, ha referido, hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino que todo es ficci�n, f�bula y mentira, y sue�os contados por hombres despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.
— �se es otro error —respondi� don Quijote— en que han ca�do muchos, que no creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces, con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad este casi com�n enga�o; pero algunas veces no he salido con mi intenci�n, y otras s�, sustent�ndola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amad�s de Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a Amad�s pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensi�n que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las haza�as que hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosof�a sus faciones, sus colores y estaturas.
— �Que tan grande le parece a vuestra merced, mi se�or don Quijote —pregunt� el barbero—, deb�a de ser el gigante Morgante?
— En esto de gigantes —respondi� don Quijote— hay diferentes opiniones, si los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un �tomo en la verdad, nos muestra que los hubo, cont�ndonos la historia de aquel filisteazo de Gol�as, que ten�a siete codos y medio de altura, que es una desmesurada grandeza. Tambi�n en la isla de Sicilia se han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus due�os, y tan grandes como grandes torres; que la geometr�a saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabr� decir con certidumbre qu� tama�o tuviese Morgante, aunque imagino que no debi� de ser muy alto; y mu�veme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace menci�n particular de sus haza�as que muchas veces dorm�a debajo de techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro est� que no era desmesurada su grandeza.
— As� es —dijo el cura.
El cual, gustando de o�rle decir tan grandes disparates, le pregunt� que qu� sent�a acerca de los rostros de Reinaldos de Montalb�n y de don Rold�n, y de los dem�s Doce Pares de Francia, pues todos hab�an sido caballeros andantes.
— De Reinaldos —respondi� don Quijote— me atrevo a decir que era ancho de rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y col�rico en demas�a, amigo de ladrones y de gente perdida. De Rold�n, o Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias, soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno de rostro y barbitahe�o, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.
— Si no fue Rold�n m�s gentilhombre que vuestra merced ha dicho —replic� el cura—, no fue maravilla que la se�ora Ang�lica la Bella le desde�ase y dejase por la gala, br�o y donaire que deb�a de tener el morillo barbiponiente a quien ella se entreg�; y anduvo discreta de adamar antes la blandura de Medoro que la aspereza de Rold�n.
— Esa Ang�lica —respondi� don Quijote—, se�or cura, fue una doncella destra�da, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dej� el mundo de sus impertinencias como de la fama de su hermosura: despreci� mil se�ores, mil valientes y mil discretos, y content�se con un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que guard� a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no atreverse, o por no querer cantar lo que a esta se�ora le sucedi� despu�s de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la dej� donde dijo:
Y como del Catay recibi� el cetro,
quiz� otro cantar� con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profec�a; que los poetas tambi�n se llaman vates, que quiere decir adivinos. V�ese esta verdad clara, porque, despu�s ac�, un famoso poeta andaluz llor� y cant� sus l�grimas, y otro famoso y �nico poeta castellano cant� su hermosura.
— D�game, se�or don Quijote —dijo a esta saz�n el barbero—, �no ha habido alg�n poeta que haya hecho alguna s�tira a esa se�ora Ang�lica, entre tantos como la han alabado?
— Bien creo yo —respondi� don Quijote— que si Sacripante o Rold�n fueran poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y natural de los poetas desde�ados y no admitidos de sus damas fingidas —o fingidas, en efeto, de aqu�llos a quien ellos escogieron por se�oras de sus pensamientos—, vengarse con s�tiras y libelos (venganza, por cierto, indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia ning�n verso infamatorio contra la se�ora Ang�lica, que trujo revuelto el mundo.
— �Milagro! —dijo el cura.
Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya hab�an dejado la conversaci�n, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.
Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza, que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defend�an la puerta:
— �Qu� quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi se�or, y le lleva por esos andurriales.
A lo que Sancho respondi�:
— Ama de Satan�s, el sonsacado, y el destra�do, y el llevado por esos andurriales soy yo, que no tu amo; �l me llev� por esos mundos, y vosotras os enga��is en la mitad del justo precio: �l me sac� de mi casa con enga�ifas, prometi�ndome una �nsula, que hasta agora la espero.
— Malas �nsulas te ahoguen —respondi� la sobrina—, Sancho maldito. Y �qu� son �nsulas? �Es alguna cosa de comer, golosazo, comil�n, que t� eres?
— No es de comer —replic� Sancho—, sino de gobernar y regir mejor que cuatro ciudades y que cuatro alcaldes de corte.
— Con todo eso —dijo el ama—, no entrar�is ac�, saco de maldades y costal de malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y dejaos de pretender �nsulas ni �nsulos.
Grande gusto receb�an el cura y el barbero de o�r el coloquio de los tres; pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase alg�n mont�n de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estar�an bien a su cr�dito, le llam�, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar. Entr� Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya salud desesperaron, viendo cu�n puesto estaba en sus desvariados pensamientos, y cu�n embebido en la simplicidad de sus malandantes caballer�as; y as�, dijo el cura al barbero:
— Vos ver�is, compadre, c�mo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra vez a volar la ribera.
No pongo yo duda en eso —respondi� el barbero—, pero no me maravillo tanto de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan cre�do tiene aquello de la �nsula, que creo que no se lo sacar�n del casco cuantos desenga�os pueden imaginarse.
— Dios los remedie —dijo el cura—, y estemos a la mira: veremos en lo que para esta m�quina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras del se�or, sin las necedades del criado, no val�an un ardite.
— As� es —dijo el barbero—, y holgara mucho saber qu� tratar�n ahora los dos.
— Yo seguro —respondi� el cura— que la sobrina o el ama nos lo cuenta despu�s, que no son de condici�n que dejar�n de escucharlo.
En tanto, don Quijote se encerr� con Sancho en su aposento; y, estando solos, le dijo:
— Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqu� de tus casillas, sabiendo que yo no me qued� en mis casas: juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a m� me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
— Eso estaba puesto en raz�n —respondi� Sancho—, porque, seg�n vuestra merced dice, m�s anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus escuderos.
— Eng��aste, Sancho —dijo don Quijote—; seg�n aquello, quando caput dolet..., etc�tera.
— No entiendo otra lengua que la m�a —respondi� Sancho.
— Quiero decir —dijo don Quijote— que, cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; y as�, siendo yo tu amo y se�or, soy tu cabeza, y t� mi parte, pues eres mi criado; y, por esta raz�n, el mal que a m� me toca, o tocare, a ti te ha de doler, y a m� el tuyo.
— As� hab�a de ser —dijo Sancho—, pero cuando a m� me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza detr�s de las bardas, mir�ndome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros est�n obligados a dolerse del mal de la cabeza, hab�a de estar obligada ella a dolerse dellos.
— �Querr�s t� decir agora, Sancho —respondi� don Quijote—, que no me dol�a yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses; pues m�s dolor sent�a yo entonces en mi esp�ritu que t� en tu cuerpo. Pero dejemos esto aparte por agora, que tiempo habr� donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: �qu� es lo que dicen de m� por ese lugar? �En qu� opini�n me tiene el vulgo, en qu� los hidalgos y en qu� los caballeros? �Qu� dicen de mi valent�a, qu� de mis haza�as y qu� de mi cortes�a? �Qu� se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus o�dos; y esto me has de decir sin a�adir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales es decir la verdad a sus se�ores en su ser y figura propia, sin que la adulaci�n la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que sepas, Sancho, que si a los o�dos de los pr�ncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correr�an, otras edades ser�an tenidas por m�s de hierro que la nuestra, que entiendo que, de las que ahora se usan, es la dorada. S�rvate este advertimiento, Sancho, para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis o�dos la verdad de las cosas que supieres de lo que te he preguntado.
— Eso har� yo de muy buena gana, se�or m�o —respondi� Sancho—, con condici�n que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a mi noticia.
— En ninguna manera me enojar� —respondi� don Quijote—. Bien puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo alguno.
— Pues lo primero que digo —dijo—, es que el vulgo tiene a vuestra merced por grand�simo loco, y a m� por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que, no conteni�ndose vuestra merced en los l�mites de la hidalgu�a, se ha puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un trapo atr�s y otro adelante. Dicen los caballeros que no querr�an que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.
— Eso —dijo don Quijote— no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien vestido, y jam�s remendado; roto, bien podr�a ser; y el roto, m�s de las armas que del tiempo.
— En lo que toca —prosigui� Sancho— a la valent�a, cortes�a, haza�as y asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco, pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cort�s, pero impertinente"; y por aqu� van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a m� nos dejan hueso sano.
— Mira, Sancho —dijo don Quijote—: dondequiera que est� la virtud en eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dej� de ser calumniado de la malicia. Julio C�sar, animos�simo, prudent�simo y valent�simo capit�n, fue notado de ambicioso y alg�n tanto no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus haza�as le alcanzaron el renombre de Magno, dicen d�l que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De H�rcules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amad�s de Gaula, se murmura que fue m�s que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llor�n. As� que, �oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar las m�as, como no sean m�s de las que has dicho.
— �Ah� est� el toque, cuerpo de mi padre! —replic� Sancho.
— Pues, �hay m�s? —pregunt� don Quijote.
— A�n la cola falta por desollar —dijo Sancho—. Lo de hasta aqu� son tortas y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las calo�as que le ponen, yo le traer� aqu� luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche lleg� el hijo de Bartolom� Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, y�ndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a m� en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la se�ora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado c�mo las pudo saber el historiador que las escribi�.
— Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser alg�n sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
— Y �c�mo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (seg�n dice el bachiller Sans�n Carrasco, que as� se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
— Ese nombre es de moro —respondi� don Quijote.
— As� ser� —respondi� Sancho—, porque por la mayor parte he o�do decir que los moros son amigos de berenjenas.
— T� debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en ar�bigo quiere decir se�or.
— Bien podr�a ser —replic� Sancho—, mas, si vuestra merced gusta que yo le haga venir aqu�, ir� por �l en volandas.
— Har�sme mucho placer, amigo —dijo don Quijote—, que me tiene suspenso lo que me has dicho, y no comer� bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.
— Pues yo voy por �l —respondi� Sancho.
Y, dejando a su se�or, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvi� de all� a poco espacio, y entre los tres pasaron un gracios�simo coloquio.
Pensativo adem�s qued� don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de quien esperaba o�r las nuevas de s� mismo puestas en libro, como hab�a dicho Sancho; y no se pod�a persuadir a que tal historia hubiese, pues a�n no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que hab�a muerto, y ya quer�an que anduviesen en estampa sus altas caballer�as. Con todo eso, imagin� que alg�n sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de encantamento las habr� dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las m�s se�aladas de caballero andante; si enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de las m�s viles que de alg�n vil escudero se hubiesen escrito, puesto —dec�a entre s�— que nunca haza�as de escuderos se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza hab�a de ser grand�locua, alta, insigne, magn�fica y verdadera.
Con esto se consol� alg�n tanto, pero desconsol�le pensar que su autor era moro, seg�n aquel nombre de Cide; y de los moros no se pod�a esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Tem�ase no hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su se�ora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la hab�a guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo a raya los �mpetus de los naturales movimientos; y as�, envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibi� con mucha cortes�a.
Era el bachiller, aunque se llamaba Sans�n, no muy grande de cuerpo, aunque muy gran socarr�n, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendr�a hasta veinte y cuatro a�os, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, se�ales todas de ser de condici�n maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo mostr� en viendo a don Quijote, poni�ndose delante d�l de rodillas, dici�ndole:
— D�me vuestra grandeza las manos, se�or don Quijote de la Mancha; que, por el h�bito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras �rdenes que las cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los m�s famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habr�, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dej� escritas, y rebi�n haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de ar�bigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las gentes.
H�zole levantar don Quijote, y dijo:
— Desa manera, �verdad es que hay historia m�a, y que fue moro y sabio el que la compuso?
— Es tan verdad, se�or —dijo Sans�n—, que tengo para m� que el d�a de hoy est�n impresos m�s de doce mil libros de la tal historia; si no, d�galo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se est� imprimiendo en Amberes, y a m� se me trasluce que no ha de haber naci�n ni lengua donde no se traduzga.
— Una de las cosas —dijo a esta saz�n don Quijote— que m�s debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualar�.
— Si por buena fama y si por buen nombre va —dijo el bachiller—, solo vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo la gallard�a de vuestra merced, el �nimo grande en acometer los peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, as� en las desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan plat�nicos de vuestra merced y de mi se�ora do�a Dulcinea del Toboso.
— Nunca —dijo a este punto Sancho Panza— he o�do llamar con don a mi se�ora Dulcinea, sino solamente la se�ora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada la historia.
— No es objeci�n de importancia �sa —respondi� Carrasco.
— No, por cierto —respondi� don Quijote—; pero d�game vuestra merced, se�or bachiller: �qu� haza�as m�as son las que m�s se ponderan en esa historia?
— En eso —respondi� el bachiller—, hay diferentes opiniones, como hay diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento, que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; �ste, a la descripci�n de los dos ej�rcitos, que despu�s parecieron ser dos manadas de carneros; aqu�l encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso vizca�no.
— D�game, se�or bachiller —dijo a esta saz�n Sancho—: �entra ah� la aventura de los yang�eses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antoj� pedir cotufas en el golfo?
— No se le qued� nada —respondi� Sans�n— al sabio en el tintero: todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.
— En la manta no hice yo cabriolas —respondi� Sancho—; en el aire s�, y aun m�s de las que yo quisiera.
— A lo que yo imagino —dijo don Quijote—, no hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballer�as, las cuales nunca pueden estar llenas de pr�speros sucesos.
— Con todo eso —respondi� el bachiller—, dicen algunos que han le�do la historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al se�or don Quijote.
— Ah� entra la verdad de la historia —dijo Sancho.
— Tambi�n pudieran callarlos por equidad —dijo don Quijote—, pues las acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qu� escribirlas, si han de redundar en menosprecio del se�or de la historia. A fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero.
— As� es —replic� Sans�n—, pero uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron, sino como deb�an ser; y el historiador las ha de escribir, no como deb�an ser, sino como fueron, sin a�adir ni quitar a la verdad cosa alguna.
— Pues si es que se anda a decir verdades ese se�or moro —dijo Sancho—, a buen seguro que entre los palos de mi se�or se hallen los m�os; porque nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen a m� de todo el cuerpo; pero no hay de qu� maravillarme, pues, como dice el mismo se�or m�o, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.
— Socarr�n sois, Sancho —respondi� don Quijote—. A fee que no os falta memoria cuando vos quer�is tenerla.
— Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado —dijo Sancho—, no lo consentir�n los cardenales, que a�n se est�n frescos en las costillas.
— Callad, Sancho —dijo don Quijote—, y no interrump�is al se�or bachiller, a quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de m� en la referida historia.
— Y de m� —dijo Sancho—, que tambi�n dicen que soy yo uno de los principales presonajes della.
— Personajes que no presonajes, Sancho amigo —dijo Sans�n.
— �Otro reprochador de voquibles tenemos? —dijo Sancho—. Pues �ndense a eso, y no acabaremos en toda la vida.
— Mala me la d� Dios, Sancho —respondi� el bachiller—, si no sois vos la segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia m�s o�ros hablar a vos que al m�s pintado de toda ella, puesto que tambi�n hay quien diga que anduvistes demasiadamente de cr�dulo en creer que pod�a ser verdad el gobierno de aquella �nsula, ofrecida por el se�or don Quijote, que est� presente.
— A�n hay sol en las bardas —dijo don Quijote—, y, mientras m�s fuere entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los a�os, estar� m�s id�neo y m�s h�bil para ser gobernador que no est� agora.
— Por Dios, se�or —dijo Sancho—, la isla que yo no gobernase con los a�os que tengo, no la gobernar� con los a�os de Matusal�n. El da�o est� en que la dicha �nsula se entretiene, no s� d�nde, y no en faltarme a m� el caletre para gobernarla.
— Encomendadlo a Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que todo se har� bien, y quiz� mejor de lo que vos pens�is; que no se mueve la hoja en el �rbol sin la voluntad de Dios.
— As� es verdad —dijo Sans�n—, que si Dios quiere, no le faltar�n a Sancho mil islas que gobernar, cuanto m�s una.
— Gobernador he visto por ah� —dijo Sancho— que, a mi parecer, no llegan a la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman se�or�a, y se sirven con plata.
— �sos no son gobernadores de �nsulas —replic� Sans�n—, sino de otros gobiernos m�s manuales; que los que gobiernan �nsulas, por lo menos han de saber gram�tica.
— Con la grama bien me avendr�a yo —dijo Sancho—, pero con la tica, ni me tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en las manos de Dios, que me eche a las partes donde m�s de m� se sirva, digo, se�or bachiller Sans�n Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el autor de la historia haya hablado de m� de manera que no enfadan las cosas que de m� se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de m� cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos hab�an de o�r los sordos.
— Eso fuera hacer milagros —respondi� Sans�n.
— Milagros o no milagros —dijo Sancho—, cada uno mire c�mo habla o c�mo escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene al mag�n.
— Una de las tachas que ponen a la tal historia —dijo el bachiller— es que su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la historia de su merced del se�or don Quijote.
— Yo apostar� —replic� Sancho— que ha mezclado el hideperro berzas con capachos.
— Ahora digo —dijo don Quijote— que no ha sido sabio el autor de mi historia, sino alg�n ignorante hablador, que, a tiento y sin alg�n discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hac�a Orbaneja, el pintor de �beda, al cual pregunt�ndole qu� pintaba, respondi�: ''Lo que saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras g�ticas escribiese junto a �l: "�ste es gallo". Y as� debe de ser de mi historia, que tendr� necesidad de comento para entenderla.
— Eso no —respondi� Sans�n—, porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los ni�os la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan le�da y tan sabida de todo g�nero de gentes, que, apenas han visto alg�n roc�n flaco, cuando dicen: "all� va Rocinante". Y los que m�s se han dado a su letura son los pajes: no hay antec�mara de se�or donde no se halle un Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; �stos le embisten y aqu�llos le piden. Finalmente, la tal historia es del m�s gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que cat�lico.
— A escribir de otra suerte —dijo don Quijote—, no fuera escribir verdades, sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen hab�an de ser quemados, como los que hacen moneda falsa; y no s� yo qu� le movi� al autor a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los m�os: sin duda se debi� de atener al refr�n: "De paja y de heno...", etc�tera. Pues en verdad que en s�lo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis l�grimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, se�or bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires es de grandes ingenios: la m�s discreta figura de la comedia es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde est� la verdad est� Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos que as� componen y arrojan libros de s� como si fuesen bu�uelos.
— No hay libro tan malo —dijo el bachiller— que no tenga algo bueno.
— No hay duda en eso —replic� don Quijote—; pero muchas veces acontece que los que ten�an m�ritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en d�ndolos a la estampa, la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.
— La causa deso es —dijo Sans�n— que, como las obras impresas se miran despacio, f�cilmente se veen sus faltas, y tanto m�s se escudri�an cuanto es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las m�s veces, son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.
— Eso no es de maravillar —dijo don Quijote—, porque muchos te�logos hay que no son buenos para el p�lpito, y son bon�simos para conocer las faltas o sobras de los que predican.
— Todo eso es as�, se�or don Quijote —dijo Carrasco—, pero quisiera yo que los tales censuradores fueran m�s misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse a los �tomos del sol clar�simo de la obra de que murmuran; que si aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quiz� podr�a ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y as�, digo que es grand�simo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.
— El que de m� trata —dijo don Quijote—, a pocos habr� contentado.
— Antes es al rev�s; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar qui�n fue el ladr�n que hurt� el rucio a Sancho, que all� no se declara, y s�lo se infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de all� a poco le vemos a caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. Tambi�n dicen que se le olvid� poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que hall� en la maleta en Sierra Morena, que nunca m�s los nombra, y hay muchos que desean saber qu� hizo dellos, o en qu� los gast�, que es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra.
— Sancho respondi�:
— Yo, se�or Sans�n, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha tomado un desmayo de est�mago, que si no le reparo con dos tragos de lo a�ejo, me pondr� en la espina de Santa Luc�a. En casa lo tengo, mi o�slo me aguarda; en acabando de comer, dar� la vuelta, y satisfar� a vuestra merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, as� de la p�rdida del jumento como del gasto de los cien escudos.
Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.
Don Quijote pidi� y rog� al bachiller se quedase a hacer penitencia con �l. Tuvo el bachiller el envite: qued�se, a�adi�se al ordinaro un par de pichones, trat�se en la mesa de caballer�as, sigui�le el humor Carrasco, acab�se el banquete, durmieron la siesta, volvi� Sancho y renov�se la pl�tica pasada.
Volvi� Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento, dijo:
— A lo que el se�or Sans�n dijo que se deseaba saber qui�n, o c�mo, o cu�ndo se me hurt� el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, despu�s de la aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi se�or y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi se�or arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de pluma; especialmente yo dorm� con tan pesado sue�o, que quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los cuatro lados de la albarda, de manera que me dej� a caballo sobre ella, y me sac� debajo de m� al rucio, sin que yo lo sintiese.
— Eso es cosa f�cil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedi� a Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invenci�n le sac� el caballo de entre las piernas aquel famoso ladr�n llamado Brunelo.
— Amaneci� —prosigui� Sancho—, y, apenas me hube estremecido, cuando, faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran ca�da; mir� por el jumento, y no le vi; acudi�ronme l�grimas a los ojos, y hice una lamentaci�n, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no s� cu�ntos d�as, viniendo con la se�ora princesa Micomicona, conoc� mi asno, y que ven�a sobre �l en h�bito de gitano aquel Gin�s de Pasamonte, aquel embustero y grand�simo maleador que quitamos mi se�or y yo de la cadena.
— No est� en eso el yerro —replic� Sans�n—, sino en que, antes de haber parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo rucio.
— A eso —dijo Sancho—, no s� qu� responder, sino que el historiador se enga��, o ya ser�a descuido del impresor.
— As� es, sin duda —dijo Sans�n—; pero, �qu� se hicieron los cien escudos?; �deshici�ronse?
Respondi� Sancho:
— Yo los gast� en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he andado sirviendo a mi se�or don Quijote; que si, al cabo de tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura me esperaba; y si hay m�s que saber de m�, aqu� estoy, que responder� al mismo rey en presona, y nadie tiene para qu� meterse en si truje o no truje, si gast� o no gast�; que si los palos que me dieron en estos viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maraved�s cada uno, en otros cien escudos no hab�a para pagarme la mitad; y cada uno meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.
— Yo tendr� cuidado —dijo Carrasco— de acusar al autor de la historia que si otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que ser� realzarla un buen coto m�s de lo que ella se est�.
— �Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, se�or bachiller? —pregunt� don Quijote.
— S� debe de haber —respondi� �l—, pero ninguna debe de ser de la importancia de las ya referidas.
— Y por ventura —dijo don Quijote—, �promete el autor segunda parte?
— S� promete —respondi� Sans�n—, pero dice que no ha hallado ni sabe qui�n la tiene, y as�, estamos en duda si saldr� o no; y as� por esto como porque algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber segunda parte; aunque algunos que son m�s joviales que saturninos dicen: "Vengan m�s quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos contentamos".
— Y �a qu� se atiene el autor?
— A que —respondi� Sans�n—, en hallando que halle la historia, que �l va buscando con extraordinarias diligencias, la dar� luego a la estampa, llevado m�s del inter�s que de darla se le sigue que de otra alabanza alguna.
A lo que dijo Sancho:
— �Al dinero y al inter�s mira el autor? Maravilla ser� que acierte, porque no har� sino harbar, harbar, como sastre en v�speras de pascuas, y las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeci�n que requieren. Atienda ese se�or moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi se�or le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no s�lo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aqu� en las pajas; pues t�nganos el pie al herrar, y ver� del que cosqueamos. Lo que yo s� decir es que si mi se�or tomase mi consejo, ya hab�amos de estar en esas campa�as deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros.
No hab�a bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus o�dos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tom� don Quijote por felic�simo ag�ero, y determin� de hacer de all� a tres o cuatro d�as otra salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidi� consejo por qu� parte comenzar�a su jornada; el cual le respondi� que era su parecer que fuese al reino de Arag�n y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de all� a pocos d�as, se hab�an de hacer unas solen�simas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podr�a ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses, que ser�a ganarla sobre todos los del mundo. Alab�le ser honrad�sima y valent�sima su determinaci�n, y advirti�le que anduviese m�s atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de todos aquellos que le hab�an de menester para que los amparase y socorriese en sus desventuras.
— Deso es lo que yo reniego, se�or Sans�n —dijo a este punto Sancho—, que as� acomete mi se�or a cien hombres armados como un muchacho goloso a media docena de badeas. �Cuerpo del mundo, se�or bachiller! S�, que tiempos hay de acometer y tiempos de retirar; s�, no ha de ser todo "�Santiago, y cierra, Espa�a!" Y m�s, que yo he o�do decir, y creo que a mi se�or mismo, si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario est� el medio de la valent�a; y si esto es as�, no quiero que huya sin tener para qu�, ni que acometa cuando la demas�a pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi se�or que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condici�n que �l se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a su regalo; que en esto yo le bailar� el agua delante; pero pensar que tengo de poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y capellina, es pensar en lo escusado. Yo, se�or Sans�n, no pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y m�s leal escudero que jam�s sirvi� a caballero andante; y si mi se�or don Quijote, obligado de mis muchos y buenos servicios, quisiere darme alguna �nsula de las muchas que su merced dice que se ha de topar por ah�, recibir� mucha merced en ello; y cuando no me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de Dios; y m�s, que tan bien, y aun quiz� mejor, me sabr� el pan desgobernado que siendo gobernador; y �s� yo por ventura si en esos gobiernos me tiene aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas? Sancho nac�, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el cielo alguna �nsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que la desechase; que tambi�n se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con la soguilla"; y "Cuando viene el bien, m�telo en tu casa".
— Vos, hermano Sancho —dijo Carrasco—, hab�is hablado como un catedr�tico; pero, con todo eso, confiad en Dios y en el se�or don Quijote, que os ha de dar un reino, no que una �nsula.
— Tanto es lo de m�s como lo de menos —respondi� Sancho—; aunque s� decir al se�or Carrasco que no echara mi se�or el reino que me diera en saco roto, que yo he tomado el pulso a m� mismo, y me hallo con salud para regir reinos y gobernar �nsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi se�or.
— Mirad, Sancho —dijo Sans�n—, que los oficios mudan las costumbres, y podr�a ser que vi�ndoos gobernador no conoci�sedes a la madre que os pari�.
— Eso all� se ha de entender —respondi� Sancho— con los que nacieron en las malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos, como yo los tengo. �No, sino llegaos a mi condici�n, que sabr� usar de desagradecimiento con alguno!
— Dios lo haga —dijo don Quijote—, y ello dir� cuando el gobierno venga; que ya me parece que le trayo entre los ojos.
Dicho esto, rog� al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su se�ora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada verso hab�a de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.
El bachiller respondi� que, puesto que �l no era de los famosos poetas que hab�a en Espa�a, que dec�an que no eran sino tres y medio, que no dejar�a de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su composici�n, a causa que las letras que conten�an el nombre eran diez y siete; y que si hac�a cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una letra; y si de a cinco, a quien llaman d�cimas o redondillas, faltaban tres letras; pero, con todo eso, procurar�a embeber una letra lo mejor que pudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de Dulcinea del Toboso.
— Ha de ser as� en todo caso —dijo don Quijote—; que si all� no va el nombre patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron los metros.
Quedaron en esto y en que la partida ser�a de all� a ocho d�as. Encarg� don Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese Nicol�s, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y valerosa determinaci�n. Todo lo prometi� Carrasco. Con esto se despidi�, encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le avisase, habiendo comodidad; y as�, se despidieron, y Sancho fue a poner en orden lo necesario para su jornada.
(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto cap�tulo, dice que le tiene por ap�crifo, porque en �l habla Sancho Panza con otro estilo del que se pod�a prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que �l las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio deb�a; y as�, prosigui� diciendo:)
Lleg� Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoci� su alegr�a a tiro de ballesta; tanto, que la oblig� a preguntarle:
— �Qu� tra�s, Sancho amigo, que tan alegre ven�s?
A lo que �l respondi�:
— Mujer m�a, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento como muestro.
— No os entiendo, marido —replic� ella—, y no s� qu� quer�is decir en eso de que os holg�redes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer tonta, no s� yo qui�n recibe gusto de no tenerle.
— Mirad, Teresa —respondi� Sancho—: yo estoy alegre porque tengo determinado de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con �l, porque lo quiere as� mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podr� hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo pod�a hacer a poca costa y no m�s de quererlo, claro est� que mi alegr�a fuera m�s firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; as� que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.
— Mirad, Sancho —replic� Teresa—: despu�s que os hicistes miembro de caballero andante habl�is de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.
— Basta que me entienda Dios, mujer —respondi� Sancho—, que �l es el entendedor de todas las cosas, y qu�dese esto aqu�; y advertid, hermana, que os conviene tener cuenta estos tres d�as con el rucio, de manera que est� para armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las dem�s jarcias, porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a o�r silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fuera flores de cantueso si no tuvi�ramos que entender con yang�eses y con moros encantados.
— Bien creo yo, marido —replic� Teresa—, que los escuderos andantes no comen el pan de balde; y as�, quedar� rogando a Nuestro Se�or os saque presto de tanta mala ventura.
— Yo os digo, mujer —respondi� Sancho—, que si no pensase antes de mucho tiempo verme gobernador de una �nsula, aqu� me caer�a muerto.
— Eso no, marido m�o —dijo Teresa—: viva la gallina, aunque sea con su pepita; vivid vos, y ll�vese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno hab�is vivido hasta ahora, y sin gobierno os ir�is, o os llevar�n, a la sepultura cuando Dios fuere servido. Como �sos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el n�mero de las gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como �sta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os vi�redes con alg�n gobierno, no os olvid�is de m� y de vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince a�os cabales, y es raz�n que vaya a la escuela, si es que su t�o el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia. Mirad tambi�n que Mari Sancha, vuestra hija, no se morir� si la casamos; que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos dese�is veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien abarraganada.
— A buena fe —respondi� Sancho— que si Dios me llega a tener algo qu� de gobierno, que tengo de casar, mujer m�a, a Mari Sancha tan altamente que no la alcancen sino con llamarla se�ora.
— Eso no, Sancho —respondi� Teresa—: casadla con su igual, que es lo m�s acertado; que si de los zuecos la sac�is a chapines, y de saya parda de catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un t� a una do�a tal y se�or�a, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.
— Calla, boba —dijo Sancho—, que todo ser� usarlo dos o tres a�os; que despu�s le vendr� el se�or�o y la gravedad como de molde; y cuando no, �qu� importa? S�ase ella se�or�a, y venga lo que viniere.
— Med�os, Sancho, con vuestro estado —respondi� Teresa—; no os quer�is alzar a mayores, y advertid al refr�n que dice: "Al hijo de tu vecino, l�mpiale las narices y m�tele en tu casa". �Por cierto, que ser�a gentil cosa casar a nuestra Mar�a con un condazo, o con caballerote que, cuando se le antojase, la pusiese como nueva, llam�ndola de villana, hija del destripaterrones y de la pelarruecas! �No en mis d�as, marido! �Para eso, por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo; que ah� est� Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos, y s� que no mira de mal ojo a la mochacha; y con �ste, que es nuestro igual, estar� bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos, nietos y yernos, y andar� la paz y la bendici�n de Dios entre todos nosotros; y no cas�rmela vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.
— Ven ac�, bestia y mujer de Barrab�s —replic� Sancho—: �por qu� quieres t� ahora, sin qu� ni para qu�, estorbarme que no case a mi hija con quien me d� nietos que se llamen se�or�a? Mira, Teresa: siempre he o�do decir a mis mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si se le pasa. Y no ser�a bien que ahora, que est� llamando a nuestra puerta, se la cerremos; dej�monos llevar deste viento favorable que nos sopla.
(Por este modo de hablar, y por lo que m�s abajo dice Sancho, dijo el tradutor desta historia que ten�a por ap�crifo este cap�tulo.)
— �No te parece, animalia —prosigui� Sancho—, que ser� bien dar con mi cuerpo en alg�n gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y c�sese a Mari Sancha con quien yo quisiere, y ver�s c�mo te llaman a ti do�a Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. �No, sino estaos siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento! Y en esto no hablemos m�s, que Sanchica ha de ser condesa, aunque t� m�s me digas.
— �Veis cuanto dec�s, marido? —respondi� Teresa—. Pues, con todo eso, temo que este condado de mi hija ha de ser su perdici�n. Vos haced lo que quisi�redes, ora la hag�is duquesa o princesa, pero s�os decir que no ser� ello con voluntad ni consentimiento m�o. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y escueto, sin a�adiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo se llam� mi padre, y a m�, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena raz�n me hab�an de llamar Teresa Cascajo. Pero all� van reyes do quieren leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese tanto que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dir�n: ''�Mirad qu� entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conoci�semos''. Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar ocasi�n de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o �nsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni yo, por el siglo de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que Dios nos las mejorar� como seamos buenas; y yo no s�, por cierto, qui�n le puso a �l don, que no tuvieron sus padres ni sus ag�elos.
— Ahora digo —replic� Sancho— que tienes alg�n familiar en ese cuerpo. �V�late Dios, la mujer, y qu� de cosas has ensartado unas en otras, sin tener pies ni cabeza! �Qu� tiene que ver el Cascajo, los broches, los refranes y el entono con lo que yo digo? Ven ac�, mentecata e ignorante (que as� te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas huyendo de la dicha): si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta do�a Urraca, ten�as raz�n de no venir con mi gusto; pero si en dos paletas, y en menos de un abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una se�or�a a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana, y en un estrado de m�s almohadas de velludo que tuvieron moros en su linaje los Almohadas de Marruecos, �por qu� no has de consentir y querer lo que yo quiero?
— �Sab�is por qu�, marido? —respondi� Teresa—; por el refr�n que dice: "�Quien te cubre, te descubre!" Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, all� es el murmurar y el maldecir, y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de abejas.
— Mira, Teresa —respondi� Sancho—, y escucha lo que agora quiero decirte; quiz� no lo habr�s o�do en todos los d�as de tu vida, y yo agora no hablo de m�o; que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador que la Cuaresma pasada predic� en este pueblo, el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que los ojos est�n mirando se presentan, est�n y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con m�s vehemencia que las cosas pasadas.
(Todas estas razones que aqu� va diciendo Sancho son las segundas por quien dice el tradutor que tiene por ap�crifo este cap�tulo, que exceden a la capacidad de Sancho. El cual prosigui� diciendo:)
— De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la cual inominia, ahora sea de pobreza o de linaje, como ya pas�, no es, y s�lo es lo que vemos presente. Y si �ste a quien la fortuna sac� del borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la alteza de su prosperidad, fuere bien criado, liberal y cort�s con todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos que por antig�edad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no habr� quien se acuerde de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de quien ninguna pr�spera fortuna est� segura.
— Yo no os entiendo, marido —replic� Teresa—: haced lo que quisi�redes, y no me quebr�is m�s la cabeza con vuestras arengas y ret�ricas. Y si est�is revuelto en hacer lo que dec�s...
— Resuelto has de decir, mujer —dijo Sancho—, y no revuelto.
— No os pong�is a disputar, marido, conmigo —respondi� Teresa—. Yo hablo como Dios es servido, y no me meto en m�s dibujos; y digo que si est�is porfiando en tener gobierno, que llev�is con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde agora le ense��is a tener gobierno, que bien es que los hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.
— En teniendo gobierno —dijo Sancho—, enviar� por �l por la posta, y te enviar� dineros, que no me faltar�n, pues nunca falta quien se los preste a los gobernadores cuando no los tienen; y v�stele de modo que disimule lo que es y parezca lo que ha de ser.
— Enviad vos dinero —dijo Teresa—, que yo os lo vistir� como un palmito.
— En efecto, quedamos de acuerdo —dijo Sancho— de que ha de ser condesa nuestra hija.
— El d�a que yo la viere condesa —respondi� Teresa—, �se har� cuenta que la entierro, pero otra vez os digo que hag�is lo que os diere gusto, que con esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos porros.
Y, en esto, comenz� a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a Sanchica. Sancho la consol� dici�ndole que, ya que la hubiese de hacer condesa, la har�a todo lo m�s tarde que ser pudiese. Con esto se acab� su pl�tica, y Sancho volvi� a ver a don Quijote para dar orden en su partida.
En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente referida pl�tica, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote, que por mil se�ales iban coligiendo que su t�o y se�or quer�a desgarrarse la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante caballer�a: procuraban por todas las v�as posibles apartarle de tan mal pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro fr�o. Con todo esto, entre otras muchas razones que con �l pasaron, le dijo el ama:
— En verdad, se�or m�o, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se est� quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como �nima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan remedio en ello.
A lo que respondi� don Quijote:
— Ama, lo que Dios responder� a tus quejas yo no lo s�, ni lo que ha de responder Su Majestad tampoco, y s�lo s� que si yo fuera rey, me escusara de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada d�a le dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y as�, no querr�a yo que cosas m�as le diesen pesadumbre.
A lo que dijo el ama:
— D�ganos, se�or: en la corte de Su Majestad, �no hay caballeros?
— S� —respondi� don Quijote—, y muchos; y es raz�n que los haya, para adorno de la grandeza de los pr�ncipes y para ostentaci�n de la majestad real.
— Pues, �no ser�a vuesa merced —replic� ella— uno de los que a pie quedo sirviesen a su rey y se�or, est�ndose en la corte?
— Mira, amiga —respondi� don Quijote—: no todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni fr�o, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al fr�o, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de d�a, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasi�n los acometemos, sin mirar en ni�er�as, ni en las leyes de los desaf�os; si lleva, o no lleva, m�s corta la lanza, o la espada; si trae sobre s� reliquias, o alg�n enga�o encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras ceremonias deste jaez, que se usan en los desaf�os particulares de persona a persona, que t� no sabes y yo s�. Y has de saber m�s: que el buen caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no s�lo tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grand�simas torres, y que los brazos semejan �rboles de gruesos y poderosos nav�os, y cada ojo como una gran rueda de molino y m�s ardiendo que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil continente y con intr�pido coraz�n los ha de acometer y embestir, y, si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un peque�o instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son m�s duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de acero, como yo las he visto m�s de dos veces. Todo esto he dicho, ama m�a, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y ser�a raz�n que no hubiese pr�ncipe que no estimase en m�s esta segunda, o, por mejor decir, primera especie de caballeros andantes, que, seg�n leemos en sus historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no s�lo de un reino, sino de muchos.
— �Ah, se�or m�o! —dijo a esta saz�n la sobrina—; advierta vuestra merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es f�bula y mentira, y sus historias, ya que no las quemasen, merec�an que a cada una se le echase un sambenito, o alguna se�al en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres.
— Por el Dios que me sustenta —dijo don Quijote—, que si no fueras mi sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que hab�a de hacer un tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo. �C�mo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes? �Qu� dijera el se�or Amad�s si lo tal oyera? Pero a buen seguro que �l te perdonara, porque fue el m�s humilde y cort�s caballero de su tiempo, y, dem�s, grande amparador de las doncellas; mas, tal te pudiera haber o�do que no te fuera bien dello, que no todos son corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo: que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por parecer hombres bajos; aqu�llos se llevantan o con la ambici�n o con la virtud, �stos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones.
— �V�lame Dios! —dijo la sobrina—. �Que sepa vuestra merced tanto, se�or t�o, que, si fuese menester en una necesidad, podr�a subir en un p�lpito e irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, d� en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se d� a entender que es valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!
— Tienes mucha raz�n, sobrina, en lo que dices —respondi� don Quijote—, y cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que son �stas: unos, que tuvieron principios humildes, y se fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron principios grandes, y los fueron conservando y los conservan y mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta, como pir�mide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pir�mide, que respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y �stos son los m�s, que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y as� tendr�n el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de un humilde y bajo pastor que le dio principio, est� en la cumbre que le vemos. Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, ser�n ejemplo muchos pr�ncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella, sin aumentarla ni diminuirla, conteni�ndose en los l�mites de sus estados pac�ficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los C�sares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este nombre, de infinitos pr�ncipes, monarcas, se�ores, medos, asirios, persas, griegos y b�rbaros, todos estos linajes y se�or�os han acabado en punta y en nonada, as� ellos como los que les dieron principio, pues no ser� posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hall�semos, ser�a en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo qu� decir, sino que sirve s�lo de acrecentar el n�mero de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infir�is, bobas m�as, que es grande la confusi�n que hay entre los linajes, y que solos aqu�llos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y en la riqueza y liberalidad de sus due�os. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso ser� vicioso grande, y el rico no liberal ser� un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cort�s y comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que con dos maraved�s que con �nimo alegre d� al pobre se mostrar� tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habr� quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de buena casta, y el no serlo ser�a milagro; y siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo m�s armas que letras, y nac�, seg�n me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte; as� que, casi me es forzoso seguir por su camino, y por �l tengo de ir a pesar de todo el mundo, y ser� en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la raz�n pide, y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con saber, como s�, los innumerables trabajos que son anejos al andante caballer�a, s� tambi�n los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y s� que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y s� que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendr� fin; y s�, como dice el gran poeta castellano nuestro, que
Por estas asperezas se camina
de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de all� declina.
— �Ay, desdichada de m� —dijo la sobrina—, que tambi�n mi se�or es poeta!. Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostar� que si quisiera ser alba�il, que supiera fabricar una casa como una jaula.
Yo te prometo, sobrina —respondi� don Quijote—, que si estos pensamientos caballerescos no me llevasen tras s� todos los sentidos, que no habr�a cosa que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y palillos de dientes.
A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando qui�n llamaba, respondi� Sancho Panza que �l era; y, apenas le hubo conocido el ama, cuando corri� a esconderse por no verle: tanto le aborrec�a. Abri�le la sobrina, sali� a recebirle con los brazos abiertos su se�or don Quijote, y encerr�ronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no le hace ventaja el pasado.
Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su se�or, cuando dio en la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta hab�a de salir la resoluci�n de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sans�n Carrasco, pareci�ndole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su se�or, le podr�a persuadir a que dejase tan desvariado prop�sito.
Hall�le pase�ndose por el patio de su casa, y, vi�ndole, se dej� caer ante sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas y sobresaltadas, le dijo:
— �Qu� es esto, se�ora ama? �Qu� le ha acontecido, que parece que se le quiere arrancar el alma?
— No es nada, se�or Sans�n m�o, sino que mi amo se sale; �s�lese sin duda!
— Y �por d�nde se sale, se�ora? —pregunt� Sans�n—. �H�sele roto alguna parte de su cuerpo?
— No se sale —respondi� ella—, sino por la puerta de su locura. Quiero decir, se�or bachiller de mi �nima, que quiere salir otra vez, que con �sta ser� la tercera, a buscar por ese mundo lo que �l llama venturas, que yo no puedo entender c�mo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde �l se daba a entender que estaba encantado; y ven�a tal el triste, que no le conociera la madre que le pari�: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los �ltimos camaranchones del celebro, que, para haberle de volver alg�n tanto en s�, gast� m�s de seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejaran mentir.
— Eso creo yo muy bien —respondi� el bachiller—; que ellas son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas, que no dir�n una cosa por otra, si reventasen. En efecto, se�ora ama: �no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desm�n alguno, sino el que se teme que quiere hacer el se�or don Quijote?
— No, se�or —respondi� ella.
— Pues no tenga pena —respondi� el bachiller—, sino v�yase en hora buena a su casa, y t�ngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de camino, vaya rezando la oraci�n de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo ir� luego all�, y ver� maravillas.
— �Cuitada de m�! —replic� el ama—; �la oraci�n de Santa Apolonia dice vuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha sino de los cascos.
— Yo s� lo que digo, se�ora ama: v�yase y no se ponga a disputar conmigo, pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay m�s que bachillear — respondi� Carrasco.
Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a comunicar con �l lo que se dir� a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones que con mucha puntualidad y verdadera relaci�n cuenta la historia.
Dijo Sancho a su amo:
— Se�or, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced adonde quisiere llevarme.
— Reducida has de decir, Sancho —dijo don Quijote—, que no relucida.
— Una o dos veces —respondi� Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, o diablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podr� emendarme; que yo soy tan f�cil...
— No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no s� qu� quiere decir soy tan f�cil.
— Tan f�cil quiere decir —respondi� Sancho— soy tan as�.
— Menos te entiendo agora —replic� don Quijote.
— Pues si no me puede entender —respondi� Sancho—, no s� c�mo lo diga: no s� m�s, y Dios sea conmigo.
— Ya, ya caigo —respondi� don Quijote— en ello: t� quieres decir que eres tan d�cil, blando y ma�ero que tomar�s lo que yo te dijere, y pasar�s por lo que te ense�are.
— Apostar� yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me cal� y me entendi�, sino que quiso turbarme por o�rme decir otras docientas patochadas.
— Podr� ser —replic� don Quijote—. Y, en efecto, �qu� dice Teresa?
— Teresa dice —dijo Sancho— que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues m�s vale un toma que dos te dar�. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no le toma es loco.
— Y yo lo digo tambi�n —respondi� don Quijote—. Decid, Sancho amigo; pas� adelante, que habl�is hoy de perlas.
— Es el caso —replic� Sancho— que, como vuestra merced mejor sabe, todos estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y ma�ana no, y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo m�s horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va depriesa y no la har�n detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni mitras, seg�n es p�blica voz y fama, y seg�n nos lo dicen por esos p�lpitos.
— Todo eso es verdad —dijo don Quijote—, pero no s� d�nde vas a parar.
— Voy a parar —dijo Sancho— en que vuesa merced me se�ale salario conocido de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o nunca; con lo m�o me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero, que vuesa merced me diese la �nsula que me tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querr� que se aprecie lo que montare la renta de la tal �nsula, y se descuente de mi salario gata por cantidad.
— Sancho amigo —respondi� don Quijote—, a las veces, tan buena suele ser una gata como una rata.
— Ya entiendo —dijo Sancho—: yo apostar� que hab�a de decir rata, y no gata; pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.
— Y tan entendido —respondi� don Quijote— que he penetrado lo �ltimo de tus pensamientos, y s� al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus refranes. Mira, Sancho: yo bien te se�alar�a salario, si hubiera hallado en alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y mostrase, por alg�n peque�o resquicio, qu� es lo que sol�an ganar cada mes, o cada a�o; pero yo he le�do todas o las m�s de sus historias, y no me acuerdo haber le�do que ning�n caballero andante haya se�alado conocido salario a su escudero. S�lo s� que todos serv�an a merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus se�ores les hab�a corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una �nsula, o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con t�tulo y se�or�a. Si con estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gust�is de volver a servirme, sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus t�rminos y quicios la antigua usanza de la caballer�a andante es pensar en lo escusado. As� que, Sancho m�o, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi intenci�n; y si ella gustare y vos gust�redes de estar a merced conmigo, bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le falta cebo, no le faltar�n palomas. Y advertid, hijo, que vale m�s buena esperanza que ruin posesi�n, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a entender que tambi�n como vos s� yo arrojar refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no quer�is venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo; que a m� no me faltar�n escuderos m�s obedientes, m�s sol�citos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.
Cuando Sancho oy� la firme resoluci�n de su amo se le anubl� el cielo y se le cayeron las alas del coraz�n, porque ten�a cre�do que su se�or no se ir�a sin �l por todos los haberes del mundo; y as�, estando suspenso y pensativo, entr� Sans�n Carrasco y la sobrina, deseosos de o�r con qu� razones persuad�a a su se�or que no tornarse a buscar las aventuras. Lleg� Sans�n, socarr�n famoso, y, abraz�ndole como la vez primera y con voz levantada, le dijo:
— �Oh flor de la andante caballer�a; oh luz resplandeciente de las armas; oh honor y espejo de la naci�n espa�ola! Plega a Dios todopoderoso, donde m�s largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus deseos, ni jam�s se les cumpla lo que mal desearen.
Y, volvi�ndose al ama, le dijo:
— Bien puede la se�ora ama no rezar m�s la oraci�n de Santa Apolonia, que yo s� que es determinaci�n precisa de las esferas que el se�or don Quijote vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargar�a mucho mi conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga m�s tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su �nimo valent�simo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos, el amparo de los hu�rfanos, la honra de las doncellas, el favor de las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan, ata�en, dependen y son anejas a la orden de la caballer�a andante. �Ea, se�or don Quijote m�o, hermoso y bravo, antes hoy que ma�ana se ponga vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para ponerle en ejecuci�n, aqu� estoy yo para suplirla con mi persona y hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo tendr� a felic�sima ventura!
A esta saz�n, dijo don Quijote, volvi�ndose a Sancho:
— �No te dije yo, Sancho, que me hab�an de sobrar escuderos? Mira qui�n se ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sans�n Carrasco, perpetuo trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de su persona, �gil de sus miembros, callado, sufridor as� del calor como del fr�o, as� de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita el cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas y liberales artes. Qu�dese el nuevo Sans�n en su patria, y, honr�ndola, honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier escudero estar� contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.
— S� digno —respondi� Sancho, enternecido y llenos de l�grimas los ojos; y prosigui�—: No se dir� por m�, se�or m�o: el pan comido y la compa��a deshecha; s�, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe todo el mundo, y especialmente mi pueblo, qui�n fueron los Panzas, de quien yo deciendo, y m�s, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y por m�s buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced; y si me he puesto en cuentas de tanto m�s cuanto acerca de mi salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo puedo negar, tambi�n lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y as�, no hay m�s que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pong�monos luego en camino, porque no padezca el alma del se�or Sans�n, que dice que su conciencia le lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los pasados y presentes tiempos.
Admirado qued� el bachiller de o�r el t�rmino y modo de hablar de Sancho Panza; que, puesto que hab�a le�do la primera historia de su se�or, nunca crey� que era tan gracioso como all� le pintan; pero, oy�ndole decir ahora testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y codicilo que no se pueda revocar, crey� todo lo que d�l hab�a le�do, y confirm�lo por uno de los m�s solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo entre s� que tales dos locos como amo y mozo no se habr�an visto en el mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y benepl�cito del gran Carrasco, que por entonces era su or�culo, se orden� que de all� a tres d�as fuese su partida; en los cuales habr�a lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la hab�a de llevar. Ofreci�sela Sans�n, porque sab�a no se la negar�a un amigo suyo que la ten�a, puesto que estaba m�s escura por el or�n y el moho que clara y limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, ara�aron sus rostros, y, al modo de las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su se�or. El designo que tuvo Sans�n, para persuadirle a que otra vez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del barbero, con quien �l antes lo hab�a comunicado.
En resoluci�n, en aquellos tres d�as don Quijote y Sancho se acomodaron de lo que les pareci� convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese, sino el bachiller, que quiso acompa�arles media legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su antiguo rucio, prove�das las alforjas de cosas tocantes a la buc�lica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que se ofreciese. Abraz�le Sans�n, y suplic�le le avisase de su buena o mala suerte, para alegrarse con �sta o entristecerse con aqu�lla, como las leyes de su amistad ped�an. Prometi�selo don Quijote, dio Sans�n la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.
''�Bendito sea el poderoso Al�! —dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo cap�tulo—. �Bendito sea Al�!'', repite tres veces; y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campa�a a don Quijote y a Sancho, y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este punto comienzan las haza�as y donaires de don Quijote y de su escudero; persu�deles que se les olviden las pasadas caballer�as del ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que est�n por venir, que desde agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como �l promete; y as� prosigue diciendo:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sans�n, cuando comenz� a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena se�al y por felic�simo ag�ero; aunque, si se ha de contar la verdad, m�s fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los relinchos del roc�n, de donde coligi� Sancho que su ventura hab�a de sobrepujar y ponerse encima de la de su se�or, fund�ndose no s� si en astrolog�a judiciaria que �l se sab�a, puesto que la historia no lo declara; s�lo le oyeron decir que, cuando tropezaba o ca�a, se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. D�jole don Quijote:
— Sancho amigo, la noche se nos va entrando a m�s andar, y con m�s escuridad de la que hab�amos menester para alcanzar a ver con el d�a al Toboso, adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y all� tomar� la bendici�n y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace m�s valientes a los caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.
— Yo as� lo creo —respondi� Sancho—; pero tengo por dificultoso que vuestra merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recebir su bendici�n, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la vi la vez primera, cuando le llev� la carta donde iban las nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el coraz�n de Sierra Morena.
— �Bardas de corral se te antojaron aqu�llas, Sancho —dijo don Quijote—, adonde o por donde viste aquella jam�s bastantemente alabada gentileza y hermosura? No deb�an de ser sino galer�as o corredores, o lonjas, o como las llaman, de ricos y reales palacios.
— Todo pudo ser —respondi� Sancho—, pero a m� bardas me parecieron, si no es que soy falto de memoria.
— Con todo eso, vamos all�, Sancho —replic� don Quijote—, que como yo la vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos alumbrar� mi entendimiento y fortalecer� mi coraz�n, de modo que quede �nico y sin igual en la discreci�n y en la valent�a.
— Pues en verdad, se�or —respondi� Sancho—, que cuando yo vi ese sol de la se�ora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de s� rayos algunos, y debi� de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureci�.
— �Que todav�a das, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi se�ora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que est�n constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal se te acuerdan a ti, �oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hac�an all� en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que all� el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera deb�a de ser el de mi se�ora cuando t� la viste; sino que la envidia que alg�n mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y as�, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis haza�as, si por ventura ha sido su autor alg�n sabio mi enemigo, habr� puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, diverti�ndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuaci�n de una verdadera historia. �Oh envidia, ra�z de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no s� qu� de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias.
— Eso es lo que yo digo tambi�n —respondi� Sancho—, y pienso que en esa leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros hab�a visto debe de andar mi honra a coche ac�, cinchado, y, como dicen, al estricote, aqu� y all�, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ning�n encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza m�a, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Cat�lica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los jud�os, deb�an los historiadores tener misericordia de m� y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que quisieren; que desnudo nac�, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque, por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me da un higo que digan de m� todo lo que quisieren.
— Eso me parece, Sancho —dijo don Quijote—, a lo que sucedi� a un famoso poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa s�tira contra todas las damas cortesanas, no puso ni nombr� en ella a una dama que se pod�a dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de las dem�s, se quej� al poeta, dici�ndole que qu� hab�a visto en ella para no ponerla en el n�mero de las otras, y que alargase la s�tira, y la pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que hab�a nacido. H�zolo as� el poeta, y p�sola cual no digan due�as, y ella qued� satisfecha, por verse con fama, aunque infame. Tambi�n viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abras� el templo famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, s�lo porque quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y, aunque se mand� que nadie le nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito menci�n de su nombre, porque no consiguiese el fin de su deseo, todav�a se supo que se llamaba Er�strato. Tambi�n alude a esto lo que sucedi� al grande emperador Carlo Quinto con un caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que en la antig�edad se llam� el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor vocaci�n, se llama de todos los santos, y es el edificio que m�s entero ha quedado de los que alz� la gentilidad en Roma, y es el que m�s conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores: �l es de hechura de una media naranja, grand�simo en estremo, y est� muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que est� en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con �l y a su lado un caballero romano, declar�ndole los primores y sutilezas de aquella gran m�quina y memorable arquitetura; y, habi�ndose quitado de la claraboya, dijo al emperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de m� fama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco —respondi� el emperador— el no haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aqu� adelante no os pondr� yo en ocasi�n que volv�is a hacer prueba de vuestra lealtad; y as�, os mando que jam�s me habl�is, ni est�is donde yo estuviere''. Y, tras estas palabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en gran manera. �Qui�n piensas t� que arroj� a Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del Tibre? �Qui�n abras� el brazo y la mano a Mucio? �Qui�n impeli� a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que apareci� en la mitad de Roma? �Qui�n, contra todos los ag�eros que en contra se le hab�an mostrado, hizo pasar el Rubic�n a C�sar? Y, con ejemplos m�s modernos, �qui�n barren� los nav�os y dej� en seco y aislados los valerosos espa�oles guiados por el cortes�simo Cort�s en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes haza�as son, fueron y ser�n obras de la fama, que los mortales desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen, puesto que los cristianos, cat�licos y andantes caballeros m�s habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones et�reas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin se�alado. As�, �oh Sancho!, que nuestras obras no han de salir del l�mite que nos tiene puesto la religi�n cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del �nimo; a la gula y al sue�o, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho se�oras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos, famosos caballeros. Ves aqu�, Sancho, los medios por donde se alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.
— Todo lo que vuestra merced hasta aqu� me ha dicho —dijo Sancho— lo he entendido muy bien, pero, con todo eso, querr�a que vuestra merced me sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.
— Asolviese quieres decir, Sancho —dijo don Quijote—. Di en buen hora, que yo responder� lo que supiere.
— D�game, se�or —prosigui� Sancho—: esos Julios o Agostos, y todos esos caballeros haza�osos que ha dicho, que ya son muertos, �d�nde est�n agora?
— Los gentiles —respondi� don Quijote— sin duda est�n en el infierno; los cristianos, si fueron buenos cristianos, o est�n en el purgatorio o en el cielo.
— Est� bien —dijo Sancho—, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde est�n los cuerpos desos se�orazos, �tienen delante de s� l�mparas de plata, o est�n adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, �de qu� est�n adornadas?
A lo que respondi� don Quijote:
— Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos: las cenizas del cuerpo de Julio C�sar se pusieron sobre una pir�mide de piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San Pedro; al emperador Adriano le sirvi� de sepultura un castillo tan grande como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Sant�ngel en Roma; la reina Artemisa sepult� a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y se�ales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
— A eso voy —replic� Sancho—. Y d�game agora: �cu�l es m�s: resucitar a un muerto, o matar a un gigante?
— La respuesta est� en la mano —respondi� don Quijote—: m�s es resucitar a un muerto.
— Cogido le tengo —dijo Sancho—: luego la fama del que resucita muertos, da vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus sepulturas arden l�mparas, y est�n llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama ser�, para este y para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.
— Tambi�n confieso esa verdad —respondi� don Quijote.
— Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto — respondi� Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que, con aprobaci�n y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen l�mparas, velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la devoci�n y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus m�s preciados altares...
— �Qu� quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don Quijote.
— Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos, y alcanzaremos m�s brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, se�or, que ayer o antes de ayer, que, seg�n ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ce��an y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y est�n en m�s veneraci�n que est�, seg�n dije, la espada de Rold�n en la armer�a del rey, nuestro se�or, que Dios guarde. As� que, se�or m�o, m�s vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o a endrigos.
— Todo eso es as� —respondi� don Quijote—, pero no todos podemos ser frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religi�n es la caballer�a; caballeros santos hay en la gloria.
— S� —respondi� Sancho—, pero yo he o�do decir que hay m�s frailes en el cielo que caballeros andantes.
— Eso es —respondi� don Quijote— porque es mayor el n�mero de los religiosos que el de los caballeros.
— Muchos son los andantes —dijo Sancho.
— Muchos —respondi� don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre de caballeros.
En estas y otras semejantes pl�ticas se les pas� aquella noche y el d�a siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pes� a don Quijote. En fin, otro d�a, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los esp�ritus a don Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sab�a la casa de Dulcinea, ni en su vida la hab�a visto, como no la hab�a visto su se�or; de modo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qu� hab�a de hacer cuando su due�o le enviase al Toboso. Finalmente, orden� don Quijote entrar en la ciudad entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedi� cosas que a cosas llegan.
Media noche era por filo, poco m�s a menos, cuando don Quijote y Sancho dejaron el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio, porque todos sus vecinos dorm�an y reposaban a pierna tendida, como suele decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se o�a en todo el lugar sino ladridos de perros, que atronaban los o�dos de don Quijote y turbaban el coraz�n de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba un jumento, gru��an puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal ag�ero; pero, con todo esto, dijo a Sancho:
— Sancho, hijo, gu�a al palacio de Dulcinea: quiz� podr� ser que la hallemos despierta.
— �A qu� palacio tengo de guiar, cuerpo del sol —respondi� Sancho—, que en el que yo vi a su grandeza no era sino casa muy peque�a?
— Deb�a de estar retirada, entonces —respondi� don Quijote—, en alg�n peque�o apartamiento de su alc�zar, solaz�ndose a solas con sus doncellas, como es uso y costumbre de las altas se�oras y princesas.
— Se�or —dijo Sancho—, ya que vuestra merced quiere, a pesar m�o, que sea alc�zar la casa de mi se�ora Dulcinea, �es hora �sta por ventura de hallar la puerta abierta? Y �ser� bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? �Vamos por dicha a llamar a la casa de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan, y llaman, y entran a cualquier hora, por tarde que sea?
— Hallemos primero una por una el alc�zar —replic� don Quijote—, que entonces yo te dir�, Sancho, lo que ser� bien que hagamos. Y advierte, Sancho, que yo veo poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aqu� se descubre la debe de hacer el palacio de Dulcinea.
— Pues gu�e vuestra merced —respondi� Sancho—: quiz� ser� as�; aunque yo lo ver� con los ojos y lo tocar� con las manos, y as� lo creer� yo como creer que es ahora de d�a.
Gui� don Quijote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que hac�a la sombra, y vio una gran torre, y luego conoci� que el tal edificio no era alc�zar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:
— Con la iglesia hemos dado, Sancho.
— Ya lo veo —respondi� Sancho—; y plega a Dios que no demos con nuestra sepultura, que no es buena se�al andar por los cimenterios a tales horas, y m�s, habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta se�ora ha de estar en una callejuela sin salida.
— �Maldito seas de Dios, mentecato! —dijo don Quijote—. �Ad�nde has t� hallado que los alc�zares y palacios reales est�n edificados en callejuelas sin salida?
— Se�or —respondi� Sancho—, en cada tierra su uso: quiz� se usa aqu� en el Toboso edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y as�, suplico a vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen: podr�a ser que en alg�n rinc�n topase con ese alc�zar, que le vea yo comido de perros, que as� nos trae corridos y asendereados.
— Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi se�ora —dijo don Quijote—, y tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.
— Yo me reportar� —respondi� Sancho—; pero, �con qu� paciencia podr� llevar que quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra ama, la haya de saber siempre y hallarla a media noche, no hall�ndola vuestra merced, que la debe de haber visto millares de veces?
— T� me har�s desesperar, Sancho —dijo don Quijote—. Ven ac�, hereje: �no te he dicho mil veces que en todos los d�as de mi vida no he visto a la sin par Dulcinea, ni jam�s atraves� los umbrales de su palacio, y que s�lo estoy enamorado de o�das y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?
— Ahora lo oigo —respondi� Sancho—; y digo que, pues vuestra merced no la ha visto, ni yo tampoco...
— Eso no puede ser —replic� don Quijote—; que, por lo menos, ya me has dicho t� que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la carta que le envi� contigo.
— No se atenga a eso, se�or —respondi� Sancho—, porque le hago saber que tambi�n fue de o�das la vista y la respuesta que le truje; porque, as� s� yo qui�n es la se�ora Dulcinea como dar un pu�o en el cielo.
— Sancho, Sancho —respondi� don Quijote—, tiempos hay de burlar, y tiempos donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a la se�ora de mi alma has t� de decir tambi�n que ni la has hablado ni visto, siendo tan al rev�s como sabes.
Estando los dos en estas pl�ticas, vieron que ven�a a pasar por donde estaban uno con dos mulas, que, por el ruido que hac�a el arado, que arrastraba por el suelo, juzgaron que deb�a de ser labrador, que habr�a madrugado antes del d�a a ir a su labranza; y as� fue la verdad. Ven�a el labrador cantando aquel romance que dicen:
Mala la hubistes, franceses,
en esa de Roncesvalles.
— Que me maten, Sancho —dijo, en oy�ndole, don Quijote—, si nos ha de suceder cosa buena esta noche. �No oyes lo que viene cantando ese villano?
— S� oigo —respondi� Sancho—; pero, �qu� hace a nuestro prop�sito la caza de Roncesvalles? As� pudiera cantar el romance de Cala�nos, que todo fuera uno para sucedernos bien o mal en nuestro negocio.
Lleg�, en esto, el labrador, a quien don Quijote pregunt�:
— �Sabr�isme decir, buen amigo, que buena ventura os d� Dios, d�nde son por aqu� los palacios de la sin par princesa do�a Dulcinea del Toboso?
— Se�or —respondi� el mozo—, yo soy forastero y ha pocos d�as que estoy en este pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa frontera viven el cura y el sacrist�n del lugar; entrambos, o cualquier dellos, sabr� dar a vuestra merced raz�n desa se�ora princesa, porque tienen la lista de todos los vecinos del Toboso; aunque para m� tengo que en todo �l no vive princesa alguna; muchas se�oras, s�, principales, que cada una en su casa puede ser princesa.
— Pues entre �sas —dijo don Quijote— debe de estar, amigo, �sta por quien te pregunto.
— Podr�a ser —respondi� el mozo—; y adi�s, que ya viene el alba.
Y, dando a sus mulas, no atendi� a m�s preguntas. Sancho, que vio suspenso a su se�or y asaz mal contento, le dijo:
— Se�or, ya se viene a m�s andar el d�a, y no ser� acertado dejar que nos halle el sol en la calle; mejor ser� que nos salgamos fuera de la ciudad, y que vuestra merced se embosque en alguna floresta aqu� cercana, y yo volver� de d�a, y no dejar� ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alc�zar o palacio de mi se�ora, y asaz ser�a de desdichado si no le hallase; y, hall�ndole, hablar� con su merced, y le dir� d�nde y c�mo queda vuestra merced esperando que le d� orden y traza para verla, sin menoscabo de su honra y fama.
— Has dicho, Sancho —dijo don Quijote—, mil sentencias encerradas en el c�rculo de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de bon�sima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, que t� volver�s, como dices, a buscar, a ver y hablar a mi se�ora, de cuya discreci�n y cortes�a espero m�s que milagrosos favores.
Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira de la respuesta que de parte de Dulcinea le hab�a llevado a Sierra Morena; y as�, dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una floresta o bosque, donde don Quijote se embosc� en tanto que Sancho volv�a a la ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva atenci�n y nuevo cr�dito.
Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este cap�tulo cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no hab�a de ser cre�do, porque las locuras de don Quijote llegaron aqu� al t�rmino y raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros de ballesta m�s all� de las mayores. Finalmente, aunque con este miedo y recelo, las escribi� de la misma manera que �l las hizo, sin a�adir ni quitar a la historia un �tomo de la verdad, sin d�rsele nada por las objeciones que pod�an ponerle de mentiroso. Y tuvo raz�n, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.
Y as�, prosiguiendo su historia, dice que, as� como don Quijote se embosc� en la floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mand� a Sancho volver a la ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de su parte a su se�ora, pidi�ndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero, y se dignase de echarle su bendici�n, para que pudiese esperar por ella felic�simos sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas. Encarg�se Sancho de hacerlo as� como se le mandaba, y de traerle tan buena respuesta como le trujo la vez primera.
— Anda, hijo —replic� don Quijote—, y no te turbes cuando te vieres ante la luz del sol de hermosura que vas a buscar. �Dichoso t� sobre todos los escuderos del mundo! Ten memoria, y no se te pase della c�mo te recibe: si muda las colores el tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico de su autoridad; y si est� en pie, m�rala si se pone ahora sobre el uno, ahora sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si la muda de blanda en �spera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello para componerle, aunque no est� desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus acciones y movimientos; porque si t� me los relatares como ellos fueron, sacar� yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su coraz�n acerca de lo que al fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus amores se trata, son cert�simos correos que traen las nuevas de lo que all� en lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y gu�ete otra mejor ventura que la m�a, y vu�lvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que me dejas.
— Yo ir� y volver� presto —dijo Sancho—; y ensanche vuestra merced, se�or m�o, ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana, y considere que se suele decir que buen coraz�n quebranta mala ventura, y que donde no hay tocinos, no hay estacas; y tambi�n se dice: donde no piensa, salta la liebre. D�golo porque si esta noche no hallamos los palacios o alc�zares de mi se�ora, agora que es de d�a los pienso hallar, cuando menos los piense, y hallados, d�jenme a m� con ella.
— Por cierto, Sancho —dijo don Quijote—, que siempre traes tus refranes tan a pelo de lo que tratamos cuanto me d� Dios mejor ventura en lo que deseo.
Esto dicho, volvi� Sancho las espaldas y vare� su rucio, y don Quijote se qued� a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos, y�ndonos con Sancho Panza, que no menos confuso y pensativo se apart� de su se�or que �l quedaba; y tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo que don Quijote no parec�a, se ape� del jumento, y, sent�ndose al pie de un �rbol, comenz� a hablar consigo mesmo y a decirse:
— Sepamos agora, Sancho hermano, ad�nde va vuesa merced. �Va a buscar alg�n jumento que se le haya perdido? ''No, por cierto''. Pues, �qu� va a buscar? ''Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la hermosura y a todo el cielo junto''. Y �ad�nde pens�is hallar eso que dec�s, Sancho? ''�Ad�nde? En la gran ciudad del Toboso''. Y bien: �y de parte de qui�n la vais a buscar? ''De parte del famoso caballero don Quijote de la Mancha, que desface los tuertos, y da de comer al que ha sed, y de beber al que ha hambre''. Todo eso est� muy bien. Y �sab�is su casa, Sancho? ''Mi amo dice que han de ser unos reales palacios o unos soberbios alc�zares''. Y �hab�isla visto alg�n d�a por ventura? ''Ni yo ni mi amo la habemos visto jam�s''. Y �par�ceos que fuera acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que est�is vos aqu� con intenci�n de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas, viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano? ''En verdad que tendr�an mucha raz�n, cuando no considerasen que soy mandado, y que mensajero sois, amigo, no merec�is culpa, non''. No os fi�is en eso, Sancho, porque la gente manchega es tan col�rica como honrada, y no consiente cosquillas de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura. ''�Oxte, puto! �All� dar�s, rayo! �No, sino �ndeme yo buscando tres pies al gato por el gusto ajeno! Y m�s, que as� ser� buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por R�vena, o al bachiller en Salamanca. �El diablo, el diablo me ha metido a m� en esto, que otro no!''
Este soliloquio pas� consigo Sancho, y lo que sac� d�l fue que volvi� a decirse:
— Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de cuyo yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo, por mil se�ales, he visto que es un loco de atar, y aun tambi�n yo no le quedo en zaga, pues soy m�s mentecato que �l, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refr�n que dice: "Dime con qui�n andas, decirte he qui�n eres", y el otro de "No con quien naces, sino con quien paces". Siendo, pues, loco, como lo es, y de locura que las m�s veces toma unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro y lo negro por blanco, como se pareci� cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de carneros ej�rcitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no ser� muy dif�cil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aqu�, es la se�ora Dulcinea; y, cuando �l no lo crea, jurar� yo; y si �l jurare, tornar� yo a jurar; y si porfiare, porfiar� yo m�s, y de manera que tengo de tener la m�a siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quiz� con esta porf�a acabar� con �l que no me env�e otra vez a semejantes mensajer�as, viendo cu�n mal recado le traigo dellas, o quiz� pensar�, como yo imagino, que alg�n mal encantador de estos que �l dice que le quieren mal la habr� mudado la figura por hacerle mal y da�o.
Con esto que pens� Sancho Panza qued� sosegado su esp�ritu, y tuvo por bien acabado su negocio, y deteni�ndose all� hasta la tarde, por dar lugar a que don Quijote pensase que le hab�a tenido para ir y volver del Toboso; y sucedi�le todo tan bien que, cuando se levant� para subir en el rucio, vio que del Toboso hacia donde �l estaba ven�an tres labradoras sobre tres pollinos, o pollinas, que el autor no lo declara, aunque m�s se puede creer que eran borricas, por ser ordinaria caballer�a de las aldeanas; pero, como no va mucho en esto, no hay para qu� detenernos en averiguarlo. En resoluci�n: as� como Sancho vio a las labradoras, a paso tirado volvi� a buscar a su se�or don Quijote, y hall�le suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don Quijote le vio, le dijo:
— �Qu� hay, Sancho amigo? �Podr� se�alar este d�a con piedra blanca, o con negra?
— Mejor ser� —respondi� Sancho— que vuesa merced le se�ale con almagre, como r�tulos de c�tedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.
— De ese modo —replic� don Quijote—, buenas nuevas traes.
— Tan buenas —respondi� Sancho—, que no tiene m�s que hacer vuesa merced sino picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la se�ora Dulcinea del Toboso, que con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.
— �Santo Dios! �Qu� es lo que dices, Sancho amigo? —dijo don Quijote—. Mira no me enga�es, ni quieras con falsas alegr�as alegrar mis verdaderas tristezas.
— �Qu� sacar�a yo de enga�ar a vuesa merced —respondi� Sancho—, y m�s estando tan cerca de descubrir mi verdad? Pique, se�or, y venga, y ver� venir a la princesa, nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Sus doncellas y ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas son diamantes, todas rub�es, todas telas de brocado de m�s de diez altos; los cabellos, sueltos por las espaldas, que son otros tantos rayos del sol que andan jugando con el viento; y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres cananeas remendadas, que no hay m�s que ver.
— Hacaneas querr�s decir, Sancho.
— Poca diferencia hay —respondi� Sancho— de cananeas a hacaneas; pero, vengan sobre lo que vinieren, ellas vienen las m�s galanas se�oras que se puedan desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi se�ora, que pasma los sentidos.
— Vamos, Sancho hijo —respondi� don Quijote—; y, en albricias destas no esperadas como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las cr�as que este a�o me dieren las tres yeguas m�as, que t� sabes que quedan para parir en el prado concejil de nuestro pueblo.
— A las cr�as me atengo —respondi� Sancho—, porque de ser buenos los despojos de la primera aventura no est� muy cierto.
Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas. Tendi� don Quijote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a las tres labradoras, turb�se todo, y pregunt� a Sancho si las hab�a dejado fuera de la ciudad.
— �C�mo fuera de la ciudad? —respondi�—. �Por ventura tiene vuesa merced los ojos en el colodrillo, que no vee que son �stas, las que aqu� vienen, resplandecientes como el mismo sol a mediod�a?
— Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tres borricos.
— �Agora me libre Dios del diablo! —respondi� Sancho—. Y �es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le parezcan a vuesa merced borricos? �Vive el Se�or, que me pele estas barbas si tal fuese verdad!
— Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y t� Sancho Panza; a lo menos, a m� tales me parecen.
— Calle, se�or —dijo Sancho—, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos, y venga a hacer reverencia a la se�ora de sus pensamientos, que ya llega cerca.
Y, diciendo esto, se adelant� a recebir a las tres aldeanas; y, ape�ndose del rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y, hincando ambas rodillas en el suelo, dijo:
— Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero vuestro, que all� est� hecho piedra m�rmol, todo turbado y sin pulsos de verse ante vuestra magn�fica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y �l es el asendereado caballero don Quijote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la Triste Figura.
A esta saz�n, ya se hab�a puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y se�ora, y, como no descubr�a en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios. Las labradoras estaban asimismo at�nitas, viendo aquellos dos hombres tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su compa�era; pero, rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y moh�na, dijo:
— Ap�rtense nora en tal del camino, y d�jenmos pasar, que vamos de priesa.
A lo que respondi� Sancho:
— �Oh princesa y se�ora universal del Toboso! �C�mo vuestro magn�nimo coraz�n no se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y sustento de la andante caballer�a?
Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:
— Mas, �jo, que te estrego, burra de mi suegro! �Mirad con qu� se vienen los se�oritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aqu� no supi�semos echar pullas como ellos! Vayan su camino, e d�jenmos hacer el nueso, y serles ha sano.
— Lev�ntate, Sancho —dijo a este punto don Quijote—, que ya veo que la Fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir alg�n contento a esta �nima mezquina que tengo en las carnes. Y t�, �oh estremo del valor que puede desearse, t�rmino de la humana gentileza, �nico remedio deste afligido coraz�n que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para s�lo ellos y no para otros ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre, si ya tambi�n el m�o no le ha cambiado en el de alg�n vestiglo, para hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente, echando de ver en esta sumisi�n y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora.
— �Tom� que mi ag�elo! —respondi� la aldeana—. �Amiguita soy yo de o�r resquebrajos! Ap�rtense y d�jenmos ir, y agradec�rselo hemos.
Apart�se Sancho y dej�la ir, content�simo de haber salido bien de su enredo.
Apenas se vio libre la aldeana que hab�a hecho la figura de Dulcinea, cuando, picando a su cananea con un aguij�n que en un palo tra�a, dio a correr por el prado adelante. Y, como la borrica sent�a la punta del aguij�n, que le fatigaba m�s de lo ordinario, comenz� a dar corcovos, de manera que dio con la se�ora Dulcinea en tierra; lo cual visto por don Quijote, acudi� a levantarla, y Sancho a componer y cinchar el albarda, que tambi�n vino a la barriga de la pollina. Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don Quijote levantar a su encantada se�ora en los brazos sobre la jumenta, la se�ora, levant�ndose del suelo, le quit� de aquel trabajo, porque, haci�ndose alg�n tanto atr�s, tom� una corridica, y, puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su cuerpo, m�s ligero que un halc�n, sobre la albarda, y qued� a horcajadas, como si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:
— �Vive Roque, que es la se�ora nuestra ama m�s ligera que un acot�n, y que puede ense�ar a subir a la jineta al m�s diestro cordob�s o mejicano! El arz�n trasero de la silla pas� de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren como el viento.
Y as� era la verdad, porque, en vi�ndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atr�s por espacio de m�s de media legua. Sigui�las don Quijote con la vista, y, cuando vio que no parec�an, volvi�ndose a Sancho, le dijo:
— Sancho, �qu� te parece cu�n malquisto soy de encantadores? Y mira hasta d�nde se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi se�ora. En efecto, yo nac� para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has tambi�n de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales se�oras, que es el buen olor, por andar siempre entre �mbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando lleg� a subir a Dulcinea sobre su hacanea, seg�n t� dices, que a m� me pareci� borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrin� y atosig� el alma.
— �Oh canalla! —grit� a esta saz�n Sancho— �Oh encantadores aciagos y malintencionados, y qui�n os viera a todos ensartados por las agallas, como sardinas en lercha! Mucho sab�is, mucho pod�is y mucho m�s hac�is. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi se�ora en agallas alcornoque�as, y sus cabellos de oro pur�simo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le toc�rades en el olor; que por �l siquiera sac�ramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual sub�a de punto y quilates un lunar que ten�a sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de m�s de un palmo.
— A ese lunar —dijo don Quijote—, seg�n la correspondencia que tienen entre s� los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado.
— Pues yo s� decir a vuestra merced —respondi� Sancho— que le parec�an all� como nacidos.
— Yo lo creo, amigo —replic� don Quijote—, porque ninguna cosa puso la naturaleza en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y as�, si tuviera cien lunares como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a m� me pareci� albarda, que t� aderezaste, �era silla rasa o sill�n?
— No era —respondi� Sancho— sino silla a la jineta, con una cubierta de campo que vale la mitad de un reino, seg�n es de rica.
— �Y que no viese yo todo eso, Sancho! —dijo don Quijote—. Ahora torno a decir, y dir� mil veces, que soy el m�s desdichado de los hombres.
Harto ten�a que hacer el socarr�n de Sancho en disimular la risa, oyendo las sandeces de su amo, tan delicadamente enga�ado. Finalmente, despu�s de otras muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias, y siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada a�o suelen hacerse. Pero, antes que all� llegasen, les sucedieron cosas que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser escritas y le�das, como se ver� adelante.
Pensativo adem�s iba don Quijote por su camino adelante, considerando la mala burla que le hab�an hecho los encantadores, volviendo a su se�ora Dulcinea en la mala figura de la aldeana, y no imaginaba qu� remedio tendr�a para volverla a su ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de s�, que, sin sentirlo, solt� las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se le daba, a cada paso se deten�a a pacer la verde yerba de que aquellos campos abundaban. De su embelesamiento le volvi� Sancho Panza, dici�ndole:
— Se�or, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres; pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se reporte, y vuelva en s�, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y muestre aquella gallard�a que conviene que tengan los caballeros andantes. �Qu� diablos es esto? �Qu� descaecimiento es �ste? �Estamos aqu�, o en Francia? Mas que se lleve Satan�s a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale m�s la salud de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la tierra.
— Calla, Sancho —respondi� don Quijote con voz no muy desmayada—; calla, digo, y no digas blasfemias contra aquella encantada se�ora, que de su desgracia y desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen los malos ha nacido su mala andanza.
— As� lo digo yo —respondi� Sancho—: quien la vido y la vee ahora, �cu�l es el coraz�n que no llora?
— Eso puedes t� decir bien, Sancho —replic� don Quijote—, pues la viste en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendi� a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza: contra m� solo y contra mis ojos se endereza la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he ca�do, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que ten�a los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas qu�talas de los ojos y p�salas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.
— Todo puede ser —respondi� Sancho—, porque tambi�n me turb� a m� su hermosura como a vuesa merced su fealdad. Pero encomend�moslo todo a Dios, que �l es el sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de l�grimas, en este mal mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que est� sin mezcla de maldad, embuste y bellaquer�a. De una cosa me pesa, se�or m�o, m�s que de otras; que es pensar qu� medio se ha de tener cuando vuesa merced venza a alg�n gigante o otro caballero, y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la se�ora Dulcinea: �ad�nde la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y m�sero caballero vencido? Par�ceme que los veo andar por el Toboso hechos unos bausanes, buscando a mi se�ora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la calle, no la conocer�n m�s que a mi padre.
— Quiz�, Sancho —respondi� don Quijote—, no se estender� el encantamento a quitar el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros; y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le env�e, haremos la experiencia si la ven o no, mand�ndoles que vuelvan a darme relaci�n de lo que acerca desto les hubiere sucedido.
— Digo, se�or —replic� Sancho—, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia m�s ser� de vuesa merced que suya; pero, como la se�ora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros por ac� nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudi�remos, buscando nuestras aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que �l es el mejor m�dico destas y de otras mayores enfermedades.
Responder quer�a don Quijote a Sancho Panza, pero estorb�selo una carreta que sali� al trav�s del camino, cargada de los m�s diversos y estra�os personajes y figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y serv�a de carretero era un feo demonio. Ven�a la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni zarzo. La primera figura que se ofreci� a los ojos de don Quijote fue la de la misma Muerte, con rostro humano; junto a ella ven�a un �ngel con unas grandes y pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Ven�a tambi�n un caballero armado de punta en blanco, excepto que no tra�a morri�n, ni celada, sino un sombrero lleno de plumas de diversas colores; con �stas ven�an otras personas de diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera alborot� a don Quijote y puso miedo en el coraz�n de Sancho; mas luego se alegr� don Quijote, creyendo que se le ofrec�a alguna nueva y peligrosa aventura, y con este pensamiento, y con �nimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora, dijo:
— Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme qui�n eres, a d� vas y qui�n es la gente que llevas en tu carricoche, que m�s parece la barca de Car�n que carreta de las que se usan.
A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondi�:
— Se�or, nosotros somos recitantes de la compa��a de Angulo el Malo; hemos hecho en un lugar que est� detr�s de aquella loma, esta ma�ana, que es la octava del Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y h�mosle de hacer esta tarde en aquel lugar que desde aqu� se parece; y, por estar tan cerca y escusar el trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de �ngel; aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aqu�l, de Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto, porque hago en esta compa��a los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced desea saber de nosotros, preg�ntemelo, que yo le sabr� responder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todo se me alcanza.
— Por la fe de caballero andante —respondi� don Quijote—, que, as� como vi este carro, imagin� que alguna grande aventura se me ofrec�a; y ahora digo que es menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desenga�o. Andad con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mand�is algo en que pueda seros de provecho, que lo har� con buen �nimo y buen talante, porque desde mochacho fui aficionado a la car�tula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras la far�ndula.
Estando en estas pl�ticas, quiso la suerte que llegase uno de la compa��a, que ven�a vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo tra�a tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, lleg�ndose a don Quijote, comenz� a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visi�n as� alborot� a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con m�s ligereza que jam�s prometieron los huesos de su notom�a. Sancho, que consider� el peligro en que iba su amo de ser derribado, salt� del rucio, y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a �l lleg�, ya estaba en tierra, y junto a �l, Rocinante, que, con su amo, vino al suelo: ordinario fin y paradero de las lozan�as de Rocinante y de sus atrevimientos.
Mas, apenas hubo dejado su caballer�a Sancho por acudir a don Quijote, cuando el demonio bailador de las vejigas salt� sobre el rucio, y, sacudi�ndole con ellas, el miedo y ruido, m�s que el dolor de los golpes, le hizo volar por la campa�a hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su rucio y la ca�da de su amo, y no sab�a a cu�l de las dos necesidades acudir�a primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo m�s con �l el amor de su se�or que el cari�o de su jumento, puesto que cada vez que ve�a levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para �l t�rtagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran a �l en las ni�as de los ojos que en el m�s m�nimo pelo de la cola de su asno. Con esta perpleja tribulaci�n lleg� donde estaba don Quijote, harto m�s maltrecho de lo que �l quisiera, y, ayud�ndole a subir sobre Rocinante, le dijo:
— Se�or, el Diablo se ha llevado al rucio.
— �Qu� diablo? —pregunt� don Quijote.
— El de las vejigas —respondi� Sancho.
— Pues yo le cobrar� —replic� don Quijote—, si bien se encerrase con �l en los m�s hondos y escuros calabozos del infierno. S�gueme, Sancho, que la carreta va despacio, y con las mulas della satisfar� la p�rdida del rucio.
— No hay para qu� hacer esa diligencia, se�or —respondi� Sancho—: vuestra merced temple su c�lera, que, seg�n me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y vuelve a la querencia.
Y as� era la verdad; porque, habiendo ca�do el Diablo con el rucio, por imitar a don Quijote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se volvi� a su amo.
— Con todo eso —dijo don Quijote—, ser� bien castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.
— Qu�tesele a vuestra merced eso de la imaginaci�n —replic� Sancho—, y tome mi consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida. Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas. Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y m�s siendo de aquellos de las compa��as reales y de t�tulo, que todos, o los m�s, en sus trajes y compostura parecen unos pr�ncipes.
— Pues con todo —respondi� don Quijote—, no se me ha de ir el demonio farsante alabando, aunque le favorezca todo el g�nero humano.
Y, diciendo esto, volvi� a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo. Iba dando voces, diciendo:
— Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender c�mo se han de tratar los jumentos y alima�as que sirven de caballer�a a los escuderos de los caballeros andantes.
Tan altos eran los gritos de don Quijote, que los oyeron y entendieron los de la carreta; y, juzgando por las palabras la intenci�n del que las dec�a, en un instante salt� la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo carretero y el �ngel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don Quijote en las puntas de sus guijarros. Don Quijote, que los vio puestos en tan gallardo escuadr�n, los brazos levantados con adem�n de despedir poderosamente las piedras, detuvo las riendas a Rocinante y p�sose a pensar de qu� modo los acometer�a con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo, lleg� Sancho, y, vi�ndole en talle de acometer al bien formado escuadr�n, le dijo:
— Asaz de locura ser�a intentar tal empresa: considere vuesa merced, se�or m�o, que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y tambi�n se ha de considerar que es m�s temeridad que valent�a acometer un hombre solo a un ej�rcito donde est� la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan los buenos y los malos �ngeles; y si esta consideraci�n no le mueve a estarse quedo, mu�vale saber de cierto que, entre todos los que all� est�n, aunque parecen reyes, pr�ncipes y emperadores, no hay ning�n caballero andante.
— Ahora s� —dijo don Quijote— has dado, Sancho, en el punto que puede y debe mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti, Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha hecho, que yo desde aqu� te ayudar� con voces y advertimientos saludables.
— No hay para qu�, se�or —respondi� Sancho—, tomar venganza de nadie, pues no es de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto m�s, que yo acabar� con mi asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir pac�ficamente los d�as que los cielos me dieren de vida.
— Pues �sa es tu determinaci�n —replic� don Quijote—, Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos a buscar mejores y m�s calificadas aventuras; que yo veo esta tierra de talle, que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.
Volvi� las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su escuadr�n volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el d�a siguiente, le sucedi� otra con un enamorado y andante caballero, de no menos suspensi�n que la pasada.
La noche que sigui� al d�a del rencuentro de la Muerte la pasaron don Quijote y su escudero debajo de unos altos y sombrosos �rboles, habiendo, a persuasi�n de Sancho, comido don Quijote de lo que ven�a en el repuesto del rucio, y entre la cena dijo Sancho a su se�or:
— Se�or, �qu� tonto hubiera andado yo si hubiera escogido en albricias los despojos de la primera aventura que vuestra merced acabara, antes que las cr�as de las tres yeguas! En efecto, en efecto, m�s vale p�jaro en mano que buitre volando.
— Todav�a —respondi� don Quijote—, si t�, Sancho, me dejaras acometer, como yo quer�a, te hubieran cabido en despojos, por lo menos, la corona de oro de la Emperatriz y las pintadas alas de Cupido, que yo se las quitara al redropelo y te las pusiera en las manos.
— Nunca los cetros y coronas de los emperadores farsantes —respondi� Sancho Panza— fueron de oro puro, sino de oropel o hoja de lata.
— As� es verdad —replic� don Quijote—, porque no fuera acertado que los atav�os de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que est�s bien, teni�ndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la rep�blica, poni�ndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparaci�n hay que m�s al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: �no has visto t� representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pont�fices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufi�n, otro el embustero, �ste el mercader, aqu�l el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnud�ndose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.
— S� he visto —respondi� Sancho.
— Pues lo mesmo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pont�fices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.
— �Brava comparaci�n! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la haya o�do muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en acab�ndose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.
— Cada d�a, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y m�s discreto.
— S�, que algo se me ha de pegar de la discreci�n de vuestra merced — respondi� Sancho—; que las tierras que de suyo son est�riles y secas, estercol�ndolas y cultiv�ndolas, vienen a dar buenos frutos: quiero decir que la conversaci�n de vuestra merced ha sido el esti�rcol que sobre la est�ril tierra de mi seco ingenio ha ca�do; la cultivaci�n, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero de dar frutos de m� que sean de bendici�n, tales, que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento m�o.
Ri�se don Quijote de las afectadas razones de Sancho, y pareci�le ser verdad lo que dec�a de su emienda, porque de cuando en cuando hablaba de manera que le admiraba; puesto que todas o las m�s veces que Sancho quer�a hablar de oposici�n y a lo cortesano, acababa su raz�n con despe�arse del monte de su simplicidad al profundo de su ignorancia; y en lo que �l se mostraba m�s elegante y memorioso era en traer refranes, viniesen o no viniesen a pelo de lo que trataba, como se habr� visto y se habr� notado en el discurso desta historia.
En estas y en otras pl�ticas se les pas� gran parte de la noche, y a Sancho le vino en voluntad de dejar caer las compuertas de los ojos, como �l dec�a cuando quer�a dormir, y, desali�ando al rucio, le dio pasto abundoso y libre. No quit� la silla a Rocinante, por ser expreso mandamiento de su se�or que, en el tiempo que anduviesen en campa�a, o no durmiesen debajo de techado, no desali�ase a Rocinante: antigua usanza establecida y guardada de los andantes caballeros, quitar el freno y colgarle del arz�n de la silla; pero, �quitar la silla al caballo?, �guarda!; y as� lo hizo Sancho, y le dio la misma libertad que al rucio, cuya amistad d�l y de Rocinante fue tan �nica y tan trabada, que hay fama, por tradici�n de padres a hijos, que el autor desta verdadera historia hizo particulares cap�tulos della; mas que, por guardar la decencia y decoro que a tan heroica historia se debe, no los puso en ella, puesto que algunas veces se descuida deste su prosupuesto, y escribe que, as� como las dos bestias se juntaban, acud�an a rascarse el uno al otro, y que, despu�s de cansados y satisfechos, cruzaba Rocinante el pescuezo sobre el cuello del rucio (que le sobraba de la otra parte m�s de media vara), y, mirando los dos atentamente al suelo, se sol�an estar de aquella manera tres d�as; a lo menos, todo el tiempo que les dejaban, o no les compel�a la hambre a buscar sustento.
Digo que dicen que dej� el autor escrito que los hab�a comparado en la amistad a la que tuvieron Niso y Eur�alo, y P�lades y Orestes; y si esto es as�, se pod�a echar de ver, para universal admiraci�n, cu�n firme debi� ser la amistad destos dos pac�ficos animales, y para confusi�n de los hombres, que tan mal saben guardarse amistad los unos a los otros. Por esto se dijo:
No hay amigo para amigo:
las ca�as se vuelven lanzas;
y el otro que cant�:
De amigo a amigo la chinche, etc.
Y no le parezca a alguno que anduvo el autor algo fuera de camino en haber comparado la amistad destos animales a la de los hombres, que de las bestias han recebido muchos advertimientos los hombres y aprendido muchas cosas de importancia, como son: de las cig�e�as, el cristel; de los perros, el v�mito y el agradecimiento; de las grullas, la vigilancia; de las hormigas, la providencia; de los elefantes, la honestidad, y la lealtad, del caballo.
Finalmente, Sancho se qued� dormido al pie de un alcornoque, y don Quijote dormitando al de una robusta encina; pero, poco espacio de tiempo hab�a pasado, cuando le despert� un ruido que sinti� a sus espaldas, y, levant�ndose con sobresalto, se puso a mirar y a escuchar de d�nde el ruido proced�a, y vio que eran dos hombres a caballo, y que el uno, dej�ndose derribar de la silla, dijo al otro:
— Ap�ate, amigo, y quita los frenos a los caballos, que, a mi parecer, este sitio abunda de yerba para ellos, y del silencio y soledad que han menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y el tenderse en el suelo todo fue a un mesmo tiempo; y, al arrojarse, hicieron ruido las armas de que ven�a armado, manifiesta se�al por donde conoci� don Quijote que deb�a de ser caballero andante; y, lleg�ndose a Sancho, que dorm�a, le trab� del brazo, y con no peque�o trabajo le volvi� en su acuerdo, y con voz baja le dijo:
— Hermano Sancho, aventura tenemos.
— Dios nos la d� buena —respondi� Sancho—; y �ad�nde est�, se�or m�o, su merced de esa se�ora aventura?
— �Ad�nde, Sancho? —replic� don Quijote—; vuelve los ojos y mira, y ver�s all� tendido un andante caballero, que, a lo que a m� se me trasluce, no debe de estar demasiadamente alegre, porque le vi arrojar del caballo y tenderse en el suelo con algunas muestras de despecho, y al caer le crujieron las armas.
— Pues �en qu� halla vuesa merced —dijo Sancho— que �sta sea aventura?
— No quiero yo decir —respondi� don Quijote— que �sta sea aventura del todo, sino principio della; que por aqu� se comienzan las aventuras. Pero escucha, que, a lo que parece, templando est� un la�d o vig�ela, y, seg�n escupe y se desembaraza el pecho, debe de prepararse para cantar algo.
— A buena fe que es as� —respondi� Sancho—, y que debe de ser caballero enamorado.
— No hay ninguno de los andantes que no lo sea —dijo don Quijote—. Y escuch�mosle, que por el hilo sacaremos el ovillo de sus pensamientos, si es que canta; que de la abundancia del coraz�n habla la lengua.
Replicar quer�a Sancho a su amo, pero la voz del Caballero del Bosque, que no era muy mala mi muy buena, lo estorb�; y, estando los dos at�nitos, oyeron que lo que cant� fue este soneto:
— Dadme, se�ora, un t�rmino que siga,
conforme a vuestra voluntad cortado;
que ser� de la m�a as� estimado,
que por jam�s un punto d�l desdiga.
Si gust�is que callando mi fatiga
muera, contadme ya por acabado:
si quer�is que os la cuente en desusado
modo, har� que el mesmo amor la diga.
A prueba de contrarios estoy hecho,
de blanda cera y de diamante duro,
y a las leyes de amor el ama ajusto.
Blando cual es, o fuerte, ofrezco el pecho:
entallad o imprimid lo que os d� gusto,
que de guardarlo eternamente juro.
Con un �ay!, arrancado, al parecer, de lo �ntimo de su coraz�n, dio fin a su canto el Caballero del Bosque, y, de all� a un poco, con voz doliente y lastimada, dijo:
— �Oh la m�s hermosa y la m�s ingrata mujer del orbe! �C�mo que ser� posible, seren�sima Casildea de Vandalia, que has de consentir que se consuma y acabe en continuas peregrinaciones y en �speros y duros trabajos este tu cautivo caballero? �No basta ya que he hecho que te confiesen por la m�s hermosa del mundo todos los caballeros de Navarra, todos los leoneses, todos los tartesios, todos los castellanos, y, finalmente, todos los caballeros de la Mancha?
— Eso no —dijo a esta saz�n don Quijote—, que yo soy de la Mancha y nunca tal he confesado, ni pod�a ni deb�a confesar una cosa tan perjudicial a la belleza de mi se�ora; y este tal caballero ya vees t�, Sancho, que desvar�a. Pero, escuchemos: quiz� se declarar� m�s.
— Si har� —replic� Sancho—, que t�rmino lleva de quejarse un mes arreo.
Pero no fue as�, porque, habiendo entreo�do el Caballero del Bosque que hablaban cerca d�l, sin pasar adelante en su lamentaci�n, se puso en pie, y dijo con voz sonora y comedida:
— �Qui�n va all�? �Qu� gente? �Es por ventura de la del n�mero de los contentos, o la del de los afligidos?
— De los afligidos —respondi� don Quijote.
— Pues ll�guese a m� —respondi� el del Bosque—, y har� cuenta que se llega a la mesma tristeza y a la aflici�n mesma.
Don Quijote, que se vio responder tan tierna y comedidamente, se lleg� a �l, y Sancho ni m�s ni menos.
El caballero lamentador asi� a don Quijote del brazo, diciendo:
— Sentaos aqu�, se�or caballero, que para entender que lo sois, y de los que profesan la andante caballer�a, b�stame el haberos hallado en este lugar, donde la soledad y el sereno os hacen compa��a, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.
A lo que respondi� don Quijote:
— Caballero soy, y de la profesi�n que dec�s; y, aunque en mi alma tienen su propio asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por eso se ha ahuyentado della la compasi�n que tengo de las ajenas desdichas. De lo que contaste poco ha, coleg� que las vuestras son enamoradas, quiero decir, del amor que ten�is a aquella hermosa ingrata que en vuestras lamentaciones nombrastes.
Ya cuando esto pasaban estaban sentados juntos sobre la dura tierra, en buena paz y compa��a, como si al romper del d�a no se hubieran de romper las cabezas.
— Por ventura, se�or caballero —pregunt� el del Bosque a don Quijote—, �sois enamorado?
— Por desventura lo soy —respondi� don Quijote—; aunque los da�os que nacen de los bien colocados pensamientos, antes se deben tener por gracias que por desdichas.
— As� es la verdad —replic� el del Bosque—, si no nos turbasen la raz�n y el entendimiento los desdenes, que, siendo muchos, parecen venganzas.
— Nunca fui desde�ado de mi se�ora —respondi� don Quijote.
— No, por cierto —dijo Sancho, que all� junto estaba—, porque es mi se�ora como una borrega mansa: es m�s blanda que una manteca.
— �Es vuestro escudero �ste? —pregunt� el del Bosque.
— S� es —respondi� don Quijote.
— Nunca he visto yo escudero —replic� el del Bosque— que se atreva a hablar donde habla su se�or; a lo menos, ah� est� ese m�o, que es tan grande como su padre, y no se probar� que haya desplegado el labio donde yo hablo.
— Pues a fe —dijo Sancho—, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro tan..., y aun qu�dese aqu�, que es peor meneallo.
El escudero del Bosque asi� por el brazo a Sancho, dici�ndole:
— V�monos los dos donde podamos hablar escuderilmente todo cuanto quisi�remos, y dejemos a estos se�ores amos nuestros que se den de las astas, cont�ndose las historias de sus amores; que a buen seguro que les ha de coger el d�a en ellas y no las han de haber acabado.
— Sea en buena hora —dijo Sancho—; y yo le dir� a vuestra merced qui�n soy, para que vea si puedo entrar en docena con los m�s hablantes escuderos.
Con esto se apartaron los dos escuderos, entre los cuales pas� un tan gracioso coloquio como fue grave el que pas� entre sus se�ores.
Divididos estaban caballeros y escuderos: �stos cont�ndose sus vidas, y aqu�llos sus amores; pero la historia cuenta primero el razonamiento de los mozos y luego prosigue el de los amos; y as�, dice que, apart�ndose un poco dellos, el del Bosque dijo a Sancho:
— Trabajosa vida es la que pasamos y vivimos, se�or m�o, estos que somos escuderos de caballeros andantes: en verdad que comemos el pan en el sudor de nuestros rostros, que es una de las maldiciones que ech� Dios a nuestros primeros padres.
— Tambi�n se puede decir —a�adi� Sancho— que lo comemos en el yelo de nuestros cuerpos; porque, �qui�n m�s calor y m�s fr�o que los miserables escuderos de la andante caballer�a? Y aun menos mal si comi�ramos, pues los duelos, con pan son menos; pero tal vez hay que se nos pasa un d�a y dos sin desayunarnos, si no es del viento que sopla.
— Todo eso se puede llevar y conllevar —dijo el del Bosque—, con la esperanza que tenemos del premio; porque si demasiadamente no es desgraciado el caballero andante a quien un escudero sirve, por lo menos, a pocos lances se ver� premiado con un hermoso gobierno de cualque �nsula, o con un condado de buen parecer.
Yo —replic� Sancho— ya he dicho a mi amo que me contento con el gobierno de alguna �nsula; y �l es tan noble y tan liberal, que me le ha prometido muchas y diversas veces.
Yo —dijo el del Bosque—, con un canonicato quedar� satisfecho de mis servicios, y ya me le tiene mandado mi amo, y �qu� tal!
— Debe de ser —dijo Sancho— su amo de vuesa merced caballero a lo eclesi�stico, y podr� hacer esas mercedes a sus buenos escuderos; pero el m�o es meramente lego, aunque yo me acuerdo cuando le quer�an aconsejar personas discretas, aunque, a mi parecer mal intencionadas, que procurase ser arzobispo; pero �l no quiso sino ser emperador, y yo estaba entonces temblando si le ven�a en voluntad de ser de la Iglesia, por no hallarme suficiente de tener beneficios por ella; porque le hago saber a vuesa merced que, aunque parezco hombre, soy una bestia para ser de la Iglesia.
— Pues en verdad que lo yerra vuesa merced —dijo el del Bosque—, a causa que los gobiernos insulanos no son todos de buena data. Algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos malenc�nicos, y finalmente, el m�s erguido y bien dispuesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de incomodidades, que pone sobre sus hombros el desdichado que le cupo en suerte. Harto mejor ser�a que los que profesamos esta maldita servidumbre nos retir�semos a nuestras casas, y all� nos entretuvi�semos en ejercicios m�s suaves, como si dij�semos, cazando o pescando; que, �qu� escudero hay tan pobre en el mundo, a quien le falte un roc�n, y un par de galgos, y una ca�a de pescar, con que entretenerse en su aldea?
— A m� no me falta nada deso —respondi� Sancho—: verdad es que no tengo roc�n, pero tengo un asno que vale dos veces m�s que el caballo de mi amo. Mala pascua me d� Dios, y sea la primera que viniere, si le trocara por �l, aunque me diesen cuatro fanegas de cebada encima. A burla tendr� vuesa merced el valor de mi rucio, que rucio es el color de mi jumento. Pues galgos no me hab�an de faltar, habi�ndolos sobrados en mi pueblo; y m�s, que entonces es la caza m�s gustosa cuando se hace a costa ajena.
— Real y verdaderamente —respondi� el del Bosque—, se�or escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar estas borracher�as destos caballeros, y retirarme a mi aldea, y criar mis hijitos, que tengo tres como tres orientales perlas.
— Dos tengo yo —dijo Sancho—, que se pueden presentar al Papa en persona, especialmente una muchacha a quien cr�o para condesa, si Dios fuere servido, aunque a pesar de su madre.
— Y �qu� edad tiene esa se�ora que se cr�a para condesa? —pregunt� el del Bosque.
— Quince a�os, dos m�s a menos —respondi� Sancho—, pero es tan grande como una lanza, y tan fresca como una ma�ana de abril, y tiene una fuerza de un ganap�n.
— Partes son �sas —respondi� el del Bosque— no s�lo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. �Oh hideputa, puta, y qu� rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondi� Sancho, algo moh�no:
— Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo ser� ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y h�blese m�s comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortes�a, no me parecen muy concertadas esas palabras.
— �Oh, qu� mal se le entiende a vuesa merced —replic� el del Bosque— de achaque de alabanzas, se�or escudero! �C�mo y no sabe que cuando alg�n caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: "�Oh hideputa, puto, y qu� bien que lo ha hecho!?" Y aquello que parece vituperio, en aquel t�rmino, es alabanza notable; y renegad vos, se�or, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
— S� reniego —respondi� Sancho—, y dese modo y por esa misma raz�n pod�a echar vuestra merced a m� y hijos y a mi mujer toda una puter�a encima, porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes alabanzas, y para volverlos a ver ruego yo a Dios me saque de pecado mortal, que lo mesmo ser� si me saca deste peligroso oficio de escudero, en el cual he incurrido segunda vez, cebado y enga�ado de una bolsa con cien ducados que me hall� un d�a en el coraz�n de Sierra Morena, y el diablo me pone ante los ojos aqu�, all�, ac� no, sino acull�, un talego lleno de doblones, que me parece que a cada paso le toco con la mano, y me abrazo con �l, y lo llevo a mi casa, y echo censos, y fundo rentas, y vivo como un pr�ncipe; y el rato que en esto pienso se me hacen f�ciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien s� que tiene m�s de loco que de caballero.
— Por eso —respondi� el del Bosque— dicen que la codicia rompe el saco; y si va a tratar dellos, no hay otro mayor en el mundo que mi amo, porque es de aquellos que dicen: "Cuidados ajenos matan al asno"; pues, porque cobre otro caballero el juicio que ha perdido, se hace el loco, y anda buscando lo que no s� si despu�s de hallado le ha de salir a los hocicos.
— Y �es enamorado, por dicha?
— S� —dijo el del Bosque—: de una tal Casildea de Vandalia, la m�s cruda y la m�s asada se�ora que en todo el orbe puede hallarse; pero no cojea del pie de la crudeza, que otros mayores embustes le gru�en en las entra�as, y ello dir� antes de muchas horas.
— No hay camino tan llano —replic� Sancho— que no tenga alg�n tropez�n o barranco; en otras casas cuecen habas, y en la m�a, a calderadas; m�s acompa�ados y paniaguados debe de tener la locura que la discreci�n. Mas si es verdad lo que com�nmente se dice, que el tener compa�eros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podr� consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el m�o.
— Tonto, pero valiente —respondi� el del Bosque—, y m�s bellaco que tonto y que valiente.
— Eso no es el m�o —respondi� Sancho—: digo, que no tiene nada de bellaco; antes tiene una alma como un c�ntaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un ni�o le har� entender que es de noche en la mitad del d�a; y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi coraz�n, y no me ama�o a dejarle, por m�s disparates que haga.
— Con todo eso, hermano y se�or —dijo el del Bosque—, si el ciego gu�a al ciego, ambos van a peligro de caer en el hoyo. Mejor es retirarnos con buen comp�s de pies, y volvernos a nuestras querencias; que los que buscan aventuras no siempre las hallan buenas.
Escup�a Sancho a menudo, al parecer, un cierto g�nero de saliva pegajosa y algo seca; lo cual visto y notado por el caritativo bosqueril escudero, dijo:
— Par�ceme que de lo que hemos hablado se nos pegan al paladar las lenguas; pero yo traigo un despegador pendiente del arz�n de mi caballo, que es tal como bueno.
Y, levant�ndose, volvi� desde all� a un poco con una gran bota de vino y una empanada de media vara; y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar, tan grande que Sancho, al tocarla, entendi� ser de alg�n cabr�n, no que de cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo:
— Y �esto trae vuestra merced consigo, se�or?
— Pues, �qu� se pensaba? —respondi� el otro—. �Soy yo por ventura alg�n escudero de agua y lana? Mejor repuesto traigo yo en las ancas de mi caballo que lleva consigo cuando va de camino un general.
Comi� Sancho sin hacerse de rogar, y tragaba a escuras bocados de nudos de suelta. Y dijo:
— Vuestra merced s� que es escudero fiel y legal, moliente y corriente, magn�fico y grande, como lo muestra este banquete, que si no ha venido aqu� por arte de encantamento, par�celo, a lo menos; y no como yo, mezquino y malaventurado, que s�lo traigo en mis alforjas un poco de queso, tan duro que pueden descalabrar con ello a un gigante, a quien hacen compa��a cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y nueces, mercedes a la estrecheza de mi due�o, y a la opini�n que tiene y orden que guarda de que los caballeros andantes no se han de mantener y sustentar sino con frutas secas y con las yerbas del campo.
— Por mi fe, hermano —replic� el del Bosque—, que yo no tengo hecho el est�mago a tagarninas, ni a piru�tanos, ni a ra�ces de los montes. All� se lo hayan con sus opiniones y leyes caballerescas nuestros amos, y coman lo que ellos mandaren. Fiambreras traigo, y esta bota colgando del arz�n de la silla, por s� o por no; y es tan devota m�a y qui�rola tanto, que pocos ratos se pasan sin que la d� mil besos y mil abrazos.
Y, diciendo esto, se la puso en las manos a Sancho, el cual, empin�ndola, puesta a la boca, estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora, y, en acabando de beber, dej� caer la cabeza a un lado, y, dando un gran suspiro, dijo:
— �Oh hideputa bellaco, y c�mo es cat�lico!
— �Veis ah� —dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho—, c�mo hab�is alabado este vino llam�ndole hideputa?
— Digo —respondi� Sancho—, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle. Pero d�game, se�or, por el siglo de lo que m�s quiere: �este vino es de Ciudad Real?
— �Bravo moj�n! —respondi� el del Bosque—. En verdad que no es de otra parte, y que tiene algunos a�os de ancianidad.
— �A m� con eso! —dijo Sancho—. No tom�is menos, sino que se me fuera a m� por alto dar alcance a su conocimiento. �No ser� bueno, se�or escudero, que tenga yo un instinto tan grande y tan natural, en esto de conocer vinos, que, en d�ndome a oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el sabor, y la dura, y las vueltas que ha de dar, con todas las circunstancias al vino ata�ederas? Pero no hay de qu� maravillarse, si tuve en mi linaje por parte de mi padre los dos m�s excelentes mojones que en luengos a�os conoci� la Mancha; para prueba de lo cual les sucedi� lo que ahora dir�: �Di�ronles a los dos a probar del vino de una cuba, pidi�ndoles su parecer del estado, cualidad, bondad o malicia del vino. El uno lo prob� con la punta de la lengua, el otro no hizo m�s de llegarlo a las narices. El primero dijo que aquel vino sab�a a hierro, el segundo dijo que m�s sab�a a cordob�n. El due�o dijo que la cuba estaba limpia, y que el tal vino no ten�a adobo alguno por donde hubiese tomado sabor de hierro ni de cordob�n. Con todo eso, los dos famosos mojones se afirmaron en lo que hab�an dicho. Anduvo el tiempo, vendi�se el vino, y al limpiar de la cuba hallaron en ella una llave peque�a, pendiente de una correa de cordob�n.� Porque vea vuestra merced si quien viene desta ralea podr� dar su parecer en semejantes causas.
— Por eso digo —dijo el del Bosque— que nos dejemos de andar buscando aventuras; y, pues tenemos hogazas, no busquemos tortas, y volv�monos a nuestras chozas, que all� nos hallar� Dios, si �l quiere.
— Hasta que mi amo llegue a Zaragoza, le servir�; que despu�s todos nos entenderemos.
Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron los dos buenos escuderos, que tuvo necesidad el sue�o de atarles las lenguas y templarles la sed, que quit�rsela fuera imposible; y as�, asidos entrambos de la ya casi vac�a bota, con los bocados a medio mascar en la boca, se quedaron dormidos, donde los dejaremos por ahora, por contar lo que el Caballero del Bosque pas� con el de la Triste Figura.
Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva, dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:
— Finalmente, se�or caballero, quiero que sep�is que mi destino, o, por mejor decir, mi elecci�n, me trujo a enamorar de la sin par Casildea de Vandalia. Ll�mola sin par porque no le tiene, as� en la grandeza del cuerpo como en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues, que voy contando, pag� mis buenos pensamientos y comedidos deseos con hacerme ocupar, como su madrina a H�rcules, en muchos y diversos peligros, prometi�ndome al fin de cada uno que en el fin del otro llegar�a el de mi esperanza; pero as� se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen cuento, ni yo s� cu�l ha de ser el �ltimo que d� principio al cumplimiento de mis buenos deseos. Una vez me mand� que fuese a desafiar a aquella famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la m�s movible y voltaria mujer del mundo. Llegu�, vila, y venc�la, y h�cela estar queda y a raya, porque en m�s de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez tambi�n hubo que me mand� fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando, empresa m�s para encomendarse a ganapanes que a caballeros. Otra vez me mand� que me precipitase y sumiese en la sima de Cabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relaci�n de lo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la Giralda, pes� los Toros de Guisando, despe��me en la sima y saqu� a luz lo escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resoluci�n, �ltimamente me ha mandado que discurra por todas las provincias de Espa�a y haga confesar a todos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la m�s aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el m�s valiente y el m�s bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la mayor parte de Espa�a, y en ella he vencido muchos caballeros que se han atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo m�s me precio y ufano es de haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero don Quijote de la Mancha, y h�chole confesar que es m�s hermosa mi Casildea que su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencido a todos; y, habi�ndole yo vencido a �l, su gloria, su fama y su honra se ha transferido y pasado a mi persona;
y tanto el vencedor es m�s honrado,
cuanto m�s el vencido es reputado;
as� que, ya corren por mi cuenta y son m�as las inumerables haza�as del ya referido don Quijote.
Admirado qued� don Quijote de o�r al Caballero del Bosque, y estuvo mil veces por decirle que ment�a, y ya tuvo el ment�s en el pico de la lengua; pero report�se lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca su mentira; y as�, sosegadamente le dijo:
— De que vuesa merced, se�or caballero, haya vencido a los m�s caballeros andantes de Espa�a, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya vencido a don Quijote de la Mancha, p�ngolo en duda. Podr�a ser que fuese otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.
— �C�mo no? —replic� el del Bosque—. Por el cielo que nos cubre, que pele� con don Quijote, y le venc� y rend�; y es un hombre alto de cuerpo, seco de rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguile�a y algo corva, de bigotes grandes, negros y ca�dos. Campea debajo del nombre del Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por se�ora de su voluntad a una tal Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la m�a, que, por llamarse Casilda y ser de la Andaluc�a, yo la llamo Casildea de Vandalia. Si todas estas se�as no bastan para acreditar mi verdad, aqu� est� mi espada, que la har� dar cr�dito a la mesma incredulidad.
— Sosegaos, se�or caballero —dijo don Quijote—, y escuchad lo que decir os quiero. Hab�is de saber que ese don Quijote que dec�s es el mayor amigo que en este mundo tengo, y tanto, que podr� decir que le tengo en lugar de mi misma persona, y que por las se�as que d�l me hab�is dado, tan puntuales y ciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que hab�is vencido. Por otra parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo, si ya no fuese que como �l tiene muchos enemigos encantadores, especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus altas caballer�as le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto de la tierra. Y, para confirmaci�n desto, quiero tambi�n que sep�is que los tales encantadores sus contrarios no ha m�s de dos d�as que transformaron la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y baja, y desta manera habr�n transformado a don Quijote; y si todo esto no basta para enteraros en esta verdad que digo, aqu� est� el mesmo don Quijote, que la sustentar� con sus armas a pie, o a caballo, o de cualquiera suerte que os agradare.
Y, diciendo esto, se levant� en pie y se empu�� en la espada, esperando qu� resoluci�n tomar�a el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismo sosegada, respondi� y dijo:
— Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, se�or don Quijote, pudo venceros transformado, bien podr� tener esperanza de rendiros en vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan sus fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el d�a, para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condici�n de nuestra batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para que haga d�l todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que se le ordenare.
— Soy m�s que contento desa condici�n y convenencia —respondi� don Quijote.
Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron roncando y en la misma forma que estaban cuando les salte� el sue�o. Despert�ronlos y mand�ronles que tuviesen a punto los caballos, porque, en saliendo el sol, hab�an de hacer los dos una sangrienta, singular y desigual batalla; a cuyas nuevas qued� Sancho at�nito y pasmado, temeroso de la salud de su amo, por las valent�as que hab�a o�do decir del suyo al escudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos a buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se hab�an olido, y estaban todos juntos.
En el camino dijo el del Bosque a Sancho:
— Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la Andaluc�a, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano sobre mano en tanto que sus ahijados ri�en. D�golo porque est� advertido que mientras nuestros due�os ri�eren, nosotros tambi�n hemos de pelear y hacernos astillas.
— Esa costumbre, se�or escudero —respondi� Sancho—, all� puede correr y pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de los caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he o�do decir a mi amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la andante caballer�a. Cuanto m�s, que yo quiero que sea verdad y ordenanza expresa el pelear los escuderos en tanto que sus se�ores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los tales pac�ficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y m�s quiero pagar las tales libras, que s� que me costar�n menos que las hilas que podr� gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por partida y dividida en dos partes. Hay m�s: que me imposibilita el re�ir el no tener espada, pues en mi vida me la puse.
— Para eso s� yo un buen remedio —dijo el del Bosque—: yo traigo aqu� dos talegas de lienzo, de un mesmo tama�o: tomar�is vos la una, y yo la otra, y ri�iremos a talegazos, con armas iguales.
— Desa manera, sea en buena hora —respondi� Sancho—, porque antes servir� la tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.
— No ha de ser as� —replic� el otro—, porque se han de echar dentro de las talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nos podremos atalegar sin hacernos mal ni da�o.
— �Mirad, cuerpo de mi padre —respondi� Sancho—, qu� martas cebollinas, o qu� copos de algod�n cardado pone en las talegas, para no quedar molidos los cascos y hechos alhe�a los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos de seda, sepa, se�or m�o, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y all� se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben antes de llegar su saz�n y t�rmino y que se cayan de maduras.
— Con todo —replic� el del Bosque—, hemos de pelear siquiera media hora.
— Eso no —respondi� Sancho—: no ser� yo tan descort�s ni tan desagradecido, que con quien he comido y he bebido trabe cuesti�n alguna, por m�nima que sea; cuanto m�s que, estando sin c�lera y sin enojo, �qui�n diablos se ha de ama�ar a re�ir a secas?
— Para eso —dijo el del Bosque— yo dar� un suficiente remedio: y es que, antes que comencemos la pelea, yo me llegar� bonitamente a vuestra merced y le dar� tres o cuatro bofetadas, que d� con �l a mis pies, con las cuales le har� despertar la c�lera, aunque est� con m�s sue�o que un lir�n.
— Contra ese corte s� yo otro —respondi� Sancho—, que no le va en zaga: coger� yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme la c�lera, har� yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte si no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que me dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque lo m�s acertado ser�a dejar dormir su c�lera a cada uno, que no sabe nadie el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Dios bendijo la paz y maldijo las ri�as, porque si un gato acosado, encerrado y apretado se vuelve en le�n, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podr� volverme; y as�, desde ahora intimo a vuestra merced, se�or escudero, que corra por su cuenta todo el mal y da�o que de nuestra pendencia resultare.
— Est� bien —replic� el del Bosque—. Amanecer� Dios y medraremos.
En esto, ya comenzaban a gorjear en los �rboles mil suertes de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parec�a que daban la norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus cabellos un n�mero infinito de l�quidas perlas, en cuyo suave licor ba��ndose las yerbas, parec�a asimesmo que ellas brotaban y llov�an blanco y menudo alj�far; los sauces destilaban man� sabroso, re�anse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegr�banse las selvas y enriquec�anse los prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del d�a para ver y diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreci� a los ojos de Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande que casi le hac�a sombra a todo el cuerpo. Cu�ntase, en efecto, que era de demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de color amoratado, como de berenjena; baj�bale dos dedos m�s abajo de la boca; cuya grandeza, color, verrugas y encorvamiento as� le afeaban el rostro, que, en vi�ndole Sancho, comenz� a herir de pie y de mano, como ni�o con alferec�a, y propuso en su coraz�n de dejarse dar docientas bofetadas antes que despertar la c�lera para re�ir con aquel vestiglo.
Don Quijote mir� a su contendor, y hall�le ya puesta y calada la celada, de modo que no le pudo ver el rostro, pero not� que era hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas tra�a una sobrevista o casaca de una tela, al parecer, de oro fin�simo, sembradas por ella muchas lunas peque�as de resplandecientes espejos, que le hac�an en grand�sima manera gal�n y vistoso; vol�banle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes, amarillas y blancas; la lanza, que ten�a arrimada a un �rbol, era grand�sima y gruesa, y de un hierro acerado de m�s de un palmo.
Todo lo mir� y todo lo not� don Quijote, y juzg� de lo visto y mirado que el ya dicho caballero deb�a de ser de grandes fuerzas; pero no por eso temi�, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero de los Espejos:
— Si la mucha gana de pelear, se�or caballero, no os gasta la cortes�a, por ella os pido que alc�is la visera un poco, porque yo vea si la gallard�a de vuestro rostro responde a la de vuestra disposici�n.
— O vencido o vencedor que salg�is desta empresa, se�or caballero —respondi� el de los Espejos—, os quedar� tiempo y espacio demasiado para verme; y si ahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notable agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sab�is que pretendo.
— Pues, en tanto que subimos a caballo —dijo don Quijote—, bien pod�is decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.
— A eso vos respondemos —dijo el de los Espejos— que parec�is, como se parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo venc�; pero, seg�n vos dec�s que le persiguen encantadores, no osar� afirmar si sois el contenido o no.
— Eso me basta a m� —respondi� don Quijote— para que crea vuestro enga�o; empero, para sacaros d�l de todo punto, vengan nuestros caballos; que, en menos tiempo que el que tard�rades en alzaros la visera, si Dios, si mi se�ora y mi brazo me valen, ver� yo vuestro rostro, y vos ver�is que no soy yo el vencido don Quijote que pens�is.
Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvi� las riendas a Rocinante para tomar lo que conven�a del campo, para volver a encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no se hab�a apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oy� llamar del de los Espejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:
— Advertid, se�or caballero, que la condici�n de nuestra batalla es que el vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreci�n del vencedor.
— Ya la s� —respondi� don Quijote—; con tal que lo que se le impusiere y mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los l�mites de la caballer�a.
— As� se entiende —respondi� el de los Espejos.
Ofreci�ronsele en esto a la vista de don Quijote las estra�as narices del escudero, y no se admir� menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzg� por alg�n monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar solo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas narices en las suyas ser�a acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o del miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acci�n de Rocinante; y, cuando le pareci� que ya era tiempo que volviese, le dijo:
— Suplico a vuesa merced, se�or m�o, que antes que vuelva a encontrarse me ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podr� ver m�s a mi sabor, mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de hacer con este caballero.
— Antes creo, Sancho —dijo don Quijote—, que te quieres encaramar y subir en andamio por ver sin peligro los toros.
— La verdad que diga —respondi� Sancho—, las desaforadas narices de aquel escudero me tienen at�nito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto a �l.
— Ellas son tales —dijo don Quijote—, que, a no ser yo quien soy, tambi�n me asombraran; y as�, ven: ayudarte he a subir donde dices.
En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque, tom� el de los Espejos del campo lo que le pareci� necesario; y, creyendo que lo mismo habr�a hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra se�al que los avisase, volvi� las riendas a su caballo —que no era m�s ligero ni de mejor parecer que Rocinante—, y, a todo su correr, que era un mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero, vi�ndole ocupado en la subida de Sancho, detuvo las riendas y par�se en la mitad de la carrera, de lo que el caballo qued� agradecid�simo, a causa que ya no pod�a moverse. Don Quijote, que le pareci� que ya su enemigo ven�a volando, arrim� reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizo aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conoci� haber corrido algo, porque todas las dem�s siempre fueron trotes declarados; y con esta no vista furia lleg� donde el de los Espejos estaba hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese mover un solo dedo del lugar donde hab�a hecho estanco de su carrera.
En esta buena saz�n y coyuntura hall� don Quijote a su contrario embarazado con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acert�, o no tuvo lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontr� al de los Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo por las ancas del caballo, dando tal ca�da, que, sin mover pie ni mano, dio se�ales de que estaba muerto.
Apenas le vio ca�do Sancho, cuando se desliz� del alcornoque y a toda priesa vino donde su se�or estaba, el cual, ape�ndose de Rocinante, fue sobre el de los Espejos, y, quit�ndole las lazadas del yelmo para ver si era muerto y para que le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio... �Qui�n podr� decir lo que vio, sin causar admiraci�n, maravilla y espanto a los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura, el mesmo aspecto, la misma fisonom�a, la mesma efigie, la pespetiva mesma del bachiller Sans�n Carrasco; y, as� como la vio, en altas voces dijo:
— �Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! �Aguija, hijo, y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los encantadores!
Lleg� Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenz� a hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:
— Soy de parecer, se�or m�o, que, por s� o por no, vuesa merced hinque y meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sans�n Carrasco; quiz� matar� en �l a alguno de sus enemigos los encantadores.
— No dices mal —dijo don Quijote—, porque de los enemigos, los menos.
Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho, lleg� el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le hab�an hecho, y a grandes voces dijo:
— Mire vuesa merced lo que hace, se�or don Quijote, que ese que tiene a los pies es el bachiller Sans�n Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.
Y, vi�ndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:
— �Y las narices?
A lo que �l respondi�:
— Aqu� las tengo, en la faldriquera.
Y, echando mano a la derecha, sac� unas narices de pasta y barniz, de m�scara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mir�ndole m�s y m�s Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:
— �Santa Mar�a, y valme! ��ste no es Tom� Cecial, mi vecino y mi compadre?
— Y �c�mo si lo soy! —respondi� el ya desnarigado escudero—: Tom� Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os dir� los arcaduces, embustes y enredos por donde soy aqu� venido; y en tanto, pedid y suplicad al se�or vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los Espejos, que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal aconsejado del bachiller Sans�n Carrasco, nuestro compatrioto.
En esto, volvi� en s� el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, le puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:
— Muerto sois, caballero, si no confes�is que la sin par Dulcinea del Toboso se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y dem�s de esto hab�is de prometer, si de esta contienda y ca�da qued�rades con vida, de ir a la ciudad del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para que haga de vos lo que m�s en voluntad le viniere; y si os dejare en la vuestra, asimismo hab�is de volver a buscarme, que el rastro de mis haza�as os servir� de gu�a que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con ella hubi�redes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antes de nuestra batalla, no salen de los t�rminos de la andante caballer�a.
— Confieso —dijo el ca�do caballero— que vale m�s el zapato descosido y sucio de la se�ora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me ped�s.
— Tambi�n hab�is de confesar y creer —a�adi� don Quijote— que aquel caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parec�a, como yo confieso y creo que vos, aunque parec�is el bachiller Sans�n Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aqu� me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el �mpetu de mi c�lera, y para que use blandamente de la gloria del vencimiento.
— Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo cre�is, juzg�is y sent�s — respondi� el derrengado caballero—. Dejadme levantar, os ruego, si es que lo permite el golpe de mi ca�da, que asaz maltrecho me tiene.
Ayud�le a levantar don Quijote y Tom� Cecial, su escudero, del cual no apartaba los ojos Sancho, pregunt�ndole cosas cuyas respuestas le daban manifiestas se�ales de que verdaderamente era el Tom� Cecial que dec�a; mas la aprehensi�n que en Sancho hab�a hecho lo que su amo dijo, de que los encantadores hab�an mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del bachiller Carrasco, no le dejaba dar cr�dito a la verdad que con los ojos estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este enga�o amo y mozo, y el de los Espejos y su escudero, moh�nos y malandantes, se apartaron de don Quijote y Sancho, con intenci�n de buscar alg�n lugar donde bizmarle y entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su camino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de qui�n era el Caballero de los Espejos y su narigante escudero.
En estremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber alcanzado vitoria de tan valiente caballero como �l se imaginaba que era el de los Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el encantamento de su se�ora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal vencido caballero volviese, so pena de no serlo, a darle raz�n de lo que con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba don Quijote y otro el de los Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar donde bizmarse, como se ha dicho.
Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sans�n Carrasco aconsej� a don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballer�as, fue por haber entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre qu� medio se podr�a tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo consejo sali�, por voto com�n de todos y parecer particular de Carrasco, que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle parec�a imposible, y que Sans�n le saliese al camino como caballero andante, y trabase batalla con �l, pues no faltar�a sobre qu�, y le venciese, teni�ndolo por cosa f�cil, y que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor; y as� vencido don Quijote, le hab�a de mandar el bachiller caballero se volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos a�os, o hasta tanto que por �l le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote vencido cumplir�a indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes de la caballer�a, y podr�a ser que en el tiempo de su reclusi�n se le olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura alg�n conveniente remedio.
Acept�lo Carrasco, y ofreci�sele por escudero Tom� Cecial, compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Arm�se Sans�n como queda referido y Tom� Cecial acomod� sobre sus naturales narices las falsas y de m�scara ya dichas, porque no fuese conocido de su compadre cuando se viesen; y as�, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote, y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y, finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedi� todo lo que el prudente ha le�do; y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de don Quijote, que se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el se�or bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de licenciado, por no haber hallado nidos donde pens� hallar p�jaros.
Tom� Cecial, que vio cu�n mal hab�a logrado sus deseos y el mal paradero que hab�a tenido su camino, dijo al bachiller:
— Por cierto, se�or Sans�n Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las m�s veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos: �l se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cu�l es m�s loco: �el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su voluntad?
A lo que respondi� Sans�n:
— La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza lo ser� siempre, y el que lo es de grado lo dejar� de ser cuando quisiere.
— Pues as� es —dijo Tom� Cecial—, yo fui por mi voluntad loco cuando quise hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero dejar de serlo y volverme a mi casa.
— Eso os cumple —respondi� Sans�n—, porque pensar que yo he de volver a la m�a, hasta haber molido a palos a don Quijote, es pensar en lo escusado; y no me llevar� ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de la venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer m�s piadosos discursos.
En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue ventura hallar un algebrista, con quien se cur� el Sans�n desgraciado. Tom� Cecial se volvi� y le dej�, y �l qued� imaginando su venganza; y la historia vuelve a hablar d�l a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora con don Quijote.
Con la alegr�a, contento y ufanidad que se ha dicho, segu�a don Quijote su jornada, imagin�ndose por la pasada vitoria ser el caballero andante m�s valiente que ten�a en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de all� adelante; ten�a en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los inumerables palos que en el discurso de sus caballer�as le hab�an dado, ni de la pedrada que le derrib� la mitad de los dientes, ni del desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas de los yang�eses. Finalmente, dec�a entre s� que si �l hallara arte, modo o manera como desencantar a su se�ora Dulcinea, no invidiara a la mayor ventura que alcanz� o pudo alcanzar el m�s venturoso caballero andante de los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho le dijo:
— �No es bueno, se�or, que aun todav�a traigo entre los ojos las desaforadas narices, y mayores de marca, de mi compadre Tom� Cecial?
— Y �crees t�, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el bachiller Carrasco; y su escudero, Tom� Cecial, tu compadre?
— No s� qu� me diga a eso —respondi� Sancho—; s�lo s� que las se�as que me dio de mi casa, mujer y hijos no me las podr�a dar otro que �l mesmo; y la cara, quitadas las narices, era la misma de Tom� Cecial, como yo se la he visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el tono de la habla era todo uno.
— Estemos a raz�n, Sancho —replic� don Quijote—. Ven ac�: �en qu� consideraci�n puede caber que el bachiller Sans�n Carrasco viniese como caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear conmigo? �He sido yo su enemigo por ventura? �Hele dado yo jam�s ocasi�n para tenerme ojeriza? �Soy yo su rival, o hace �l profesi�n de las armas, para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?
— Pues, �qu� diremos, se�or —respondi� Sancho—, a esto de parecerse tanto aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero a Tom� Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced ha dicho, �no hab�a en el mundo otros dos a quien se parecieran?
— Todo es artificio y traza —respondi� don Quijote— de los malignos magos que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo hab�a de quedar vencedor en la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de mi coraz�n, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y fals�as procuraba quitarme la m�a. Para prueba de lo cual ya sabes, �oh Sancho!, por experiencia que no te dejar� mentir ni enga�ar, cu�n f�cil sea a los encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de lo feo hermoso, pues no ha dos d�as que viste por tus mismos ojos la hermosura y gallard�a de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y m�s, que el perverso encantador que se atrevi� a hacer una transformaci�n tan mala no es mucho que haya hecho la de Sans�n Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo; porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de mi enemigo.
— Dios sabe la verdad de todo —respondi� Sancho.
Y como �l sab�a que la transformaci�n de Dulcinea hab�a sido traza y embeleco suyo, no le satisfac�an las quimeras de su amo; pero no le quiso replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.
En estas razones estaban cuando los alcanz� un hombre que detr�s dellos por el mismo camino ven�a sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gab�n de pa�o fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde. Tra�a un alfanje morisco pendiente de un ancho tahal� de verde y oro, y los borcegu�es eran de la labor del tahal�; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bru�idas que, por hacer labor con todo el vestido, parec�an mejor que si fuera de oro puro. Cuando lleg� a ellos, el caminante los salud� cort�smente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le dijo:
— Se�or gal�n, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no importa el darse priesa, merced recibir�a en que nos fu�semos juntos.
— En verdad —respondi� el de la yegua— que no me pasara tan de largo, si no fuera por temor que con la compa��a de mi yegua no se alborotara ese caballo.
— Bien puede, se�or —respondi� a esta saz�n Sancho—, bien puede tener las riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el m�s honesto y bien mirado del mundo: jam�s en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se desmand� a hacerla la lastamos mi se�or y yo con las setenas. Digo otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.
Detuvo la rienda el caminante, admir�ndose de la apostura y rostro de don Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el arz�n delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a don Quijote, mucho m�s miraba don Quijote al de lo verde, pareci�ndole hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta a�os; las canas, pocas, y el rostro, aguile�o; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.
Lo que juzg� de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante manera ni parecer de hombre no le hab�a visto jam�s: admir�le la longura de su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su adem�n y compostura: figura y retrato no visto por luengos tiempos atr�s en aquella tierra. Not� bien don Quijote la atenci�n con que el caminante le miraba, y ley�le en la suspensi�n su deseo; y, como era tan cort�s y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le sali� al camino, dici�ndole:
— Esta figura que vuesa merced en m� ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que com�nmente se usan, no me maravillar�a yo de que le hubiese maravillado; pero dejar� vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le digo, que soy caballero
destos que dicen las gentes
que a sus aventuras van.
Sal� de mi patria, empe�� mi hacienda, dej� mi regalo, y entregu�me en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde m�s fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballer�a, y ha muchos d�as que, tropezando aqu�, cayendo all�, despe��ndome ac� y levant�ndome acull�, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, hu�rfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes; y as�, por mis valerosas, muchas y cristianas haza�as he merecido andar ya en estampa en casi todas o las m�s naciones del mundo. Treinta mil vol�menes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las m�as, y esto se entiende cuando no se halla presente quien las diga; as� que, se�or gentilhombre, ni este caballo, esta lanza, ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podr� admirar de aqu� adelante, habiendo ya sabido qui�n soy y la profesi�n que hago.
Call� en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, seg�n se tardaba en responderle, parec�a que no acertaba a hacerlo; pero de all� a buen espacio le dijo:
— Acertastes, se�or caballero, a conocer por mi suspensi�n mi deseo; pero no hab�is acertado a quitarme la maravilla que en m� causa el haberos visto; que, puesto que, como vos, se�or, dec�s, que el saber ya qui�n sois me lo podr�a quitar, no ha sido as�; antes, agora que lo s�, quedo m�s suspenso y maravillado. �C�mo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballer�as? No me puedo persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas, ni socorra hu�rfanos, y no lo creyera si en vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. �Bendito sea el cielo!, que con esa historia, que vuesa merced dice que est� impresa, de sus altas y verdaderas caballer�as, se habr�n puesto en olvido las innumerables de los fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en da�o de las buenas costumbres y tan en perjuicio y descr�dito de las buenas historias.
— Hay mucho que decir —respondi� don Quijote— en raz�n de si son fingidas, o no, las historias de los andantes caballeros.
— Pues, �hay quien dude —respondi� el Verde— que no son falsas las tales historias?
— Yo lo dudo —respondi� don Quijote—, y qu�dese esto aqu�; que si nuestra jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.
Desta �ltima raz�n de don Quijote tom� barruntos el caminante de que don Quijote deb�a de ser alg�n mentecato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don Quijote le rog� le dijese qui�n era, pues �l le hab�a dado parte de su condici�n y de su vida. A lo que respondi� el del Verde Gab�n:
— Yo, se�or Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy m�s que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca, pero no mantengo ni halc�n ni galgos, sino alg�n perdig�n manso, o alg�n hur�n atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cu�les de romance y cu�les de lat�n, de historia algunos y de devoci�n otros; los de caballer�as a�n no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo m�s los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invenci�n, puesto que d�stos hay muy pocos en Espa�a. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de m� se murmure; no escudri�o las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada d�a; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi coraz�n a la hipocres�a y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del coraz�n m�s recatado; procuro poner en paz los que s� que est�n desavenidos; soy devoto de nuestra Se�ora, y conf�o siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Se�or.
Atent�simo estuvo Sancho a la relaci�n de la vida y entretenimientos del hidalgo; y, pareci�ndole buena y santa y que quien la hac�a deb�a de hacer milagros, se arroj� del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo derecho, y con devoto coraz�n y casi l�grimas le bes� los pies una y muchas veces. Visto lo cual por el hidalgo, le pregunt�:
— �Qu� hac�is, hermano? �Qu� besos son �stos?
— D�jenme besar —respondi� Sancho—, porque me parece vuesa merced el primer santo a la jineta que he visto en todos los d�as de mi vida.
— No soy santo —respondi� el hidalgo—, sino gran pecador; vos s�, hermano, que deb�is de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.
Volvi� Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la profunda malencol�a de su amo y causado nueva admiraci�n a don Diego. Pregunt�le don Quijote que cu�ntos hijos ten�a, y d�jole que una de las cosas en que pon�an el sumo bien los antiguos fil�sofos, que carecieron del verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.
— Yo, se�or don Quijote —respondi� el hidalgo—, tengo un hijo, que, a no tenerle, quiz� me juzgara por m�s dichoso de lo que soy; y no porque �l sea malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Ser� de edad de diez y ocho a�os: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, hall�le tan embebido en la de la poes�a, si es que se puede llamar ciencia, que no es posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara, ni de la reina de todas, la teolog�a. Quisiera yo que fuera corona de su linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el muladar. Todo el d�a se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en tal verso de la Il�ada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cari�o que muestra tener a la poes�a de romance, le tiene agora desvanecidos los pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria.
A todo lo cual respondi� don Quijote:
— Los hijos, se�or, son pedazos de las entra�as de sus padres, y as�, se han de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan vida; a los padres toca el encaminarlos desde peque�os por los pasos de la virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para que cuando grandes sean b�culo de la vejez de sus padres y gloria de su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo tengo por acertado, aunque el persuadirles no ser� da�oso; y cuando no se ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que le dio el cielo padres que se lo dejen, ser�a yo de parecer que le dejen seguir aquella ciencia a que m�s le vieren inclinado; y, aunque la de la poes�a es menos �til que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar a quien las posee. La poes�a, se�or hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni tra�da por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud, que quien la sabe tratar la volver� en oro pur�simo de inestimable precio; hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dej�ndola correr en torpes s�tiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera, si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se encierran. Y no pens�is, se�or, que yo llamo aqu� vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea se�or y pr�ncipe, puede y debe entrar en n�mero de vulgo. Y as�, el que con los requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poes�a, ser� famoso y estimado su nombre en todas las naciones pol�ticas del mundo. Y a lo que dec�s, se�or, que vuestro hijo no estima mucho la poes�a de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la raz�n es �sta: el grande Homero no escribi� en lat�n, porque era griego, ni Virgilio no escribi� en griego, porque era latino. En resoluci�n, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto as�, raz�n ser�a se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alem�n porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizca�no, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, a lo que yo, se�or, imagino, no debe de estar mal con la poes�a de romance, sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y aun en esto puede haber yerro; porque, seg�n es opini�n verdadera, el poeta nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale poeta; y, con aquella inclinaci�n que le dio el cielo, sin m�s estudio ni artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in nobis..., etc�tera. Tambi�n digo que el natural poeta que se ayudare del arte ser� mucho mejor y se aventajar� al poeta que s�lo por saber el arte quisiere serlo; la raz�n es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perfici�nala; as� que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte con la naturaleza, sacar�n un perfet�simo poeta. Sea, pues, la conclusi�n de mi pl�tica, se�or hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama; que, siendo �l tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escal�n de las esencias, que es el de las lenguas, con ellas por s� mesmo subir� a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada, y as� le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Ri�a vuesa merced a su hijo si hiciere s�tiras que perjudiquen las honras ajenas, y cast�guele, y r�mpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio, donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente �l lo hizo, al�bele: porque l�cito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en sus versos mal de los invidiosos, y as� de los otros vicios, con que no se�ale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia, se pondr�n a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta fuere casto en sus costumbres, lo ser� tambi�n en sus versos; la pluma es lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales ser�n sus escritos; y cuando los reyes y pr�ncipes veen la milagrosa ciencia de la poes�a en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran, los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del �rbol a quien no ofende el rayo, como en se�al que no han de ser ofendidos de nadie los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.
Admirado qued� el del Verde Gab�n del razonamiento de don Quijote, y tanto, que fue perdiendo de la opini�n que con �l ten�a, de ser mentecato. Pero, a la mitad desta pl�tica, Sancho, por no ser muy de su gusto, se hab�a desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que all� junto estaban orde�ando unas ovejas; y, en esto, ya volv�a a renovar la pl�tica el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreci�n y buen discurso de don Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por donde ellos iban ven�a un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que deb�a de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llam� a Sancho que viniese a darle la celada. El cual Sancho, oy�ndose llamar, dej� a los pastores, y a toda priesa pic� al rucio, y lleg� donde su amo estaba, a quien sucedi� una espantosa y desatinada aventura.
Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le trujese el yelmo, estaba �l comprando unos requesones que los pastores le vend�an; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qu� hacer dellos, ni en qu� traerlos, y, por no perderlos, que ya los ten�a pagados, acord� de echarlos en la celada de su se�or, y con este buen recado volvi� a ver lo que le quer�a; el cual, en llegando, le dijo:
— Dame, amigo, esa celada; que yo s� poco de aventuras, o lo que all� descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis armas.
El del Verde Gab�n, que esto oy�, tendi� la vista por todas partes, y no descubri� otra cosa que un carro que hacia ellos ven�a, con dos o tres banderas peque�as, que le dieron a entender que el tal carro deb�a de traer moneda de Su Majestad, y as� se lo dijo a don Quijote; pero �l no le dio cr�dito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese hab�an de ser aventuras y m�s aventuras, y as�, respondi� al hidalgo:
— Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me aperciba, que s� por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles, y no s� cu�ndo, ni ad�nde, ni en qu� tiempo, ni en qu� figuras me han de acometer.
Y, volvi�ndose a Sancho, le pidi� la celada; el cual, como no tuvo lugar de sacar los requesones, le fue forzoso d�rsela como estaba. Tom�la don Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro ven�a, con toda priesa se la encaj� en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron, comenz� a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo que recibi� tal susto, que dijo a Sancho:
— �Qu� ser� esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo, en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso sudor me ciega los ojos.
Call� Sancho y diole un pa�o, y dio con �l gracias a Dios de que su se�or no hubiese ca�do en el caso. Limpi�se don Quijote y quit�se la celada por ver qu� cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo aquellas gachas blancas dentro de la celada, las lleg� a las narices, y en oli�ndolas dijo:
— Por vida de mi se�ora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aqu� me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.
A lo que, con gran flema y disimulaci�n, respondi� Sancho:
— Si son requesones, d�melos vuesa merced, que yo me los comer�... Pero c�malos el diablo, que debi� de ser el que ah� los puso. �Yo hab�a de tener atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? �Hallado le hab�is el atrevido! A la fe, se�or, a lo que Dios me da a entender, tambi�n debo yo de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa merced, y habr�n puesto ah� esa inmundicia para mover a c�lera su paciencia y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta vez han dado salto en vago, que yo conf�o en el buen discurso de mi se�or, que habr� considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi est�mago que en la celada.
— Todo puede ser —dijo don Quijote.
Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando, despu�s de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada, se la encaj�; y, afirm�ndose bien en los estribos, requiriendo la espada y asiendo la lanza, dijo:
— Ahora, venga lo que veniere, que aqu� estoy con �nimo de tomarme con el mesmo Satan�s en persona.
Lleg� en esto el carro de las banderas, en el cual no ven�a otra gente que el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. P�sose don Quijote delante y dijo:
— �Ad�nde vais, hermanos? �Qu� carro es �ste, qu� llev�is en �l y qu� banderas son aqu�stas?
A lo que respondi� el carretero:
— El carro es m�o; lo que va en �l son dos bravos leones enjaulados, que el general de Or�n env�a a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas son del rey nuestro se�or, en se�al que aqu� va cosa suya.
— Y �son grandes los leones? —pregunt� don Quijote.
— Tan grandes —respondi� el hombre que iba a la puerta del carro—, que no han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a Espa�a jam�s; y yo soy el leonero, y he pasado otros, pero como �stos, ninguno. Son hembra y macho; el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atr�s; y ahora van hambrientos porque no han comido hoy; y as�, vuesa merced se desv�e, que es menester llegar presto donde les demos de comer.
A lo que dijo don Quijote, sonri�ndose un poco:
— �Leoncitos a m�? �A m� leoncitos, y a tales horas? Pues, �por Dios que han de ver esos se�ores que ac� los env�an si soy yo hombre que se espanta de leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campa�a les dar� a conocer qui�n es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores que a m� los env�an.
— �Ta, ta! —dijo a esta saz�n entre s� el hidalgo—, dado ha se�al de qui�n es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los cascos y madurado los sesos.
Lleg�se en esto a �l Sancho y d�jole:
— Se�or, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi se�or don Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aqu� nos han de hacer pedazos a todos.
— Pues, �tan loco es vuestro amo —respondi� el hidalgo—, que tem�is, y cre�is que se ha de tomar con tan fieros animales?
— No es loco —respondi� Sancho—, sino atrevido.
— Yo har� que no lo sea —replic� el hidalgo.
Y, lleg�ndose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese las jaulas, le dijo:
— Se�or caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la quitan; porque la valent�a que se entra en la juridici�n de la temeridad, m�s tiene de locura que de fortaleza. Cuanto m�s, que estos leones no vienen contra vuesa merced, ni lo sue�an: van presentados a Su Majestad, y no ser� bien detenerlos ni impedirles su viaje.
— V�yase vuesa merced, se�or hidalgo —respondi� don Quijote—, a entender con su perdig�n manso y con su hur�n atrevido, y deje a cada uno hacer su oficio. �ste es el m�o, y yo s� si vienen a m�, o no, estos se�ores leones.
Y, volvi�ndose al leonero, le dijo:
— �Voto a tal, don bellaco, que si no abr�s luego luego las jaulas, que con esta lanza os he de coser con el carro!
El carretero, que vio la determinaci�n de aquella armada fantas�a, le dijo:
— Se�or m�o, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones, porque si me las matan, quedar� rematado para toda mi vida; que no tengo otra hacienda sino este carro y estas mulas.
— �Oh hombre de poca fe! —respondi� don Quijote—, ap�ate y desunce, y haz lo que quisieres, que presto ver�s que trabajaste en vano y que pudieras ahorrar desta diligencia.
Ape�se el carretero y desunci� a gran priesa, y el leonero dijo a grandes voces:
— S�anme testigos cuantos aqu� est�n c�mo contra mi voluntad y forzado abro las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este se�or que todo el mal y da�o que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con m�s mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, se�ores, se pongan en cobro antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer da�o.
Otra vez le persuadi� el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondi� don Quijote que �l sab�a lo que hac�a. Respondi�le el hidalgo que lo mirase bien, que �l entend�a que se enga�aba.
— Ahora, se�or —replic� don Quijote—, si vuesa merced no quiere ser oyente desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y p�ngase en salvo.
O�do lo cual por Sancho, con l�grimas en los ojos le suplic� desistiese de tal empresa, en cuya comparaci�n hab�an sido tortas y pan pintado la de los molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las haza�as que hab�a acometido en todo el discurso de su vida.
— Mire, se�or —dec�a Sancho—, que aqu� no hay encanto ni cosa que lo valga; que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una u�a de le�n verdadero, y saco por ella que el tal le�n, cuya debe de ser la tal u�a, es mayor que una monta�a.
— El miedo, a lo menos —respondi� don Quijote—, te le har� parecer mayor que la mitad del mundo. Ret�rate, Sancho, y d�jame; y si aqu� muriere, ya sabes nuestro antiguo concierto: acudir�s a Dulcinea, y no te digo m�s.
A �stas a�adi� otras razones, con que quit� las esperanzas de que no hab�a de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gab�n opon�rsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareci� cordura tomarse con un loco, que ya se lo hab�a parecido de todo punto don Quijote; el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio ocasi�n al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo m�s que pudiesen, antes que los leones se desembanastasen.
Lloraba Sancho la muerte de su se�or, que aquella vez sin duda cre�a que llegaba en las garras de los leones; maldec�a su ventura, y llamaba menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien desviados, torn� a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le hab�a requerido e intimado, el cual respondi� que lo o�a, y que no se curase de m�s intimaciones y requirimientos, que todo ser�a de poco fruto, y que se diese priesa.
En el espacio que tard� el leonero en abrir la jaula primera, estuvo considerando don Quijote si ser�a bien hacer la batalla antes a pie que a caballo; y, en fin, se determin� de hacerla a pie, temiendo que Rocinante se espantar�a con la vista de los leones. Por esto salt� del caballo, arroj� la lanza y embraz� el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y coraz�n valiente, se fue a poner delante del carro, encomend�ndose a Dios de todo coraz�n, y luego a su se�ora Dulcinea.
Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera historia exclama y dice: ''�Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de Le�n, que fue gloria y honra de los espa�oles caballeros! �Con qu� palabras contar� esta tan espantosa haza�a, o con qu� razones la har� cre�ble a los siglos venideros, o qu� alabanzas habr� que no te convengan y cuadren, aunque sean hip�rboles sobre todos los hip�rboles? T� a pie, t� solo, t� intr�pido, t� magn�nimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, est�s aguardando y atendiendo los dos m�s fieros leones que jam�s criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aqu� en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos''.
Aqu� ces� la referida exclamaci�n del autor, y pas� adelante, anudando el hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a don Quijote, y que no pod�a dejar de soltar al le�n macho, so pena de caer en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abri� de par en par la primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el le�n, el cual pareci� de grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo fue revolverse en la jaula, donde ven�a echado, y tender la garra, y desperezarse todo; abri� luego la boca y bostez� muy despacio, y, con casi dos palmos de lengua que sac� fuera, se despolvore� los ojos y se lav� el rostro; hecho esto, sac� la cabeza fuera de la jaula y mir� a todas partes con los ojos hechos brasas, vista y adem�n para poner espanto a la misma temeridad. S�lo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya del carro y viniese con �l a las manos, entre las cuales pensaba hacerle pedazos.
Hasta aqu� lleg� el estremo de su jam�s vista locura. Pero el generoso le�n, m�s comedido que arrogante, no haciendo caso de ni�er�as, ni de bravatas, despu�s de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho, volvi� las espaldas y ense�� sus traseras partes a don Quijote, y con gran flema y remanso se volvi� a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote, mand� al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.
— Eso no har� yo —respondi� el leonero—, porque si yo le instigo, el primero a quien har� pedazos ser� a m� mismo. Vuesa merced, se�or caballero, se contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en g�nero de valent�a, y no quiera tentar segunda fortuna. El le�n tiene abierta la puerta: en su mano est� salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta ahora, no saldr� en todo el d�a. La grandeza del coraz�n de vuesa merced ya est� bien declarada: ning�n bravo peleante, seg�n a m� se me alcanza, est� obligado a m�s que a desafiar a su enemigo y esperarle en campa�a; y si el contrario no acude, en �l se queda la infamia, y el esperante gana la corona del vencimiento.
— As� es verdad —respondi� don Quijote—: cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aqu� me has visto hacer; conviene a saber: c�mo t� abriste al le�n, yo le esper�, �l no sali�; volv�le a esperar, volvi� a no salir y volvi�se acostar. No debo m�s, y encantos afuera, y Dios ayude a la raz�n y a la verdad, y a la verdadera caballer�a; y cierra, como he dicho, en tanto que hago se�as a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta haza�a.
H�zolo as� el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el lienzo con que se hab�a limpiado el rostro de la lluvia de los requesones, comenz� a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a ver la se�al del blanco pa�o, dijo:
— Que me maten si mi se�or no ha vencido a las fieras bestias, pues nos llama.
Detuvi�ronse todos, y conocieron que el que hac�a las se�as era don Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote al carretero:
— Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y t�, Sancho, dale dos escudos de oro, para �l y para el leonero, en recompensa de lo que por m� se han detenido.
— �sos dar� yo de muy buena gana —respondi� Sancho—; pero, �qu� se han hecho los leones? �Son muertos, o vivos?
Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, cont� el fin de la contienda, exagerando, como �l mejor pudo y supo, el valor de don Quijote, de cuya vista el le�n, acobardado, no quiso ni os� salir de la jaula, puesto que hab�a tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y que, por haber �l dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al le�n para que por fuerza saliese, como �l quer�a que se irritase, mal de su grado y contra toda su voluntad, hab�a permitido que la puerta se cerrase.
— �Qu� te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. �Hay encantos que valgan contra la verdadera valent�a? Bien podr�n los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el �nimo, ser� imposible.
Dio los escudos Sancho, unci� el carretero, bes� las manos el leonero a don Quijote por la merced recebida, y prometi�le de contar aquella valerosa haza�a al mismo rey, cuando en la corte se viese.
— Pues, si acaso Su Majestad preguntare qui�n la hizo, dir�isle que el Caballero de los Leones, que de aqu� adelante quiero que en �ste se trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aqu� he tenido del Caballero de la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes caballeros, que se mudaban los nombres cuando quer�an, o cuando les ven�a a cuento.
Sigui� su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gab�n prosiguieron el suyo.
En todo este tiempo no hab�a hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareci�ndole que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No hab�a a�n llegado a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera le�do, cesara la admiraci�n en que lo pon�an sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el g�nero de su locura; pero, como no la sab�a, ya le ten�a por cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho, y lo que hac�a, disparatado, temerario y tonto. Y dec�a entre s�:
— �Qu� m�s locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y �qu� mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?
Destas imaginaciones y deste soliloquio le sac� don Quijote, dici�ndole:
— �Qui�n duda, se�or don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opini�n por un hombre disparatado y loco? Y no ser�a mucho que as� fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero, a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir, honran las cortes de sus pr�ncipes; pero sobre todos �stos parece mejor un caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intenci�n de darles dichosa y bien afortunada cima, s�lo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante, socorriendo a una viuda en alg�n despoblado, que un cortesano caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espl�ndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y mu�strese grande, liberal y magn�fico, y buen cristiano, sobre todo, y desta manera cumplir� con sus precisas obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo; �ntrese en los m�s intricados laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los p�ramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar �stos, acometer aqu�llos y vencerlos a todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del n�mero de la andante caballer�a, no puedo dejar de acometer todo aquello que a m� me pareciere que cae debajo de la juridici�n de mis ejercicios; y as�, el acometer los leones que ahora acomet� derechamente me tocaba, puesto que conoc� ser temeridad esorbitante, porque bien s� lo que es valent�a, que es una virtud que est� puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobard�a y la temeridad; pero menos mal ser� que el que es valiente toque y suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde; que as� como es m�s f�cil venir el pr�digo a ser liberal que al avaro, as� es m�s f�cil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valent�a; y, en esto de acometer aventuras, cr�ame vuesa merced, se�or don Diego, que antes se ha de perder por carta de m�s que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el tal caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es t�mido y cobarde".
— Digo, se�or don Quijote —respondi� don Diego—, que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma raz�n, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballer�a andante se perdiesen, se hallar�an en el pecho de vuesa merced como en su mismo dep�sito y archivo. Y d�monos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi aldea y casa, donde descansar� vuestra merced del pasado trabajo, que si no ha sido del cuerpo, ha sido del esp�ritu, que suele tal vez redundar en cansancio del cuerpo.
— Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, se�or don Diego— respondi� don Quijote.
Y, picando m�s de lo que hasta entonces, ser�an como las dos de la tarde cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote llamaba el Caballero del Verde Gab�n.
Hall� don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea; las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle; la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que dec�a, ni delante de qui�n estaba, dijo:
— �Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quer�a!
�Oh tobosescas tinajas, que me hab�is tra�do a la memoria la dulce prenda de mi mayor amargura!
Oy�le decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre hab�a salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la estra�a figura de don Quijote; el cual, ape�ndose de Rocinante, fue con mucha cortes�a a pedirle las manos para bes�rselas, y don Diego dijo:
— Recebid, se�ora, con vuestro s�lito agrado al se�or don Quijote de la Mancha, que es el que ten�is delante, andante caballero y el m�s valiente y el m�s discreto que tiene el mundo.
La se�ora, que do�a Cristina se llamaba, le recibi� con muestras de mucho amor y de mucha cortes�a, y don Quijote se le ofreci� con asaz de discretas y comedidas razones. Casi los mismos comedimientos pas� con el estudiante, que, en oy�ndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.
Aqu� pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pint�ndonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor desta historia le pareci� pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio, porque no ven�an bien con el prop�sito principal de la historia, la cual m�s tiene su fuerza en la verdad que en las fr�as digresiones.
Entraron a don Quijote en una sala, desarm�le Sancho, qued� en valones y en jub�n de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era valona a lo estudiantil, sin almid�n y sin randas; los borcegu�es eran datilados, y encerados los zapatos. Ci��se su buena espada, que pend�a de un tahal� de lobos marinos; que es opini�n que muchos a�os fue enfermo de los ri�ones; cubri�se un herreruelo de buen pa�o pardo; pero antes de todo, con cinco calderos, o seis, de agua, que en la cantidad de los calderos hay alguna diferencia, se lav� la cabeza y rostro, y todav�a se qued� el agua de color de suero, merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos atav�os, y con gentil donaire y gallard�a, sali� don Quijote a otra sala, donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las mesas se pon�an; que, por la venida de tan noble hu�sped, quer�a la se�ora do�a Cristina mostrar que sab�a y pod�a regalar a los que a su casa llegasen.
En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que as� se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:
— �Qui�n diremos, se�or, que es este caballero que vuesa merced nos ha tra�do a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero andante, a m� y a mi madre nos tiene suspensos.
— No s� lo que te diga, hijo —respondi� don Diego—; s�lo te sabr� decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan discretas que borran y deshacen sus hechos: h�blale t�, y toma el pulso a lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discreci�n o tonter�a lo que m�s puesto en raz�n estuviere; aunque, para decir verdad, antes le tengo por loco que por cuerdo.
Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho, y, entre otras pl�ticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don Lorenzo:
— El se�or don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre todo, que es vuesa merced un gran poeta.
— Poeta, bien podr� ser —respondi� don Lorenzo—, pero grande, ni por pensamiento. Verdad es que yo soy alg�n tanto aficionado a la poes�a y a leer los buenos poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de grande que mi padre dice.
— No me parece mal esa humildad —respondi� don Quijote—, porque no hay poeta que no sea arrogante y piense de s� que es el mayor poeta del mundo.
— No hay regla sin excepci�n —respondi� don Lorenzo—, y alguno habr� que lo sea y no lo piense.
— Pocos —respondi� don Quijote—; pero d�game vuesa merced: �qu� versos son los que agora trae entre manos, que me ha dicho el se�or su padre que le traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a m� se me entiende algo de achaque de glosas, y holgar�a saberlos; y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, ser� el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.
— Hasta ahora —dijo entre s� don Lorenzo—, no os podr� yo juzgar por loco; vamos adelante.
Y d�jole:
— Par�ceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: �qu� ciencias ha o�do?
— La de la caballer�a andante —respondi� don Quijote—, que es tan buena como la de la poes�a, y aun dos deditos m�s.
— No s� qu� ciencia sea �sa —replic� don Lorenzo—, y hasta ahora no ha llegado a mi noticia.
— Es una ciencia —replic� don Quijote— que encierra en s� todas o las m�s ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser te�logo, para saber dar raz�n de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera que le fuere pedido; ha de ser m�dico y principalmente herbolario, para conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada triquete buscando quien se las cure; ha de ser astr�logo, para conocer por las estrellas cu�ntas horas son pasadas de la noche, y en qu� parte y en qu� clima del mundo se halla; ha de saber las matem�ticas, porque a cada paso se le ofrecer� tener necesidad dellas; y, dejando aparte que ha de estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje Nicol�s o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama; ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla. De todas estas grandes y m�nimas partes se compone un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, se�or don Lorenzo, si es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa, y si se puede igualar a las m�s estiradas que en los ginasios y escuelas se ense�an.
— Si eso es as� —replic� don Lorenzo—, yo digo que se aventaja esa ciencia a todas.
— �C�mo si es as�? —respondi� don Quijote.
Lo que yo quiero decir —dijo don Lorenzo— es que dudo que haya habido, ni que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.
— Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora —respondi� don Quijote—: que la mayor parte de la gente del mundo est� de parecer de que no ha habido en �l caballeros andantes; y, por parecerme a m� que si el cielo milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar al cielo le saque d�l, y le d� a entender cu�n provechosos y cu�n necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y cu�n �tiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.
— Escapado se nos ha nuestro hu�sped —dijo a esta saz�n entre s� don Lorenzo—, pero, con todo eso, �l es loco bizarro, y yo ser�a mentecato flojo si as� no lo creyese.
Aqu� dieron fin a su pl�tica, porque los llamaron a comer. Pregunt� don Diego a su hijo qu� hab�a sacado en limpio del ingenio del hu�sped. A lo que �l respondi�:
— No le sacar�n del borrador de su locura cuantos m�dicos y buenos escribanos tiene el mundo: �l es un entreverado loco, lleno de l�cidos intervalos.
Fu�ronse a comer, y la comida fue tal como don Diego hab�a dicho en el camino que la sol�a dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que m�s se content� don Quijote fue del maravilloso silencio que en toda la casa hab�a, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados, pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don Quijote pidi� ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa literaria; a lo que �l respondi� que, por no parecer de aquellos poetas que cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los vomitan,...
— ...yo dir� mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que s�lo por ejercitar el ingenio la he hecho.
— Un amigo y discreto —respondi� don Quijote— era de parecer que no se hab�a de cansar nadie en glosar versos; y la raz�n, dec�a �l, era que jam�s la glosa pod�a llegar al texto, y que muchas o las m�s veces iba la glosa fuera de la intenci�n y prop�sito de lo que ped�a lo que se glosaba; y m�s, que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufr�an interrogantes, ni dijo, ni dir�, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que glosan, como vuestra merced debe de saber.
— Verdaderamente, se�or don Quijote —dijo don Lorenzo—, que deseo coger a vuestra merced en un mal lat�n continuado, y no puedo, porque se me desliza de entre las manos como anguila.
— No entiendo —respondi� don Quijote— lo que vuestra merced dice ni quiere decir en eso del deslizarme.
— Yo me dar� a entender —respondi� don Lorenzo—; y por ahora est� vuesa merced atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:
�Si mi fue tornase a es,
sin esperar m�s ser�,
o viniese el tiempo ya
de lo que ser� despu�s...!
Glosa
Al fin, como todo pasa,
se pas� el bien que me dio
Fortuna, un tiempo no escasa,
y nunca me le volvi�,
ni abundante, ni por tasa.
Siglos ha ya que me vees,
Fortuna, puesto a tus pies;
vu�lveme a ser venturoso,
que ser� mi ser dichoso
si mi fue tornase a es.
No quiero otro gusto o gloria,
otra palma o vencimiento,
otro triunfo, otra vitoria,
sino volver al contento
que es pesar en mi memoria.
Si t� me vuelves all�,
Fortuna, templado est�
todo el rigor de mi fuego,
y m�s si este bien es luego,
sin esperar m�s ser�.
Cosas imposibles pido,
pues volver el tiempo a ser
despu�s que una vez ha sido,
no hay en la tierra poder
que a tanto se haya estendido.
Corre el tiempo, vuela y va
ligero, y no volver�,
y errar�a el que pidiese,
o que el tiempo ya se fuese,
o volviese el tiempo ya.
Vivo en perpleja vida,
ya esperando, ya temiendo:
es muerte muy conocida,
y es mucho mejor muriendo
buscar al dolor salida.
A m� me fuera inter�s
acabar, mas no lo es,
pues, con discurso mejor,
me da la vida el temor
de lo que ser� despu�s.
En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levant� en pie don Quijote, y, en voz levantada, que parec�a grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
— �Viven los cielos donde m�s altos est�n, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merec�is estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta, que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de Par�s, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las Musas jam�s atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, se�or, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.
�No es bueno que dicen que se holg� don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque le ten�a por loco? �Oh fuerza de la adulaci�n, a cu�nto te estiendes, y cu�n dilatados l�mites son los de tu juridici�n agradable! Esta verdad acredit� don Lorenzo, pues concedi� con la demanda y deseo de don Quijote, dici�ndole este soneto a la f�bula o historia de P�ramo y Tisbe:
Soneto
El muro rompe la doncella hermosa
que de P�ramo abri� el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio all�, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas s�, que amor suele de hecho
facilitar la m�s dif�cil cosa.
Sali� el deseo de comp�s, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qu� historia:
que a entrambos en un punto, �oh estra�o caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
— �Bendito sea Dios! —dijo don Quijote habiendo o�do el soneto a don Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay, he visto un consumado poeta, como lo es vuesa merced, se�or m�o; que as� me lo da a entender el artificio deste soneto.
Cuatro d�as estuvo don Quijote regalad�simo en la casa de don Diego, al cabo de los cuales le pidi� licencia para irse, dici�ndole que le agradec�a la merced y buen tratamiento que en su casa hab�a recebido; pero que, por no parecer bien que los caballeros andantes se den muchas horas a ocio y al regalo, se quer�a ir a cumplir con su oficio, buscando las aventuras, de quien ten�a noticia que aquella tierra abundaba, donde esperaba entretener el tiempo hasta que llegase el d�a de las justas de Zaragoza, que era el de su derecha derrota; y que primero hab�a de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en aquellos contornos se contaban, sabiendo e inquiriendo asimismo el nacimiento y verdaderos manantiales de las siete lagunas llamadas com�nmente de Ruidera.
Don Diego y su hijo le alabaron su honrosa determinaci�n, y le dijeron que tomase de su casa y de su hacienda todo lo que en grado le viniese, que le servir�an con la voluntad posible; que a ello les obligaba el valor de su persona y la honrosa profesi�n suya.
Lleg�se, en fin, el d�a de su partida, tan alegre para don Quijote como triste y aciago para Sancho Panza, que se hallaba muy bien con la abundancia de la casa de don Diego, y rehusaba de volver a la hambre que se usa en las florestas, despoblados, y a la estrecheza de sus mal prove�das alforjas. Con todo esto, las llen� y colm� de lo m�s necesario que le pareci�; y al despedirse dijo don Quijote a don Lorenzo:
— No s� si he dicho a vuesa merced otra vez, y si lo he dicho lo vuelvo a decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para llegar a la inacesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer otra cosa sino dejar a una parte la senda de la poes�a, algo estrecha, y tomar la estrech�sima de la andante caballer�a, bastante para hacerle emperador en daca las pajas.
Con estas razones acab� don Quijote de cerrar el proceso de su locura, y m�s con las que a�adi�, diciendo:
— Sabe Dios si quisiera llevar conmigo al se�or don Lorenzo, para ense�arle c�mo se han de perdonar los sujetos, y supeditar y acocear los soberbios, virtudes anejas a la profesi�n que yo profeso; pero, pues no lo pide su poca edad, ni lo querr�n consentir sus loables ejercicios, s�lo me contento con advertirle a vuesa merced que, siendo poeta, podr� ser famoso si se gu�a m�s por el parecer ajeno que por el propio, porque no hay padre ni madre a quien sus hijos le parezcan feos, y en los que lo son del entendimiento corre m�s este enga�o.
De nuevo se admiraron padre y hijo de las entremetidas razones de don Quijote, ya discretas y ya disparatadas, y del tema y tes�n que llevaba de acudir de todo en todo a la busca de sus desventuradas aventuras, que las ten�a por fin y blanco de sus deseos. Reiter�ronse los ofrecimientos y comedimientos, y, con la buena licencia de la se�ora del castillo, don Quijote y Sancho, sobre Rocinante y el rucio, se partieron.
Poco trecho se hab�a alongado don Quijote del lugar de don Diego, cuando encontr� con dos como cl�rigos o como estudiantes y con dos labradores que sobre cuatro bestias asnales ven�an caballeros. El uno de los estudiantes tra�a, como en portamanteo, en un lienzo de bocac� verde envuelto, al parecer, un poco de grana blanca y dos pares de medias de cordellate; el otro no tra�a otra cosa que dos espadas negras de esgrima, nuevas, y con sus zapatillas. Los labradores tra�an otras cosas, que daban indicio y se�al que ven�an de alguna villa grande, donde las hab�an comprado, y las llevaban a su aldea; y as� estudiantes como labradores cayeron en la misma admiraci�n en que ca�an todos aquellos que la vez primera ve�an a don Quijote, y mor�an por saber qu� hombre fuese aqu�l tan fuera del uso de los otros hombres.
Salud�les don Quijote, y, despu�s de saber el camino que llevaban, que era el mesmo que �l hac�a, les ofreci� su compa��a, y les pidi� detuviesen el paso, porque caminaban m�s sus pollinas que su caballo; y, para obligarlos, en breves razones les dijo qui�n era, y su oficio y profesi�n, que era de caballero andante que iba a buscar las aventuras por todas las partes del mundo. D�joles que se llamaba de nombre propio don Quijote de la Mancha, y por el apelativo, el Caballero de los Leones. Todo esto para los labradores era hablarles en griego o en jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego entendieron la flaqueza del celebro de don Quijote; pero, con todo eso, le miraban con admiraci�n y con respecto, y uno dellos le dijo:
— Si vuestra merced, se�or caballero, no lleva camino determinado, como no le suelen llevar los que buscan las aventuras, vuesa merced se venga con nosotros: ver� una de las mejores bodas y m�s ricas que hasta el d�a de hoy se habr�n celebrado en la Mancha, ni en otras muchas leguas a la redonda.
Pregunt�le don Quijote si eran de alg�n pr�ncipe, que as� las ponderaba.
— No son —respondi� el estudiante— sino de un labrador y una labradora: �l, el m�s rico de toda esta tierra; y ella, la m�s hermosa que han visto los hombres. El aparato con que se han de hacer es estraordinario y nuevo, porque se han de celebrar en un prado que est� junto al pueblo de la novia, a quien por excelencia llaman Quiteria la hermosa, y el desposado se llama Camacho el rico; ella de edad de diez y ocho a�os, y �l de veinte y dos; ambos para en uno, aunque algunos curiosos que tienen de memoria los linajes de todo el mundo quieren decir que el de la hermosa Quiteria se aventaja al de Camacho; pero ya no se mira en esto, que las riquezas son poderosas de soldar muchas quiebras. En efecto, el tal Camacho es liberal y h�sele antojado de enramar y cubrir todo el prado por arriba, de tal suerte que el sol se ha de ver en trabajo si quiere entrar a visitar las yerbas verdes de que est� cubierto el suelo. Tiene asimesmo maheridas danzas, as� de espadas como de cascabel menudo, que hay en su pueblo quien los repique y sacuda por estremo; de zapateadores no digo nada, que es un juicio los que tiene mu�idos; pero ninguna de las cosas referidas ni otras muchas que he dejado de referir ha de hacer m�s memorables estas bodas, sino las que imagino que har� en ellas el despechado Basilio. Es este Basilio un zagal vecino del mesmo lugar de Quiteria, el cual ten�a su casa pared y medio de la de los padres de Quiteria, de donde tom� ocasi�n el amor de renovar al mundo los ya olvidados amores de P�ramo y Tisbe, porque Basilio se enamor� de Quiteria desde sus tiernos y primeros a�os, y ella fue correspondiendo a su deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban por entretenimiento en el pueblo los amores de los dos ni�os Basilio y Quiteria. Fue creciendo la edad, y acord� el padre de Quiteria de estorbar a Basilio la ordinaria entrada que en su casa ten�a; y, por quitarse de andar receloso y lleno de sospechas, orden� de casar a su hija con el rico Camacho, no pareci�ndole ser bien casarla con Basilio, que no ten�a tantos bienes de fortuna como de naturaleza; pues si va a decir las verdades sin invidia, �l es el m�s �gil mancebo que conocemos: gran tirador de barra, luchador estremado y gran jugador de pelota; corre como un gamo, salta m�s que una cabra y birla a los bolos como por encantamento; canta como una calandria, y toca una guitarra, que la hace hablar, y, sobre todo, juega una espada como el m�s pintado.
— Por esa sola gracia —dijo a esta saz�n don Quijote—, merec�a ese mancebo no s�lo casarse con la hermosa Quiteria, sino con la mesma reina Ginebra, si fuera hoy viva, a pesar de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran.
— �A mi mujer con eso! —dijo Sancho Panza, que hasta entonces hab�a ido callando y escuchando—, la cual no quiere sino que cada uno case con su igual, ateni�ndose al refr�n que dicen "cada oveja con su pareja". Lo que yo quisiera es que ese buen Basilio, que ya me le voy aficionando, se casara con esa se�ora Quiteria; que buen siglo hayan y buen poso, iba a decir al rev�s, los que estorban que se casen los que bien se quieren.
— Si todos los que bien se quieren se hubiesen de casar —dijo don Quijote—, quitar�ase la eleci�n y juridici�n a los padres de casar sus hijos con quien y cuando deben; y si a la voluntad de las hijas quedase escoger los maridos, tal habr�a que escogiese al criado de su padre, y tal al que vio pasar por la calle, a su parecer, bizarro y entonado, aunque fuese un desbaratado espadach�n; que el amor y la afici�n con facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios para escoger estado, y el del matrimonio est� muy a peligro de errarse, y es menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si es prudente, antes de ponerse en camino busca alguna compa��a segura y apacible con quien acompa�arse; pues, �por qu� no har� lo mesmo el que ha de caminar toda la vida, hasta el paradero de la muerte, y m�s si la compa��a le ha de acompa�ar en la cama, en la mesa y en todas partes, como es la de la mujer con su marido? La de la propia mujer no es mercadur�a que una vez comprada se vuelve, o se trueca o cambia, porque es accidente inseparable, que dura lo que dura la vida: es un lazo que si una vez le ech�is al cuello, se vuelve en el nudo gordiano, que si no le corta la guada�a de la muerte, no hay desatarle. Muchas m�s cosas pudiera decir en esta materia, si no lo estorbara el deseo que tengo de saber si le queda m�s que decir al se�or licenciado acerca de la historia de Basilio.
A lo que respondi� el estudiante bachiller, o licenciado, como le llam� don Quijote, que:
— De todo no me queda m�s que decir sino que desde el punto que Basilio supo que la hermosa Quiteria se casaba con Camacho el rico, nunca m�s le han visto re�r ni hablar raz�n concertada, y siempre anda pensativo y triste, hablando entre s� mismo, con que da ciertas y claras se�ales de que se le ha vuelto el juicio: come poco y duerme poco, y lo que come son frutas, y en lo que duerme, si duerme, es en el campo, sobre la dura tierra, como animal bruto; mira de cuando en cuando al cielo, y otras veces clava los ojos en la tierra, con tal embelesamiento, que no parece sino estatua vestida que el aire le mueve la ropa. En fin, �l da tales muestras de tener apasionado el coraz�n, que tememos todos los que le conocemos que el dar el s� ma�ana la hermosa Quiteria ha de ser la sentencia de su muerte.
— Dios lo har� mejor —dijo Sancho—; que Dios, que da la llaga, da la medicina; nadie sabe lo que est� por venir: de aqu� a ma�ana muchas horas hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo a un mesmo punto; tal se acuesta sano la noche, que no se puede mover otro d�a. Y d�ganme, �por ventura habr� quien se alabe que tiene echado un clavo a la rodaja de la Fortuna? No, por cierto; y entre el s� y el no de la mujer no me atrever�a yo a poner una punta de alfiler, porque no cabr�a. Denme a m� que Quiteria quiera de buen coraz�n y de buena voluntad a Basilio, que yo le dar� a �l un saco de buena ventura: que el amor, seg�n yo he o�do decir, mira con unos antojos que hacen parecer oro al cobre, a la pobreza riqueza, y a las laga�as perlas.
— �Ad�nde vas a parar, Sancho, que seas maldito? —dijo don Quijote—; que cuando comienzas a ensartar refranes y cuentos, no te puede esperar sino el mesmo Judas, que te lleve. Dime, animal, �qu� sabes t� de clavos, ni de rodajas, ni de otra cosa ninguna?
— �Oh! Pues si no me entienden —respondi� Sancho—, no es maravilla que mis sentencias sean tenidas por disparates. Pero no importa: yo me entiendo, y s� que no he dicho muchas necedades en lo que he dicho; sino que vuesa merced, se�or m�o, siempre es friscal de mis dichos, y aun de mis hechos.
— Fiscal has de decir —dijo don Quijote—, que no friscal, prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.
— No se apunte vuestra merced conmigo —respondi� Sancho—, pues sabe que no me he criado en la Corte, ni he estudiado en Salamanca, para saber si a�ado o quito alguna letra a mis vocablos. S�, que, �v�lgame Dios!, no hay para qu� obligar al sayagu�s a que hable como el toledano, y toledanos puede haber que no las corten en el aire en esto del hablar polido.
— As� es —dijo el licenciado—, porque no pueden hablar tan bien los que se cr�an en las Tener�as y en Zocodover como los que se pasean casi todo el d�a por el claustro de la Iglesia Mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro, el propio, el elegante y claro, est� en los discretos cortesanos, aunque hayan nacido en Majalahonda: dije discretos porque hay muchos que no lo son, y la discreci�n es la gram�tica del buen lenguaje, que se acompa�a con el uso. Yo, se�ores, por mis pecados, he estudiado C�nones en Salamanca, y p�come alg�n tanto de decir mi raz�n con palabras claras, llanas y significantes.
— Si no os pic�redes m�s de saber m�s menear las negras que llev�is que la lengua —dijo el otro estudiante—, vos llev�rades el primero en licencias, como llevastes cola.
— Mirad, bachiller —respondi� el licenciado—: vos est�is en la m�s errada opini�n del mundo acerca de la destreza de la espada, teni�ndola por vana.
— Para m� no es opini�n, sino verdad asentada —replic� Corchuelo—; y si quer�is que os lo muestre con la experiencia, espadas tra�is, comodidad hay, yo pulsos y fuerzas tengo, que acompa�adas de mi �nimo, que no es poco, os har�n confesar que yo no me enga�o. Apeaos, y usad de vuestro comp�s de pies, de vuestros c�rculos y vuestros �ngulos y ciencia; que yo espero de haceros ver estrellas a mediod�a con mi destreza moderna y zafia, en quien espero, despu�s de Dios, que est� por nacer hombre que me haga volver las espaldas, y que no le hay en el mundo a quien yo no le haga perder tierra.
— En eso de volver, o no, las espaldas no me meto —replico el diestro—; aunque podr�a ser que en la parte donde la vez primera clav�sedes el pie, all� os abriesen la sepultura: quiero decir que all� qued�sedes muerto por la despreciada destreza.
— Ahora se ver� —respondi� Corchuelo.
Y, ape�ndose con gran presteza de su jumento, tir� con furia de una de las espadas que llevaba el licenciado en el suyo.
— No ha de ser as� —dijo a este instante don Quijote—, que yo quiero ser el maestro desta esgrima, y el juez desta muchas veces no averiguada cuesti�n.
Y, ape�ndose de Rocinante y asiendo de su lanza, se puso en la mitad del camino, a tiempo que ya el licenciado, con gentil donaire de cuerpo y comp�s de pies, se iba contra Corchuelo, que contra �l se vino, lanzando, como decirse suele, fuego por los ojos. Los otros dos labradores del acompa�amiento, sin apearse de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en la mortal tragedia. Las cuchilladas, estocadas, altibajos, reveses y mandobles que tiraba Corchuelo eran sin n�mero, m�s espesas que h�gado y m�s menudas que granizo. Arremet�a como un le�n irritado, pero sal�ale al encuentro un tapaboca de la zapatilla de la espada del licenciado, que en mitad de su furia le deten�a, y se la hac�a besar como si fuera reliquia, aunque no con tanta devoci�n como las reliquias deben y suelen besarse.
Finalmente, el licenciado le cont� a estocadas todos los botones de una media sotanilla que tra�a vestida, haci�ndole tiras los faldamentos, como colas de pulpo; derrib�le el sombrero dos veces, y cans�le de manera que de despecho, c�lera y rabia asi� la espada por la empu�adura, y arroj�la por el aire con tanta fuerza, que uno de los labradores asistentes, que era escribano, que fue por ella, dio despu�s por testimonio que la along� de s� casi tres cuartos de legua; el cual testimonio sirve y ha servido para que se conozca y vea con toda verdad c�mo la fuerza es vencida del arte.
Sent�se cansado Corchuelo, y lleg�ndose a �l Sancho, le dijo:
— M�a fe, se�or bachiller, si vuesa merced toma mi consejo, de aqu� adelante no ha de desafiar a nadie a esgrimir, sino a luchar o a tirar la barra, pues tiene edad y fuerzas para ello; que destos a quien llaman diestros he o�do decir que meten una punta de una espada por el ojo de una aguja.
— Yo me contento —respondi� Corchuelo— de haber ca�do de mi burra, y de que me haya mostrado la experiencia la verdad, de quien tan lejos estaba.
Y, levant�ndose, abraz� al licenciado, y quedaron m�s amigos que de antes, y no queriendo esperar al escribano, que hab�a ido por la espada, por parecerle que tardar�a mucho; y as�, determinaron seguir, por llegar temprano a la aldea de Quiteria, de donde todos eran.
En lo que faltaba del camino, les fue contando el licenciado las excelencias de la espada, con tantas razones demostrativas y con tantas figuras y demostraciones matem�ticas, que todos quedaron enterados de la bondad de la ciencia, y Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido, pero antes que llegasen les pareci� a todos que estaba delante del pueblo un cielo lleno de inumerables y resplandecientes estrellas. Oyeron, asimismo, confusos y suaves sonidos de diversos instrumentos, como de flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas; y cuando llegaron cerca vieron que los �rboles de una enramada, que a mano hab�an puesto a la entrada del pueblo, estaban todos llenos de luminarias, a quien no ofend�a el viento, que entonces no soplaba sino tan manso que no ten�a fuerza para mover las hojas de los �rboles. Los m�sicos eran los regocijadores de la boda, que en diversas cuadrillas por aquel agradable sitio andaban, unos bailando, y otros cantando, y otros tocando la diversidad de los referidos instrumentos. En efecto, no parec�a sino que por todo aquel prado andaba corriendo la alegr�a y saltando el contento.
Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de donde con comodidad pudiesen ver otro d�a las representaciones y danzas que se hab�an de hacer en aquel lugar dedicado para solenizar las bodas del rico Camacho y las exequias de Basilio. No quiso entrar en el lugar don Quijote, aunque se lo pidieron as� el labrador como el bachiller; pero �l dio por disculpa, bastant�sima a su parecer, ser costumbre de los caballeros andantes dormir por los campos y florestas antes que en los poblados, aunque fuese debajo de dorados techos; y con esto, se desvi� un poco del camino, bien contra la voluntad de Sancho, vini�ndosele a la memoria el buen alojamiento que hab�a tenido en el castillo o casa de don Diego.
Apenas la blanca aurora hab�a dado lugar a que el luciente Febo, con el ardor de sus calientes rayos, las l�quidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llam� a su escudero Sancho, que a�n todav�a roncaba; lo cual visto por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
— �Oh t�, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado esp�ritu, ni te persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra vez, y lo dir� otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro d�a t� y tu peque�a y angustiada familia. Ni la ambici�n te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los l�mites de tus deseos no se estienden a m�s que a pensar tu jumento; que el de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los se�ores. Duerme el criado, y est� velando el se�or, pensando c�mo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente roc�o no aflige al criado, sino al se�or, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvi� en la fertilidad y abundancia.
A todo esto no respondi� Sancho, porque dorm�a, ni despertara tan presto si don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en s�. Despert�, en fin, so�oliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:
— De la parte desta enramada, si no me enga�o, sale un tufo y olor harto m�s de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.
— Acaba, glot�n —dijo don Quijote—; ven, iremos a ver estos desposorios, por ver lo que hace el desde�ado Basilio.
— Mas que haga lo que quisiere —respondi� Sancho—: no fuera �l pobre y cas�rase con Quiteria. �No hay m�s sino tener un cuarto y querer alzarse por las nubes? A la fe, se�or, yo soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostar� un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es as�, como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.
— Por quien Dios es, Sancho —dijo a esta saz�n don Quijote—, que concluyas con tu arenga; que tengo para m� que si te dejasen seguir en las que a cada paso comienzas, no te quedar�a tiempo para comer ni para dormir, que todo le gastar�as en hablar.
— Si vuestra merced tuviera buena memoria —replic� Sancho—, debi�rase acordar de los cap�tulos de nuestro concierto antes que esta �ltima vez sali�semos de casa: uno dellos fue que me hab�a de dejar hablar todo aquello que quisiese, con que no fuese contra el pr�jimo ni contra la autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido contra el tal cap�tulo.
— Yo no me acuerdo, Sancho —respondi� don Quijote—, del tal cap�tulo; y, puesto que sea as�, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que anoche o�mos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se celebrar�n en el frescor de la ma�ana, y no en el calor de la tarde.
Hizo Sancho lo que su se�or le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando por la enramada.
Lo primero que se le ofreci� a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se hab�a de asar ard�a un mediano monte de le�a, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se hab�an hecho en la com�n turquesa de las dem�s ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cab�a un rastro de carne: as� embeb�an y encerraban en s� carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los �rboles para sepultarlas en las ollas no ten�an n�mero; los p�jaros y caza de diversos g�neros eran infinitos, colgados de los �rboles para que el aire los enfriase.
Cont� Sancho m�s de sesenta zaques de m�s de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, seg�n despu�s pareci�, de generosos vinos; as� hab�a rimeros de pan blanqu�simo, como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de aceite, mayores que las de un tinte, serv�an de fre�r cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabull�an en otra caldera de preparada miel que all� junto estaba.
Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y peque�os lechones, que, cosidos por encima, serv�an de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parec�a haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era r�stico, pero tan abundante que pod�a sustentar a un ej�rcito.
Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de qui�n �l tomara de bon�sima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques; y, �ltimamente, las frutas de sart�n, si es que se pod�an llamar sartenes las tan orondas calderas; y as�, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se lleg� a uno de los sol�citos cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rog� le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondi�:
— Hermano, este d�a no es de aquellos sobre quien tiene juridici�n la hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ah� un cuchar�n, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.
— No veo ninguno —respondi� Sancho.
— Esperad —dijo el cocinero—. �Pecador de m�, y qu� melindroso y para poco deb�is de ser!
Y, diciendo esto, asi� de un caldero, y, encaj�ndole en una de las medias tinajas, sac� en �l tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:
— Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora del yantar.
— No tengo en qu� echarla —respondi� Sancho.
— Pues llevaos —dijo el cocinero— la cuchara y todo, que la riqueza y el contento de Camacho todo lo suple.
En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando c�mo, por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce hermos�simas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:
— �Vivan Camacho y Quiteria: �l tan rico como ella hermosa, y ella la m�s hermosa del mundo!
Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre s�:
— Bien parece que �stos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su Quiteria.
De all� a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada muchas y diferentes danzas, entre las cuales ven�a una de espadas, de hasta veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y br�o, todos vestidos de delgado y blanqu�simo lienzo, con sus pa�os de tocar, labrados de varias colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo, pregunt� uno de los de las yeguas si se hab�a herido alguno de los danzantes.
— Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.
Y luego comenz� a enredarse con los dem�s compa�eros, con tantas vueltas y con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes danzas, ninguna le hab�a parecido tan bien como aqu�lla.
Tambi�n le pareci� bien otra que entr� de doncellas hermos�simas, tan mozas que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho a�os, vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol pod�an tener competencia, sobre los cuales tra�an guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas. Gui�balas un venerable viejo y una anciana matrona, pero m�s ligeros y sueltos que sus a�os promet�an. Hac�ales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo.
Tras �sta entr� otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era gu�a el dios Cupido, y de la otra, el Inter�s; aqu�l, adornado de alas, arco, aljaba y saetas; �ste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda. Las ninfas que al Amor segu�an tra�an a las espaldas, en pargamino blanco y letras grandes, escritos sus nombres: poes�a era el t�tulo de la primera, el de la segunda discreci�n, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta valent�a; del modo mesmo ven�an se�aladas las que al Inter�s segu�an: dec�a liberalidad el t�tulo de la primera, d�diva el de la segunda, tesoro el de la tercera y el de la cuarta posesi�n pac�fica. Delante de todos ven�a un castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de yedra y de c��amo te�ido de verde, tan al natural, que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus cuadros tra�a escrito: castillo del buen recato. Hac�anles el son cuatro diestros ta�edores de tamboril y flauta.
Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el arco contra una doncella que se pon�a entre las almenas del castillo, a la cual desta suerte dijo:
-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su b�ratro espantoso.
Nunca conoc� qu� es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.
Acab� la copla, dispar� una flecha por lo alto del castillo y retir�se a su puesto. Sali� luego el Inter�s, y hizo otras dos mudanzas; callaron los tamborinos, y �l dijo:
-Soy quien puede m�s que Amor,
y es Amor el que me gu�a;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cr�a,
m�s conocida y mayor.
Soy el Inter�s, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin m� es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jam�s, am�n.
Retir�se el Inter�s, y h�zose adelante la Poes�a; la cual, despu�s de haber hecho sus mudanzas como los dem�s, puestos los ojos en la doncella del castillo, dijo:
-En dulc�simos conceptos,
la dulc�sima Poes�a,
altos, graves y discretos,
se�ora, el alma te env�a
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porf�a, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
ser� por m� levantada
sobre el cerco de la luna.
Desvi�se la Poes�a, y de la parte del Inter�s sali� la Liberalidad, y, despu�s de hechas sus mudanzas, dijo:
-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy m�s, pr�diga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.
Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos rid�culos, y s�lo tom� de memoria don Quijote —que la ten�a grande— los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el Inter�s quebraba en �l alcanc�as doradas.
Finalmente, despu�s de haber bailado un buen espacio, el Inter�s sac� un bols�n, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parec�a estar lleno de dineros, y, arroj�ndole al castillo, con el golpe se desencajaron las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa alguna. Lleg� el Inter�s con las figuras de su val�a, y, ech�ndola una gran cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron adem�n de quit�rsela; y todas las demostraciones que hac�an eran al son de los tamborinos, bailando y danzando concertadamente. Pusi�ronlos en paz los salvajes, los cuales con mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la doncella se encerr� en �l como de nuevo, y con esto se acab� la danza con gran contento de los que la miraban.
Pregunt� don Quijote a una de las ninfas que qui�n la hab�a compuesto y ordenado. Respondi�le que un beneficiado de aquel pueblo, que ten�a gentil caletre para semejantes invenciones.
— Yo apostar� —dijo don Quijote— que debe de ser m�s amigo de Camacho que de Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener m�s de sat�rico que de v�speras: �bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho!
Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:
— El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.
— En fin —dijo don Quijote—, bien se parece, Sancho, que eres villano y de aqu�llos que dicen: "�Viva quien vence!"
— No s� de los que soy —respondi� Sancho—, pero bien s� que nunca de ollas de Basilio sacar� yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las de Camacho.
Y ense��le el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una, comenz� a comer con mucho donaire y gana, y dijo:
— �A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como dec�a una ag�ela m�a, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se aten�a; y el d�a de hoy, mi se�or don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. As� que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio ser�n, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.
— �Has acabado tu arenga, Sancho? —dijo don Quijote.
— Habr�la acabado —respondi� Sancho—, porque veo que vuestra merced recibe pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra hab�a cortada para tres d�as.
— Plega a Dios, Sancho —replic� don Quijote—, que yo te vea mudo antes que me muera.
— Al paso que llevamos —respondi� Sancho—, antes que vuestra merced se muera estar� yo mascando barro, y entonces podr� ser que est� tan mudo que no hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el d�a del Juicio.
— Aunque eso as� suceda, �oh Sancho! —respondi� don Quijote—, nunca llegar� tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar en tu vida; y m�s, que est� muy puesto en raz�n natural que primero llegue el d�a de mi muerte que el de la tuya; y as�, jam�s pienso verte mudo, ni aun cuando est�s bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.
— A buena fe, se�or —respondi� Sancho—, que no hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte, la cual tambi�n come cordero como carnero; y a nuestro cura he o�do decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta se�ora m�s de poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta as� la seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y, aunque no tiene barriga, da a entender que est� hidr�pica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fr�a.
— No m�s, Sancho —dijo a este punto don Quijote—. Tente en buenas, y no te dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus r�sticos t�rminos es lo que pudiera decir un buen predicador. D�gote, Sancho que si como tienes buen natural y discreci�n, pudieras tomar un p�lpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...
— Bien predica quien bien vive —respondi� Sancho—, y yo no s� otras tolog�as.
— Ni las has menester —dijo don Quijote—; pero yo no acabo de entender ni alcanzar c�mo, siendo el principio de la sabidur�a el temor de Dios, t�, que temes m�s a un lagarto que a �l, sabes tanto.
— Juzgue vuesa merced, se�or, de sus caballer�as —respondi� Sancho—, y no se meta en juzgar de los temores o valent�as ajenas, que tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y d�jeme vuestra merced despabilar esta espuma, que lo dem�s todas son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida.
Y, diciendo esto, comenz� de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan buenos alientos que despert� los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.
Cuando estaban don Quijote y Sancho en las razones referidas en el cap�tulo antecedente, se oyeron grandes voces y gran ruido, y d�banlas y caus�banle los de las yeguas, que con larga carrera y grita iban a recebir a los novios, que, rodeados de mil g�neros de instrumentos y de invenciones, ven�an acompa�ados del cura, y de la parentela de entrambos, y de toda la gente m�s lucida de los lugares circunvecinos, todos vestidos de fiesta. Y como Sancho vio a la novia, dijo:
— A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega. �Pardiez, que seg�n diviso, que las patenas que hab�a de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! �Y montas que la guarnici�n es de tiras de lienzo, blanca!, �voto a m� que es de raso!; pues, �tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache!: no medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con pelras blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. �Oh hideputa, y qu� cabellos; que, si no son postizos, no los he visto mas luengos ni m�s rubios en toda mi vida! �No, sino ponedla tacha en el br�o y en el talle, y no la compar�is a una palma que se mueve cargada de racimos de d�tiles, que lo mesmo parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en mi �nima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes.
Ri�se don Quijote de las r�sticas alabanzas de Sancho Panza; pareci�le que, fuera de su se�ora Dulcinea del Toboso, no hab�a visto mujer m�s hermosa jam�s. Ven�a la hermosa Quiteria algo descolorida, y deb�a de ser de la mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el d�a venidero de sus bodas. �banse acercando a un teatro que a un lado del prado estaba, adornado de alfombras y ramos, adonde se hab�an de hacer los desposorios, y de donde hab�an de mirar las danzas y las invenciones; y, a la saz�n que llegaban al puesto, oyeron a sus espaldas grandes voces, y una que dec�a:
— Esperaos un poco, gente tan inconsiderada como presurosa.
A cuyas voces y palabras todos volvieron la cabeza, y vieron que las daba un hombre vestido, al parecer, de un sayo negro, jironado de carmes� a llamas. Ven�a coronado —como se vio luego— con una corona de funesto cipr�s; en las manos tra�a un bast�n grande. En llegando m�s cerca, fue conocido de todos por el gallardo Basilio, y todos estuvieron suspensos, esperando en qu� hab�an de parar sus voces y sus palabras, temiendo alg�n mal suceso de su venida en saz�n semejante.
Lleg�, en fin, cansado y sin aliento, y, puesto delante de los desposados, hincando el bast�n en el suelo, que ten�a el cuento de una punta de acero, mudada la color, puestos los ojos en Quiteria, con voz tremente y ronca, estas razones dijo:
— Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme a la santa ley que profesamos, que viviendo yo, t� no puedes tomar esposo; y juntamente no ignoras que, por esperar yo que el tiempo y mi diligencia mejorasen los bienes de mi fortuna, no he querido dejar de guardar el decoro que a tu honra conven�a; pero t�, echando a las espaldas todas las obligaciones que debes a mi buen deseo, quieres hacer se�or de lo que es m�o a otro, cuyas riquezas le sirven no s�lo de buena fortuna, sino de bon�sima ventura. Y para que la tenga colmada, y no como yo pienso que la merece, sino como se la quieren dar los cielos, yo, por mis manos, deshar� el imposible o el inconveniente que puede estorb�rsela, quit�ndome a m� de por medio. �Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria largos y felices siglos, y muera, muera el pobre Basilio, cuya pobreza cort� las alas de su dicha y le puso en la sepultura!
Y, diciendo esto, asi� del bast�n que ten�a hincado en el suelo, y, qued�ndose la mitad d�l en la tierra, mostr� que serv�a de vaina a un mediano estoque que en �l se ocultaba; y, puesta la que se pod�a llamar empu�adura en el suelo, con ligero desenfado y determinado prop�sito se arroj� sobre �l, y en un punto mostr� la punta sangrienta a las espaldas, con la mitad del acerada cuchilla, quedando el triste ba�ado en su sangre y tendido en el suelo, de sus mismas armas traspasado.
Acudieron luego sus amigos a favorecerle, condolidos de su miseria y lastimosa desgracia; y, dejando don Quijote a Rocinante, acudi� a favorecerle y le tom� en sus brazos, y hall� que a�n no hab�a espirado. Quisi�ronle sacar el estoque, pero el cura, que estaba presente, fue de parecer que no se le sacasen antes de confesarle, porque el sac�rsele y el espirar ser�a todo a un tiempo. Pero, volviendo un poco en s� Basilio, con voz doliente y desmayada dijo:
— Si quisieses, cruel Quiteria, darme en este �ltimo y forzoso trance la mano de esposa, a�n pensar�a que mi temeridad tendr�a desculpa, pues en ella alcanc� el bien de ser tuyo.
El cura, oyendo lo cual, le dijo que atendiese a la salud del alma antes que a los gustos del cuerpo, y que pidiese muy de veras a Dios perd�n de sus pecados y de su desesperada determinaci�n. A lo cual replic� Basilio que en ninguna manera se confesar�a si primero Quiteria no le daba la mano de ser su esposa: que aquel contento le adobar�a la voluntad y le dar�a aliento para confesarse.
En oyendo don Quijote la petici�n del herido, en altas voces dijo que Basilio ped�a una cosa muy justa y puesta en raz�n, y adem�s, muy hacedera, y que el se�or Camacho quedar�a tan honrado recibiendo a la se�ora Quiteria viuda del valeroso Basilio como si la recibiera del lado de su padre:
— Aqu� no ha de haber m�s de un s�, que no tenga otro efecto que el pronunciarle, pues el t�lamo de estas bodas ha de ser la sepultura.
Todo lo o�a Camacho, y todo le ten�a suspenso y confuso, sin saber qu� hacer ni qu� decir; pero las voces de los amigos de Basilio fueron tantas, pidi�ndole que consintiese que Quiteria le diese la mano de esposa, porque su alma no se perdiese, partiendo desesperado desta vida, que le movieron, y aun forzaron, a decir que si Quiteria quer�a d�rsela, que �l se contentaba, pues todo era dilatar por un momento el cumplimiento de sus deseos.
Luego acudieron todos a Quiteria, y unos con ruegos, y otros con l�grimas, y otros con eficaces razones, la persuad�an que diese la mano al pobre Basilio; y ella, m�s dura que un m�rmol y m�s sesga que una estatua, mostraba que ni sab�a ni pod�a, ni quer�a responder palabra; ni la respondiera si el cura no la dijera que se determinase presto en lo que hab�a de hacer, porque ten�a Basilio ya el alma en los dientes, y no daba lugar a esperar inresolutas determinaciones.
Entonces la hermosa Quiteria, sin responder palabra alguna, turbada, al parecer triste y pesarosa, lleg� donde Basilio estaba, ya los ojos vueltos, el aliento corto y apresurado, murmurando entre los dientes el nombre de Quiteria, dando muestras de morir como gentil, y no como cristiano. Lleg�, en fin, Quiteria, y, puesta de rodillas, le pidi� la mano por se�as, y no por palabras. Desencaj� los ojos Basilio, y, mir�ndola atentamente, le dijo:
— �Oh Quiteria, que has venido a ser piadosa a tiempo cuando tu piedad ha de servir de cuchillo que me acabe de quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para llevar la gloria que me das en escogerme por tuyo, ni para suspender el dolor que tan apriesa me va cubriendo los ojos con la espantosa sombra de la muerte! Lo que te suplico es, �oh fatal estrella m�a!, que la mano que me pides y quieres darme no sea por cumplimiento, ni para enga�arme de nuevo, sino que confieses y digas que, sin hacer fuerza a tu voluntad, me la entregas y me la das como a tu leg�timo esposo; pues no es raz�n que en un trance como �ste me enga�es, ni uses de fingimientos con quien tantas verdades ha tratado contigo.
Entre estas razones, se desmayaba, de modo que todos los presentes pensaban que cada desmayo se hab�a de llevar el alma consigo. Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa, asiendo con su derecha mano la de Basilio, le dijo:
— Ninguna fuerza fuera bastante a torcer mi voluntad; y as�, con la m�s libre que tengo te doy la mano de leg�tima esposa, y recibo la tuya, si es que me la das de tu libre albedr�o, sin que la turbe ni contraste la calamidad en que tu discurso acelerado te ha puesto.
— S� doy —respondi� Basilio—, no turbado ni confuso, sino con el claro entendimiento que el cielo quiso darme; y as�, me doy y me entrego por tu esposo.
— Y yo por tu esposa —respondi� Quiteria—, ahora vivas largos a�os, ahora te lleven de mis brazos a la sepultura.
— Para estar tan herido este mancebo —dijo a este punto Sancho Panza—, mucho habla; h�ganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma, que, a mi parecer, m�s la tiene en la lengua que en los dientes.
Estando, pues, asidos de las manos Basilio y Quiteria, el cura, tierno y lloroso, los ech� la bendici�n y pidi� al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado; el cual, as� como recibi� la bendici�n, con presta ligereza se levant� en pie, y con no vista desenvoltura se sac� el estoque, a quien serv�a de vaina su cuerpo.
Quedaron todos los circunstantes admirados, y algunos dellos, m�s simples que curiosos, en altas voces, comenzaron a decir:
— �Milagro, milagro!
Pero Basilio replic�:
— �No "milagro, milagro", sino industria, industria!
El cura, desatentado y at�nito, acudi� con ambas manos a tentar la herida, y hall� que la cuchilla hab�a pasado, no por la carne y costillas de Basilio, sino por un ca��n hueco de hierro que, lleno de sangre, en aquel lugar bien acomodado ten�a; preparada la sangre, seg�n despu�s se supo, de modo que no se helase.
Finalmente, el cura y Camacho, con todos los m�s circunstantes, se tuvieron por burlados y escarnidos. La esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes, oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido enga�oso, no hab�a de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que de consentimiento y sabidur�a de los dos se hab�a trazado aquel caso, de lo que qued� Camacho y sus valedores tan corridos que remitieron su venganza a las manos, y, desenvainando muchas espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un instante se desenvainaron casi otras tantas. Y, tomando la delantera a caballo don Quijote, con la lanza sobre el brazo y bien cubierto de su escudo, se hac�a dar lugar de todos. Sancho, a quien jam�s pluguieron ni solazaron semejantes fechur�as, se acogi� a las tinajas, donde hab�a sacado su agradable espuma, pareci�ndole aquel lugar como sagrado, que hab�a de ser tenido en respeto. Don Quijote, a grandes voces, dec�a:
— Teneos, se�ores, teneos, que no es raz�n tom�is venganza de los agravios que el amor nos hace; y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y as� como en la guerra es cosa l�cita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, as� en las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y mara�as que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosa amada. Quiteria era de Basilio, y Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposici�n de los cielos. Camacho es rico, y podr� comprar su gusto cuando, donde y como quisiere. Basilio no tiene m�s desta oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea; que a los dos que Dios junta no podr� separar el hombre; y el que lo intentare, primero ha de pasar por la punta desta lanza.
Y, en esto, la blandi� tan fuerte y tan diestramente, que puso pavor en todos los que no le conoc�an, y tan intensamente se fij� en la imaginaci�n de Camacho el desd�n de Quiteria, que se la borr� de la memoria en un instante; y as�, tuvieron lugar con �l las persuasiones del cura, que era var�n prudente y bien intencionado, con las cuales qued� Camacho y los de su parcialidad pac�ficos y sosegados; en se�al de lo cual volvieron las espadas a sus lugares, culpando m�s a la facilidad de Quiteria que a la industria de Basilio; haciendo discurso Camacho que si Quiteria quer�a bien a Basilio doncella, tambi�n le quisiera casada, y que deb�a de dar gracias al cielo, m�s por hab�rsela quitado que por hab�rsela dado.
Consolado, pues, y pac�fico Camacho y los de su mesnada, todos los de la de Basilio se sosegaron, y el rico Camacho, por mostrar que no sent�a la burla, ni la estimaba en nada, quiso que las fiestas pasasen adelante como si realmente se desposara; pero no quisieron asistir a ellas Basilio ni su esposa ni secuaces; y as�, se fueron a la aldea de Basilio, que tambi�n los pobres virtuosos y discretos tienen quien los siga, honre y ampare, como los ricos tienen quien los lisonjee y acompa�e.
Llevar�nse consigo a don Quijote, estim�ndole por hombre de valor y de pelo en pecho. A s�lo Sancho se le escureci� el alma, por verse imposibilitado de aguardar la espl�ndida comida y fiestas de Camacho, que duraron hasta la noche; y as�, asenderado y triste, sigui� a su se�or, que con la cuadrilla de Basilio iba, y as� se dej� atr�s las ollas de Egipto, aunque las llevaba en el alma, cuya ya casi consumida y acabada espuma, que en el caldero llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que perd�a; y as�, congojado y pensativo, aunque sin hambre, sin apearse del rucio, sigui� las huellas de Rocinante.
Grandes fueron y muchos los regalos que los desposados hicieron a don Quijote, obligados de las muestras que hab�a dado defendiendo su causa, y al par de la valent�a le graduaron la discreci�n, teni�ndole por un Cid en las armas y por un Cicer�n en la elocuencia. El buen Sancho se refocil� tres d�as a costa de los novios, de los cuales se supo que no fue traza comunicada con la hermosa Quiteria el herirse fingidamente, sino industria de Basilio, esperando della el mesmo suceso que se hab�a visto; bien es verdad que confes� que hab�a dado parte de su pensamiento a algunos de sus amigos, para que al tiempo necesario favoreciesen su intenci�n y abonasen su enga�o.
— No se pueden ni deben llamar enga�os —dijo don Quijote— los que ponen la mira en virtuosos fines.
Y que el de casarse los enamorados era el fin de m�s excelencia, advirtiendo que el mayor contrario que el amor tiene es la hambre y la continua necesidad, porque el amor es todo alegr�a, regocijo y contento, y m�s cuando el amante est� en posesi�n de la cosa amada, contra quien son enemigos opuestos y declarados la necesidad y la pobreza; y que todo esto dec�a con intenci�n de que se dejase el se�or Basilio de ejercitar las habilidades que sabe, que, aunque le daban fama, no le daban dineros, y que atendiese a granjear hacienda por medios l�citos e industriosos, que nunca faltan a los prudentes y aplicados.
— El pobre honrado, si es que puede ser honrado el pobre, tiene prenda en tener mujer hermosa, que, cuando se la quitan, le quitan la honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser coronada con laureles y palmas de vencimiento y triunfo. La hermosura, por s� sola, atrae las voluntades de cuantos la miran y conocen, y como a se�uelo gustoso se le abaten las �guilas reales y los p�jaros altaneros; pero si a la tal hermosura se le junta la necesidad y la estrecheza, tambi�n la embisten los cuervos, los milanos y las otras aves de rapi�a; y la que est� a tantos encuentros firme bien merece llamarse corona de su marido. Mirad, discreto Basilio —a�adi� don Quijote—: opini�n fue de no s� qu� sabio que no hab�a en todo el mundo sino una sola mujer buena, y daba por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola buena era la suya, y as� vivir�a contento. Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrever�a a dar consejo al que me lo pidiese del modo que hab�a de buscar la mujer con quien se quisiese casar. Lo primero, le aconsejar�a que mirase m�s a la fama que a la hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo; que mucho m�s da�an a las honras de las mujeres las desenvolturas y libertades p�blicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer a tu casa, f�cil cosa ser�a conservarla, y aun mejorarla, en aquella bondad; pero si la traes mala, en trabajo te pondr� el enmendarla: que no es muy hacedero pasar de un estremo a otro. Yo no digo que sea imposible, pero t�ngolo por dificultoso.
O�a todo esto Sancho, y dijo entre s�:
— Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia suele decir que podr�a yo tomar un p�lpito en las manos y irme por ese mundo adelante predicando lindezas; y yo digo d�l que cuando comienza a enhilar sentencias y a dar consejos, no s�lo puede tomar p�lpito en las manos, sino dos en cada dedo, y andarse por esas plazas a �qu� quieres boca? �V�late el diablo por caballero andante, que tantas cosas sabes! Yo pensaba en mi �nima que s�lo pod�a saber aquello que tocaba a sus caballer�as, pero no hay cosa donde no pique y deje de meter su cucharada.
Murmuraba esto algo Sancho, y entreoy�le su se�or, y pregunt�le:
— �Qu� murmuras, Sancho?
— No digo nada, ni murmuro de nada —respondi� Sancho—; s�lo estaba diciendo entre m� que quisiera haber o�do lo que vuesa merced aqu� ha dicho antes que me casara, que quiz� dijera yo agora: "El buey suelto bien se lame".
— �Tan mala es tu Teresa, Sancho? —dijo don Quijote.
— No es muy mala —respondi� Sancho—, pero no es muy buena; a lo menos, no es tan buena como yo quisiera.
— Mal haces, Sancho —dijo don Quijote—, en decir mal de tu mujer, que, en efecto, es madre de tus hijos.
— No nos debemos nada —respondi� Sancho—, que tambi�n ella dice mal de m� cuando se le antoja, especialmente cuando est� celosa, que entonces s�frala el mesmo Satan�s.
Finalmente, tres d�as estuvieron con los novios, donde fueron regalados y servidos como cuerpos de rey. Pidi� don Quijote al diestro licenciado le diese una gu�a que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque ten�a gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se dec�an por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le dar�a a un primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballer�as, el cual con mucha voluntad le pondr�a a la boca de la mesma cueva, y le ense�ar�a las lagunas de Ruidera, famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda Espa�a; y d�jole que llevar�a con �l gustoso entretenimiento, a causa que era mozo que sab�a hacer libros para imprimir y para dirigirlos a pr�ncipes. Finalmente, el primo vino con una pollina pre�ada, cuya albarda cubr�a un gayado tapete o arpillera. Ensill� Sancho a Rocinante y aderez� al rucio, provey� sus alforjas, a las cuales acompa�aron las del primo, asimismo bien prove�das, y, encomend�ndose a Dios y despedi�ndose de todos, se pusieron en camino, tomando la derrota de la famosa cueva de Montesinos.
En el camino pregunt� don Quijote al primo de qu� g�nero y calidad eran sus ejercicios, su profesi�n y estudios; a lo que �l respondi� que su profesi�n era ser humanista; sus ejercicios y estudios, componer libros para dar a la estampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento para la rep�blica; que el uno se intitulaba el de las libreas, donde pinta setecientas y tres libreas, con sus colores, motes y cifras, de donde pod�an sacar y tomar las que quisiesen en tiempo de fiestas y regocijos los caballeros cortesanos, sin andarlas mendigando de nadie, ni lambicando, como dicen, el cerbelo, por sacarlas conformes a sus deseos e intenciones.
— Porque doy al celoso, al desde�ado, al olvidado y al ausente las que les convienen, que les vendr�n m�s justas que pecadoras. Otro libro tengo tambi�n, a quien he de llamar Metamorf�seos, o Ovidio espa�ol, de invenci�n nueva y rara; porque en �l, imitando a Ovidio a lo burlesco, pinto qui�n fue la Giralda de Sevilla y el �ngel de la Madalena, qui�n el Ca�o de Vecinguerra, de C�rdoba, qui�nes los Toros de Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganitos y Lavapi�s, en Madrid, no olvid�ndome de la del Piojo, de la del Ca�o Dorado y de la Priora; y esto, con sus alegor�as, met�foras y translaciones, de modo que alegran, suspenden y ense�an a un mismo punto. Otro libro tengo, que le llamo Suplemento a Virgilio Polidoro, que trata de la invenci�n de las cosas, que es de grande erudici�n y estudio, a causa que las cosas que se dej� de decir Polidoro de gran sustancia, las averiguo yo, y las declaro por gentil estilo. Olvid�sele a Virgilio de declararnos qui�n fue el primero que tuvo catarro en el mundo, y el primero que tom� las unciones para curarse del morbo g�lico, y yo lo declaro al pie de la letra, y lo autorizo con m�s de veinte y cinco autores: porque vea vuesa merced si he trabajado bien y si ha de ser �til el tal libro a todo el mundo.
Sancho, que hab�a estado muy atento a la narraci�n del primo, le dijo:
— D�game, se�or, as� Dios le d� buena manderecha en la impresi�n de sus libros: �sabr�ame decir, que s� sabr�, pues todo lo sabe, qui�n fue el primero que se rasc� en la cabeza, que yo para m� tengo que debi� de ser nuestro padre Ad�n?
— S� ser�a —respondi� el primo—, porque Ad�n no hay duda sino que tuvo cabeza y cabellos; y, siendo esto as�, y siendo el primer hombre del mundo, alguna vez se rascar�a.
— As� lo creo yo —respondi� Sancho—; pero d�game ahora: �qui�n fue el primer volteador del mundo?
— En verdad, hermano —respondi� el primo—, que no me sabr� determinar por ahora, hasta que lo estudie. Yo lo estudiar�, en volviendo adonde tengo mis libros, y yo os satisfar� cuando otra vez nos veamos, que no ha de ser �sta la postrera.
— Pues mire, se�or —replic� Sancho—, no tome trabajo en esto, que ahora he ca�do en la cuenta de lo que le he preguntado. Sepa que el primer volteador del mundo fue Lucifer, cuando le echaron o arrojaron del cielo, que vino volteando hasta los abismos.
— Tienes raz�n, amigo —dijo el primo.
Y dijo don Quijote:
— Esa pregunta y respuesta no es tuya, Sancho: a alguno las has o�do decir.
— Calle, se�or —replic� Sancho—, que a buena fe que si me doy a preguntar y a responder, que no acabe de aqu� a ma�ana. S�, que para preguntar necedades y responder disparates no he menester yo andar buscando ayuda de vecinos.
— M�s has dicho, Sancho, de lo que sabes —dijo don Quijote—; que hay algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que, despu�s de sabidas y averiguadas, no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria.
En estas y otras gustosas pl�ticas se les pas� aquel d�a, y a la noche se albergaron en una peque�a aldea, adonde el primo dijo a don Quijote que desde all� a la cueva de Montesinos no hab�a m�s de dos leguas, y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proverse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.
Don Quijote dijo que, aunque llegase al abismo, hab�a de ver d�nde paraba; y as�, compraron casi cien brazas de soga, y otro d�a, a las dos de la tarde, llegaron a la cueva, cuya boca es espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrah�gos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren. En vi�ndola, se apearon el primo, Sancho y don Quijote, al cual los dos le ataron luego fort�simamente con las sogas; y, en tanto que le fajaban y ce��an, le dijo Sancho:
— Mire vuestra merced, se�or m�o, lo que hace: no se quiera sepultar en vida, ni se ponga adonde parezca frasco que le ponen a enfriar en alg�n pozo. S�, que a vuestra merced no le toca ni ata�e ser el escudri�ador desta que debe de ser peor que mazmorra.
— Ata y calla —respondi� don Quijote—, que tal empresa como aqu�sta, Sancho amigo, para m� estaba guardada.
Y entonces dijo la gu�a:
— Suplico a vuesa merced, se�or don Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo que hay all� dentro: quiz� habr� cosas que las ponga yo en el libro de mis Transformaciones.
— En manos est� el pandero que le sabr� bien ta�er —respondi� Sancho Panza.
Dicho esto y acabada la ligadura de don Quijote —que no fue sobre el arn�s, sino sobre el jub�n de armar—, dijo don Quijote:
— Inadvertidos hemos andado en no habernos prove�do de alg�n esquil�n peque�o, que fuera atado junto a m� en esta mesma soga, con cuyo sonido se entendiera que todav�a bajaba y estaba vivo; pero, pues ya no es posible, a la mano de Dios, que me gu�e.
Y luego se hinc� de rodillas y hizo una oraci�n en voz baja al cielo, pidiendo a Dios le ayudase y le diese buen suceso en aquella, al parecer, peligrosa y nueva aventura, y en voz alta dijo luego:
— �Oh se�ora de mis acciones y movimientos, clar�sima y sin par Dulcinea del Toboso! Si es posible que lleguen a tus o�dos las plegarias y rogaciones deste tu venturoso amante, por tu inaudita belleza te ruego las escuches, que no son otras que rogarte no me niegues tu favor y amparo, ahora que tanto le he menester. Yo voy a despe�arme, a empozarme y a hundirme en el abismo que aqu� se me representa, s�lo porque conozca el mundo que si t� me favoreces, no habr� imposible a quien yo no acometa y acabe.
Y, en diciendo esto, se acerc� a la sima; vio no ser posible descolgarse, ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas, y as�, poniendo mano a la espada, comenz� a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella una infinidad de grand�simos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si �l fuera tan agorero como cat�lico cristiano, lo tuviera a mala se�al y escusara de encerrarse en lugar semejante.
Finalmente se levant�, y, viendo que no sal�an m�s cuervos ni otras aves noturnas, como fueron murci�lagos, que asimismo entre los cuervos salieron, d�ndole soga el primo y Sancho, se dej� calar al fondo de la caverna espantosa; y, al entrar, ech�ndole Sancho su bendici�n y haciendo sobre �l mil cruces, dijo:
— �Dios te gu�e y la Pe�a de Francia, junto con la Trinidad de Gaeta, flor, nata y espuma de los caballeros andantes! �All� vas, valent�n del mundo, coraz�n de acero, brazos de bronce! �Dios te gu�e, otra vez, y te vuelva libre, sano y sin cautela a la luz desta vida, que dejas por enterrarte en esta escuridad que buscas!
Casi las mismas plegarias y deprecaciones hizo el primo.
Iba don Quijote dando voces que le diesen soga y m�s soga, y ellos se la daban poco a poco; y cuando las voces, que acanaladas por la cueva sal�an, dejaron de o�rse, ya ellos ten�an descolgadas las cien brazas de soga, y fueron de parecer de volver a subir a don Quijote, pues no le pod�an dar m�s cuerda. Con todo eso, se detuvieron como media hora, al cabo del cual espacio volvieron a recoger la soga con mucha facilidad y sin peso alguno, se�al que les hizo imaginar que don Quijote se quedaba dentro; y, crey�ndolo as�, Sancho lloraba amargamente y tiraba con mucha priesa por desenga�arse, pero, llegando, a su parecer, a poco m�s de las ochenta brazas, sintieron peso, de que en estremo se alegraron. Finalmente, a las diez vieron distintamente a don Quijote, a quien dio voces Sancho, dici�ndole:
— Sea vuestra merced muy bien vuelto, se�or m�o, que ya pens�bamos que se quedaba all� para casta.
Pero no respond�a palabra don Quijote; y, sac�ndole del todo, vieron que tra�a cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendi�ronle en el suelo y desli�ronle, y con todo esto no despertaba; pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvi� en s�, desperez�ndose, bien como si de alg�n grave y profundo sue�o despertara; y, mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:
— Dios os lo perdone, amigos; que me hab�is quitado de la m�s sabrosa y agradable vida y vista que ning�n humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sue�o, o se marchitan como la flor del campo. �Oh desdichado Montesinos! �Oh mal ferido Durandarte! �Oh sin ventura Belerma! �Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha ijas de Ruidera, que mostr�is en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!
Escuchaban el primo y Sancho las palabras de don Quijote, que las dec�a como si con dolor inmenso las sacara de las entra�as. Suplic�ronle les diese a entender lo que dec�a, y les dijese lo que en aquel infierno hab�a visto.
— �Infierno le llam�is? —dijo don Quijote—; pues no le llam�is ans�, porque no lo merece, como luego ver�is.
Pidi� que le diesen algo de comer, que tra�a grand�sima hambre. Tendieron la arpillera del primo sobre la verde yerba, acudieron a la despensa de sus alforjas, y, sentados todos tres en buen amor y compa�a, merendaron y cenaron, todo junto. Levantada la arpillera, dijo don Quijote de la Mancha:
— No se levante nadie, y estadme, hijos, todos atentos.
Las cuatro de la tarde ser�an cuando el sol, entre nubes cubierto, con luz escasa y templados rayos, dio lugar a don Quijote para que, sin calor y pesadumbre, contase a sus dos clar�simos oyentes lo que en la cueva de Montesinos hab�a visto. Y comenz� en el modo siguiente:
— A obra de doce o catorce estados de la profundidad desta mazmorra, a la derecha mano, se hace una concavidad y espacio capaz de poder caber en ella un gran carro con sus mulas. �ntrale una peque�a luz por unos resquicios o agujeros, que lejos le responden, abiertos en la superficie de la tierra. Esta concavidad y espacio vi yo a tiempo cuando ya iba cansado y moh�no de verme, pendiente y colgado de la soga, caminar por aquella escura regi�n abajo, sin llevar cierto ni determinado camino; y as�, determin� entrarme en ella y descansar un poco. Di voces, pidi�ndoos que no descolg�sedes m�s soga hasta que yo os lo dijese, pero no debistes de o�rme. Fui recogiendo la soga que envi�bades, y, haciendo della una rosca o rimero, me sent� sobre �l, pensativo adem�s, considerando lo que hacer deb�a para calar al fondo, no teniendo qui�n me sustentase; y, estando en este pensamiento y confusi�n, de repente y sin procurarlo, me salte� un sue�o profund�simo; y, cuando menos lo pensaba, sin saber c�mo ni c�mo no, despert� d�l y me hall� en la mitad del m�s bello, ameno y deleitoso prado que puede criar la naturaleza ni imaginar la m�s discreta imaginaci�n humana. Despabil� los ojos, limpi�melos, y vi que no dorm�a, sino que realmente estaba despierto; con todo esto, me tent� la cabeza y los pechos, por certificarme si era yo mismo el que all� estaba, o alguna fantasma vana y contrahecha; pero el tacto, el sentimiento, los discursos concertados que entre m� hac�a, me certificaron que yo era all� entonces el que soy aqu� ahora. Ofreci�seme luego a la vista un real y suntuoso palacio o alc�zar, cuyos muros y paredes parec�an de transparente y claro cristal fabricados; del cual abri�ndose dos grandes puertas, vi que por ellas sal�a y hac�a m� se ven�a un venerable anciano, vestido con un capuz de bayeta morada, que por el suelo le arrastraba: ce��ale los hombros y los pechos una beca de colegial, de raso verde; cubr�ale la cabeza una gorra milanesa negra, y la barba, can�sima, le pasaba de la cintura; no tra�a arma ninguna, sino un rosario de cuentas en la mano, mayores que medianas nueces, y los dieces asimismo como huevos medianos de avestruz; el continente, el paso, la gravedad y la anch�sima presencia, cada cosa de por s� y todas juntas, me suspendieron y admiraron. Lleg�se a m�, y lo primero que hizo fue abrazarme estrechamente, y luego decirme: ''Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Quijote de la Mancha, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: haza�a s�lo guardada para ser acometida de tu invencible coraz�n y de tu �nimo stupendo. Ven conmigo, se�or clar�simo, que te quiero mostrar las maravillas que este transparente alc�zar solapa, de quien yo soy alcaide y guarda mayor perpetua, porque soy el mismo Montesinos, de quien la cueva toma nombre''. Apenas me dijo que era Montesinos, cuando le pregunt� si fue verdad lo que en el mundo de ac� arriba se contaba: que �l hab�a sacado de la mitad del pecho, con una peque�a daga, el coraz�n de su grande amigo Durandarte y llev�dole a la Se�ora Belerma, como �l se lo mand� al punto de su muerte. Respondi�me que en todo dec�an verdad, sino en la daga, porque no fue daga, ni peque�a, sino un pu�al buido, m�s agudo que una lezna.
— Deb�a de ser —dijo a este punto Sancho— el tal pu�al de Ram�n de Hoces, el sevillano.
— No s� —prosigui� don Quijote—, pero no ser�a dese pu�alero, porque Ram�n de Hoces fue ayer, y lo de Roncesvalles, donde aconteci� esta desgracia, ha muchos a�os; y esta averiguaci�n no es de importancia, ni turba ni altera la verdad y contesto de la historia.
— As� es —respondi� el primo—; prosiga vuestra merced, se�or don Quijote, que le escucho con el mayor gusto del mundo.
— No con menor lo cuento yo —respondi� don Quijote—; y as�, digo que el venerable Montesinos me meti� en el cristalino palacio, donde en una sala baja, fresqu�sima sobremodo y toda de alabastro, estaba un sepulcro de m�rmol, con gran maestr�a fabricado, sobre el cual vi a un caballero tendido de largo a largo, no de bronce, ni de m�rmol, ni de jaspe hecho, como los suele haber en otros sepulcros, sino de pura carne y de puros huesos. Ten�a la mano derecha (que, a mi parecer, es algo peluda y nervosa, se�al de tener muchas fuerzas su due�o) puesta sobre el lado del coraz�n, y, antes que preguntase nada a Montesinos, vi�ndome suspenso mirando al del sepulcro, me dijo: ''�ste es mi amigo Durandarte, flor y espejo de los caballeros enamorados y valientes de su tiempo; ti�nele aqu� encantado, como me tiene a m� y a otros muchos y muchas, Merl�n, aquel franc�s encantador que dicen que fue hijo del diablo; y lo que yo creo es que no fue hijo del diablo, sino que supo, como dicen, un punto m�s que el diablo. El c�mo o para qu� nos encant� nadie lo sabe, y ello dir� andando los tiempos, que no est�n muy lejos, seg�n imagino. Lo que a m� me admira es que s�, tan cierto como ahora es de d�a, que Durandarte acab� los de su vida en mis brazos, y que despu�s de muerto le saqu� el coraz�n con mis propias manos; y en verdad que deb�a de pesar dos libras, porque, seg�n los naturales, el que tiene mayor coraz�n es dotado de mayor valent�a del que le tiene peque�o. Pues siendo esto as�, y que realmente muri� este caballero, �c�mo ahora se queja y sospira de cuando en cuando, como si estuviese vivo?'' Esto dicho, el m�sero Durandarte, dando una gran voz, dijo:
''�Oh, mi primo Montesinos!
Lo postrero que os rogaba,
que cuando yo fuere muerto,
y mi �nima arrancada,
que llev�is mi coraz�n
adonde Belerma estaba,
sac�ndomele del pecho,
ya con pu�al, ya con daga.''
Oyendo lo cual el venerable Montesinos, se puso de rodillas ante el lastimado caballero, y, con l�grimas en los ojos, le dijo: ''Ya, se�or Durandarte, car�simo primo m�o, ya hice lo que me mandastes en el aciago d�a de nuestra p�rdida: yo os saqu� el coraz�n lo mejor que pude, sin que os dejase una m�nima parte en el pecho; yo le limpi� con un pa�izuelo de puntas; yo part� con �l de carrera para Francia, habi�ndoos primero puesto en el seno de la tierra, con tantas l�grimas, que fueron bastantes a lavarme las manos y limpiarme con ellas la sangre que ten�an, de haberos andado en las entra�as; y, por m�s se�as, primo de mi alma, en el primero lugar que top�, saliendo de Roncesvalles, ech� un poco de sal en vuestro coraz�n, porque no oliese mal, y fuese, si no fresco, a lo menos amojamado, a la presencia de la se�ora Belerma; la cual, con vos, y conmigo, y con Guadiana, vuestro escudero, y con la due�a Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, y con otros muchos de vuestros conocidos y amigos, nos tiene aqu� encantados el sabio Merl�n ha muchos a�os; y, aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros: solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasi�n que debi� de tener Merl�n dellas, las convirti� en otras tantas lagunas, que ahora, en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha, las llaman las lagunas de Ruidera; las siete son de los reyes de Espa�a, y las dos sobrinas, de los caballeros de una orden sant�sima, que llaman de San Juan. Guadiana, vuestro escudero, pla�endo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un r�o llamado de su mesmo nombre; el cual, cuando lleg� a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sinti� de ver que os dejaba, que se sumergi� en las entra�as de la tierra; pero, como no es posible dejar de acudir a su natural corriente, de cuando en cuando sale y se muestra donde el sol y las gentes le vean. Vanle administrando de sus aguas las referidas lagunas, con las cuales y con otras muchas que se llegan, entra pomposo y grande en Portugal. Pero, con todo esto, por dondequiera que va muestra su tristeza y melancol�a, y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes de los del Tajo dorado; y esto que agora os digo, �oh primo m�o!, os lo he dicho muchas veces; y, como no me respond�is, imagino que no me dais cr�dito, o no me o�s, de lo que yo recibo tanta pena cual Dios lo sabe. Unas nuevas os quiero dar ahora, las cuales, ya que no sirvan de alivio a vuestro dolor, no os le aumentar�n en ninguna manera. Sabed que ten�is aqu� en vuestra presencia, y abrid los ojos y ver�islo, aquel gran caballero de quien tantas cosas tiene profetizadas el sabio Merl�n, aquel don Quijote de la Mancha, digo, que de nuevo y con mayores ventajas que en los pasados siglos ha resucitado en los presentes la ya olvidada andante caballer�a, por cuyo medio y favor podr�a ser que nosotros fu�semos desencantados; que las grandes haza�as para los grandes hombres est�n guardadas''. ''Y cuando as� no sea —respondi� el lastimado Durandarte con voz desmayada y baja—, cuando as� no sea, �oh primo!, digo, paciencia y barajar''. Y, volvi�ndose de lado, torn� a su acostumbrado silencio, sin hablar m�s palabra. Oy�ronse en esto grandes alaridos y llantos, acompa�ados de profundos gemidos y angustiados sollozos; volv� la cabeza, y vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesi�n de dos hileras de hermos�simas doncellas, todas vestidas de luto, con turbantes blancos sobre las cabezas, al modo turquesco. Al cabo y fin de las hileras ven�a una se�ora, que en la gravedad lo parec�a, asimismo vestida de negro, con tocas blancas tan tendidas y largas, que besaban la tierra. Su turbante era mayor dos veces que el mayor de alguna de las otras; era cejijunta y la nariz algo chata; la boca grande, pero colorados los labios; los dientes, que tal vez los descubr�a, mostraban ser ralos y no bien puestos, aunque eran blancos como unas peladas almendras; tra�a en las manos un lienzo delgado, y entre �l, a lo que pude divisar, un coraz�n de carne momia, seg�n ven�a seco y amojamado. D�jome Montesinos como toda aquella gente de la procesi�n eran sirvientes de Durandarte y de Belerma, que all� con sus dos se�ores estaban encantados, y que la �ltima, que tra�a el coraz�n entre el lienzo y en las manos, era la se�ora Belerma, la cual con sus doncellas cuatro d�as en la semana hac�an aquella procesi�n y cantaban, o, por mejor decir, lloraban endechas sobre el cuerpo y sobre el lastimado coraz�n de su primo; y que si me hab�a parecido algo fea, o no tan hermosa como ten�a la fama, era la causa las malas noches y peores d�as que en aquel encantamento pasaba, como lo pod�a ver en sus grandes ojeras y en su color quebradiza. ''Y no toma ocasi�n su amarillez y sus ojeras de estar con el mal mensil, ordinario en las mujeres, porque ha muchos meses, y aun a�os, que no le tiene ni asoma por sus puertas, sino del dolor que siente su coraz�n por el que de contino tiene en las manos, que le renueva y trae a la memoria la desgracia de su mal logrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y br�o la gran Dulcinea del Toboso, tan celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo''. ''�Cepos quedos! —dije yo entonces—, se�or don Montesinos: cuente vuesa merced su historia como debe, que ya sabe que toda comparaci�n es odiosa, y as�, no hay para qu� comparar a nadie con nadie. La sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la se�ora do�a Belerma es quien es, y quien ha sido, y qu�dese aqu�''. A lo que �l me respondi�: ''Se�or don Quijote, perd�neme vuesa merced, que yo confieso que anduve mal, y no dije bien en decir que apenas igualara la se�ora Dulcinea a la se�ora Belerma, pues me bastaba a m� haber entendido, por no s� qu� barruntos, que vuesa merced es su caballero, para que me mordiera la lengua antes de compararla sino con el mismo cielo''. Con esta satisfaci�n que me dio el gran Montesinos se quiet� mi coraz�n del sobresalto que receb� en o�r que a mi se�ora la comparaban con Belerma.
— Y aun me maravillo yo —dijo Sancho— de c�mo vuestra merced no se subi� sobre el vejote, y le moli� a coces todos los huesos, y le pel� las barbas, sin dejarle pelo en ellas.
— No, Sancho amigo —respondi� don Quijote—, no me estaba a m� bien hacer eso, porque estamos todos obligados a tener respeto a los ancianos, aunque no sean caballeros, y principalmente a los que lo son y est�n encantados; yo s� bien que no nos quedamos a deber nada en otras muchas demandas y respuestas que entre los dos pasamos.
A esta saz�n dijo el primo:
— Yo no s�, se�or don Quijote, c�mo vuestra merced en tan poco espacio de tiempo como ha que est� all� bajo, haya visto tantas cosas y hablado y respondido tanto.
— �Cu�nto ha que baj�? —pregunt� don Quijote.
— Poco m�s de una hora —respondi� Sancho.
— Eso no puede ser —replic� don Quijote—, porque all� me anocheci� y amaneci�, y torn� a anochecer y amanecer tres veces; de modo que, a mi cuenta, tres d�as he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.
— Verdad debe de decir mi se�or —dijo Sancho—, que, como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quiz� lo que a nosotros nos parece un hora, debe de parecer all� tres d�as con sus noches.
— As� ser� —respondi� don Quijote.
— Y �ha comido vuestra merced en todo este tiempo, se�or m�o? —pregunt� el primo.
— No me he desayunado de bocado —respondi� don Quijote—, ni aun he tenido hambre, ni por pensamiento.
— Y los encantados, �comen? —dijo el primo.
— No comen —respondi� don Quijote—, ni tienen escrementos mayores; aunque es opini�n que les crecen las u�as, las barbas y los cabellos.
— �Y duermen, por ventura, los encantados, se�or? —pregunt� Sancho.
— No, por cierto —respondi� don Quijote—; a lo menos, en estos tres d�as que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
— Aqu� encaja bien el refr�n —dijo Sancho— de dime con qui�n andas, decirte he qui�n eres: �ndase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes, mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perd�neme vuestra merced, se�or m�o, si le digo que de todo cuanto aqu� ha dicho, ll�veme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna.
— �C�mo no? —dijo el primo—, pues �hab�a de mentir el se�or don Quijote, que, aunque quisiera, no ha tenido lugar para componer e imaginar tanto mill�n de mentiras?
— Yo no creo que mi se�or miente —respondi� Sancho.
— Si no, �qu� crees? —le pregunt� don Quijote.
— Creo —respondi� Sancho— que aquel Merl�n, o aquellos encantadores que encantaron a toda la chusma que vuestra merced dice que ha visto y comunicado all� bajo, le encajaron en el mag�n o la memoria toda esa m�quina que nos ha contado, y todo aquello que por contar le queda.
— Todo eso pudiera ser, Sancho —replic� don Quijote—, pero no es as�, porque lo que he contado lo vi por mis propios ojos y lo toqu� con mis mismas manos. Pero, �qu� dir�s cuando te diga yo ahora c�mo, entre otras infinitas cosas y maravillas que me mostr� Montesinos, las cuales despacio y a sus tiempos te las ir� contando en el discurso de nuestro viaje, por no ser todas deste lugar, me mostr� tres labradoras que por aquellos amen�simos campos iban saltando y brincando como cabras; y, apenas las hube visto, cuando conoc� ser la una la sin par Dulcinea del Toboso, y las otras dos aquellas mismas labradoras que ven�an con ella, que hablamos a la salida del Toboso? Pregunt� a Montesinos si las conoc�a, respondi�me que no, pero que �l imaginaba que deb�an de ser algunas se�oras principales encantadas, que pocos d�as hab�a que en aquellos prados hab�an parecido; y que no me maravillase desto, porque all� estaban otras muchas se�oras de los pasados y presentes siglos, encantadas en diferentes y estra�as figuras, entre las cuales conoc�a �l a la reina Ginebra y su due�a Quinta�ona, escanciando el vino a Lanzarote,
cuando de Breta�a vino.
Cuando Sancho Panza oy� decir esto a su amo, pens� perder el juicio, o morirse de risa; que, como �l sab�a la verdad del fingido encanto de Dulcinea, de quien �l hab�a sido el encantador y el levantador de tal testimonio, acab� de conocer indubitablemente que su se�or estaba fuera de juicio y loco de todo punto; y as�, le dijo:
— En mala coyuntura y en peor saz�n y en aciago d�a baj� vuestra merced, caro patr�n m�o, al otro mundo, y en mal punto se encontr� con el se�or Montesinos, que tal nos le ha vuelto. Bien se estaba vuestra merced ac� arriba con su entero juicio, tal cual Dios se le hab�a dado, hablando sentencias y dando consejos a cada paso, y no agora, contando los mayores disparates que pueden imaginarse.
— Como te conozco, Sancho —respondi� don Quijote—, no hago caso de tus palabras.
— Ni yo tampoco de las de vuestra merced —replic� Sancho—, siquiera me hiera, siquiera me mate por las que le he dicho, o por las que le pienso decir si en las suyas no se corrige y enmienda. Pero d�game vuestra merced, ahora que estamos en paz: �c�mo o en qu� conoci� a la se�ora nuestra ama? Y si la habl�, �qu� dijo, y qu� le respondi�?
— Conoc�la —respondi� don Quijote— en que trae los mesmos vestidos que tra�a cuando t� me le mostraste. Habl�la, pero no me respondi� palabra; antes, me volvi� las espaldas, y se fue huyendo con tanta priesa, que no la alcanzara una jara. Quise seguirla, y lo hiciera, si no me aconsejara Montesinos que no me cansase en ello, porque ser�a en balde, y m�s porque se llegaba la hora donde me conven�a volver a salir de la sima. D�jome asimesmo que, andando el tiempo, se me dar�a aviso c�mo hab�an de ser desencantados �l, y Belerma y Durandarte, con todos los que all� estaban; pero lo que m�s pena me dio, de las que all� vi y not�, fue que, est�ndome diciendo Montesinos estas razones, se lleg� a m� por un lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compa�eras de la sin ventura Dulcinea, y, llenos los ojos de l�grimas, con turbada y baja voz, me dijo: ''Mi se�ora Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos, y suplica a vuestra merced se la haga de hacerla saber c�mo est�; y que, por estar en una gran necesidad, asimismo suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente puede, sea servido de prestarle sobre este faldell�n que aqu� traigo, de coton�a, nuevo, media docena de reales, o los que vuestra merced tuviere, que ella da su palabra de volv�rselos con mucha brevedad''. Suspendi�me y admir�me el tal recado, y, volvi�ndome al se�or Montesinos, le pregunt�: ''�Es posible, se�or Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?'' A lo que �l me respondi�: ''Cr�ame vuestra merced, se�or don Quijote de la Mancha, que �sta que llaman necesidad adondequiera se usa, y por todo se estiende, y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y, pues la se�ora Dulcinea del Toboso env�a a pedir esos seis reales, y la prenda es buena, seg�n parece, no hay sino d�rselos; que, sin duda, debe de estar puesta en alg�n grande aprieto''. ''Prenda, no la tomar� yo —le respond�—, ni menos le dar� lo que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales''; los cuales le di (que fueron los que t�, Sancho, me diste el otro d�a para dar limosna a los pobres que topase por los caminos), y le dije: ''Decid, amiga m�a, a vuesa se�ora que a m� me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un F�car para remediarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo tener salud careciendo de su agradable vista y discreta conversaci�n, y que le suplico, cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse ver y tratar deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Dir�isle tambi�n que, cuando menos se lo piense, oir� decir como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que hizo el marqu�s de Mantua, de vengar a su sobrino Baldovinos, cuando le hall� para espirar en mitad de la monti�a, que fue de no comer pan a manteles, con las otras zarandajas que all� a�adi�, hasta vengarle; y as� le har� yo de no sosegar, y de andar las siete partidas del mundo, con m�s puntualidad que las anduvo el infante don Pedro de Portugal, hasta desencantarla''. ''Todo eso, y m�s, debe vuestra merced a mi se�ora'', me respondi� la doncella. Y, tomando los cuatro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se levant� dos varas de medir en el aire.
— �Oh santo Dios! —dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho—. �Es posible que tal hay en el mundo, y que tengan en �l tanta fuerza los encantadores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi se�or en una tan disparatada locura? �Oh se�or, se�or, por quien Dios es, que vuestra merced mire por s� y vuelva por su honra, y no d� cr�dito a esas vaciedades que le tienen menguado y descabalado el sentido!
— Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera —dijo don Quijote—; y, como no est�s experimentado en las cosas del mundo, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles; pero andar� el tiempo, como otra vez he dicho, y yo te contar� algunas de las que all� abajo he visto, que te har�n creer las que aqu� he contado, cuya verdad ni admite r�plica ni disputa.
Dice el que tradujo esta grande historia del original, de la que escribi� su primer autor Cide Hamete Benengeli, que, llegando al cap�tulo de la aventura de la cueva de Montesinos, en el margen d�l estaban escritas, de mano del mesmo Hamete, estas mismas razones:
''No me puedo dar a entender, ni me puedo persuadir, que al valeroso don Quijote le pasase puntualmente todo lo que en el antecedente cap�tulo queda escrito: la raz�n es que todas las aventuras hasta aqu� sucedidas han sido contingibles y veris�miles, pero �sta desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los t�rminos razonables. Pues pensar yo que don Quijote mintiese, siendo el m�s verdadero hidalgo y el m�s noble caballero de sus tiempos, no es posible; que no dijera �l una mentira si le asaetearan. Por otra parte, considero que �l la cont� y la dijo con todas las circunstancias dichas, y que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran m�quina de disparates; y si esta aventura parece ap�crifa, yo no tengo la culpa; y as�, sin afirmarla por falsa o verdadera, la escribo. T�, letor, pues eres prudente, juzga lo que te pareciere, que yo no debo ni puedo m�s; puesto que se tiene por cierto que al tiempo de su fin y muerte dicen que se retrat� della, y dijo que �l la hab�a inventado, por parecerle que conven�a y cuadraba bien con las aventuras que hab�a le�do en sus historias''.
Y luego prosigue, diciendo:
Espant�se el primo, as� del atrevimiento de Sancho Panza como de la paciencia de su amo, y juzg� que del contento que ten�a de haber visto a su se�ora Dulcinea del Toboso, aunque encantada, le nac�a aquella condici�n blanda que entonces mostraba; porque, si as� no fuera, palabras y razones le dijo Sancho, que merec�an molerle a palos; porque realmente le pareci� que hab�a andado atrevidillo con su se�or, a quien le dijo:
— Yo, se�or don Quijote de la Mancha, doy por bien emplead�sima la jornada que con vuestra merced he hecho, porque en ella he granjeado cuatro cosas. La primera, haber conocido a vuestra merced, que lo tengo a gran felicidad. La segunda, haber sabido lo que se encierra en esta cueva de Montesinos, con las mutaciones de Guadiana y de las lagunas de Ruidera, que me servir�n para el Ovidio espa�ol que traigo entre manos. La tercera, entender la antig�edad de los naipes, que, por lo menos, ya se usaban en tiempo del emperador Carlomagno, seg�n puede colegirse de las palabras que vuesa merced dice que dijo Durandarte, cuando, al cabo de aquel grande espacio que estuvo hablando con �l Montesinos, �l despert� diciendo: ''Paciencia y barajar''; y esta raz�n y modo de hablar no la pudo aprender encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en tiempo del referido emperador Carlomagno. Y esta averiguaci�n me viene pintiparada para el otro libro que voy componiendo , que es Suplemento de Virgilio Polidoro, en la invenci�n de las antig�edades; y creo que en el suyo no se acord� de poner la de los naipes, como la pondr� yo ahora, que ser� de mucha importancia, y m�s alegando autor tan grave y tan verdadero como es el se�or Durandarte. La cuarta es haber sabido con certidumbre el nacimiento del r�o Guadiana, hasta ahora ignorado de las gentes.
— Vuestra merced tiene raz�n —dijo don Quijote—, pero querr�a yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le d� licencia para imprimir esos sus libros, que lo dudo, a qui�n piensa dirigirlos.
— Se�ores y grandes hay en Espa�a a quien puedan dirigirse —dijo el primo.
— No muchos —respondi� don Quijote—; y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse a la satisfaci�n que parece se debe al trabajo y cortes�a de sus autores. Un pr�ncipe conozco yo que puede suplir la falta de los dem�s, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas, quiz� despertara la invidia en m�s de cuatro generosos pechos; pero qu�dese esto aqu� para otro tiempo m�s c�modo, y vamos a buscar adonde recogernos esta noche.
— No lejos de aqu� —respondi� el primo— est� una ermita, donde hace su habitaci�n un ermita�o, que dicen ha sido soldado, y est� en opini�n de ser un buen cristiano, y muy discreto y caritativo adem�s. Junto con la ermita tiene una peque�a casa, que �l ha labrado a su costa; pero, con todo, aunque chica, es capaz de recibir hu�spedes.
— �Tiene por ventura gallinas el tal ermita�o? —pregunt� Sancho.
— Pocos ermita�os est�n sin ellas —respondi� don Quijote—, porque no son los que agora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto, que se vest�an de hojas de palma y com�an ra�ces de la tierra. Y no se entienda que por decir bien de aqu�llos no lo digo de aqu�stos, sino que quiero decir que al rigor y estrecheza de entonces no llegan las penitencias de los de agora; pero no por esto dejan de ser todos buenos; a lo menos, yo por buenos los juzgo; y, cuando todo corra turbio, menos mal hace el hip�crita que se finge bueno que el p�blico pecador.
Estando en esto, vieron que hacia donde ellos estaban ven�a un hombre a pie, caminando apriesa, y dando varazos a un macho que ven�a cargado de lanzas y de alabardas. Cuando lleg� a ellos, los salud� y pas� de largo. Don Quijote le dijo:
— Buen hombre, deteneos, que parece que vais con m�s diligencia que ese macho ha menester.
— No me puedo detener, se�or —respondi� el hombre—, porque las armas que veis que aqu� llevo han de servir ma�ana; y as�, me es forzoso el no detenerme, y a Dios. Pero si quisi�redes saber para qu� las llevo, en la venta que est� m�s arriba de la ermita pienso alojar esta noche; y si es que hac�is este mesmo camino, all� me hallar�is, donde os contar� maravillas. Y a Dios otra vez.
Y de tal manera aguij� el macho, que no tuvo lugar don Quijote de preguntarle qu� maravillas eran las que pensaba decirles; y, como �l era algo curioso y siempre le fatigaban deseos de saber cosas nuevas, orden� que al momento se partiesen y fuesen a pasar la noche en la venta, sin tocar en la ermita, donde quisiera el primo que se quedaran.
H�zose as�, subieron a caballo, y siguieron todos tres el derecho camino de la venta, a la cual llegaron un poco antes de anochecer. Dijo el primo a don Quijote que llegasen a ella a beber un trago. Apenas oy� esto Sancho Panza, cuando encamin� el rucio a la ermita, y lo mismo hicieron don Quijote y el primo; pero la mala suerte de Sancho parece que orden� que el ermita�o no estuviese en casa; que as� se lo dijo una sotaermita�o que en la ermita hallaron. Pidi�ronle de lo caro; respondi� que su se�or no lo ten�a, pero que si quer�an agua barata, que se la dar�a de muy buena gana.
— Si yo la tuviera de agua —respondi� Sancho—, pozos hay en el camino, donde la hubiera satisfecho. �Ah bodas de Camacho y abundancia de la casa de don Diego, y cu�ntas veces os tengo de echar menos!
Con esto, dejaron la ermita y picaron hacia la venta; y a poco trecho toparon un mancebito, que delante dellos iba caminando no con mucha priesa; y as�, le alcanzaron. Llevaba la espada sobre el hombro, y en ella puesto un bulto o envoltorio, al parecer de sus vestidos; que, al parecer, deb�an de ser los calzones o greguescos, y herreruelo, y alguna camisa, porque tra�a puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislumbres de raso, y la camisa, de fuera; las medias eran de seda, y los zapatos cuadrados, a uso de corte; la edad llegar�a a diez y ocho o diez y nueve a�os; alegre de rostro, y, al parecer, �gil de su persona. Iba cantando seguidillas, para entretener el trabajo del camino. Cuando llegaron a �l, acababa de cantar una, que el primo tom� de memoria, que dicen que dec�a:
A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.
El primero que le habl� fue don Quijote, dici�ndole:
— Muy a la ligera camina vuesa merced, se�or gal�n. Y �ad�nde bueno? Sepamos, si es que gusta decirlo.
A lo que el mozo respondi�:
— El caminar tan a la ligera lo causa el calor y la pobreza, y el ad�nde voy es a la guerra.
— �C�mo la pobreza? —pregunt� don Quijote—; que por el calor bien puede ser.
— Se�or —replic� el mancebo—, yo llevo en este envoltorio unos greguescos de terciopelo, compa�eros desta ropilla; si los gasto en el camino, no me podr� honrar con ellos en la ciudad, y no tengo con qu� comprar otros; y, as� por esto como por orearme, voy desta manera, hasta alcanzar unas compa��as de infanter�a que no est�n doce leguas de aqu�, donde asentar� mi plaza, y no faltar�n bagajes en que caminar de all� adelante hasta el embarcadero, que dicen ha de ser en Cartagena. Y m�s quiero tener por amo y por se�or al rey, y servirle en la guerra, que no a un pel�n en la corte.
— Y �lleva vuesa merced alguna ventaja por ventura? —pregunt� el primo.
— Si yo hubiera servido a alg�n grande de Espa�a, o alg�n principal personaje —respondi� el mozo—, a buen seguro que yo la llevara, que eso tiene el servir a los buenos: que del tinelo suelen salir a ser alf�rez o capitanes, o con alg�n buen entretenimiento; pero yo, desventurado, serv� siempre a catarriberas y a gente advenediza, de raci�n y quitaci�n tan m�sera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consum�a la mitad della; y ser�a tenido a milagro que un paje aventurero alcanzase alguna siquiera razonable ventura.
— Y d�game, por su vida, amigo —pregunt� don Quijote—: �es posible que en los a�os que sirvi� no ha podido alcanzar alguna librea?
— Dos me han dado —respondi� el paje—; pero, as� como el que se sale de alguna religi�n antes de profesar le quitan el h�bito y le vuelven sus vestidos, as� me volv�an a m� los m�os mis amos, que, acabados los negocios a que ven�an a la corte, se volv�an a sus casas y recog�an las libreas que por sola ostentaci�n hab�an dado.
— Notable espilorcher�a, como dice el italiano —dijo don Quijote—; pero, con todo eso, tenga a felice ventura el haber salido de la corte con tan buena intenci�n como lleva; porque no hay otra cosa en la tierra m�s honrada ni de m�s provecho que servir a Dios, primeramente, y luego, a su rey y se�or natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanzan, si no m�s riquezas, a lo menos, m�s honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces; que, puesto que han fundado m�s mayorazgos las letras que las armas, todav�a llevan un no s� qu� los de las armas a los de las letras, con un s� s� qu� de esplendor que se halla en ellos, que los aventaja a todos. Y esto que ahora le quiero decir ll�velo en la memoria, que le ser� de mucho provecho y alivio en sus trabajos; y es que, aparte la imaginaci�n de los sucesos adversos que le podr�n venir, que el peor de todos es la muerte, y como �sta sea buena, el mejor de todos es el morir. Pregunt�ronle a Julio C�sar, aquel valeroso emperador romano, cu�l era la mejor muerte; respondi� que la impensada, la de repente y no prevista; y, aunque respondi� como gentil y ajeno del conocimiento del verdadero Dios, con todo eso, dijo bien, para ahorrarse del sentimiento humano; que, puesto caso que os maten en la primera facci�n y refriega, o ya de un tiro de artiller�a, o volado de una mina, �qu� importa? Todo es morir, y acab�se la obra; y, seg�n Terencio, m�s bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida; y tanto alcanza de fama el buen soldado cuanto tiene de obediencia a sus capitanes y a los que mandarle pueden. Y advertid, hijo, que al soldado mejor le est� el oler a p�lvora que algalia, y que si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podr� coger sin honra, y tal, que no os la podr� menoscabar la pobreza; cuanto m�s, que ya se va dando orden c�mo se entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados, porque no es bien que se haga con ellos lo que suelen hacer los que ahorran y dan libertad a sus negros cuando ya son viejos y no pueden servir, y, ech�ndolos de casa con t�tulo de libres, los hacen esclavos de la hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte. Y por ahora no os quiero decir m�s, sino que sub�is a las ancas deste mi caballo hasta la venta, y all� cenar�is conmigo, y por la ma�ana seguir�is el camino, que os le d� Dios tan bueno como vuestros deseos merecen.
El paje no acept� el convite de las ancas, aunque s� el de cenar con �l en la venta; y, a esta saz�n, dicen que dijo Sancho entre s�:
— �V�late Dios por se�or! Y �es posible que hombre que sabe decir tales, tantas y tan buenas cosas como aqu� ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles que cuenta de la cueva de Montesinos? Ahora bien, ello dir�.
Y en esto, llegaron a la venta, a tiempo que anochec�a, y no sin gusto de Sancho, por ver que su se�or la juzg� por verdadera venta, y no por castillo, como sol�a. No hubieron bien entrado, cuando don Quijote pregunt� al ventero por el hombre de las lanzas y alabardas; el cual le respondi� que en la caballeriza estaba acomodando el macho. Lo mismo hicieron de sus jumentos el primo y Sancho, dando a Rocinante el mejor pesebre y el mejor lugar de la caballeriza.
No se le coc�a el pan a don Quijote, como suele decirse, hasta o�r y saber las maravillas prometidas del hombre condutor de las armas. Fuele a buscar donde el ventero le hab�a dicho que estaba, y hall�le, y d�jole que en todo caso le dijese luego lo que le hab�a de decir despu�s, acerca de lo que le hab�a preguntado en el camino. El hombre le respondi�:
— M�s despacio, y no en pie, se ha de tomar el cuento de mis maravillas: d�jeme vuestra merced, se�or bueno, acabar de dar recado a mi bestia, que yo le dir� cosas que le admiren.
— No quede por eso —respondi� don Quijote—, que yo os ayudar� a todo.
Y as� lo hizo, ahech�ndole la cebada y limpiando el pesebre, humildad que oblig� al hombre a contarle con buena voluntad lo que le ped�a; y, sent�ndose en un poyo y don Quijote junto a �l, teniendo por senado y auditorio al primo, al paje, a Sancho Panza y al ventero, comenz� a decir desta manera:
— �Sabr�n vuesas mercedes que en un lugar que est� cuatro leguas y media desta venta sucedi� que a un regidor d�l, por industria y enga�o de una muchacha criada suya, y esto es largo de contar, le falt� un asno, y, aunque el tal regidor hizo las diligencias posibles por hallarle, no fue posible. Quince d�as ser�an pasados, seg�n es p�blica voz y fama,— que el asno faltaba, cuando, estando en la plaza el regidor perdidoso, otro regidor del mismo pueblo le dijo: ''Dadme albricias, compadre, que vuestro jumento ha parecido''. ''Yo os las mando y buenas, compadre —respondi� el otro—, pero sepamos d�nde ha parecido''. ''En el monte —respondi� el hallador—, le vi esta ma�ana, sin albarda y sin aparejo alguno, y tan flaco que era una compasi�n miralle. Qu�sele antecoger delante de m� y tra�rosle, pero est� ya tan montaraz y tan hura�o, que, cuando lleg� a �l, se fue huyendo y se entr� en lo m�s escondido del monte. Si quer�is que volvamos los dos a buscarle, dejadme poner esta borrica en mi casa, que luego vuelvo''. ''Mucho placer me har�is —dijo el del jumento—, e yo procurar� pag�roslo en la mesma moneda''. Con estas circunstancias todas, y de la mesma manera que yo lo voy contando, lo cuentan todos aquellos que est�n enterados en la verdad deste caso. En resoluci�n, los dos regidores, a pie y mano a mano, se fueron al monte, y, llegando al lugar y sitio donde pensaron hallar el asno, no le hallaron, ni pareci� por todos aquellos contornos, aunque m�s le buscaron. Viendo, pues, que no parec�a, dijo el regidor que le hab�a visto al otro: ''Mirad, compadre: una traza me ha venido al pensamiento, con la cual sin duda alguna podremos descubrir este animal, aunque est� metido en las entra�as de la tierra, no que del monte; y es que yo s� rebuznar maravillosamente; y si vos sab�is alg�n tanto, dad el hecho por concluido''. ''�Alg�n tanto dec�s, compadre? —dijo el otro—; por Dios, que no d� la ventaja a nadie, ni aun a los mesmos asnos''. ''Ahora lo veremos —respondi� el regidor segundo—, porque tengo determinado que os vais vos por una parte del monte y yo por otra, de modo que le rodeemos y andemos todo, y de trecho en trecho rebuznar�is vos y rebuznar� yo, y no podr� ser menos sino que el asno nos oya y nos responda, si es que est� en el monte''. A lo que respondi� el due�o del jumento: ''Digo, compadre, que la traza es excelente y digna de vuestro gran ingenio''. Y, dividi�ndose los dos seg�n el acuerdo, sucedi� que casi a un mesmo tiempo rebuznaron, y cada uno enga�ado del rebuzno del otro, acudieron a buscarse, pensando que ya el jumento hab�a parecido; y, en vi�ndose, dijo el perdidoso: ''�Es posible, compadre, que no fue mi asno el que rebuzn�?'' ''No fue, sino yo'', respondi� el otro. ''Ahora digo —dijo el due�o—, que de vos a un asno, compadre, no hay alguna diferencia, en cuanto toca al rebuznar, porque en mi vida he visto ni o�do cosa m�s propia''. ''Esas alabanzas y encarecimiento —respondi� el de la traza—, mejor os ata�en y tocan a vos que a m�, compadre; que por el Dios que me cri� que pod�is dar dos rebuznos de ventaja al mayor y m�s perito rebuznador del mundo; porque el sonido que ten�is es alto; lo sostenido de la voz, a su tiempo y comp�s; los dejos, muchos y apresurados, y, en resoluci�n, yo me doy por vencido y os rindo la palma y doy la bandera desta rara habilidad''. ''Ahora digo — respondi� el due�o—, que me tendr� y estimar� en m�s de aqu� adelante, y pensar� que s� alguna cosa, pues tengo alguna gracia; que, puesto que pensara que rebuznaba bien, nunca entend� que llegaba el estremo que dec�s''. ''Tambi�n dir� yo ahora —respondi� el segundo— que hay raras habilidades perdidas en el mundo, y que son mal empleadas en aquellos que no saben aprovecharse dellas''. ''Las nuestras —respondi� el due�o—, si no es en casos semejantes como el que traemos entre manos, no nos pueden servir en otros, y aun en �ste plega a Dios que nos sean de provecho''. Esto dicho, se tornaron a dividir y a volver a sus rebuznos, y a cada paso se enga�aban y volv�an a juntarse, hasta que se dieron por contrase�o que, para entender que eran ellos, y no el asno, rebuznasen dos veces, una tras otra. Con esto, doblando a cada paso los rebuznos, rodearon todo el monte sin que el perdido jumento respondiese, ni aun por se�as. Mas, �c�mo hab�a de responder el pobre y mal logrado, si le hallaron en lo m�s escondido del bosque, comido de lobos? Y, en vi�ndole, dijo su due�o: ''Ya me maravillaba yo de que �l no respond�a, pues a no estar muerto, �l rebuznara si nos oyera, o no fuera asno; pero, a trueco de haberos o�do rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien empleado el trabajo que he tenido en buscarle, aunque le he hallado muerto''. ''En buena mano est�, compadre — respondi� el otro—, pues si bien canta el abad, no le va en zaga el monacillo''. Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron a su aldea, adonde contaron a sus amigos, vecinos y conocidos cuanto les hab�a acontecido en la busca del asno, exagerando el uno la gracia del otro en el rebuznar; todo lo cual se supo y se estendi� por los lugares circunvecinos. Y el diablo, que no duerme, como es amigo de sembrar y derramar rencillas y discordia por doquiera, levantando caramillos en el viento y grandes quimeras de nonada, orden� e hizo que las gentes de los otros pueblos, en viendo a alguno de nuestra aldea, rebuznase, como d�ndoles en rostro con el rebuzno de nuestros regidores. Dieron en ello los muchachos, que fue dar en manos y en bocas de todos los demonios del infierno, y fue cundiendo el rebuzno de en uno en otro pueblo, de manera que son conocidos los naturales del pueblo del rebuzno, como son conocidos y diferenciados los negros de los blancos; y ha llegado a tanto la desgracia desta burla, que muchas veces con mano armada y formado escuadr�n han salido contra los burladores los burlados a darse la batalla, sin poderlo remediar rey ni roque, ni temor ni verg�enza. Yo creo que ma�ana o esotro d�a han de salir en campa�a los de mi pueblo, que son los del rebuzno, contra otro lugar que est� a dos leguas del nuestro, que es uno de los que m�s nos persiguen: y, por salir bien apercebidos, llevo compradas estas lanzas y alabardas que hab�is visto.� Y �stas son las maravillas que dije que os hab�a de contar, y si no os lo han parecido, no s� otras.
Y con esto dio fin a su pl�tica el buen hombre; y, en esto, entr� por la puerta de la venta un hombre todo vestido de camuza, medias, greguescos y jub�n, y con voz levantada dijo:
— Se�or hu�sped, �hay posada? Que viene aqu� el mono adivino y el retablo de la libertad de Melisendra.
— �Cuerpo de tal —dijo el ventero—, que aqu� est� el se�or mase Pedro! Buena noche se nos apareja.
Olvid�baseme de decir como el tal mase Pedro tra�a cubierto el ojo izquierdo, y casi medio carrillo, con un parche de tafet�n verde, se�al que todo aquel lado deb�a de estar enfermo; y el ventero prosigui�, diciendo:
— Sea bien venido vuestra merced, se�or mase Pedro. �Ad�nde est� el mono y el retablo, que no los veo?
— Ya llegan cerca —respondi� el todo camuza—, sino que yo me he adelantado, a saber si hay posada.
— Al mismo duque de Alba se la quitara para d�rsela al se�or mase Pedro — respondi� el ventero—; llegue el mono y el retablo, que gente hay esta noche en la venta que pagar� el verle y las habilidades del mono.
— Sea en buen hora —respondi� el del parche—, que yo moderar� el precio, y con sola la costa me dar� por bien pagado; y yo vuelvo a hacer que camine la carreta donde viene el mono y el retablo.
Y luego se volvi� a salir de la venta.
Pregunt� luego don Quijote al ventero qu� mase Pedro era aqu�l, y qu� retablo y qu� mono tra�a. A lo que respondi� el ventero:
— �ste es un famoso titerero, que ha muchos d�as que anda por esta Mancha de Arag�n ense�ando un retablo de Melisendra, libertada por el famoso don Gaiferos, que es una de las mejores y m�s bien representadas historias que de muchos a�os a esta parte en este reino se han visto. Trae asimismo consigo un mono de la m�s rara habilidad que se vio entre monos, ni se imagin� entre hombres, porque si le preguntan algo, est� atento a lo que le preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, lleg�ndosele al o�do, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara luego; y de las cosas pasadas dice mucho m�s que de las que est�n por venir; y, aunque no todas veces acierta en todas, en las m�s no yerra, de modo que nos hace creer que tiene el diablo en el cuerpo. Dos reales lleva por cada pregunta, si es que el mono responde; quiero decir, si responde el amo por �l, despu�s de haberle hablado al o�do; y as�, se cree que el tal maese Pedro esta riqu�simo; y es hombre galante, como dicen en Italia y bon compa�o, y dase la mejor vida del mundo; habla m�s que seis y bebe m�s que doce, todo a costa de su lengua y de su mono y de su retablo.
En esto, volvi� maese Pedro, y en una carreta ven�a el retablo, y el mono, grande y sin cola, con las posaderas de fieltro, pero no de mala cara; y, apenas le vio don Quijote, cuando le pregunt�:
— D�game vuestra merced, se�or adivino: �qu� peje pillamo? �Qu� ha de ser de nosotros?. Y vea aqu� mis dos reales.
Y mand� a Sancho que se los diese a maese Pedro, el cual respondi� por el mono, y dijo:
— Se�or, este animal no responde ni da noticia de las cosas que est�n por venir; de las pasadas sabe algo, y de las presentes, alg�n tanto.
— �Voto a Rus —dijo Sancho—, no d� yo un ardite porque me digan lo que por m� ha pasado!; porque, �qui�n lo puede saber mejor que yo mesmo? Y pagar yo porque me digan lo que s�, ser�a una gran necedad; pero, pues sabe las cosas presentes, he aqu� mis dos reales, y d�game el se�or mon�simo qu� hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qu� se entretiene.
No quiso tomar maese Pedro el dinero, diciendo:
— No quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan precedido los servicios.
Y, dando con la mano derecha dos golpes sobre el hombro izquierdo, en un brinco se le puso el mono en �l, y, llegando la boca al o�do, daba diente con diente muy apriesa; y, habiendo hecho este adem�n por espacio de un credo, de otro brinco se puso en el suelo, y al punto, con grand�sima priesa, se fue maese Pedro a poner de rodillas ante don Quijote, y, abraz�ndole las piernas, dijo:
— Estas piernas abrazo, bien as� como si abrazara las dos colunas de H�rcules, �oh resucitador insigne de la ya puesta en olvido andante caballer�a!; �oh no jam�s como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, �nimo de los desmayados, arrimo de los que van a caer, brazo de los ca�dos, b�culo y consuelo de todos los desdichados!
Qued� pasmado don Quijote, absorto Sancho, suspenso el primo, at�nito el paje, abobado el del rebuzno, confuso el ventero, y, finalmente, espantados todos los que oyeron las razones del titerero, el cual prosigui� diciendo:
— Y t�, �oh buen Sancho Panza!, el mejor escudero y del mejor caballero del mundo, al�grate, que tu buena mujer Teresa est� buena, y �sta es la hora en que ella est� rastrillando una libra de lino, y, por m�s se�as, tiene a su lado izquierdo un jarro desbocado que cabe un buen porqu� de vino, con que se entretiene en su trabajo.
— Eso creo yo muy bien —respondi� Sancho—, porque es ella una bienaventurada, y, a no ser celosa, no la trocara yo por la giganta Andandona, que, seg�n mi se�or, fue una mujer muy cabal y muy de pro; y es mi Teresa de aquellas que no se dejan mal pasar, aunque sea a costa de sus herederos.
— Ahora digo —dijo a esta saz�n don Quijote—, que el que lee mucho y anda mucho, vee mucho y sabe mucho. Digo esto porque, �qu� persuasi�n fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido alg�n tanto en mis alabanzas; pero comoquiera que yo me sea, doy gracias al cielo, que me dot� de un �nimo blando y compasivo, inclinado siempre a hacer bien a todos, y mal a ninguno.
— Si yo tuviera dineros —dijo el paje—, preguntara al se�or mono qu� me ha de suceder en la peregrinaci�n que llevo.
A lo que respondi� maese Pedro, que ya se hab�a levantado de los pies de don Quijote:
— Ya he dicho que esta bestezuela no responde a lo por venir; que si respondiera, no importara no haber dineros; que, por servicio del se�or don Quijote, que est� presente, dejara yo todos los intereses del mundo. Y agora, porque se lo debo, y por darle gusto, quiero armar mi retablo y dar placer a cuantos est�n en la venta, sin paga alguna.
Oyendo lo cual el ventero, alegre sobremanera, se�al� el lugar donde se pod�a poner el retablo, que en un punto fue hecho.
Don Quijote no estaba muy contento con las adivinanzas del mono, por parecerle no ser a prop�sito que un mono adivinase, ni las de por venir, ni las pasadas cosas; y as�, en tanto que maese Pedro acomodaba el retablo, se retir� don Quijote con Sancho a un rinc�n de la caballeriza, donde, sin ser o�dos de nadie, le dijo:
— Mira, Sancho, yo he considerado bien la estra�a habilidad deste mono, y hallo por mi cuenta que sin duda este maese Pedro, su amo, debe de tener hecho pacto, t�cito o espreso, con el demonio.
— Si el patio es espeso y del demonio —dijo Sancho—, sin duda debe de ser muy sucio patio; pero, �de qu� provecho le es al tal maese Pedro tener esos patios?
— No me entiendes, Sancho: no quiero decir sino que debe de tener hecho alg�n concierto con el demonio de que infunda esa habilidad en el mono, con que gane de comer, y despu�s que est� rico le dar� su alma, que es lo que este universal enemigo pretende. Y h�ceme creer esto el ver que el mono no responde sino a las cosas pasadas o presentes, y la sabidur�a del diablo no se puede estender a m�s, que las por venir no las sabe si no es por conjeturas, y no todas veces; que a solo Dios est� reservado conocer los tiempos y los momentos, y para �l no hay pasado ni porvenir, que todo es presente. Y, siendo esto as�, como lo es, est� claro que este mono habla con el estilo del diablo; y estoy maravillado c�mo no le han acusado al Santo Oficio, y examin�dole y sac�dole de cuajo en virtud de qui�n adivina; porque cierto est� que este mono no es astr�logo, ni su amo ni �l alzan, ni saben alzar, estas figuras que llaman judiciarias, que tanto ahora se usan en Espa�a, que no hay mujercilla, ni paje, ni zapatero de viejo que no presuma de alzar una figura, como si fuera una sota de naipes del suelo, echando a perder con sus mentiras e ignorancias la verdad maravillosa de la ciencia. De una se�ora s� yo que pregunt� a uno destos figureros que si una perrilla de falda peque�a, que ten�a, si se empre�ar�a y parir�a, y cu�ntos y de qu� color ser�an los perros que pariese. A lo que el se�or judiciario, despu�s de haber alzado la figura, respondi� que la perrica se empre�ar�a, y parir�a tres perricos, el uno verde, el otro encarnado y el otro de mezcla, con tal condici�n que la tal perra se cubriese entre las once y doce del d�a, o de la noche, y que fuese en lunes o en s�bado; y lo que sucedi� fue que de all� a dos d�as se mor�a la perra de ah�ta, y el se�or levantador qued� acreditado en el lugar por acertad�simo judiciario, como lo quedan todos o los m�s levantadores.
— Con todo eso, querr�a —dijo Sancho— que vuestra merced dijese a maese Pedro preguntase a su mono si es verdad lo que a vuestra merced le pas� en la cueva de Montesinos; que yo para m� tengo, con perd�n de vuestra merced, que todo fue embeleco y mentira, o por lo menos, cosas so�adas.
— Todo podr�a ser —respondi� don Quijote—, pero yo har� lo que me aconsejas, puesto que me ha de quedar un no s� qu� de escr�pulo.
Estando en esto, lleg� maese Pedro a buscar a don Quijote y decirle que ya estaba en orden el retablo; que su merced viniese a verle, porque lo merec�a. Don Quijote le comunic� su pensamiento, y le rog� preguntase luego a su mono le dijese si ciertas cosas que hab�a pasado en la cueva de Montesinos hab�an sido so�adas o verdaderas; porque a �l le parec�a que ten�an de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvi� a traer el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:
— Mirad, se�or mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas o verdaderas.
Y, haci�ndole la acostumbrada se�al, el mono se le subi� en el hombro izquierdo, y, habl�ndole, al parecer, en el o�do, dijo luego maese Pedro:
— El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio, o pas�, en la dicha cueva son falsas, y parte veris�miles; y que esto es lo que sabe, y no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere saber m�s, que el viernes venidero responder� a todo lo que se le preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendr� hasta el viernes, como dicho tiene.
— �No lo dec�a yo —dijo Sancho—, que no se me pod�a asentar que todo lo que vuesa merced, se�or m�o, ha dicho de los acontecimientos de la cueva era verdad, ni aun la mitad?
— Los sucesos lo dir�n, Sancho —respondi� don Quijote—; que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no las saque a la luz del sol, aunque est� escondida en los senos de la tierra. Y, por hora, baste esto, y v�monos a ver el retablo del buen maese Pedro, que para m� tengo que debe de tener alguna novedad.
— �C�mo alguna? —respondi� maese Pedro—: sesenta mil encierra en s� este mi retablo; d�gole a vuesa merced, mi se�or don Quijote, que es una de las cosas m�s de ver que hoy tiene el mundo, y operibus credite, et non verbis; y manos a labor, que se hace tarde y tenemos mucho que hacer y que decir y que mostrar.
Obedeci�ronle don Quijote y Sancho, y vinieron donde ya estaba el retablo puesto y descubierto, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas, que le hac�an vistoso y resplandeciente. En llegando, se meti� maese Pedro dentro d�l, que era el que hab�a de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un muchacho, criado del maese Pedro, para servir de int�rprete y declarador de los misterios del tal retablo: ten�a una varilla en la mano, con que se�alaba las figuras que sal�an.
Puestos, pues, todos cuantos hab�a en la venta, y algunos en pie, frontero del retablo, y acomodados don Quijote, Sancho, el paje y el primo en los mejores lugares, el trujam�n comenz� a decir lo que oir� y ver� el que le oyere o viere el cap�tulo siguiente.
Callaron todos, tirios y troyanos; quiero decir, pendientes estaban todos los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas, cuando se oyeron sonar en el retablo cantidad de atabales y trompetas, y dispararse mucha artiller�a, cuyo rumor pas� en tiempo breve, y luego alz� la voz el muchacho, y dijo:
— Esta verdadera historia que aqu� a vuesas mercedes se representa es sacada al pie de la letra de las cor�nicas francesas y de los romances espa�oles que andan en boca de las gentes, y de los muchachos, por esas calles. Trata de la libertad que dio el se�or don Gaiferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en Espa�a, en poder de moros, en la ciudad de Sansue�a, que as� se llamaba entonces la que hoy se llama Zaragoza; y vean vuesas mercedes all� c�mo est� jugando a las tablas don Gaiferos, seg�n aquello que se canta:
Jugando est� a las tablas don Gaiferos,
que ya de Melisendra est� olvidado.
Y aquel personaje que all� asoma, con corona en la cabeza y ceptro en las manos, es el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, el cual, moh�no de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a re�ir; y adviertan con la vehemencia y ah�nco que le ri�e, que no parece sino que le quiere dar con el ceptro media docena de coscorrones, y aun hay autores que dicen que se los dio, y muy bien dados; y, despu�s de haberle dicho muchas cosas acerca del peligro que corr�a su honra en no procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo:
"Harto os he dicho: miradlo".
Miren vuestras mercedes tambi�n c�mo el emperador vuelve las espaldas y deja despechado a don Gaiferos, el cual ya ven como arroja, impaciente de la c�lera, lejos de s� el tablero y las tablas, y pide apriesa las armas, y a don Rold�n, su primo, pide prestada su espada Durindana, y c�mo don Rold�n no se la quiere prestar, ofreci�ndole su compa��a en la dif�cil empresa en que se pone; pero el valeroso enojado no lo quiere aceptar; antes, dice que �l solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el m�s hondo centro de la tierra; y, con esto, se entra a armar, para ponerse luego en camino. Vuelvan vuestras mercedes los ojos a aquella torre que all� parece, que se presupone que es una de las torres del alc�zar de Zaragoza, que ahora llaman la Aljafer�a; y aquella dama que en aquel balc�n parece, vestida a lo moro, es la sin par Melisendra, que desde all� muchas veces se pon�a a mirar el camino de Francia, y, puesta la imaginaci�n en Par�s y en su esposo, se consolaba en su cautiverio. Miren tambi�n un nuevo caso que ahora sucede, quiz� no visto jam�s. �No veen aquel moro que callandico y pasito a paso, puesto el dedo en la boca, se llega por las espaldas de Melisendra? Pues miren c�mo la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da a escupir, y a limpi�rselos con la blanca manga de su camisa, y c�mo se lamenta, y se arranca de pesar sus hermosos cabellos, como si ellos tuvieran la culpa del maleficio. Miren tambi�n c�mo aquel grave moro que est� en aquellos corredores es el rey Marsilio de Sansue�a; el cual, por haber visto la insolencia del moro, puesto que era un pariente y gran privado suyo, le mand� luego prender, y que le den docientos azotes, llev�ndole por las calles acostumbradas de la ciudad,
con chilladores delante
y envaramiento detr�s;
y veis aqu� donde salen a ejecutar la sentencia, aun bien apenas no habiendo sido puesta en ejecuci�n la culpa; porque entre moros no hay "traslado a la parte", ni "a prueba y est�se", como entre nosotros.
— Ni�o, ni�o —dijo con voz alta a esta saz�n don Quijote—, seguid vuestra historia l�nea recta, y no os met�is en las curvas o transversales; que, para sacar una verdad en limpio, menester son muchas pruebas y repruebas.
Tambi�n dijo maese Pedro desde dentro:
— Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese se�or te manda, que ser� lo m�s acertado; sigue tu canto llano, y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles.
— Yo lo har� as� —respondi� el muchacho; y prosigui�, diciendo—: Esta figura que aqu� parece a caballo, cubierta con una capa gascona, es la mesma de don Gaiferos, a quien su esposa, ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, con mejor y m�s sosegado semblante, se ha puesto a los miradores de la torre, y habla con su esposo, creyendo que es alg�n pasajero, con quien pas� todas aquellas razones y coloquios de aquel romance que dicen:
Caballero, si a Francia ides,
por Gaiferos preguntad;
las cuales no digo yo ahora, porque de la prolijidad se suele engendrar el fastidio; basta ver c�mo don Gaiferos se descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace se nos da a entender que ella le ha conocido, y m�s ahora que veemos se descuelga del balc�n, para ponerse en las ancas del caballo de su buen esposo. Mas, �ay, sin ventura!, que se le ha asido una punta del faldell�n de uno de los hierros del balc�n, y est� pendiente en el aire, sin poder llegar al suelo. Pero veis c�mo el piadoso cielo socorre en las mayores necesidades, pues llega don Gaiferos, y, sin mirar si se rasgar� o no el rico faldell�n, ase della, y mal su grado la hace bajar al suelo, y luego, de un brinco, la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la se�ora Melisendra acostumbrada a semejantes caballer�as. Veis tambi�n c�mo los relinchos del caballo dan se�ales que va contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su se�or y en su se�ora. Veis c�mo vuelven las espaldas y salen de la ciudad, y alegres y regocijados toman de Par�s la v�a. �Vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes! �Llegu�is a salvamento a vuestra deseada patria, sin que la fortuna ponga estorbo en vuestro felice viaje! �Los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los d�as, que los de N�stor sean, que os quedan de la vida!
Aqu� alz� otra vez la voz maese Pedro, y dijo:
— Llaneza, muchacho; no te encumbres, que toda afectaci�n es mala.
No respondi� nada el int�rprete; antes, prosigui�, diciendo:
— No faltaron algunos ociosos ojos, que lo suelen ver todo, que no viesen la bajada y la subida de Melisendra, de quien dieron noticia al rey Marsilio, el cual mand� luego tocar al arma; y miren con qu� priesa, que ya la ciudad se hunde con el son de las campanas que en todas las torres de las mezquitas suenan.
— �Eso no! —dijo a esta saz�n don Quijote—: en esto de las campanas anda muy impropio maese Pedro, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales, y un g�nero de dulzainas que parecen nuestras chirim�as; y esto de sonar campanas en Sansue�a sin duda que es un gran disparate.
Lo cual o�do por maese Pedro, ces� el tocar y dijo:
— No mire vuesa merced en ni�er�as, se�or don Quijote, ni quiera llevar las cosas tan por el cabo que no se le halle. �No se representan por ah�, casi de ordinario, mil comedias llenas de mil impropiedades y disparates, y, con todo eso, corren felic�simamente su carrera, y se escuchan no s�lo con aplauso, sino con admiraci�n y todo? Prosigue, muchacho, y deja decir; que, como yo llene mi talego, si quiere represente m�s impropiedades que tiene �tomos el sol.
— As� es la verdad —replic� don Quijote.
Y el muchacho dijo:
— Miren cu�nta y cu�n lucida caballer�a sale de la ciudad en siguimiento de los dos cat�licos amantes, cu�ntas trompetas que suenan, cu�ntas dulzainas que tocan y cu�ntos atabales y atambores que retumban. T�mome que los han de alcanzar, y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que ser�a un horrendo espet�culo.
Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, pareci�le ser bien dar ayuda a los que hu�an; y, levant�ndose en pie, en voz alta, dijo:
— No consentir� yo en mis d�as y en mi presencia se le haga supercher�a a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. �Deteneos, mal nacida canalla; no le sig�is ni persig�is; si no, conmigo sois en la batalla!
Y, diciendo y haciendo, desenvain� la espada, y de un brinco se puso junto al retablo, y, con acelerada y nunca vista furia, comenz� a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a �ste, destrozando a aqu�l, y, entre otros muchos, tir� un altibajo tal, que si maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara la cabeza con m�s facilidad que si fuera hecha de masa de mazap�n. Daba voces maese Pedro, diciendo:
— Det�ngase vuesa merced, se�or don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. �Mire, pecador de m�, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda!
Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras: el rey Marsilio, mal herido, y el emperador Carlomagno, partida la corona y la cabeza en dos partes. Alborot�se el senado de los oyentes, huy�se el mono por los tejados de la ventana, temi� el primo, acobard�se el paje, y hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grand�simo, porque, como �l jur� despu�s de pasada la borrasca, jam�s hab�a visto a su se�or con tan desatinada c�lera. Hecho, pues, el general destrozo del retablo, soseg�se un poco don Quijote y dijo:
— Quisiera yo tener aqu� delante en este punto todos aquellos que no creen, ni quieren creer, de cu�nto provecho sean en el mundo los caballeros andantes: miren, si no me hallara yo aqu� presente, qu� fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra; a buen seguro que �sta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho alg�n desaguisado. En resoluci�n, �viva la andante caballer�a sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!
— �Vivan en hora buena —dijo a esta saz�n con voz enfermiza maese Pedro—, y muera yo, pues soy tan desdichado que puedo decir con el rey don Rodrigo:
Ayer fui se�or de Espa�a...
y hoy no tengo una almena
que pueda decir que es m�a!
No ha media hora, ni aun un mediano momento, que me vi se�or de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas y mis cofres y sacos de infinitos caballos y de innumerables galas, y agora me veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y, sobre todo, sin mi mono, que a fe que primero que le vuelva a mi poder me han de sudar los dientes; y todo por la furia mal considerada deste se�or caballero, de quien se dice que ampara pupilos, y endereza tuertos, y hace otras obras caritativas; y en m� solo ha venido a faltar su intenci�n generosa, que sean benditos y alabados los cielos, all� donde tienen m�s levantados sus asientos. En fin, el Caballero de la Triste Figura hab�a de ser aquel que hab�a de desfigurar las m�as.
Enterneci�se Sancho Panza con las razones de maese Pedro, y d�jole:
— No llores, maese Pedro, ni te lamentes, que me quiebras el coraz�n; porque te hago saber que es mi se�or don Quijote tan cat�lico y escrupuloso cristiano, que si �l cae en la cuenta de que te ha hecho alg�n agravio, te lo sabr� y te lo querr� pagar y satisfacer con muchas ventajas.
— Con que me pagase el se�or don Quijote alguna parte de las hechuras que me ha deshecho, quedar�a contento, y su merced asegurar�a su conciencia, porque no se puede salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su due�o y no lo restituye.
— As� es —dijo don Quijote—, pero hasta ahora yo no s� que tenga nada vuestro, maese Pedro.
— �C�mo no? —respondi� maese Pedro—; y estas reliquias que est�n por este duro y est�ril suelo, �qui�n las esparci� y aniquil�, sino la fuerza invencible dese poderoso brazo?, y �c�yos eran sus cuerpos sino m�os?, y �con qui�n me sustentaba yo sino con ellos?
— Ahora acabo de creer —dijo a este punto don Quijote— lo que otras muchas veces he cre�do: que estos encantadores que me persiguen no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos, y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo, se�ores que me o�s, que a m� me pareci� todo lo que aqu� ha pasado que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra, don Gaiferos don Gaiferos, Marsilio Marsilio, y Carlomagno Carlomagno: por eso se me alter� la c�lera, y, por cumplir con mi profesi�n de caballero andante, quise dar ayuda y favor a los que hu�an, y con este buen prop�sito hice lo que hab�is visto; si me ha salido al rev�s, no es culpa m�a, sino de los malos que me persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de malicia, quiero yo mismo condenarme en costas: vea maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas, que yo me ofrezco a pag�rselo luego, en buena y corriente moneda castellana.
Inclin�sele maese Pedro, dici�ndole:
— No esperaba yo menos de la inaudita cristiandad del valeroso don Quijote de la Mancha, verdadero socorredor y amparo de todos los necesitados y menesterosos vagamundos; y aqu� el se�or ventero y el gran Sancho ser�n medianeros y apreciadores, entre vuesa merced y m�, de lo que valen o pod�an valer las ya deshechas figuras.
El ventero y Sancho dijeron que as� lo har�an, y luego maese Pedro alz� del suelo, con la cabeza menos, al rey Marsilio de Zaragoza, y dijo:
— Ya se vee cu�n imposible es volver a este rey a su ser primero; y as�, me parece, salvo mejor juicio, que se me d� por su muerte, fin y acabamiento cuatro reales y medio.
— �Adelante! —dijo don Quijote.
— Pues por esta abertura de arriba abajo —prosigui� maese Pedro, tomando en las manos al partido emperador Carlomagno—, no ser�a mucho que pidiese yo cinco reales y un cuartillo.
— No es poco —dijo Sancho.
— Ni mucho —replic� el ventero—; m�diese la partida y se��lensele cinco reales.
— D�nsele todos cinco y cuartillo —dijo don Quijote—, que no est� en un cuartillo m�s a menos la monta desta notable desgracia; y acabe presto maese Pedro, que se hace hora de cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre.
— Por esta figura —dijo maese Pedro— que est� sin narices y un ojo menos, que es de la hermosa Melisendra, quiero, y me pongo en lo justo, dos reales y doce maraved�s.
— Aun ah� ser�a el diablo —dijo don Quijote—, si ya no estuviese Melisendra con su esposo, por lo menos, en la raya de Francia; porque el caballo en que iban, a m� me pareci� que antes volaba que corr�a; y as�, no hay para qu� venderme a m� el gato por liebre, present�ndome aqu� a Melisendra desnarigada, estando la otra, si viene a mano, ahora holg�ndose en Francia con su esposo a pierna tendida. Ayude Dios con lo suyo a cada uno, se�or maese Pedro, y caminemos todos con pie llano y con intenci�n sana. Y prosiga.
Maese Pedro, que vio que don Quijote izquierdeaba y que volv�a a su primer tema, no quiso que se le escapase; y as�, le dijo:
— �sta no debe de ser Melisendra, sino alguna de las doncellas que la serv�an; y as�, con sesenta maraved�s que me den por ella quedar� contento y bien pagado.
Desta manera fue poniendo precio a otras muchas destrozadas figuras, que despu�s los moderaron los dos jueces �rbitros, con satisfaci�n de las partes, que llegaron a cuarenta reales y tres cuartillos; y, adem�s desto, que luego lo desembols� Sancho, pidi� maese Pedro dos reales por el trabajo de tomar el mono.
— D�selos, Sancho —dijo don Quijote—, no para tomar el mono, sino la mona; y docientos diera yo ahora en albricias a quien me dijera con certidumbre que la se�ora do�a Melisendra y el se�or don Gaiferos estaban ya en Francia y entre los suyos.
— Ninguno nos lo podr� decir mejor que mi mono —dijo maese Pedro—, pero no habr� diablo que ahora le tome; aunque imagino que el cari�o y la hambre le han de forzar a que me busque esta noche, y amanecer� Dios y ver�monos.
En resoluci�n, la borrasca del retablo se acab� y todos cenaron en paz y en buena compa��a, a costa de don Quijote, que era liberal en todo estremo.
Antes que amaneciese, se fue el que llevaba las lanzas y las alabardas, y ya despu�s de amanecido, se vinieron a despedir de don Quijote el primo y el paje: el uno, para volverse a su tierra; y el otro, a proseguir su camino, para ayuda del cual le dio don Quijote una docena de reales. Maese Pedro no quiso volver a entrar en m�s dimes ni diretes con don Quijote, a quien �l conoc�a muy bien, y as�, madrug� antes que el sol, y, cogiendo las reliquias de su retablo y a su mono, se fue tambi�n a buscar sus aventuras. El ventero, que no conoc�a a don Quijote, tan admirado le ten�an sus locuras como su liberalidad. Finalmente, Sancho le pag� muy bien, por orden de su se�or, y, despidi�ndose d�l, casi a las ocho del d�a dejaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos ir; que as� conviene para dar lugar a contar otras cosas pertenecientes a la declaraci�n desta famosa historia.
Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con estas palabras en este cap�tulo: ''Juro como cat�lico cristiano...''; a lo que su traductor dice que el jurar Cide Hamete como cat�lico cristiano, siendo �l moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa sino que, as� como el cat�lico cristiano cuando jura, jura, o debe jurar, verdad, y decirla en lo que dijere, as� �l la dec�a, como si jurara como cristiano cat�lico, en lo que quer�a escribir de don Quijote, especialmente en decir qui�n era maese Pedro, y qui�n el mono adivino que tra�a admirados todos aquellos pueblos con sus adivinanzas.
Dice, pues, que bien se acordar�, el que hubiere le�do la primera parte desta historia, de aquel Gin�s de Pasamonte, a quien, entre otros galeotes, dio libertad don Quijote en Sierra Morena, beneficio que despu�s le fue mal agradecido y peor pagado de aquella gente maligna y mal acostumbrada. Este Gin�s de Pasamonte, a quien don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fue el que hurt� a Sancho Panza el rucio; que, por no haberse puesto el c�mo ni el cu�ndo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en qu� entender a muchos, que atribu�an a poca memoria del autor la falta de emprenta. Pero, en resoluci�n, Gin�s le hurt�, estando sobre �l durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que us� Brunelo cuando, estando Sacripante sobre Albraca, le sac� el caballo de entre las piernas, y despu�s le cobr� Sancho, como se ha contado. Este Gin�s, pues, temeroso de no ser hallado de la justicia, que le buscaba para castigarle de sus infinitas bellaquer�as y delitos, que fueron tantos y tales, que �l mismo compuso un gran volumen cont�ndolos, determin� pasarse al reino de Arag�n y cubrirse el ojo izquierdo, acomod�ndose al oficio de titerero; que esto y el jugar de manos lo sab�a hacer por estremo.
Sucedi�, pues, que de unos cristianos ya libres que ven�an de Berber�a compr� aquel mono, a quien ense�� que, en haci�ndole cierta se�al, se le subiese en el hombro y le murmurase, o lo pareciese, al o�do. Hecho esto, antes que entrase en el lugar donde entraba con su retablo y mono, se informaba en el lugar m�s cercano, o de quien �l mejor pod�a, qu� cosas particulares hubiesen sucedido en el tal lugar, y a qu� personas; y, llev�ndolas bien en la memoria, lo primero que hac�a era mostrar su retablo, el cual unas veces era de una historia, y otras de otra; pero todas alegres y regocijadas y conocidas. Acabada la muestra, propon�a las habilidades de su mono, diciendo al pueblo que adivinaba todo lo pasado y lo presente; pero que en lo de por venir no se daba ma�a. Por la respuesta de cada pregunta ped�a dos reales, y de algunas hac�a barato, seg�n tomaba el pulso a los preguntantes; y como tal vez llegaba a las casas de quien �l sab�a los sucesos de los que en ella moraban, aunque no le preguntasen nada por no pagarle, �l hac�a la se�a al mono, y luego dec�a que le hab�a dicho tal y tal cosa, que ven�a de molde con lo sucedido. Con esto cobraba cr�dito inefable, y and�banse todos tras �l. Otras veces, como era tan discreto, respond�a de manera que las respuestas ven�an bien con las preguntas; y, como nadie le apuraba ni apretaba a que dijese c�mo adevinaba su mono, a todos hac�a monas, y llenaba sus esqueros.
As� como entr� en la venta, conoci� a don Quijote y a Sancho, por cuyo conocimiento le fue f�cil poner en admiraci�n a don Quijote y a Sancho Panza, y a todos los que en ella estaban; pero hubi�rale de costar caro si don Quijote bajara un poco m�s la mano cuando cort� la cabeza al rey Marsilio y destruy� toda su caballer�a, como queda dicho en el antecedente cap�tulo.
Esto es lo que hay que decir de maese Pedro y de su mono.
Y, volviendo a don Quijote de la Mancha, digo que, despu�s de haber salido de la venta, determin� de ver primero las riberas del r�o Ebro y todos aquellos contornos, antes de entrar en la ciudad de Zaragoza, pues le daba tiempo para todo el mucho que faltaba desde all� a las justas. Con esta intenci�n sigui� su camino, por el cual anduvo dos d�as sin acontecerle cosa digna de ponerse en escritura, hasta que al tercero, al subir de una loma, oy� un gran rumor de atambores, de trompetas y arcabuces. Al principio pens� que alg�n tercio de soldados pasaba por aquella parte, y por verlos pic� a Rocinante y subi� la loma arriba; y cuando estuvo en la cumbre, vio al pie della, a su parecer, m�s de docientos hombres armados de diferentes suertes de armas, como si dij�semos lanzones, ballestas, partesanas, alabardas y picas, y algunos arcabuces, y muchas rodelas. Baj� del recuesto y acerc�se al escuadr�n, tanto, que distintamente vio las banderas, juzg� de las colores y not� las empresas que en ellas tra�an, especialmente una que en un estandarte o jir�n de raso blanco ven�a, en el cual estaba pintado muy al vivo un asno como un peque�o sardesco, la cabeza levantada, la boca abierta y la lengua de fuera, en acto y postura como si estuviera rebuznando; alrededor d�l estaban escritos de letras grandes estos dos versos:
No rebuznaron en balde
el uno y el otro alcalde.
Por esta insignia sac� don Quijote que aquella gente deb�a de ser del pueblo del rebuzno, y as� se lo dijo a Sancho, declar�ndole lo que en el estandarte ven�a escrito. D�jole tambi�n que el que les hab�a dado noticia de aquel caso se hab�a errado en decir que dos regidores hab�an sido los que rebuznaron; pero que, seg�n los versos del estandarte, no hab�an sido sino alcaldes. A lo que respondi� Sancho Panza:
— Se�or, en eso no hay que reparar, que bien puede ser que los regidores que entonces rebuznaron viniesen con el tiempo a ser alcaldes de su pueblo, y as�, se pueden llamar con entrambos t�tulos; cuanto m�s, que no hace al caso a la verdad de la historia ser los rebuznadores alcaldes o regidores, como ellos una por una hayan rebuznado; porque tan a pique est� de rebuznar un alcalde como un regidor.
Finalmente, conocieron y supieron como el pueblo corrido sal�a a pelear con otro que le corr�a m�s de lo justo y de lo que se deb�a a la buena vecindad.
Fuese llegando a ellos don Quijote, no con poca pesadumbre de Sancho, que nunca fue amigo de hallarse en semejantes jornadas. Los del escuadr�n le recogieron en medio, creyendo que era alguno de los de su parcialidad. Don Quijote, alzando la visera, con gentil br�o y continente, lleg� hasta el estandarte del asno, y all� se le pusieron alrededor todos los m�s principales del ej�rcito, por verle, admirados con la admiraci�n acostumbrada en que ca�an todos aquellos que la vez primera le miraban. Don Quijote, que los vio tan atentos a mirarle, sin que ninguno le hablase ni le preguntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y, rompiendo el suyo, alz� la voz y dijo:
— Buenos se�ores, cuan encarecidamente puedo, os suplico que no interrump�is un razonamiento que quiero haceros, hasta que ve�is que os disgusta y enfada; que si esto sucede, con la m�s m�nima se�al que me hag�is pondr� un sello en mi boca y echar� una mordaza a mi lengua.
Todos le dijeron que dijese lo que quisiese, que de buena gana le escuchar�an. Don Quijote, con esta licencia, prosigui� diciendo:
Yo, se�ores m�os, soy caballero andante, cuyo ejercicio es el de las armas, y cuya profesi�n la de favorecer a los necesitados de favor y acudir a los menesterosos. D�as ha que he sabido vuestra desgracia y la causa que os mueve a tomar las armas a cada paso, para vengaros de vuestros enemigos; y, habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendimiento sobre vuestro negocio, hallo, seg�n las leyes del duelo, que est�is enga�ados en teneros por afrentados, porque ning�n particular puede afrentar a un pueblo entero, si no es ret�ndole de traidor por junto, porque no sabe en particular qui�n cometi� la traici�n por que le reta. Ejemplo desto tenemos en don Diego Ord��ez de Lara, que ret� a todo el pueblo zamorano, porque ignoraba que solo Vellido Dolfos hab�a cometido la traici�n de matar a su rey; y as�, ret� a todos, y a todos tocaba la venganza y la respuesta; aunque bien es verdad que el se�or don Diego anduvo algo demasiado, y aun pas� muy adelante de los l�mites del reto, porque no ten�a para qu� retar a los muertos, a las aguas, ni a los panes, ni a los que estaban por nacer, ni a las otras menudencias que all� se declaran; pero, �vaya!, pues cuando la c�lera sale de madre, no tiene la lengua padre, ayo ni freno que la corrija. Siendo, pues, esto as�, que uno solo no puede afrentar a reino, provincia, ciudad, rep�blica ni pueblo entero, queda en limpio que no hay para qu� salir a la venganza del reto de la tal afrenta, pues no lo es; porque, �bueno ser�a que se matasen a cada paso los del pueblo de la Reloja con quien se lo llama, ni los cazoleros, berenjeneros, ballenatos, jaboneros, ni los de otros nombres y apellidos que andan por ah� en boca de los muchachos y de gente de poco m�s a menos! �Bueno ser�a, por cierto, que todos estos insignes pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino hechas las espadas sacabuches a cualquier pendencia, por peque�a que fuese! No, no, ni Dios lo permita o quiera. Los varones prudentes, las rep�blicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas, y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe cat�lica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey, en la guerra justa; y si le quisi�remos a�adir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria. A estas cinco causas, como capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables, y que obliguen a tomar las armas; pero tomarlas por ni�er�as y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto m�s, que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y m�s de carne que de esp�ritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca minti�, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana; y as�, no nos hab�a de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. As� que, mis se�ores, vuesas mercedes est�n obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse.
— El diablo me lleve —dijo a esta saz�n Sancho entre s�— si este mi amo no es t�logo; y si no lo es, que lo parece como un g�evo a otro.
Tom� un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todav�a le prestaban silencio, quiso pasar adelante en su pl�tica, como pasara ni no se pusiere en medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se deten�a, tom� la mano por �l, diciendo:
— Mi se�or don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llam� el Caballero de la Triste Figura y ahora se llama el Caballero de los Leones, es un hidalgo muy atentado, que sabe lat�n y romance como un bachiller, y en todo cuanto trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas las leyes y ordenanzas de lo que llaman el duelo en la u�a; y as�, no hay m�s que hacer sino dejarse llevar por lo que �l dijere, y sobre m� si lo erraren; cuanto m�s, que ello se est� dicho que es necedad correrse por s�lo o�r un rebuzno, que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y propiedad que, en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honrad�simos; y, aunque por esta habilidad era invidiado de m�s de cuatro de los estirados de mi pueblo, no se me daba dos ardites. Y, porque se vea que digo verdad, esperen y escuchen, que esta ciencia es como la del nadar: que, una vez aprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenz� a rebuznar tan reciamente, que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban junto a �l, creyendo que hac�a burla dellos, alz� un varapalo que en la mano ten�a, y diole tal golpe con �l, que, sin ser poderoso a otra cosa, dio con Sancho Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan malparado a Sancho, arremeti� al que le hab�a dado, con la lanza sobre mano, pero fueron tantos los que se pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo que llov�a sobre �l un nublado de piedras, y que le amenazaban mil encaradas ballestas y no menos cantidad de arcabuces, volvi� las riendas a Rocinante, y a todo lo que su galope pudo, se sali� de entre ellos, encomend�ndose de todo coraz�n a Dios, que de aquel peligro le librase, temiendo a cada paso no le entrase alguna bala por las espaldas y le saliese al pecho; y a cada punto recog�a el aliento, por ver si le faltaba.
Pero los del escuadr�n se contentaron con verle huir, sin tirarle. A Sancho le pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en s�, y le dejaron ir tras su amo, no porque �l tuviese sentido para regirle; pero el rucio sigui� las huellas de Rocinante, sin el cual no se hallaba un punto. Alongado, pues, don Quijote buen trecho, volvi� la cabeza y vio que Sancho ven�a, y atendi�le, viendo que ninguno le segu�a.
Los del escuadr�n se estuvieron all� hasta la noche, y, por no haber salido a la batalla sus contrarios, se volvieron a su pueblo, regocijados y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griegos, levantaran en aquel lugar y sitio un trofeo.
Cuando el valiente huye, la supercher�a est� descubierta, y es de varones prudentes guardarse para mejor ocasi�n. Esta verdad se verific� en don Quijote, el cual, dando lugar a la furia del pueblo y a las malas intenciones de aquel indignado escuadr�n, puso pies en polvorosa, y, sin acordarse de Sancho ni del peligro en que le dejaba, se apart� tanto cuanto le pareci� que bastaba para estar seguro. Segu�ale Sancho, atravesado en su jumento, como queda referido. Lleg�, en fin, ya vuelto en su acuerdo, y al llegar, se dej� caer del rucio a los pies de Rocinante, todo ansioso, todo molido y todo apaleado. Ape�se don Quijote para catarle las feridas; pero, como le hallase sano de los pies a la cabeza, con asaz c�lera le dijo:
— �Tan en hora mala supistes vos rebuznar, Sancho! Y �d�nde hallastes vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A m�sica de rebuznos, �qu� contrapunto se hab�a de llevar sino de varapalos? Y dad gracias a Dios, Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron el per signum crucis con un alfanje.
— No estoy para responder —respondi� Sancho—, porque me parece que hablo por las espaldas. Subamos y apart�monos de aqu�, que yo pondr� silencio en mis rebuznos, pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y dejan a sus buenos escuderos molidos como alhe�a, o como cibera, en poder de sus enemigos.
— No huye el que se retira —respondi� don Quijote—, porque has de saber, Sancho, que la valent�a que no se funda sobre la basa de la prudencia se llama temeridad, y las haza�as del temerario m�s se atribuyen a la buena fortuna que a su �nimo. Y as�, yo confieso que me he retirado, pero no huido; y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos mejores, y desto est�n las historias llenas, las cuales, por no serte a ti de provecho ni a m� de gusto, no te las refiero ahora.
En esto, ya estaba a caballo Sancho, ayudado de don Quijote, el cual asimismo subi� en Rocinante, y poco a poco se fueron a emboscar en una alameda que hasta un cuarto de legua de all� se parec�a. De cuando en cuando daba Sancho unos ayes profund�simos y unos gemidos dolorosos; y, pregunt�ndole don Quijote la causa de tan amargo sentimiento, respondi� que, desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro, le dol�a de manera que le sacaba de sentido.
— La causa dese dolor debe de ser, sin duda —dijo don Quijote—, que, como era el palo con que te dieron largo y tendido, te cogi� todas las espaldas, donde entran todas esas partes que te duelen; y si m�s te cogiera, m�s te doliera.
— �Por Dios —dijo Sancho—, que vuesa merced me ha sacado de una gran duda, y que me la ha declarado por lindos t�rminos! �Cuerpo de m�! �Tan encubierta estaba la causa de mi dolor que ha sido menester decirme que me duele todo todo aquello que alcanz� el palo? Si me dolieran los tobillos, a�n pudiera ser que se anduviera adivinando el porqu� me dol�an, pero dolerme lo que me molieron no es mucho adivinar. A la fe, se�or nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga, y cada d�a voy descubriendo tierra de lo poco que puedo esperar de la compa��a que con vuestra merced tengo; porque si esta vez me ha dejado apalear, otra y otras ciento volveremos a los manteamientos de marras y a otras muchacher�as, que si ahora me han salido a las espaldas, despu�s me saldr�n a los ojos. Harto mejor har�a yo, sino que soy un b�rbaro, y no har� nada que bueno sea en toda mi vida; harto mejor har�a yo, vuelvo a decir, en volverme a mi casa, y a mi mujer, y a mis hijos, y sustentarla y criarlos con lo que Dios fue servido de darme, y no andarme tras vuesa merced por caminos sin camino y por sendas y carreras que no las tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues, �tomadme el dormir! Contad, hermano escudero, siete pies de tierra, y si quisi�redes m�s, tomad otros tantos, que en vuestra mano est� escudillar, y tendeos a todo vuestro buen talante; que quemado vea yo y hecho polvos al primero que dio puntada en la andante caballer�a, o, a lo menos, al primero que quiso ser escudero de tales tontos como debieron ser todos los caballeros andantes pasados. De los presentes no digo nada, que, por ser vuestra merced uno dellos, los tengo respeto, y porque s� que sabe vuesa merced un punto m�s que el diablo en cuanto habla y en cuanto piensa.
— Har�a yo una buena apuesta con vos, Sancho —dijo don Quijote—: que ahora que vais hablando sin que nadie os vaya a la mano, que no os duele nada en todo vuestro cuerpo. Hablad, hijo m�o, todo aquello que os viniere al pensamiento y a la boca; que, a trueco de que a vos no os duela nada, tendr� yo por gusto el enfado que me dan vuestras impertinencias. Y si tanto dese�is volveros a vuestra casa con vuestra mujer y hijos, no permita Dios que yo os lo impida; dineros ten�is m�os: mirad cu�nto ha que esta tercera vez salimos de nuestro pueblo, y mirad lo que pod�is y deb�is ganar cada mes, y pagaos de vuestra mano.
— Cuando yo serv�a —respondi� Sancho— a Tom� Carrasco, el padre del bachiller Sans�n Carrasco, que vuestra merced bien conoce, dos ducados ganaba cada mes, am�n de la comida; con vuestra merced no s� lo que puedo ganar, puesto que s� que tiene m�s trabajo el escudero del caballero andante que el que sirve a un labrador; que, en resoluci�n, los que servimos a labradores, por mucho que trabajemos de d�a, por mal que suceda, a la noche cenamos olla y dormimos en cama, en la cual no he dormido despu�s que ha que sirvo a vuestra merced. Si no ha sido el tiempo breve que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la espuma que saqu� de las ollas de Camacho, y lo que com� y beb� y dorm� en casa de Basilio, todo el otro tiempo he dormido en la dura tierra, al cielo abierto, sujeto a lo que dicen inclemencias del cielo, sustent�ndome con rajas de queso y mendrugos de pan, y bebiendo aguas, ya de arroyos, ya de fuentes, de las que encontramos por esos andurriales donde andamos.
— Confieso —dijo don Quijote— que todo lo que dices, Sancho, sea verdad. �Cu�nto parece que os debo dar m�s de lo que os daba Tom� Carrasco?
— A mi parecer —dijo Sancho—, con dos reales m�s que vuestra merced a�adiese cada mes me tendr�a por bien pagado. Esto es cuanto al salario de mi trabajo; pero, en cuanto a satisfacerme a la palabra y promesa que vuestra merced me tiene hecha de darme el gobierno de una �nsula, ser�a justo que se me a�adiesen otros seis reales, que por todos ser�an treinta.
— Est� muy bien —replic� don Quijote—; y, conforme al salario que vos os hab�is se�alado, 23 d�as ha que salimos de nuestro pueblo: contad, Sancho, rata por cantidad, y mirad lo que os debo, y pagaos, como os tengo dicho, de vuestra mano.
— �Oh, cuerpo de m�! —dijo Sancho—, que va vuestra merced muy errado en esta cuenta, porque en lo de la promesa de la �nsula se ha de contar desde el d�a que vuestra merced me la prometi� hasta la presente hora en que estamos.
— Pues, �qu� tanto ha, Sancho, que os la promet�? —dijo don Quijote.
— Si yo mal no me acuerdo —respondi� Sancho—, debe de haber m�s de veinte a�os, tres d�as m�s a menos.
Diose don Quijote una gran palmada en la frente, y comenz� a re�r muy de gana, y dijo:
— Pues no anduve yo en Sierra Morena, ni en todo el discurso de nuestras salidas, sino dos meses apenas, y �dices, Sancho, que ha veinte a�os que te promet� la �nsula? Ahora digo que quieres que se consuman en tus salarios el dinero que tienes m�o; y si esto es as�, y t� gustas dello, desde aqu� te lo doy, y buen provecho te haga; que, a trueco de verme sin tan mal escudero, holgar�me de quedarme pobre y sin blanca. Pero dime, prevaricador de las ordenanzas escuderiles de la andante caballer�a, �d�nde has visto t�, o le�do, que ning�n escudero de caballero andante se haya puesto con su se�or en tanto m�s cu�nto me hab�is de dar cada mes porque os sirva? �ntrate, �ntrate, malandr�n, foll�n y vestiglo, que todo lo pareces; �ntrate, digo, por el mare magnum de sus historias, y si hallares que alg�n escudero haya dicho, ni pensado, lo que aqu� has dicho, quiero que me le claves en la frente, y, por a�adidura, me hagas cuatro mamonas selladas en mi rostro. Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vu�lvete a tu casa, porque un solo paso desde aqu� no has de pasar m�s adelante conmigo. �Oh pan mal conocido! �Oh promesas mal colocadas! �Oh hombre que tiene m�s de bestia que de persona! �Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran se�or�a, te despides? �Ahora te vas, cuando yo ven�a con intenci�n firme y valedera de hacerte se�or de la mejor �nsula del mundo? En fin, como t� has dicho otras veces, no es la miel... etc. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida; que para m� tengo que antes llegar� ella a su �ltimo t�rmino que t� caigas y des en la cuenta de que eres bestia.
Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales vituperios le dec�a, y compungi�se de manera que le vinieron las l�grimas a los ojos, y con voz dolorida y enferma le dijo:
— Se�or m�o, yo confieso que para ser del todo asno no me falta m�s de la cola; si vuestra merced quiere pon�rmela, yo la dar� por bien puesta, y le servir� como jumento todos los d�as que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que s� poco, y que si hablo mucho, m�s procede de enfermedad que de malicia; mas, quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
— Maravill�rame yo, Sancho, si no mezclaras alg�n refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes, y con que no te muestres de aqu� adelante tan amigo de tu inter�s, sino que procures ensanchar el coraz�n, y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita.
Sancho respondi� que s� har�a, aunque sacase fuerzas de flaqueza.
Con esto, se metieron en la alameda, y don Quijote se acomod� al pie de un olmo, y Sancho al de una haya; que estos tales �rboles y otros sus semejantes siempre tienen pies, y no manos. Sancho pas� la noche penosamente, porque el varapalo se hac�a m�s sentir con el sereno. Don Quijote la pas� en sus continuas memorias; pero, con todo eso, dieron los ojos al sue�o, y al salir del alba siguieron su camino buscando las riberas del famoso Ebro, donde les sucedi� lo que se contar� en el cap�tulo venidero.
Por sus pasos contados y por contar, dos d�as despu�s que salieron de la alameda, llegaron don Quijote y Sancho al r�o Ebro, y el verle fue de gran gusto a don Quijote, porque contempl� y mir� en �l la amenidad de sus riberas, la claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abundancia de sus l�quidos cristales, cuya alegre vista renov� en su memoria mil amorosos pensamientos. Especialmente fue y vino en lo que hab�a visto en la cueva de Montesinos; que, puesto que el mono de maese Pedro le hab�a dicho que parte de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, �l se aten�a m�s a las verdaderas que a las mentirosas, bien al rev�s de Sancho, que todas las ten�a por la mesma mentira.
Yendo, pues, desta manera, se le ofreci� a la vista un peque�o barco sin remos ni otras jarcias algunas, que estaba atado en la orilla a un tronco de un �rbol que en la ribera estaba. Mir� don Quijote a todas partes, y no vio persona alguna; y luego, sin m�s ni m�s, se ape� de Rocinante y mand� a Sancho que lo mesmo hiciese del rucio, y que a entrambas bestias las atase muy bien, juntas, al tronco de un �lamo o sauce que all� estaba. Pregunt�le Sancho la causa de aquel s�bito apeamiento y de aquel ligamiento. Respondi� don Quijote:
— Has de saber, Sancho, que este barco que aqu� est�, derechamente y sin poder ser otra cosa en contrario, me est� llamando y convidando a que entre en �l, y vaya en �l a dar socorro a alg�n caballero, o a otra necesitada y principal persona, que debe de estar puesta en alguna grande cuita, porque �ste es estilo de los libros de las historias caballerescas y de los encantadores que en ellas se entremeten y platican: cuando alg�n caballero est� puesto en alg�n trabajo, que no puede ser librado d�l sino por la mano de otro caballero, puesto que est�n distantes el uno del otro dos o tres mil leguas, y aun m�s, o le arrebatan en una nube o le deparan un barco donde se entre, y en menos de un abrir y cerrar de ojos le llevan, o por los aires, o por la mar, donde quieren y adonde es menester su ayuda; as� que, �oh Sancho!, este barco est� puesto aqu� para el mesmo efecto; y esto es tan verdad como es ahora de d�a; y antes que �ste se pase, ata juntos al rucio y a Rocinante, y a la mano de Dios, que nos gu�e, que no dejar� de embarcarme si me lo pidiesen frailes descalzos.
— Pues as� es —respondi� Sancho—, y vuestra merced quiere dar a cada paso en estos que no s� si los llame disparates, no hay sino obedecer y bajar la cabeza, atendiendo al refr�n "haz lo que tu amo te manda, y si�ntate con �l a la mesa"; pero, con todo esto, por lo que toca al descargo de mi conciencia, quiero advertir a vuestra merced que a m� me parece que este tal barco no es de los encantados, sino de algunos pescadores deste r�o, porque en �l se pescan las mejores sabogas del mundo.
Esto dec�a, mientras ataba las bestias, Sancho, dej�ndolas a la proteci�n y amparo de los encantadores, con harto dolor de su �nima. Don Quijote le dijo que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los llevar�a a ellos por tan longincuos caminos y regiones tendr�a cuenta de sustentarlos.
— No entiendo eso de logicuos —dijo Sancho—, ni he o�do tal vocablo en todos los d�as de mi vida.
— Longincuos —respondi� don Quijote— quiere decir apartados; y no es maravilla que no lo entiendas, que no est�s t� obligado a saber lat�n, como algunos que presumen que lo saben, y lo ignoran.
— Ya est�n atados —replic� Sancho—. �Qu� hemos de hacer ahora?
— �Qu�? —respondi� don Quijote—. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir, embarcarnos y cortar la amarra con que este barco est� atado.
Y, dando un salto en �l, sigui�ndole Sancho, cort� el cordel, y el barco se fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del r�o, comenz� a temblar, temiendo su perdici�n; pero ninguna cosa le dio m�s pena que el o�r roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse, y d�jole a su se�or:
— El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. �Oh car�simos amigos, quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desenga�o, nos vuelva a vuestra presencia!
Y, en esto, comenz� a llorar tan amargamente que don Quijote, moh�no y col�rico, le dijo:
— �De qu� temes, cobarde criatura? �De qu� lloras, coraz�n de mantequillas? �Qui�n te persigue, o qui�n te acosa, �nimo de rat�n casero, o qu� te falta, menesteroso en la mitad de las entra�as de la abundancia? �Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las monta�as rifeas, sino sentado en una tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable r�o, de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aqu� un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado; aunque, o yo s� poco, o ya hemos pasado, o pasaremos presto, por la l�nea equinocial, que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia.
— Y cuando lleguemos a esa le�a que vuestra merced dice —pregunt� Sancho—, �cu�nto habremos caminado?
— Mucho —replic� don Quijote—, porque de trecientos y sesenta grados que contiene el globo, del agua y de la tierra, seg�n el c�mputo de Ptolomeo, que fue el mayor cosm�grafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la l�nea que he dicho.
— Por Dios —dijo Sancho—, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo, con la a�adidura de me�n, o meo, o no s� c�mo.
Ri�se don Quijote de la interpretaci�n que Sancho hab�a dado al nombre y al c�mputo y cuenta del cosm�grafo Ptolomeo, y d�jole:
— Sabr�s, Sancho, que los espa�oles y los que se embarcan en C�diz para ir a las Indias Orientales, una de las se�ales que tienen para entender que han pasado la l�nea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el nav�o se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallar�n, si le pesan a oro; y as�, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no, pasado habemos.
— Yo no creo nada deso —respondi� Sancho—, pero, con todo, har� lo que vuesa merced me manda, aunque no s� para qu� hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde est�n las alema�as dos varas, porque all� est�n Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga.
— Haz, Sancho, la averiguaci�n que te he dicho, y no te cures de otra, que t� no sabes qu� cosa sean coluros, l�neas, paralelos, zod�acos, cl�ticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras claramente qu� de paralelos hemos cortado, qu� de signos visto y qu� de im�gines hemos dejado atr�s y vamos dejando ahora. Y t�rnote a decir que te tientes y pesques, que yo para m� tengo que est�s m�s limpio que un pliego de papel liso y blanco.
Tent�se Sancho, y, llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alz� la cabeza y mir� a su amo, y dijo:
— O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas.
— Pues �qu�? —pregunt� don Quijote—, �has topado algo?
— �Y aun algos! —respondi� Sancho.
Y, sacudi�ndose los dedos, se lav� toda la mano en el r�o, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni alg�n encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave.
En esto, descubrieron unas grandes ace�as que en la mitad del r�o estaban; y apenas las hubo visto don Quijote, cuando con voz alta dijo a Sancho:
— �Vees? All�, �oh amigo!, se descubre la ciudad, castillo o fortaleza donde debe de estar alg�n caballero oprimido, o alguna reina, infanta o princesa malparada, para cuyo socorro soy aqu� tra�do.
— �Qu� diablos de ciudad, fortaleza o castillo dice vuesa merced, se�or? — dijo Sancho—. �No echa de ver que aqu�llas son ace�as que est�n en el r�o, donde se muele el trigo?
— Calla, Sancho —dijo don Quijote—; que, aunque parecen ace�as, no lo son; y ya te he dicho que todas las cosas trastruecan y mudan de su ser natural los encantos. No quiero decir que las mudan de en uno en otro ser realmente, sino que lo parece, como lo mostr� la experiencia en la transformaci�n de Dulcinea, �nico refugio de mis esperanzas.
En esto, el barco, entrado en la mitad de la corriente del r�o, comenz� a caminar no tan lentamente como hasta all�. Los molineros de las ace�as, que vieron venir aquel barco por el r�o, y que se iba a embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza muchos dellos con varas largas a detenerle, y, como sal�an enharinados, y cubiertos los rostros y los vestidos del polvo de la harina, representaban una mala vista. Daban voces grandes, diciendo:
— �Demonios de hombres! �D�nde vais? �Ven�s desesperados? �Qu� quer�is, ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?
— �No te dije yo, Sancho —dijo a esta saz�n don Quijote—, que hab�amos llegado donde he de mostrar a d� llega el valor de mi brazo? Mira qu� de malandrines y follones me salen al encuentro, mira cu�ntos vestiglos se me oponen, mira cu�ntas feas cataduras nos hacen cocos... Pues �ahora lo ver�is, bellacos!
Y, puesto en pie en el barco, con grandes voces comenz� a amenazar a los molineros, dici�ndoles:
— Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedr�o a la persona que en esa vuestra fortaleza o prisi�n ten�is oprimida, alta o baja, de cualquiera suerte o calidad que sea, que yo soy don Quijote de la Mancha, llamado el Caballero de los Leones por otro nombre, a quien est� reservada por orden de los altos cielos el dar fin felice a esta aventura.
Y, diciendo esto, ech� mano a su espada y comenz� a esgrimirla en el aire contra los molineros; los cuales, oyendo y no entendiendo aquellas sandeces, se pusieron con sus varas a detener el barco, que ya iba entrando en el raudal y canal de las ruedas.
P�sose Sancho de rodillas, pidiendo devotamente al cielo le librase de tan manifiesto peligro, como lo hizo, por la industria y presteza de los molineros, que, oponi�ndose con sus palos al barco, le detuvieron, pero no de manera que dejasen de trastornar el barco y dar con don Quijote y con Sancho al trav�s en el agua; pero v�nole bien a don Quijote, que sab�a nadar como un ganso, aunque el peso de las armas le llev� al fondo dos veces; y si no fuera por los molineros, que se arrojaron al agua y los sacaron como en peso a entrambos, all� hab�a sido Troya para los dos.
Puestos, pues, en tierra, m�s mojados que muertos de sed, Sancho, puesto de rodillas, las manos juntas y los ojos clavados al cielo, pidi� a Dios con una larga y devota plegaria le librase de all� adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de su se�or.
Llegaron en esto los pescadores due�os del barco, a quien hab�an hecho pedazos las ruedas de las ace�as; y, vi�ndole roto, acometieron a desnudar a Sancho, y a pedir a don Quijote se lo pagase; el cual, con gran sosiego, como si no hubiera pasado nada por �l, dijo a los molineros y pescadores que �l pagar�a el barco de bon�sima gana, con condici�n que le diesen libre y sin cautela a la persona o personas que en aquel su castillo estaban oprimidas.
— �Qu� personas o qu� castillo dice —respondi� uno de los molineros—, hombre sin juicio? �Qui�reste llevar por ventura las que vienen a moler trigo a estas ace�as?
— �Basta! —dijo entre s� don Quijote—. Aqu� ser� predicar en desierto querer reducir a esta canalla a que por ruegos haga virtud alguna. Y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me depar� el barco, y el otro dio conmigo al trav�s. Dios lo remedie, que todo este mundo es m�quinas y trazas, contrarias unas de otras. Yo no puedo m�s.
Y, alzando la voz, prosigui� diciendo, y mirando a las ace�as:
— Amigos, cualesquiera que se�is, que en esa prisi�n qued�is encerrados, perdonadme; que, por mi desgracia y por la vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra cuita. Para otro caballero debe de estar guardada y reservada esta aventura.
En diciendo esto, se concert� con los pescadores, y pag� por el barco cincuenta reales, que los dio Sancho de muy mala gana, diciendo:
— A dos barcadas como �stas, daremos con todo el caudal al fondo.
Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando aquellas dos figuras tan fuera del uso, al parecer, de los otros hombres, y no acababan de entender a d� se encaminaban las razones y preguntas que don Quijote les dec�a; y, teni�ndolos por locos, les dejaron y se recogieron a sus ace�as, y los pescadores a sus ranchos. Volvieron a sus bestias, y a ser bestias, don Quijote y Sancho, y este fin tuvo la aventura del encantado barco.
Asaz melanc�licos y de mal talante llegaron a sus animales caballero y escudero, especialmente Sancho, a quien llegaba al alma llegar al caudal del dinero, pareci�ndole que todo lo que d�l se quitaba era quit�rselo a �l de las ni�as de sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron a caballo y se apartaron del famoso r�o, don Quijote sepultado en los pensamientos de sus amores, y Sancho en los de su acrecentamiento, que por entonces le parec�a que estaba bien lejos de tenerle; porque, maguer era tonto, bien se le alcanzaba que las acciones de su amo, todas o las m�s, eran disparates, y buscaba ocasi�n de que, sin entrar en cuentas ni en despedimientos con su se�or, un d�a se desgarrase y se fuese a su casa. Pero la fortuna orden� las cosas muy al rev�s de lo que �l tem�a.
Sucedi�, pues, que otro d�a, al poner del sol y al salir de una selva, tendi� don Quijote la vista por un verde prado, y en lo �ltimo d�l vio gente, y, lleg�ndose cerca, conoci� que eran cazadores de altaner�a. Lleg�se m�s, y entre ellos vio una gallarda se�ora sobre un palafr�n o hacanea blanqu�sima, adornada de guarniciones verdes y con un sill�n de plata. Ven�a la se�ora asimismo vestida de verde, tan bizarra y ricamente que la misma bizarr�a ven�a transformada en ella. En la mano izquierda tra�a un azor, se�al que dio a entender a don Quijote ser aqu�lla alguna gran se�ora, que deb�a serlo de todos aquellos cazadores, como era la verdad; y as�, dijo a Sancho:
— Corre, hijo Sancho, y di a aquella se�ora del palafr�n y del azor que yo, el Caballero de los Leones, besa las manos a su gran fermosura, y que si su grandeza me da licencia, se las ir� a besar, y a servirla en cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza me mandare. Y mira, Sancho, c�mo hablas, y ten cuenta de no encajar alg�n refr�n de los tuyos en tu embajada.
— �Hallado os le hab�is el encajador! —respondi� Sancho—. �A m� con eso! �S�, que no es �sta la vez primera que he llevado embajadas a altas y crecidas se�oras en esta vida!
— Si no fue la que llevaste a la se�ora Dulcinea —replic� don Quijote—, yo no s� que hayas llevado otra, a lo menos en mi poder.
— As� es verdad —respondi� Sancho—, pero al buen pagador no le duelen prendas, y en casa llena presto se guisa la cena; quiero decir que a m� no hay que decirme ni advertirme de nada, que para todo tengo y de todo se me alcanza un poco.
— Yo lo creo, Sancho —dijo don Quijote—; ve en buena hora, y Dios te gu�e.
Parti� Sancho de carrera, sacando de su paso al rucio, y lleg� donde la bella cazadora estaba, y, ape�ndose, puesto ante ella de hinojos, le dijo:
— Hermosa se�ora, aquel caballero que all� se parece, llamado el Caballero de los Leones, es mi amo, y yo soy un escudero suyo, a quien llaman en su casa Sancho Panza. Este tal Caballero de los Leones, que no ha mucho que se llamaba el de la Triste Figura, env�a por m� a decir a vuestra grandeza sea servida de darle licencia para que, con su prop�sito y benepl�cito y consentimiento, �l venga a poner en obra su deseo, que no es otro, seg�n �l dice y yo pienso, que de servir a vuestra encumbrada altaner�a y fermosura; que en d�rsela vuestra se�or�a har� cosa que redunde en su pro, y �l recibir� se�alad�sima merced y contento.
— Por cierto, buen escudero —respondi� la se�ora—, vos hab�is dado la embajada vuestra con todas aquellas circunstancias que las tales embajadas piden. Levantaos del suelo, que escudero de tan gran caballero como es el de la Triste Figura, de quien ya tenemos ac� mucha noticia, no es justo que est� de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro se�or que venga mucho en hora buena a servirse de m� y del duque mi marido, en una casa de placer que aqu� tenemos.
Levant�se Sancho admirado, as� de la hermosura de la buena se�ora como de su mucha crianza y cortes�a, y m�s de lo que le hab�a dicho que ten�a noticia de su se�or el Caballero de la Triste Figura, y que si no le hab�a llamado el de los Leones, deb�a de ser por hab�rsele puesto tan nuevamente. Pregunt�le la duquesa, cuyo t�tulo a�n no se sabe:
— Decidme, hermano escudero: este vuestro se�or, �no es uno de quien anda impresa una historia que se llama del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que tiene por se�ora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
— El mesmo es, se�ora —respondi� Sancho—; y aquel escudero suyo que anda, o debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy yo, si no es que me trocaron en la cuna; quiero decir, que me trocaron en la estampa.
— De todo eso me huelgo yo mucho —dijo la duquesa—. Id, hermano Panza, y decid a vuestro se�or que �l sea el bien llegado y el bien venido a mis estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que m�s contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grand�simo gusto volvi� a su amo, a quien cont� todo lo que la gran se�ora le hab�a dicho, levantando con sus r�sticos t�rminos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire y cortes�a. Don Quijote se gallarde� en la silla, p�sose bien en los estribos, acomod�se la visera, arremeti� a Rocinante, y con gentil denuedo fue a besar las manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su marido, le cont�, en tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya; y los dos, por haber le�do la primera parte desta historia y haber entendido por ella el disparatado humor de don Quijote, con grand�simo gusto y con deseo de conocerle le atend�an, con prosupuesto de seguirle el humor y conceder con �l en cuanto les dijese, trat�ndole como a caballero andante los d�as que con ellos se detuviese, con todas las ceremonias acostumbradas en los libros de caballer�as, que ellos hab�an le�do, y aun les eran muy aficionados.
En esto, lleg� don Quijote, alzada la visera; y, dando muestras de apearse, acudi� Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al apearse del rucio, se le asi� un pie en una soga del albarda, de tal modo que no fue posible desenredarle, antes qued� colgado d�l, con la boca y los pechos en el suelo. Don Quijote, que no ten�a en costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo, pensando que ya Sancho hab�a llegado a ten�rsele, descarg� de golpe el cuerpo, y llev�se tras s� la silla de Rocinante, que deb�a de estar mal cinchado, y la silla y �l vinieron al suelo, no sin verg�enza suya y de muchas maldiciones que entre dientes ech� al desdichado de Sancho, que a�n todav�a ten�a el pie en la corma.
El duque mand� a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero, los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la ca�da, y, renqueando y como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos se�ores; pero el duque no lo consinti� en ninguna manera, antes, ape�ndose de su caballo, fue a abrazar a don Quijote, dici�ndole:
— A m� me pesa, se�or Caballero de la Triste Figura, que la primera que vuesa merced ha hecho en mi tierra haya sido tan mala como se ha visto; pero descuidos de escuderos suelen ser causa de otros peores sucesos.
— El que yo he tenido en veros, valeroso pr�ncipe —respondi� don Quijote—, es imposible ser malo, aunque mi ca�da no parara hasta el profundo de los abismos, pues de all� me levantara y me sacara la gloria de haberos visto. Mi escudero, que Dios maldiga, mejor desata la lengua para decir malicias que ata y cincha una silla para que est� firme; pero, comoquiera que yo me halle, ca�do o levantado, a pie o a caballo, siempre estar� al servicio vuestro y al de mi se�ora la duquesa, digna consorte vuestra, y digna se�ora de la hermosura y universal princesa de la cortes�a.
— �Pasito, mi se�or don Quijote de la Mancha! —dijo el duque—, que adonde est� mi se�ora do�a Dulcinea del Toboso no es raz�n que se alaben otras fermosuras.
Ya estaba a esta saz�n libre Sancho Panza del lazo, y, hall�ndose all� cerca, antes que su amo respondiese, dijo:
— No se puede negar, sino afirmar, que es muy hermosa mi se�ora Dulcinea del Toboso, pero donde menos se piensa se levanta la liebre; que yo he o�do decir que esto que llaman naturaleza es como un alcaller que hace vasos de barro, y el que hace un vaso hermoso tambi�n puede hacer dos, y tres y ciento; d�golo porque mi se�ora la duquesa a fee que no va en zaga a mi ama la se�ora Dulcinea del Toboso.
Volvi�se don Quijote a la duquesa y dijo:
— Vuestra grandeza imagine que no tuvo caballero andante en el mundo escudero m�s hablador ni m�s gracioso del que yo tengo, y �l me sacar� verdadero si algunos d�as quisiere vuestra gran celsitud servirse de m�.
A lo que respondi� la duquesa:
— De que Sancho el bueno sea gracioso lo estimo yo en mucho, porque es se�al que es discreto; que las gracias y los donaires, se�or don Quijote, como vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios torpes; y, pues el buen Sancho es gracioso y donairoso, desde aqu� le confirmo por discreto.
— Y hablador —a�adi� don Quijote.
— Tanto que mejor —dijo el duque—, porque muchas gracias no se pueden decir con pocas palabras. Y, porque no se nos vaya el tiempo en ellas, venga el gran Caballero de la Triste Figura...
— De los Leones ha de decir vuestra alteza —dijo Sancho—, que ya no hay Triste Figura, ni figuro.
— Sea el de los Leones —prosigui� el duque—. Digo que venga el se�or Caballero de los Leones a un castillo m�o que est� aqu� cerca, donde se le har� el acogimiento que a tan alta persona se debe justamente, y el que yo y la duquesa solemos hacer a todos los caballeros andantes que a �l llegan.
Ya en esto, Sancho hab�a aderezado y cinchado bien la silla a Rocinante; y, subiendo en �l don Quijote, y el duque en un hermoso caballo, pusieron a la duquesa en medio y encaminaron al castillo. Mand� la duquesa a Sancho que fuese junto a ella, porque gustaba infinito de o�r sus discreciones. No se hizo de rogar Sancho, y entreteji�se entre los tres, y hizo cuarto en la conversaci�n, con gran gusto de la duquesa y del duque, que tuvieron a gran ventura acoger en su castillo tal caballero andante y tal escudero andado.
Suma era la alegr�a que llevaba consigo Sancho, vi�ndose, a su parecer, en privanza con la duquesa, porque se le figuraba que hab�a de hallar en su castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre aficionado a la buena vida; y as�, tomaba la ocasi�n por la melena en esto del regalarse cada y cuando que se le ofrec�a.
Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillo llegasen, se adelant� el duque y dio orden a todos sus criados del modo que hab�an de tratar a don Quijote; el cual, como lleg� con la duquesa a las puertas del castillo, al instante salieron d�l dos lacayos o palafreneros, vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de fin�simo raso carmes�, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser o�do ni visto, le dijeron:
— Vaya la vuestra grandeza a apear a mi se�ora la duquesa.
Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el caso; pero, en efecto, venci� la porf�a de la duquesa, y no quiso decender o bajar del palafr�n sino en los brazos del duque, diciendo que no se hallaba digna de dar a tan gran caballero tan in�til carga. En fin, sali� el duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto de fin�sima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del patio de criados y criadas de aquellos se�ores, diciendo a grandes voces:
— �Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!
Y todos, o los m�s, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aqu�l fue el primer d�a que de todo en todo conoci� y crey� ser caballero andante verdadero, y no fant�stico, vi�ndose tratar del mesmo modo que �l hab�a le�do se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.
Sancho, desamparando al rucio, se cosi� con la duquesa y se entr� en el castillo; y, remordi�ndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se lleg� a una reverenda due�a, que con otras a recebir a la duquesa hab�a salido, y con voz baja le dijo:
— Se�ora Gonz�lez, o como es su gracia de vuesa merced...
— Do�a Rodr�guez de Grijalba me llamo —respondi� la due�a—. �Qu� es lo que mand�is, hermano?
A lo que respondi� Sancho:
— Querr�a que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo, donde hallar� un asno rucio m�o; vuesa merced sea servida de mandarle poner, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco medroso, y no se hallar� a estar solo en ninguna de las maneras.
— Si tan discreto es el amo como el mozo —respondi� la due�a—, �medradas estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien ac� os trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las due�as desta casa no estamos acostumbradas a semejantes haciendas.
— Pues en verdad —respondi� Sancho— que he o�do yo decir a mi se�or, que es zahor� de las historias, contando aquella de Lanzarote,
cuando de Breta�a vino,
que damas curaban d�l,
y due�as del su rocino;
y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el roc�n del se�or Lanzarote.
— Hermano, si sois juglar —replic� la due�a—, guardad vuestras gracias para donde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podr�is llevar sino una higa.
— �Aun bien —respondi� Sancho— que ser� bien madura, pues no perder� vuesa merced la qu�nola de sus a�os por punto menos!
— Hijo de puta —dijo la due�a, toda ya encendida en c�lera—, si soy vieja o no, a Dios dar� la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.
Y esto dijo en voz tan alta, que lo oy� la duquesa; y, volviendo y viendo a la due�a tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le pregunt� con qui�n las hab�a.
— Aqu� las he —respondi� la due�a— con este buen hombre, que me ha pedido encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que est� a la puerta del castillo, tray�ndome por ejemplo que as� lo hicieron no s� d�nde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas due�as a su rocino, y, sobre todo, por buen t�rmino me ha llamado vieja.
— Eso tuviera yo por afrenta —respondi� la duquesa—, m�s que cuantas pudieran decirme.
Y, hablando con Sancho, le dijo:
— Advertid, Sancho amigo, que do�a Rodr�guez es muy moza, y que aquellas tocas m�s las trae por autoridad y por la usanza que por los a�os.
— Malos sean los que me quedan por vivir —respondi� Sancho—, si lo dije por tanto; s�lo lo dije porque es tan grande el cari�o que tengo a mi jumento, que me pareci� que no pod�a encomendarle a persona m�s caritativa que a la se�ora do�a Rodr�guez.
Don Quijote, que todo lo o�a, le dijo:
— �Pl�ticas son �stas, Sancho, para este lugar?
— Se�or —respondi� Sancho—, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera que estuviere; aqu� se me acord� del rucio, y aqu� habl� d�l; y si en la caballeriza se me acordara, all� hablara.
A lo que dijo el duque:
— Sancho est� muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se le dar� recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratar� como a su mesma persona.
Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riqu�simas de oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas industriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que hab�an de hacer, y de c�mo hab�an de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Qued� don Quijote, despu�s de desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jub�n de camuza, seco, alto, tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra; figura que, a no tener cuenta las doncellas que le serv�an con disimular la risa —que fue una de las precisas �rdenes que sus se�ores les hab�an dado—, reventaran riendo.
Pidi�ronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consinti�, diciendo que la honestidad parec�a tan bien en los caballeros andantes como la valent�a. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerr�ndose con �l en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnud� y visti� la camisa; y, vi�ndose solo con Sancho, le dijo:
— Dime, truh�n moderno y majadero antiguo: �par�cete bien deshonrar y afrentar a una due�a tan veneranda y tan digna de respeto como aqu�lla? �Tiempos eran aqu�llos para acordarte del rucio, o se�ores son �stos para dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus due�os? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto m�s es tenido el se�or cuanto tiene m�s honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los pr�ncipes a los dem�s hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos. �No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de m�, que si veen que t� eres un grosero villano, o un mentecato gracioso, pensar�n que yo soy alg�n echacuervos, o alg�n caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destos inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapi� cae y da en truh�n desgraciado. Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometi� con muchas veras de coserse la boca, o morderse la lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a prop�sito y bien considerada, como �l se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por �l se descubrir�a qui�n ellos eran.
Visti�se don Quijote, p�sose su tahal� con su espada, ech�se el mant�n de escarlata a cuestas, p�sose una montera de raso verde que las doncellas le dieron, y con este adorno sali� a la gran sala, adonde hall� a las doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y ceremonias.
Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya los se�ores le aguardaban. Cogi�ronle en medio, y, lleno de pompa y majestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la sala a recebirle, y con ellos un grave eclesi�stico, destos que gobiernan las casas de los pr�ncipes; destos que, como no nacen pr�ncipes, no aciertan a ense�ar c�mo lo han de ser los que lo son; destos que quieren que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus �nimos; destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados, les hacen ser miserables; destos tales, digo que deb�a de ser el grave religioso que con los duques sali� a recebir a don Quijote. Hici�ronse mil corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, se fueron a sentar a la mesa.
Convid� el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque �l lo rehus�, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar. El eclesi�stico se sent� frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.
A todo estaba presente Sancho, embobado y at�nito de ver la honra que a su se�or aquellos pr�ncipes le hac�an; y, viendo las muchas ceremonias y ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la cabecera de la mesa, dijo:
— Si sus mercedes me dan licencia, les contar� un cuento que pas� en mi pueblo acerca desto de los asientos.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembl�, creyendo sin duda alguna que hab�a de decir alguna necedad. Mir�le Sancho y entendi�le, y dijo:
— No tema vuesa merced, se�or m�o, que yo me desmande, ni que diga cosa que no venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco ha vuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.
— Yo no me acuerdo de nada, Sancho —respondi� don Quijote—; di lo que quisieres, como lo digas presto.
— Pues lo que quiero decir —dijo Sancho— es tan verdad, que mi se�or don Quijote, que est� presente, no me dejar� mentir.
— Por m� —replic� don Quijote—, miente t�, Sancho, cuanto quisieres, que yo no te ir� a la mano, pero mira lo que vas a decir.
— Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo est� el que repica, como se ver� por la obra.
— Bien ser� —dijo don Quijote— que vuestras grandezas manden echar de aqu� a este tonto, que dir� mil patochadas.
— Por vida del duque —dijo la duquesa—, que no se ha de apartar de m� Sancho un punto: qui�role yo mucho, porque s� que es muy discreto.
— Discretos d�as —dijo Sancho— viva vuestra santidad por el buen cr�dito que de m� tiene, aunque en m� no lo haya. Y el cuento que quiero decir es �ste: �Convid� un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque ven�a de los �lamos de Medina del Campo, que cas� con do�a Menc�a de Qui�ones, que fue hija de don Alonso de Mara��n, caballero del h�bito de Santiago, que se ahog� en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia a�os ha en nuestro lugar, que, a lo que entiendo, mi se�or don Quijote se hall� en ella, de donde sali� herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el herrero...� �No es verdad todo esto, se�or nuestro amo? D�galo, por su vida, porque estos se�ores no me tengan por alg�n hablador mentiroso.
— Hasta ahora —dijo el eclesi�stico—, m�s os tengo por hablador que por mentiroso, pero de aqu� adelante no s� por lo que os tendr�.
— T� das tantos testigos, Sancho, y tantas se�as, que no puedo dejar de decir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque llevas camino de no acabar en dos d�as.
— No ha de acortar tal —dijo la duquesa—, por hacerme a m� placer; antes, le ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis d�as; que si tantos fuesen, ser�an para m� los mejores que hubiese llevado en mi vida.
— �Digo, pues, se�ores m�os —prosigui� Sancho—, que este tal hidalgo, que yo conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de ballesta, convid� un labrador pobre, pero honrado.�
— Adelante, hermano —dijo a esta saz�n el religioso—, que camino llev�is de no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.
— A menos de la mitad parar�, si Dios fuere servido —respondi� Sancho—. �Y as�, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo convidador, que buen poso haya su �nima, que ya es muerto, y por m�s se�as dicen que hizo una muerte de un �ngel, que yo no me hall� presente, que hab�a ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...�
— Por vida vuestra, hijo, que volv�is presto de Tembleque, y que, sin enterrar al hidalgo, si no quer�is hacer m�s exequias, acab�is vuestro cuento.
— �Es, pues, el caso —replic� Sancho— que, estando los dos para asentarse a la mesa, que parece que ahora los veo m�s que nunca...�
Gran gusto receb�an los duques del disgusto que mostraba tomar el buen religioso de la dilaci�n y pausas con que Sancho contaba su cuento, y don Quijote se estaba consumiendo en c�lera y en rabia.
— �Digo, as� —dijo Sancho—, que, estando, como he dicho, los dos para sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba tambi�n que el labrador la tomase, porque en su casa se hab�a de hacer lo que �l mandase; pero el labrador, que presum�a de cort�s y bien criado, jam�s quiso, hasta que el hidalgo, moh�no, poni�ndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar por fuerza, dici�ndole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me siente ser� vuestra cabecera''.� Y �ste es el cuento, y en verdad que creo que no ha sido aqu� tra�do fuera de prop�sito.
P�sose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le parec�an; los se�ores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de pl�tica y hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, pregunt� la duquesa a don Quijote que qu� nuevas ten�a de la se�ora Dulcinea, y que si le hab�a enviado aquellos d�as algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no pod�a dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondi�:
— Se�ora m�a, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendr�n fin. Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero �ad�nde la hab�an de hallar, si est� encantada y vuelta en la m�s fea labradora que imaginar se puede?
— No s� —dijo Sancho Panza—, a m� me parece la m�s hermosa criatura del mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien s� yo que no dar� ella la ventaja a un volteador; a buena fe, se�ora duquesa, as� salta desde el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.
— �Hab�isla visto vos encantada, Sancho? —pregunt� el duque.
— Y �c�mo si la he visto! —respondi� Sancho—. Pues, �qui�n diablos sino yo fue el primero que cay� en el achaque del encantorio? �Tan encantada est� como mi padre!
El eclesi�stico, que oy� decir de gigantes, de follones y de encantos, cay� en la cuenta de que aqu�l deb�a de ser don Quijote de la Mancha, cuya historia le�a el duque de ordinario, y �l se lo hab�a reprehendido muchas veces, dici�ndole que era disparate leer tales disparates; y, enter�ndose ser verdad lo que sospechaba, con mucha c�lera, hablando con el duque, le dijo:
— Vuestra Excelencia, se�or m�o, tiene que dar cuenta a Nuestro Se�or de lo que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama, imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere que sea, d�ndole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.
Y, volviendo la pl�tica a don Quijote, le dijo:
— Y a vos, alma de c�ntaro, �qui�n os ha encajado en el celebro que sois caballero andante y que venc�is gigantes y prend�is malandrines? Andad en hora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros hijos, si los ten�is, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que re�r a cuantos os conocen y no conocen. �En d�nde, nora tal, hab�is vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? �D�nde hay gigantes en Espa�a, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?
Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable var�n, y, viendo que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y alborotado rostro, se puso en pie y dijo...
Pero esta respuesta cap�tulo por s� merece.
Levantado, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:
— El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa tienen y atan las manos de mi justo enojo; y, as� por lo que he dicho como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua, entrar� con la m�a en igual batalla con vuesa merced, de quien se deb�a esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme reprehendido en p�blico y tan �speramente ha pasado todos los l�mites de la buena reprehensi�n, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende, llamar al pecador, sin m�s ni m�s, mentecato y tonto. Si no, d�game vuesa merced: �por cu�l de las mentecater�as que en m� ha visto me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? �No hay m�s sino a troche moche entrarse por las casas ajenas a gobernar sus due�os, y, habi�ndose criado algunos en la estrecheza de alg�n pupilaje, sin haber visto m�s mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rond�n a dar leyes a la caballer�a y a juzgar de los caballeros andantes? �Por ventura es asumpto vano o es tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los regalos d�l, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magn�ficos, los generosos, los altamente nacidos, tuvi�ralo por afrenta inreparable; pero de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballer�a, no se me da un ardite: caballero soy y caballero he de morir si place al Alt�simo. Unos van por el ancho campo de la ambici�n soberbia; otros, por el de la adulaci�n servil y baja; otros, por el de la hipocres�a enga�osa, y algunos, por el de la verdadera religi�n; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballer�a andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no m�s de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, si�ndolo, no soy de los enamorados viciosos, sino de los plat�nicos continentes. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, d�ganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.
— �Bien, por Dios! —dijo Sancho—. No diga m�s vuestra merced, se�or y amo m�o, en su abono, porque no hay m�s que decir, ni m�s que pensar, ni m�s que perseverar en el mundo. Y m�s, que, negando este se�or, como ha negado, que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, �qu� mucho que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?
— �Por ventura —dijo el eclesi�stico— sois vos, hermano, aquel Sancho Panza que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una �nsula?
— S� soy —respondi� Sancho—; y soy quien la merece tan bien como otro cualquiera; soy quien "j�ntate a los buenos y ser�s uno dellos", y soy yo de aquellos "no con quien naces, sino con quien paces", y de los "quien a buen �rbol se arrima, buena sombra le cobija". Yo me he arrimado a buen se�or, y ha muchos meses que ando en su compa��a, y he de ser otro como �l, Dios queriendo; y viva �l y viva yo: que ni a �l le faltar�n imperios que mandar ni a m� �nsulas que gobernar.
— No, por cierto, Sancho amigo —dijo a esta saz�n el duque—, que yo, en nombre del se�or don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de nones, de no peque�a calidad.
— H�ncate de rodillas, Sancho —dijo don Quijote—, y besa los pies a Su Excelencia por la merced que te ha hecho.
H�zolo as� Sancho; lo cual visto por el eclesi�stico, se levant� de la mesa, moh�no adem�s, diciendo:
— Por el h�bito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra Excelencia como estos pecadores. �Mirad si no han de ser ellos locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras! Qu�dese Vuestra Excelencia con ellos; que, en tanto que estuvieren en casa, me estar� yo en la m�a, y me escusar� de reprehender lo que no puedo remediar.
Y, sin decir m�s ni comer m�s, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los ruegos de los duques; aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa que su impertinente c�lera le hab�a causado. Acab� de re�r y dijo a don Quijote:
— Vuesa merced, se�or Caballero de los Leones, ha respondido por s� tan altamente que no le queda cosa por satisfacer deste que, aunque parece agravio, no lo es en ninguna manera; porque, as� como no agravian las mujeres, no agravian los eclesi�sticos, como vuesa merced mejor sabe.
— As� es —respondi� don Quijote—, y la causa es que el que no puede ser agraviado no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los ni�os y los eclesi�sticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden ser afrentados; porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia, como mejor Vuestra Excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien la puede hacer, y la hace y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier parte, sin que afrente. Sea ejemplo: est� uno en la calle descuidado, llegan diez con mano armada, y, d�ndole de palos, pone mano a la espada y hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le deja salir con su intenci�n, que es de vengarse; este tal queda agraviado, pero no afrentado. Y lo mesmo confirmar� otro ejemplo: est� uno vuelto de espaldas, llega otro y dale de palos, y en d�ndoselos huye y no espera, y el otro le sigue y no alcanza; este que recibi� los palos, recibi� agravio, mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio los palos, aunque se los dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado agraviado y afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traici�n; afrentado, porque el que le dio sustent� lo que hab�a hecho, sin volver las espaldas y a pie quedo. Y as�, seg�n las leyes del maldito duelo, yo puedo estar agraviado, mas no afrentado; porque los ni�os no sienten, ni las mujeres, ni pueden huir, ni tienen para qu� esperar, y lo mesmo los constituidos en la sacra religi�n, porque estos tres g�neros de gente carecen de armas ofensivas y defensivas; y as�, aunque naturalmente est�n obligados a defenderse, no lo est�n para ofender a nadie. Y, aunque poco ha dije que yo pod�a estar agraviado, agora digo que no, en ninguna manera, porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar; por las cuales razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre me ha dicho; s�lo quisiera que esperara alg�n poco, para darle a entender en el error en que est� en pensar y decir que no ha habido, ni los hay, caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amad�s, o uno de los infinitos de su linaje, yo s� que no le fuera bien a su merced.
— Eso juro yo bien —dijo Sancho—: cuchillada le hubieran dado que le abrieran de arriba abajo como una granada, o como a un mel�n muy maduro. �Bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada, que tengo por cierto que si Reinaldos de Montalb�n hubiera o�do estas razones al hombrecito, tapaboca le hubiera dado que no hablara m�s en tres a�os. �No, sino tom�rase con ellos y viera c�mo escapaba de sus manos!
Perec�a de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opini�n le ten�a por m�s gracioso y por m�s loco que a su amo; y muchos hubo en aquel tiempo que fueron deste mismo parecer. Finalmente, don Quijote se soseg�, y la comida se acab�, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro doncellas, la una con una fuente de plata, y la otra con un aguamanil, asimismo de plata, y la otra con dos blanqu�simas y riqu�simas toallas al hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus blancas manos —que sin duda eran blancas— una redonda pella de jab�n napolitano. Lleg� la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura encaj� la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que deb�a ser usanza de aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y as� tendi� la suya todo cuanto pudo, y al mismo punto comenz� a llover el aguamanil, y la doncella del jab�n le manose� las barbas con mucha priesa, levantando copos de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no s�lo por las barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballero, tanto, que se los hicieron cerrar por fuerza.
El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando en qu� hab�a de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera, cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingi� que se le hab�a acabado el agua, y mand� a la del aguamanil fuese por ella, que el se�or don Quijote esperar�a. H�zolo as�, y qued� don Quijote con la m�s estra�a figura y m�s para hacer re�r que se pudiera imaginar.
Mir�banle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le ve�an con media vara de cuello, m�s que medianamente moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jab�n, fue gran maravilla y mucha discreci�n poder disimular la risa; las doncellas de la burla ten�an los ojos bajos, sin osar mirar a sus se�ores; a ellos les retozaba la c�lera y la risa en el cuerpo, y no sab�an a qu� acudir: o a castigar el atrevimiento de las muchachas, o darles premio por el gusto que recib�an de ver a don Quijote de aquella suerte.
Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don Quijote, y luego la que tra�a las toallas le limpi� y le enjug� muy reposadamente; y, haci�ndole todas cuatro a la par una grande y profunda inclinaci�n y reverencia, se quer�an ir; pero el duque, porque don Quijote no cayese en la burla, llam� a la doncella de la fuente, dici�ndole:
— Venid y lavadme a m�, y mirad que no se os acabe el agua.
La muchacha, aguda y diligente, lleg� y puso la fuente al duque como a don Quijote, y, d�ndose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dej�ndole enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Despu�s se supo que hab�a jurado el duque que si a �l no le lavaran como a don Quijote, hab�a de castigar su desenvoltura, lo cual hab�an enmendado discretamente con haberle a �l jabonado.
Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre s�:
— �V�lame Dios! �Si ser� tambi�n usanza en esta tierra lavar las barbas a los escuderos como a los caballeros? Porque, en Dios y en mi �nima que lo he bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendr�a a m�s beneficio.
— �Qu� dec�s entre vos, Sancho? —pregunt� la duquesa.
— Digo, se�ora —respondi� �l—, que en las cortes de los otros pr�ncipes siempre he o�do decir que en levantando los manteles dan agua a las manos, pero no lej�a a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, por ver mucho; aunque tambi�n dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de pasar, puesto que pasar por un lavatorio de �stos antes es gusto que trabajo.
— No teng�is pena, amigo Sancho —dijo la duquesa—, que yo har� que mis doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.
— Con las barbas me contento —respondi� Sancho—, por ahora a lo menos, que andando el tiempo, Dios dijo lo que ser�.
— Mirad, maestresala —dijo la duquesa—, lo que el buen Sancho pide, y cumplidle su voluntad al pie de la letra.
El maestresala respondi� que en todo ser�a servido el se�or Sancho, y con esto se fue a comer, y llev� consigo a Sancho, qued�ndose a la mesa los duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas; pero todas tocantes al ejercicio de las armas y de la andante caballer�a.
La duquesa rog� a don Quijote que le delinease y describiese, pues parec�a tener felice memoria, la hermosura y facciones de la se�ora Dulcinea del Toboso; que, seg�n lo que la fama pregonaba de su belleza, ten�a por entendido que deb�a de ser la m�s bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Sospir� don Quijote, oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo:
— Si yo pudiera sacar mi coraz�n y ponerle ante los ojos de vuestra grandeza, aqu�, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la viera en �l toda retratada; pero, �para qu� es ponerme yo ahora a delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los m�os, empresa en quien se deb�an ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en m�rmoles y en bronces, y la ret�rica ciceroniana y demostina para alabarla?
— �Qu� quiere decir demostina, se�or don Quijote —pregunt� la duquesa—, que es vocablo que no le he o�do en todos los d�as de mi vida?
— Ret�rica demostina —respondi� don Quijote— es lo mismo que decir ret�rica de Dem�stenes, como ciceroniana, de Cicer�n, que fueron los dos mayores ret�ricos del mundo.
— As� es —dijo el duque—, y hab�is andado deslumbrada en la tal pregunta. Pero, con todo eso, nos dar�a gran gusto el se�or don Quijote si nos la pintase; que a buen seguro que, aunque sea en rasgu�o y bosquejo, que ella salga tal, que la tengan invidia las m�s hermosas.
— S� hiciera, por cierto —respondi� don Quijote—, si no me la hubiera borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucedi�, que es tal, que m�s estoy para llorarla que para describirla; porque habr�n de saber vuestras grandezas que, yendo los d�as pasados a besarle las manos, y a recebir su bendici�n, benepl�cito y licencia para esta tercera salida, hall� otra de la que buscaba: hall�la encantada y convertida de princesa en labradora, de hermosa en fea, de �ngel en diablo, de olorosa en pest�fera, de bien hablada en r�stica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas, y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.
— �V�lame Dios! —dando una gran voz, dijo a este instante el duque—. �Qui�n ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? �Qui�n ha quitado d�l la belleza que le alegraba, el donaire que le entreten�a y la honestidad que le acreditaba?
— �Qui�n? —respondi� don Quijote—. �Qui�n puede ser sino alg�n maligno encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las haza�as de los buenos, y para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguir�n hasta dar conmigo y con mis altas caballer�as en el profundo abismo del olvido; y en aquella parte me da�an y hieren donde veen que m�s lo siento, porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el �rbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.
— No hay m�s que decir —dijo la duquesa—; pero si, con todo eso, hemos de dar cr�dito a la historia que del se�or don Quijote de pocos d�as a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la se�ora Dulcinea, y que esta tal se�ora no es en el mundo, sino que es dama fant�stica, que vuesa merced la engendr� y pari� en su entendimiento, y la pint� con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.
— En eso hay mucho que decir —respondi� don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fant�stica o no es fant�stica; y �stas no son de las cosas cuya averiguaci�n se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendr� ni par� a mi se�ora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en s� las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cort�s, cort�s por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con m�s grados de perfeci�n que en las hermosas humildemente nacidas.
— As� es —dijo el duque—; pero hame de dar licencia el se�or don Quijote para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus haza�as he le�do, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en el Toboso o fuera d�l, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las Orianas, con las Alastrajareas, con las Mad�simas, ni con otras deste jaez, de quien est�n llenas las historias que vuesa merced bien sabe.
— A eso puedo decir —respondi� don Quijote— que Dulcinea es hija de sus obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en m�s se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto m�s, que Dulcinea tiene un jir�n que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro; que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores milagros se estiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en s� encerradas mayores venturas.
— Digo, se�or don Quijote —dijo la duquesa—, que en todo cuanto vuestra merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la mano; y que yo desde aqu� adelante creer� y har� creer a todos los de mi casa, y aun al duque mi se�or, si fuere menester, que hay Dulcinea en el Toboso, y que vive hoy d�a, y es hermosa, y principalmente nacida y merecedora que un tal caballero como es el se�or don Quijote la sirva; que es lo m�s que puedo ni s� encarecer. Pero no puedo dejar de formar un escr�pulo, y tener alg�n no s� qu� de ojeriza contra Sancho Panza: el escr�pulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza hall� a la tal se�ora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llev� una ep�stola, ahechando un costal de trigo, y, por m�s se�as, dice que era rubi�n: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.
A lo que respondi� don Quijote:
— Se�ora m�a, sabr� la vuestra grandeza que todas o las m�s cosas que a m� me suceden van fuera de los t�rminos ordinarios de las que a los otros caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de alg�n encantador invidioso; y, como es cosa ya averiguada que todos o los m�s caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado, otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo fue el famoso Rold�n, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta que no pod�a ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto hab�a de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma alguna; y as�, cuando Bernardo del Carpio le mat� en Roncesvalles, viendo que no le pod�a llagar con fierro, le levant� del suelo entre los brazos y le ahog�, acord�ndose entonces de la muerte que dio H�rcules a Ante�n, aquel feroz gigante que dec�an ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo dicho, que podr�a ser que yo tuviese alguna gracia d�stas, no del no poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado, que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues de aqu�l me libr�, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me empezca; y as�, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas ma�as, v�nganse en las cosas que m�s quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y as�, creo que, cuando mi escudero le llev� mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubi�n ni trigo, sino granos de perlas orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes c�mo, viniendo poco ha por el Toboso, jam�s pude hallar los palacios de Dulcinea; y que otro d�a, habi�ndola visto Sancho, mi escudero, en su mesma figura, que es la m�s bella del orbe, a m� me pareci� una labradora tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreci�n del mundo; y, pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, seg�n buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de m� mis enemigos, y por ella vivir� yo en perpetuas l�grimas, hasta verla en su pr�stino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que, pues a m� me la mudaron, no es maravilla que a �l se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar ser� famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y Espa�a por la Cava, aunque con mejor t�tulo y fama. Por otra parte, quiero que entiendan vuestras se�or�as que Sancho Panza es uno de los m�s graciosos escuderos que jam�s sirvi� a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no peque�o contento; tiene malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por bobo; duda de todo y cr�elo todo; cuando pienso que se va a despe�ar de tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocar�a con otro escudero, aunque me diesen de a�adidura una ciudad; y as�, estoy en duda si ser� bien enviarle al gobierno de quien vuestra grandeza le ha hecho merced; aunque veo en �l una cierta aptitud para esto de gobernar, que atus�ndole tantico el entendimiento, se saldr�a con cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas; y m�s, que ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ah� ciento que apenas saber leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque est� en que tengan buena intenci�n y deseen acertar en todo; que nunca les faltar� quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejar�ale yo que ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el est�mago, que saldr�n a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la �nsula que gobernare.
A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote, cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio; y a deshora entr� Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, y tras �l muchos mozos, o, por mejor decir, p�caros de cocina y otra gente menuda, y uno ven�a con un artesoncillo de agua, que en la color y poca limpieza mostraba ser de fregar; segu�ale y persegu�ale el de la artesa, y procuraba con toda solicitud pon�rsela y encaj�rsela debajo de las barbas, y otro p�caro mostraba quer�rselas lavar.
— �Qu� es esto, hermanos? —pregunt� la duquesa—. �Qu� es esto? �Qu� quer�is a ese buen hombre? �C�mo y no consider�is que est� electo gobernador?
A lo que respondi� el p�caro barbero:
— No quiere este se�or dejarse lavar, como es usanza, y como se la lav� el duque mi se�or y el se�or su amo.
— S� quiero —respondi� Sancho con mucha c�lera—, pero querr�a que fuese con toallas m�s limpias, con lej�a mas clara y con manos no tan sucias; que no hay tanta diferencia de m� a mi amo, que a �l le laven con agua de �ngeles y a m� con lej�a de diablos. Las usanzas de las tierras y de los palacios de los pr�ncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre, pero la costumbre del lavatorio que aqu� se usa peor es que de diciplinantes. Yo estoy limpio de barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el que se llegare a lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi barba, hablando con el debido acatamiento, le dar� tal pu�ada que le deje el pu�o engastado en los cascos; que estas tales ceremonias y jabonaduras m�s parecen burlas que gasajos de hu�spedes.
Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la c�lera y oyendo las razones de Sancho, pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeli�ado con la jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y as�, haciendo una profunda reverencia a los duques, como que les ped�a licencia para hablar, con voz reposada dijo a la canalla:
— �Hola, se�ores caballeros! Vuesas mercedes dejen al mancebo, y vu�lvanse por donde vinieron, o por otra parte si se les antojare, que mi escudero es limpio tanto como otro, y esas artesillas son para �l estrechas y penantes b�caros. Tomen mi consejo y d�jenle, porque ni �l ni yo sabemos de achaque de burlas.
Cogi�le la raz�n de la boca Sancho, y prosigui� diciendo:
— �No, sino ll�guense a hacer burla del mostrenco, que as� lo sufrir� como ahora es de noche! Traigan aqu� un peine, o lo que quisieren, y almoh�cenme estas barbas, y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me trasquilen a cruces.
A esta saz�n, sin dejar la risa, dijo la duquesa:
— Sancho Panza tiene raz�n en todo cuanto ha dicho, y la tendr� en todo cuanto dijere: �l es limpio, y, como �l dice, no tiene necesidad de lavarse; y si nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma, cuanto m�s, que vosotros, ministros de la limpieza, hab�is andado demasiadamente de remisos y descuidados, y no s� si diga atrevidos, a traer a tal personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no pod�is dejar, como malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que ten�is con los escuderos de los andantes caballeros.
Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que ven�a con ellos, que la duquesa hablaba de veras; y as�, quitaron el cernadero del pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron; el cual, vi�ndose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a hincar de rodillas ante la duquesa y dijo:
— De grandes se�oras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra merced hoy me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear verme armado caballero andante, para ocuparme todos los d�as de mi vida en servir a tan alta se�ora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy, hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a vuestra grandeza, menos tardar� yo en obedecer que vuestra se�or�a en mandar.
— Bien parece, Sancho —respondi� la duquesa—, que hab�is aprendido a ser cort�s en la escuela de la misma cortes�a; bien parece, quiero decir, que os hab�is criado a los pechos del se�or don Quijote, que debe de ser la nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como vos dec�s. Bien haya tal se�or y tal criado: el uno, por norte de la andante caballer�a; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad. Levantaos, Sancho amigo, que yo satisfar� vuestras cortes�as con hacer que el duque mi se�or, lo m�s presto que pudiere, os cumpla la merced prometida del gobierno.
Con esto ces� la pl�tica, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la duquesa pidi� a Sancho que, si no ten�a mucha gana de dormir, viniese a pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho respondi� que, aunque era verdad que ten�a por costumbre dormir cuatro o cinco horas las siestas del verano, que, por servir a su bondad, �l procurar�a con todas sus fuerzas no dormir aquel d�a ninguna, y vendr�a obediente a su mandado, y fuese. El duque dio nuevas �rdenes como se tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.
Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmi� aquella siesta, sino que, por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con el gusto que ten�a de o�rle, le hizo sentar junto a s� en una silla baja, aunque Sancho, de puro bien criado, no quer�a sentarse; pero la duquesa le dijo que se sentase como gobernador y hablase como escudero, puesto que por entrambas cosas merec�a el mismo esca�o del Cid Ruy D�az Campeador.
Encogi� Sancho los hombros, obedeci� y sent�se, y todas las doncellas y due�as de la duquesa la rodearon, atentas, con grand�simo silencio, a escuchar lo que dir�a; pero la duquesa fue la que habl� primero, diciendo:
— Ahora que estamos solos, y que aqu� no nos oye nadie, querr�a yo que el se�or gobernador me asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la historia que del gran don Quijote anda ya impresa; una de las cuales dudas es que, pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la se�ora Dulcinea del Toboso, ni le llev� la carta del se�or don Quijote, porque se qued� en el libro de memoria en Sierra Morena, c�mo se atrevi� a fingir la respuesta, y aquello de que la hall� ahechando trigo, siendo todo burla y mentira, y tan en da�o de la buena opini�n de la sin par Dulcinea, y todas que no vienen bien con la calidad y fidelidad de los buenos escuderos.
A estas razones, sin responder con alguna, se levant� Sancho de la silla, y, con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios, anduvo por toda la sala levantando los doseles; y luego, esto hecho, se volvi� a sentar y dijo:
— Ahora, se�ora m�a, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responder� a lo que se me ha preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es que yo tengo a mi se�or don Quijote por loco rematado, puesto que algunas veces dice cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo Satan�s no las podr�a decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y sin escr�pulo, a m� se me ha asentado que es un mentecato. Pues, como yo tengo esto en el mag�n, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habr� seis o ocho d�as, que a�n no est� en historia; conviene a saber: lo del encanto de mi se�ora do�a Dulcinea, que le he dado a entender que est� encantada, no siendo m�s verdad que por los cerros de �beda.
Rog�le la duquesa que le contase aquel encantamento o burla, y Sancho se lo cont� todo del mesmo modo que hab�a pasado, de que no poco gusto recibieron los oyentes; y, prosiguiendo en su pl�tica, dijo la duquesa:
— De lo que el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escr�pulo en el alma y un cierto susurro llega a mis o�dos, que me dice: ''Pues don Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a las vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser �l m�s loco y tonto que su amo; y, siendo esto as�, como lo es, mal contado te ser�, se�ora duquesa, si al tal Sancho Panza le das �nsula que gobierne, porque el que no sabe gobernarse a s�, �c�mo sabr� gobernar a otros?''
— Par Dios, se�ora —dijo Sancho—, que ese escr�pulo viene con parto derecho; pero d�gale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco que dice verdad: que si yo fuera discreto, d�as ha que hab�a de haber dejado a mi amo. Pero �sta fue mi suerte, y �sta mi malandanza; no puedo m�s, seguirle tengo: somos de un mismo lugar, he comido su pan, qui�role bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y as�, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azad�n. Y si vuestra altaner�a no quisiere que se me d� el prometido gobierno, de menos me hizo Dios, y podr�a ser que el no d�rmele redundase en pro de mi conciencia; que, maguera tonto, se me entiende aquel refr�n de ''por su mal le nacieron alas a la hormiga''; y aun podr�a ser que se fuese m�s a�na Sancho escudero al cielo, que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aqu� como en Francia; y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y no hay est�mago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar, como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a Dios por su proveedor y despensero; y m�s calientan cuatro varas de pa�o de Cuenca que otras cuatro de l�miste de Segovia; y al dejar este mundo y meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el pr�ncipe como el jornalero, y no ocupa m�s pies de tierra el cuerpo del Papa que el del sacrist�n, aunque sea m�s alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos pese y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra se�or�a no me quisiere dar la �nsula por tonto, yo sabr� no d�rseme nada por discreto; y yo he o�do decir que detr�s de la cruz est� el diablo, y que no es oro todo lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Wamba para ser rey de Espa�a, y de entre los brocados, pasatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las trovas de los romances antiguos no mienten.
— Y �c�mo que no mienten! —dijo a esta saz�n do�a Rodr�guez la due�a, que era una de las escuchantes—: que un romance hay que dice que metieron al rey Rodrigo, vivo vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y que de all� a dos d�as dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz doliente y baja:
Ya me comen, ya me comen
por do m�s pecado hab�a;
y, seg�n esto, mucha raz�n tiene este se�or en decir que quiere m�s ser m�s labrador que rey, si le han de comer sabandijas.
No pudo la duquesa tener la risa, oyendo la simplicidad de su due�a, ni dej� de admirarse en o�r las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:
— Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero procura cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi se�or y marido, aunque no es de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y as�, cumplir� la palabra de la prometida �nsula, a pesar de la invidia y de la malicia del mundo. Est� Sancho de buen �nimo, que cuando menos lo piense se ver� sentado en la silla de su �nsula y en la de su estado, y empu�ar� su gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo deseche. Lo que yo le encargo es que mire c�mo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son leales y bien nacidos.
— Eso de gobernarlos bien —respondi� Sancho— no hay para qu� encarg�rmelo, porque yo soy caritativo de m�o y tengo compasi�n de los pobres; y a quien cuece y amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no me han de echar dado falso; soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y s� despabilarme a sus tiempos, y no consiento que me anden musara�as ante los ojos, porque s� d�nde me aprieta el zapato: d�golo porque los buenos tendr�n conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada. Y par�ceme a m� que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podr�a ser que a quince d�as de gobernador me comiese las manos tras el oficio y supiese m�s d�l que de la labor del campo, en que me he criado.
— Vos ten�is raz�n raz�n, Sancho —dijo la duquesa—, que nadie nace ense�ado, y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero, volviendo a la pl�tica que poco ha trat�bamos del encanto de la se�ora Dulcinea, tengo por cosa cierta y m�s que averiguada que aquella imaginaci�n que Sancho tuvo de burlar a su se�or y darle a entender que la labradora era Dulcinea, y que si su se�or no la conoc�a deb�a de ser por estar encantada, toda fue invenci�n de alguno de los encantadores que al se�or don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo s� de buena parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el enga�ador, es el enga�ado; y no hay poner m�s duda en esta verdad que en las cosas que nunca vimos; y sepa el se�or Sancho Panza que tambi�n tenemos ac� encantadores que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y sencillamente, sin enredos ni m�quinas; y cr�ame Sancho que la villana brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que est� encantada como la madre que la pari�; y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia figura, y entonces saldr� Sancho del enga�o en que vive.
— Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—; y agora quiero creer lo que mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a la se�ora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y h�bito que yo dije que la hab�a visto cuando la encant� por solo mi gusto; y todo debi� de ser al rev�s, como vuesa merced, se�ora m�a, dice, porque de mi ruin ingenio no se puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasi�n como la m�a creyese una cosa tan fuera de todo t�rmino. Pero, se�ora, no por esto ser� bien que vuestra bondad me tenga por mal�volo, pues no est� obligado un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los p�simos encantadores: yo fing� aquello por escaparme de las ri�as de mi se�or don Quijote, y no con intenci�n de ofenderle; y si ha salido al rev�s, Dios est� en el cielo, que juzga los corazones.
— As� es la verdad —dijo la duquesa—; pero d�game agora, Sancho, qu� es esto que dice de la cueva de Montesinos, que gustar�a saberlo.
Entonces Sancho Panza le cont� punto por punto lo que queda dicho acerca de la tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa, dijo:
— Deste suceso se puede inferir que, pues el gran don Quijote dice que vio all� a la mesma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda es Dulcinea, y que andan por aqu� los encantadores muy listos y demasiadamente curiosos.
— Eso digo yo —dijo Sancho Panza—, que si mi se�ora Dulcinea del Toboso est� encantada, su da�o; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgu�; y si aqu�lla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por m�, o sobre ello, morena. No, sino �ndense a cada triquete conmigo a dime y direte, "Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho torn� y Sancho volvi�", como si Sancho fuese alg�n quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese mundo adelante, seg�n me dijo Sans�n Carrasco, que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca, y los tales no pueden mentir si no es cuando se les antoja o les viene muy a cuento; as� que, no hay para qu� nadie se tome conmigo, y pues que tengo buena fama, y, seg�n o� decir a mi se�or, que m�s vale el buen nombre que las muchas riquezas, enc�jenme ese gobierno y ver�n maravillas; que quien ha sido buen escudero ser� buen gobernador.
— Todo cuanto aqu� ha dicho el buen Sancho —dijo la duquesa— son sentencias catonianas, o, por lo menos, sacadas de las mesmas entra�as del mismo Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su modo, debajo de mala capa suele haber buen bebedor.
— En verdad, se�ora —respondi� Sancho—, que en mi vida he bebido de malicia; con sed bien podr�a ser, porque no tengo nada de hip�crita: bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o malcriado; que a un brindis de un amigo, �qu� coraz�n ha de haber tan de m�rmol que no haga la raz�n? Pero, aunque las calzo, no las ensucio; cuanto m�s, que los escuderos de los caballeros andantes, casi de ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados, monta�as y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un ojo.
— Yo lo creo as� —respondi� la duquesa—. Y por ahora, v�yase Sancho a reposar, que despu�s hablaremos m�s largo y daremos orden como vaya presto a encajarse, como �l dice, aquel gobierno.
De nuevo le bes� las manos Sancho a la duquesa, y le suplic� le hiciese merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de sus ojos.
— �Qu� rucio es �ste? —pregunt� la duquesa.
— Mi asno —respondi� Sancho—, que por no nombrarle con este nombre, le suelo llamar el rucio; y a esta se�ora due�a le rogu�, cuando entr� en este castillo, tuviese cuenta con �l, y azor�se de manera como si la hubiera dicho que era fea o vieja, debiendo ser m�s propio y natural de las due�as pensar jumentos que autorizar las salas. �Oh, v�lame Dios, y cu�n mal estaba con estas se�oras un hidalgo de mi lugar!
— Ser�a alg�n villano —dijo do�a Rodr�guez, la due�a—, que si �l fuera hidalgo y bien nacido, �l las pusiera sobre el cuerno de la luna.
— Agora bien —dijo la duquesa—, no haya m�s: calle do�a Rodr�guez y sosi�guese el se�or Panza, y qu�dese a mi cargo el regalo del rucio; que, por ser alhaja de Sancho, le pondr� yo sobre las ni�as de mis ojos.
— En la caballeriza basta que est� —respondi� Sancho—, que sobre las ni�as de los ojos de vuestra grandeza ni �l ni yo somos dignos de estar s�lo un momento, y as� lo consintir�a yo como darme de pu�aladas; que, aunque dice mi se�or que en las cortes�as antes se ha de perder por carta de m�s que de menos, en las jumentiles y as� ni�as se ha de ir con el comp�s en la mano y con medido t�rmino.
— Ll�vele —dijo la duquesa— Sancho al gobierno, y all� le podr� regalar como quisiere, y aun jubilarle del trabajo.
— No piense vuesa merced, se�ora duquesa, que ha dicho mucho —dijo Sancho—; que yo he visto ir m�s de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el m�o no ser�a cosa nueva.
Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y, envi�ndole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con �l hab�a pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en esta grande historia se contienen.
Grande era el gusto que receb�an el duque y la duquesa de la conversaci�n de don Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirm�ndose en la intenci�n que ten�an de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les hab�a contado de la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que m�s la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta que hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso estuviese encantada, habiendo sido �l mesmo el encantador y el embustero de aquel negocio); y as�, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que hab�an de hacer, de all� a seis d�as le llevaron a caza de monter�a, con tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado. Di�ronle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de fin�simo pa�o; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro d�a hab�a de volver al duro ejercicio de las armas y que no pod�a llevar consigo guardarropas ni reposter�as. Sancho s� tom� el que le dieron, con intenci�n de venderle en la primera ocasi�n que pudiese.
Llegado, pues, el esperado d�a, arm�se don Quijote, visti�se Sancho, y, encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se meti� entre la tropa de los monteros. La duquesa sali� bizarramente aderezada, y don Quijote, de puro cort�s y comedido, tom� la rienda de su palafr�n, aunque el duque no quer�a consentirlo, y, finalmente, llegaron a un bosque que entre dos alt�simas monta�as estaba, donde, tomados los puestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos, se comenz� la caza con grande estruendo, grita y vocer�a, de manera que unos a otros no pod�an o�rse, as� por el ladrido de los perros como por el son de las bocinas.
Ape�se la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en un puesto por donde ella sab�a que sol�an venir algunos jabal�es. Ape�se asimismo el duque y don Quijote, y pusi�ronse a sus lados; Sancho se puso detr�s de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque no le sucediese alg�n desm�n. Y, apenas hab�an sentado el pie y puesto en ala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguido de los cazadores, vieron que hacia ellos ven�a un desmesurado jabal�, crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y en vi�ndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelant� a recebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos se adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara. S�lo Sancho, en viendo al valiente animal, desampar� al rucio y dio a correr cuanto pudo, y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes, estando ya a la mitad d�l, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan corto de ventura y tan desgraciado, que se desgaj� la rama, y, al venir al suelo, se qued� en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder llegar al suelo. Y, vi�ndose as�, y que el sayo verde se le rasgaba, y pareci�ndole que si aquel fiero animal all� allegaba le pod�a alcanzar, comenz� a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ah�nco, que todos los que le o�an y no le ve�an creyeron que estaba entre los dientes de alguna fiera.
Finalmente, el colmilludo jabal� qued� atravesado de las cuchillas de muchos venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza don Quijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le hab�a conocido, viole pendiente de la encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a �l, que no le desampar� en su calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y buena fe que entre los dos se guardaban.
Lleg� don Quijote y descolg� a Sancho; el cual, vi�ndose libre y en el suelo, mir� lo desgarrado del sayo de monte, y pes�le en el alma; que pens� que ten�a en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabal� poderoso sobre una ac�mila, y, cubri�ndole con matas de romero y con ramas de mirto, le llevaron, como en se�al de vitoriosos despojos, a unas grandes tiendas de campa�a que en la mitad del bosque estaban puestas, donde hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y grande, que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la daba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo:
— Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de verse en este estremo. Yo no s� qu� gusto se recibe de esperar a un animal que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo haber o�do cantar un romance antiguo que dice:
De los osos seas comido,
como Favila el nombrado.
— �se fue un rey godo —dijo don Quijote—, que, yendo a caza de monter�a, le comi� un oso.
— Eso es lo que yo digo —respondi� Sancho—: que no querr�a yo que los pr�ncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un gusto que parece que no le hab�a de ser, pues consiste en matar a un animal que no ha cometido delito alguno.
— Antes os enga��is, Sancho —respondi� el duque—, porque el ejercicio de la caza de monte es el m�s conveniente y necesario para los reyes y pr�ncipes que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella estratagemas, astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo; pad�cense en ella fr�os grand�simos y calores intolerables; menosc�base el ocio y el sue�o, corrob�ranse las fuerzas, agil�tanse los miembros del que la usa, y, en resoluci�n, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que �l tiene es que no es para todos, como lo es el de los otros g�neros de caza, excepto el de la volater�a, que tambi�n es s�lo para reyes y grandes se�ores. As� que, �oh Sancho!, mudad de opini�n, y, cuando se�is gobernador, ocupaos en la caza y ver�is como os vale un pan por ciento.
— Eso no —respondi� Sancho—: el buen gobernador, la pierna quebrada y en casa. �Bueno ser�a que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y �l estuviese en el monte holg�ndose! �As� enhoramala andar�a el gobierno! M�a fe, se�or, la caza y los pasatiempos m�s han de ser para los holgazanes que para los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; que esas cazas ni cazos no dicen con mi condici�n ni hacen con mi conciencia.
— Plega a Dios, Sancho, que as� sea, porque del dicho al hecho hay gran trecho.
— Haya lo que hubiere —replic� Sancho—, que al buen pagador no le duelen prendas, y m�s vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas llevan pies, que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo hago lo que debo con buena intenci�n, sin duda que gobernar� mejor que un gerifalte. �No, sino p�nganme el dedo en la boca y ver�n si aprieto o no!
— �Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito —dijo don Quijote—, y cu�ndo ser� el d�a, como otras muchas veces he dicho, donde yo te vea hablar sin refranes una raz�n corriente y concertada! Vuestras grandezas dejen a este tonto, se�ores m�os, que les moler� las almas, no s�lo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, tra�dos tan a saz�n y tan a tiempo cuanto le d� Dios a �l la salud, o a m� si los querr�a escuchar.
— Los refranes de Sancho Panza —dijo la duquesa—, puesto que son m�s que los del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad de las sentencias. De m� s� decir que me dan m�s gusto que otros, aunque sean mejor tra�dos y con m�s saz�n acomodados.
Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al bosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pas� el d�a y se les vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la saz�n del tiempo ped�a, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo consigo ayud� mucho a la intenci�n de los duques; y, as� como comenz� a anochecer, un poco m�s adelante del crep�sculo, a deshora pareci� que todo el bosque por todas cuatro partes se ard�a, y luego se oyeron por aqu� y por all�, y por ac� y por acull�, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra, como de muchas tropas de caballer�a que por el bosque pasaba. La luz del fuego, el son de los b�licos instrumentos, casi cegaron y atronaron los ojos y los o�dos de los circunstantes, y aun de todos los que en el bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelil�es, al uso de moros cuando entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores, resonaron p�faros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que no tuviera sentido el que no quedara sin �l al son confuso de tantos intrumentos. Pasm�se el duque, suspendi�se la duquesa, admir�se don Quijote, tembl� Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores de la causa se espantaron. Con el temor les cogi� el silencio, y un postill�n que en traje de demonio les pas� por delante, tocando en voz de corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son desped�a.
— �Hola, hermano correo! —dijo el duque—, �qui�n sois, ad�nde vais, y qu� gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?
A lo que respondi� el correo con voz horr�sona y desenfadada:
— Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que por aqu� viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el gallardo franc�s Montesinos, a dar orden a don Quijote de c�mo ha de ser desencantada la tal se�ora.
— Si vos fu�rades diablo, como dec�s y como vuestra figura muestra, ya hubi�rades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le ten�is delante.
— En Dios y en mi conciencia —respondi� el Diablo— que no miraba en ello, porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la principal a que ven�a se me olvidaba.
— Sin duda —dijo Sancho— que este demonio debe de ser hombre de bien y buen cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora yo tengo para m� que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.
Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:
— A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo), me env�a el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mand�ndome que de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la que es menester para desencantarla. Y, por no ser para m�s mi venida, no ha de ser m�s mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los �ngeles buenos con estos se�ores.
Y, en diciendo esto, toc� el desaforado cuerno, y volvi� las espaldas y fuese, sin esperar respuesta de ninguno.
Renov�se la admiraci�n en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, quer�an que estuviese encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o no lo que le hab�a pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en estos pensamientos, el duque le dijo:
— �Piensa vuestra merced esperar, se�or don Quijote?
— Pues �no? —respondi� �l—. Aqu� esperar� intr�pido y fuerte, si me viniese a embestir todo el infierno.
— Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, as� esperar� yo aqu� como en Flandes —dijo Sancho.
En esto, se cerr� m�s la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por el bosque, bien as� como discurren por el cielo las exhalaciones secas de la tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oy�se asimismo un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirr�o �spero y continuado se dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. A�adi�se a toda esta tempestad otra que las aument� todas, que fue que parec�a verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque all� sonaba el duro estruendo de espantosa artiller�a, acull� se disparaban infinitas escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos se reiteraban los lilil�es agarenos.
Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las trompetas, los tambores, la artiller�a, los arcabuces, y, sobre todo, el temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su coraz�n para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con �l desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibi� en ellas, y a gran priesa mand� que le echasen agua en el rostro. H�zose as�, y �l volvi� en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a aquel puesto.
Tir�banle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en cada cuerno tra�an atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro ven�a hecho un asiento alto, sobre el cual ven�a sentado un venerable viejo, con una barba m�s blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocac�, que, por venir el carro lleno de infinitas luces, se pod�a bien divisar y discernir todo lo que en �l ven�a. Gui�banle dos feos demonios vestidos del mesmo bocac�, con tan feos rostros, que Sancho, habi�ndolos visto una vez, cerr� los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al puesto, se levant� de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie, dando una gran voz, dijo:
— Yo soy el sabio Lirgandeo.
Y pas� el carro adelante, sin hablar m�s palabra. Tras �ste pas� otro carro de la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:
— Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.
Y pas� adelante.
Luego, por el mismo continente, lleg� otro carro; pero el que ven�a sentado en el trono no era viejo como los dem�s, sino hombr�n robusto y de mala catadura, el cual, al llegar, levant�ndose en pie, como los otros, dijo con voz m�s ronca y m�s endiablada:
— Yo soy Arcal�us el encantador, enemigo mortal de Amad�s de Gaula y de toda su parentela.
Y pas� adelante. Poco desviados de all� hicieron alto estos tres carros, y ces� el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oy� otro, no ruido, sino un son de una suave y concertada m�sica formado, con que Sancho se alegr�, y lo tuvo a buena se�al; y as�, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba:
— Se�ora, donde hay m�sica no puede haber cosa mala.
— Tampoco donde hay luces y claridad —respondi� la duquesa.
A lo que replic� Sancho:
— Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y bien podr�a ser que nos abrasasen, pero la m�sica siempre es indicio de regocijos y de fiestas.
— Ello dir� —dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.
Y dijo bien, como se muestra en el cap�tulo siguiente.
Al comp�s de la agradable m�sica vieron que hacia ellos ven�a un carro de los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas, empero, de lienzo blanco, y sobre cada una ven�a un diciplinante de luz, asimesmo vestido de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los lados, y encima d�l, ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve, todos con sus hachas encendidas, vista que admiraba y espantaba juntamente; y en un levantado trono ven�a sentada una ninfa, vestida de mil velos de tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argenter�a de oro, que la hac�an, si no rica, a lo menos vistosamente vestida. Tra�a el rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que, sin impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubr�a un hermos�simo rostro de doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los a�os, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete.
Junto a ella ven�a una figura vestida de una ropa de las que llaman rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al punto que lleg� el carro a estar frente a frente de los duques y de don Quijote, ces� la m�sica de las chirim�as, y luego la de las arpas y la�des que en el carro sonaban; y, levant�ndose en pie la figura de la ropa, la apart� a entrambos lados, y, quit�ndose el velo del rostro, descubri� patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada y fea, de que don Quijote recibi� pesadumbre y Sancho miedo, y los duques hicieron alg�n sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo dormida y con lengua no muy despierta, comenz� a decir desta manera:
-Yo soy Merl�n, aquel que las historias
dicen que tuve por mi padre al diablo
(mentira autorizada de los tiempos),
pr�ncipe de la M�gica y monarca
y archivo de la ciencia zoro�strica,
�mulo a las edades y a los siglos
que solapar pretenden las haza�as
de los andantes bravos caballeros
a quien yo tuve y tengo gran cari�o.
Y, puesto que es de los encantadores,
de los magos o m�gicos contino
dura la condici�n, �spera y fuerte,
la m�a es tierna, blanda y amorosa,
y amiga de hacer bien a todas gentes.
En las cavernas l�bregas de Dite,
donde estaba mi alma entretenida
en formar ciertos rombos y car�teres,
lleg� la voz doliente de la bella
y sin par Dulcinea del Toboso.
Supe su encantamento y su desgracia,
y su trasformaci�n de gentil dama
en r�stica aldeana; condol�me,
y, encerrando mi esp�ritu en el hueco
desta espantosa y fiera notom�a,
despu�s de haber revuelto cien mil libros
desta mi ciencia endemoniada y torpe,
vengo a dar el remedio que conviene
a tama�o dolor, a mal tama�o.
�Oh t�, gloria y honor de cuantos visten
las t�nicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y gu�a
de aquellos que, dejando el torpe sue�o
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo �oh var�n, como se debe
por jam�s alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de Espa�a estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso,
es menester que Sancho, tu escudero,
se d� tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis se�ores.
— �Voto a tal! —dijo a esta saz�n Sancho—. No digo yo tres mil azotes, pero as� me dar� yo tres como tres pu�aladas. �V�late el diablo por modo de desencantar! �Yo no s� qu� tienen que ver mis posas con los encantos! �Par Dios que si el se�or Merl�n no ha hallado otra manera como desencantar a la se�ora Dulcinea del Toboso, encantada se podr� ir a la sepultura!
— Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros he a un �rbol, desnudo como vuestra madre os pari�; y no digo yo tres mil y trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os dar�, tan bien pegados que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliqu�is palabra, que os arrancar� el alma.
Oyendo lo cual Merl�n, dijo:
— No ha de ser as�, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que �l quisiere; que no se le pone t�rmino se�alado; pero perm�tesele que si �l quisiere redemir su vejaci�n por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se los d� ajena mano, aunque sea algo pesada.
— Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar —replic� Sancho—: a m� no me ha de tocar alguna mano. �Par� yo, por ventura, a la se�ora Dulcinea del Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El se�or mi amo s�, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las diligencias necesarias para su desencanto; pero, �azotarme yo...? �Abernuncio!
Apenas acab� de decir esto Sancho, cuando, levant�ndose en pie la argentada ninfa que junto al esp�ritu de Merl�n ven�a, quit�ndose el sutil velo del rostro, le descubri� tal, que a todos pareci� mas que demasiadamente hermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando derechamente con Sancho Panza, dijo:
— �Oh malaventurado escudero, alma de c�ntaro, coraz�n de alcornoque, de entra�as guije�as y apedernaladas! Si te mandaran, ladr�n desuellacaras, que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del g�nero humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con alg�n truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que no hay ni�o de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva, espanta a todas las entra�as piadosas de los que lo escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el discurso del tiempo. Pon, �oh miserable y endurecido animal!, pon, digo, esos tus ojos de machuelo espantadizo en las ni�as destos m�os, comparados a rutilantes estrellas, y ver�slos llorar hilo a hilo y madeja a madeja, haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas. Mu�vate, socarr�n y malintencionado monstro, que la edad tan florida m�a, que a�n se est� todav�a en el diez y... de los a�os, pues tengo diez y nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de una r�stica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que me ha hecho el se�or Merl�n, que est� presente, s�lo porque te enternezca mi belleza; que las l�grimas de una afligida hermosura vuelven en algod�n los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, besti�n ind�mito, y saca de har�n ese br�o, que a s�lo comer y m�s comer te inclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi condici�n y la belleza de mi faz; y si por m� no quieres ablandarte ni reducirte a alg�n razonable t�rmino, hazlo por ese pobre caballero que a tu lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino tu r�gida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al est�mago.
Tent�se, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volvi�ndose al duque:
— Por Dios, se�or, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aqu� tengo el alma atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.
— �Qu� dec�s vos a esto, Sancho? —pregunt� la duquesa.
— Digo, se�ora —respondi� Sancho—, lo que tengo dicho: que de los azotes, abernuncio.
— Abrenuncio hab�is de decir, Sancho, y no como dec�s —dijo el duque.
— D�jeme vuestra grandeza —respondi� Sancho—, que no estoy agora para mirar en sotilezas ni en letras m�s a menos; porque me tienen tan turbado estos azotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no s� lo que me digo, ni lo que me hago. Pero querr�a yo saber de la se�ora mi se�ora do�a Dulcina del Toboso ad�nde aprendi� el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que me abra las carnes a azotes, y ll�mame alma de c�ntaro y besti�n ind�mito, con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. �Por ventura son mis carnes de bronce, o vame a m� algo en que se desencante o no? �Qu� canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anque no los gasto, trae delante de s� para ablandarme, sino un vituperio y otro, sabiendo aquel refr�n que dicen por ah�, que un asno cargado de oro sube ligero por una monta�a, y que d�divas quebrantan pe�as, y a Dios rogando y con el mazo dando, y que m�s vale un "toma" que dos "te dar�"? Pues el se�or mi amo, que hab�a de traerme la mano por el cerro y halagarme para que yo me hiciese de lana y de algod�n cardado, dice que si me coge me amarrar� desnudo a un �rbol y me doblar� la parada de los azotes; y hab�an de considerar estos lastimados se�ores que no solamente piden que se azote un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con guindas". Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni est�n los hombres siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello como de volverme cacique.
— Pues en verdad, amigo Sancho —dijo el duque—, que si no os abland�is m�s que una breva madura, que no hab�is de empu�ar el gobierno. �Bueno ser�a que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entra�as pedernalinas, que no se doblega a las l�grimas de las afligidas doncellas, ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios! En resoluci�n, Sancho, o vos hab�is de ser azotado, o os han de azotar, o no hab�is de ser gobernador.
— Se�or —respondi� Sancho—, �no se me dar�an dos d�as de t�rmino para pensar lo que me est� mejor?
— No, en ninguna manera —dijo Merl�n—; aqu�, en este instante y en este lugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcinea volver� a la cueva de Montesinos y a su pr�stino estado de labradora, o ya, en el ser que est�, ser� llevada a los El�seos Campos, donde estar� esperando se cumpla el n�mero del v�pulo.
— Ea, buen Sancho —dijo la duquesa—, buen �nimo y buena correspondencia al pan que hab�is comido del se�or don Quijote, a quien todos debemos servir y agradar, por su buena condici�n y por sus altas caballer�as. Dad el s�, hijo, desta azotaina, y v�yase el diablo para diablo y el temor para mezquino; que un buen coraz�n quebranta mala ventura, como vos bien sab�is.
A estas razones respondi� con �stas disparatadas Sancho, que, hablando con Merl�n, le pregunt�:
— D�game vuesa merced, se�or Merl�n: cuando lleg� aqu� el diablo correo y dio a mi amo un recado del se�or Montesinos, mand�ndole de su parte que le esperase aqu�, porque ven�a a dar orden de que la se�ora do�a Dulcinea del Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus semejas.
A lo cual respondi� Merl�n:
— El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grand�simo bellaco: yo le envi� en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino m�o, porque Montesinos se est� en su cueva entendiendo, o, por mejor decir, esperando su desencanto, que a�n le falta la cola por desollar. Si os debe algo, o ten�is alguna cosa que negociar con �l, yo os lo traer� y pondr� donde vos m�s quisi�redes. Y, por agora, acabad de dar el s� desta diciplina, y creedme que os ser� de mucho provecho, as� para el alma como para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la har�is; para el cuerpo, porque yo s� que sois de complexi�n sangu�nea, y no os podr� hacer da�o sacaros un poco de sangre.
— Muchos m�dicos hay en el mundo: hasta los encantadores son m�dicos — replic� Sancho—; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo, digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con condici�n que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los d�as ni en el tiempo; y yo procurar� salir de la deuda lo m�s presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la se�ora do�a Dulcinea del Toboso, pues, seg�n parece, al rev�s de lo que yo pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser tambi�n condici�n que no he de estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare en el n�mero, el se�or Merl�n, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.
— De las sobras no habr� que avisar —respondi� Merl�n—, porque, llegando al cabal n�mero, luego quedar� de improviso desencantada la se�ora Dulcinea, y vendr� a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun premios, por la buena obra. As� que no hay de qu� tener escr�pulo de las sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo enga�e a nadie, aunque sea en un pelo de la cabeza.
— �Ea, pues, a la mano de Dios! —dijo Sancho—. Yo consiento en mi mala ventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.
Apenas dijo estas �ltimas palabras Sancho, cuando volvi� a sonar la m�sica de las chirim�as y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don Quijote se colg� del cuello de Sancho, d�ndole mil besos en la frente y en las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron muestras de haber recebido grand�simo contento, y el carro comenz� a caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclin� la cabeza a los duques y hizo una gran reverencia a Sancho.
Y ya, en esto, se ven�a a m�s andar el alba, alegre y risue�a: las florecillas de los campos se descollaban y ergu�an, y los l�quidos cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas, iban a dar tributo a los r�os que los esperaban. La tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por s� y todos juntos, daban manifiestas se�ales que el d�a, que al aurora ven�a pisando las faldas, hab�a de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y de haber conseguido su intenci�n tan discreta y felicemente, se volvieron a su castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no hab�a veras que m�s gusto les diesen.
Ten�a un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual hizo la figura de Merl�n y acomod� todo el aparato de la aventura pasada, compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con intervenci�n de sus se�ores, orden� otra del m�s gracioso y estra�o artificio que puede imaginarse.
Pregunt� la duquesa a Sancho otro d�a si hab�a comenzado la tarea de la penitencia que hab�a de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que s�, y que aquella noche se hab�a dado cinco azotes. Pregunt�le la duquesa que con qu� se los hab�a dado. Respondi� que con la mano.
— Eso —replic� la duquesa— m�s es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo para m� que el sabio Merl�n no estar� contento con tanta blandura; menester ser� que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se ha de dar tan barata la libertad de una tan gran se�ora como lo es Dulcinea por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen m�rito ni valen nada.
A lo que respondi� Sancho:
— D�me vuestra se�or�a alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me dar� con �l como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que, aunque soy r�stico, mis carnes tienen m�s de algod�n que de esparto, y no ser� bien que yo me descr�e por el provecho ajeno.
— Sea en buena hora —respondi� la duquesa—: yo os dar� ma�ana una diciplina que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes, como si fueran sus hermanas propias.
A lo que dijo Sancho:
— Sepa vuestra alteza, se�ora m�a de mi �nima, que yo tengo escrita una carta a mi mujer Teresa Panza, d�ndole cuenta de todo lo que me ha sucedido despu�s que me apart� della; aqu� la tengo en el seno, que no le falta m�s de ponerle el sobreescrito; querr�a que vuestra discreci�n la leyese, porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que deben de escribir los gobernadores.
— �Y qui�n la not�? —pregunt� la duquesa.
— �Qui�n la hab�a de notar sino yo, pecador de m�? —respondi� Sancho.
— �Y escrib�stesla vos? —dijo la duquesa.
— Ni por pienso —respondi� Sancho—, porque yo no s� leer ni escribir, puesto que s� firmar.
— Ve�mosla —dijo la duquesa—, que a buen seguro que vos mostr�is en ella la calidad y suficiencia de vuestro ingenio.
Sac� Sancho una carta abierta del seno, y, tom�ndola la duquesa, vio que dec�a desta manera:
Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer
Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entender�s t�, Teresa m�a, por ahora; otra vez lo sabr�s. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer de un gobernador eres, �mira si te roer� nadie los zancajos! Ah� te env�o un vestido verde de cazador, que me dio mi se�ora la duquesa; acom�dale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. Don Quijote, mi amo, seg�n he o�do decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merl�n ha echado mano de m� para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por all� se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil y trecientos azotes, menos cinco, que me he de dar, quedar� desencantada como la madre que la pari�. No dir�s desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dir�n que es blanco y otros que es negro. De aqu� a pocos d�as me partir� al gobierno, adonde voy con grand�simo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo; tomar�le el pulso, y avisar�te si has de venir a estar conmigo o no. El rucio est� bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar, aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mi se�ora te besa mil veces las manos; vu�lvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos cueste ni valga m�s barata, seg�n dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras, pero no te d� pena, Teresa m�a, que en salvo est� el que repica, y todo saldr� en la colada del gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de comer las manos tras �l; y si as� fuese, no me costar�a muy barato, aunque los estropeados y mancos ya se tienen su calonj�a en la limosna que piden; as� que, por una v�a o por otra, t� has de ser rica, de buena ventura. Dios te la d�, como puede, y a m� me guarde para servirte. Deste castillo, a veinte de julio de 1614.
Tu marido el gobernador,
Sancho Panza.
En acabando la duquesa de leer la carta, dijo a Sancho:
— En dos cosas anda un poco descaminado el buen gobernador: la una, en decir o dar a entender que este gobierno se le han dado por los azotes que se ha de dar, sabiendo �l, que no lo puede negar, que cuando el duque, mi se�or, se le prometi�, no se so�aba haber azotes en el mundo; la otra es que se muestra en ella muy codicioso, y no querr�a que or�gano fuese, porque la codicia rompe el saco, y el gobernador codicioso hace la justicia desgobernada.
— Yo no lo digo por tanto, se�ora —respondi� Sancho—; y si a vuesa merced le parece que la tal carta no va como ha de ir, no hay sino rasgarla y hacer otra nueva, y podr�a ser que fuese peor si me lo dejan a mi caletre.
— No, no —replic� la duquesa—, buena est� �sta, y quiero que el duque la vea.
Con esto se fueron a un jard�n, donde hab�an de comer aquel d�a. Mostr� la duquesa la carta de Sancho al duque, de que recibi� grand�simo contento. Comieron, y despu�s de alzado los manteles, y despu�s de haberse entretenido un buen espacio con la sabrosa conversaci�n de Sancho, a deshora se oy� el son trist�simo de un p�faro y el de un ronco y destemplado tambor. Todos mostraron alborotarse con la confusa, marcial y triste armon�a, especialmente don Quijote, que no cab�a en su asiento de puro alborotado; de Sancho no hay que decir sino que el miedo le llev� a su acostumbrado refugio, que era el lado o faldas de la duquesa, porque real y verdaderamente el son que se escuchaba era trist�simo y malenc�lico.
Y, estando todos as� suspensos, vieron entrar por el jard�n adelante dos hombres vestidos de luto, tan luego y tendido que les arrastraba por el suelo; �stos ven�an tocando dos grandes tambores, asimismo cubiertos de negro. A su lado ven�a el p�faro, negro y pizmiento como los dem�s. Segu�a a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con una negr�sima loba, cuya falda era asimismo desaforada de grande. Por encima de la loba le ce��a y atravesaba un ancho tahel�, tambi�n negro, de quien pend�a un desmesurado alfanje de guarniciones y vaina negra. Ven�a cubierto el rostro con un trasparente velo negro, por quien se entreparec�a una long�sima barba, blanca como la nieve. Mov�a el paso al son de los tambores con mucha gravedad y reposo. En fin, su grandeza, su contoneo, su negrura y su acompa�amiento pudiera y pudo suspender a todos aquellos que sin conocerle le miraron.
Lleg�, pues, con el espacio y prosopopeya referida a hincarse de rodillas ante el duque, que en pie, con los dem�s que all� estaban, le atend�a; pero el duque en ninguna manera le consinti� hablar hasta que se levantase. H�zolo as� el espantajo prodigioso, y, puesto en pie, alz� el antifaz del rostro y hizo patente la m�s horrenda, la m�s larga, la m�s blanca y m�s poblada barba que hasta entonces humanos ojos hab�an visto, y luego desencaj� y arranc� del ancho y dilatado pecho una voz grave y sonora, y, poniendo los ojos en el duque, dijo:
— Alt�simo y poderoso se�or, a m� me llaman Trifald�n el de la Barba Blanca; soy escudero de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la Due�a Dolorida, de parte de la cual traigo a vuestra grandeza una embajada, y es que la vuestra magnificencia sea servida de darla facultad y licencia para entrar a decirle su cuita, que es una de las m�s nuevas y m�s admirables que el m�s cuitado pensamiento del orbe pueda haber pensado. Y primero quiere saber si est� en este vuestro castillo el valeroso y jam�s vencido caballero don Quijote de la Mancha, en cuya busca viene a pie y sin desayunarse desde el reino de Candaya hasta este vuestro estado, cosa que se puede y debe tener a milagro o a fuerza de encantamento. Ella queda a la puerta desta fortaleza o casa de campo, y no aguarda para entrar sino vuestro benepl�cito. Dije.
Y tosi� luego y manose�se la barba de arriba abajo con entrambas manos, y con mucho sosiego estuvo atendiendo la respuesta del duque, que fue:
— Ya, buen escudero Trifald�n de la Blanca Barba, ha muchos d�as que tenemos noticia de la desgracia de mi se�ora la condesa Trifaldi, a quien los encantadores la hacen llamar la Due�a Dolorida; bien pod�is, estupendo escudero, decirle que entre y que aqu� est� el valiente caballero don Quijote de la Mancha, de cuya condici�n generosa puede prometerse con seguridad todo amparo y toda ayuda; y asimismo le podr�is decir de mi parte que si mi favor le fuere necesario, no le ha de faltar, pues ya me tiene obligado a d�rsele el ser caballero, a quien es anejo y concerniente favorecer a toda suerte de mujeres, en especial a las due�as viudas, menoscabadas y doloridas, cual lo debe estar su se�or�a.
Oyendo lo cual Trifald�n, inclin� la rodilla hasta el suelo, y, haciendo al p�faro y tambores se�al que tocasen, al mismo son y al mismo paso que hab�a entrado, se volvi� a salir del jard�n, dejando a todos admirados de su presencia y compostura. Y, volvi�ndose el duque a don Quijote, le dijo:
— En fin, famoso caballero, no pueden las tinieblas de malicia ni de la ignorancia encubrir y escurecer la luz del valor y de la virtud. Digo esto porque apenas ha seis d�as que la vuestra bondad est� en este castillo, cuando ya os vienen a buscar de lue�as y apartadas tierras, y no en carrozas ni en dromedarios, sino a pie y en ayunas; los tristes, los afligidos, confiados que han de hallar en ese fort�simo brazo el remedio de sus cuitas y trabajos, merced a vuestras grandes haza�as, que corren y rodean todo lo descubierto de la tierra.
— Quisiera yo, se�or duque —respondi� don Quijote—, que estuviera aqu� presente aquel bendito religioso que a la mesa el otro d�a mostr� tener tan mal talante y tan mala ojeriza contra los caballeros andantes, para que viera por vista de ojos si los tales caballeros son necesarios en el mundo: tocara, por lo menos, con la mano que los extraordinariamente afligidos y desconsolados, en casos grandes y en desdichas inormes no van a buscar su remedio a las casas de los letrados, ni a la de los sacristanes de las aldeas, ni al caballero que nunca ha acertado a salir de los t�rminos de su lugar, ni al perezoso cortesano que antes busca nuevas para referirlas y contarlas, que procura hacer obras y haza�as para que otros las cuenten y las escriban; el remedio de las cuitas, el socorro de las necesidades, el amparo de las doncellas, el consuelo de las viudas, en ninguna suerte de personas se halla mejor que en los caballeros andantes, y de serlo yo doy infinitas gracias al cielo, y doy por muy bien empleado cualquier desm�n y trabajo que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta due�a y pida lo que quisiere, que yo le librar� su remedio en la fuerza de mi brazo y en la intr�pida resoluci�n de mi animoso esp�ritu.
En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cu�n bien iba respondiendo a su intenci�n don Quijote, y a esta saz�n dijo Sancho:
— No querr�a yo que esta se�ora due�a pusiese alg�n tropiezo a la promesa de mi gobierno, porque yo he o�do decir a un boticario toledano que hablaba como un silguero que donde interviniesen due�as no pod�a suceder cosa buena. �V�lame Dios, y qu� mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que yo saco que, pues todas las due�as son enfadosas e impertinentes, de cualquiera calidad y condici�n que sean, �qu� ser�n las que son doloridas, como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.
— Calla, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que, pues esta se�ora due�a de tan lue�es tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario ten�a en su n�mero, cuanto m�s que �sta es condesa, y cuando las condesas sirven de due�as, ser� sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus casas son se�or�simas que se sirven de otras due�as.
A esto respondi� do�a Rodr�guez, que se hall� presente:
— Due�as tiene mi se�ora la duquesa en su servicio, que pudieran ser condesas si la fortuna quisiera, pero all� van leyes do quieren reyes; y nadie diga mal de las due�as, y m�s de las antiguas y doncellas; que, aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que hace una due�a doncella a una due�a viuda; y quien a nosotras trasquil�, las tijeras le quedaron en la mano.
— Con todo eso —replic� Sancho—, hay tanto que trasquilar en las due�as, seg�n mi barbero, cuanto ser� mejor no menear el arroz, aunque se pegue.
— Siempre los escuderos —respondi� do�a Rodr�guez— son enemigos nuestros; que, como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratos que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras, desenterr�ndonos los huesos y enterr�ndonos la fama. Pues m�ndoles yo a los le�os movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un muladar con un tapiz en d�a de procesi�n. A fe que si me fuera dado, y el tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no s�lo a los presentes, sino a todo el mundo, c�mo no hay virtud que no se encierre en una due�a.
— Yo creo —dijo la duquesa— que mi buena do�a Rodr�guez tiene raz�n, y muy grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por s� y por las dem�s due�as, para confundir la mala opini�n de aquel mal boticario, y desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.
A lo que Sancho respondi�:
— Despu�s que tengo humos de gobernador se me han quitado los v�guidos de escudero, y no se me da por cuantas due�as hay un cabrah�go.
Adelante pasaran con el coloquio due�esco, si no oyeran que el p�faro y los tambores volv�an a sonar, por donde entendieron que la due�a Dolorida entraba. Pregunt� la duquesa al duque si ser�a bien ir a recebirla, pues era condesa y persona principal.
— Por lo que tiene de condesa —respondi� Sancho, antes que el duque respondiese—, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero por lo de due�a, soy de parecer que no se muevan un paso.
— �Qui�n te mete a ti en esto, Sancho? —dijo don Quijote.
— �Qui�n, se�or? —respondi� Sancho—. Yo me meto, que puedo meterme, como escudero que ha aprendido los t�rminos de la cortes�a en la escuela de vuesa merced, que es el m�s cort�s y bien criado caballero que hay en toda la cortesan�a; y en estas cosas, seg�n he o�do decir a vuesa merced, tanto se pierde por carta de m�s como por carta de menos; y al buen entendedor, pocas palabras.
— As� es, como Sancho dice —dijo el duque—: veremos el talle de la condesa, y por �l tantearemos la cortes�a que se le debe.
En esto, entraron los tambores y el p�faro, como la vez primera.
Y aqu�, con este breve cap�tulo, dio fin el autor, y comenz� el otro, siguiendo la mesma aventura, que es una de las m�s notables de la historia.
Detr�s de los tristes m�sicos comenzaron a entrar por el jard�n adelante hasta cantidad de doce due�as, repartidas en dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas blancas de delgado canequ�, tan luengas que s�lo el ribete del monjil descubr�an. Tras ellas ven�a la condesa Trifaldi, a quien tra�a de la mano el escudero Trifald�n de la Blanca Barba, vestida de fin�sima y negra bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matem�tica figura con aquellos tres �ngulos acutos que las tres puntas formaban, por lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se deb�a llamar la condesa Trifaldi, como si dij�semos la condesa de las Tres Faldas; y as� dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos, y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por ser costumbre en aquellas partes tomar los se�ores la denominaci�n de sus nombres de la cosa o cosas en que m�s sus estados abundan; empero esta condesa, por favorecer la novedad de su falda, dej� el Lobuna y tom� el Trifaldi.
Ven�an las doce due�as y la se�ora a paso de procesi�n, cubiertos los rostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifald�n, sino tan apretados que ninguna cosa se trasluc�an.
As� como acab� de parecer el due�esco escuadr�n, el duque, la duquesa y don Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesi�n miraban. Pararon las doce due�as y hicieron calle, por medio de la cual la Dolorida se adelant�, sin dejarla de la mano Trifald�n, viendo lo cual el duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta y ronca que sutil y dilicada, dijo:
— Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortes�a a este su criado; digo, a esta su criada, porque, seg�n soy de dolorida, no acertar� a responder a lo que debo, a causa que mi estra�a y jam�s vista desdicha me ha llevado el entendimiento no s� ad�nde, y debe de ser muy lejos, pues cuanto m�s le busco menos le hallo.
— Sin �l estar�a —respondi� el duque—, se�ora condesa, el que no descubriese por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin m�s ver, es merecedor de toda la nata de la cortes�a y de toda la flor de las bien criadas ceremonias.
Y, levant�ndola de la mano, la llev� a asentar en una silla junto a la duquesa, la cual la recibi� asimismo con mucho comedimiento.
Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la Trifaldi y de alguna de sus muchas due�as, pero no fue posible hasta que ellas de su grado y voluntad se descubrieron.
Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando qui�n le hab�a de romper, y fue la due�a Dolorida con estas palabras:
— Confiada estoy, se�or poderos�simo, hermos�sima se�ora y discret�simos circunstantes, que ha de hallar mi cuit�sima en vuestros valeros�simos pechos acogimiento no menos pl�cido que generoso y doloroso, porque ella es tal, que es bastante a enternecer los m�rmoles, y a ablandar los diamantes, y a molificar los aceros de los m�s endurecidos corazones del mundo; pero, antes que salga a la plaza de vuestros o�dos, por no decir orejas, quisiera que me hicieran sabidora si est� en este gremio, corro y compa��a el acendrad�simo caballero don Quijote de la Manch�sima y su escuder�simo Panza.
— El Panza —antes que otro respondiese, dijo Sancho— aqu� esta, y el don Quijot�simo asimismo; y as�, podr�is, doloros�sima due��sima, decir lo que quisierid�simis, que todos estamos prontos y aparejad�simos a ser vuestros servidor�simos.
En esto se levant� don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida due�a, dijo:
— Si vuestras cuitas, angustiada se�ora, se pueden prometer alguna esperanza de remedio por alg�n valor o fuerzas de alg�n andante caballero, aqu� est�n las m�as, que, aunque flacas y breves, todas se emplear�n en vuestro servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda suerte de menesterosos, y, siendo esto as�, como lo es, no hab�is menester, se�ora, captar benevolencias ni buscar pre�mbulos, sino, a la llana y sin rodeos, decir vuestros males, que o�dos os escuchan que sabr�n, si no remediarlos, dolerse dellos.
Oyendo lo cual, la Dolorida due�a hizo se�al de querer arrojarse a los pies de don Quijote, y aun se arroj�, y, pugnando por abraz�rselos, dec�a:
— Ante estos pies y piernas me arrojo, �oh caballero invicto!, por ser los que son basas y colunas de la andante caballer�a; estos pies quiero besar, de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, �oh valeroso andante, cuyas verdaderas faza�as dejan atr�s y escurecen las fabulosas de los Amadises, Esplandianes y Belianises!
Y, dejando a don Quijote, se volvi� a Sancho Panza, y, asi�ndole de las manos, le dijo:
— �Oh t�, el m�s leal escudero que jam�s sirvi� a caballero andante en los presentes ni en los pasados siglos, m�s luengo en bondad que la barba de Trifald�n, mi acompa�ador, que est� presente!, bien puedes preciarte que en servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros que han tratado las armas en el mundo. Conj�rote, por lo que debes a tu bondad fidel�sima, me seas buen intercesor con tu due�o, para que luego favorezca a esta humil�sima y desdichad�sima condesa.
A lo que respondi� Sancho:
— De que sea mi bondad, se�or�a m�a, tan larga y grande como la barba de vuestro escudero, a m� me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las barbas de ac� poco o nada me curo; pero, sin esas socali�as ni plegarias, yo rogar� a mi amo, que s� que me quiere bien, y m�s agora que me ha menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo lo que pudiere. Vuesa merced desemba�le su cuita y cu�ntenosla, y deje hacer, que todos nos entenderemos.
Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que hab�an tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre s� la agudeza y disimulaci�n de la Trifaldi, la cual, volvi�ndose a sentar, dijo:
— �Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del Sur, dos leguas m�s all� del cabo Comor�n, fue se�ora la reina do�a Maguncia, viuda del rey Archipiela, su se�or y marido, de cuyo matrimonio tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual dicha infanta Antonomasia se cri� y creci� debajo de mi tutela y doctrina, por ser yo la m�s antigua y la m�s principal due�a de su madre. Sucedi�, pues, que, yendo d�as y viniendo d�as, la ni�a Antonomasia lleg� a edad de catorce a�os, con tan gran perfeci�n de hermosura, que no la pudo subir m�s de punto la naturaleza. �Pues digamos agora que la discreci�n era mocosa! As� era discreta como bella, y era la m�s bella del mundo, y lo es, si ya los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre de la vida. Pero no habr�n, que no han de permitir los cielos que se haga tanto mal a la tierra como ser�a llevarse en agraz el racimo del m�s hermoso vedu�o del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecida de mi torpe lengua, se enamor� un n�mero infinito de pr�ncipes, as� naturales como estranjeros, entre los cuales os� levantar los pensamientos al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba, confiado en su mocedad y en su bizarr�a, y en sus muchas habilidades y gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hac�a hablar, y m�s que era poeta y gran bailar�n, y sab�a hacer una jaula de p�jaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en estrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes a derribar una monta�a, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna parte para rendir la fortaleza de mi ni�a, si el ladr�n desuellacaras no usara del remedio de rendirme a m� primero. Primero quiso el malandr�n y desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En resoluci�n: �l me adul� el entendimiento y me rindi� la voluntad con no s� qu� dijes y brincos que me dio, pero lo que m�s me hizo postrar y dar conmigo por el suelo fueron unas coplas que le o� cantar una noche desde una reja que ca�a a una callejuela donde �l estaba, que, si mal no me acuerdo, dec�an:
De la dulce mi enemiga
nace un mal que al alma hiere,
y, por m�s tormento, quiere
que se sienta y no se diga.
Pareci�me la trova de perlas, y su voz de alm�bar, y despu�s ac�, digo, desde entonces, viendo el mal en que ca� por estos y otros semejantes versos, he considerado que de las buenas y concertadas rep�blicas se hab�an de desterrar los poetas, como aconsejaba Plat�n, a lo menos, los lascivos, porque escriben unas coplas, no como las del marqu�s de Mantua, que entretienen y hacen llorar los ni�os y a las mujeres, sino unas agudezas que, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos os hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cant�:
Ven, muerte, tan escondida
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.
Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos suspenden. Pues, �qu� cuando se humillan a componer un g�nero de verso que en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? All� era el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los cuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y as�, digo, se�ores m�os, que los tales trovadores con justo t�tulo los deb�an desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la buena due�a que deb�a, no me hab�an de mover sus trasnochados conceptos, ni hab�a de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo, tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, p�rtome y qu�dome", con otros imposibles desta ralea, de que est�n sus escritos llenos. Pues, �qu� cuando prometen el f�nix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol, del Sur las perlas, de T�bar el oro y de Pancaya el b�lsamo? Aqu� es donde ellos alargan m�s la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jam�s piensan ni pueden cumplir. Pero, �d�nde me divierto? �Ay de m�, desdichada! �Qu� locura o qu� desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las m�as? �Ay de m�, otra vez, sin ventura!, que no me rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las m�sicas, sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el camino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que �ste es el nombre del referido caballero; y as�, siendo yo la medianera, �l se hall� una y muy muchas veces en la estancia de la por m�, y no por �l, enga�ada Antonomasia, debajo del t�tulo de verdadero esposo; que, aunque pecadora, no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de sus zapatillas. �No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en cualquier negocio destos que por m� se tratare! Solamente hubo un da�o en este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho, del reino. Algunos d�as estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi recato esta mara�a, hasta que me pareci� que la iba descubriendo a m�s andar no s� qu� hinchaz�n del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo entrar en bureo a los tres, y sali� d�l que, antes que se saliese a luz el mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia, en fe de una c�dula que de ser su esposa la infanta le hab�a hecho, notada por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sans�n no pudieran romperla. Hici�ronse las diligencias, vio el vicario la c�dula, tom� el tal vicario la confesi�n a la se�ora, confes� de plano, mand�la depositar en casa de un alguacil de corte muy honrado...�
A esta saz�n, dijo Sancho:
— Tambi�n en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero d�se vuesa merced priesa, se�ora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin desta tan larga historia.
— S� har� —respondi� la condesa.
De cualquiera palabra que Sancho dec�a, la duquesa gustaba tanto como se desesperaba don Quijote; y, mand�ndole que callase, la Dolorida prosigui� diciendo:
— �En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaraci�n, el vicario sentenci� en favor de don Clavijo, y se la entreg� por su leg�tima esposa, de lo que recibi� tanto enojo la reina do�a Maguncia, madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres d�as la enterramos.�
— Debi� de morir, sin duda —dijo Sancho.
— �Claro est�! —respondi� Trifald�n—, que en Candaya no se entierran las personas vivas, sino las muertas.
— Ya se ha visto, se�or escudero —replic� Sancho—, enterrar un desmayado creyendo ser muerto, y parec�ame a m� que estaba la reina Maguncia obligada a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian, y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle tanto. Cuando se hubiera casado esa se�ora con alg�n paje suyo, o con otro criado de su casa, como han hecho otras muchas, seg�n he o�do decir, fuera el da�o sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan gentilhombre y tan entendido como aqu� nos le han pintado, en verdad en verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque, seg�n las reglas de mi se�or, que est� presente y no me dejar� mentir, as� como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los caballeros, y m�s si son andantes, los reyes y los emperadores.
— Raz�n tienes, Sancho —dijo don Quijote—, porque un caballero andante, como tenga dos dedos de ventura, est� en potencia propincua de ser el mayor se�or del mundo. Pero, pase adelante la se�ora Dolorida, que a m� se me trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aqu� dulce historia.
— Y �c�mo si queda lo amargo! —respondi� la condesa—, y tan amargo que en su comparaci�n son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. �Muerta, pues, la reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra y apenas le dimos el �ltimo vale, cuando,
quis talia fando temperet a lachrymis?,
puesto sobre un caballo de madera, pareci� encima de la sepultura de la reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de la demas�a de Antonomasia, los dej� encantados sobre la mesma sepultura: a ella, convertida en una jimia de bronce, y a �l, en un espantoso cocodrilo de un metal no conocido, y entre los dos est� un padr�n, asimismo de metal, y en �l escritas en lengua sir�aca unas letras que, habi�ndose declarado en la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No cobrar�n su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sac� de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asi�ndome a m� por los cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza. Turb�me, peg�seme la voz a la garganta, qued� moh�na en todo estremo, pero, con todo, me esforc� lo m�s que pude, y, con voz tembladora y doliente, le dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecuci�n de tan riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante s� todas las due�as de palacio, que fueron estas que est�n presentes, y, despu�s de haber exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las due�as, sus malas ma�as y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola ten�a, dijo que no quer�a con pena capital castigarnos, sino con otras penas dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo momento y punto que acab� de decir esto, sentimos todas que se nos abr�an los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hall�monos de la manera que ahora ver�is.�
Y luego la Dolorida y las dem�s due�as alzaron los antifaces con que cubiertas ven�an, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas, cu�les rubias, cu�les negras, cu�les blancas y cu�les albarrazadas, de cuya vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don Quijote y Sancho, y at�nitos todos los presentes.
Y la Trifaldi prosigui�:
— �Desta manera nos castig� aquel foll�n y malintencionado de Malambruno, cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, se�ores m�os (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos fuentes, pero la consideraci�n de nuestra desgracia, y los mares que hasta aqu� han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y as�, lo dir� sin l�grimas), digo, pues, que �ad�nde podr� ir una due�a con barbas? �Qu� padre o qu� madre se doler� della? �Qui�n la dar� ayuda? Pues, aun cuando tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y mudas, apenas halla quien bien la quiera, �qu� har� cuando descubra hecho un bosque su rostro? �Oh due�as y compa�eras m�as, en desdichado punto nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!�
Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.
Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como �sta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la curiosidad que tuvo en contarnos las sem�nimas della, sin dejar cosa, por menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las t�citas, aclara las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los �tomos del m�s curioso deseo manifiesta. �Oh autor celeb�rrimo! �Oh don Quijote dichoso! �Oh Dulcinea famosa! �Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por s� viv�is siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los vivientes.
Dice, pues, la historia que, as� como Sancho vio desmayada a la Dolorida, dijo:
— Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los Panzas, que jam�s he o�do ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su pensamiento ha cabido, semejante aventura como �sta. V�lgate mil satanases, por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y �no hallaste otro g�nero de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? �C�mo y no fuera mejor, y a ellas les estuviera m�s a cuento, quitarles la mitad de las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles barbas? Apostar� yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.
— As� es la verdad, se�or —respondi� una de las doce—, que no tenemos hacienda para mondarnos; y as�, hemos tomado algunas de nosotras por remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y aplic�ndolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las due�as de mi se�ora por jam�s quisimos admitirlas, porque las m�s oliscan a terceras, habiendo dejado de ser primas; y si por el se�or don Quijote no somos remediadas, con barbas nos llevar�n a la sepultura.
— Yo me pelar�a las m�as —dijo don Quijote— en tierra de moros, si no remediase las vuestras.
A este punto, volvi� de su desmayo la Trifaldi y dijo:
— El retint�n desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo lleg� a mis o�dos, y ha sido parte para que yo d�l vuelva y cobre todos mis sentidos; y as�, de nuevo os suplico, andante �nclito y se�or indomable, vuestra graciosa promesa se convierta en obra.
— Por m� no quedar� —respondi� don Quijote—: ved, se�ora, qu� es lo que tengo de hacer, que el �nimo est� muy pronto para serviros.
— Es el caso —respondi� la Dolorida —que desde aqu� al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos m�s a menos; pero si se va por el aire y por la l�nea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es tambi�n de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero nuestro libertador, que �l le enviar�a una cabalgadura harto mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llev� el valeroso Pierres robada a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, seg�n es tradici�n antigua, fue compuesto por aquel sabio Merl�n; prest�sele a Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y rob�, como se ha dicho, a la linda Magalona, llev�ndola a las ancas por el aire, dejando embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a quien �l quer�a, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta ahora no sabemos que haya subido alguno en �l. De all� le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve d�l en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy est� aqu� y ma�ana en Francia y otro d�a en Potos�; y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, seg�n camina llano y reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera en �l.
A esto dijo Sancho:
— Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero por la tierra, yo le cutir� con cuantos portantes hay en el mundo.
Ri�ronse todos, y la Dolorida prosigui�:
— Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estar� en nuestra presencia, porque �l me signific� que la se�al que me dar�a por donde yo entendiese que hab�a hallado el caballero que buscaba, ser�a enviarme el caballo, donde fuese con comodidad y presteza.
— Y �cu�ntos caben en ese caballo? —pregunt� Sancho.
La Dolorida respondi�:
— Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta alguna robada doncella.
— Querr�a yo saber, se�ora Dolorida —dijo Sancho—, qu� nombre tiene ese caballo.
— El nombre —respondi� la Dolorida— no es como el caballo de Belorofonte, que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Buc�falo, ni como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalb�n, ni Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, �ltimo rey de los godos, entr� en la batalla donde perdi� la vida y el reino.
— Yo apostar� —dijo Sancho— que, pues no le han dado ninguno desos famosos nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habr�n dado el de mi amo, Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.
— As� es —respondi� la barbada condesa—, pero todav�a le cuadra mucho, porque se llama Clavile�o el Al�gero, cuyo nombre conviene con el ser de le�o, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina; y as�, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.
— No me descontenta el nombre —replic� Sancho—, pero �con qu� freno o con qu� j�quima se gobierna?
— Ya he dicho —respondi� la Trifaldi— que con la clavija, que, volvi�ndola a una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.
— Ya lo querr�a ver —respondi� Sancho—, pero pensar que tengo de subir en �l, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. �Bueno es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda m�s blanda que la mesma seda, y querr�an ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin coj�n ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie: cada cual se rape como m�s le viniere a cuento, que yo no pienso acompa�ar a mi se�or en tan largo viaje. Cuanto m�s, que yo no debo de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el desencanto de mi se�ora Dulcinea.
— S� sois, amigo —respondi� la Trifaldi—, y tanto, que, sin vuestra presencia, entiendo que no haremos nada.
— �Aqu� del rey! —dijo Sancho—: �qu� tienen que ver los escuderos con las aventuras de sus se�ores? �Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban, y hemos de llevar nosotros el trabajo? �Cuerpo de m�! Aun si dijesen los historiadores: "El tal caballero acab� la tal y tal aventura, pero con ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla". Pero, �que escriban a secas: "Don Paralipomen�n de las Tres Estrellas acab� la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su escudero, que se hall� presente a todo, como si no fuera en el mundo! Ahora, se�ores, vuelvo a decir que mi se�or se puede ir solo, y buen provecho le haga, que yo me quedar� aqu�, en compa��a de la duquesa mi se�ora, y podr�a ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la se�ora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.
— Con todo eso, le hab�is de acompa�ar si fuere necesario, buen Sancho, porque os lo rogar�n buenos; que no han de quedar por vuestro in�til temor tan poblados los rostros destas se�oras; que, cierto, ser�a mal caso.
— �Aqu� del rey otra vez! —replic� Sancho—. Cuando esta caridad se hiciera por algunas doncellas recogidas, o por algunas ni�as de la doctrina, pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por quitar las barbas a due�as, �mal a�o! Mas que las viese yo a todas con barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la m�s melindrosa hasta la m�s repulgada.
— Mal est�is con las due�as, Sancho amigo —dijo la duquesa—: mucho os vais tras la opini�n del boticario toledano. Pues a fe que no ten�is raz�n; que due�as hay en mi casa que pueden ser ejemplo de due�as, que aqu� est� mi do�a Rodr�guez, que no me dejar� decir otra cosa.
— Mas que la diga vuestra excelencia —dijo Rodr�guez—, que Dios sabe la verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampi�as que seamos las due�as, tambi�n nos pari� nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues Dios nos ech� en el mundo, �l sabe para qu�, y a su misericordia me atengo, y no a las barbas de nadie.
— Ahora bien, se�ora Rodr�guez —dijo don Quijote—, y se�ora Trifaldi y compa��a, yo espero en el cielo que mirar� con buenos ojos vuestras cuitas, que Sancho har� lo que yo le mandare, ya viniese Clavile�o y ya me viese con Malambruno; que yo s� que no habr�a navaja que con m�s facilidad rapase a vuestras mercedes como mi espada rapar�a de los hombros la cabeza de Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.
— �Ay! —dijo a esta saz�n la Dolorida—, con benignos ojos miren a vuestra grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes, e infundan en vuestro �nimo toda prosperidad y valent�a para ser escudo y amparo del vituperoso y abatido g�nero due�esco, abominado de boticarios, murmurado de escuderos y socali�ado de pajes; que mal haya la bellaca que en la flor de su edad no se meti� primero a ser monja que a due�a. �Desdichadas de nosotras las due�as, que, aunque vengamos por l�nea recta, de var�n en var�n, del mismo H�ctor el troyano, no dejaran de echaros un vos nuestras se�oras, si pensasen por ello ser reinas! �Oh gigante Malambruno, que, aunque eres encantador, eres cert�simo en tus promesas!, env�anos ya al sin par Clavile�o, para que nuestra desdicha se acabe, que si entra el calor y estas nuestras barbas duran, �guay de nuestra ventura!
Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sac� las l�grimas de los ojos de todos los circunstantes, y aun arras� los de Sancho, y propuso en su coraz�n de acompa�ar a su se�or hasta las �ltimas partes del mundo, si es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.
Lleg� en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso caballo Clavile�o viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote, pareci�ndole que, pues Malambruno se deten�a en enviarle, o que �l no era el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno no osaba venir con �l a singular batalla. Pero veis aqu� cuando a deshora entraron por el jard�n cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros tra�an un gran caballo de madera. Pusi�ronle de pies en el suelo, y uno de los salvajes dijo:
— Suba sobre esta m�quina el que tuviere �nimo para ello.
— Aqu� —dijo Sancho— yo no subo, porque ni tengo �nimo ni soy caballero.
Y el salvaje prosigui� diciendo:
— Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y f�ese del valeroso Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra malicia, ser� ofendido; y no hay m�s que torcer esta clavija que sobre el cuello trae puesta, que �l los llevar� por los aires adonde los atiende Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause v�guidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que ser� se�al de haber dado fin a su viaje.
Esto dicho, dejando a Clavile�o, con gentil continente se volvieron por donde hab�an venido. La Dolorida, as� como vio al caballo, casi con l�grimas dijo a don Quijote:
— Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo est� en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no est� en m�s sino en que subas en �l con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo viaje.
— Eso har� yo, se�ora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme a tomar coj�n, ni calzarme espuelas, por no detenerme: tanta es la gana que tengo de veros a vos, se�ora, y a todas estas due�as rasas y mondas.
— Eso no har� yo —dijo Sancho—, ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi se�or otro escudero que le acompa�e, y estas se�oras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar de andar por los aires. Y �qu� dir�n mis insulanos cuando sepan que su gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa m�s: que habiendo tres mil y tantas leguas de aqu� a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de a�os, y ya ni habr� �nsula ni �nsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice com�nmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la vaquilla acudas con la soguilla, perd�nenme las barbas destas se�oras, que bien se est� San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo due�o tan gran bien espero como es verme gobernador.
A lo que el duque dijo:
— Sancho amigo, la �nsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva: ra�ces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancar�n ni mudar�n de donde est� a tres tirones; y, pues vos sab�is que s� yo que no hay ninguno g�nero de oficio destos de mayor cant�a que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cu�l m�s, cu�l menos, el que yo quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro se�or don Quijote a dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volv�is sobre Clavile�o con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mes�n en mes�n y de venta en venta, siempre que volvi�redes hallar�is vuestra �nsula donde la dej�is, y a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que siempre han tenido, y mi voluntad ser� la mesma; y no pong�is duda en esta verdad, se�or Sancho, que ser�a hacer notorio agravio al deseo que de serviros tengo.
— No m�s, se�or —dijo Sancho—: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a cuestas tantas cortes�as; suba mi amo, t�penme estos ojos y encomi�ndenme a Dios, y av�senme si cuando vamos por esas altaner�as podr� encomendarme a Nuestro Se�or o invocar los �ngeles que me favorezcan.
A lo que respondi� Trifaldi:
— Sancho, bien pod�is encomendaros a Dios o a quien quisi�redes, que Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.
— �Ea, pues —dijo Sancho—, Dios me ayude y la Sant�sima Trinidad de Gaeta!
— Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote—, nunca he visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el �nimo. Pero llegaos aqu�, Sancho, que con licencia destos se�ores os quiero hablar aparte dos palabras.
Y, apartando a Sancho entre unos �rboles del jard�n y asi�ndole ambas las manos, le dijo:
— Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios cu�ndo volveremos d�l, ni la comodidad y espacio que nos dar�n los negocios; as�, querr�a que ahora te retirases en tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas, te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que est�s obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendr�s, que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.
— �Par Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como aquello que dicen: "�en priesa me vees y doncellez me demandas!" �Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced raz�n. Vamos ahora a rapar estas due�as, que a la vuelta yo le prometo a vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi obligaci�n, que vuestra merced se contente, y no le digo m�s.
Y don Quijote respondi�:
— Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplir�s, porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre ver�dico.
— No soy verde, sino moreno —dijo Sancho—, pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi palabra.
Y con esto se volvieron a subir en Clavile�o, y al subir dijo don Quijote:
— Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lue�es tierras env�a por nosotros no ser� para enga�arnos, por la poca gloria que le puede redundar de enga�ar a quien d�l se f�a; y, puesto que todo sucediese al rev�s de lo que imagino, la gloria de haber emprendido esta haza�a no la podr� escurecer malicia alguna.
— Vamos, se�or —dijo Sancho—, que las barbas y l�grimas destas se�oras las tengo clavadas en el coraz�n, y no comer� bocado que bien me sepa hasta verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y t�pese primero, que si yo tengo de ir a las ancas, claro est� que primero sube el de la silla.
— As� es la verdad —replic� don Quijote.
Y, sacando un pa�uelo de la faldriquera, pidi� a la Dolorida que le cubriese muy bien los ojos, y, habi�ndoselos cubierto, se volvi� a descubrir y dijo:
— Si mal no me acuerdo, yo he le�do en Virgilio aquello del Paladi�n de Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa Palas, el cual iba pre�ado de caballeros armados, que despu�s fueron la total ruina de Troya; y as�, ser� bien ver primero lo que Clavile�o trae en su est�mago.
— No hay para qu� —dijo la Dolorida—, que yo le f�o y s� que Malambruno no tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, se�or don Quijote, suba sin pavor alguno, y a mi da�o si alguno le sucediere.
Pareci�le a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su seguridad ser�a poner en detrimento su valent�a; y as�, sin m�s altercar, subi� sobre Clavile�o y le tent� la clavija, que f�cilmente se rodeaba; y, como no ten�a estribos y le colgaban las piernas, no parec�a sino figura de tapiz flamenco pintada o tejida en alg�n romano triunfo. De mal talante y poco a poco lleg� a subir Sancho, y, acomod�ndose lo mejor que pudo en las ancas, las hall� algo duras y no nada blandas, y pidi� al duque que, si fuese posible, le acomodasen de alg�n coj�n o de alguna almohada, aunque fuese del estrado de su se�ora la duquesa, o del lecho de alg�n paje, porque las ancas de aquel caballo m�s parec�an de m�rmol que de le�o.
A esto dijo la Trifaldi que ning�n jaez ni ning�n g�nero de adorno sufr�a sobre s� Clavile�o; que lo que pod�a hacer era ponerse a mujeriegas, y que as� no sentir�a tanto la dureza. H�zolo as� Sancho, y, diciendo ''a Dios'', se dej� vendar los ojos, y, ya despu�s de vendados, se volvi� a descubrir, y, mirando a todos los del jard�n tiernamente y con l�grimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemar�as, porque Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se viesen. A lo que dijo don Quijote:
— Ladr�n, �est�s puesto en la horca por ventura, o en el �ltimo t�rmino de la vida, para usar de semejantes plegarias? �No est�s, desalmada y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocup� la linda Magalona, del cual decendi�, no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las historias? Y yo, que voy a tu lado, �no puedo ponerme al del valeroso Pierres, que oprimi� este mismo lugar que yo ahora oprimo? C�brete, c�brete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes, a lo menos en presencia m�a.
— T�penme —respondi� Sancho—; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni que sea encomendado, �qu� mucho que tema no ande por aqu� alguna regi�n de diablos que den con nosotros en Peralvillo?
Cubri�ronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como hab�a de estar, tent� la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las due�as y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:
— �Dios te gu�e, valeroso caballero!
— �Dios sea contigo, escudero intr�pido!
— �Ya, ya vais por esos aires, rompi�ndolos con m�s velocidad que una saeta!
— �Ya comenz�is a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os est�n mirando!
— �Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! �Mira no cayas, que ser� peor tu ca�da que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su padre!
Oy� Sancho las voces, y, apret�ndose con su amo y ci�i�ndole con los brazos, le dijo:
— Se�or, �c�mo dicen �stos que vamos tan altos, si alcanzan ac� sus voces, y no parecen sino que est�n aqu� hablando junto a nosotros?
— No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volater�as van fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas ver�s y oir�s lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no s� de qu� te turbas ni te espantas, que osar� jurar que en todos los d�as de mi vida he subido en cabalgadura de paso m�s llano: no parece sino que no nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.
— As� es la verdad —respondi� Sancho—, que por este lado me da un viento tan recio, que parece que con mil fuelles me est�n soplando.
Y as� era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le falt� requisito que la dejase de hacer perfecta.
Sinti�ndose, pues, soplar don Quijote, dijo:
— Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda regi�n del aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los rel�mpagos y los rayos se engendran en la tercera regi�n, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la regi�n del fuego, y no s� yo c�mo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una ca�a, les calentaban los rostros. Sancho, que sinti� el calor, dijo:
— Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, se�or, por descubrirme y ver en qu� parte estamos.
— No hagas tal —respondi� don Quijote—, y acu�rdate del verdadero cuento del licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una ca�a, cerrados los ojos, y en doce horas lleg� a Roma, y se ape� en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borb�n, y por la ma�ana ya estaba de vuelta en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que hab�a visto; el cual asimismo dijo que cuando iba por el aire le mand� el diablo que abriese los ojos, y los abri�, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no os� mirar a la tierra por no desvanecerse. As� que, Sancho, no hay para qu� descubrirnos; que, el que nos lleva a cargo, �l dar� cuenta de nosotros, y quiz� vamos tomando puntas y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o nebl� sobre la garza para cogerla, por m�s que se remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del jard�n, cre�me que debemos de haber hecho gran camino.
— No s� lo que es —respondi� Sancho Panza—, s�lo s� decir que si la se�ora Magallanes o Magalona se content� destas ancas, que no deb�a de ser muy tierna de carnes.
Todas estas pl�ticas de los dos valientes o�an el duque y la duquesa y los del jard�n, de que recib�an estraordinario contento; y, queriendo dar remate a la estra�a y bien fabricada aventura, por la cola de Clavile�o le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de cohetes tronadores, vol� por los aires, con estra�o ruido, y dio con don Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.
En este tiempo ya se hab�an desparecido del jard�n todo el barbado escuadr�n de las due�as y la Trifaldi y todo, y los del jard�n quedaron como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron at�nitos de verse en el mesmo jard�n de donde hab�an partido y de ver tendido por tierra tanto n�mero de gente; y creci� m�s su admiraci�n cuando a un lado del jard�n vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes letras de oro, estaba escrito lo siguiente:
El �nclito caballero don Quijote de la Mancha feneci� y acab� la aventura de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la due�a Dolorida, y compa��a, con s�lo intentarla.
Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas de las due�as ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia en su pr�stino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil v�pulo, la blanca paloma se ver� libre de los pest�feros girifaltes que la persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que as� est� ordenado por el sabio Merl�n, protoencantador de los encantadores.
Habiendo, pues, don Quijote le�do las letras del pergamino, claro entendi� que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su pasada tez los rostros de las venerables due�as, que ya no parec�an, se fue adonde el duque y la duquesa a�n no hab�an vuelto en s�, y, trabando de la mano al duque, le dijo:
— �Ea, buen se�or, buen �nimo; buen �nimo, que todo es nada! La aventura es ya acabada sin da�o de barras, como lo muestra claro el escrito que en aquel padr�n est� puesto.
El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sue�o recuerda, fue volviendo en s�, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el jard�n estaban ca�dos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi se pod�an dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien sab�an fingir de burlas. Ley� el duque el cartel con los ojos medio cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote, dici�ndole ser el m�s buen caballero que en ning�n siglo se hubiese visto.
Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qu� rostro ten�a sin las barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposici�n promet�a, pero dij�ronle que, as� como Clavile�o baj� ardiendo por los aires y dio en el suelo, todo el escuadr�n de las due�as, con la Trifaldi, hab�a desaparecido, y que ya iban rapadas y sin ca�ones. Pregunt� la duquesa a Sancho que c�mo le hab�a ido en aquel largo viaje. A lo cual Sancho respondi�:
— Yo, se�ora, sent� que �bamos, seg�n mi se�or me dijo, volando por la regi�n del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien ped� licencia para descubrirme, no la consinti�; mas yo, que tengo no s� qu� briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices apart� tanto cuanto el pa�izuelo que me tapaba los ojos, y por all� mir� hacia la tierra, y pareci�me que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se vea cu�n altos deb�amos de ir entonces.
A esto dijo la duquesa:
— Sancho amigo, mirad lo que dec�s, que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y est� claro que si la tierra os pareci� como un grano de mostaza, y cada hombre como una avellana, un hombre solo hab�a de cubrir toda la tierra.
— As� es verdad —respondi� Sancho—, pero, con todo eso, la descubr� por un ladito, y la vi toda.
— Mirad, Sancho —dijo la duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.
— Yo no s� esas miradas —replic� Sancho—: s�lo s� que ser� bien que vuestra se�or�a entienda que, pues vol�bamos por encantamento, por encantamento pod�a yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creer� vuestra merced c�mo, descubri�ndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no hab�a de m� a �l palmo y medio, y por lo que puedo jurar, se�ora m�a, que es muy grande adem�s. Y sucedi� que �bamos por parte donde est�n las siete cabrillas; y en Dios y en mi �nima que, como yo en mi ni�ez fui en mi tierra cabrerizo, que as� como las vi, �me dio una gana de entretenerme con ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y �qu� hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi se�or tampoco, bonita y pasitamente me ape� de Clavile�o, y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhel�es y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavile�o no se movi� de un lugar, ni pas� adelante.
— Y, en tanto que el buen Sancho se entreten�a con las cabras —pregunt� el duque—, �en qu� se entreten�a el se�or don Quijote?
A lo que don Quijote respondi�:
— Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que Sancho diga lo que dice. De m� s� decir que ni me descubr� por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad que sent� que pasaba por la regi�n del aire, y aun que tocaba a la del fuego; pero que pas�semos de all� no lo puedo creer, pues, estando la regi�n del fuego entre el cielo de la luna y la �ltima regi�n del aire, no pod�amos llegar al cielo donde est�n las siete cabrillas que Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o Sancho sue�a.
— Ni miento ni sue�o —respondi� Sancho—: si no, preg�ntenme las se�as de las tales cabras, y por ellas ver�n si digo verdad o no.
— D�galas, pues, Sancho —dijo la duquesa.
— Son —respondi� Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de mezcla.
— Nueva manera de cabras es �sa —dijo el duque—, y por esta nuestra regi�n del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.
— Bien claro est� eso —dijo Sancho—; s�, que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del suelo.
— Decidme, Sancho —pregunt� el duque—: �vistes all� en entre esas cabras alg�n cabr�n?
— No, se�or —respondi� Sancho—, pero o� decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.
No quisieron preguntarle m�s de su viaje, porque les pareci� que llevaba Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto all� pasaba, sin haberse movido del jard�n.
En resoluci�n, �ste fue el fin de la aventura de la due�a Dolorida, que dio que re�r a los duques, no s�lo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los viviera; y, lleg�ndose don Quijote a Sancho, al o�do le dijo:
— Sancho, pues vos quer�is que se os crea lo que hab�is visto en el cielo, yo quiero que vos me cre�is a m� lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo m�s.
Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante, viendo el acomodado sujeto que ten�an para que se tuviesen por veras; y as�, habiendo dado la traza y �rdenes que sus criados y sus vasallos hab�an de guardar con Sancho en el gobierno de la �nsula prometida, otro d�a, que fue el que sucedi� al vuelo de Clavile�o, dijo el duque a Sancho que se adeli�ase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humill� y le dijo:
— Despu�s que baj� del cielo, y despu�s que desde su alta cumbre mir� la tierra y la vi tan peque�a, se templ� en parte en m� la gana que ten�a tan grande de ser gobernador; porque, �qu� grandeza es mandar en un grano de mostaza, o qu� dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres tama�os como avellanas, que, a mi parecer, no hab�a m�s en toda la tierra? Si vuestra se�or�a fuese servido de darme una tantica parte del cielo, aunque no fuese m�s de media legua, la tomar�a de mejor gana que la mayor �nsula del mundo.
— Mirad, amigo Sancho —respondi� el duque—: yo no puedo dar parte del cielo a nadie, aunque no sea mayor que una u�a, que a solo Dios est�n reservadas esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una �nsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera f�rtil y abundosa, donde si vos os sab�is dar ma�a, pod�is con las riquezas de la tierra granjear las del cielo.
— Ahora bien —respondi� Sancho—, venga esa �nsula, que yo pugnar� por ser tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores, sino por el deseo que tengo de probar a qu� sabe el ser gobernador.
— Si una vez lo prob�is, Sancho —dijo el duque—, comeros heis las manos tras el gobierno, por ser dulc�sima cosa el mandar y ser obedecido. A buen seguro que cuando vuestro due�o llegue a ser emperador, que lo ser� sin duda, seg�n van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado de serlo.
— Se�or —replic� Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un hato de ganado.
— Con vos me entierren, Sancho, que sab�is de todo —respondi� el duque—, y yo espero que ser�is tal gobernador como vuestro juicio promete, y qu�dese esto aqu� y advertid que ma�ana en ese mesmo d�a hab�is de ir al gobierno de la �nsula, y esta tarde os acomodar�n del traje conveniente que hab�is de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.
— V�stanme —dijo Sancho— como quisieren, que de cualquier manera que vaya vestido ser� Sancho Panza.
— As� es verdad —dijo el duque—, pero los trajes se han de acomodar con el oficio o dignidad que se profesa, que no ser�a bien que un jurisperito se vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, ir�is vestido parte de letrado y parte de capit�n, porque en la �nsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.
— Letras —respondi� Sancho—, pocas tengo, porque a�n no s� el A, B, C; pero b�stame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las armas manejar� las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.
— Con tan buena memoria —dijo el duque—, no podr� Sancho errar en nada.
En esto lleg� don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que Sancho se hab�a de partir a su gobierno, con licencia del duque le tom� por la mano y se fue con �l a su estancia, con intenci�n de aconsejarle c�mo se hab�a de haber en su oficio.
Entrados, pues, en su aposento, cerr� tras s� la puerta, y hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a �l, y con reposada voz le dijo:
— Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te ten�a librada la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y t�, antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porf�an, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber c�mo ni c�mo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y aqu� entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones. T�, que para m�, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballer�a, sin m�s ni m�s te vees gobernador de una �nsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, �oh Sancho!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas, y despu�s las dar�s a la grandeza que en s� encierra la profesi�n de la caballer�a andante. Dispuesto, pues, el coraz�n a creer lo que te he dicho, est�, �oh hijo!, atento a este tu Cat�n, que quiere aconsejarte y ser norte y gu�a que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones. Primeramente, �oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle est� la sabidur�a, y siendo sabio no podr�s errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el m�s dif�cil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldr� el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendr� a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideraci�n de haber guardado puercos en tu tierra.
— As� es la verdad —respondi� Sancho—, pero fue cuando muchacho; pero despu�s, algo hombrecillo, gansos fueron los que guard�, que no puercos; pero esto par�ceme a m� que no hace al caso, que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes.
— As� es verdad —replic� don Quijote—, por lo cual los no de principios nobles deben acompa�ar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuraci�n maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondr� a correrte; y pr�ciate m�s de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qu� tener envidia a los que los tienen de pr�ncipes y se�ores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por s� sola lo que la sangre no vale. Siendo esto as�, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando est�s en tu �nsula alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfar�s al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que �l hizo, y corresponder�s a lo que debes a la naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo est�n sin las propias), ens��ala, doctr�nala y desb�stala de su natural rudeza, porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar una mujer r�stica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de ca�a de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagar� con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida. Nunca te gu�es por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti m�s compasi�n las l�grimas del pobre, pero no m�s justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y d�divas del rico, como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la d�diva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar alg�n pleito de alg�n tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasi�n propia en la causa ajena, que los yerros que en ella hicieres, las m�s veces, ser�n sin remedio; y si le tuvieren, ser� a costa de tu cr�dito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus l�grimas y tus o�dos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu raz�n en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la a�adidura de las malas razones. Al culpado que cayere debajo de tu juridici�n consid�rale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, mu�stratele piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales, m�s resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, ser�n luengos tus d�as, tu fama ser� eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casar�s tus hijos como quisieres, t�tulos tendr�n ellos y tus nietos, vivir�s en paz y benepl�cito de las gentes, y en los �ltimos pasos de la vida te alcanzar� el de la muerte, en vejez suave y madura, y cerrar�n tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos. Esto que hasta aqu� te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.
�Qui�n oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en toc�ndole en la caballer�a, y en los dem�s discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras; pero en �sta destos segundos documentos que dio a Sancho, mostr� tener gran donaire, y puso su discreci�n y su locura en un levantado punto.
Atent�simamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria sus consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto de la pre�ez de su gobierno. Prosigui�, pues, don Quijote, y dijo:
— En lo que toca a c�mo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las u�as, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las u�as largas les hermosean las manos, como si aquel escremento y a�adidura que se dejan de cortar fuese u�a, siendo antes garras de cern�calo lagartijero: puerco y extraordinario abuso. No andes, Sancho, desce�ido y flojo, que el vestido descompuesto da indicios de �nimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad no cae debajo de socarroner�a, como se juzg� en la de Julio C�sar. Toma con discreci�n el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des librea a tus criados, d�sela honesta y provechosa m�s que vistosa y bizarra, y rep�rtela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis pajes, viste tres y otros tres pobres, y as� tendr�s pajes para el cielo y para el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los vanagloriosos. No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villaner�a. Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectaci�n es mala. Come poco y cena m�s poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del est�mago. S� templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.
— Eso de erutar no entiendo —dijo Sancho.
Y don Quijote le dijo:
— Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y �ste es uno de los m�s torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y as�, la gente curiosa se ha acogido al lat�n, y al regoldar dice erutar, y a los reg�eldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos t�rminos, importa poco, que el uso los ir� introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.
— En verdad, se�or —dijo Sancho—, que uno de los consejos y avisos que pienso llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a menudo.
— Erutar, Sancho, que no regoldar —dijo don Quijote.
— Erutar dir� de aqu� adelante —respondi� Sancho—, y a fee que no se me olvide.
— Tambi�n, Sancho, no has de mezclar en tus pl�ticas la muchedumbre de refranes que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los traes tan por los cabellos, que m�s parecen disparates que sentencias.
— Eso Dios lo puede remediar —respondi� Sancho—, porque s� m�s refranes que un libro, y vi�nenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que ri�en por salir unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque no vengan a pelo. Mas yo tendr� cuenta de aqu� adelante de decir los que convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena, y quien destaja no baraja, y a buen salvo est� el que repica, y el dar y el tener seso ha menester.
— �Eso s�, Sancho! —dijo don Quijote—: �encaja, ensarta, enhila refranes, que nadie te va a la mano! �Cast�game mi madre, y yo tr�mpogelas! Estoyte diciendo que escuses refranes, y en un instante has echado aqu� una letan�a dellos, que as� cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de �beda. Mira, Sancho, no te digo yo que parece mal un refr�n tra�do a prop�sito, pero cargar y ensartar refranes a troche moche hace la pl�tica desmayada y baja. Cuando subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arz�n postrero, ni lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni tampoco vayas tan flojo que parezca que vas sobre el rucio: que el andar a caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos. Sea moderado tu sue�o, que el que no madruga con el sol, no goza del d�a; y advierte, �oh Sancho!, que la diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jam�s lleg� al t�rmino que pide un buen deseo. Este �ltimo consejo que ahora darte quiero, puesto que no sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en la memoria, que creo que no te ser� de menos provecho que los que hasta aqu� te he dado; y es que jam�s te pongas a disputar de linajes, a lo menos, compar�ndolos entre s�, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser el mejor, y del que abatieres ser�s aborrecido, y del que levantares en ninguna manera premiado. Tu vestido ser� calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco m�s largo; greguescos, ni por pienso, que no les est�n bien ni a los caballeros ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que aconsejarte; andar� el tiempo, y, seg�n las ocasiones, as� ser�n mis documentos, como t� tengas cuidado de avisarme el estado en que te hallares.
— Se�or —respondi� Sancho—, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho son cosas buenas, santas y provechosas, pero �de qu� han de servir, si de ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las u�as y de casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasar� del mag�n, pero esotros badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni acordar� m�s dellos que de las nubes de anta�o, y as�, ser� menester que se me den por escrito, que, puesto que no s� leer ni escribir, yo se los dar� a mi confesor para que me los encaje y recapacite cuando fuere menester.
— �Ah, pecador de m� —respondi� don Quijote—, y qu� mal parece en los gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, �oh Sancho!, que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas: o que fue hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o �l tan travieso y malo que no pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta es la que llevas contigo, y as�, querr�a que aprendieses a firmar siquiera.
— Bien s� firmar mi nombre —respondi� Sancho—, que cuando fui prioste en mi lugar, aprend� a hacer unas letras como de marca de fardo, que dec�an que dec�a mi nombre; cuanto m�s, que fingir� que tengo tullida la mano derecha, y har� que firme otro por m�; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, har� lo que quisiere; cuanto m�s, que el que tiene el padre alcalde... Y, siendo yo gobernador, que es m�s que ser alcalde, �llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y cal��enme, que vendr�n por lana y volver�n trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y, si�ndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habr� falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, dec�a una mi ag�ela, y del hombre arraigado no te ver�s vengado.
— �Oh, maldito seas de Dios, Sancho! —dijo a esta saz�n don Quijote—. �Sesenta mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los est�s ensartando y d�ndome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos refranes te han de llevar un d�a a la horca; por ellos te han de quitar el gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, �d�nde los hallas, ignorante, o c�mo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?
— Por Dios, se�or nuestro amo —replic� Sancho—, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. �A qu� diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y m�s refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que ven�an aqu� pintiparados, o como peras en tabaque, pero no los dir�, porque al buen callar llaman Sancho.
— Ese Sancho no eres t� —dijo don Quijote—, porque no s�lo no eres buen callar, sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querr�a saber qu� cuatro refranes te ocurr�an ahora a la memoria que ven�an aqu� a prop�sito, que yo ando recorriendo la m�a, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.
— �Qu� mejores —dijo Sancho— que "entre dos muelas cordales nunca pongas tus pulgares", y "a idos de mi casa y qu� quer�is con mi mujer, no hay responder", y "si da el c�ntaro en la piedra o la piedra en el c�ntaro, mal para el c�ntaro", todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el que le manda, porque saldr� lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que dijere el gobernador no hay que replicar, como al "sal�os de mi casa y qu� quer�is con mi mujer". Pues lo de la piedra en el c�ntaro un ciego lo ver�. As� que, es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo, porque no se diga por �l: "espant�se la muerta de la degollada", y vuestra merced sabe bien que m�s sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.
— Eso no, Sancho —respondi� don Quijote—, que el necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta ning�n discreto edificio. Y dejemos esto aqu�, Sancho, que si mal gobernares, tuya ser� la culpa, y m�a la verg�enza; mas consu�lome que he hecho lo que deb�a en aconsejarte con las veras y con la discreci�n a m� posible: con esto salgo de mi obligaci�n y de mi promesa. Dios te gu�e, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a m� me saque del escr�pulo que me queda que has de dar con toda la �nsula patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque qui�n eres, dici�ndole que toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y de malicias.
— Se�or —replic� Sancho—, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aqu� le suelto, que m�s quiero un solo negro de la u�a de mi alma que a todo mi cuerpo; y as� me sustentar� Sancho a secas con pan y cebolla, como gobernador con perdices y capones; y m�s que, mientras se duerme, todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si vuestra merced mira en ello, ver� que s�lo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no s� m�s de gobiernos de �nsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, m�s me quiero ir Sancho al cielo que gobernador al infierno.
— Por Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que, por solas estas �ltimas razones que has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil �nsulas: buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga; encomi�ndate a Dios, y procura no errar en la primera intenci�n; quiero decir que siempre tengas intento y firme prop�sito de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo los buenos deseos. Y v�monos a comer, que creo que ya estos se�ores nos aguardan.
Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide Hamete a escribir este cap�tulo, no le tradujo su int�rprete como �l le hab�a escrito, que fue un modo de queja que tuvo el moro de s� mismo, por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote, por parecerle que siempre hab�a de hablar d�l y de Sancho, sin osar estenderse a otras digresiones y episodios m�s graves y m�s entretenidos; y dec�a que el ir siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que, por huir deste inconveniente, hab�a usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capit�n cautivo, que est�n como separadas de la historia, puesto que las dem�s que all� se cuentan son casos sucedidos al mismo don Quijote, que no pod�an dejar de escribirse. Tambi�n pens�, como �l dice, que muchos, llevados de la atenci�n que piden las haza�as de don Quijote, no la dar�an a las novelas, y pasar�an por ellas, o con priesa o con enfado, sin advertir la gala y artificio que en s� contienen, el cual se mostrara bien al descubierto cuando, por s� solas, sin arrimarse a las locuras de don Quijote ni a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y as�, en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen, nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y aun �stos, limitadamente y con solas las palabras que bastan a declararlos; y, pues se contiene y cierra en los estrechos l�mites de la narraci�n, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir.
Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don Quijote, el d�a que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos, para que �l buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo dado, cuando se le cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunic� con la duquesa, y los dos se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don Quijote; y as�, llevando adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompa�amiento al lugar que para �l hab�a de ser �nsula.
Acaeci�, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy discreto y muy gracioso —que no puede haber gracia donde no hay discreci�n—, el cual hab�a hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el donaire que queda referido; y con esto, y con ir industriado de sus se�ores de c�mo se hab�a de haber con Sancho, sali� con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeci� que, as� como Sancho vio al tal mayordomo, se le figur� en su rostro el mesmo de la Trifaldi, y, volvi�ndose a su se�or, le dijo:
— Se�or, o a m� me ha de llevar el diablo de aqu� de donde estoy, en justo y en creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del duque, que aqu� est�, es el mesmo de la Dolorida.
Mir� don Quijote atentamente al mayordomo, y, habi�ndole mirado, dijo a Sancho:
— No hay para qu� te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no s� lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo, implicar�a contradici�n muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que ser�a entrarnos en intricados laberintos. Cr�eme, amigo, que es menester rogar a Nuestro Se�or muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de malos encantadores.
— No es burla, se�or —replic� Sancho—, sino que denantes le o� hablar, y no pareci� sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los o�dos. Ahora bien, yo callar�, pero no dejar� de andar advertido de aqu� adelante, a ver si descubre otra se�al que confirme o desfaga mi sospecha.
— As� lo has de hacer, Sancho —dijo don Quijote—, y dar�sme aviso de todo lo que en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.
Sali�, en fin, Sancho, acompa�ado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima un gab�n muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo, sobre un macho a la jineta, y detr�s d�l, por orden del duque, iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volv�a Sancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compa��a iba tan contento que no se trocara con el emperador de Alema�a.
Al despedirse de los duques, les bes� las manos, y tom� la bendici�n de su se�or, que se la dio con l�grimas, y Sancho la recibi� con pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos fanegas de risa, que te ha de causar el saber c�mo se port� en su cargo, y, en tanto, atiende a saber lo que le pas� a su amo aquella noche; que si con ello no rieres, por lo menos desplegar�s los labios con risa de jimia, porque los sucesos de don Quijote, o se han de celebrar con admiraci�n, o con risa.
Cu�ntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sinti� su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisi�n y quitarle el gobierno, lo hiciera. Conoci� la duquesa su melancol�a, y pregunt�le que de qu� estaba triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, due�as y doncellas hab�a en su casa que le servir�an muy a satisfaci�n de su deseo.
— Verdad es, se�ora m�a —respondi� don Quijote—, que siento la ausencia de Sancho, pero no es �sa la causa principal que me hace parecer que estoy triste, y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace, solamente acepto y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo dem�s, suplico a Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y permita que yo solo sea el que me sirva.
— En verdad —dijo la duquesa—, se�or don Quijote, que no ha de ser as�: que le han de servir cuatro doncellas de las m�as, hermosas como unas flores.
— Para m� —respondi� don Quijote— no ser�n ellas como flores, sino como espinas que me puncen el alma. As� entrar�n ellas en mi aposento, ni cosa que lo parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante el hacerme merced sin yo merecerla, d�jeme que yo me las haya conmigo, y que yo me sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y, en resoluci�n, antes dormir� vestido que consentir que nadie me desnude.
— No m�s, no m�s, se�or don Quijote —replic� la duquesa—. Por m� digo que dar� orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella; no soy yo persona, que por m� se ha de descabalar la decencia del se�or don Quijote; que, seg�n se me ha traslucido, la que m�s campea entre sus muchas virtudes es la de la honestidad. Desn�dese vuesa merced y v�stase a sus solas y a su modo, como y cuando quisiere, que no habr� quien lo impida, pues dentro de su aposento hallar� los vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre estendido por toda la redondez de la tierra, pues mereci� ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infundan en el coraz�n de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la belleza de tan gran se�ora.
A lo cual dijo don Quijote:
— Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas se�oras no ha de haber ninguna que sea mala; y m�s venturosa y m�s conocida ser� en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por todas las alabanzas que puedan darle los m�s elocuentes de la tierra.
— Agora bien, se�or don Quijote —replic� la duquesa—, la hora de cenar se llega, y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y acostar�se temprano, que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto que no haya causado alg�n molimiento.
— No siento ninguno, se�ora —respondi� don Quijote—, porque osar� jurar a Vuestra Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia m�s reposada ni de mejor paso que Clavile�o; y no s� yo qu� le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla as�, sin m�s ni m�s.
— A eso se puede imaginar —respondi� la duquesa— que, arrepentido del mal que hab�a hecho a la Trifaldi y compa��a, y a otras personas, y de las maldades que como hechicero y encantador deb�a de haber cometido, quiso concluir con todos los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que m�s le tra�a desasosegado, vagando de tierra en tierra, abras� a Clavile�o; que con sus abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran don Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don Quijote se retir� en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con �l a servirle: tanto se tem�a de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a perder el honesto decoro que a su se�ora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la imaginaci�n la bondad de Amad�s, flor y espejo de los andantes caballeros. Cerr� tras s� la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnud�, y al descalzarse —�oh desgracia indigna de tal persona!— se le soltaron, no suspiros, ni otra cosa, que desacreditasen la limpieza de su polic�a, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que qued� hecha celos�a. Afligi�se en estremo el buen se�or, y diera �l por tener all� un adarme de seda verde una onza de plata; digo seda verde porque las medias eran verdes.
Aqu� exclam� Benengeli, y, escribiendo, dijo ''�Oh pobreza, pobreza! �No s� yo con qu� raz�n se movi� aquel gran poeta cordob�s a llamarte
d�diva santa desagradecida!
Yo, aunque moro, bien s�, por la comunicaci�n que he tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus mayores santos: "Tened todas las cosas como si no las tuvi�sedes"; y a esto llaman pobreza de esp�ritu; pero t�, segunda pobreza, que eres de la que yo hablo, �por qu� quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos m�s que con la otra gente? �Por qu� los obligas a dar pantalia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas, y otros de vidro? �Por qu� sus cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no abiertos con molde?'' Y en esto se echar� de ver que es antiguo el uso del almid�n y de los cuellos abiertos. Y prosigui�: ''�Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hip�crita al palillo de dientes con que sale a la calle despu�s de no haber comido cosa que le obligue a limpi�rselos! �Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su est�mago!''
Todo esto se le renov� a don Quijote en la soltura de sus puntos, pero consol�se con ver que Sancho le hab�a dejado unas botas de camino, que pens� ponerse otro d�a. Finalmente, �l se recost� pensativo y pesaroso, as� de la falta que Sancho le hac�a como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos, aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores se�ales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza. Mat� las velas; hac�a calor y no pod�a dormir; levant�se del lecho y abri� un poco la ventana de una reja que daba sobre un hermoso jard�n, y, al abrirla, sinti� y oy� que andaba y hablaba gente en el jard�n. P�sose a escuchar atentamente. Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo o�r estas razones:
— No me porf�es, �oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto que este forastero entr� en este castillo y mis ojos le miraron, yo no s� cantar, sino llorar; cuanto m�s, que el sue�o de mi se�ora tiene m�s de ligero que de pesado, y no querr�a que nos hallase aqu� por todo el tesoro del mundo. Y, puesto caso que durmiese y no despertase, en vano ser�a mi canto si duerme y no despierta para o�rle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones para dejarme escarnida.
— No des en eso, Altisidora amiga —respondieron—, que sin duda la duquesa y cuantos hay en esa casa duermen, si no es el se�or de tu coraz�n y el despertador de tu alma, porque ahora sent� que abr�a la ventana de la reja de su estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada m�a, en tono bajo y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la culpa al calor que hace.
— No est� en eso el punto, �oh Emerencia! —respondi� la Altisidora—, sino en que no querr�a que mi canto descubriese mi coraz�n y fuese juzgada de los que no tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza y liviana. Pero venga lo que viniere, que m�s vale verg�enza en cara que mancilla en coraz�n.
Y, en esto, sinti� tocar una arpa suav�simamente. Oyendo lo cual, qued� don Quijote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las infinitas aventuras semejantes a aqu�lla, de ventanas, rejas y jardines, m�sicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de caballer�as hab�a le�do. Luego imagin� que alguna doncella de la duquesa estaba d�l enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad; temi� no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y, encomend�ndose de todo buen �nimo y buen talante a su se�ora Dulcinea del Toboso, determin� de escuchar la m�sica; y, para dar a entender que all� estaba, dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra cosa no deseaban sino que don Quijote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la arpa, Altisidora dio principio a este romance:
-�Oh, t�, que est�s en tu lecho,
entre s�banas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la ma�ana,
caballero el m�s valiente
que ha producido la Mancha,
m�s honesto y m�s bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
T� buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia,
o en las monta�as de Jaca;
si sierpes te dieron leche;
si, a dicha, fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de las monta�as.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto ser� famosa
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Troc�reme yo por ella,
y diera encima una saya
de las m�s gayadas m�as,
que de oro le adornan franjas.
�Oh, qui�n se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rasc�ndote la cabeza
y mat�ndote la caspa!
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan se�alada:
los pies quisiera traerte,
que a una humilde esto le basta.
�Oh, qu� de cofias te diera,
qu� de escarpines de plata,
qu� de calzas de damasco,
qu� de herreruelos de holanda!
�Qu� de fin�simas perlas,
cada cual como una agalla,
que, a no tener compa�eras,
Las solas fueran llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Ner�n manchego del mundo,
ni le avives con tu sa�a.
Ni�a soy, pulcela tierna,
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses,
te juro en Dios y en mi �nima.
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca;
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y, aunque es mi boca aguile�a
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es m�s dulce iguala,
y soy de disposici�n
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias m�as,
son despojos de tu aljaba;
desta casa soy doncella,
y Altisidora me llaman.
Aqu� dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenz� el asombro del requirido don Quijote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre s�:
— �Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de m� no se enamore...! �Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la incomparable firmeza m�a...! �Qu� la quer�is, reinas? �A qu� la persegu�s, emperatrices? �Para qu� la acos�is, doncellas de a catorce a quince a�os? Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en rendirle mi coraz�n y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y para todas las dem�s soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras ac�bar; para m� sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las dem�s, las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no de otra alguna, me arroj� la naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora; desesp�rese Madama, por quien me aporrearon en el castillo del moro encantado, que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto, a pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerr� de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acost� en su lecho, donde le dejaremos por ahora, porque nos est� llamando el gran Sancho Panza, que quiere dar principio a su famoso gobierno.
�Oh perpetuo descubridor de los ant�podas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo dulce de las cantimploras, Timbrio aqu�, Febo all�, tirador ac�, m�dico acull�, padre de la Poes�a, inventor de la M�sica: t� que siempre sales, y, aunque lo parece, nunca te pones! A ti digo, �oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio, para que pueda discurrir por sus puntos en la narraci�n del gobierno del gran Sancho Panza; que sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompa�amiento lleg� Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque ten�a. Di�ronle a entender que se llamaba la �nsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por el barato con que se le hab�a dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, sali� el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegr�a, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas rid�culas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por perpetuo gobernador de la �nsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y peque�ez del nuevo gobernador ten�a admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sab�a, y aun a todos los que lo sab�an, que eran muchos. Finalmente, en sac�ndole de la iglesia, le llevaron a la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo del duque le dijo:
— Es costumbre antigua en esta �nsula, se�or gobernador, que el que viene a tomar posesi�n desta famosa �nsula est� obligado a responder a una pregunta que se le hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y as�, o se alegra o se entristece con su venida.
En tanto que el mayordomo dec�a esto a Sancho, estaba �l mirando unas grandes y muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas; y, como �l no sab�a leer, pregunt� que qu� eran aquellas pinturas que en aquella pared estaban. Fuele respondido:
— Se�or, all� esta escrito y notado el d�a en que Vuestra Se�or�a tom� posesi�n desta �nsula, y dice el epitafio: Hoy d�a, a tantos de tal mes y de tal a�o, tom� la posesi�n desta �nsula el se�or don Sancho Panza, que muchos a�os la goce.
— Y �a qui�n llaman don Sancho Panza? —pregunt� Sancho.
— A vuestra se�or�a —respondi� el mayordomo—, que en esta �nsula no ha entrado otro Panza sino el que est� sentado en esa silla.
— Pues advertid, hermano —dijo Sancho—, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llam� mi padre, y Sancho mi ag�elo, y todos fueron Panzas, sin a�adiduras de dones ni donas; y yo imagino que en esta �nsula debe de haber m�s dones que piedras; pero basta: Dios me entiende, y podr� ser que, si el gobierno me dura cuatro d�as, yo escardar� estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase adelante con su pregunta el se�or mayordomo, que yo responder� lo mejor que supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y el otro de sastre, porque tra�a unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:
— Se�or gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en raz�n que este buen hombre lleg� a mi tienda ayer (que yo, con perd�n de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poni�ndome un pedazo de pa�o en las manos, me pregunt�: ''Se�or, �habr�a en esto pa�o harto para hacerme una caperuza?'' Yo, tanteando el pa�o, le respond� que s�; �l debi�se de imaginar, a lo que yo imagino, e imagin� bien, que sin duda yo le quer�a hurtar alguna parte del pa�o, fund�ndose en su malicia y en la mala opini�n de los sastres, y replic�me que mirase si habr�a para dos; adivin�le el pensamiento y d�jele que s�; y �l, caballero en su da�ada y primera intenci�n, fue a�adiendo caperuzas, y yo a�adiendo s�es, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su pa�o.
— �Es todo esto as�, hermano? —pregunt� Sancho.
— S�, se�or —respondi� el hombre—, pero h�gale vuestra merced que muestre las cinco caperuzas que me ha hecho.
— De buena gana —respondi� el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostr� en ella cinco caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
— He aqu� las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi conciencia que no me ha quedado nada del pa�o, y yo dar� la obra a vista de veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:
— Par�ceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego a juicio de buen var�n; y as�, yo doy por sentencia que el sastre pierda las hechuras, y el labrador el pa�o, y las caperuzas se lleven a los presos de la c�rcel, y no haya m�s.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movi� a admiraci�n a los circunstantes, �sta les provoc� a risa; pero, en fin, se hizo lo que mand� el gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno tra�a una ca�aheja por b�culo, y el sin b�culo dijo:
— Se�or, a este buen hombre le prest� d�as ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condici�n que me los volviese cuando se los pidiese; pas�ronse muchos d�as sin ped�rselos, por no ponerle en mayor necesidad de volv�rmelos que la que �l ten�a cuando yo se los prest�; pero, por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez escudos le prest�, y que si se los prest�, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querr�a que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aqu� y para delante de Dios.
— �Qu� dec�s vos a esto, buen viejo del b�culo? —dijo Sancho.
A lo que dijo el viejo:
— Yo, se�or, confieso que me los prest�, y baje vuestra merced esa vara; y, pues �l lo deja en mi juramento, yo jurar� como se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.
Baj� el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del b�culo dio el b�culo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le hab�an prestado aquellos diez escudos que se le ped�an; pero que �l se los hab�a vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volv�a a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, pregunt� al acreedor qu� respond�a a lo que dec�a su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor deb�a de decir verdad, porque le ten�a por hombre de bien y buen cristiano, y que a �l se le deb�a de haber olvidado el c�mo y cu�ndo se los hab�a vuelto, y que desde all� en adelante jam�s le pidir�a nada. Torn� a tomar su b�culo el deudor, y, bajando la cabeza, se sali� del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin m�s ni m�s se iba, y viendo tambi�n la paciencia del demandante, inclin� la cabeza sobre el pecho, y, poni�ndose el �ndice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un peque�o espacio, y luego alz� la cabeza y mand� que le llamasen al viejo del b�culo, que ya se hab�a ido. Truj�ronsele, y, en vi�ndole Sancho, le dijo:
— Dadme, buen hombre, ese b�culo, que le he menester.
— De muy buena gana —respondi� el viejo—: hele aqu�, se�or.
Y p�sosele en la mano. Tom�le Sancho, y, d�ndosele al otro viejo, le dijo:
— Andad con Dios, que ya vais pagado.
— �Yo, se�or? —respondi� el viejo—. Pues, �vale esta ca�aheja diez escudos de oro?
— S� —dijo el gobernador—; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se ver� si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mand� que all�, delante de todos, se rompiese y abriese la ca�a. H�zose as�, y en el coraz�n della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y tuvieron a su gobernador por un nuevo Salom�n.
Pregunt�ronle de d�nde hab�a colegido que en aquella ca�aheja estaban aquellos diez escudos, y respondi� que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel b�culo, en tanto que hac�a el juramento, y jurar que se los hab�a dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le torn� a pedir el b�culo, le vino a la imaginaci�n que dentro d�l estaba la paga de lo que ped�an. De donde se pod�a colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y m�s, que �l hab�a o�do contar otro caso como aqu�l al cura de su lugar, y que �l ten�a tan gran memoria, que, a no olvid�rsele todo aquello de que quer�a acordarse, no hubiera tal memoria en toda la �nsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escrib�a las palabras, hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendr�a y pondr�a por tonto o por discreto.
Luego, acabado este pleito, entr� en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vestido de ganadero rico, la cual ven�a dando grandes voces, diciendo:
— �Justicia, se�or gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la ir� a buscar al cielo! Se�or gobernador de mi �nima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, �desdichada de m�!, me ha llevado lo que yo ten�a guardado m�s de veinte y tres a�os ha, defendi�ndolo de moros y cristianos, de naturales y estranjeros; y yo, siempre dura como un alcornoque, conserv�ndome entera como la salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
— Aun eso est� por averiguar: si tiene limpias o no las manos este gal�n — dijo Sancho.
Y, volvi�ndose al hombre, le dijo qu� dec�a y respond�a a la querella de aquella mujer. El cual, todo turbado, respondi�:
— Se�ores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta ma�ana sal�a deste lugar de vender, con perd�n sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socali�as poco menos de lo que ellos val�an; volv�ame a mi aldea, top� en el camino a esta buena due�a, y el diablo, que todo lo a�asca y todo lo cuece, hizo que yog�semos juntos; pagu�le lo soficiente, y ella, mal contenta, asi� de m�, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forc�, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y �sta es toda la verdad, sin faltar meaja.
Entonces el gobernador le pregunt� si tra�a consigo alg�n dinero en plata; �l dijo que hasta veinte ducados ten�a en el seno, en una bolsa de cuero. Mand� que la sacase y se la entregase, as� como estaba, a la querellante; �l lo hizo temblando; tom�la la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por la vida y salud del se�or gobernador, que as� miraba por las hu�rfanas menesterosas y doncellas; y con esto se sali� del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos, aunque primero mir� si era de plata la moneda que llevaba dentro.
Apenas sali�, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las l�grimas, y los ojos y el coraz�n se iban tras su bolsa:
— Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aqu� con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego parti� como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de all� a poco volvieron el hombre y la mujer m�s asidos y aferrados que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quit�rsela; mas no era posible, seg�n la mujer la defend�a, la cual daba voces diciendo:
— �Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, se�or gobernador, la poca verg�enza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y en mitad de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mand� darme.
— Y �h�osla quitado? —pregunt� el gobernador.
— �C�mo quitar? —respondi� la mujer—. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa. �Bonita es la ni�a! �Otros gatos me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! �Tenazas y martillos, mazos y escoplos no ser�n bastantes a sac�rmela de las u�as, ni aun garras de leones: antes el �nima de en mitad en mitad de las carnes!
— Ella tiene raz�n —dijo el hombre—, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las m�as no son bastantes para quit�rsela, y d�jola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
— Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvi� al hombre, y dijo a la esforzada y no forzada:
— Hermana m�a, si el mismo aliento y valor que hab�is mostrado para defender esta bolsa le mostr�rades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de H�rcules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de enhoramala, y no par�is en toda esta �nsula ni en seis leguas a la redonda, so pena de docientos azotes. �Andad luego digo, churrillera, desvergonzada y embaidora!
Espant�se la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:
— Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aqu� adelante, si no le quer�is perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador. Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al duque, que con gran deseo lo estaba esperando.
Y qu�dese aqu� el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo, alborozado con la m�sica de Altisidora.
Dejamos al gran don Quijote envuelto en los pensamientos que le hab�an causado la m�sica de la enamorada doncella Altisidora. Acost�se con ellos, y, como si fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y junt�bansele los que le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el tiempo, y no hay barranco que le detenga, corri� caballero en las horas, y con mucha presteza lleg� la de la ma�ana. Lo cual visto por don Quijote, dej� las blandas plumas, y, no nada perezoso, se visti� su acamuzado vestido y se calz� sus botas de camino, por encubrir la desgracia de sus medias; arroj�se encima su mant�n de escarlata y p�sose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de plata; colg� el tahel� de sus hombros con su buena y tajadora espada, asi� un gran rosario que consigo contino tra�a, y con gran prosopopeya y contoneo sali� a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como esper�ndole; y, al pasar por una galer�a, estaban aposta esper�ndole Altisidora y la otra doncella su amiga, y, as� como Altisidora vio a don Quijote, fingi� desmayarse, y su amiga la recogi� en sus faldas, y con gran presteza la iba a desabrochar el pecho. Don Quijote, que lo vio, lleg�ndose a ellas, dijo:
— Ya s� yo de qu� proceden estos accidentes.
— No s� yo de qu� —respondi� la amiga—, porque Altisidora es la doncella m�s sana de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un �ay! en cuanto ha que la conozco, que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si es que todos son desagradecidos. V�yase vuesa merced, se�or don Quijote, que no volver� en s� esta pobre ni�a en tanto que vuesa merced aqu� estuviere.
A lo que respondi� don Quijote:
— Haga vuesa merced, se�ora, que se me ponga un la�d esta noche en mi aposento, que yo consolar� lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los principios amorosos los desenga�os prestos suelen ser remedios calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que all� le viesen. No se hubo bien apartado, cuando, volviendo en s� la desmayada Altisidora, dijo a su compa�era:
— Menester ser� que se le ponga el la�d, que sin duda don Quijote quiere darnos m�sica, y no ser� mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del la�d que ped�a don Quijote, y ella, alegre sobremodo, concert� con el duque y con sus doncellas de hacerle una burla que fuese m�s risue�a que da�osa, y con mucho contento esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se hab�a venido el d�a, el cual pasaron los duques en sabrosas pl�ticas con don Quijote. Y la duquesa aquel d�a real y verdaderamente despach� a un paje suyo, que hab�a hecho en la selva la figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza, con la carta de su marido Sancho Panza, y con el l�o de ropa que hab�a dejado para que se le enviase, encarg�ndole le trujese buena relaci�n de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, hall� don Quijote una vihuela en su aposento; templ�la, abri� la reja, y sinti� que andaba gente en el jard�n; y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afin�ndola lo mejor que supo, escupi� y remond�se el pecho, y luego, con una voz ronquilla, aunque entonada, cant� el siguiente romance, que �l mismo aquel d�a hab�a compuesto:
-Suelen las fuerzas de amor
sacar de quicio a las almas,
tomando por instrumento
la ociosidad descuidada.
Suele el coser y el labrar,
y el estar siempre ocupada,
ser ant�doto al veneno
de las amorosas ansias.
Las doncellas recogidas
que aspiran a ser casadas,
la honestidad es la dote
y voz de sus alabanzas.
Los andantes caballeros,
y los que en la corte andan,
requi�branse con las libres,
con las honestas se casan.
Hay amores de levante,
que entre hu�spedes se tratan,
que llegan presto al poniente,
porque en el partirse acaban.
El amor reci�n venido,
que hoy lleg� y se va ma�ana,
las im�gines no deja
bien impresas en el alma.
Pintura sobre pintura
ni se muestra ni se�ala;
y do hay primera belleza,
la segunda no hace baza.
Dulcinea del Toboso
del alma en la tabla rasa
tengo pintada de modo
que es imposible borrarla.
La firmeza en los amantes
es la parte m�s preciada,
por quien hace amor milagros,
y asimesmo los levanta.
Aqu� llegaba don Quijote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso, desde encima de un corredor que sobre la reja de don Quijote a plomo ca�a, descolgaron un cordel donde ven�an m�s de cien cencerros asidos, y luego, tras ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo tra�an cencerros menores atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los gatos, que, aunque los duques hab�an sido inventores de la burla, todav�a les sobresalt�; y, temeroso, don Quijote qued� pasmado. Y quiso la suerte que dos o tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra, parec�a que una regi�n de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el aposento ard�an, y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del castillo, que no sab�a la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levant�se don Quijote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenz� a tirar estocadas por la reja y a decir a grandes voces:
— �Afuera, malignos encantadores! �Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don Quijote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!
Y, volvi�ndose a los gatos que andaban por el aposento, les tir� muchas cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por all� se salieron, aunque uno, vi�ndose tan acosado de las cuchilladas de don Quijote, le salt� al rostro y le asi� de las narices con las u�as y los dientes, por cuyo dolor don Quijote comenz� a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa, y considerando lo que pod�a ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y, abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas sus fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la desigual pelea; acudi� el duque a despartirla, y don Quijote dijo a voces:
— �No me le quite nadie! �D�jenme mano a mano con este demonio, con este hechicero, con este encantador, que yo le dar� a entender de m� a �l qui�n es don Quijote de la Mancha!
Pero el gato, no cur�ndose destas amenazas, gru��a y apretaba. Mas, en fin, el duque se le desarraig� y le ech� por la reja.
Qued� don Quijote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy despechado porque no le hab�an dejado fenecer la batalla que tan trabada ten�a con aquel malandr�n encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma Altisidora, con sus blanqu�simas manos, le puso unas vendas por todo lo herido; y, al pon�rselas, con voz baja le dijo:
— Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni t� lo goces, ni llegues a t�lamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.
A todo esto no respondi� don Quijote otra palabra si no fue dar un profundo suspiro, y luego se tendi� en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no porque �l ten�a temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino porque hab�a conocido la buena intenci�n con que hab�an venido a socorrerle. Los duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla; que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don Quijote aquella aventura, que le cost� cinco d�as de encerramiento y de cama, donde le sucedi� otra aventura m�s gustosa que la pasada, la cual no quiere su historiador contar ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba muy sol�cito y muy gracioso en su gobierno.
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limp�sima mesa; y, as� como Sancho entr� en la sala, sonaron chirim�as, y salieron cuatro pajes a darle aguamanos, que Sancho recibi� con mucha gravedad.
Ces� la m�sica, sent�se Sancho a la cabecera de la mesa, porque no hab�a m�s de aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. P�sose a su lado en pie un personaje, que despu�s mostr� ser m�dico, con una varilla de ballena en la mano. Levantaron una riqu�sima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parec�a estudiante ech� la bendici�n, y un paje puso un babador randado a Sancho; otro que hac�a el oficio de maestresala, lleg� un plato de fruta delante; pero, apenas hubo comido un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron de delante con grand�sima celeridad; pero el maestresala le lleg� otro de otro manjar. Iba a probarle Sancho; pero, antes que llegase a �l ni le gustase, ya la varilla hab�a tocado en �l, y un paje alz�dole con tanta presteza como el de la fruta. Visto lo cual por Sancho, qued� suspenso, y, mirando a todos, pregunt� si se hab�a de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual respondi� el de la vara:
— No se ha de comer, se�or gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras �nsulas donde hay gobernadores. Yo, se�or, soy m�dico, y estoy asalariado en esta �nsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho m�s que por la m�a, estudiando de noche y de d�a, y tanteando la complexi�n del gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer da�o y ser nocivo al est�mago; y as�, mand� quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente h�meda, y el plato del otro manjar tambi�n le mand� quitar, por ser demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe mata y consume el h�medo radical, donde consiste la vida.
— Desa manera, aquel plato de perdices que est�n all� asadas, y, a mi parecer, bien sazonadas, no me har�n alg�n da�o.
A lo que el m�dico respondi�:
— �sas no comer� el se�or gobernador en tanto que yo tuviere vida.
— Pues, �por qu�? —dijo Sancho.
Y el m�dico respondi�:
— Porque nuestro maestro Hip�crates, norte y luz de la medicina, en un aforismo suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere decir: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, mal�sima".
— Si eso es as� —dijo Sancho—, vea el se�or doctor de cuantos manjares hay en esta mesa cu�l me har� m�s provecho y cu�l menos da�o, y d�jeme comer d�l sin que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y as� Dios me le deje gozar, que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese al se�or doctor y �l m�s me diga, antes ser� quitarme la vida que aument�rmela.
— Vuestra merced tiene raz�n, se�or gobernador —respondi� el m�dico—; y as�, es mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que all� est�n, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera asada y en adobo, a�n se pudiera probar, pero no hay para qu�.
Y Sancho dijo:
— Aquel platonazo que est� m�s adelante vahando me parece que es olla podrida, que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podr� dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.
— Absit! —dijo el m�dico—. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. All� las ollas podridas para los can�nigos, o para los retores de colegios, o para las bodas labradorescas, y d�jennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de asistir todo primor y toda atildadura; y la raz�n es porque siempre y a doquiera y de quienquiera son m�s estimadas las medicinas simples que las compuestas, porque en las simples no se puede errar y en las compuestas s�, alterando la cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo s� que ha de comer el se�or gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de ca�utillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que le asienten el est�mago y le ayuden a la digesti�n.
Oyendo esto Sancho, se arrim� sobre el espaldar de la silla y mir� de hito en hito al tal m�dico, y con voz grave le pregunt� c�mo se llamaba y d�nde hab�a estudiado. A lo que �l respondi�:
— Yo, se�or gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Ag�ero, y soy natural de un lugar llamado Tirteafuera, que est� entre Caracuel y Almod�var del Campo, a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la universidad de Osuna.
A lo que respondi� Sancho, todo encendido en c�lera:
— Pues, se�or doctor Pedro Recio de Mal Ag�ero, natural de Tirteafuera, lugar que est� a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almod�var del Campo, graduado en Osuna, qu�teseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a garrotazos, comenzando por �l, no me ha de quedar m�dico en toda la �nsula, a lo menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los m�dicos sabios, prudentes y discretos los pondr� sobre mi cabeza y los honrar� como a personas divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya, Pedro Recio, de aqu�; si no, tomar� esta silla donde estoy sentado y se la estrellar� en la cabeza; y p�danmelo en residencia, que yo me descargar� con decir que hice servicio a Dios en matar a un mal m�dico, verdugo de la rep�blica. Y denme de comer, o si no, t�mense su gobierno, que oficio que no da de comer a su due�o no vale dos habas.
Alborot�se el doctor, viendo tan col�rico al gobernador, y quiso hacer tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante son� una corneta de posta en la calle, y, asom�ndose el maestresala a la ventana, volvi� diciendo:
— Correo viene del duque mi se�or; alg�n despacho debe de traer de importancia.
Entr� el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso en las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien mand� leyese el sobreescrito, que dec�a as�: A don Sancho Panza, gobernador de la �nsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo lo cual, Sancho dijo:
— �Qui�n es aqu� mi secretario?
Y uno de los que presentes estaban respondi�:
— Yo, se�or, porque s� leer y escribir, y soy vizca�no.
— Con esa a�adidura —dijo Sancho—, bien pod�is ser secretario del mismo emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.
H�zolo as� el reci�n nacido secretario, y, habiendo le�do lo que dec�a, dijo que era negocio para tratarle a solas. Mand� Sancho despejar la sala, y que no quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los dem�s y el m�dico se fueron; y luego el secretario ley� la carta, que as� dec�a:
A mi noticia ha llegado, se�or don Sancho Panza, que unos enemigos m�os y desa �nsula la han de dar un asalto furioso, no s� qu� noche; conviene velar y estar alerta, porque no le tomen desapercebido. S� tambi�n, por esp�as verdaderas, que han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida, porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y mirad qui�n llega a hablaros, y no com�is de cosa que os presentaren. Yo tendr� cuidado de socorreros si os vi�redes en trabajo, y en todo har�is como se espera de vuestro entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las cuatro de la ma�ana.
Vuestro amigo,
El Duque.
Qued� at�nito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y, volvi�ndose al mayordomo, le dijo:
— Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser �l, y de muerte admin�cula y p�sima, como es la de la hambre.
— Tambi�n —dijo el maestresala— me parece a m� que vuesa merced no coma de todo lo que est� en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y, como suele decirse, detr�s de la cruz est� el diablo.
— No lo niego —respondi� Sancho—, y por ahora denme un pedazo de pan y obra de cuatro libras de uvas, que en ellas no podr� venir veneno; porque, en efecto, no puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas que nos amenazan, menester ser� estar bien mantenidos, porque tripas llevan coraz�n, que no coraz�n tripas. Y vos, secretario, responded al duque mi se�or y decidle que se cumplir� lo que manda como lo manda, sin faltar punto; y dar�is de mi parte un besamanos a mi se�ora la duquesa, y que le suplico no se le olvide de enviar con un propio mi carta y mi l�o a mi mujer Teresa Panza, que en ello recibir� mucha merced, y tendr� cuidado de servirla con todo lo que mis fuerzas alcanzaren; y de camino pod�is encajar un besamanos a mi se�or don Quijote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen secretario y como buen vizca�no, pod�is a�adir todo lo que quisi�redes y m�s viniere a cuento. Y �lcense estos manteles, y denme a m� de comer, que yo me avendr� con cuantas esp�as y matadores y encantadores vinieren sobre m� y sobre mi �nsula.
En esto entr� un paje, y dijo:
— Aqu� est� un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Se�or�a en un negocio, seg�n �l dice, de mucha importancia.
— Estra�o caso es �ste —dijo Sancho— destos negociantes. �Es posible que sean tan necios, que no echen de ver que semejantes horas como �stas no son en las que han de venir a negociar? �Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces, no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno (que no durar�, seg�n se me trasluce), que yo ponga en pretina a m�s de un negociante. Agora decid a ese buen hombre que entre; pero advi�rtase primero no sea alguno de los esp�as, o matador m�o.
— No, se�or —respondi� el paje—, porque parece una alma de c�ntaro, y yo s� poco, o �l es tan bueno como el buen pan.
— No hay que temer —dijo el mayordomo—, que aqu� estamos todos.
— �Ser�a posible —dijo Sancho—, maestresala, que agora que no est� aqu� el doctor Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un pedazo de pan y una cebolla?
— Esta noche, a la cena, se satisfar� la falta de la comida, y quedar� Vuestra Se�or�a satisfecho y pagado —dijo el maestresala.
— Dios lo haga —respondi� Sancho.
Y, en esto, entr� el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue:
— �Qui�n es aqu� el se�or gobernador?
— �Qui�n ha de ser —respondi� el secretario—, sino el que est� sentado en la silla?
— Hum�llome, pues, a su presencia —dijo el labrador.
Y, poni�ndose de rodillas, le pidi� la mano para bes�rsela. Neg�sela Sancho, y mand� que se levantase y dijese lo que quisiese. H�zolo as� el labrador, y luego dijo:
— Yo, se�or, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que est� dos leguas de Ciudad Real.
— �Otro Tirteafuera tenemos! —dijo Sancho—. Decid, hermano, que lo que yo os s� decir es que s� muy bien a Miguel Turra, y que no est� muy lejos de mi pueblo.
— Es, pues, el caso, se�or —prosigui� el labrador—, que yo, por la misericordia de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia Cat�lica Romana; tengo dos hijos estudiantes que el menor estudia para bachiller y el mayor para licenciado; soy viudo, porque se muri� mi mujer, o, por mejor decir, me la mat� un mal m�dico, que la purg� estando pre�ada, y si Dios fuera servido que saliera a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiere a estudiar para doctor, porque no tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.
— De modo —dijo Sancho— que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran muerto, vos no fu�rades agora viudo.
— No, se�or, en ninguna manera —respondi� el labrador.
— �Medrados estamos! —replic� Sancho—. Adelante, hermano, que es hora de dormir m�s que de negociar.
— Digo, pues —dijo el labrador—, que este mi hijo que ha de ser bachiller se enamor� en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de Andr�s Perlerino, labrador riqu�simo; y este nombre de Perlerines no les viene de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perl�ticos, y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va decir la verdad, la doncella es como una perla oriental, y, mirada por el lado derecho, parece una flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le salt� de viruelas; y, aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen los que la quieren bien que aqu�llos no son hoyos, sino sepulturas donde se sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia que, por no ensuciar la cara, trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar raya entre las m�s bien formadas. De los labios no tengo qu� decir, porque son tan sutiles y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos una madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa com�nmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y aberenjenado; y perd�neme el se�or gobernador si por tan menudo voy pintando las partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me parece mal.
— Pintad lo que quisi�redes —dijo Sancho—, que yo me voy recreando en la pintura, y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para m� que vuestro retrato.
— Eso tengo yo por servir —respondi� el labrador—, pero tiempo vendr� en que seamos, si ahora no somos. Y digo, se�or, que si pudiera pintar su gentileza y la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiraci�n; pero no puede ser, a causa de que ella est� agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y, con todo eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la puede estender, que est� a�udada; y, con todo, en las u�as largas y acanaladas se muestra su bondad y buena hechura.
— Est� bien —dijo Sancho—, y haced cuenta, hermano, que ya la hab�is pintado de los pies a la cabeza. �Qu� es lo que quer�is ahora? Y venid al punto sin rodeos ni callejuelas, ni retazos ni a�adiduras.
— Querr�a, se�or —respondi� el labrador—, que vuestra merced me hiciese merced de darme una carta de favor para mi consuegro, suplic�ndole sea servido de que este casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los de la naturaleza; porque, para decir la verdad, se�or gobernador, mi hijo es endemoniado, y no hay d�a que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos esp�ritus; y de haber ca�do una vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condici�n de un �ngel, y si no es que se aporrea y se da de pu�adas �l mesmo a s� mesmo, fuera un bendito.
— �Quer�is otra cosa, buen hombre? —replic� Sancho.
— Otra cosa querr�a —dijo el labrador—, sino que no me atrevo a decirlo; pero vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo, se�or, que querr�a que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda de poner su casa, porque, en fin, han de vivir por s�, sin estar sujetos a las impertinencias de los suegros.
— Mirad si quer�is otra cosa —dijo Sancho—, y no la dej�is de decir por empacho ni por verg�enza.
— No, por cierto —respondi� el labrador.
Y, apenas dijo esto, cuando, levant�ndose en pie el gobernador, asi� de la silla en que estaba sentado y dijo:
— �Voto a tal, don pat�n r�stico y mal mirado, que si no os apart�is y ascond�is luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa bellaco, pintor del mesmo demonio, �y a estas horas te vienes a pedirme seiscientos ducados?; y �d�nde los tengo yo, hediondo?; y �por qu� te los hab�a de dar, aunque los tuviera, socarr�n y mentecato?; y �qu� se me da a m� de Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines? �Va de m�, digo; si no, por vida del duque mi se�or, que haga lo que tengo dicho! T� no debes de ser de Miguel Turra, sino alg�n socarr�n que, para tentarme, te ha enviado aqu� el infierno. Dime, desalmado, a�n no ha d�a y medio que tengo el gobierno, y �ya quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de se�as el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su c�lera, que el bellac�n supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su c�lera a Sancho, y �ndese la paz en el corro, y volvamos a don Quijote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas, de las cuales no san� en ocho d�as, en uno de los cuales le sucedi� lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas desta historia, por m�nimas que sean.
Adem�s estaba moh�no y malenc�lico el mal ferido don Quijote, vendado el rostro y se�alado, no por la mano de Dios, sino por las u�as de un gato, desdichas anejas a la andante caballer�a. Seis d�as estuvo sin salir en p�blico, en una noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sinti� que con una llave abr�an la puerta de su aposento, y luego imagin� que la enamorada doncella ven�a para sobresaltar su honestidad y ponerle en condici�n de faltar a la fee que guardar deb�a a su se�ora Dulcinea del Toboso.
— No —dijo creyendo a su imaginaci�n, y esto, con voz que pudiera ser o�da—; no ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi coraz�n y en lo m�s escondido de mis entra�as, ora est�s, se�ora m�a, transformada en cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga Merl�n, o Montesinos, donde ellos quisieren; que, adondequiera eres m�a, y adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.
El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. P�sose en pie sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los aru�os; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje parec�a la m�s extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clav� los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverend�sima due�a con unas tocas blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubr�an y enmantaban desde los pies a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda tra�a una media vela encendida, y con la derecha se hac�a sombra, porque no le diese la luz en los ojos, a quien cubr�an unos muy grandes antojos. Ven�a pisando quedito, y mov�a los pies blandamente.
Mir�la don Quijote desde su atalaya, y cuando vio su adeli�o y not� su silencio, pens� que alguna bruja o maga ven�a en aquel traje a hacer en �l alguna mala fechur�a, y comenz� a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visi�n, y, cuando lleg� a la mitad del aposento, alz� los ojos y vio la priesa con que se estaba haciendo cruces don Quijote; y si �l qued� medroso en ver tal figura, ella qued� espantada en ver la suya, porque, as� como le vio tan alto y tan amarillo, con la colcha y con las vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz, diciendo:
— �Jes�s! �Qu� es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cay� la vela de las manos; y, vi�ndose a escuras, volvi� las espaldas para irse, y con el miedo tropez� en sus faldas y dio consigo una gran ca�da. Don Quijote, temeroso, comenz� a decir:
— Conj�rote, fantasma, o lo que eres, que me digas qui�n eres, y que me digas qu� es lo que de m� quieres. Si eres alma en pena, d�melo, que yo har� por ti todo cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy cat�lico cristiano y amigo de hacer bien a todo el mundo; que para esto tom� la orden de la caballer�a andante que profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las �nimas de purgatorio se estiende.
La brumada due�a, que oy� conjurarse, por su temor coligi� el de don Quijote, y con voz afligida y baja le respondi�:
— Se�or don Quijote, si es que acaso vuestra merced es don Quijote, yo no soy fantasma, ni visi�n, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber pensado, sino do�a Rodr�guez, la due�a de honor de mi se�ora la duquesa, que, con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele remediar, a vuestra merced vengo.
— D�game, se�ora do�a Rodr�guez —dijo don Quijote—: �por ventura viene vuestra merced a hacer alguna tercer�a? Porque le hago saber que no soy de provecho para nadie, merced a la sin par belleza de mi se�ora Dulcinea del Toboso. Digo, en fin, se�ora do�a Rodr�guez, que, como vuestra merced salve y deje a una parte todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y departiremos de todo lo que m�s mandare y m�s en gusto le viniere, salvando, como digo, todo incitativo melindre.
— �Yo recado de nadie, se�or m�o? —respondi� la due�a—. Mal me conoce vuestra merced; s�, que a�n no estoy en edad tan prolongada que me acoja a semejantes ni�er�as, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes y muelas en la boca, am�n de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que en esta tierra de Arag�n son tan ordinarios. Pero esp�reme vuestra merced un poco; saldr� a encender mi vela, y volver� en un instante a contar mis cuitas, como a remediador de todas las del mundo.
Y, sin esperar respuesta, se sali� del aposento, donde qued� don Quijote sosegado y pensativo esper�ndola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos acerca de aquella nueva aventura, y parec�ale ser mal hecho y peor pensado ponerse en peligro de romper a su se�ora la fee prometida, y dec�ase a s� mismo:
— �Qui�n sabe si el diablo, que es sutil y ma�oso, querr� enga�arme agora con una due�a, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni condesas? Que yo he o�do decir muchas veces y a muchos discretos que, si �l puede, antes os la dar� roma que aguile�a. Y �qui�n sabe si esta soledad, esta ocasi�n y este silencio despertar� mis deseos que duermen, y har�n que al cabo de mis a�os venga a caer donde nunca he tropezado? Y, en casos semejantes, mejor es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues tales disparates digo y pienso; que no es posible que una due�a toquiblanca, larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el m�s desalmado pecho del mundo. �Por ventura hay due�a en la tierra que tenga buenas carnes? �Por ventura hay due�a en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y melindrosa? �Afuera, pues, caterva due�esca, in�til para ning�n humano regalo! �Oh, cu�n bien hac�a aquella se�ora de quien se dice que ten�a dos due�as de bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban labrando, y tanto le serv�an para la autoridad de la sala aquellas estatuas como las due�as verdaderas!
Y, diciendo esto, se arroj� del lecho, con intenci�n de cerrar la puerta y no dejar entrar a la se�ora Rodr�guez; mas, cuando la lleg� a cerrar, ya la se�ora Rodr�guez volv�a, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don Quijote de m�s cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoqu�n, temi� de nuevo, y, retir�ndose atr�s como dos pasos, dijo:
— �Estamos seguras, se�or caballero? Porque no tengo a muy honesta se�al haberse vuesa merced levantado de su lecho.
— Eso mesmo es bien que yo pregunte, se�ora —respondi� don Quijote—; y as�, pregunto si estar� yo seguro de ser acometido y forzado.
— �De qui�n o a qui�n ped�s, se�or caballero, esa seguridad? —respondi� la due�a.
— A vos y de vos la pido —replic� don Quijote—, porque ni yo soy de m�rmol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del d�a, sino media noche, y aun un poco m�s, seg�n imagino, y en una estancia m�s cerrada y secreta que lo debi� de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas goz� a la hermosa y piadosa Dido. Pero dadme, se�ora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi continencia y recato, y la que ofrecen esas reverend�simas tocas.
Y, diciendo esto, bes� su derecha mano, y le asi� de la suya, que ella le dio con las mesmas ceremonias.
Aqu� hace Cide Hamete un par�ntesis, y dice que por Mahoma que diera, por ver ir a los dos as� asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de dos que ten�a.
Entr�se, en fin, don Quijote en su lecho, y qued�se do�a Rodr�guez sentada en una silla, algo desviada de la cama, no quit�ndose los antojos ni la vela. Don Quijote se acorruc� y se cubri� todo, no dejando m�s de el rostro descubierto; y, habi�ndose los dos sosegado, el primero que rompi� el silencio fue don Quijote, diciendo:
— Puede vuesa merced ahora, mi se�ora do�a Rodr�guez, descoserse y desbuchar todo aquello que tiene dentro de su cuitado coraz�n y lastimadas entra�as, que ser� de m� escuchada con castos o�dos, y socorrida con piadosas obras.
— As� lo creo yo —respondi� la due�a—, que de la gentil y agradable presencia de vuesa merced no se pod�a esperar sino tan cristiana respuesta. �Es, pues, el caso, se�or don Quijote, que, aunque vuesa merced me vee sentada en esta silla y en la mitad del reino de Arag�n, y en h�bito de due�a aniquilada y asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por �l muchos de los mejores de aquella provincia; pero mi corta suerte y el descuido de mis padres, que empobrecieron antes de tiempo, sin saber c�mo ni c�mo no, me trujeron a la corte, a Madrid, donde por bien de paz y por escusar mayores desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de labor a una principal se�ora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y labor blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de all� a pocos a�os se debieron de ir al cielo, porque eran adem�s buenos y cat�licos cristianos. Qued� hu�rfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que diese yo ocasi�n a ello, se enamor� de mi un escudero de casa, hombre ya en d�as, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era monta��s. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a noticia de mi se�ora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos cas� en paz y en haz de la Santa Madre Iglesia Cat�lica Romana, de cuyo matrimonio naci� una hija para rematar con mi ventura, si alguna ten�a; no porque yo muriese del parto, que le tuve derecho y en saz�n, sino porque desde all� a poco muri� mi esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar para contarle, yo s� que vuestra merced se admirara.�
Y, en esto, comenz� a llorar tiernamente, y dijo:
— Perd�neme vuestra merced, se�or don Quijote, que no va m�s en mi mano, porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de l�grimas. �V�lame Dios, y con qu� autoridad llevaba a mi se�ora a las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las se�oras iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. �Al entrar de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, ven�a a salir por ella un alcalde de corte con dos alguaciles delante, y, as� como mi buen escudero le vio, volvi� las riendas a la mula, dando se�al de volver a acompa�arle. Mi se�ora, que iba a las ancas, con voz baja le dec�a: ''—�Qu� hac�is, desventurado? �No veis que voy aqu�?'' El alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo y d�jole: ''—Seguid, se�or, vuestro camino, que yo soy el que debo acompa�ar a mi se�ora do�a Casilda'', que as� era el nombre de mi ama. Todav�a porfiaba mi marido, con la gorra en la mano, a querer ir acompa�ando al alcalde, viendo lo cual mi se�ora, llena de c�lera y enojo, sac� un alfiler gordo, o creo que un punz�n, del estuche, y clav�sele por los lomos, de manera que mi marido dio una gran voz y torci� el cuerpo, de suerte que dio con su se�ora en el suelo. Acudieron dos lacayos suyos a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles; alborot�se la Puerta de Guadalajara, digo, la gente bald�a que en ella estaba; v�nose a pie mi ama, y mi marido acudi� en casa de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a parte las entra�as. Divulg�se la cortes�a de mi esposo, tanto, que los muchachos le corr�an por las calles, y por esto y porque �l era alg�n tanto corto de vista, mi se�ora la duquesa le despidi�, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo para m� que se le caus� el mal de la muerte. Qued� yo viuda y desamparada, y con hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar. Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi se�ora la duquesa, que estaba reci�n casada con el duque mi se�or, quiso traerme consigo a este reino de Arag�n y a mi hija ni m�s ni menos, adonde, yendo d�as y viniendo d�as, creci� mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una calandria, danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un maestro de escuela, y cuenta como un avariento. De su limpieza no digo nada: que el agua que corre no es m�s limpia, y debe de tener agora, si mal no me acuerdo, diez y seis a�os, cinco meses y tres d�as, uno m�s a menos. En resoluci�n: de esta mi muchacha se enamor� un hijo de un labrador riqu�simo que est� en una aldea del duque mi se�or, no muy lejos de aqu�. En efecto, no s� c�mo ni c�mo no, ellos se juntaron, y, debajo de la palabra de ser su esposo, burl� a mi hija, y no se la quiere cumplir; y, aunque el duque mi se�or lo sabe, porque yo me he quejado a �l, no una, sino muchas veces, y ped�dole mande que el tal labrador se case con mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere o�rme; y es la causa que, como el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ning�n modo.� Querr�a, pues, se�or m�o, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues, seg�n todo el mundo dice, vuesa merced naci� en �l para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar los miserables; y p�ngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija, su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene; que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi se�ora, que no hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora, que es la que tienen por m�s desenvuelta y gallarda, puesta en comparaci�n de mi hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, se�or m�o, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene m�s de presunci�n que de hermosura, y m�s de desenvuelta que de recogida, adem�s que no est� muy sana: que tiene un cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar junto a ella un momento. Y aun mi se�ora la duquesa... Quiero callar, que se suele decir que las paredes tienen o�dos.
— �Qu� tiene mi se�ora la duquesa, por vida m�a, se�ora do�a Rodr�guez? — pregunt� don Quijote.
— Con ese conjuro —respondi� la due�a—, no puedo dejar de responder a lo que se me pregunta con toda verdad. �Vee vuesa merced, se�or don Quijote, la hermosura de mi se�ora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carm�n, que en la una tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallard�a con que va pisando y aun despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa? Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de quien dicen los m�dicos que est� llena.
— �Santa Mar�a! —dijo don Quijote—. Y �es posible que mi se�ora la duquesa tenga tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero, pues la se�ora do�a Rodr�guez lo dice, debe de ser as�. Pero tales fuentes, y en tales lugares, no deben de manar humor, sino �mbar l�quido. Verdaderamente que ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante para salud.
Apenas acab� don Quijote de decir esta raz�n, cuando con un gran golpe abrieron las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cay� a do�a Rodr�guez la vela de la mano, y qued� la estancia como boca de lobo, como suele decirse. Luego sinti� la pobre due�a que la as�an de la garganta con dos manos, tan fuertemente que no la dejaban ga�ir, y que otra persona, con mucha presteza, sin hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenz� a dar tantos azotes, que era una compasi�n; y, aunque don Quijote se la ten�a, no se meneaba del lecho, y no sab�a qu� pod�a ser aquello, y est�base quedo y callando, y aun temiendo no viniese por �l la tanda y tunda azotesca. Y no fue vano su temor, porque, en dejando molida a la due�a los callados verdugos (la cual no osaba quejarse), acudieron a don Quijote, y, desenvolvi�ndole de la s�bana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo dejar de defenderse a pu�adas, y todo esto en silencio admirable. Dur� la batalla casi media hora; sali�ronse las fantasmas, recogi� do�a Rodr�guez sus faldas, y, gimiendo su desgracia, se sali� por la puerta afuera, sin decir palabra a don Quijote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se qued� solo, donde le dejaremos deseoso de saber qui�n hab�a sido el perverso encantador que tal le hab�a puesto. Pero ello se dir� a su tiempo, que Sancho Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.
Dejamos al gran gobernador enojado y moh�no con el labrador pintor y socarr�n, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de Sancho; pero �l se las ten�a tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y dijo a los que con �l estaban, y al doctor Pedro Recio, que, como se acab� el secreto de la carta del duque, hab�a vuelto a entrar en la sala:
— Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo s�lo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es aqu�l el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera saz�n y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la m�a, merced al se�or doctor Pedro Recio Tirteafuera, que est� delante, que quiere que muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que as� se la d� Dios a �l y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos m�dicos, que la de los buenos, palmas y lauros merecen.
Todos los que conoc�an a Sancho Panza se admiraban, oy�ndole hablar tan elegantemente, y no sab�an a qu� atribuirlo, sino a que los oficios y cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro Recio Ag�ero de Tirteafuera prometi� de darle de cenar aquella noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hip�crates. Con esto qued� contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo, sin moverse de un lugar, todav�a se lleg� por �l el tanto deseado, donde le dieron de cenar un salpic�n de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de ternera algo entrada en d�as. Entreg�se en todo con m�s gusto que si le hubieran dado francolines de Mil�n, faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Mor�n, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volvi�ndose al doctor, le dijo:
— Mirad, se�or doctor: de aqu� adelante no os cur�is de darme a comer cosas regaladas ni manjares esquisitos, porque ser� sacar a mi est�mago de sus quicios, el cual est� acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras m�s podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que �l quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradecer� y se lo pagar� alg�n d�a; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compa�a, pues, cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernar� esta �nsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago saber que el diablo est� en Cantillana, y que, si me dan ocasi�n, han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
— Por cierto, se�or gobernador —dijo el maestresala—, que vuesa merced tiene mucha raz�n en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los insulanos desta �nsula que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.
— Yo lo creo —respondi� Sancho—, y ser�an ellos unos necios si otra cosa hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace m�s al caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intenci�n limpiar esta �nsula de todo g�nero de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal entretenida; porque quiero que sep�is, amigos, que la gente bald�a y perezosa es en la rep�blica lo mesmo que los z�nganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religi�n y a la honra de los religiosos. �Qu� os parece desto, amigos? �Digo algo, o qui�brome la cabeza?
— Dice tanto vuesa merced, se�or gobernador —dijo el mayordomo—, que estoy admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los que nos enviaron y los que aqu� venimos. Cada d�a se veen cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.
Lleg� la noche, y cen� el gobernador, con licencia del se�or doctor Recio. Aderez�ronse de ronda; sali� con el mayordomo, secretario y maestresala, y el coronista que ten�a cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles y escribanos, tantos que pod�an formar un mediano escuadr�n. Iba Sancho en medio, con su vara, que no hab�a m�s que ver, y pocas calles andadas del lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron all�, y hallaron que eran dos solos hombres los que re��an, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:
— �Aqu� de Dios y del rey! �C�mo y que se ha de sufrir que roben en poblado en este pueblo, y que salga a saltear en �l en la mitad de las calles?
— Sosegaos, hombre de bien —dijo Sancho—, y contadme qu� es la causa desta pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
— Se�or gobernador, yo la dir� con toda brevedad. Vuestra merced sabr� que este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que est� aqu� frontero m�s de mil reales, y sabe Dios c�mo; y, hall�ndome yo presente, juzgu� m�s de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia; alz�se con la ganancia, y, cuando esperaba que me hab�a de dar alg�n escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, �l embols� su dinero y se sali� de la casa. Yo vine despechado tras �l, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis padres no me le ense�aron ni me le dejaron, y el socarr�n, que no es m�s ladr�n que Caco, ni m�s fullero que Andradilla, no quer�a darme m�s de cuatro reales; �porque vea vuestra merced, se�or gobernador, qu� poca verg�enza y qu� poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que hab�a de saber con cu�ntas entraba la romana.
— �Qu� dec�s vos a esto? —pregunt� Sancho.
Y el otro respondi� que era verdad cuanto su contrario dec�a, y no hab�a querido darle m�s de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para se�al que �l era hombre de bien y no ladr�n, como dec�a, ninguna hab�a mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los conocen.
— As� es —dijo el mayordomo—. Vea vuestra merced, se�or gobernador, qu� es lo que se ha de hacer destos hombres.
— Lo que se ha de hacer es esto —respondi� Sancho—: vos, ganancioso, bueno, o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y m�s, hab�is de desembolsar treinta para los pobres de la c�rcel; y vos, que no ten�is oficio ni beneficio y and�is de nones en esta �nsula, tomad luego esos cien reales, y ma�ana en todo el d�a salid desta �nsula desterrado por diez a�os, so pena, si lo quebrant�redes, los cumpl�is en la otra vida, colg�ndoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le asentar� la mano.
Desembols� el uno, recibi� el otro, �ste se sali� de la �nsula, y aqu�l se fue a su casa, y el gobernador qued� diciendo:
— Ahora, yo podr� poco, o quitar� estas casas de juego, que a m� se me trasluce que son muy perjudiciales.
— �sta, a lo menos —dijo un escribano—, no la podr� vuesa merced quitar, porque la tiene un gran personaje, y m�s es sin comparaci�n lo que �l pierde al a�o que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cant�a podr� vuestra merced mostrar su poder, que son los que m�s da�o hacen y m�s insolencias encubren; que en las casas de los caballeros principales y de los se�ores no se atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio com�n, mejor es que se juegue en casas principales que no en la de alg�n oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.
— Agora, escribano —dijo Sancho—, yo s� que hay mucho que decir en eso.
Y, en esto, lleg� un corchete que tra�a asido a un mozo, y dijo:
— Se�or gobernador, este mancebo ven�a hacia nosotros, y, as� como columbr� la justicia, volvi� las espaldas y comenz� a correr como un gamo, se�al que debe de ser alg�n delincuente. Yo part� tras �l, y, si no fuera porque tropez� y cay�, no le alcanzara jam�s.
— �Por qu� hu�as, hombre? —pregunt� Sancho.
A lo que el mozo respondi�:
— Se�or, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.
— �Qu� oficio tienes?
— Tejedor.
— �Y qu� tejes?
— Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
— �Graciosico me sois? �De chocarrero os pic�is? �Est� bien! Y �ad�nde �bades ahora?
— Se�or, a tomar el aire.
— Y �ad�nde se toma el aire en esta �nsula?
— Adonde sopla.
— �Bueno: respond�is muy a prop�sito! Discreto sois, mancebo; pero haced cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la c�rcel. �Asilde, hola, y llevadle, que yo har� que duerma all� sin aire esta noche!
— �Par Dios —dijo el mozo—, as� me haga vuestra merced dormir en la c�rcel como hacerme rey!
— Pues, �por qu� no te har� yo dormir en la c�rcel? —respondi� Sancho—. �No tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
— Por m�s poder que vuestra merced tenga —dijo el mozo—, no ser� bastante para hacerme dormir en la c�rcel.
— �C�mo que no? —replic� Sancho—. Llevalde luego donde ver� por sus ojos el desenga�o, aunque m�s el alcaide quiera usar con �l de su interesal liberalidad; que yo le pondr� pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la c�rcel.
— Todo eso es cosa de risa —respondi� el mozo—. El caso es que no me har�n dormir en la c�rcel cuantos hoy viven.
— Dime, demonio —dijo Sancho—, �tienes alg�n �ngel que te saque y que te quite los grillos que te pienso mandar echar?
— Ahora, se�or gobernador —respondi� el mozo con muy buen donaire—, estemos a raz�n y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la c�rcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que �l lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la noche, sin pegar pesta�a, �ser� vuestra merced bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
— No, por cierto —dijo el secretario—, y el hombre ha salido con su intenci�n.
— De modo —dijo Sancho— que no dejar�is de dormir por otra cosa que por vuestra voluntad, y no por contravenir a la m�a.
— No, se�or —dijo el mozo—, ni por pienso.
— Pues andad con Dios —dijo Sancho—; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os d� buen sue�o, que yo no quiero quit�rosle; pero acons�joos que de aqu� adelante no os burl�is con la justicia, porque topar�is con alguna que os d� con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosigui� con su ronda, y de all� a poco vinieron dos corchetes que tra�an a un hombre asido, y dijeron:
— Se�or gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que viene vestida en h�bito de hombre.
Lleg�ronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos m�s a�os, recogidos los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas. Mir�ronla de arriba abajo, y vieron que ven�a con unas medias de seda encarnada, con ligas de tafet�n blanco y rapacejos de oro y alj�far; los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo, suelta, debajo de la cual tra�a un jub�n de tela fin�sima de oro y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No tra�a espada ce�ida, sino una riqu�sima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parec�a bien a todos, y ninguno la conoci� de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no pod�an pensar qui�n fuese, y los consabidores de las burlas que se hab�an de hacer a Sancho fueron los que m�s se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no ven�a ordenado por ellos; y as�, estaban dudosos, esperando en qu� parar�a el caso.
Sancho qued� pasmado de la hermosura de la moza, y pregunt�le qui�n era, ad�nde iba y qu� ocasi�n le hab�a movido para vestirse en aquel h�bito. Ella, puestos los ojos en tierra con honest�sima verg�enza, respondi�:
— No puedo, se�or, decir tan en p�blico lo que tanto me importaba fuera secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladr�n ni persona facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
— Haga, se�or gobernador, apartar la gente, porque esta se�ora con menos empacho pueda decir lo que quisiere.
Mand�lo as� el gobernador; apart�ronse todos, si no fueron el mayordomo, maestresala y el secretario. Vi�ndose, pues, solos, la doncella prosigui� diciendo:
— �Yo, se�ores, soy hija de Pedro P�rez Mazorca, arrendador de las lanas deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.�
— Eso no lleva camino —dijo el mayordomo—, se�ora, porque yo conozco muy bien a Pedro P�rez y s� que no tiene hijo ninguno, ni var�n ni hembra; y m�s, que dec�s que es vuestro padre, y luego a�ad�s que suele ir muchas veces en casa de vuestro padre.
— Ya yo hab�a dado en ello —dijo Sancho.
— Ahora, se�ores, yo estoy turbada, y no s� lo que me digo —respondi� la doncella—; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos vuesas mercedes deben de conocer.
— A�n eso lleva camino —respondi� el mayordomo—, que yo conozco a Diego de la Llana, y s� que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija, y que despu�s que enviud� no ha habido nadie en todo este lugar que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.
— As� es la verdad —respondi� la doncella—, y esa hija soy yo; si la fama miente o no en mi hermosura ya os habr�is, se�ores, desenga�ado, pues me hab�is visto.
Y, en esto, comenz� a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se lleg� al o�do del maestresala y le dijo muy paso:
— Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal, anda fuera de su casa.
— No hay dudar en eso —respondi� el maestresala—; y m�s, que esa sospecha la confirman sus l�grimas.
Sancho la consol� con las mejores razones que �l supo, y le pidi� que sin temor alguno les dijese lo que le hab�a sucedido; que todos procurar�an remediarlo con muchas veras y por todas las v�as posibles.
— �Es el caso, se�ores —respondi� ella—, que mi padre me ha tenido encerrada diez a�os ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de d�a, y la luna y las estrellas de noche, ni s� qu� son calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano m�o, y de Pedro P�rez el arrendador, que, por entrar de ordinario en mi casa, se me antoj� decir que era mi padre, por no declarar el m�o. Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos d�as y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nac�, pareci�ndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a s� mesmas. Cuando o�a decir que corr�an toros y jugaban ca�as, y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un a�o menor que yo, que me dijese qu� cosas eran aqu�llas y otras muchas que yo no he visto; �l me lo declaraba por los mejores modos que sab�a, pero todo era encenderme m�s el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi perdici�n, digo que yo rogu� y ped� a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal rogara...�
Y torn� a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
— Prosiga vuestra merced, se�ora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus l�grimas.
— Pocas me quedan por decir —respondi� la doncella—, aunque muchas l�grimas s� que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros descuentos que los semejantes.
Hab�ase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y lleg� otra vez su lanterna para verla de nuevo; y pareci�le que no eran l�grimas las que lloraba, sino alj�far o roc�o de los prados, y aun las sub�a de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesper�base el gobernador de la tardanza que ten�a la moza en dilatar su historia, y d�jole que acabase de tenerlos m�s suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
— �No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogu� a mi hermano que me vistiese en h�bitos de hombre con uno de sus vestidos y que me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; �l, importunado de mis ruegos, condecendi� con mi deseo, y, poni�ndome este vestido y �l vesti�ndose de otro m�o, que le est� como nacido, porque �l no tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermos�sima, esta noche, debe de haber una hora, poco m�s o menos, nos salimos de casa; y, guiados de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y cuando quer�amos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: ''Hermana, �sta debe de ser la ronda: aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras m� corriendo, porque no nos conozcan, que nos ser� mal contado''. Y, diciendo esto, volvi� las espaldas y comenz�, no digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, ca�, con el sobresalto, y entonces lleg� el ministro de la justicia que me trujo ante vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante tanta gente.�
— �En efecto, se�ora —dijo Sancho—, no os ha sucedido otro desm�n alguno, ni celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de vuestra casa?
— No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino s�lo el deseo de ver mundo, que no se estend�a a m�s que a ver las calles de este lugar.
Y acab� de confirmar ser verdad lo que la doncella dec�a llegar los corchetes con su hermano preso, a quien alcanz� uno dellos cuando se huy� de su hermana. No tra�a sino un faldell�n rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, seg�n eran rubios y enrizados. Apart�ronse con el gobernador, mayordomo y maestresala, y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron c�mo ven�a en aquel traje, y �l, con no menos verg�enza y empacho, cont� lo mesmo que su hermana hab�a contado, de que recibi� gran gusto el enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:
— Por cierto, se�ores, que �sta ha sido una gran rapacer�a, y para contar esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas l�grimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invenci�n, s�lo por curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle.
— As� es la verdad —respondi� la doncella—, pero sepan vuesas mercedes que la turbaci�n que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el t�rmino que deb�a.
— No se ha perdido nada —respondi� Sancho—. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes en casa de su padre; quiz� no los habr� echado menos. Y, de aqu� adelante, no se muestren tan ni�os, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina, por andar se pierden a�na; y la que es deseosa de ver, tambi�n tiene deseo de ser vista. No digo m�s.
El mancebo agradeci� al gobernador la merced que quer�a hacerles de volverlos a su casa, y as�, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de all�. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento baj� una criada, que los estaba esperando, y les abri� la puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, as� de su gentileza y hermosura como del deseo que ten�an de ver mundo, de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Qued� el maestresala traspasado su coraz�n, y propuso de luego otro d�a ped�rsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negar�a, por ser �l criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determin� de ponerlo en pl�tica a su tiempo, d�ndose a entender que a una hija de un gobernador ning�n marido se le pod�a negar.
Con esto, se acab� la ronda de aquella noche, y de all� a dos d�as el gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se ver� adelante.
Dice Cide Hamete, puntual�simo escudri�ador de los �tomos desta verdadera historia, que al tiempo que do�a Rodr�guez sali� de su aposento para ir a la estancia de don Quijote, otra due�a que con ella dorm�a lo sinti�, y que, como todas las due�as son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodr�guez no lo ech� de ver; y, as� como la due�a la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no faltase en ella la general costumbre que todas las due�as tienen de ser chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su se�ora la duquesa, de c�mo do�a Rodr�guez quedaba en el aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidi� licencia para que ella y Altisidora viniesen a ver lo que aquella due�a quer�a con don Quijote; el duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso, llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que o�an todo lo que dentro hablaban; y, cuando oy� la duquesa que Rodr�guez hab�a echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora; y as�, llenas de c�lera y deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la due�a del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la hermosura y presunci�n de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse.
Cont� la duquesa al duque lo que le hab�a pasado, de lo que se holg� mucho, y la duquesa, prosiguiendo con su intenci�n de burlarse y recibir pasatiempo con don Quijote, despach� al paje que hab�a hecho la figura de Dulcinea en el concierto de su desencanto —que ten�a bien olvidado Sancho Panza con la ocupaci�n de su gobierno— a Teresa Panza, su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de servir a sus se�ores, parti� de muy buena gana al lugar de Sancho; y, antes de entrar en �l, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien pregunt� si le sabr�an decir si en aquel lugar viv�a una mujer llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levant� en pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:
— Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi se�or padre, y el tal caballero, nuestro amo.
— Pues venid, doncella —dijo el paje—, y mostradme a vuestra madre, porque le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
— Eso har� yo de muy buena gana, se�or m�o —respondi� la moza, que mostraba ser de edad de catorce a�os, poco m�s a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compa�era, sin tocarse ni calzarse, que estaba en piernas y desgre�ada, salt� delante de la cabalgadura del paje, y dijo:
— Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo est� nuestra casa, y mi madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos d�as ha de mi se�or padre.
— Pues yo se las llevo tan buenas —dijo el paje— que tiene que dar bien gracias a Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, lleg� al pueblo la muchacha, y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
— Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aqu� un se�or que trae cartas y otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces sali� Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una saya parda. Parec�a, seg�n era de corta, que se la hab�an cortado por vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:
— �Qu� es esto, ni�a? �Qu� se�or es �ste?
— Es un servidor de mi se�ora do�a Teresa Panza —respondi� el paje.
Y, diciendo y haciendo, se arroj� del caballo y se fue con mucha humildad a poner de hinojos ante la se�ora Teresa, diciendo:
— D�me vuestra merced sus manos, mi se�ora do�a Teresa, bien as� como mujer leg�tima y particular del se�or don Sancho Panza, gobernador propio de la �nsula Barataria.
— �Ay, se�or m�o, qu�tese de ah�; no haga eso —respondi� Teresa—, que yo no soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!
— Vuesa merced —respondi� el paje— es mujer dign�sima de un gobernador archidign�simo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta y este presente.
Y sac� al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de oro, y se la ech� al cuello y dijo:
— Esta carta es del se�or gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi se�ora la duquesa, que a vuestra merced me env�a.
Qued� pasmada Teresa, y su hija ni m�s ni menos, y la muchacha dijo:
— Que me maten si no anda por aqu� nuestro se�or amo don Quijote, que debe de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le hab�a prometido.
— As� es la verdad —respondi� el paje—: que, por respeto del se�or don Quijote, es ahora el se�or Sancho gobernador de la �nsula Barataria, como se ver� por esta carta.
— L�amela vuesa merced, se�or gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo s� hilar, no s� leer migaja.
— Ni yo tampoco —a�adi� Sanchica—; pero esp�renme aqu�, que yo ir� a llamar quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sans�n Carrasco, que vendr�n de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.
— No hay para qu� se llame a nadie, que yo no s� hilar, pero s� leer, y la leer�.
Y as�, se la ley� toda, que, por quedar ya referida, no se pone aqu�; y luego sac� otra de la duquesa, que dec�a desta manera:
Amiga Teresa:
Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de una �nsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi se�or, por el consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme enga�ado en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la se�ora Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a m� Dios como Sancho gobierna.
Ah� le env�o, querida m�a, una sarta de corales con estremos de oro; yo me holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te querr�a ver muerta: tiempo vendr� en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe lo que ser�. Encomi�ndeme a Sanchica, su hija, y d�gale de mi parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo piense.
D�cenme que en ese lugar hay bellotas gordas: env�eme hasta dos docenas, que las estimar� en mucho, por ser de su mano, y escr�bame largo, avis�ndome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene que hacer m�s que boquear: que su boca ser� medida, y Dios me la guarde. Deste lugar.
Su amiga, que bien la quiere,
La Duquesa.
— �Ay —dijo Teresa en oyendo la carta—, y qu� buena y qu� llana y qu� humilde se�ora! Con estas tales se�oras me entierren a m�, y no las hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantas�a como si fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aqu� donde esta buena se�ora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el m�s alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas, se�or m�o, yo le enviar� a su se�or�a un celem�n, que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a que se regale este se�or: pon en orden este caballo, y saca de la caballeriza g�evos, y corta tocino adunia, y d�mosle de comer como a un pr�ncipe, que las buenas nuevas que nos ha tra�do y la buena cara que �l tiene lo merece todo; y, en tanto, saldr� yo a dar a mis vecinas las nuevas de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicol�s el barbero, que tan amigos son y han sido de tu padre.
— S� har�, madre —respondi� Sanchica—; pero mire que me ha de dar la mitad desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi se�ora la duquesa, que se la hab�a de enviar a ella toda.
— Todo es para ti, hija —respondi� Teresa—, pero d�jamela traer algunos d�as al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el coraz�n.
— Tambi�n se alegrar�n —dijo el paje— cuando vean el l�o que viene en este portamanteo, que es un vestido de pa�o fin�simo que el gobernador s�lo un d�a llev� a caza, el cual todo le env�a para la se�ora Sanchica.
— Que me viva �l mil a�os —respondi� Sanchica—, y el que lo trae, ni m�s ni menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Sali�se en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello, y iba ta�endo en las cartas como si fuera en un pandero; y, encontr�ndose acaso con el cura y Sans�n Carrasco, comenz� a bailar y a decir:
— �A fee que agora que no hay pariente pobre! �Gobiernito tenemos! �No, sino t�mese conmigo la m�s pintada hidalga, que yo la pondr� como nueva!
— �Qu� es esto, Teresa Panza? �Qu� locuras son �stas, y qu� papeles son �sos?
— No es otra la locura sino que �stas son cartas de duquesas y de gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemar�as y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.
— De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os dec�s.
— Ah� lo podr�n ver ellos —respondi� Teresa.
Y dioles las cartas. Ley�las el cura de modo que las oy� Sans�n Carrasco, y Sans�n y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que hab�an le�do; y pregunt� el bachiller qui�n hab�a tra�do aquellas cartas. Respondi� Teresa que se viniesen con ella a su casa y ver�an el mensajero, que era un mancebo como un pino de oro, y que le tra�a otro presente que val�a m�s de tanto. Quit�le el cura los corales del cuello, y mir�los y remir�los, y, certific�ndose que eran finos, torn� a admirarse de nuevo, y dijo:
— Por el h�bito que tengo, que no s� qu� me diga ni qu� me piense de estas cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por otra, leo que una duquesa env�a a pedir dos docenas de bellotas.
— �Ader�zame esas medidas! —dijo entonces Carrasco—. Agora bien, vamos a ver al portador deste pliego, que d�l nos informaremos de las dificultades que se nos ofrecen.
Hici�ronlo as�, y volvi�se Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para empedrarle con g�evos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno content� mucho a los dos; y, despu�s de haberle saludado cort�smente, y �l a ellos, le pregunt� Sans�n les dijese nuevas as� de don Quijote como de Sancho Panza; que, puesto que hab�an le�do las cartas de Sancho y de la se�ora duquesa, todav�a estaban confusos y no acababan de atinar qu� ser�a aquello del gobierno de Sancho, y m�s de una �nsula, siendo todas o las m�s que hay en el mar Mediterr�neo de Su Majestad. A lo que el paje respondi�:
— De que el se�or Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de que sea �nsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que sea un lugar de m�s de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi se�ora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no —dec�a �l— enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontec�a enviar a pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las se�oras de Arag�n, aunque son tan principales, no son tan puntuosas y levantadas como las se�oras castellanas; con m�s llaneza tratan con las gentes.
Estando en la mitad destas pl�ticas, salt� Sanchica con un halda de g�evos, y pregunt� al paje:
— D�game, se�or: �mi se�or padre trae por ventura calzas atacadas despu�s que es gobernador?
— No he mirado en ello —respondi� el paje—, pero s� debe de traer.
— �Ay Dios m�o —replic� Sanchica—, y que ser� de ver a mi padre con pedorreras! �No es bueno sino que desde que nac� tengo deseo de ver a mi padre con calzas atacadas?
— Como con esas cosas le ver� vuestra merced si vive —respondi� el paje—. Par Dios, t�rminos lleva de caminar con papah�go, con solos dos meses que le dure el gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo deshac�a todo; que ya Teresa les hab�a mostrado el vestido. Y no dejaron de re�rse del deseo de Sanchica, y m�s cuando Teresa dijo:
— Se�or cura, eche cata por ah� si hay alguien que vaya a Madrid, o a Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.
— Y �c�mo, madre! —dijo Sanchica—. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que ma�ana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi se�ora madre en aquel coche: ''�Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y c�mo va sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos los lodos, y �ndeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. �Mal a�o y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y �ndeme yo caliente, y r�ase la gente! �Digo bien, madre m�a?
— Y �c�mo que dices bien, hija! —respondi� Teresa—. Y todas estas venturas, y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y ver�s t�, hija, c�mo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas; y, como yo he o�do decir muchas veces a tu buen padre, que as� como lo es tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla: cuando te dieren un gobierno, c�gele; cuando te dieren un condado, ag�rrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena d�diva, env�sala. �No, sino dorm�os, y no respond�is a las venturas y buenas dichas que est�n llamando a la puerta de vuestra casa!
— Y �qu� se me da a m� —a�adi� Sanchica— que diga el que quisiere cuando me vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo dem�s?
Oyendo lo cual el cura, dijo:
— Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto que no los derrame a todas horas y en todas las pl�ticas que tienen.
— As� es la verdad —dijo el paje—, que el se�or gobernador Sancho a cada paso los dice, y, aunque muchos no vienen a prop�sito, todav�a dan gusto, y mi se�ora la duquesa y el duque los celebran mucho.
— �Que todav�a se afirma vuestra merced, se�or m�o —dijo el bachiller—, ser verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le env�e presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y hemos le�do las cartas, no lo creemos, y pensamos que �sta es una de las cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por encantamento; y as�, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced, por ver si es embajador fant�stico o hombre de carne y hueso.
— Se�ores, yo no s� m�s de m� —respondi� el paje— sino que soy embajador verdadero, y que el se�or Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis se�ores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he o�do decir que en �l se porta valent�simamente el tal Sancho Panza; si en esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen all� entre ellos, que yo no s� otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.
— Bien podr� ello ser as� —replic� el bachiller—, pero dubitat Augustinus.
— Dude quien dudare —respondi� el paje—, la verdad es la que he dicho, y esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua; y si no, operibus credite, et non verbis: v�ngase alguno de vuesas mercedes conmigo, y ver�n con los ojos lo que no creen por los o�dos.
— Esa ida a m� toca —dijo Sanchica—: ll�veme vuestra merced, se�or, a las ancas de su roc�n, que yo ir� de muy buena gana a ver a mi se�or padre.
— Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino acompa�adas de carrozas y literas y de gran n�mero de sirvientes.
— Par Dios —respondi� Sancha—, tan bi�n me vaya yo sobre una pollina como sobre un coche. �Hallado la hab�is la melindrosa!
— Calla, mochacha —dijo Teresa—, que no sabes lo que te dices, y este se�or est� en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha, y cuando gobernador, se�ora, y no s� si diga algo.
— M�s dice la se�ora Teresa de lo que piensa —dijo el paje—; y denme de comer y desp�chenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:
— Vuestra merced se vendr� a hacer penitencia conmigo, que la se�ora Teresa m�s tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen hu�sped.
Rehus�lo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el cura le llev� consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de espacio por don Quijote y sus haza�as.
El bachiller se ofreci� de escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le ten�a por algo burl�n; y as�, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sab�a escribir, el cual le escribi� dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen, como se ver� adelante.
Amaneci� el d�a que se sigui� a la noche de la ronda del gobernador, la cual el maestresala pas� sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, br�o y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocup� lo que della faltaba en escribir a sus se�ores lo que Sancho Panza hac�a y dec�a, tan admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.
Levant�se, en fin, el se�or gobernador, y, por orden del doctor Pedro Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fr�a, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero, viendo que aquello era m�s fuerza que voluntad, pas� por ello, con harto dolor de su alma y fatiga de su est�mago, haci�ndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo que m�s conven�a a las personas constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las del entendimiento.
Con esta sofister�a padec�a hambre Sancho, y tal, que en su secreto maldec�a el gobierno y aun a quien se le hab�a dado; pero, con su hambre y con su conserva, se puso a juzgar aquel d�a, y lo primero que se le ofreci� fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los dem�s ac�litos, que fue:
— Se�or, un caudaloso r�o divid�a dos t�rminos de un mismo se�or�o (y est� vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso). Digo, pues, que sobre este r�o estaba una puente, y al cabo della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario hab�a cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el due�o del r�o, de la puente y del se�or�o, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero ad�nde y a qu� va; y si jurare verdad, d�jenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que all� se muestra, sin remisi�n alguna". Sabida esta ley y la rigurosa condici�n della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que dec�an verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedi�, pues, que, tomando juramento a un hombre, jur� y dijo que para el juramento que hac�a, que iba a morir en aquella horca que all� estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: ''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, minti� en su juramento, y, conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, �l jur� que iba a morir en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre''. P�dese a vuesa merced, se�or gobernador, qu� har�n los jueces del tal hombre; que aun hasta agora est�n dudosos y suspensos. Y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me enviaron a m� a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondi� Sancho:
— Por cierto que esos se�ores jueces que a m� os env�an lo pudieran haber escusado, porque yo soy un hombre que tengo m�s de mostrenco que de agudo; pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: quiz� podr�a ser que diese en el hito.
Volvi� otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero hab�a dicho, y Sancho dijo:
— A mi parecer, este negocio en dos paletas le declarar� yo, y es as�: el tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, jur� verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, jur� mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
— As� es como el se�or gobernador dice —dijo el mensajero—; y cuanto a la entereza y entendimiento del caso, no hay m�s que pedir ni que dudar.
— Digo yo, pues, agora —replic� Sancho— que deste hombre aquella parte que jur� verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se cumplir� al pie de la letra la condici�n del pasaje.
— Pues, se�or gobernador —replic� el preguntador—, ser� necesario que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza ha de morir, y as� no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.
— Venid ac�, se�or buen hombre —respondi� Sancho—; este pasajero que dec�s, o yo soy un porro, o �l tiene la misma raz�n para morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y, siendo esto as�, como lo es, soy de parecer que dig�is a esos se�ores que a m� os enviaron que, pues est�n en un fil las razones de condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado m�s el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de m�o, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta �nsula: que fue que, cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde.
As� es —respondi� el mayordomo—, y tengo para m� que el mismo Licurgo, que dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado. Y ac�bese con esto la audiencia desta ma�ana, y yo dar� orden como el se�or gobernador coma muy a su gusto.
— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—: denme de comer, y lluevan casos y dudas sobre m�, que yo las despabilar� en el aire.
Cumpli� su palabra el mayordomo, pareci�ndole ser cargo de conciencia matar de hambre a tan discreto gobernador; y m�s, que pensaba concluir con �l aquella misma noche haci�ndole la burla �ltima que tra�a en comisi�n de hacerle.
Sucedi�, pues, que, habiendo comido aquel d�a contra las reglas y aforismos del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entr� un correo con una carta de don Quijote para el gobernador. Mand� Sancho al secretario que la leyese para s�, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz alta. H�zolo as� el secretario, y, repas�ndola primero, dijo:
— Bien se puede leer en voz alta, que lo que el se�or don Quijote escribe a vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice as�:
Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la �nsula Barataria
Cuando esperaba o�r nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las o� de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el cual del esti�rcol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos. D�cenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses bestia, seg�n es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra la humildad del coraz�n; porque el buen adorno de la persona que est� puesta en graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condici�n le inclina. V�stete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que te adornes con el h�bito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa que m�s fatigue el coraz�n de los pobres que la hambre y la carest�a.
No hagas muchas pragm�ticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragm�ticas que no se guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el pr�ncipe que tuvo discreci�n y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espant�, y con el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.
S� padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto est� el punto de la discreci�n. Visita las c�rceles, las carnicer�as y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma raz�n. No te muestres, aunque por ventura lo seas —lo cual yo no creo—, codicioso, mujeriego ni glot�n; porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinaci�n determinada, por all� te dar�n bater�a, hasta derribarte en el profundo de la perdici�n.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito antes que de aqu� partieses a tu gobierno, y ver�s como hallas en ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus se�ores y mu�strateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que tambi�n lo ser� a Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.
La se�ora duquesa despach� un propio con tu vestido y otro presente a tu mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedi� no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores que me maltraten, tambi�n los hay que me defiendan.
Av�same si el mayordomo que est� contigo tuvo que ver en las acciones de la Trifaldi, como t� sospechaste, y de todo lo que te sucediere me ir�s dando aviso, pues es tan corto el camino; cuanto m�s, que yo pienso dejar presto esta vida ociosa en que estoy, pues no nac� para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos se�ores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin, tengo de cumplir antes con mi profesi�n que con su gusto, conforme a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. D�gote este lat�n porque me doy a entender que, despu�s que eres gobernador, lo habr�s aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga l�stima.
Tu amigo,
Don Quijote de la Mancha.
Oy� Sancho la carta con mucha atenci�n, y fue celebrada y tenida por discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levant� de la mesa, y, llamando al secretario, se encerr� con �l en su estancia, y, sin dilatarlo m�s, quiso responder luego a su se�or don Quijote, y dijo al secretario que, sin a�adir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que �l le dijese, y as� lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente:
Carta de Sancho Panza a don Quijote de la Mancha
La ocupaci�n de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme la cabeza, ni aun para cortarme las u�as; y as�, las traigo tan crecidas cual Dios lo remedie. Digo esto, se�or m�o de mi alma, porque vuesa merced no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el cual tengo m�s hambre que cuando and�bamos los dos por las selvas y por los despoblados.
Escribi�me el duque, mi se�or, el otro d�a, d�ndome aviso que hab�an entrado en esta �nsula ciertas esp�as para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra que un cierto doctor que est� en este lugar asalariado para matar a cuantos gobernadores aqu� vinieren: ll�mase el doctor Pedro Recio, y es natural de Tirteafuera: �porque vea vuesa merced qu� nombre para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice �l mismo de s� mismo que �l no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y m�s dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, �l me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pens� venir a este gobierno a comer caliente y a beber fr�o, y a recrear el cuerpo entre s�banas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si fuera ermita�o; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al cabo, me ha de llevar el diablo.
Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qu� va esto; porque aqu� me han dicho que los gobernadores que a esta �nsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo muchos dineros, y que �sta es ordinaria usanza en los dem�s que van a gobiernos, no solamente en �ste.
Anoche, andando de ronda, top� una muy hermosa doncella en traje de var�n y un hermano suyo en h�bito de mujer; de la moza se enamor� mi maestresala, y la escogi� en su imaginaci�n para su mujer, seg�n �l ha dicho, y yo escog� al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en pl�tica nuestros pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.
Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hall� una tendera que vend�a avellanas nuevas, y averig��le que hab�a mezclado con una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliqu�las todas para los ni�os de la doctrina, que las sabr�an bien distinguir, y sentenci�la que por quince d�as no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo hice valerosamente; lo que s� decir a vuestra merced es que es fama en este pueblo que no hay gente m�s mala que las placeras, porque todas son desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo as� lo creo, por las que he visto en otros pueblos.
De que mi se�ora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y envi�dole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y procurar� de mostrarme agradecido a su tiempo: b�sele vuestra merced las manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo ver� por la obra.
No querr�a que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis se�ores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro est� que ha de redundar en mi da�o, y no ser� bien que, pues se me da a m� por consejo que sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las malas fechor�as que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores; yo lo sabr� cuando nos veamos.
Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no s� qu� env�e, si no es algunos ca�utos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta �nsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscar� qu� enviar de haldas o de mangas.
Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y env�eme la carta,que tengo grand�simo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal intencionados encantadores, y a m� me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, seg�n me trata el doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced,
Sancho Panza, el Gobernador.
Cerr� la carta el secretario y despach� luego al correo; y, junt�ndose los burladores de Sancho, dieron orden entre s� c�mo despacharle del gobierno; y aquella tarde la pas� Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen gobierno de la que �l imaginaba ser �nsula, y orden� que no hubiese regatones de los bastimentos en la rep�blica, y que pudiesen meter en ella vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle el precio seg�n su estimaci�n, bondad y fama, y el que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.
Moder� el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por parecerle que corr�a con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso grav�simas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de d�a. Orden� que ning�n ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio aut�ntico de ser verdadero, por parecerle que los m�s que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y cre� un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resoluci�n: �l orden� cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.
Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aru�os, le pareci� que la vida que en aquel castillo ten�a era contra toda la orden de caballer�a que profesaba, y as�, determin� de pedir licencia a los duques para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba ganar el arn�s que en las tales fiestas se conquista.
Y, estando un d�a a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su intenci�n y pedir la licencia, veis aqu� a deshora entrar por la puerta de la gran sala dos mujeres, como despu�s pareci�, cubiertas de luto de los pies a la cabeza, y la una dellas, lleg�ndose a don Quijote, se le ech� a los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos, que puso en confusi�n a todos los que la o�an y miraban; y, aunque los duques pensaron que ser�a alguna burla que sus criados quer�an hacer a don Quijote, todav�a, viendo con el ah�nco que la mujer suspiraba, gem�a y lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la levant� del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la faz llorosa.
Ella lo hizo as�, y mostr� ser lo que jam�s se pudiera pensar, porque descubri� el rostro de do�a Rodr�guez, la due�a de casa, y la otra enlutada era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admir�ronse todos aquellos que la conoc�an, y m�s los duques que ninguno; que, puesto que la ten�an por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras. Finalmente, do�a Rodr�guez, volvi�ndose a los se�ores, les dijo:
— Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con este caballero, porque as� conviene para salir con bien del negocio en que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.
El duque dijo que �l se la daba, y que departiese con el se�or don Quijote cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don Quijote, dijo:
— D�as ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinraz�n y alevos�a que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es esta desdichada que aqu� est� presente, y vos me habedes prometido de volver por ella, enderez�ndole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las buenas venturas que Dios os depare; y as�, querr�a que, antes que os escurri�sedes por esos caminos, desafi�sedes a este r�stico ind�mito, y le hici�sedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar que el duque mi se�or me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por la ocasi�n que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto, Nuestro Se�or d� a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondi� don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
— Buena due�a, templad vuestras l�grimas, o, por mejor decir, enjugadlas y ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan f�cil en creer promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de prometer y muy pesadas de cumplir; y as�, con licencia del duque mi se�or, yo me partir� luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallar�, y le desafiar�, y le matar� cada y cuando que se escusare de cumplir la prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesi�n es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los miserables y destruir a los rigurosos.
— No es menester —respondi� el duque— que vuesa merced se ponga en trabajo de buscar al r�stico de quien esta buena due�a se queja, ni es menester tampoco que vuesa merced me pida a m� licencia para desafiarle; que yo le doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desaf�o, y que le acete, y venga a responder por s� a este mi castillo, donde a entrambos dar� campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como est�n obligados a guardarla todos aquellos pr�ncipes que dan campo franco a los que se combaten en los t�rminos de sus se�or�os.
— Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza —replic� don Quijote—, desde aqu� digo que por esta vez renuncio a mi hidalgu�a, y me allano y ajusto con la llaneza del da�ador, y me hago igual con �l, habilit�ndole para poder combatir conmigo; y as�, aunque ausente, le desaf�o y repto, en raz�n de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su leg�timo esposo, o morir en la demanda.
Y luego, descalz�ndose un guante, le arroj� en mitad de la sala, y el duque le alz�, diciendo que, como ya hab�a dicho, �l acetaba el tal desaf�o en nombre de su vasallo, y se�alaba el plazo de all� a seis d�as; y el campo, en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los caballeros: lanza y escudo, y arn�s tranzado, con todas las dem�s piezas, sin enga�o, supercher�a o superstici�n alguna, examinadas y vistas por los jueces del campo.
— Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena due�a y esta mala doncella pongan el derecho de su justicia en manos del se�or don Quijote; que de otra manera no se har� nada, ni llegar� a debida ejecuci�n el tal desaf�o.
— Yo s� pongo —respondi� la due�a.
— Y yo tambi�n —a�adi� la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que hab�a de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y orden� la duquesa que de all� adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a se�oras aventureras que ven�an a pedir justicia a su casa; y as�, les dieron cuarto aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las dem�s criadas, que no sab�an en qu� hab�a de parar la sandez y desenvoltura de do�a Rodr�guez y de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida, veis aqu� donde entr� por la sala el paje que llev� las cartas y presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le hab�a sucedido en su viaje; y, pregunt�ndoselo, respondi� el paje que no lo pod�a decir tan en p�blico ni con breves palabras: que sus excelencias fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la duquesa. La una dec�a en el sobreescrito: Carta para mi se�ora la duquesa tal, de no s� d�nde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la �nsula Barataria, que Dios prospere m�s a�os que a m�. No se le coc�a el pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abri�ndola y le�do para s�, y viendo que la pod�a leer en voz alta para que el duque y los circunstantes la oyesen, ley� desta manera:
Carta de Teresa Panza a la Duquesa
Mucho contento me dio, se�ora m�a, la carta que vuesa grandeza me escribi�, que en verdad que la ten�a bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra se�or�a haya hecho gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo este lugar, puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase Nicol�s el barbero, y Sans�n Carrasco el bachiller; pero a m� no se me da nada; que, como ello sea as�, como lo es, diga cada uno lo que quisiere; aunque, si va a decir verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco yo lo creyera, porque en este pueblo todos tienen a mi marido por un porro, y que, sacado de gobernar un hato de cabras, no pueden imaginar para qu� gobierno pueda ser bueno. Dios lo haga, y lo encamine como vee que lo han menester sus hijos.
Yo, se�ora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de meter este buen d�a en mi casa, y�ndome a la corte a tenderme en un coche, para quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y as�, suplico a vuesa excelencia mande a mi marido me env�e alg�n dinerillo, y que sea algo qu�, porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la carne, la libra, a treinta maraved�s, que es un juicio; y si quisiere que no vaya, que me lo avise con tiempo, porque me est�n bullendo los pies por ponerme en camino; que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi hija andamos orondas y pomposas en la corte, vendr� a ser conocido mi marido por m� m�s que yo por �l, siendo forzoso que pregunten muchos: ''—�Qui�n son estas se�oras deste coche?'' Y un criado m�o responder: ''—La mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de la �nsula Barataria''; y desta manera ser� conocido Sancho, y yo ser� estimada, y a Roma por todo.
P�same, cuanto pesarme puede, que este a�o no se han cogido bellotas en este pueblo; con todo eso, env�o a vuesa alteza hasta medio celem�n, que una a una las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hall� m�s mayores; yo quisiera que fueran como huevos de avestruz.
No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendr� cuidado de la respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar deste lugar, donde quedo rogando a Nuestro Se�or guarde a vuestra grandeza, y a m� no olvide. Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las manos.
La que tiene m�s deseo de ver a vuestra se�or�a que de escribirla, su criada,
Teresa Panza.
Grande fue el gusto que todos recibieron de o�r la carta de Teresa Panza, principalmente los duques, y la duquesa pidi� parecer a don Quijote si ser�a bien abrir la carta que ven�a para el gobernador, que imaginaba deb�a de ser bon�sima. Don Quijote dijo que �l la abrir�a por darles gusto, y as� lo hizo, y vio que dec�a desta manera:
Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido
Tu carta recib�, Sancho m�o de mi alma, y yo te prometo y juro como cat�lica cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira, hermano: cuando yo llegu� a o�r que eres gobernador, me pens� all� caer muerta de puro gozo, que ya sabes t� que dicen que as� mata la alegr�a s�bita como el dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro contento. El vestido que me enviaste ten�a delante, y los corales que me envi� mi se�ora la duquesa al cuello, y las cartas en las manos, y el portador dellas all� presente, y, con todo eso, cre�a y pensaba que era todo sue�o lo que ve�a y lo que tocaba; porque, �qui�n pod�a pensar que un pastor de cabras hab�a de venir a ser gobernador de �nsulas? Ya sabes t�, amigo, que dec�a mi madre que era menester vivir mucho para ver mucho: d�golo porque pienso ver m�s si vivo m�s; porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y manejan dineros. Mi se�ora la duquesa te dir� el deseo que tengo de ir a la corte; m�rate en ello, y av�same de tu gusto, que yo procurar� honrarte en ella andando en coche.
El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacrist�n no pueden creer que eres gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento, como son todas las de don Quijote tu amo; y dice Sans�n que ha de ir a buscarte y a sacarte el gobierno de la cabeza, y a don Quijote la locura de los cascos; yo no hago sino re�rme, y mirar mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envi� a mi se�ora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro. Env�ame t� algunas sartas de perlas, si se usan en esa �nsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca cas� a su hija con un pintor de mala mano, que lleg� a este pueblo a pintar lo que saliese; mand�le el Concejo pintar las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidi� dos ducados, di�ronselos adelantados, trabaj� ocho d�as, al cabo de los cuales no pint� nada, y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvi� el dinero, y, con todo eso, se cas� a t�tulo de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y tomado el azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha ordenado de grados y corona, con intenci�n de hacerse cl�rigo; s�polo Minguilla, la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encinta d�l, pero �l lo niega a pies juntillas.
Hoga�o no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo. Por aqu� pas� una compa��a de soldados; llev�ronse de camino tres mozas deste pueblo; no te quiero decir qui�n son: quiz� volver�n, y no faltar� quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada d�a ocho maraved�s horros, que los va echando en una alcanc�a para ayuda a su ajuar; pero ahora que es hija de un gobernador, t� le dar�s la dote sin que ella lo trabaje. La fuente de la plaza se sec�; un rayo cay� en la picota, y all� me las den todas.
Espero respuesta d�sta y la resoluci�n de mi ida a la corte; y, con esto, Dios te me guarde m�s a�os que a m� o tantos, porque no querr�a dejarte sin m� en este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, re�das, estimadas y admiradas; y, para acabar de echar el sello, lleg� el correo, el que tra�a la que Sancho enviaba a don Quijote, que asimesmo se ley� p�blicamente, la cual puso en duda la sandez del gobernador.
Retir�se la duquesa, para saber del paje lo que le hab�a sucedido en el lugar de Sancho, el cual se lo cont� muy por estenso, sin dejar circunstancia que no refiriese; diole las bellotas, y m�s un queso que Teresa le dio, por ser muy bueno, que se aventajaba a los de Tronch�n Recibi�lo la duquesa con grand�simo gusto, con el cual la dejaremos, por contar el fin que tuvo el gobierno del gran Sancho Panza, flor y espejo de todos los insulanos gobernadores.
''Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la redonda: la primavera sigue al verano, el verano al est�o, el est�o al oto�o, y el oto�o al invierno, y el invierno a la primavera, y as� torna a andarse el tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera m�s que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene t�rminos que la limiten''. Esto dice Cide Hamete, fil�sofo mahom�tico; porque esto de entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duraci�n de la eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han entendido; pero aqu�, nuestro autor lo dice por la presteza con que se acab�, se consumi�, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho.
El cual, estando la s�ptima noche de los d�as de su gobierno en su cama, no harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y pragm�ticas, cuando el sue�o, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a cerrar los p�rpados, oy� tan gran ruido de campanas y de voces, que no parec�a sino que toda la �nsula se hund�a. Sent�se en la cama, y estuvo atento y escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que pod�a ser la causa de tan grande alboroto; pero no s�lo no lo supo, pero, a�adi�ndose al ruido de voces y campanas el de infinitas trompetas y atambores, qued� m�s confuso y lleno de temor y espanto; y, levant�ndose en pie, se puso unas chinelas, por la humedad del suelo, y, sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese, sali� a la puerta de su aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores m�s de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas desenvainadas, gritando todos a grandes voces:
— �Arma, arma, se�or gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos en la �nsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.
Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, at�nito y embelesado de lo que o�a y ve�a; y, cuando llegaron a �l, uno le dijo:
— ��rmese luego vuestra se�or�a, si no quiere perderse y que toda esta �nsula se pierda!
— �Qu� me tengo de armar —respondi� Sancho—, ni qu� s� yo de armas ni de socorros? Estas cosas mejor ser� dejarlas para mi amo don Quijote, que en dos paletas las despachar� y pondr� en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me entiende nada destas priesas.
— �Ah, se�or gobernador! —dijo otro—. �Qu� relente es �se? �rmese vuesa merced, que aqu� le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza, y sea nuestra gu�a y nuestro capit�n, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro gobernador.
— �rmenme norabuena —replic� Sancho.
Y al momento le trujeron dos paveses, que ven�an prove�dos dellos, y le pusieron encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pav�s delante y otro detr�s, y, por unas concavidades que tra�an hechas, le sacaron los brazos, y le liaron muy bien con unos cordeles, de modo que qued� emparedado y entablado, derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso. Pusi�ronle en las manos una lanza, a la cual se arrim� para poder tenerse en pie. Cuando as� le tuvieron, le dijeron que caminase, y los guiase y animase a todos; que, siendo �l su norte, su lanterna y su lucero, tendr�an buen fin sus negocios.
— �C�mo tengo de caminar, desventurado yo —respondi� Sancho—, que no puedo jugar las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y ponerme, atravesado o en pie, en alg�n postigo, que yo le guardar�, o con esta lanza o con mi cuerpo.
— Ande, se�or gobernador —dijo otro—, que m�s el miedo que las tablas le impiden el paso; acabe y men�ese, que es tarde, y los enemigos crecen, y las voces se aumentan y el peligro carga.
Por cuyas persuasiones y vituperios prob� el pobre gobernador a moverse, y fue dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pens� que se hab�a hecho pedazos. Qued� como gal�pago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino metido entre dos artesas, o bien as� como barca que da al trav�s en la arena; y no por verle ca�do aquella gente burladora le tuvieron compasi�n alguna; antes, apagando las antorchas, tornaron a reforzar las voces, y a reiterar el �arma! con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Sancho, d�ndole infinitas cuchilladas sobre los paveses, que si �l no se recogiera y encogiera, metiendo la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo coraz�n se encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en �l, otros ca�an, y tal hubo que se puso encima un buen espacio, y desde all�, como desde atalaya, gobernaba los ej�rcitos, y a grandes voces dec�a:
— �Aqu� de los nuestros, que por esta parte cargan m�s los enemigos! �Aquel portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen! �Vengan alcanc�as, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! �Trinch�ense las calles con colchones!
En fin, �l nombraba con todo ah�nco todas las baratijas e instrumentos y pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el molido Sancho, que lo escuchaba y sufr�a todo, dec�a entre s�:
— �Oh, si mi Se�or fuese servido que se acabase ya de perder esta �nsula, y me viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!
Oy� el cielo su petici�n, y, cuando menos lo esperaba, oy� voces que dec�an:
— �Vitoria, vitoria! �Los enemigos van de vencida! �Ea, se�or gobernador, lev�ntese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible brazo!
— Lev�ntenme —dijo con voz doliente el dolorido Sancho.
Ayud�ronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:
— El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a alg�n amigo, si es que le tengo, que me d� un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, que me hago agua.
Limpi�ronle, truj�ronle el vino, desli�ronle los paveses, sent�se sobre su lecho y desmay�se del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la burla de hab�rsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en s� Sancho les templ� la pena que les hab�a dado su desmayo. Pregunt� qu� hora era, respondi�ronle que ya amanec�a. Call�, y, sin decir otra cosa, comenz� a vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qu� hab�a de parar la priesa con que se vest�a. Visti�se, en fin, y poco a poco, porque estaba molido y no pod�a ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza, sigui�ndole todos los que all� se hallaban, y, lleg�ndose al rucio, le abraz� y le dio un beso de paz en la frente, y, no sin l�grimas en los ojos, le dijo:
— Venid vos ac�, compa�ero m�o y amigo m�o, y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me aven�a con vos y no ten�a otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis d�as y mis a�os; pero, despu�s que os dej� y me sub� sobre las torres de la ambici�n y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos.
Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno, sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar subi� sobre �l, y, encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que all� presentes estaban, dijo:
— Abrid camino, se�ores m�os, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nac� para ser gobernador, ni para defender �nsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a m� de arar y cavar, podar y ensarmentar las vi�as, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se est� San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se est� cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me est� a m� una hoz en la mano que un cetro de gobernador; m�s quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un m�dico impertinente que me mate de hambre; y m�s quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeci�n del gobierno entre s�banas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden con Dios, y digan al duque mi se�or que, desnudo nac�, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entr� en este gobierno y sin ella salgo, bien al rev�s de como suelen salir los gobernadores de otras �nsulas. Y ap�rtense: d�jenme ir, que me voy a bizmar; que creo que tengo brumadas todas las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre m�.
— No ha de ser as�, se�or gobernador —dijo el doctor Recio—, que yo le dar� a vuesa merced una bebida contra ca�das y molimientos, que luego le vuelva en su pr�stina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa merced de enmendarme, dej�ndole comer abundantemente de todo aquello que quisiere.
— �Tarde piache! —respondi� Sancho—. As� dejar� de irme como volverme turco. No son estas burlas para dos veces. Por Dios que as� me quede en �ste, ni admita otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo. Qu�dense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el aire para que me comiesen vencejos y otros p�jaros, y volv�monos a andar por el suelo con pie llano, que, si no le adornaren zapatos picados de cordob�n, no le faltar�n alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda m�s la pierna de cuanto fuere larga la s�bana; y d�jenme pasar, que se me hace tarde.
A lo que el mayordomo dijo:
— Se�or gobernador, de muy buena gana dej�ramos ir a vuesa merced, puesto que nos pesar� mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder obligan a desearle; pero ya se sabe que todo gobernador est� obligado, antes que se ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia: d�la vuesa merced de los diez d�as que ha que tiene el gobierno, y v�yase a la paz de Dios.
— Nadie me la puede pedir —respondi� Sancho—, si no es quien ordenare el duque mi se�or; yo voy a verme con �l, y a �l se la dar� de molde; cuanto m�s que, saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra se�al para dar a entender que he gobernado como un �ngel.
— Par Dios que tiene raz�n el gran Sancho —dijo el doctor Recio—, y que soy de parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.
Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreci�ndole primero compa��a y todo aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su viaje. Sancho dijo que no quer�a m�s de un poco de cebada para el rucio y medio queso y medio pan para �l; que, pues el camino era tan corto, no hab�a menester mayor ni mejor reposter�a. Abraz�ronle todos, y �l, llorando, abraz� a todos, y los dej� admirados, as� de sus razones como de su determinaci�n tan resoluta y tan discreta.
Resolvi�ronse el duque y la duquesa de que el desaf�o que don Quijote hizo a su vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el mozo estaba en Flandes, adonde se hab�a ido huyendo, por no tener por suegra a do�a Rodr�guez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gasc�n, que se llamaba Tosilos, industri�ndole primero muy bien de todo lo que hab�a de hacer.
De all� a dos d�as dijo el duque a don Quijote como desde all� a cuatro vendr�a su contrario, y se presentar�a en el campo, armado como caballero, y sustentar�a como la doncella ment�a por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera, si se afirmaba que �l le hubiese dado palabra de casamiento. Don Quijote recibi� mucho gusto con las tales nuevas, y se prometi� a s� mismo de hacer maravillas en el caso, y tuvo a gran ventura hab�rsele ofrecido ocasi�n donde aquellos se�ores pudiesen ver hasta d�nde se estend�a el valor de su poderoso brazo; y as�, con alborozo y contento, esperaba los cuatro d�as, que se le iban haciendo, a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos.
Dej�moslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompa�ar a Sancho, que entre alegre y triste ven�a caminando sobre el rucio a buscar a su amo, cuya compa��a le agradaba m�s que ser gobernador de todas las �nsulas del mundo.
Sucedi�, pues, que, no habi�ndose alongado mucho de la �nsula del su gobierno —que �l nunca se puso a averiguar si era �nsula, ciudad, villa o lugar la que gobernaba—, vio que por el camino por donde �l iba ven�an seis peregrinos con sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna cantando, los cuales, en llegando a �l, se pusieron en ala, y, levantando las voces todos juntos, comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender, si no fue una palabra que claramente pronunciaba limosna, por donde entendi� que era limosna la que en su canto ped�an; y como �l, seg�n dice Cide Hamete, era caritativo adem�s, sac� de sus alforjas medio pan y medio queso, de que ven�a prove�do, y di�selo, dici�ndoles por se�as que no ten�a otra cosa que darles. Ellos lo recibieron de muy buena gana, y dijeron:
— �Guelte! �Guelte!
— No entiendo —respondi� Sancho— qu� es lo que me ped�s, buena gente.
Entonces uno de ellos sac� una bolsa del seno y mostr�sela a Sancho, por donde entendi� que le ped�an dineros; y �l, poni�ndose el dedo pulgar en la garganta y estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no ten�a ostugo de moneda, y, picando al rucio, rompi� por ellos; y, al pasar, habi�ndole estado mirando uno dellos con mucha atenci�n, arremeti� a �l, ech�ndole los brazos por la cintura; en voz alta y muy castellana, dijo:
— �V�lame Dios! �Qu� es lo que veo? �Es posible que tengo en mis brazos al mi caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? S� tengo, sin duda, porque yo ni duermo, ni estoy ahora borracho.
Admir�se Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del estranjero peregrino, y, despu�s de haberle estado mirando sin hablar palabra, con mucha atenci�n, nunca pudo conocerle; pero, viendo su suspensi�n el peregrino, le dijo:
— �C�mo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le mir� con m�s atenci�n y comenz� a rafigurarle, y , finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le ech� los brazos al cuello, y le dijo:
— �Qui�n diablos te hab�a de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que traes? Dime: �qui�n te ha hecho franchote, y c�mo tienes atrevimiento de volver a Espa�a, donde si te cogen y conocen tendr�s harta mala ventura?
— Si t� no me descubres, Sancho —respondi� el peregrino—, seguro estoy que en este traje no habr� nadie que me conozca; y apart�monos del camino a aquella alameda que all� parece, donde quieren comer y reposar mis compa�eros, y all� comer�s con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendr� lugar de contarte lo que me ha sucedido despu�s que me part� de nuestro lugar, por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de mi naci�n amenazaba, seg�n o�ste.
H�zolo as� Sancho, y, hablando Ricote a los dem�s peregrinos, se apartaron a la alameda que se parec�a, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones, quit�ronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en a�os. Todos tra�an alforjas, y todas, seg�n pareci�, ven�an bien prove�das, a lo menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.
Tendi�ronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jam�n, que si no se dejaban mascar, no defend�an el ser chupados. Pusieron asimismo un manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de huevos de pescados, gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que m�s campe� en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sac� la suya de su alforja; hasta el buen Ricote, que se hab�a transformado de morisco en alem�n o en tudesco, sac� la suya, que en grandeza pod�a competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grand�simo gusto y muy de espacio, sabore�ndose con cada bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa, y luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las botas en el aire; puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parec�a sino que pon�an en �l la punter�a; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a otro, se�ales que acreditaban el gusto que receb�an, se estuvieron un buen espacio, trasegando en sus est�magos las entra�as de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dol�a; antes, por cumplir con el refr�n, que �l muy bien sab�a, de "cuando a Roma fueres, haz como vieres", pidi� a Ricote la bota, y tom� su punter�a como los dem�s, y no con menos gusto que ellos.
Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no fue posible, porque ya estaban m�s enjutas y secas que un esparto, cosa que puso mustia la alegr�a que hasta all� hab�an mostrado. De cuando en cuando, juntaba alguno su mano derecha con la de Sancho, y dec�a:
— Espa�ol y tudesqui, tuto uno: bon compa�o.
Y Sancho respond�a: Bon compa�o, jura Di!
Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada de lo que le hab�a sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando se come y bebe, poca jurisdici�n suelen tener los cuidados. Finalmente, el acab�rsele el vino fue principio de un sue�o que dio a todos, qued�ndose dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote y Sancho quedaron alerta, porque hab�an comido m�s y bebido menos; y, apartando Ricote a Sancho, se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce sue�o; y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana le dijo las siguientes razones:
— �Bien sabes, �oh Sancho Panza, vecino y amigo m�o!, como el preg�n y bando que Su Majestad mand� publicar contra los de mi naci�n puso terror y espanto en todos nosotros; a lo menos, en m� le puso de suerte que me parece que antes del tiempo que se nos conced�a para que hici�semos ausencia de Espa�a, ya ten�a el rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Orden�, pues, a mi parecer como prudente, bien as� como el que sabe que para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse; orden�, digo, de salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con comodidad y sin la priesa con que los dem�s salieron; porque bien vi, y vieron todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran s�lo amenazas, como algunos dec�an, sino verdaderas leyes, que se hab�an de poner en ejecuci�n a su determinado tiempo; y forz�bame a creer esta verdad saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros ten�an, y tales, que me parece que fue inspiraci�n divina la que movi� a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda resoluci�n, no porque todos fu�semos culpados, que algunos hab�a cristianos firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se pod�an oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa raz�n fuimos castigados con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, la m�s terrible que se nos pod�a dar. Doquiera que estamos lloramos por Espa�a, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berber�a, y en todas las partes de �frica, donde esper�bamos ser recebidos, acogidos y regalados, all� es donde m�s nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo tan grande, que casi todos tenemos de volver a Espa�a, que los m�s de aquellos, y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan all� sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria. Sal�, como digo, de nuestro pueblo, entr� en Francia, y, aunque all� nos hac�an buen acogimiento, quise verlo todo. Pas� a Italia y llegu� a Alemania, y all� me pareci� que se pod�a vivir con m�s libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia. Dej� tomada casa en un pueblo junto a Augusta; junt�me con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a Espa�a muchos dellos, cada a�o, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias, y por cert�sima granjer�a y conocida ganancia. �ndanla casi toda, y no hay pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con m�s de cien escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o entre los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden, los sacan del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y puertos donde se registran. Ahora es mi intenci�n, Sancho, sacar el tesoro que dej� enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podr� hacer sin peligro y escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que s� que est� en Argel, y dar traza como traerlas a alg�n puerto de Francia, y desde all� llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros; que, en resoluci�n, Sancho, yo s� cierto que la Ricota mi hija y Francisca Ricota, mi mujer, son cat�licas cristianas, y, aunque yo no lo soy tanto, todav�a tengo m�s de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los ojos del entendimiento y me d� a conocer c�mo le tengo de servir. Y lo que me tiene admirado es no saber por qu� se fue mi mujer y mi hija antes a Berber�a que a Francia, adonde pod�a vivir como cristiana.�
A lo que respondi� Sancho:
— Mira, Ricote, eso no debi� estar en su mano, porque las llev� Juan Tiopieyo, el hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo m�s bien parado, y s�te decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste encerrado; porque tuvimos nuevas que hab�an quitado a tu cu�ado y tu mujer muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar.
— Bien puede ser eso —replic� Ricote—, pero yo s�, Sancho, que no tocaron a mi encierro, porque yo no les descubr� d�nde estaba, temeroso de alg�n desm�n; y as�, si t�, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo, yo te dar� docientos escudos, con que podr�s remediar tus necesidades, que ya sabes que s� yo que las tienes muchas.
— Yo lo hiciera —respondi� Sancho—, pero no soy nada codicioso; que, a serlo, un oficio dej� yo esta ma�ana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata; y, as� por esto como por parecerme har�a traici�n a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera contigo, si como me prometes docientos escudos, me dieras aqu� de contado cuatrocientos.
— Y �qu� oficio es el que has dejado, Sancho? —pregunt� Ricote.
— He dejado de ser gobernador de una �nsula —respondi� Sancho—, y tal, que a buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.
— �Y d�nde est� esa �nsula? —pregunt� Ricote.
— �Ad�nde? —respondi� Sancho—. Dos leguas de aqu�, y se llama la �nsula Barataria.
— Calla, Sancho —dijo Ricote—, que las �nsulas est�n all� dentro de la mar; que no hay �nsulas en la tierra firme.
— �C�mo no? —replic� Sancho—. D�gote, Ricote amigo, que esta ma�ana me part� della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario; pero, con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los gobernadores.
— Y �qu� has ganado en el gobierno? —pregunt� Ricote.
— He ganado —respondi� Sancho— el haber conocido que no soy bueno para gobernar, si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales gobiernos son a costa de perder el descanso y el sue�o, y aun el sustento; porque en las �nsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si tienen m�dicos que miren por su salud.
— Yo no te entiendo, Sancho —dijo Ricote—, pero par�ceme que todo lo que dices es disparate; que, �qui�n te hab�a de dar a ti �nsulas que gobernases? �Faltaban hombres en el mundo m�s h�biles para gobernadores que t� eres? Calla, Sancho, y vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a sacar el tesoro que dej� escondido; que en verdad que es tanto, que se puede llamar tesoro, y te dar� con que vivas, como te he dicho.
— Ya te he dicho, Ricote —replic� Sancho—, que no quiero; cont�ntate que por m� no ser�s descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y d�jame seguir el m�o; que yo s� que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su due�o.
— No quiero porfiar, Sancho —dijo Ricote—, pero dime: �hall�stete en nuestro lugar, cuando se parti� d�l mi mujer, mi hija y mi cu�ado?
— S� hall� —respondi� Sancho—, y s�te decir que sali� tu hija tan hermosa que salieron a verla cuantos hab�a en el pueblo, y todos dec�an que era la m�s bella criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a cuantos llegaban a verla, y a todos ped�a la encomendasen a Dios y a Nuestra Se�ora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a m� me hizo llorar, que no suelo ser muy llor�n. Y a fee que muchos tuvieron deseo de esconderla y salir a quit�rsela en el camino; pero el miedo de ir contra el mandado del rey los detuvo. Principalmente se mostr� m�s apasionado don Pedro Gregorio, aquel mancebo mayorazgo rico que t� conoces, que dicen que la quer�a mucho, y despu�s que ella se parti�, nunca m�s �l ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.
— Siempre tuve yo mala sospecha —dijo Ricote— de que ese caballero adamaba a mi hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el saber que la quer�a bien; que ya habr�s o�do decir, Sancho, que las moriscas pocas o ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo que yo creo, atend�a a ser m�s cristiana que enamorada, no se curar�a de las solicitudes de ese se�or mayorazgo.
— Dios lo haga —replic� Sancho—, que a entrambos les estar�a mal. Y d�jame partir de aqu�, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde est� mi se�or don Quijote.
— Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compa�eros se rebullen, y tambi�n es hora que prosigamos nuestro camino.
Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subi� en su rucio, y Ricote se arrim� a su bord�n, y se apartaron.
El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel d�a llegase al castillo del duque, puesto que lleg� media legua d�l, donde le tom� la noche, algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio mucha pesadumbre; y as�, se apart� del camino con intenci�n de esperar la ma�ana; y quiso su corta y desventurada suerte que, buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron �l y el rucio en una honda y escur�sima sima que entre unos edificios muy antiguos estaba, y al tiempo del caer, se encomend� a Dios de todo coraz�n, pensando que no hab�a de parar hasta el profundo de los abismos. Y no fue as�, porque a poco m�s de tres estados dio fondo el rucio, y �l se hall� encima d�l, sin haber recebido lisi�n ni da�o alguno.
Tent�se todo el cuerpo, y recogi� el aliento, por ver si estaba sano o agujereado por alguna parte; y, vi�ndose bueno, entero y cat�lico de salud, no se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Se�or de la merced que le hab�a hecho, porque sin duda pens� que estaba hecho mil pedazos. Tent� asimismo con las manos por las paredes de la sima, por ver si ser�a posible salir della sin ayuda de nadie; pero todas las hall� rasas y sin asidero alguno, de lo que Sancho se congoj� mucho, especialmente cuando oy� que el rucio se quejaba tierna y dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio, que, a la verdad, no estaba muy bien parado.
— �Ay —dijo entonces Sancho Panza—, y cu�n no pensados sucesos suelen suceder a cada paso a los que viven en este miserable mundo! �Qui�n dijera que el que ayer se vio entronizado gobernador de una �nsula, mandando a sus sirvientes y a sus vasallos, hoy se hab�a de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aqu� habremos de perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, �l de molido y quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no ser� yo tan venturoso como lo fue mi se�or don Quijote de la Mancha cuando decendi� y baj� a la cueva de aquel encantado Montesinos, donde hall� quien le regalase mejor que en su casa, que no parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. All� vio �l visiones hermosas y apacibles, y yo ver� aqu�, a lo que creo, sapos y culebras. �Desdichado de m�, y en qu� han parado mis locuras y fantas�as! De aqu� sacar�n mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y ra�dos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quiz� se echar� de ver qui�n somos, a lo menos de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apart� de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: �miserables de nosotros, que no ha querido nuestra corta suerte que muri�semos en nuestra patria y entre los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara quien dello se doliera, y en la hora �ltima de nuestro pasamiento nos cerrara los ojos! �Oh compa�ero y amigo m�o, qu� mal pago te he dado de tus buenos servicios! Perd�name y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo de ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado poeta, y de darte los piensos doblados.
Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre se hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y lamentaciones, vino el d�a, con cuya claridad y resplandor vio Sancho que era imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenz� a lamentarse y dar voces, por ver si alguno le o�a; pero todas sus voces eran dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos no hab�a persona que pudiese escucharle, y entonces se acab� de dar por muerto.
Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomod� de modo que le puso en pie, que apenas se pod�a tener; y, sacando de las alforjas, que tambi�n hab�an corrido la mesma fortuna de la ca�da, un pedazo de pan, lo dio a su jumento, que no le supo mal, y d�jole Sancho, como si lo entendiera:
— Todos los duelos con pan son buenos.
En esto, descubri� a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por �l una persona, si se agobiaba y encog�a. Acudi� a �l Sancho Panza, y, agazap�ndose, se entr� por �l y vio que por de dentro era espacioso y largo, y p�dolo ver, porque por lo que se pod�a llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubr�a todo. Vio tambi�n que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo cual, volvi� a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenz� a desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y, cogi�ndole del cabestro, comenz� a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida por otra parte. A veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin miedo.
— �V�lame Dios todopoderoso! —dec�a entre s�—. Esta que para m� es desventura, mejor fuera para aventura de mi amo don Quijote. �l s� que tuviera estas profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y esperara salir de esta escuridad y estrecheza a alg�n florido prado; pero yo, sin ventura, falto de consejo y menoscabado de �nimo, a cada paso pienso que debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima m�s profunda que la otra, que acabe de tragarme. �Bien vengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareci� que habr�a caminado poco m�s de media legua, al cabo de la cual descubri� una confusa claridad, que pareci� ser ya de d�a, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto aquel, para �l, camino de la otra vida.
Aqu� le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don Quijote, que, alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que hab�a de hacer con el robador de la honra de la hija de do�a Rodr�guez, a quien pensaba enderezar el tuerto y desaguisado que malamente le ten�an fecho.
Sucedi�, pues, que, sali�ndose una ma�ana a imponerse y ensayarse en lo que hab�a de hacer en el trance en que otro d�a pensaba verse, dando un repel�n o arremetida a Rocinante, lleg� a poner los pies tan junto a una cueva, que, a no tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella. En fin, le detuvo y no cay�, y, lleg�ndose algo m�s cerca, sin apearse, mir� aquella hondura; y, est�ndola mirando, oy� grandes voces dentro; y, escuchando atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba dec�a:
— �Ah de arriba! �Hay alg�n cristiano que me escuche, o alg�n caballero caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado desgobernado gobernador?
Pareci�le a don Quijote que o�a la voz de Sancho Panza, de que qued� suspenso y asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:
— �Qui�n est� all� bajo? �Qui�n se queja?
— �Qui�n puede estar aqu�, o qui�n se ha de quejar —respondieron—, sino el asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza, de la �nsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don Quijote de la Mancha?
Oyendo lo cual don Quijote, se le dobl� la admiraci�n y se le acrecent� el pasmo, vini�ndosele al pensamiento que Sancho Panza deb�a de ser muerto, y que estaba all� penando su alma, y llevado desta imaginaci�n dijo:
— Conj�rote por todo aquello que puedo conjurarte como cat�lico cristiano, que me digas qui�n eres; y si eres alma en pena, dime qu� quieres que haga por ti; que, pues es mi profesi�n favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, tambi�n lo ser� para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden ayudarse por s� propios.
— Desa manera —respondieron—, vuestra merced que me habla debe de ser mi se�or don Quijote de la Mancha, y aun en el �rgano de la voz no es otro, sin duda.
— Don Quijote soy —replic� don Quijote—, el que profeso socorrer y ayudar en sus necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime qui�n eres, que me tienes at�nito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has muerto, como no te hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de Dios, est�s en el purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Cat�lica Romana bastantes a sacarte de las penas en que est�s, y yo, que lo solicitar� con ella, por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y dime qui�n eres.
— �Voto a tal! —respondieron—, y por el nacimiento de quien vuesa merced quisiere, juro, se�or don Quijote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho Panza, y que nunca me he muerto en todos los d�as de mi vida; sino que, habiendo dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester m�s espacio para decirlas, anoche ca� en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejar� mentir, pues, por m�s se�as, est� aqu� conmigo.
Y hay m�s: que no parece sino que el jumento entendi� lo que Sancho dijo, porque al momento comenz� a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba.
— �Famoso testigo! —dijo don Quijote—. El rebuzno conozco como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho m�o. Esp�rame; ir� al castillo del duque, que est� aqu� cerca, y traer� quien te saque desta sima, donde tus pecados te deben de haber puesto.
— Vaya vuesa merced —dijo Sancho—, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no lo puedo llevar el estar aqu� sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.
Dej�le don Quijote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Sancho Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que deb�a de haber ca�do por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos inmemoriales estaba all� hecha; pero no pod�an pensar c�mo hab�a dejado el gobierno sin tener ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas; y, a costa de mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo:
— Desta manera hab�an de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores, como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido, y sin blanca, a lo que yo creo.
Oy�lo Sancho, y dijo:
— Ocho d�as o diez ha, hermano murmurador, que entr� a gobernar la �nsula que me dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han perseguido m�dicos, y enemigos me han brumado los g�esos; ni he tenido lugar de hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto as�, como lo es, no merec�a yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le est� bien a cada uno; y cual el tiempo, tal el tiento; y nadie diga "desta agua no beber�", que adonde se piensa que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo m�s, aunque pudiera.
— No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que ser� nunca acabar: ven t� con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo. Si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen d�l que ha sido un ladr�n, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato.
— A buen seguro —respondi� Sancho— que por esta vez antes me han de tener por tonto que por ladr�n.
En estas pl�ticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa esperando a don Quijote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque sin que primero no hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque dec�a que hab�a pasado muy mala noche en la posada; y luego subi� a ver a sus se�ores, ante los cuales, puesto de rodillas, dijo:
— Yo, se�ores, porque lo quiso as� vuestra grandeza, sin ning�n merecimiento m�o, fui a gobernar vuestra �nsula Barataria, en la cual entr� desnudo, y desnudo me hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido delante, que dir�n lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos, siempre muerto de hambre, por haberlo querido as� el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera, m�dico insulano y gobernadoresco. Acometi�ronnos enemigos de noche, y, habi�ndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la �nsula que salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les d� Dios como ellos dicen verdad. En resoluci�n, en este tiempo yo he tanteado las cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi cuenta que no las podr�n llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni flechas de mi aljaba; y as�, antes que diese conmigo al trav�s el gobierno, he querido yo dar con el gobierno al trav�s, y ayer de ma�ana dej� la �nsula como la hall�: con las mismas calles, casas y tejados que ten�a cuando entr� en ella. No he pedido prestado a nadie, ni met�dome en granjer�as; y, aunque pensaba hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se hab�an de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Sal�, como digo, de la �nsula sin otro acompa�amiento que el de mi rucio; ca� en una sima, v�neme por ella adelante, hasta que, esta ma�ana, con la luz del sol, vi la salida, pero no tan f�cil que, a no depararme el cielo a mi se�or don Quijote, all� me quedara hasta la fin del mundo. As� que, mis se�ores duque y duquesa, aqu� est� vuestro gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez d�as que ha tenido el gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una �nsula, sino de todo el mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos, que dicen "Salta t�, y d�mela t�", doy un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi se�or don Quijote; que, en fin, en �l, aunque como el pan con sobresalto, h�rtome, a lo menos, y para m�, como yo est� harto, eso me hace que sea de zanahorias que de perdices.
Con esto dio fin a su larga pl�tica Sancho, temiendo siempre don Quijote que hab�a de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar con tan pocos, dio en su coraz�n gracias al cielo, y el duque abraz� a Sancho, y le dijo que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que �l har�a de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de m�s provecho. Abraz�le la duquesa asimismo, y mand� que le regalasen, porque daba se�ales de venir mal molido y peor parado.
No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del gobierno que le dieron; y m�s, que aquel mismo d�a vino su mayordomo, y les cont� punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho hab�a dicho y hecho en aquellos d�as, y finalmente les encareci� el asalto de la �nsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no peque�o gusto recibieron.
Despu�s desto, cuenta la historia que se lleg� el d�a de la batalla aplazada, y, habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo Tosilos c�mo se hab�a de avenir con don Quijote para vencerle sin matarle ni herirle, orden� que se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don Quijote que no permit�a la cristiandad, de que �l se preciaba, que aquella batalla fuese con tanto riesgo y peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo franco en su tierra, puesto que iba contra el decreto del Santo Concilio, que proh�be los tales desaf�os, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte.
Don Quijote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio como m�s fuese servido; que �l le obedecer�a en todo. Llegado, pues, el temeroso d�a, y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del castillo se hiciese un espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del campo y las due�as, madre y hija, demandantes, hab�a acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas infinita gente, a ver la novedad de aquella batalla; que nunca otra tal no hab�an visto, ni o�do decir en aquella tierra los que viv�an ni los que hab�an muerto.
El primero que entr� en el campo y estacada fue el maestro de las ceremonias, que tante� el campo, y le pase� todo, porque en �l no hubiese alg�n enga�o, ni cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego entraron las due�as y se sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos hasta los ojos y aun hasta los pechos, con muestras de no peque�o sentimiento. Presente don Quijote en la estacada, de all� a poco, acompa�ado de muchas trompetas, asom� por una parte de la plaza, sobre un poderoso caballo, hundi�ndola toda, el grande lacayo Tosilos, calada la visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El caballo mostraba ser fris�n, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le pend�a una arroba de lana.
Ven�a el valeroso combatiente bien informado del duque su se�or de c�mo se hab�a de portar con el valeroso don Quijote de la Mancha, advertido que en ninguna manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por escusar el peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase. Pase� la plaza, y, llegando donde las due�as estaban, se puso alg�n tanto a mirar a la que por esposo le ped�a. Llam� el maese de campo a don Quijote, que ya se hab�a presentado en la plaza, y junto con Tosilos habl� a las due�as, pregunt�ndoles si consent�an que volviese por su derecho don Quijote de la Mancha. Ellas dijeron que s�, y que todo lo que en aquel caso hiciese lo daban por bien hecho, por firme y por valedero.
Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galer�a que ca�a sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que esperaba ver el riguroso trance nunca visto. Fue condici�n de los combatientes que si don Quijote venc�a, su contrario se hab�a de casar con la hija de do�a Rodr�guez; y si �l fuese vencido, quedaba libre su contendor de la palabra que se le ped�a, sin dar otra satisfaci�n alguna.
Parti�les el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en el puesto donde hab�an de estar. Sonaron los atambores, llen� el aire el son de las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban suspensos los corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote, encomend�ndose de todo su coraz�n a Dios Nuestro Se�or y a la se�ora Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se le diese se�al precisa de la arremetida; empero, nuestro lacayo ten�a diferentes pensamientos: no pensaba �l sino en lo que agora dir�:
Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareci� la m�s hermosa mujer que hab�a visto en toda su vida, y el ni�o ceguezuelo, a quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la ocasi�n que se le ofreci� de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos; y as�, lleg�ndose a �l bonitamente, sin que nadie le viese, le envas� al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo, y le pas� el coraz�n de parte a parte; y p�dolo hacer bien al seguro, porque el Amor es invisible, y entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.
Digo, pues, que, cuando dieron la se�al de la arremetida, estaba nuestro lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya hab�a hecho se�ora de su libertad, y as�, no atendi� al son de la trompeta, como hizo don Quijote, que, apenas la hubo o�do, cuando arremeti�, y, a todo el correr que permit�a Rocinante, parti� contra su enemigo; y, vi�ndole partir su buen escudero Sancho, dijo a grandes voces:
— �Dios te gu�e, nata y flor de los andantes caballeros! �Dios te d� la vitoria, pues llevas la raz�n de tu parte!
Y, aunque Tosilos vio venir contra s� a don Quijote, no se movi� un paso de su puesto; antes, con grandes voces, llam� al maese de campo, el cual venido a ver lo que quer�a, le dijo:
— Se�or, �esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con aquella se�ora?
— As� es —le fue respondido.
— Pues yo —dijo el lacayo— soy temeroso de mi conciencia, y pondr�ala en gran cargo si pasase adelante en esta batalla; y as�, digo que yo me doy por vencido y que quiero casarme luego con aquella se�ora.
Qued� admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno de los sabidores de la m�quina de aquel caso, no le supo responder palabra. Det�vose don Quijote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le acomet�a. El duque no sab�a la ocasi�n porque no se pasaba adelante en la batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos dec�a, de lo que qued� suspenso y col�rico en estremo.
En tanto que esto pasaba, Tosilos se lleg� adonde do�a Rodr�guez estaba, y dijo a grandes voces:
— Yo, se�ora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte.
Oy� esto el valeroso don Quijote, y dijo:
— Pues esto as� es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: c�sense en hora buena, y, pues Dios Nuestro Se�or se la dio, San Pedro se la bendiga.
El duque hab�a bajado a la plaza del castillo, y, lleg�ndose a Tosilos, le dijo:
— �Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de vuestra temerosa conciencia, os quer�is casar con esta doncella?
— S�, se�or —respondi� Tosilos.
— �l hace muy bien —dijo a esta saz�n Sancho Panza—, porque lo que has de dar al mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.
�base Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen, porque le iban faltando los esp�ritus del aliento, y no pod�a verse encerrado tanto tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quit�ronsela apriesa, y qued� descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual do�a Rodr�guez y su hija, dando grandes voces, dijeron:
— ��ste es enga�o, enga�o es �ste! �A Tosilos, el lacayo del duque mi se�or, nos han puesto en lugar de mi verdadero esposo! �Justicia de Dios y del Rey, de tanta malicia, por no decir bellaquer�a!
— No vos acuit�is, se�oras —dijo don Quijote—, que ni �sta es malicia ni es bellaquer�a; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase la gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en el de este que dec�s que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar de la malicia de mis enemigos, casaos con �l, que sin duda es el mismo que vos dese�is alcanzar por esposo.
El duque, que esto oy�, estuvo por romper en risa toda su c�lera, y dijo:
— Son tan extraordinarias las cosas que suceden al se�or don Quijote que estoy por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y ma�a: dilatemos el casamiento quince d�as, si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que nos tiene dudosos, en los cuales podr�a ser que volviese a su pr�stina figura; que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al se�or don Quijote, y m�s, y�ndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.
— �Oh se�or! —dijo Sancho—, que ya tienen estos malandrines por uso y costumbre de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un caballero que venci� los d�as pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura del bachiller Sans�n Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo nuestro, y a mi se�ora Dulcinea del Toboso la han vuelto en una r�stica labradora; y as�, imagino que este lacayo ha de morir y vivir lacayo todos los d�as de su vida.
A lo que dijo la hija de Rodr�guez:
— S�ase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que m�s quiero ser mujer leg�tima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero, puesto que el que a m� me burl� no lo es.
En resoluci�n, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se recogiese, hasta ver en qu� paraba su transformaci�n; aclamaron todos la vitoria por don Quijote, y los m�s quedaron tristes y melanc�licos de ver que no se hab�an hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien as� como los mochachos quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o la parte, o la justicia. Fuese la gente, volvi�ronse el duque y don Quijote al castillo, encerraron a Tosilos, quedaron do�a Rodr�guez y su hija content�simas de ver que, por una v�a o por otra, aquel caso hab�a de parar en casamiento, y Tosilos no esperaba menos.
Ya le pareci� a don Quijote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en aquel castillo ten�a; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hac�a en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que como a caballero andante aquellos se�ores le hac�an, y parec�ale que hab�a de dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento; y as�, pidi� un d�a licencia a los duques para partirse. Di�ronsela, con muestras de que en gran manera les pesaba de que los dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer a Sancho Panza, el cual llor� con ellas, y dijo:
— �Qui�n pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi mujer Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno hab�an de parar en volverme yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don Quijote de la Mancha? Con todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondi� a ser quien es, enviando las bellotas a la duquesa; que, a no hab�rselas enviado, quedando yo pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es que esta d�diva no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya ten�a yo el gobierno cuando ella las envi�, y est� puesto en raz�n que los que reciben alg�n beneficio, aunque sea con ni�er�as, se muestren agradecidos. En efecto, yo entr� desnudo en el gobierno y salgo desnudo d�l; y as�, podr� decir con segura conciencia, que no es poco: "Desnudo nac�, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano".
Esto pasaba entre s� Sancho el d�a de la partida; y, saliendo don Quijote, habi�ndose despedido la noche antes de los duques, una ma�ana se present� armado en la plaza del castillo. Mir�banle de los corredores toda la gente del castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio, con sus alforjas, maleta y repuesto, content�simo, porque el mayordomo del duque, el que fue la Trifaldi, le hab�a dado un bolsico con docientos escudos de oro, para suplir los menesteres del camino, y esto a�n no lo sab�a don Quijote.
Estando, como queda dicho, mir�ndole todos, a deshora, entre las otras due�as y doncellas de la duquesa, que le miraban, alz� la voz la desenvuelta y discreta Altisidora, y en son lastimero dijo:
-Escucha, mal caballero;
det�n un poco las riendas;
no fatigues las ijadas
de tu mal regida bestia.
Mira, falso, que no huyas
de alguna serpiente fiera,
sino de una corderilla
que est� muy lejos de oveja.
T� has burlado, monstruo horrendo,
la m�s hermosa doncella
que D�ana vio en sus montes,
que Venus mir� en sus selvas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrab�s te acompa�e; all� te avengas.
T� llevas, �llevar imp�o!,
en las garras de tus cerras
las entra�as de una humilde,
como enamorada, tierna.
Ll�vaste tres tocadores,
y unas ligas, de unas piernas
que al m�rmol puro se igualan
en lisas, blancas y negras.
Ll�vaste dos mil suspiros,
que, a ser de fuego, pudieran
abrasar a dos mil Troyas,
si dos mil Troyas hubiera.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrab�s te acompa�e; all� te avengas.
De ese Sancho, tu escudero,
las entra�as sean tan tercas
y tan duras, que no salga
de su encanto Dulcinea.
De la culpa que t� tienes
lleve la triste la pena;
que justos por pecadores
tal vez pagan en mi tierra.
Tus m�s finas aventuras
en desventuras se vuelvan,
en sue�os tus pasatiempos,
en olvidos tus firmezas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrab�s te acompa�e; all� te avengas.
Seas tenido por falso
desde Sevilla a Marchena,
desde Granada hasta Loja,
de Londres a Inglaterra.
Si jugares al reinado,
los cientos, o la primera,
los reyes huyan de ti;
ases ni sietes no veas.
Si te cortares los callos,
sangre las heridas viertan,
y qu�dente los raigones
si te sacares las muelas.
Cruel Vireno, fugitivo Eneas,
Barrab�s te acompa�e; all� te avengas.
En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada Altisidora, la estuvo mirando don Quijote, y, sin responderla palabra, volviendo el rostro a Sancho, le dijo:
— Por el siglo de tus pasados, Sancho m�o, te conjuro que me digas una verdad. Dime, �llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta enamorada doncella dice?
A lo que Sancho respondi�:
— Los tres tocadores s� llevo; pero las ligas, como por los cerros de �beda.
Qued� la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la ten�a por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creci� m�s su admiraci�n. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
— No me parece bien, se�or caballero, que, habiendo recebido en este mi castillo el buen acogimiento que en �l se os ha hecho, os hay�is atrevido a llevaros tres tocadores, por lo menos, si por lo m�s las ligas de mi doncella; indicios son de mal pecho y muestras que no corresponden a vuestra fama. Volvedle las ligas; si no, yo os desaf�o a mortal batalla, sin tener temor que malandrines encantadores me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que entr� con vos en batalla.
— No quiera Dios —respondi� don Quijote— que yo desenvaine mi espada contra vuestra ilustr�sima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los tocadores volver�, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es imposible, porque ni yo las he recebido ni �l tampoco; y si esta vuestra doncella quisiere mirar sus escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, se�or duque, jam�s he sido ladr�n, ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano. Esta doncella habla, como ella dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y as�, no tengo de qu� pedirle perd�n ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico me tenga en mejor opini�n, y me d� de nuevo licencia para seguir mi camino.
— D�osle Dios tan bueno —dijo la duquesa—, se�or don Quijote, que siempre oigamos buenas nuevas de vuestras fechur�as. Y andad con Dios; que, mientras m�s os deten�is, m�s aument�is el fuego en los pechos de las doncellas que os miran; y a la m�a yo la castigar� de modo, que de aqu� adelante no se desmande con la vista ni con las palabras.
— Una no m�s quiero que me escuches, �oh valeroso don Quijote! —dijo entonces Altisidora—; y es que te pido perd�n del latrocinio de las ligas, porque, en Dios y en mi �nima que las tengo puestas, y he ca�do en el descuido del que yendo sobre el asno, le buscaba.
— �No lo dije yo? —dijo Sancho—. �Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues, a quererlos hacer, de paleta me hab�a venido la ocasi�n en mi gobierno.
Abaj� la cabeza don Quijote y hizo reverencia a los duques y a todos los circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, sigui�ndole Sancho sobre el rucio, se sali� del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.
Cuando don Quijote se vio en la campa�a rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareci� que estaba en su centro, y que los esp�ritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballer�as, y, volvi�ndose a Sancho, le dijo:
— La libertad, Sancho, es uno de los m�s preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, as� como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parec�a a m� que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran m�os; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al �nimo libre. �Venturoso aqu�l a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligaci�n de agradecerlo a otro que al mismo cielo!
— Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como p�ctima y confortativo la llevo puesta sobre el coraz�n, para lo que se ofreciere; que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen.
En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando vieron, habiendo andado poco m�s de una legua, que encima de la yerba de un pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de hombres, vestidos de labradores. Junto a s� ten�an unas como s�banas blancas, con que cubr�an alguna cosa que debajo estaba; estaban empinadas y tendidas, y de trecho a trecho puestas. Lleg� don Quijote a los que com�an, y, salud�ndolos primero cort�smente, les pregunt� que qu� era lo que aquellos lienzos cubr�an. Uno dellos le respondi�:
— Se�or, debajo destos lienzos est�n unas im�gines de relieve y entabladura que han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llev�moslas cubiertas, porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.
— Si sois servidos —respondi� don Quijote—, holgar�a de verlas, pues im�gines que con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.
— Y �c�mo si lo son! —dijo otro—. Si no, d�galo lo que cuesta: que en verdad que no hay ninguna que no est� en m�s de cincuenta ducados; y, porque vea vuestra merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de ojos.
Y, levant�ndose, dej� de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen, que mostr� ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse. Toda la imagen parec�a una ascua de oro, como suele decirse. Vi�ndola don Quijote, dijo:
— Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina: llam�se don San Jorge, y fue adem�s defendedor de doncellas. Veamos esta otra.
Descubri�la el hombre, y pareci� ser la de San Mart�n puesto a caballo, que part�a la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don Quijote, cuando dijo:
— Este caballero tambi�n fue de los aventureros cristianos, y creo que fue m�s liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que est� partiendo la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda deb�a de ser entonces invierno, que, si no, �l se la diera toda, seg�n era de caritativo.
— No debi� de ser eso —dijo Sancho—, sino que se debi� de atener al refr�n que dicen: que para dar y tener, seso es menester.
Ri�se don Quijote y pidi� que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubri� la imagen del Patr�n de las Espa�as a caballo, la espada ensangrentada, atropellando moros y pisando cabezas; y, en vi�ndola, dijo don Quijote:
— �ste s� que es caballero, y de las escuadras de Cristo; �ste se llama don San Diego Matamoros, uno de los m�s valientes santos y caballeros que tuvo el mundo y tiene agora el cielo.
Luego descubrieron otro lienzo, y pareci� que encubr�a la ca�da de San Pablo del caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversi�n suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y Pablo respond�a.
— �ste —dijo don Quijote— fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios Nuestro Se�or en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendr� jam�s: caballero andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en la vi�a del Se�or, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los cielos y de catedr�tico y maestro que le ense�ase el mismo Jesucristo.
No hab�a m�s im�gines, y as�, mand� don Quijote que las volviesen a cubrir, y dijo a los que las llevaban:
— Por buen ag�ero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las armas; sino que la diferencia que hay entre m� y ellos es que ellos fueron santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo hasta agora no s� lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea del Toboso saliese de los que padece, mejor�ndose mi ventura y adob�ndoseme el juicio, podr�a ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.
— Dios lo oiga y el pecado sea sordo —dijo Sancho a esta ocasi�n.
Admir�ronse los hombres, as� de la figura como de las razones de don Quijote, sin entender la mitad de lo que en ellas decir quer�a. Acabaron de comer, cargaron con sus im�gines, y, despidi�ndose de don Quijote, siguieron su viaje.
Qued� Sancho de nuevo como si jam�s hubiera conocido a su se�or, admirado de lo que sab�a, pareci�ndole que no deb�a de haber historia en el mundo ni suceso que no lo tuviese cifrado en la u�a y clavado en la memoria, y d�jole:
— En verdad, se�or nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar aventura, ella ha sido de las m�s suaves y dulces que en todo el discurso de nuestra peregrinaci�n nos ha sucedido: della habemos salido sin palos y sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea Dios, que tal me ha dejado ver con mis propios ojos.
— T� dices bien, Sancho —dijo don Quijote—, pero has de advertir que no todos los tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el vulgo suele llamar com�nmente ag�eros, que no se fundan sobre natural raz�n alguna, del que es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos acontecimientos. Lev�ntase uno destos agoreros por la ma�ana, sale de su casa, encu�ntrase con un fraile de la orden del bienaventurado San Francisco, y, como si hubiera encontrado con un grifo, vuelve las espaldas y vu�lvese a su casa. Derr�masele al otro Mendoza la sal encima de la mesa, y derr�masele a �l la melancol�a por el coraz�n, como si estuviese obligada la naturaleza a dar se�ales de las venideras desgracias con cosas tan de poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipi�n a �frica, tropieza en saltando en tierra, ti�nenlo por mal ag�ero sus soldados; pero �l, abraz�ndose con el suelo, dijo: ''No te me podr�s huir, �frica, porque te tengo asida y entre mis brazos''. As� que, Sancho, el haber encontrado con estas im�gines ha sido para m� felic�simo acontecimiento.
— Yo as� lo creo —respondi� Sancho—, y querr�a que vuestra merced me dijese qu� es la causa por que dicen los espa�oles cuando quieren dar alguna batalla, invocando aquel San Diego Matamoros: "�Santiago, y cierra, Espa�a!" �Est� por ventura Espa�a abierta, y de modo que es menester cerrarla, o qu� ceremonia es �sta?
— Simplic�simo eres, Sancho —respondi� don Quijote—; y mira que este gran caballero de la cruz bermeja h�selo dado Dios a Espa�a por patr�n y amparo suyo, especialmente en los rigurosos trances que con los moros los espa�oles han tenido; y as�, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando, atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias espa�olas se cuentan.
Mud� Sancho pl�tica, y dijo a su amo:
— Maravillado estoy, se�or, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman Amor, que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar laga�oso, o, por mejor decir, sin vista, si toma por blanco un coraz�n, por peque�o que sea, le acierta y traspasa de parte a parte con sus flechas. He o�do decir tambi�n que en la verg�enza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las amorosas saetas, pero en esta Altisidora m�s parece que se aguzan que despuntan.
— Advierte, Sancho —dijo don Quijote—, que el amor ni mira respetos ni guarda t�rminos de raz�n en sus discursos, y tiene la misma condici�n que la muerte: que as� acomete los altos alc�zares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesi�n de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la verg�enza; y as�, sin ella declar� Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusi�n que l�stima.
— �Crueldad notoria! —dijo Sancho—. �Desagradecimiento inaudito! Yo de m� s� decir que me rindiera y avasallara la m�s m�nima raz�n amorosa suya. �Hideputa, y qu� coraz�n de m�rmol, qu� entra�as de bronce y qu� alma de argamasa! Pero no puedo pensar qu� es lo que vio esta doncella en vuestra merced que as� la rindiese y avasallase: qu� gala, qu� br�o, qu� donaire, qu� rostro, que cada cosa por s� d�stas, o todas juntas, le enamoraron; que en verdad en verdad que muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el �ltimo cabello de la cabeza, y que veo m�s cosas para espantar que para enamorar; y, habiendo yo tambi�n o�do decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no s� yo de qu� se enamor� la pobre.
— Advierte, Sancho —respondi� don Quijote—, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con �mpetu y con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero tambi�n conozco que no soy disforme; y b�stale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.
En estas razones y pl�ticas se iban entrando por una selva que fuera del camino estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se hall� don Quijote enredado entre unas redes de hilo verde, que desde unos �rboles a otros estaban tendidas; y, sin poder imaginar qu� pudiese ser aquello, dijo a Sancho:
— Par�ceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las m�s nuevas aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me persiguen no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en venganza de la riguridad que con Altisidora he tenido. Pues m�ndoles yo que, aunque estas redes, si como son hechas de hilo verde fueran de dur�simos diamantes, o m�s fuertes que aqu�lla con que el celoso dios de los herreros enred� a Venus y a Marte, as� la rompiera como si fuera de juncos marinos o de hilachas de algod�n.
Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron delante, saliendo de entre unos �rboles, dos hermos�simas pastoras; a lo menos, vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino brocado, digo, que las sayas eran riqu�simos faldellines de tab� de oro. Tra�an los cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios pod�an competir con los rayos del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de verde laurel y de rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de los quince ni pasaba de los diez y ocho.
Vista fue �sta que admir� a Sancho, suspendi� a don Quijote, hizo parar al sol en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos cuatro. En fin, quien primero habl� fue una de las dos zagalas, que dijo a don Quijote:
— Detened, se�or caballero, el paso, y no romp�is las redes, que no para da�o vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ah� est�n tendidas; y, porque s� que nos hab�is de preguntar para qu� se han puesto y qui�n somos, os lo quiero decir en breves palabras. En una aldea que est� hasta dos leguas de aqu�, donde hay mucha gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre muchos amigos y parientes se concert� que con sus hijos, mujeres y hijas, vecinos, amigos y parientes, nos vini�semos a holgar a este sitio, que es uno de los m�s agradables de todos estos contornos, formando entre todos una nueva y pastoril Arcadia, visti�ndonos las doncellas de zagalas y los mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos �glogas, una del famoso poeta Garcilaso, y otra del excelent�simo Camoes, en su misma lengua portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue el primero d�a que aqu� llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas tiendas, que dicen se llaman de campa�a, en el margen de un abundoso arroyo que todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de estos �rboles para enga�ar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro ruido, vinieren a dar en ellas. Si gust�is, se�or, de ser nuestro hu�sped, ser�is agasajado liberal y cort�smente; porque por agora en este sitio no ha de entrar la pesadumbre ni la melancol�a.
Call� y no dijo m�s. A lo que respondi� don Quijote:
— Por cierto, hermos�sima se�ora, que no debi� de quedar m�s suspenso ni admirado Ante�n cuando vio al improviso ba�arse en las aguas a Diana, como yo he quedado at�nito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros entretenimientos, y el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo servir, con seguridad de ser obedecidas me lo pod�is mandar; porque no es �sta la profesi�n m�a, sino de mostrarme agradecido y bienhechor con todo g�nero de gente, en especial con la principal que vuestras personas representa; y, si como estas redes, que deben de ocupar alg�n peque�o espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo nuevos mundos por do pasar sin romperlas; y porque deis alg�n cr�dito a esta mi exageraci�n, ved que os lo promete, por lo menos, don Quijote de la Mancha, si es que ha llegado a vuestros o�dos este nombre.
— �Ay, amiga de mi alma —dijo entonces la otra zagala—, y qu� ventura tan grande nos ha sucedido! �Ves este se�or que tenemos delante? Pues h�gote saber que es el m�s valiente, y el m�s enamorado, y el m�s comedido que tiene el mundo, si no es que nos miente y nos enga�a una historia que de sus haza�as anda impresa y yo he le�do. Yo apostar� que este buen hombre que viene consigo es un tal Sancho Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen.
— As� es la verdad —dijo Sancho—: que yo soy ese gracioso y ese escudero que vuestra merced dice, y este se�or es mi amo, el mismo don Quijote de la Mancha historiado y referido.
— �Ay! —dijo la otra—. Supliqu�mosle, amiga, que se quede; que nuestros padres y nuestros hermanos gustar�n infinito dello, que tambi�n he o�do yo decir de su valor y de sus gracias lo mismo que t� me has dicho, y, sobre todo, dicen d�l que es el m�s firme y m�s leal enamorado que se sabe, y que su dama es una tal Dulcinea del Toboso, a quien en toda Espa�a la dan la palma de la hermosura.
— Con raz�n se la dan —dijo don Quijote—, si ya no lo pone en duda vuestra sin igual belleza. No os cans�is, se�oras, en detenerme, porque las precisas obligaciones de mi profesi�n no me dejan reposar en ning�n cabo.
Lleg�, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos pastoras, vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de las zagalas correspond�a; cont�ronle ellas que el que con ellas estaba era el valeroso don Quijote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de quien ten�a �l ya noticia, por haber le�do su historia. Ofreci�sele el gallardo pastor, pidi�le que se viniese con �l a sus tiendas; h�bolo de conceder don Quijote, y as� lo hizo.
Lleg�, en esto, el ojeo, llen�ronse las redes de pajarillos diferentes que, enga�ados de la color de las redes, ca�an en el peligro de que iban huyendo. Junt�ronse en aquel sitio m�s de treinta personas, todas bizarramente de pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de qui�nes eran don Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya ten�an d�l noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don Quijote d�ndole el primer lugar en ellas; mir�banle todos, y admir�banse de verle.
Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alz� don Quijote la voz, y dijo:
— Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateni�ndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos est� lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de raz�n; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando �stos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, tambi�n las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan; y as�, es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos y no pueden corresponder las d�divas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aqu� se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteni�ndome en los estrechos l�mites de mi poder�o, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha; y as�, digo que sustentar� dos d�as naturales en metad de ese camino real que va a Zaragoza, que estas se�oras zagalas contrahechas que aqu� est�n son las m�s hermosas doncellas y m�s corteses que hay en el mundo, excetado s�lo a la sin par Dulcinea del Toboso, �nica se�ora de mis pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.
Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atenci�n le hab�a estado escuchando, dando una gran voz, dijo:
— �Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi se�or es loco? Digan vuestras mercedes, se�ores pastores: �hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho, ni hay caballero andante, por m�s fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aqu� ha ofrecido?
Volvi�se don Quijote a Sancho, y, encendido el rostro y col�rico, le dijo:
— �Es posible, �oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no s� qu� ribetes de malicioso y de bellaco? �Qui�n te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si est� desensillado Rocinante: vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con la raz�n que va de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla.
Y, con gran furia y muestras de enojo, se levant� de la silla, dejando admirados a los circunstantes, haci�ndoles dudar si le pod�an tener por loco o por cuerdo. Finalmente, habi�ndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas demostraciones para conocer su �nimo valeroso, pues bastaban las que en la historia de sus hechos se refer�an, con todo esto, sali� don Quijote con su intenci�n; y, puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza, se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba. Sigui�le Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral reba�o, deseosos de ver en qu� paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.
Puesto, pues, don Quijote en mitad del camino —como os he dicho—, hiri� el aire con semejantes palabras:
— �Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y de a caballo que por este camino pas�is, o hab�is de pasar en estos dos d�as siguientes! Sabed que don Quijote de la Mancha, caballero andante, est� aqu� puesto para defender que a todas las hermosuras y cortes�as del mundo exceden las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando a un lado a la se�ora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de parecer contrario, acuda, que aqu� le espero.
Dos veces repiti� estas mismas razones, y dos veces no fueron o�das de ning�n aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor, orden� que de all� a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos api�ados, de tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don Quijote estaban, cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino, porque conocieron que si esperaban les pod�a suceder alg�n peligro; s�lo don Quijote, con intr�pido coraz�n, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escud� con las ancas de Rocinante.
Lleg� el tropel de los lanceros, y uno dellos, que ven�a m�s delante, a grandes voces comenz� a decir a don Quijote:
— �Ap�rtate, hombre del diablo, del camino, que te har�n pedazos estos toros!
— �Ea, canalla —respondi� don Quijote—, para m� no hay toros que valgan, aunque sean de los m�s bravos que cr�a Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines, as� a carga cerrada, que es verdad lo que yo aqu� he publicado; si no, conmigo sois en batalla.
No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don Quijote le tuvo de desviarse, aunque quisiera; y as�, el tropel de los toros bravos y el de los mansos cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los llevaban a un lugar donde otro d�a hab�an de correrse, pasaron sobre don Quijote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra, ech�ndole a rodar por el suelo. Qued� molido Sancho, espantado don Quijote, aporreado el rucio y no muy cat�lico Rocinante; pero, en fin, se levantaron todos, y don Quijote, a gran priesa, tropezando aqu� y cayendo all�, comenz� a correr tras la vacada, diciendo a voces:
— �Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el cual no tiene condici�n ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que huye, hacerle la puente de plata!
Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron m�s caso de sus amenazas que de las nubes de anta�o. Det�vole el cansancio a don Quijote, y, m�s enojado que vengado, se sent� en el camino, esperando a que Sancho, Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y, sin volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con m�s verg�enza que gusto, siguieron su camino.
Al polvo y al cansancio que don Quijote y Sancho sacaron del descomedimiento de los toros, socorri� una fuente clara y limpia que entre una fresca arboleda hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin j�quima y freno, al rucio y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se sentaron. Acudi� Sancho a la reposter�a de su alforjas, y dellas sac� de lo que �l sol�a llamar condumio; enjuag�se la boca, lav�se don Quijote el rostro, con cuyo refrigerio cobraron aliento los esp�ritus desalentados. No com�a don Quijote, de puro pesaroso, ni Sancho no osaba tocar a los manjares que delante ten�a, de puro comedido, y esperaba a que su se�or hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus imaginaciones, no se acordaba de llevar el pan a la boca, no abri� la suya, y, atropellando por todo g�nero de crianza, comenz� a embaular en el est�mago el pan y queso que se le ofrec�a.
— Come, Sancho amigo —dijo don Quijote—, sustenta la vida, que m�s que a m� te importa, y d�jame morir a m� a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis desgracias. Yo, Sancho, nac� para vivir muriendo, y t� para morir comiendo; y, porque veas que te digo verdad en esto, consid�rame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de pr�ncipes, solicitado de doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas por mis valerosas haza�as, me he visto esta ma�ana pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta consideraci�n me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos, y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre: muerte la m�s cruel de las muertes.
— Desa manera —dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa— no aprobar� vuestra merced aquel refr�n que dicen: "muera Marta, y muera harta". Yo, a lo menos, no pienso matarme a m� mismo; antes pienso hacer como el zapatero, que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde �l quiere; yo tirar� mi vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y sepa, se�or, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuestra merced, y cr�ame, y despu�s de comido, �chese a dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y ver� como cuando despierte se halla algo m�s aliviado.
H�zolo as� don Quijote, pareci�ndole que las razones de Sancho m�s eran de fil�sofo que de mentecato, y d�jole:
— Si t�, �oh Sancho!, quisieses hacer por m� lo que yo ahora te dir�, ser�an mis alivios m�s ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que, mientras yo duermo, obedeciendo tus consejos, t� te desviases un poco lejos de aqu�, y con las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te dieses trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar por el desencanto de Dulcinea; que es l�stima no peque�a que aquella pobre se�ora est� encantada por tu descuido y negligencia.
— Hay mucho que decir en eso —dijo Sancho—. Durmamos, por ahora, entrambos, y despu�s, Dios dijo lo que ser�. Sepa vuestra merced que esto de azotarse un hombre a sangre fr�a es cosa recia, y m�s si caen los azotes sobre un cuerpo mal sustentado y peor comido: tenga paciencia mi se�ora Dulcinea, que, cuando menos se cate, me ver� hecho una criba, de azotes; y hasta la muerte, todo es vida; quiero decir que a�n yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he prometido.
Agradeci�ndoselo don Quijote, comi� algo, y Sancho mucho, y ech�ronse a dormir entrambos, dejando a su albedr�o y sin orden alguna pacer del abundosa yerba de que aquel prado estaba lleno a los dos continuos compa�eros y amigos Rocinante y el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino, d�ndose priesa para llegar a una venta que, al parecer, una legua de all� se descubr�a. Digo que era venta porque don Quijote la llam� as�, fuera del uso que ten�a de llamar a todas las ventas castillos.
Llegaron, pues, a ella; preguntaron al hu�sped si hab�a posada. Fueles respondido que s�, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en Zaragoza. Ape�ronse y recogi� Sancho su reposter�a en un aposento, de quien el hu�sped le dio la llave; llev� las bestias a la caballeriza, ech�les sus piensos, sali� a ver lo que don Quijote, que estaba sentado sobre un poyo, le mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese parecido castillo aquella venta.
Lleg�se la hora del cenar; recogi�ronse a su estancia; pregunt� Sancho al hu�sped que qu� ten�a para darles de cenar. A lo que el hu�sped respondi� que su boca ser�a medida; y as�, que pidiese lo que quisiese: que de las pajaricas del aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar estaba prove�da aquella venta.
— No es menester tanto —respondi� Sancho—, que con un par de pollos que nos asen tendremos lo suficiente, porque mi se�or es delicado y come poco, y yo no soy tragant�n en demas�a.
Respondi�le el hu�sped que no ten�a pollos, porque los milanos los ten�an asolados.
— Pues mande el se�or hu�sped —dijo Sancho— asar una polla que sea tierna.
— �Polla? �Mi padre! —respondi� el hu�sped—. En verdad en verdad que envi� ayer a la ciudad a vender m�s de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida vuestra merced lo que quisiere.
— Desa manera —dijo Sancho—, no faltar� ternera o cabrito.
— En casa, por ahora —respondi� el hu�sped—, no lo hay, porque se ha acabado; pero la semana que viene lo habr� de sobra.
— �Medrados estamos con eso! —respondi� Sancho—. Yo pondr� que se vienen a resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y huevos.
— �Por Dios —respondi� el hu�sped—, que es gentil relente el que mi hu�sped tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y �quiere que tenga huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y d�jese de pedir gallinas.
— Resolv�monos, cuerpo de m� —dijo Sancho—, y d�game finalmente lo que tiene, y d�jese de discurrimientos, se�or hu�sped.
Dijo el ventero:
— Lo que real y verdaderamente tengo son dos u�as de vaca que parecen manos de ternera, o dos manos de ternera que parecen u�as de vaca; est�n cocidas con sus garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora est�n diciendo: ''�Com�me! �Com�me!''
— Por m�as las marco desde aqu� —dijo Sancho—; y nadie las toque, que yo las pagar� mejor que otro, porque para m� ninguna otra cosa pudiera esperar de m�s gusto, y no se me dar�a nada que fuesen manos, como fuesen u�as.
— Nadie las tocar� —dijo el ventero—, porque otros hu�spedes que tengo, de puro principales, traen consigo cocinero, despensero y reposter�a.
— Si por principales va —dijo Sancho—, ninguno m�s que mi amo; pero el oficio que �l trae no permite despensas ni botiller�as: ah� nos tendemos en mitad de un prado y nos hartamos de bellotas o de n�speros.
Esta fue la pl�tica que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar adelante en responderle; que ya le hab�a preguntado qu� oficio o qu� ejercicio era el de su amo.
Lleg�se, pues, la hora del cenar, recogi�se a su estancia don Quijote, trujo el hu�sped la olla, as� como estaba, y sent�se a cenar muy de prop�sito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le divid�a m�s que un sutil tabique, oy� decir don Quijote:
— Por vida de vuestra merced, se�or don Jer�nimo, que en tanto que trae la cena leamos otro cap�tulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha.
Apenas oy� su nombre don Quijote, cuando se puso en pie, y con o�do alerto escuch� lo que d�l trataban, y oy� que el tal don Jer�nimo referido respondi�:
— �Para qu� quiere vuestra merced, se�or don Juan, que leamos estos disparates? Y el que hubiere le�do la primera parte de la historia de don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda.
— Con todo eso —dijo el don Juan—, ser� bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que a m� en �ste m�s desplace es que pinta a don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don Quijote, lleno de ira y de despecho, alz� la voz y dijo:
— Quienquiera que dijere que don Quijote de la Mancha ha olvidado, ni puede olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le har� entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada, ni en don Quijote puede caber olvido: su blas�n es la firmeza, y su profesi�n, el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.
— �Qui�n es el que nos responde? —respondieron del otro aposento.
— �Qui�n ha de ser —respondi� Sancho— sino el mismo don Quijote de la Mancha, que har� bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen pagador no le duelen prendas.
Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parec�an, y uno dellos echando los brazos al cuello de don Quijote, le dijo:
— Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, se�or, sois el verdadero don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballer�a, a despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras haza�as, como lo ha hecho el autor deste libro que aqu� os entrego.
Y, poni�ndole un libro en las manos, que tra�a su compa�ero, le tom� don Quijote, y, sin responder palabra, comenz� a hojearle, y de all� a un poco se le volvi�, diciendo:
— En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensi�n. La primera es algunas palabras que he le�do en el pr�logo; la otra, que el lenguaje es aragon�s, porque tal vez escribe sin art�culos, y la tercera, que m�s le confirma por ignorante, es que yerra y se desv�a de la verdad en lo m�s principal de la historia; porque aqu� dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Guti�rrez, y no llama tal, sino Teresa Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podr� temer que yerra en todas las dem�s de la historia.
A esto dijo Sancho:
— �Donosa cosa de historiador! �Por cierto, bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Guti�rrez! Torne a tomar el libro, se�or, y mire si ando yo por ah� y si me ha mudado el nombre.
— Por lo que he o�do hablar, amigo —dijo don Jer�nimo—, sin duda deb�is de ser Sancho Panza, el escudero del se�or don Quijote.
— S� soy —respondi� Sancho—, y me precio dello.
— Pues a fe —dijo el caballero— que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra: p�ntaos comedor, y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe.
— Dios se lo perdone —dijo Sancho—. Dej�rame en mi rinc�n, sin acordarse de m�, porque quien las sabe las ta�e, y bien se est� San Pedro en Roma.
Los dos caballeros pidieron a don Quijote se pasase a su estancia a cenar con ellos, que bien sab�an que en aquella venta no hab�a cosas pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fue comedido, condecenci� con su demanda y cen� con ellos; qued�se Sancho con la olla con mero mixto imperio; sent�se en cabecera de mesa, y con �l el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus u�as aficionado.
En el discurso de la cena pregunt� don Juan a don Quijote qu� nuevas ten�a de la se�ora Dulcinea del Toboso: si se hab�a casado, si estaba parida o pre�ada, o si, estando en su entereza, se acordaba —guardando su honestidad y buen decoro— de los amorosos pensamientos del se�or don Quijote. A lo que �l respondi�:
— Dulcinea se est� entera, y mis pensamientos, m�s firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada.
Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la se�ora Dulcinea, y lo que le hab�a sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merl�n le hab�a dado para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de o�r contar a don Quijote los estra�os sucesos de su historia, y as� quedaron admirados de sus disparates como del elegante modo con que los contaba. Aqu� le ten�an por discreto, y all� se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qu� grado le dar�an entre la discreci�n y la locura.
Acab� de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pas� a la estancia de su amo; y, en entrando, dijo:
— Que me maten, se�ores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querr�a que, ya que me llama comil�n, como vuesas mercedes dicen, no me llamase tambi�n borracho.
— S� llama —dijo don Jer�nimo—, pero no me acuerdo en qu� manera, aunque s� que son malsonantes las razones, y adem�s, mentirosas, seg�n yo echo de ver en la fisonom�a del buen Sancho que est� presente.
— Cr�anme vuesas mercedes —dijo Sancho— que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado; y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho.
— Yo as� lo creo —dijo don Juan—; y si fuera posible, se hab�a de mandar que ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don Quijote, si no fuese Cide Hamete, su primer autor, bien as� como mand� Alejandro que ninguno fuese osado a retratarle sino Apeles.
— Retr�teme el que quisiere —dijo don Quijote—, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.
— Ninguna —dijo don Juan— se le puede hacer al se�or don Quijote de quien �l no se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi parecer, es fuerte y grande.
En estas y otras pl�ticas se pas� gran parte de la noche; y, aunque don Juan quisiera que don Quijote leyera m�s del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con �l, diciendo que �l lo daba por le�do y lo confirmaba por todo necio, y que no quer�a, si acaso llegase a noticia de su autor que le hab�a tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le hab�a le�do; pues de las cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto m�s los ojos. Pregunt�ronle que ad�nde llevaba determinado su viaje. Respondi� que a Zaragoza, a hallarse en las justas del arn�s, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los a�os. D�jole don Juan que aquella nueva historia contaba como don Quijote, sea quien se quisiere, se hab�a hallado en ella en una sortija, falta de invenci�n, pobre de letras, pobr�sima de libreas, aunque rica de simplicidades.
— Por el mismo caso —respondi� don Quijote—, no pondr� los pies en Zaragoza, y as� sacar� a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echar�n de ver las gentes como yo no soy el don Quijote que �l dice.
— Har� muy bien —dijo don Jer�nimo—; y otras justas hay en Barcelona, donde podr� el se�or don Quijote mostrar su valor.
— As� lo pienso hacer —dijo don Quijote—; y vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el n�mero de sus mayores amigos y servidores.
— Y a m� tambi�n —dijo Sancho—: quiz� ser� bueno para algo.
Con esto se despidieron, y don Quijote y Sancho se retiraron a su aposento, dejando a don Juan y a don Jer�nimo admirados de ver la mezcla que hab�a hecho de su discreci�n y de su locura; y verdaderamente creyeron que �stos eran los verdaderos don Quijote y Sancho, y no los que describ�a su autor aragon�s.
Madrug� don Quijote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se despidi� de sus hu�spedes. Pag� Sancho al ventero magn�ficamente, y aconsej�le que alabase menos la provisi�n de su venta, o la tuviese m�s prove�da.
Era fresca la ma�ana, y daba muestras de serlo asimesmo el d�a en que don Quijote sali� de la venta, inform�ndose primero cu�l era el m�s derecho camino para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que ten�a de sacar mentiroso aquel nuevo historiador que tanto dec�an que le vituperaba.
Sucedi�, pues, que en m�s de seis d�as no le sucedi� cosa digna de ponerse en escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tom� la noche entre unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la puntualidad Cide Hamete que en otras cosas suele.
Ape�ronse de sus bestias amo y mozo, y, acomod�ndose a los troncos de los �rboles, Sancho, que hab�a merendado aquel d�a, se dej� entrar de rond�n por las puertas del sue�o; pero don Quijote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho m�s que la hambre, no pod�a pegar sus ojos; antes iba y ven�a con el pensamiento por mil g�neros de lugares. Ya le parec�a hallarse en la cueva de Montesinos; ya ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea; ya que le sonaban en los o�dos las palabras del sabio Merl�n que le refer�an las condiciones y diligencias que se hab�an de hacer y tener en el desencanto de Dulcinea. Desesper�base de ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero, pues, a lo que cre�a, solos cinco azotes se hab�a dado, n�mero desigual y peque�o para los infinitos que le faltaban; y desto recibi� tanta pesadumbre y enojo, que hizo este discurso:
— Si nudo gordiano cort� el Magno Alejandro, diciendo: ''Tanto monta cortar como desatar'', y no por eso dej� de ser universal se�or de toda la Asia, ni m�s ni menos podr�a suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo azotase a Sancho a pesar suyo; que si la condici�n deste remedio est� en que Sancho reciba los tres mil y tantos azotes, �qu� se me da a m� que se los d� �l, o que se los d� otro, pues la sustancia est� en que �l los reciba, lleguen por do llegaren?
Con esta imaginaci�n se lleg� a Sancho, habiendo primero tomado las riendas de Rocinante, y acomod�dolas en modo que pudiese azotarle con ellas, comenz�le a quitar las cintas, que es opini�n que no ten�a m�s que la delantera, en que se sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado, cuando Sancho despert� en todo su acuerdo, y dijo:
— �Qu� es esto? �Qui�n me toca y desencinta?
— Yo soy —respondi� don Quijote—, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis trabajos: v�ngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a que te obligaste. Dulcinea perece; t� vives en descuido; yo muero deseando; y as�, desat�cate por tu voluntad, que la m�a es de darte en esta soledad, por lo menos, dos mil azotes.
— Eso no —dijo Sancho—; vuesa merced se est� quedo; si no, por Dios verdadero que nos han de o�r los sordos. Los azotes a que yo me obligu� han de ser voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme; basta que doy a vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.
— No hay dejarlo a tu cortes�a, Sancho —dijo don Quijote—, porque eres duro de coraz�n, y, aunque villano, blando de carnes.
Y as�, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abraz� con �l a brazo partido, y, ech�ndole una zancadilla, dio con �l en el suelo boca arriba; p�sole la rodilla derecha sobre el pecho, y con las manos le ten�a las manos, de modo que ni le dejaba rodear ni alentar. Don Quijote le dec�a:
— �C�mo, traidor? �Contra tu amo y se�or natural te desmandas? �Con quien te da su pan te atreves?
— Ni quito rey, ni pongo rey —respondi� Sancho—, sino ay�dome a m�, que soy mi se�or. Vuesa merced me prometa que se estar� quedo, y no tratar� de azotarme por agora, que yo le dejar� libre y desembarazado; donde no,
Aqu� morir�s, traidor,
enemigo de do�a Sancha.
Prometi�selo don Quijote, y jur� por vida de sus pensamientos no tocarle en el pelo de la ropa, y que dejar�a en toda su voluntad y albedr�o el azotarse cuando quisiese.
Levant�se Sancho, y desvi�se de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a arrimarse a otro �rbol, sinti� que le tocaban en la cabeza, y, alzando las manos, top� con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembl� de miedo; acudi� a otro �rbol, y sucedi�le lo mesmo. Dio voces llamando a don Quijote que le favoreciese. H�zolo as� don Quijote, y, pregunt�ndole qu� le hab�a sucedido y de qu� ten�a miedo, le respondi� Sancho que todos aquellos �rboles estaban llenos de pies y de piernas humanas. Tent�los don Quijote, y cay� luego en la cuenta de lo que pod�a ser, y d�jole a Sancho:
— No tienes de qu� tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos �rboles est�n ahorcados; que por aqu� los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona.
Y as� era la verdad como �l lo hab�a imaginado.
Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos �rboles, que eran cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanec�a, y si los muertos los hab�an espantado, no menos los atribularon m�s de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearon, dici�ndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y se detuviesen, hasta que llegase su capit�n.
Hall�se don Quijote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un �rbol, y, finalmente, sin defensa alguna; y as�, tuvo por bien de cruzar las manos e inclinar la cabeza, guard�ndose para mejor saz�n y coyuntura.
Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa de cuantas en las alforjas y la maleta tra�a; y av�nole bien a Sancho que en una ventrera que ten�a ce�ida ven�an los escudos del duque y los que hab�an sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera escondido, si no llegara en aquella saz�n su capit�n, el cual mostr� ser de hasta edad de treinta y cuatro a�os, robusto, m�s que de mediana proporci�n, de mirar grave y color morena. Ven�a sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes —que en aquella tierra se llaman pedre�ales— a los lados. Vio que sus escuderos, que as� llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mand�les que no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y as� se escap� la ventrera. Admir�le ver lanza arrimada al �rbol, escudo en el suelo, y a don Quijote armado y pensativo, con la m�s triste y melanc�lica figura que pudiera formar la misma tristeza. Lleg�se a �l dici�ndole:
— No est�is tan triste, buen hombre, porque no hab�is ca�do en las manos de alg�n cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen m�s de compasivas que de rigurosas.
— No es mi tristeza —respondi� don Quijote— haber ca�do en tu poder, �oh valeroso Roque, cuya fama no hay l�mites en la tierra que la encierren!, sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo obligado, seg�n la orden de la andante caballer�a, que profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de m� mismo; porque te hago saber, �oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy f�cil rendirme, porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus haza�as tiene lleno todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoci� que la enfermedad de don Quijote tocaba m�s en locura que en valent�a, y, aunque algunas veces le hab�a o�do nombrar, nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase en coraz�n de hombre; y holg�se en estremo de haberle encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos d�l hab�a o�do; y as�, le dijo:
— Valeroso caballero, no os despech�is ni teng�is a siniestra fortuna �sta en que os hall�is, que pod�a ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase; que el cielo, por estra�os y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los ca�dos y enriquecer los pobres.
Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual ven�a a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte a�os, vestido de damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y espada doradas, una escopeta peque�a en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido volvi� Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a �l, dijo:
— En tu busca ven�a, �oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio, a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque s� que no me has conocido, quiero decirte qui�n soy: y soy Claudia Jer�nima, hija de Sim�n Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. �ste, pues, por abreviar el cuento de mi desventura, te dir� en breves palabras la que me ha causado. Viome, requebr�me, escuch�le, enamor�me, a hurto de mi padre; porque no hay mujer, por retirada que est� y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecuci�n y efecto sus atropellados deseos. Finalmente, �l me prometi� de ser mi esposo, y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pas�semos adelante. Supe ayer que, olvidado de lo que me deb�a, se casaba con otra, y que esta ma�ana iba a desposarse, nueva que me turb� el sentido y acab� la paciencia; y, por no estar mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando el paso a este caballo, alcanc� a don Vicente obra de una legua de aqu�; y, sin ponerme a dar quejas ni a o�r disculpas, le dispar� estas escopetas, y, por a�adidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le deb� de encerrar m�s de dos balas en el cuerpo, abri�ndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra. All� le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a tomar en �l desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallard�a, bizarr�a, buen talle y suceso de la hermosa Claudia, le dijo:
— Ven, se�ora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que despu�s veremos lo que m�s te importare.
Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia hab�a dicho y lo que Roque Guinart respondi�, dijo:
— No tiene nadie para qu� tomar trabajo en defender a esta se�ora, que lo tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y esp�renme aqu�, que yo ir� a buscar a ese caballero, y, muerto o vivo, le har� cumplir la palabra prometida a tanta belleza.
— Nadie dude de esto —dijo Sancho—, porque mi se�or tiene muy buena mano para casamentero, pues no ha muchos d�as que hizo casar a otro que tambi�n negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, �sta fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.
Roque, que atend�a m�s a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en las razones de amo y mozo, no las entendi�; y, mandando a sus escuderos que volviesen a Sancho todo cuanto le hab�an quitado del rucio, mand�ndoles asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche hab�an estado alojados, y luego se parti� con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontr� Claudia, y no hallaron en �l sino reci�n derramada sangre; pero, tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y di�ronse a entender, como era la verdad, que deb�a ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle; di�ronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo hicieron.
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y debilitada voz rogaba que le dejasen all� morir, porque el dolor de las heridas no consent�a que m�s adelante pasase.
Arroj�ronse de los caballos Claudia y Roque, lleg�ronse a �l, temieron los criados la presencia de Roque, y Claudia se turb� en ver la de don Vicente; y as�, entre enternecida y rigurosa, se lleg� a �l, y asi�ndole de las manos, le dijo:
— Si t� me dieras �stas, conforme a nuestro concierto, nunca t� te vieras en este paso.
Abri� los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia, le dijo:
— Bien veo, hermosa y enga�ada se�ora, que t� has sido la que me has muerto: pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jam�s quise ni supe ofenderte.
— Luego, �no es verdad —dijo Claudia— que ibas esta ma�ana a desposarte con Leonora, la hija del rico Balvastro?
— No, por cierto —respondi� don Vicente—; mi mala fortuna te debi� de llevar estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para asegurarte desta verdad, aprieta la mano y rec�beme por esposo, si quisieres, que no tengo otra mayor satisfaci�n que darte del agravio que piensas que de m� has recebido.
Apret�le la mano Claudia, y apret�sele a ella el coraz�n, de manera que sobre la sangre y pecho de don Vicente se qued� desmayada, y a �l le tom� un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sab�a qu� hacerse. Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y truj�ronla, con que se los ba�aron. Volvi� de su desmayo Claudia, pero no de su parasismo don Vicente, porque se le acab� la vida. Visto lo cual de Claudia, habi�ndose enterado que ya su dulce esposo no viv�a, rompi� los aires con suspiros, hiri� los cielos con quejas, maltrat� sus cabellos, entreg�ndolos al viento, afe� su rostro con sus propias manos, con todas las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran imaginarse.
— �Oh cruel e inconsiderada mujer —dec�a—, con qu� facilidad te moviste a poner en ejecuci�n tan mal pensamiento! �Oh fuerza rabiosa de los celos, a qu� desesperado fin conduc�s a quien os da acogida en su pecho! �Oh esposo m�o, cuya desdichada suerte, por ser prenda m�a, te ha llevado del t�lamo a la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las l�grimas de los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasi�n. Lloraban los criados, desmay�base a cada paso Claudia, y todo aquel circuito parec�a campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque Guinart orden� a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar de su padre, que estaba all� cerca, para que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque que querr�a irse a un monasterio donde era abadesa una t�a suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y m�s eterno acompa�ada. Alab�le Roque su buen prop�sito, ofreci�sele de acompa�arla hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los parientes y de todo el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compa��a Claudia, en ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo, se despedi� d�l llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y Roque se volvi� a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia Jer�nima. Pero, �qu� mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?
Hall� Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les hab�a ordenado, y a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haci�ndoles una pl�tica en que les persuad�a dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, as� para el alma como para el cuerpo; pero, como los m�s eran gascones, gente r�stica y desbaratada, no les entraba bien la pl�tica de don Quijote. Llegado que fue Roque, pregunt� a Sancho Panza si le hab�an vuelto y restituido las alhajas y preseas que los suyos del rucio le hab�an quitado. Sancho respondi� que s�, sino que le faltaban tres tocadores, que val�an tres ciudades.
— �Qu� es lo que dices, hombre? —dijo uno de los presentes—, que yo los tengo, y no valen tres reales.
— As� es —dijo don Quijote—, pero est�malos mi escudero en lo que ha dicho, por hab�rmelos dado quien me los dio.
Mand�selos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en ala, mand� traer all� delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo aquello que desde la �ltima repartici�n hab�an robado; y, haciendo brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduci�ndolo a dineros, lo reparti� por toda su compa��a, con tanta legalidad y prudencia que no pas� un punto ni defraud� nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:
— Si no se guardase esta puntualidad con �stos, no se podr�a vivir con ellos.
A lo que dijo Sancho:
— Seg�n lo que aqu� he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones.
Oy�lo un escudero, y enarbol� el mocho de un arcabuz, con el cual, sin duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se detuviese. Pasm�se Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto que entre aquella gente estuviese.
Lleg�, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos ven�a y dar aviso a su mayor de lo que pasaba, y �ste dijo:
— Se�or, no lejos de aqu�, por el camino que va a Barcelona, viene un gran tropel de gente.
A lo que respondi� Roque:
— �Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros buscamos?
— No, sino de los que buscamos —respondi� el escudero.
— Pues salid todos —replic� Roque—, y tra�dmelos aqu� luego, sin que se os escape ninguno.
Hici�ronlo as�, y, qued�ndose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo que los escuderos tra�an; y, en este entretanto, dijo Roque a don Quijote:
— Nueva manera de vida le debe de parecer al se�or don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que as� le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir m�s inquieto ni m�s sobresaltado que el nuestro. A m� me han puesto en �l no s� qu� deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los m�s sosegados corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, as� da con todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no s�lo las m�as, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir d�l a puerto seguro.
Admirado qued� don Quijote de o�r hablar a Roque tan buenas y concertadas razones, porque �l se pensaba que, entre los de oficios semejantes de robar, matar y saltear no pod�a haber alguno que tuviese buen discurso, y respondi�le:
— Se�or Roque, el principio de la salud est� en conocer la enfermedad y en querer tomar el enfermo las medicinas que el m�dico le ordena: vuestra merced est� enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro m�dico, le aplicar� medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco y no de repente y por milagro; y m�s, que los pecadores discretos est�n m�s cerca de enmendarse que los simples; y, pues vuestra merced ha mostrado en sus razones su prudencia, no hay sino tener buen �nimo y esperar mejor�a de la enfermedad de su conciencia; y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse con facilidad en el de su salvaci�n, v�ngase conmigo, que yo le ense�ar� a ser caballero andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tom�ndolas por penitencia, en dos paletas le pondr�n en el cielo.
Ri�se Roque del consejo de don Quijote, a quien, mudando pl�tica, cont� el tr�gico suceso de Claudia Jer�nima, de que le pes� en estremo a Sancho, que no le hab�a parecido mal la belleza, desenvoltura y br�o de la moza.
Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos caballeros a caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis criados, que a pie y a caballo las acompa�aban, con otros dos mozos de mulas que los caballeros tra�an. Cogi�ronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase, el cual pregunt� a los caballeros que qui�n eran y ad�nde iban, y qu� dinero llevaban. Uno dellos le respondi�:
— Se�or, nosotros somos dos capitanes de infanter�a espa�ola; tenemos nuestras compa��as en N�poles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que dicen est�n en Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta docientos o trecientos escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues la estrecheza ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros.
Pregunt� Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele respondido que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos pod�an llevar hasta sesenta reales. Quiso saber tambi�n qui�n iba en el coche, y ad�nde, y el dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:
— Mi se�ora do�a Guiomar de Qui�ones, mujer del regente de la Vicar�a de N�poles, con una hija peque�a, una doncella y una due�a, son las que van en el coche; acompa��mosla seis criados, y los dineros son seiscientos escudos.
— De modo —dijo Roque Guinart—, que ya tenemos aqu� novecientos escudos y sesenta reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; m�rese a c�mo le cabe a cada uno, porque yo soy mal contador.
Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:
— �Viva Roque Guinart muchos a�os, a pesar de los lladres que su perdici�n procuran!
Mostraron afligirse los capitanes, entristeci�se la se�ora regenta, y no se holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscaci�n de sus bienes. T�volos as� un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya se pod�a conocer a tiro de arcabuz, y, volvi�ndose a los capitanes, dijo:
— Vuesas mercedes, se�ores capitanes, por cortes�a, sean servidos de prestarme sesenta escudos, y la se�ora regenta ochenta, para contentar esta escuadra que me acompa�a, porque el abad, de lo que canta yanta, y luego pu�dense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto que yo les dar�, para que, si toparen otras de algunas escuadras m�as que tengo divididas por estos contornos, no les hagan da�o; que no es mi intenci�n de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que son principales.
Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes agradecieron a Roque su cortes�a y liberalidad, que, por tal la tuvieron, en dejarles su mismo dinero. La se�ora do�a Guiomar de Qui�ones se quiso arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero �l no lo consinti� en ninguna manera; antes le pidi� perd�n del agravio que le hac�a, forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio. Mand� la se�ora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos que le hab�an repartido, y ya los capitanes hab�an desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que se estuviesen quedos, y volvi�ndose a los suyos, les dijo:
— Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir bien de esta aventura.
Y, tray�ndole aderezo de escribir, de que siempre andaba prove�do, Roque les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y, despidi�ndose dellos, los dej� ir libres, y admirados de su nobleza, de su gallarda disposici�n y estra�o proceder, teni�ndole m�s por un Alejandro Magno que por ladr�n conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y catalana:
— Este nuestro capit�n m�s es para frade que para bandolero: si de aqu� adelante quisiere mostrarse liberal s�alo con su hacienda y no con la nuestra.
No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de o�rlo Roque, el cual, echando mano a la espada, le abri� la cabeza casi en dos partes, dici�ndole:
— Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.
Pasm�ronse todos, y ninguno le os� decir palabra: tanta era la obediencia que le ten�an.
Apart�se Roque a una parte y escribi� una carta a un su amigo, a Barcelona, d�ndole aviso como estaba consigo el famoso don Quijote de la Mancha, aquel caballero andante de quien tantas cosas se dec�an; y que le hac�a saber que era el m�s gracioso y el m�s entendido hombre del mundo, y que de all� a cuatro d�as, que era el de San Juan Bautista, se le pondr�a en mitad de la playa de la ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo, y a su escudero Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus amigos los Niarros, para que con �l se solazasen; que �l quisiera que carecieran deste gusto los Cadells, sus contrarios, pero que esto era imposible, a causa que las locuras y discreciones de don Quijote y los donaires de su escudero Sancho Panza no pod�an dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despach� estas cartas con uno de sus escuderos, que, mudando el traje de bandolero en el de un labrador, entr� en Barcelona y la dio a quien iba.
Tres d�as y tres noches estuvo don Quijote con Roque, y si estuviera trecientos a�os, no le faltara qu� mirar y admirar en el modo de su vida: aqu� amanec�an, acull� com�an; unas veces hu�an, sin saber de qui�n, y otras esperaban, sin saber a qui�n. Dorm�an en pie, interrompiendo el sue�o, mud�ndose de un lugar a otro. Todo era poner esp�as, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los arcabuces, aunque tra�an pocos, porque todos se serv�an de pedre�ales. Roque pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no pudiesen saber d�nde estaba; porque los muchos bandos que el visorrey de Barcelona hab�a echado sobre su vida le tra�an inquieto y temeroso, y no se osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le hab�an de matar, o entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa.
En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque, don Quijote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa la v�spera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don Quijote y a Sancho, a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta entonces no se los hab�a dado, los dej�, con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron.
Volvi�se Roque; qued�se don Quijote esperando el d�a, as�, a caballo, como estaba, y no tard� mucho cuando comenz� a descubrirse por los balcones del Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en lugar de alegrar el o�do; aunque al mesmo instante alegraron tambi�n el o�do el son de muchas chirim�as y atabales, ruido de cascabeles, ''�trapa, trapa, aparta, aparta!'' de corredores, que, al parecer, de la ciudad sal�an. Dio lugar la aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el m�s bajo horizonte, poco a poco, se iba levantando.
Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto; pareci�les espacios�simo y largo, harto m�s que las lagunas de Ruidera, que en la Mancha hab�an visto; vieron las galeras que estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas de fl�mulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barr�an el agua; dentro sonaban clarines, trompetas y chirim�as, que cerca y lejos llenaban el aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer modo de escaramuza por las sosegadas aguas, correspondi�ndoles casi al mismo modo infinitos caballeros que de la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas libreas sal�an. Los soldados de las galeras disparaban infinita artiller�a, a quien respond�an los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad, y la artiller�a gruesa con espantoso estruendo romp�a los vientos, a quien respond�an los ca�ones de cruj�a de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire claro, s�lo tal vez turbio del humo de la artiller�a, parece que iba infundiendo y engendrando gusto s�bito en todas las gentes.
No pod�a imaginar Sancho c�mo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos que por el mar se mov�an. En esto, llegaron corriendo, con grita, lilil�es y algazara, los de las libreas adonde don Quijote suspenso y at�nito estaba, y uno dellos, que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don Quijote:
— Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballer�a andante, donde m�s largamente se contiene. Bien sea venido, digo, el valeroso don Quijote de la Mancha: no el falso, no el ficticio, no el ap�crifo que en falsas historias estos d�as nos han mostrado, sino el verdadero, el legal y el fiel que nos describi� Cide Hamete Benengeli, flor de los historiadores.
No respondi� don Quijote palabra, ni los caballeros esperaron a que la respondiese, sino, volvi�ndose y revolvi�ndose con los dem�s que los segu�an, comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don Quijote; el cual, volvi�ndose a Sancho, dijo:
— �stos bien nos han conocido: yo apostar� que han le�do nuestra historia y aun la del aragon�s reci�n impresa.
Volvi� otra vez el caballero que habl� a don Quijote, y d�jole:
— Vuesa merced, se�or don Quijote, se venga con nosotros, que todos somos sus servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don Quijote respondi�:
— Si cortes�as engendran cortes�as, la vuestra, se�or caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisi�redes, que yo no tendr� otra voluntad que la vuestra, y m�s si la quer�is ocupar en vuestro servicio.
Con palabras no menos comedidas que �stas le respondi� el caballero, y, encerr�ndole todos en medio, al son de las chirim�as y de los atabales, se encaminaron con �l a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo ordena, y los muchachos, que son m�s malos que el malo, dos dellos traviesos y atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas. Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas, aumentaron su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus due�os en tierra. Don Quijote, corrido y afrentado, acudi� a quitar el plumaje de la cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don Quijote castigar el atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se encerraron entre m�s de otros mil que los segu�an.
Volvieron a subir don Quijote y Sancho; con el mismo aplauso y m�sica llegaron a la casa de su gu�a, que era grande y principal, en fin, como de caballero rico; donde le dejaremos por agora, porque as� lo quiere Cide Hamete.
Don Antonio Moreno se llamaba el hu�sped de don Quijote, caballero rico y discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si son con da�o de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don Quijote y sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido —como ya otras veces le hemos descrito y pintado— a un balc�n que sal�a a una calle de las m�s principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos, que como a mona le miraban. Corrieron de nuevo delante d�l los de las libreas, como si para �l solo, no para alegrar aquel festivo d�a, se las hubieran puesto; y Sancho estaba content�simo, por parecerle que se hab�a hallado, sin saber c�mo ni c�mo no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro castillo como el del duque.
Comieron aquel d�a con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y tratando a don Quijote como a caballero andante, de lo cual, hueco y pomposo, no cab�a en s� de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca andaban como colgados todos los criados de casa y todos cuantos le o�an. Estando a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:
— Ac� tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de albondiguillas, que, si os sobran, las guard�is en el seno para el otro d�a.
— No, se�or, no es as� —respondi� Sancho—, porque tengo m�s de limpio que de goloso, y mi se�or don Quijote, que est� delante, sabe bien que con un pu�o de bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho d�as. Verdad es que si tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera que hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, t�ngase por dicho que no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara a las barbas honradas que est�n a la mesa.
— Por cierto —dijo don Quijote—, que la parsimonia y limpieza con que Sancho come se puede escribir y grabar en l�minas de bronce, para que quede en memoria eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando �l tiene hambre, parece algo trag�n, porque come apriesa y masca a dos carrillos; pero la limpieza siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue gobernador aprendi� a comer a lo melindroso: tanto, que com�a con tenedor las uvas y aun los granos de la granada.
— �C�mo! —dijo don Antonio—. �Gobernador ha sido Sancho?
— S� —respondi� Sancho—, y de una �nsula llamada la Barataria. Diez d�as la gobern� a pedir de boca; en ellos perd� el sosiego, y aprend� a despreciar todos los gobiernos del mundo; sal� huyendo della, ca� en una cueva, donde me tuve por muerto, de la cual sal� vivo por milagro.
Cont� don Quijote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que dio gran gusto a los oyentes.
Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don Quijote, se entr� con �l en un apartado aposento, en el cual no hab�a otra cosa de adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se sosten�a, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. Pase�se don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, despu�s de lo cual dijo:
— Agora, se�or don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno, y est� cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las m�s raras aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden, con condici�n que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los �ltimos retretes del secreto.
— As� lo juro —respondi� don Quijote—, y aun le echar� una losa encima, para m�s seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, se�or don Antonio — que ya sab�a su nombre—, que est� hablando con quien, aunque tiene o�dos para o�r, no tiene lengua para hablar; as� que, con seguridad puede vuestra merced trasladar lo que tiene en su pecho en el m�o y hacer cuenta que lo ha arrojado en los abismos del silencio.
— En fee de esa promesa —respondi� don Antonio—, quiero poner a vuestra merced en admiraci�n con lo que viere y oyere, y darme a m� alg�n alivio de la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de todos.
Suspenso estaba don Quijote, esperando en qu� hab�an de parar tantas prevenciones. En esto, tom�ndole la mano don Antonio, se la pase� por la cabeza de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se sosten�a, y luego dijo:
— Esta cabeza, se�or don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de naci�n y dic�pulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo aqu� en mi casa, y por precio de mil escudos que le di, labr� esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al o�do le preguntaren. Guard� rumbos, pint� car�cteres, observ� astros, mir� puntos, y, finalmente, la sac� con la perfeci�n que veremos ma�ana, porque los viernes est� muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta ma�ana. En este tiempo podr� vuestra merced prevenirse de lo que querr� preguntar, que por esperiencia s� que dice verdad en cuanto responde.
Admirado qued� don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no creer a don Antonio; pero, por ver cu�n poco tiempo hab�a para hacer la experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradec�a el haberle descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerr� la puerta don Antonio con llave, y fu�ronse a la sala, donde los dem�s caballeros estaban. En este tiempo les hab�a contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo hab�an acontecido.
Aquella tarde sacaron a pasear a don Quijote, no armado, sino de r�a, vestido un balandr�n de pa�o leonado, que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho de modo que no le dejasen salir de casa. Iba don Quijote, no sobre Rocinante, sino sobre un gran macho de paso llano, y muy bien aderezado. Pusi�ronle el balandr�n, y en las espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pargamino, donde le escribieron con letras grandes: �ste es don Quijote de la Mancha. En comenzando el paseo, llevaba el r�tulo los ojos de cuantos ven�an a verle, y como le�an: �ste es don Quijote de la Mancha, admir�base don Quijote de ver que cuantos le miraban le nombraban y conoc�an; y, volvi�ndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:
— Grande es la prerrogativa que encierra en s� la andante caballer�a, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los t�rminos de la tierra; si no, mire vuestra merced, se�or don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen.
— As� es, se�or don Quijote —respondi� don Antonio—, que, as� como el fuego no puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida, y la que se alcanza por la profesi�n de las armas resplandece y campea sobre todas las otras.
Acaeci�, pues, que, yendo don Quijote con el aplauso que se ha dicho, un castellano que ley� el r�tulo de las espaldas, alz� la voz, diciendo:
— �V�lgate el diablo por don Quijote de la Mancha! �C�mo que hasta aqu� has llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y comunican; si no, m�renlo por estos se�ores que te acompa�an. Vu�lvete, mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y d�jate destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.
— Hermano —dijo don Antonio—, seguid vuestro camino, y no deis consejos a quien no os los pide. El se�or don Quijote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que le acompa�amos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se hallare, y andad en hora mala, y no os met�is donde no os llaman.
— Pardiez, vuesa merced tiene raz�n —respondi� el castellano—, que aconsejar a este buen hombre es dar coces contra el aguij�n; pero, con todo eso, me da muy gran l�stima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato se le desag�e por la canal de su andante caballer�a; y la enhoramala que vuesa merced dijo, sea para m� y para todos mis descendientes si de hoy m�s, aunque viviese m�s a�os que Matusal�n, diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apart�se el consejero; sigui� adelante el paseo; pero fue tanta la priesa que los muchachos y toda la gente ten�a leyendo el r�tulo, que se le hubo de quitar don Antonio, como que le quitaba otra cosa.
Lleg� la noche, volvi�ronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de don Antonio, que era una se�ora principal y alegre, hermosa y discreta, convid� a otras sus amigas a que viniesen a honrar a su hu�sped y a gustar de sus nunca vistas locuras. Vinieron algunas, cen�se espl�ndidamente y comenz�se el sarao casi a las diez de la noche. Entre las damas hab�a dos de gusto p�caro y burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que las burlas alegrasen sin enfado. �stas dieron tanta priesa en sacar a danzar a don Quijote, que le molieron, no s�lo el cuerpo, pero el �nima. Era cosa de ver la figura de don Quijote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero. Requebr�banle como a hurto las damiselas, y �l, tambi�n como a hurto, las desde�aba; pero, vi�ndose apretar de requiebros, alz� la voz y dijo:
— Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. All� os avenid, se�oras, con vuestros deseos, que la que es reina de los m�os, la sin par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me avasallen y rindan.
Y, diciendo esto, se sent� en mitad de la sala, en el suelo, molido y quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a su lecho, y el primero que asi� d�l fue Sancho, dici�ndole:
— �Nora en tal, se�or nuestro amo, lo hab�is bailado! �Pens�is que todos los valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si lo pens�is, que est�is enga�ado; hombre hay que se atrever� a matar a un gigante antes que hacer una cabriola. Si hubi�rades de zapatear, yo supliera vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del danzar, no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que re�r Sancho a los del sarao, y dio con su amo en la cama, arrop�ndole para que sudase la frialdad de su baile.
Otro d�a le pareci� a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos se�oras que hab�an molido a don Quijote en el baile, que aquella propia noche se hab�an quedado con la mujer de don Antonio, se encerr� en la estancia donde estaba la cabeza. Cont�les la propiedad que ten�a, encarg�les el secreto y d�joles que aqu�l era el primero d�a donde se hab�a de probar la virtud de la tal cabeza encantada; y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona sab�a el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, tambi�n ellos cayeran en la admiraci�n en que los dem�s cayeron, sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
El primero que se lleg� al o�do de la cabeza fue el mismo don Antonio, y d�jole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:
— Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: �qu� pensamientos tengo yo agora?
Y la cabeza le respondi�, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de modo que fue de todos entendida, esta raz�n:
— Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual, todos quedaron at�nitos, y m�s viendo que en todo el aposento ni al derredor de la mesa no hab�a persona humana que responder pudiese.
— �Cu�ntos estamos aqu�? —torn� a preguntar don Antonio.
Y fuele respondido por el propio tenor, paso:
— Est�is t� y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene por nombre.
�Aqu� s� que fue el admirarse de nuevo, aqu� s� que fue el erizarse los cabellos a todos de puro espanto! Y, apart�ndose don Antonio de la cabeza, dijo:
— Esto me basta para darme a entender que no fui enga�ado del que te me vendi�, �cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza! Llegue otro y preg�ntele lo que quisiere.
Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera que se lleg� fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le pregunt� fue:
— Dime, cabeza, �qu� har� yo para ser muy hermosa?
Y fuele respondido:
— S� muy honesta.
— No te pregunto m�s —dijo la preguntanta.
Lleg� luego la compa�era, y dijo:
— Querr�a saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.
Y respondi�ronle:
— Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.
Apart�se la casada diciendo:
— Esta respuesta no ten�a necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.
Luego lleg� uno de los dos amigos de don Antonio, y pregunt�le:
— �Qui�n soy yo?
Y fuele respondido:
— T� lo sabes.
— No te pregunto eso —respondi� el caballero—, sino que me digas si me conoces t�.
— S� conozco —le respondieron—, que eres don Pedro Noriz.
— No quiero saber m�s, pues esto basta para entender, �oh cabeza!, que lo sabes todo.
Y, apart�ndose, lleg� el otro amigo y pregunt�le:
— Dime, cabeza, �qu� deseos tiene mi hijo el mayorazgo?
— Ya yo he dicho —le respondieron— que yo no juzgo de deseos, pero, con todo eso, te s� decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.
— Eso es —dijo el caballero—: lo que veo por los ojos, con el dedo lo se�alo.
Y no pregunt� m�s. Lleg�se la mujer de don Antonio, y dijo:
— Yo no s�, cabeza, qu� preguntarte; s�lo querr�a saber de ti si gozar� muchos a�os de buen marido.
Y respondi�ronle:
— S� gozar�s, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos a�os de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.
Lleg�se luego don Quijote, y dijo:
— Dime t�, el que respondes: �fue verdad o fue sue�o lo que yo cuento que me pas� en la cueva de Montesinos? �Ser�n ciertos los azotes de Sancho mi escudero? �Tendr� efeto el desencanto de Dulcinea?
— A lo de la cueva —respondieron— hay mucho que decir: de todo tiene; los azotes de Sancho ir�n de espacio, el desencanto de Dulcinea llegar� a debida ejecuci�n.
— No quiero saber m�s —dijo don Quijote—; que como yo vea a Dulcinea desencantada, har� cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a desear.
El �ltimo preguntante fue Sancho, y lo que pregunt� fue:
— �Por ventura, cabeza, tendr� otro gobierno? �Saldr� de la estrecheza de escudero? �Volver� a ver a mi mujer y a mis hijos?
A lo que le respondieron:
— Gobernar�s en tu casa; y si vuelves a ella, ver�s a tu mujer y a tus hijos; y, dejando de servir, dejar�s de ser escudero.
— �Bueno, par Dios! —dijo Sancho Panza—. Esto yo me lo dijera: no dijera m�s el profeta Perogrullo.
— Bestia —dijo don Quijote—, �qu� quieres que te respondan? �No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?
— S� basta —respondi� Sancho—, pero quisiera yo que se declarara m�s y me dijera m�s.
Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acab� la admiraci�n en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio, que el caso sab�an. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener suspenso al mundo, creyendo que alg�n hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba; y as�, dice que don Antonio Moreno, a imitaci�n de otra cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero, hizo �sta en su casa, para entretenerse y suspender a los ignorantes; y la f�brica era de esta suerte: la tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que se sosten�a era de lo mesmo, con cuatro garras de �guila que d�l sal�an, para mayor firmeza del peso. La cabeza, que parec�a medalla y figura de emperador romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni m�s ni menos la tabla de la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna se�al de juntura se parec�a. El pie de la tabla era ansimesmo hueco, que respond�a a la garganta y pechos de la cabeza, y todo esto ven�a a responder a otro aposento que debajo de la estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un ca��n de hoja de lata, muy justo, que de nadie pod�a ser visto. En el aposento de abajo correspondiente al de arriba se pon�a el que hab�a de responder, pegada la boca con el mesmo ca��n, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de abajo arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta manera no era posible conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue el respondiente; el cual, estando avisado de su se�or t�o de los que hab�an de entrar con �l en aquel d�a en el aposento de la cabeza, le fue f�cil responder con presteza y puntualidad a la primera pregunta; a las dem�s respondi� por conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice m�s Cide Hamete: que hasta diez o doce d�as dur� esta maravillosa m�quina; pero que, divulg�ndose por la ciudad que don Antonio ten�a en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le preguntaban respond�a, temiendo no llegase a los o�dos de las despiertas centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los se�ores inquisidores, le mandaron que lo deshiciese y no pasase m�s adelante, porque el vulgo ignorante no se escandalizase; pero en la opini�n de don Quijote y de Sancho Panza, la cabeza qued� por encantada y por respondona, m�s a satisfaci�n de don Quijote que de Sancho.
Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a don Quijote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija de all� a seis d�as; que no tuvo efecto por la ocasi�n que se dir� adelante. Diole gana a don Quijote de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que, si iba a caballo, le hab�an de perseguir los mochachos, y as�, �l y Sancho, con otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.
Sucedi�, pues, que, yendo por una calle, alz� los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aqu� se imprimen libros; de lo que se content� mucho, porque hasta entonces no hab�a visto emprenta alguna, y deseaba saber c�mo fuese. Entr� dentro, con todo su acompa�amiento, y vio tirar en una parte, corregir en otra, componer en �sta, enmendar en aqu�lla, y, finalmente, toda aquella m�quina que en las emprentas grandes se muestra. Lleg�base don Quijote a un caj�n y preguntaba qu� era aqu�llo que all� se hac�a; d�banle cuenta los oficiales, admir�base y pasaba adelante. Lleg� en otras a uno, y pregunt�le qu� era lo que hac�a. El oficial le respondi�:
— Se�or, este caballero que aqu� est� —y ense��le a un hombre de muy buen talle y parecer y de alguna gravedad— ha traducido un libro toscano en nuestra lengua castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.
— �Qu� t�tulo tiene el libro? —pregunt� don Quijote.
— A lo que el autor respondi�:
— Se�or, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.
— Y �qu� responde le bagatele en nuestro castellano? —pregunt� don Quijote.
— Le bagatele —dijo el autor— es como si en castellano dij�semos los juguetes; y, aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en s� cosas muy buenas y sustanciales.
— Yo —dijo don Quijote— s� alg�n tanto de el toscano, y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero d�game vuesa merced, se�or m�o, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no m�s: �ha hallado en su escritura alguna vez nombrar pi�ata?
— S�, muchas veces —respondi� el autor.
— Y �c�mo la traduce vuestra merced en castellano? —pregunt� don Quijote.
— �C�mo la hab�a de traducir —replic� el autor—, sino diciendo olla?
— �Cuerpo de tal —dijo don Quijote—, y qu� adelante est� vuesa merced en el toscano idioma! Yo apostar� una buena apuesta que adonde diga en el toscano piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga pi�, dice m�s, y el su declara con arriba, y el gi� con abajo.
— S� declaro, por cierto —dijo el autor—, porque �sas son sus propias correspondencias.
— Osar� yo jurar —dijo don Quijote— que no es vuesa merced conocido en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. �Qu� de habilidades hay perdidas por ah�! �Qu� de ingenios arrinconados! �Qu� de virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el rev�s, que, aunque se veen las figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas f�ciles, ni arguye ingenio ni elocuci�n, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podr�a ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen. Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Crist�bal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de J�urigui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cu�l es la traduci�n o cu�l el original. Pero d�game vuestra merced: este libro, �impr�mese por su cuenta, o tiene ya vendido el privilegio a alg�n librero?
— Por mi cuenta lo imprimo —respondi� el autor—, y pienso ganar mil ducados, por lo menos, con esta primera impresi�n, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.
— �Bien est� vuesa merced en la cuenta! —respondi� don Quijote—. Bien parece que no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y m�s si el libro es un poco avieso y no nada picante.
— Pues, �qu�? —dijo el autor—. �Quiere vuesa merced que se lo d� a un librero, que me d� por el privilegio tres maraved�s, y a�n piensa que me hace merced en d�rmelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en �l soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin �l no vale un cuatr�n la buena fama.
— Dios le d� a vuesa merced buena manderecha —respondi� don Quijote.
Y pas� adelante a otro caj�n, donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un libro que se intitulaba Luz del alma; y,en vi�ndole, dijo:
— Estos tales libros, aunque hay muchos deste g�nero, son los que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas luces para tantos desalumbrados.
Pas� adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y, preguntando su t�tulo, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas.
— Ya yo tengo noticia deste libro —dijo don Quijote—, y en verdad y en mi conciencia que pens� que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente; pero su San Mart�n se le llegar�, como a cada puerco, que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son m�s verdaderas.
Y, diciendo esto, con muestras de alg�n despecho, se sali� de la emprenta. Y aquel mesmo d�a orden� don Antonio de llevarle a ver las galeras que en la playa estaban, de que Sancho se regocij� mucho, a causa que en su vida las hab�a visto. Avis� don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde hab�a de llevar a verlas a su hu�sped el famoso don Quijote de la Mancha, de quien ya el cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad ten�an noticia; y lo que le sucedi� en ellas se dir� en el siguiente cap�tulo.
Grandes eran los discursos que don Quijote hac�a sobre la respuesta de la encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban con la promesa, que �l tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. All� iba y ven�a, y se alegraba entre s� mismo, creyendo que hab�a de ver presto su cumplimiento; y Sancho, aunque aborrec�a el ser gobernador, como queda dicho, todav�a deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae consigo el mando, aunque sea de burlas.
En resoluci�n, aquella tarde don Antonio Moreno, su hu�sped, y sus dos amigos, con don Quijote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado de su buena venida, por ver a los dos tan famosos Quijote y Sancho, apenas llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las chirim�as; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de almohadas de terciopelo carmes�, y, en poniendo que puso los pies en �l don Quijote, dispar� la capitana el ca��n de cruj�a, y las otras galeras hicieron lo mesmo, y, al subir don Quijote por la escala derecha, toda la chusma le salud� como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ''�Hu, hu, hu!'' tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abraz� a don Quijote, dici�ndole:
— Este d�a se�alar� yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso llevar en mi vida, habiendo visto al se�or don Quijote de la Mancha: tiempo y se�al que nos muestra que en �l se encierra y cifra todo el valor del andante caballer�a.
Con otras no menos corteses razones le respondi� don Quijote, alegre sobremanera de verse tratar tan a lo se�or. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien aderezada, y sent�ronse por los bandines, pas�se el c�mitre en cruj�a, y dio se�al con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante. Sancho, que vio tanta gente en cueros, qued� pasmado, y m�s cuando vio hacer tienda con tanta priesa, que a �l le pareci� que todos los diablos andaban all� trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora dir�. Estaba Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha, el cual ya avisado de lo que hab�a de hacer, asi� de Sancho, y, levant�ndole en los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco, con tanta priesa, que el pobre Sancho perdi� la vista de los ojos, y sin duda pens� que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con �l hasta volverle por la siniestra banda y ponerle en la popa. Qued� el pobre molido, y jadeando, y trasudando, sin poder imaginar qu� fue lo que sucedido le hab�a.
Don Quijote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, pregunt� al general si eran ceremonias aqu�llas que se usaban con los primeros que entraban en las galeras; porque si acaso lo fuese, �l, que no ten�a intenci�n de profesar en ellas, no quer�a hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a asirle para voltearle, que le hab�a de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo esto, se levant� en pie y empu�� la espada.
A este instante abatieron tienda, y con grand�simo ruido dejaron caer la entena de alto abajo. Pens� Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y ven�a a dar sobre su cabeza; y, agobi�ndola, lleno de miedo, la puso entre las piernas. No las tuvo todas consigo don Quijote; que tambi�n se estremeci� y encogi� de hombros y perdi� la color del rostro. La chusma iz� la entena con la misma priesa y ruido que la hab�an amainado, y todo esto, callando, como si no tuvieran voz ni aliento. Hizo se�al el c�mitre que zarpasen el ferro, y, saltando en mitad de la cruj�a con el corbacho o rebenque, comenz� a mosquear las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio a una moverse tantos pies colorados, que tales pens� �l que eran los remos, dijo entre s�:
— �stas s� son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. �Qu� han hecho estos desdichados, que ans� los azotan, y c�mo este hombre solo, que anda por aqu� silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo digo que �ste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.
Don Quijote, que vio la atenci�n con que Sancho miraba lo que pasaba, le dijo:
— �Ah Sancho amigo, y con qu� brevedad y cu�n a poca costa os pod�ades vos, si quisi�sedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos se�ores, y acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no sentir�ades vos mucho la vuestra; y m�s, que podr�a ser que el sabio Merl�n tomase en cuenta cada azote d�stos, por ser dados de buena mano, por diez de los que vos finalmente os hab�is de dar.
Preguntar quer�a el general qu� azotes eran aqu�llos, o qu� desencanto de Dulcinea, cuando dijo el marinero:
— Se�al hace Monju� de que hay bajel de remos en la costa por la banda del poniente.
Esto o�do, salt� el general en la cruj�a, y dijo:
— �Ea hijos, no se nos vaya! Alg�n bergant�n de cosarios de Argel debe de ser �ste que la atalaya nos se�ala.
Lleg�ronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se les ordenaba. Mand� el general que las dos saliesen a la mar, y �l con la otra ir�a tierra a tierra, porque ans� el bajel no se les escapar�a. Apret� la chusma los remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parec�a que volaban. Las que salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron un bajel, que con la vista le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y as� era la verdad; el cual bajel, cuando descubri� las galeras, se puso en caza, con intenci�n y esperanza de escaparse por su ligereza; pero av�nole mal, porque la galera capitana era de los m�s ligeros bajeles que en la mar navegaban, y as� le fue entrando, que claramente los del bergant�n conocieron que no pod�an escaparse; y as�, el arr�ez quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al capit�n que nuestras galeras reg�a. Pero la suerte, que de otra manera lo guiaba, orden� que, ya que la capitana llegaba tan cerca que pod�an los del bajel o�r las voces que desde ella les dec�an que se rindiesen, dos toraqu�s, que es como decir dos turcos borrachos, que en el bergant�n ven�an con estos doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que sobre nuestras arrumbadas ven�an. Viendo lo cual, jur� el general de no dejar con vida a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le escap� por debajo de la palamenta. Pas� la galera adelante un buen trecho; los del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volv�a, y de nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero no les aprovech� su diligencia tanto como les da�� su atrevimiento, porque, alcanz�ndoles la capitana a poco m�s de media milla, les ech� la palamenta encima y los cogi� vivos a todos.
Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron a la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que tra�an. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoci� que estaba en la marina el virrey de la ciudad. Mand� echar el esquife para traerle, y mand� amainar la entena para ahorcar luego luego al arr�ez y a los dem�s turcos que en el bajel hab�a cogido, que ser�an hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los m�s, escopeteros turcos. Pregunt� el general qui�n era el arr�ez del bergant�n y fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana, que despu�s pareci� ser renegado espa�ol:
— Este mancebo, se�or, que aqu� vees es nuestro arr�ez.
Y mostr�le uno de los m�s bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana imaginaci�n. La edad, al parecer, no llegaba a veinte a�os. Pregunt�le el general:
— Dime, mal aconsejado perro, �qui�n te movi� a matarme mis soldados, pues ve�as ser imposible el escaparte? �Ese respeto se guarda a las capitanas? �No sabes t� que no es valent�a la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los hombres atrevidos, pero no temerarios.
Responder quer�a el arr�ez; pero no pudo el general, por entonces, o�r la respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con el cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.
— �Buena ha estado la caza, se�or general! —dijo el virrey.
— Y tan buena —respondi� el general— cual la ver� Vuestra Excelencia agora colgada de esta entena.
— �C�mo ans�? —replic� el virrey.
— Porque me han muerto —respondi� el general—, contra toda ley y contra toda raz�n y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras ven�an, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este mozo, que es el arr�ez del bergant�n.
Y ense��le al que ya ten�a atadas las manos y echado el cordel a la garganta, esperando la muerte.
Mir�le el virrey, y, vi�ndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde, d�ndole en aquel instante una carta de recomendaci�n su hermosura, le vino deseo de escusar su muerte; y as�, le pregunt�:
— Dime, arr�ez, �eres turco de naci�n, o moro, o renegado?
A lo cual el mozo respondi�, en lengua asimesmo castellana:
— Ni soy turco de naci�n, ni moro, ni renegado.
— Pues, �qu� eres? —replic� el virrey.
— Mujer cristiana —respondi� el mancebo.
— �Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? M�s es cosa para admirarla que para creerla.
— Suspended —dijo el mozo—, �oh se�ores!, la ejecuci�n de mi muerte, que no se perder� mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi vida.
�Qui�n fuera el de coraz�n tan duro que con estas razones no se ablandara, o, a lo menos, hasta o�r las que el triste y lastimado mancebo decir quer�a? El general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase alcanzar perd�n de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenz� a decir desta manera:
— �De aquella naci�n m�s desdichada que prudente, sobre quien ha llovido estos d�as un mar de desgracias, nac� yo, de moriscos padres engendrada. En la corriente de su desventura fui yo por dos t�os m�os llevada a Berber�a, sin que me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y cat�licas. No me vali�, con los que ten�an a cargo nuestro miserable destierro, decir esta verdad, ni mis t�os quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por invenci�n para quedarme en la tierra donde hab�a nacido, y as�, por fuerza m�s que por grado, me trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano, ni m�s ni menos; mam� la fe cat�lica en la leche; cri�me con buenas costumbres; ni en la lengua ni en ellas jam�s, a mi parecer, di se�ales de ser morisca. Al par y al paso destas virtudes, que yo creo que lo son, creci� mi hermosura, si es que tengo alguna; y, aunque mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debi� de ser tanto que no tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo tiene. C�mo me vio, c�mo nos hablamos, c�mo se vio perdido por m� y c�mo yo no muy ganada por �l, ser�a largo de contar, y m�s en tiempo que estoy temiendo que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel que me amenaza; y as�, s�lo dir� c�mo en nuestro destierro quiso acompa�arme don Gregorio. Mezcl�se con los moriscos que de otros lugares salieron, porque sab�a muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos t�os m�os que consigo me tra�an; porque mi padre, prudente y prevenido, as� como oy� el primer bando de nuestro destierro, se sali� del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos estra�os que nos acogiese. Dej� encerradas y enterradas, en una parte de quien yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos dineros en cruzados y doblones de oro. Mand�me que no tocase al tesoro que dejaba en ninguna manera, si acaso antes que �l volviese nos desterraban. H�celo as�, y con mis t�os, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a Berber�a; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le hici�ramos en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la fama se la dio de mis riquezas, que, en parte, fue ventura m�a. Llam�me ante s�, pregunt�me de qu� parte de Espa�a era y qu� dineros y qu� joyas tra�a. D�jele el lugar, y que las joyas y dineros quedaban en �l enterrados, pero que con facilidad se podr�an cobrar si yo misma volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pl�ticas, le llegaron a decir c�mo ven�a conmigo uno de los m�s gallardos y hermosos mancebos que se pod�a imaginar. Luego entend� que lo dec�an por don Gaspar Gregorio, cuya belleza se deja atr�s las mayores que encarecer se pueden. Turb�me, considerando el peligro que don Gregorio corr�a, porque entre aquellos b�rbaros turcos en m�s se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bell�sima que sea. Mand� luego el rey que se le trujesen all� delante para verle, y pregunt�me si era verdad lo que de aquel mozo le dec�an. Entonces yo, casi como prevenida del cielo, le dije que s� era; pero que le hac�a saber que no era var�n, sino mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje, para que de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante su presencia. D�jome que fuese en buena hora, y que otro d�a hablar�amos en el modo que se pod�a tener para que yo volviese a Espa�a a sacar el escondido tesoro. Habl� con don Gaspar, cont�le el peligro que corr�a el mostrar ser hombre; vest�le de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey, el cual, en vi�ndole, qued� admirado y hizo disignio de guardarla para hacer presente della al Gran Se�or; y, por huir del peligro que en el serrallo de sus mujeres pod�a tener y temer de s� mismo, la mand� poner en casa de unas principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se deje a la consideraci�n de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego traza el rey de que yo volviese a Espa�a en este bergant�n y que me acompa�asen dos turcos de naci�n, que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino tambi�n conmigo este renegado espa�ol —se�alando al que hab�a hablado primero—, del cual s� yo bien que es cristiano encubierto y que viene con m�s deseo de quedarse en Espa�a que de volver a Berber�a; la dem�s chusma del bergant�n son moros y turcos, que no sirven de m�s que de bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin guardar el orden que tra�amos de que a m� y a este renegado en la primer parte de Espa�a, en h�bito de cristianos, de que venimos prove�dos, nos echasen en tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si pudiesen, temiendo que si primero nos echaban en tierra, por alg�n acidente que a los dos nos sucediese, podr�amos descubrir que quedaba el bergant�n en la mar, y si acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche descubrimos esta playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras, fuimos descubiertos, y nos ha sucedido lo que hab�is visto. En resoluci�n: don Gregorio queda en h�bito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me veo atadas las manos, esperando, o, por mejor decir, temiendo perder la vida, que ya me cansa.� �ste es, se�ores, el fin de mi lamentable historia, tan verdadera como desdichada; lo que os ruego es que me dej�is morir como cristiana, pues, como ya he dicho, en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi naci�n han ca�do.
Y luego call�, pre�ados los ojos de tiernas l�grimas, a quien acompa�aron muchas de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle palabra, se lleg� a ella y le quit� con sus manos el cordel que las hermosas de la mora ligaba.
En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba, tuvo clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entr� en la galera cuando entr� el virrey; y, apenas dio fin a su pl�tica la morisca, cuando �l se arroj� a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de mil sollozos y suspiros, le dijo:
— �Oh Ana F�lix, desdichada hija m�a! Yo soy tu padre Ricote, que volv�a a buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.
A cuyas palabras abri� los ojos Sancho, y alz� la cabeza (que inclinada ten�a, pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino, conoci� ser el mismo Ricote que top� el d�a que sali� de su gobierno, y confirm�se que aqu�lla era su hija, la cual, ya desatada, abraz� a su padre, mezclando sus l�grimas con las suyas; el cual dijo al general y al virrey:
— �sta, se�ores, es mi hija, m�s desdichada en sus sucesos que en su nombre. Ana F�lix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su hermosura como por mi riqueza. Yo sal� de mi patria a buscar en reinos estra�os quien nos albergase y recogiese, y, habi�ndole hallado en Alemania, volv� en este h�bito de peregrino, en compa��a de otros alemanes, a buscar mi hija y a desenterrar muchas riquezas que dej� escondidas. No hall� a mi hija; hall� el tesoro, que conmigo traigo, y agora, por el estra�o rodeo que hab�is visto, he hallado el tesoro que m�s me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y sus l�grimas y las m�as, por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir puertas a la misericordia, usadla con nosotros, que jam�s tuvimos pensamiento de ofenderos, ni convenimos en ning�n modo con la intenci�n de los nuestros, que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
— Bien conozco a Ricote, y s� que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana F�lix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala intenci�n, no me entremeto.
Admirados del estra�o caso todos los presentes, el general dijo:
— Una por una vuestras l�grimas no me dejar�n cumplir mi juramento: vivid, hermosa Ana F�lix, los a�os de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mand� luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados hab�an muerto; pero el virrey le pidi� encarecidamente no los ahorcase, pues m�s locura que valent�a hab�a sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le ped�a, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba. Ofreci� Ricote para ello m�s de dos mil ducados que en perlas y en joyas ten�a. Di�ronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado espa�ol que se ha dicho, el cual se ofreci� de volver a Argel en alg�n barco peque�o, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque �l sab�a d�nde, c�mo y cu�ndo pod�a y deb�a desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni confiar de los cristianos que hab�an de bogar el remo; fi�le Ana F�lix, y Ricote, su padre, dijo que sal�a a dar el rescate de los cristianos, si acaso se perdiesen.
Firmados, pues, en este parecer, se desembarc� el virrey, y don Antonio Moreno se llev� consigo a la morisca y a su padre, encarg�ndole el virrey que los regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le ofrec�a lo que en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana F�lix infundi� en su pecho.
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibi� grand�simo contento de ver a Ana F�lix en su casa. Recibi�la con mucho agrado, as� enamorada de su belleza como de su discreci�n, porque en lo uno y en lo otro era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana ta�ida, ven�an a verla.
Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que hab�an tomado en la libertad de don Gregorio no era bueno, porque ten�a m�s de peligroso que de conveniente, y que ser�a mejor que le pusiesen a �l en Berber�a con sus armas y caballo; que �l le sacar�a a pesar de toda la morisma, como hab�a hecho don Gaiferos a su esposa Melisendra.
— Advierta vuesa merced —dijo Sancho, oyendo esto— que el se�or don Gaiferos sac� a sus esposa de tierra firme y la llev� a Francia por tierra firme; pero aqu�, si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por d�nde traerle a Espa�a, pues est� la mar en medio.
— Para todo hay remedio, si no es para la muerte —respondi� don Quijote—; pues, llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en �l, aunque todo el mundo lo impida.
— Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced —dijo Sancho—, pero del dicho al hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy hombre de bien y de muy buenas entra�as.
Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomar�a el espediente de que el gran don Quijote pasase en Berber�a.
De all� a dos d�as parti� el renegado en un ligero barco de seis remos por banda, armado de valent�sima chusma; y de all� a otros dos se partieron las galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana F�lix; qued� el visorrey de hacerlo as� como se lo ped�a.
Y una ma�ana, saliendo don Quijote a pasearse por la playa armado de todas sus armas, porque, como muchas veces dec�a, ellas eran sus arreos, y su descanso el pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hac�a �l un caballero, armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo tra�a pintada una luna resplandeciente; el cual, lleg�ndose a trecho que pod�a ser o�do, en altas voces, encaminando sus razones a don Quijote, dijo:
— Insigne caballero y jam�s como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas haza�as quiz� te le habr�n tra�do a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en raz�n de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparaci�n m�s hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si t� la confiesas de llano en llano, escusar�s tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en d�rtela; y si t� peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfaci�n sino que, dejando las armas y absteni�ndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un a�o, donde has de vivir sin echar mano a la espada, en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque as� conviene al aumento de tu hacienda y a la salvaci�n de tu alma; y si t� me vencieres, quedar� a tu discreci�n mi cabeza, y ser�n tuyos los despojos de mis armas y caballo, y pasar� a la tuya la fama de mis haza�as. Mira lo que te est� mejor, y resp�ndeme luego, porque hoy todo el d�a traigo de t�rmino para despachar este negocio.
Don Quijote qued� suspenso y at�nito, as� de la arrogancia del Caballero de la Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y adem�n severo le respondi�:
— Caballero de la Blanca Luna, cuyas haza�as hasta agora no han llegado a mi noticia, yo osar� jurar que jam�s hab�is visto a la ilustre Dulcinea; que si visto la hubi�rades, yo s� que procur�rades no poneros en esta demanda, porque su vista os desenga�ara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la suya comparar se pueda; y as�, no dici�ndoos que ment�s, sino que no acert�is en lo propuesto, con las condiciones que hab�is referido, aceto vuestro desaf�o, y luego, porque no se pase el d�a que tra�is determinado; y s�lo exceto de las condiciones la de que se pase a m� la fama de vuestras haza�as, porque no s� cu�les ni qu� tales sean: con las m�as me contento, tales cuales ellas son. Tomad, pues, la parte del campo que quisi�redes, que yo har� lo mesmo, y a quien Dios se la diere, San Pedro se la bendiga.
Hab�an descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y d�choselo al visorrey que estaba hablando con don Quijote de la Mancha. El visorrey, creyendo ser�a alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o por otro alg�n caballero de la ciudad, sali� luego a la playa con don Antonio y con otros muchos caballeros que le acompa�aban, a tiempo cuando don Quijote volv�a las riendas a Rocinante para tomar del campo lo necesario.
Viendo, pues, el visorrey que daban los dos se�ales de volverse a encontrar, se puso en medio, pregunt�ndoles qu� era la causa que les mov�a a hacer tan de improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondi� que era precedencia de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas que hab�a dicho a don Quijote, con la acetaci�n de las condiciones del desaf�o hechas por entrambas partes. Lleg�se el visorrey a don Antonio, y pregunt�le paso si sab�a qui�n era el tal Caballero de la Blanca Luna, o si era alguna burla que quer�an hacer a don Quijote. Don Antonio le respondi� que ni sab�a qui�n era, ni si era de burlas ni de veras el tal desaf�o. Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en si les dejar�a o no pasar adelante en la batalla; pero, no pudi�ndose persuadir a que fuese sino burla, se apart� diciendo:
— Se�ores caballeros, si aqu� no hay otro remedio sino confesar o morir, y el se�or don Quijote est� en sus trece y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus catorce, a la mano de Dios, y dense.
Agradeci� el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la licencia que se les daba, y don Quijote hizo lo mesmo; el cual, encomend�ndose al cielo de todo coraz�n y a su Dulcinea —como ten�a de costumbre al comenzar de las batallas que se le ofrec�an—, torn� a tomar otro poco m�s del campo, porque vio que su contrario hac�a lo mesmo, y, sin tocar trompeta ni otro instrumento b�lico que les diese se�al de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto las riendas a sus caballos; y, como era m�s ligero el de la Blanca Luna, lleg� a don Quijote a dos tercios andados de la carrera, y all� le encontr� con tan poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levant�, al parecer, de prop�sito), que dio con Rocinante y con don Quijote por el suelo una peligrosa ca�da. Fue luego sobre �l, y, poni�ndole la lanza sobre la visera, le dijo:
— Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confes�is las condiciones de nuestro desaf�o.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
— Dulcinea del Toboso es la m�s hermosa mujer del mundo, y yo el m�s desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza, y qu�tame la vida, pues me has quitado la honra.
— Eso no har� yo, por cierto —dijo el de la Blanca Luna—: viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la se�ora Dulcinea del Toboso, que s�lo me contento con que el gran don Quijote se retire a su lugar un a�o, o hasta el tiempo que por m� le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta batalla.
Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que all� estaban, y oyeron asimismo que don Quijote respondi� que como no le pidiese cosa que fuese en perjuicio de Dulcinea, todo lo dem�s cumplir�a como caballero puntual y verdadero.
Hecha esta confesi�n, volvi� las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entr� en la ciudad.
Mand� el visorrey a don Antonio que fuese tras �l, y que en todas maneras supiese qui�n era. Levantaron a don Quijote, descubri�ronle el rostro y hall�ronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sab�a qu� decirse ni qu� hacerse: parec�ale que todo aquel suceso pasaba en sue�os y que toda aquella m�quina era cosa de encantamento. Ve�a a su se�or rendido y obligado a no tomar armas en un a�o; imaginaba la luz de la gloria de sus haza�as escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento. Tem�a si quedar�a o no contrecho Rocinante, o deslocado su amo; que no fuera poca ventura si deslocado quedara. Finalmente, con una silla de manos, que mand� traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvi� tambi�n a ella, con deseo de saber qui�n fuese el Caballero de la Blanca Luna, que de tan mal talante hab�a dejado a don Quijote.
Sigui� don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y sigui�ronle tambi�n, y aun persigui�ronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en un mes�n dentro de la ciudad. Entr� el don Antonio con deseo de conocerle; sali� un escudero a recebirle y a desarmarle; encerr�se en una sala baja, y con �l don Antonio, que no se le coc�a el pan hasta saber qui�n fuese. Viendo, pues, el de la Blanca Luna que aquel caballero no le dejaba, le dijo:
— Bien s�, se�or, a lo que ven�s, que es a saber qui�n soy; y, porque no hay para qu� neg�roslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo dir�, sin faltar un punto a la verdad del caso. Sabed, se�or, que a m� me llaman el bachiller Sans�n Carrasco; soy del mesmo lugar de don Quijote de la Mancha, cuya locura y sandez mueve a que le tengamos l�stima todos cuantos le conocemos, y entre los que m�s se la han tenido he sido yo; y, creyendo que est� su salud en su reposo y en que se est� en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella; y as�, habr� tres meses que le sal� al camino como caballero andante, llam�ndome el Caballero de los Espejos, con intenci�n de pelear con �l y vencerle, sin hacerle da�o, poniendo por condici�n de nuestra pelea que el vencido quedase a discreci�n del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por vencido, era que se volviese a su lugar y que no saliese d�l en todo un a�o, en el cual tiempo podr�a ser curado; pero la suerte lo orden� de otra manera, porque �l me venci� a m� y me derrib� del caballo, y as�, no tuvo efecto mi pensamiento: �l prosigui� su camino, y yo me volv�, vencido, corrido y molido de la ca�da, que fue adem�s peligrosa; pero no por esto se me quit� el deseo de volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como �l es tan puntual en guardar las �rdenes de la andante caballer�a, sin duda alguna guardar� la que le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, se�or, lo que pasa, sin que tenga que deciros otra cosa alguna; supl�coos no me descubr�is ni le dig�is a don Quijote qui�n soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos m�os y vuelva a cobrar su juicio un hombre que le tiene bon�simo, como le dejen las sandeces de la caballer�a.
— �Oh se�or —dijo don Antonio—, Dios os perdone el agravio que hab�is hecho a todo el mundo en querer volver cuerdo al m�s gracioso loco que hay en �l! �No veis, se�or, que no podr� llegar el provecho que cause la cordura de don Quijote a lo que llega el gusto que da con sus desvar�os? Pero yo imagino que toda la industria del se�or bachiller no ha de ser parte para volver cuerdo a un hombre tan rematadamente loco; y si no fuese contra caridad, dir�a que nunca sane don Quijote, porque con su salud, no solamente perdemos sus gracias, sino las de Sancho Panza, su escudero, que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la misma melancol�a. Con todo esto, callar�, y no le dir� nada, por ver si salgo verdadero en sospechar que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el se�or Carrasco.
El cual respondi� que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de quien esperaba feliz suceso. Y, habi�ndose ofrecido don Antonio de hacer lo que m�s le mandase, se despidi� d�l; y, hecho liar sus armas sobre un macho, luego al mismo punto, sobre el caballo con que entr� en la batalla, se sali� de la ciudad aquel mismo d�a y se volvi� a su patria, sin sucederle cosa que obligue a contarla en esta verdadera historia.
Cont� don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le hab�a contado, de lo que el visorrey no recibi� mucho gusto, porque en el recogimiento de don Quijote se perd�a el que pod�an tener todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia.
Seis d�as estuvo don Quijote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginaci�n en el desdichado suceso de su vencimiento. Consol�bale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:
— Se�or m�o, alce vuestra merced la cabeza y al�grese, si puede, y d� gracias al cielo que, ya que le derrib� en la tierra, no sali� con alguna costilla quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no siempre hay tocinos donde hay estacas, d� una higa al m�dico, pues no le ha menester para que le cure en esta enfermedad: volv�monos a nuestra casa y dej�monos de andar buscando aventuras por tierras y lugares que no sabemos; y, si bien se considera, yo soy aqu� el m�s perdidoso, aunque es vuestra merced el m�s mal parado. Yo, que dej� con el gobierno los deseos de ser m�s gobernador, no dej� la gana de ser conde, que jam�s tendr� efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de su caballer�a; y as�, vienen a volverse en humo mis esperanzas.
— Calla, Sancho, pues ves que mi reclusi�n y retirada no ha de pasar de un a�o; que luego volver� a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane y alg�n condado que darte.
— Dios lo oiga —dijo Sancho—, y el pecado sea sordo, que siempre he o�do decir que m�s vale buena esperanza que ruin posesi�n.
En esto estaban cuando entr� don Antonio, diciendo con muestras de grand�simo contento:
— �Albricias, se�or don Quijote, que don Gregorio y el renegado que fue por �l est� en la playa! �Qu� digo en la playa? Ya est� en casa del visorrey, y ser� aqu� al momento.
Alegr�se alg�n tanto don Quijote, y dijo:
— En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al rev�s, porque me obligara a pasar en Berber�a, donde con la fuerza de mi brazo diera libertad no s�lo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en Berber�a. Pero, �qu� digo, miserable? �No soy yo el vencido? �No soy yo el derribado? �No soy yo el que no puede tomar arma en un a�o? Pues, �qu� prometo? �De qu� me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?
— D�jese deso, se�or —dijo Sancho—: viva la gallina, aunque con su pepita, que hoy por ti y ma�ana por m�; y en estas cosas de encuentros y porrazos no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse ma�ana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje desmayar, sin cobrar nuevos br�os para nuevas pendencias. Y lev�ntese vuestra merced agora para recebir a don Gregorio, que me parece que anda la gente alborotada, y ya debe de estar en casa.
Y as� era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el renegado al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana F�lix, vino con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio, cuando le sacaron de Argel, fue con h�bitos de mujer, en el barco los troc� por los de un cautivo que sali� consigo; pero en cualquiera que viniera, mostrara ser persona para ser codiciada, servida y estimada, porque era hermoso sobremanera, y la edad, al parecer, de diez y siete o diez y ocho a�os. Ricote y su hija salieron a recebirle: el padre con l�grimas y la hija con honestidad. No se abrazaron unos a otros, porque donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana F�lix admiraron en particular a todos juntos los que presentes estaban. El silencio fue all� el que habl� por los dos amantes, y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos pensamientos.
Cont� el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio; cont� don Gregorio los peligros y aprietos en que se hab�a visto con las mujeres con quien hab�a quedado, no con largo razonamiento, sino con breves palabras, donde mostr� que su discreci�n se adelantaba a sus a�os. Finalmente, Ricote pag� y satisfizo liberalmente as� al renegado como a los que hab�an bogado al remo. Reincorpor�se y red�jose el renegado con la Iglesia, y, de miembro podrido, volvi� limpio y sano con la penitencia y el arrepentimiento.
De all� a dos d�as trat� el visorrey con don Antonio qu� modo tendr�an para que Ana F�lix y su padre quedasen en Espa�a, pareci�ndoles no ser de inconveniente alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bien intencionado. Don Antonio se ofreci� venir a la corte a negociarlo, donde hab�a de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio del favor y de las d�divas, muchas cosas dificultosas se acaban.
— No —dijo Ricote, que se hall� presente a esta pl�tica— hay que esperar en favores ni en d�divas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsi�n, no valen ruegos, no promesas, no d�divas, no l�stimas; porque, aunque es verdad que �l mezcla la misericordia con la justicia, como �l vee que todo el cuerpo de nuestra naci�n est� contaminado y podrido, usa con �l antes del cauterio que abrasa que del ung�ento que molifica; y as�, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecuci�n el peso desta gran m�quina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta, porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como ra�z escondida, que con el tiempo venga despu�s a brotar, y a echar frutos venenosos en Espa�a, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre la ten�a. �Heroica resoluci�n del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!
— Una por una, yo har�, puesto all�, las diligencias posibles, y haga el cielo lo que m�s fuere servido —dijo don Antonio—. Don Gregorio se ir� conmigo a consolar la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana F�lix se quedar� con mi mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo s� que el se�or visorrey gustar� se quede en la suya el buen Ricote, hasta ver c�mo yo negocio.
El visorrey consinti� en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo que pasaba, dijo que en ninguna manera pod�a ni quer�a dejar a do�a Ana F�lix; pero, teniendo intenci�n de ver a sus padres, y de dar traza de volver por ella, vino en el decretado concierto. Qued�se Ana F�lix con la mujer de don Antonio, y Ricote en casa del visorrey.
Lleg�se el d�a de la partida de don Antonio, y el de don Quijote y Sancho, que fue de all� a otros dos; que la ca�da no le concedi� que m�s presto se pusiese en camino. Hubo l�grimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al despedirse don Gregorio de Ana F�lix. Ofreci�le Ricote a don Gregorio mil escudos, si los quer�a; pero �l no tom� ninguno, sino solos cinco que le prest� don Antonio, prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se partieron los dos, y don Quijote y Sancho despu�s, como se ha dicho: don Quijote desarmado y de camino, Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas.
Al salir de Barcelona, volvi� don Quijote a mirar el sitio donde hab�a ca�do, y dijo:
— �Aqu� fue Troya! �Aqu� mi desdicha, y no mi cobard�a, se llev� mis alcanzadas glorias; aqu� us� la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aqu� se escurecieron mis haza�as; aqu�, finalmente, cay� mi ventura para jam�s levantarse!
Oyendo lo cual Sancho, dijo:
— Tan de valientes corazones es, se�or m�o, tener sufrimiento en las desgracias como alegr�a en las prosperidades; y esto lo juzgo por m� mismo, que si cuando era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie, no estoy triste; porque he o�do decir que esta que llaman por ah� Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y as�, no vee lo que hace, ni sabe a qui�n derriba, ni a qui�n ensalza.
— Muy fil�sofo est�s, Sancho —respondi� don Quijote—, muy a lo discreto hablas: no s� qui�n te lo ense�a. Lo que te s� decir es que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en �l suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por particular providencia de los cielos, y de aqu� viene lo que suele decirse: que cada uno es art�fice de su ventura. Yo lo he sido de la m�a, pero no con la prudencia necesaria, y as�, me han salido al gallar�n mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no pod�a resistir la flaqueza de Rocinante. Atrev�me en fin, hice lo que puede, derrib�ronme, y, aunque perd� la honra, no perd�, ni puedo perder, la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero pedestre, acreditar� mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina, pues, amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el a�o del noviciado, con cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de m� olvidado ejercicio de las armas.
— Se�or —respondi� Sancho—, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me mueva e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de alg�n �rbol, en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del rucio, levantados los pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra merced las pidiere y midiere; que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas grandes es pensar en lo escusado.
— Bien has dicho, Sancho —respondi� don Quijote—: cu�lguense mis armas por trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los �rboles lo que en el trofeo de las armas de Rold�n estaba escrito:
Nadie las mueva
que estar no pueda con Rold�n a prueba.
— Todo eso me parece de perlas —respondi� Sancho—; y, si no fuera por la falta que para el camino nos hab�a de hacer Rocinante, tambi�n fuera bien dejarle colgado.
— �Pues ni �l ni las armas —replic� don Quijote— quiero que se ahorquen, porque no se diga que a buen servicio, mal galard�n!
— Muy bien dice vuestra merced —respondi� Sancho—, porque, seg�n opini�n de discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste suceso vuestra merced tiene la culpa, cast�guese a s� mesmo, y no revienten sus iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante, ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen m�s de lo justo.
En estas razones y pl�ticas se les pas� todo aquel d�a, y aun otros cuatro, sin sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto d�a, a la entrada de un lugar, hallaron a la puerta de un mes�n mucha gente, que, por ser fiesta, se estaba all� solazando. Cuando llegaba a ellos don Quijote, un labrador alz� la voz diciendo:
— Alguno destos dos se�ores que aqu� vienen, que no conocen las partes, dir� lo que se ha de hacer en nuestra apuesta.
— S� dir�, por cierto —respondi� don Quijote—, con toda rectitud, si es que alcanzo a entenderla.
— �Es, pues, el caso —dijo el labrador—, se�or bueno, que un vecino deste lugar, tan gordo que pesa once arrobas, desafi� a correr a otro su vecino, que no pesa m�s que cinco. Fue la condici�n que hab�an de correr una carrera de cien pasos con pesos iguales; y, habi�ndole preguntado al desafiador c�mo se hab�a de igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis de hierro a cuestas, y as� se igualar�an las once arrobas del flaco con las once del gordo.�
— Eso no —dijo a esta saz�n Sancho, antes que don Quijote respondiese—. Y a m�, que ha pocos d�as que sal� de ser gobernador y juez, como todo el mundo sabe, toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.
— Responde en buen hora —dijo don Quijote—, Sancho amigo, que yo no estoy para dar migas a un gato, seg�n traigo alborotado y trastornado el juicio.
Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor d�l la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:
— Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de justicia alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las armas, no es bien que �ste las escoja tales que le impidan ni estorben el salir vencedor; y as�, es mi parecer que el gordo desafiador se escamonde, monde, entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de aqu� o de all� de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere; y desta manera, quedando en cinco arrobas de peso, se igualar� y ajustar� con las cinco de su contrario, y as� podr�n correr igualmente.
— �Voto a tal —dijo un labrador que escuch� la sentencia de Sancho— que este se�or ha hablado como un bendito y sentenciado como un can�nigo! Pero a buen seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes, cuanto m�s seis arrobas.
— Lo mejor es que no corran —respondi� otro—, porque el flaco no se muela con el peso, ni el gordo se descarne; y �chese la mitad de la apuesta en vino, y llevemos estos se�ores a la taberna de lo caro, y sobre m� la capa cuando llueva.
— Yo, se�ores —respondi� don Quijote—, os lo agradezco, pero no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descort�s y caminar m�s que de paso.
Y as�, dando de las espuelas a Rocinante, pas� adelante, dej�ndolos admirados de haber visto y notado as� su estra�a figura como la discreci�n de su criado, que por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:
— Si el criado es tan discreto, �cu�l debe de ser el amo! Yo apostar� que si van a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte; que todo es burla, sino estudiar y m�s estudiar, y tener favor y ventura; y cuando menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en la cabeza.
Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y descubierto; y otro d�a, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos ven�a un hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la mano, propio talle de correo de a pie; el cual, como lleg� junto a don Quijote, adelant� el paso, y medio corriendo lleg� a �l, y, abraz�ndole por el muslo derecho, que no alcanzaba a m�s, le dijo, con muestras de mucha alegr�a:
— �Oh mi se�or don Quijote de la Mancha, y qu� gran contento ha de llegar al coraz�n de mi se�or el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su castillo, que todav�a se est� en �l con mi se�ora la duquesa!
— No os conozco, amigo —respondi� don Quijote—, ni s� qui�n sois, si vos no me lo dec�s.
— Yo, se�or don Quijote —respondi� el correo—, soy Tosilos, el lacayo del duque mi se�or, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija de do�a Rodr�guez.
— �V�lame Dios! —dijo don Quijote—. �Es posible que sois vos el que los encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que dec�s, por defraudarme de la honra de aquella batalla?
— Calle, se�or bueno —replic� el cartero—, que no hubo encanto alguno ni mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entr� en la estacada como Tosilos lacayo sal� della. Yo pens� casarme sin pelear, por haberme parecido bien la moza, pero sucedi�me al rev�s mi pensamiento, pues, as� como vuestra merced se parti� de nuestro castillo, el duque mi se�or me hizo dar cien palos por haber contravenido a las ordenanzas que me ten�a dadas antes de entrar en la batalla, y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y do�a Rodr�guez se ha vuelto a Castilla, y yo voy ahora a Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey, que le env�a mi amo. Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, aqu� llevo una calabaza llena de lo caro, con no s� cu�ntas rajitas de queso de Tronch�n, que servir�n de llamativo y despertador de la sed, si acaso est� durmiendo.
— Quiero el envite —dijo Sancho—, y �chese el resto de la cortes�a, y escancie el buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.
— En fin —dijo don Quijote—, t� eres, Sancho, el mayor glot�n del mundo y el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este Tosilos contrahecho. Qu�date con �l y h�rtate, que yo me ir� adelante poco a poco, esper�ndote a que vengas.
Ri�se el lacayo, desenvain� su calabaza, desalforj� sus rajas, y, sacando un panecillo, �l y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz compa�a despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos alientos, que lamieron el pliego de las cartas, s�lo porque ol�a a queso. Dijo Tosilos a Sancho:
— Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.
— �C�mo debe? —respondi� Sancho—. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y m�s cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a �l; pero, �qu� aprovecha? Y m�s agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la Blanca Luna.
Rog�le Tosilos le contase lo que le hab�a sucedido, pero Sancho le respondi� que era descortes�a dejar que su amo le esperase; que otro d�a, si se encontrasen, habr�a lugar par ello. Y, levant�ndose, despu�s de haberse sacudido el sayo y las migajas de las barbas, antecogi� al rucio, y, diciendo ''a Dios'', dej� a Tosilos y alcanz� a su amo, que a la sombra de un �rbol le estaba esperando.
Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado, muchos m�s le fatigaron despu�s de ca�do. A la sombra del �rbol estaba, como se ha dicho, y all�, como moscas a la miel, le acud�an y picaban pensamientos: unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que hab�a de hacer en su forzosa retirada. Lleg� Sancho y alab�le la liberal condici�n del lacayo Tosilos.
— �Es posible —le dijo don Quijote— que todav�a, �oh Sancho!, pienses que aqu�l sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de los Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que me persiguen. Pero dime agora: �preguntaste a ese Tosilos que dices qu� ha hecho Dios de Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las manos del olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?
— No eran —respondi� Sancho— los que yo ten�a tales que me diesen lugar a preguntar bober�as. �Cuerpo de m�!, se�or, �est� vuestra merced ahora en t�rminos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
— Mira, Sancho —dijo don Quijote—, mucha diferencia hay de las obras que se hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un caballero sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que sea desagradecido. Qu�some bien, al parecer, Altisidora; diome los tres tocadores que sabes, llor� en mi partida, mald�jome, vituper�me, quej�se, a despecho de la verg�enza, p�blicamente: se�ales todas de que me adoraba, que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las m�as las tengo entregadas a Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes y falsos, y s�lo puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien t� agravias con la remisi�n que tienes en azotarte y en castigar esas carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse antes para los gusanos que para el remedio de aquella pobre se�ora.
— Se�or —respondi� Sancho—, si va a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los encantados, que es como si dij�semos: "Si os duele la cabeza, untaos las rodillas". A lo menos, yo osar� jurar que en cuantas historias vuesa merced ha le�do que tratan de la andante caballer�a no ha visto alg�n desencantado por azotes; pero, por s� o por no, yo me los dar�, cuando tenga gana y el tiempo me d� comodidad para castigarme.
— Dios lo haga —respondi� don Quijote—, y los cielos te den gracia para que caigas en la cuenta y en la obligaci�n que te corre de ayudar a mi se�ora, que lo es tuya, pues t� eres m�o.
En estas pl�ticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio y lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconoci�le don Quijote; dijo a Sancho:
— �ste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que en �l quer�an renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como discreto, a cuya imitaci�n, si es que a ti te parece bien, querr�a, �oh Sancho!, que nos convirti�semos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Yo comprar� algunas ovejas, y todas las dem�s cosas que al pastoral ejercicio son necesarias, y llam�ndome yo el pastor Quijotiz, y t� el pastor Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aqu�, endechando all�, bebiendo de los l�quidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos r�os. Dar�nnos con abundant�sima mano de su dulc�simo fruto las encinas, asiento los troncos de los dur�simos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegr�a el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no s�lo en los presentes, sino en los venideros siglos.
— Pardiez —dijo Sancho—, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal g�nero de vida; y m�s, que no la ha de haber a�n bien visto el bachiller Sans�n Carrasco y maese Nicol�s el barbero, cuando la han de querer seguir, y hacerse pastores con nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar tambi�n en el aprisco, seg�n es de alegre y amigo de holgarse.
— T� has dicho muy bien —dijo don Quijote—; y podr� llamarse el bachiller Sans�n Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrar� sin duda, el pastor Sansonino, o ya el pastor Carrasc�n; el barbero Nicol�s se podr� llamar Miculoso, como ya el antiguo Bosc�n se llam� Nemoroso; al cura no s� qu� nombre le pongamos, si no es alg�n derivativo de su nombre, llam�ndole el pastor Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos escoger sus nombres; y, pues el de mi se�ora cuadra as� al de pastora como al de princesa, no hay para qu� cansarme en buscar otro que mejor le venga; t�, Sancho, pondr�s a la tuya el que quisieres.
— No pienso —respondi� Sancho— ponerle otro alguno sino el de Teresona, que le vendr� bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y m�s, que, celebr�ndola yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos deseos, pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas. El cura no ser� bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere el bachiller tenerla, su alma en su palma.
— �V�lame Dios —dijo don Quijote—, y qu� vida nos hemos de dar, Sancho amigo! �Qu� de churumbelas han de llegar a nuestros o�dos, qu� de gaitas zamoranas, qu� tamborines, y qu� de sonajas, y qu� de rabeles! Pues, �qu� si destas diferencias de m�sicas resuena la de los albogues! All� se ver� casi todos los instrumentos pastorales.
— �Qu� son albogues —pregunt� Sancho—, que ni los he o�do nombrar, ni los he visto en toda mi vida?
— Albogues son —respondi� don Quijote— unas chapas a modo de candeleros de az�far, que, dando una con otra por lo vac�o y hueco, hace un son, si no muy agradable ni arm�nico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la gaita y del tambor�n; y este nombre albogues es morisco, como lo son todos aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber: almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almac�n, alcanc�a, y otros semejantes, que deben ser pocos m�s; y solos tres tiene nuestra lengua que son moriscos y acaban en i, y son: borcegu�, zaquizam� y maraved�. Alhel� y alfaqu�, tanto por el al primero como por el i en que acaban, son conocidos por ar�bigos. Esto te he dicho, de paso, por hab�rmelo reducido a la memoria la ocasi�n de haber nombrado albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer en perfeci�n este ejercicio el ser yo alg�n tanto poeta, como t� sabes, y el serlo tambi�n en estremo el bachiller Sans�n Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostar� que debe de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga tambi�n maese Nicol�s, no dudo en ello, porque todos, o los m�s, son guitarristas y copleros. Yo me quejar� de ausencia; t� te alabar�s de firme enamorado; el pastor Carrasc�n, de desde�ado; y el cura Curiambro, de lo que �l m�s puede servirse, y as�, andar� la cosa que no haya m�s que desear.
A lo que respondi� Sancho:
— Yo soy, se�or, tan desgraciado que temo no ha de llegar el d�a en que en tal ejercicio me vea. �Oh, qu� polidas cuchares tengo de hacer cuando pastor me vea! �Qu� de migas, qu� de natas, qu� de guirnaldas y qu� de zarandajas pastoriles, que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no dejar�n de granjearme la de ingenioso! Sanchica mi hija nos llevar� la comida al hato. Pero, �guarda!, que es de buen parecer, y hay pastores m�s maliciosos que simples, y no querr�a que fuese por lana y volviese trasquilada; y tambi�n suelen andar los amores y los no buenos deseos por los campos como por las ciudades, y por las pastorales chozas como por los reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y ojos que no veen, coraz�n que no quiebra; y m�s vale salto de mata que ruego de hombres buenos.
— No m�s refranes, Sancho —dijo don Quijote—, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pr�digo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero par�ceme que es predicar en desierto, y "cast�game mi madre, y yo tr�mpogelas".
— Par�ceme —respondi� Sancho— que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo la sart�n a la caldera: Qu�tate all� ojinegra". Est�me reprehendiendo que no diga yo refranes, y ens�rtalos vuesa merced de dos en dos.
— Mira, Sancho —respondi� don Quijote—: yo traigo los refranes a prop�sito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tr�eslos tan por los cabellos, que los arrastras, y no los gu�as; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulaci�n de nuestros antiguos sabios; y el refr�n que no viene a prop�sito, antes es disparate que sentencia. Pero dej�monos desto, y, pues ya viene la noche, retir�monos del camino real alg�n trecho, donde pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que ser� ma�ana.
Retir�ronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a quien se le representaban las estrechezas de la andante caballer�a usadas en las selvas y en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en los castillos y casas, as� de don Diego de Miranda como en las bodas del rico Camacho, y de don Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser siempre de d�a ni siempre de noche, y as�, pas� aqu�lla durmiendo, y su amo velando.
Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en parte que pudiese ser vista: que tal vez la se�ora Diana se va a pasear a los ant�podas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumpli� don Quijote con la naturaleza durmiendo el primer sue�o, sin dar lugar al segundo; bien al rev�s de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sue�o desde la noche hasta la ma�ana, en que se mostraba su buena complexi�n y pocos cuidados. Los de don Quijote le desvelaron de manera que despert� a Sancho y le dijo:
— Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condici�n: yo imagino que eres hecho de m�rmol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento alguno. Yo velo cuando t� duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de ayuno cuanto t� est�s perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es conllevar las penas de sus se�ores y sentir sus sentimientos, por el bien parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sue�o. Lev�ntate, por tu vida, y desv�ate alg�n trecho de aqu�, y con buen �nimo y denuedo agradecido date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los brazos, como la otra vez, porque s� que los tienes pesados. Despu�s que te hayas dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y t� tu firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en nuestra aldea.
— Se�or —respondi� Sancho—, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi sue�o me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del dolor de los azotes se pueda pasar al de la m�sica. Vuesa merced me deje dormir y no me apriete en lo del azotarme; que me har� hacer juramento de no tocarme jam�s al pelo del sayo, no que al de mis carnes.
— �Oh alma endurecida! �Oh escudero sin piedad! �Oh pan mal empleado y mercedes mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por m� te has visto gobernador, y por m� te vees con esperanzas propincuas de ser conde, o tener otro t�tulo equivalente, y no tardar� el cumplimiento de ellas m�s de cuanto tarde en pasar este a�o; que yo post tenebras spero lucem.
— No entiendo eso —replico Sancho—; s�lo entiendo que, en tanto que duermo, ni tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que invent� el sue�o, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el fr�o, fr�o que templa el ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una cosa tiene mala el sue�o, seg�n he o�do decir, y es que se parece a la muerte, pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.
— Nunca te he o�do hablar, Sancho —dijo don Quijote—, tan elegantemente como ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refr�n que t� algunas veces sueles decir: "No con quien naces, sino con quien paces".
— �Ah, pesia tal —replic� Sancho—, se�or nuestro amo! No soy yo ahora el que ensarta refranes, que tambi�n a vuestra merced se le caen de la boca de dos en dos mejor que a m�, sino que debe de haber entre los m�os y los suyos esta diferencia: que los de vuestra merced vendr�n a tiempo y los m�os a deshora; pero, en efecto, todos son refranes.
En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un �spero ruido, que por todos aquellos valles se estend�a. Levant�se en pie don Quijote y puso mano a la espada, y Sancho se agazap� debajo del rucio, poni�ndose a los lados el l�o de las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como alborotado don Quijote. De punto en punto iba creciendo el ruido, y, lleg�ndose cerca a los dos temerosos; a lo menos, al uno, que al otro, ya se sabe su valent�a.
Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria m�s de seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto el ruido que llevaban y el gru�ir y el bufar, que ensordecieron los o�dos de don Quijote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser pod�a. Lleg� de tropel la estendida y gru�idora piara, y, sin tener respeto a la autoridad de don Quijote, ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo las trincheas de Sancho, y derribando no s�lo a don Quijote, sino llevando por a�adidura a Rocinante. El tropel, el gru�ir, la presteza con que llegaron los animales inmundos, puso en confusi�n y por el suelo a la albarda, a las armas, al rucio, a Rocinante, a Sancho y a don Quijote.
Levant�se Sancho como mejor pudo, y pidi� a su amo la espada, dici�ndole que quer�a matar media docena de aquellos se�ores y descomedidos puercos, que ya hab�a conocido que lo eran. Don Quijote le dijo:
— D�jalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas y le hollen puercos.
— Tambi�n debe de ser castigo del cielo —respondi� Sancho— que a los escuderos de los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les embista la hambre. Si los escuderos fu�ramos hijos de los caballeros a quien servimos, o parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus culpas hasta la cuarta generaci�n; pero, �qu� tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Ahora bien: torn�monos a acomodar y durmamos lo poco que queda de la noche, y amanecer� Dios y medraremos.
— Duerme t�, Sancho —respondi� don Quijote—, que naciste para dormir; que yo, que nac� para velar, en el tiempo que falta de aqu� al d�a, dar� rienda a mis pensamientos, y los desfogar� en un madrigalete, que, sin que t� lo sepas, anoche compuse en la memoria.
— A m� me parece —respondi� Sancho— que los pensamientos que dan lugar a hacer coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere, que yo dormir� cuanto pudiere.
Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurruc� y durmi� a sue�o suelto, sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don Quijote, arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque —que Cide Hamete Benengeli no distingue el �rbol que era—, al son de sus mesmos suspiros, cant� de esta suerte:
-Amor, cuando yo pienso
en el mal que me das, terrible y fuerte,
voy corriendo a la muerte,
pensando as� acabar mi mal inmenso;
mas, en llegando al paso
que es puerto en este mar de mi tormento,
tanta alegr�a siento,
que la vida se esfuerza y no le paso.
As� el vivir me mata,
que la muerte me torna a dar la vida.
�Oh condici�n no o�da,
la que conmigo muerte y vida trata!
Cada verso d�stos acompa�aba con muchos suspiros y no pocas l�grimas, bien como aqu�l cuyo coraz�n ten�a traspasado con el dolor del vencimiento y con la ausencia de Dulcinea.
Lleg�se en esto el d�a, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho, despert� y esperez�se, sacudi�ndose y estir�ndose los perezosos miembros; mir� el destrozo que hab�an hecho los puercos en su reposter�a, y maldijo la piara y aun m�s adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado camino, y al declinar de la tarde vieron que hacia ellos ven�an hasta diez hombres de a caballo y cuatro o cinco de a pie. Sobresalt�se el coraz�n de don Quijote y azor�se el de Sancho, porque la gente que se les llegaba tra�a lanzas y adargas y ven�a muy a punto de guerra. Volvi�se don Quijote a Sancho, y d�jole:
— Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera atado los brazos, esta m�quina que sobre nosotros viene la tuviera yo por tortas y pan pintado, pero podr�a ser fuese otra cosa de la que tememos.
Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar palabra alguna rodearon a don Quijote y se las pusieron a las espaldas y pechos, amenaz�ndole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca, en se�al de que callase, asi� del freno de Rocinante y le sac� del camino; y los dem�s de a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando todos maravilloso silencio, siguieron los pasos del que llevaba a don Quijote, el cual dos o tres veces quiso preguntar ad�nde le llevaban o qu� quer�an; pero, apenas comenzaba a mover los labios, cuando se los iban a cerrar con los hierros de las lanzas; y a Sancho le acontec�a lo mismo, porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno de los de a pie, con un aguij�n, le punzaba, y al rucio ni m�s ni menos como si hablar quisiera. Cerr� la noche, apresuraron el paso, creci� en los dos presos el miedo, y m�s cuando oyeron que de cuando en cuando les dec�an:
— �Caminad, trogloditas!
— �Callad, b�rbaros!
— �Pagad, antrop�fagos!
— �No os quej�is, scitas, ni abr�is los ojos, Polifemos matadores, leones carniceros!
Y otros nombres semejantes a �stos, con que atormentaban los o�dos de los miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre s�:
— �Nosotros tortolitas? �Nosotros barberos ni estropajos? �Nosotros perritas, a quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a mal viento va esta parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los palos, y �ojal� parase en ellos lo que amenaza esta aventura tan desventurada!
Iba don Quijote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hac�a qu� ser�an aquellos nombres llenos de vituperios que les pon�an, de los cuales sacaba en limpio no esperar ning�n bien y temer mucho mal. Llegaron, en esto, un hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoci� don Quijote que era el del duque, donde hab�a poco que hab�an estado.
— �V�leme Dios! —dijo, as� como conoci� la estancia— y �qu� ser� esto? S� que en esta casa todo es cortes�a y buen comedimiento, pero para los vencidos el bien se vuelve en mal y el mal en peor.
Entraron al patio principal del castillo, y vi�ronle aderezado y puesto de manera que les acrecent� la admiraci�n y les dobl� el miedo, como se ver� en el siguiente cap�tulo.
Ape�ronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y arrebatadamente a Sancho y a don Quijote, los entraron en el patio, alrededor del cual ard�an casi cien hachas, puestas en sus blandones, y, por los corredores del patio, m�s de quinientas luminarias; de modo que, a pesar de la noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la falta del d�a. En medio del patio se levantaba un t�mulo como dos varas del suelo, cubierto todo con un grand�simo dosel de terciopelo negro, alrededor del cual, por sus gradas, ard�an velas de cera blanca sobre m�s de cien candeleros de plata; encima del cual t�mulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa doncella, que hac�a parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte. Ten�a la cabeza sobre una almohada de brocado, coronada con una guirnalda de diversas y odor�feras flores tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y vencedora palma.
A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos, daban se�ales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado deste teatro, adonde se sub�a por algunas gradas, estaban otras dos sillas, sobre las cuales los que trujeron los presos sentaron a don Quijote y a Sancho, todo esto callando y d�ndoles a entender con se�ales a los dos que asimismo callasen; pero, sin que se lo se�alaran, callaron ellos, porque la admiraci�n de lo que estaban mirando les ten�a atadas las lenguas.
Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompa�amiento, dos principales personajes, que luego fueron conocidos de don Quijote ser el duque y la duquesa, sus hu�spedes, los cuales se sentaron en dos riqu�simas sillas, junto a los dos que parec�an reyes. �Qui�n no se hab�a de admirar con esto, a�adi�ndose a ello haber conocido don Quijote que el cuerpo muerto que estaba sobre el t�mulo era el de la hermosa Altisidora?
Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don Quijote y Sancho y les hicieron una profunda humillaci�n, y los duques hicieron lo mesmo, inclinando alg�n tanto las cabezas.
Sali�, en esto, de trav�s un ministro, y, lleg�ndose a Sancho, le ech� una ropa de bocac� negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y, quit�ndole la caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que sacan los penitenciados por el Santo Oficio; y d�jole al o�do que no descosiese los labios, porque le echar�an una mordaza, o le quitar�an la vida. Mir�base Sancho de arriba abajo, ve�ase ardiendo en llamas, pero como no le quemaban, no las estimaba en dos ardites. Quit�se la coroza, viola pintada de diablos, volvi�sela a poner, diciendo entre s�:
— A�n bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.
Mir�bale tambi�n don Quijote, y, aunque el temor le ten�a suspensos los sentidos, no dej� de re�rse de ver la figura de Sancho. Comenz�, en esto, a salir, al parecer, debajo del t�mulo un son sumiso y agradable de flautas, que, por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el mesmo silencio guardaba silencio a s� mismo, se mostraba blando y amoroso. Luego hizo de s� improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer, cad�ver, un hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa, que �l mismo tocaba, cant� con suav�sima y clara voz estas dos estancias:
-En tanto que en s� vuelve Altisidora,
muerta por la crueldad de don Quijote,
y en tanto que en la corte encantadora
se vistieren las damas de picote,
y en tanto que a sus due�as mi se�ora
vistiere de bayeta y de anascote,
cantar� su belleza y su desgracia,
con mejor plectro que el cantor de Tracia.
Y aun no se me figura que me toca
aqueste oficio solamente en vida;
mas, con la lengua muerta y fr�a en la boca,
pienso mover la voz a ti debida.
Libre mi alma de su estrecha roca,
por el estigio lago conducida,
celebr�ndote ir�, y aquel sonido
har� parar las aguas del olvido.
— No m�s —dijo a esta saz�n uno de los dos que parec�an reyes—: no m�s, cantor divino; que ser�a proceder en infinito representarnos ahora la muerte y las gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo ignorante piensa, sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que para volverla a la perdida luz ha de pasar Sancho Panza, que est� presente; y as�, �oh t�, Radamanto, que conmigo juzgas en las cavernas l�bregas de Lite!, pues sabes todo aquello que en los inescrutables hados est� determinado acerca de volver en s� esta doncella, dilo y decl�ralo luego, porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta esperamos.
Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compa�ero de Radamanto, cuando, levant�ndose en pie Radamanto, dijo:
— �Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos tras otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce pellizcos y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia consiste la salud de Altisidora!
Oyendo lo cual Sancho Panza, rompi� el silencio, y dijo:
— �Voto a tal, as� me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como volverme moro! �Cuerpo de m�! �Qu� tiene que ver manosearme el rostro con la resurreci�n desta doncella? Regost�se la vieja a los bledos. Encantan a Dulcinea, y az�tanme para que se desencante; mu�rese Altisidora de males que Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a m� veinte y cuatro mamonas, y acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a pellizcos. �Esas burlas, a un cu�ado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus!
— �Morir�s! —dijo en alta voz Radamanto—. Abl�ndate, tigre; hum�llate, Nembrot soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te metas en averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser, acrebillado te has de ver, pellizcado has de gemir. �Ea, digo, ministros, cumplid mi mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que hab�is de ver para lo que nacistes!
Parecieron, en esto, que por el patio ven�an, hasta seis due�as en procesi�n, una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las manos derechas en alto, con cuatro dedos de mu�ecas de fuera, para hacer las manos m�s largas, como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando, bramando como un toro, dijo:
— Bien podr� yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me toquen due�as, �eso no! Gat�enme el rostro, como hicieron a mi amo en este mesmo castillo; trasp�senme el cuerpo con puntas de dagas buidas; aten�cenme los brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevar� en paciencia, o servir� a estos se�ores; pero que me toquen due�as no lo consentir�, si me llevase el diablo.
Rompi� tambi�n el silencio don Quijote, diciendo a Sancho:
— Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos se�ores, y muchas gracias al cielo por haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della desencantes los encantados y resucites los muertos.
Ya estaban las due�as cerca de Sancho, cuando �l, m�s blando y m�s persuadido, poni�ndose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera, la cual la hizo una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.
— �Menos cortes�a; menos mudas, se�ora due�a —dijo Sancho—; que por Dios que tra�is las manos oliendo a vinagrillo!
Finalmente, todas las due�as le sellaron, y otra mucha gente de casa le pellizcaron; pero lo que �l no pudo sufrir fue el punzamiento de los alfileres; y as�, se levant� de la silla, al parecer moh�no, y, asiendo de una hacha encendida que junto a �l estaba, dio tras las due�as, y tras todos su verdugos, diciendo:
— �Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan extraordinarios martirios!
En esto, Altisidora, que deb�a de estar cansada por haber estado tanto tiempo supina, se volvi� de un lado; visto lo cual por los circunstantes, casi todos a una voz dijeron:
— �Viva es Altisidora! �Altisidora vive!
Mand� Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se hab�a alcanzado el intento que se procuraba.
As� como don Quijote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas delante de Sancho, dici�ndole:
— Agora es tiempo, hijo de mis entra�as, no que escudero m�o, que te des algunos de los azotes que est�s obligado a dar por el desencanto de Dulcinea. Ahora, digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con eficacia de obrar el bien que de ti se espera.
A lo que respondi� Sancho:
— Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno ser�a que tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No tienen m�s que hacer sino tomar una gran piedra, y at�rmela al cuello, y dar conmigo en un pozo, de lo que a m� no pesar�a mucho, si es que para curar los males ajenos tengo yo de ser la vaca de la boda. D�jenme; si no, por Dios que lo arroje y lo eche todo a trece, aunque no se venda.
Ya en esto, se hab�a sentado en el t�mulo Altisidora, y al mismo instante sonaron las chirim�as, a quien acompa�aron las flautas y las voces de todos, que aclamaban:
— �Viva Altisidora! �Altisidora viva!
Levant�ronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con don Quijote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del t�mulo; la cual, haciendo de la desmayada, se inclin� a los duques y a los reyes, y, mirando de trav�s a don Quijote, le dijo:
— Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado en el otro mundo, a mi parecer, m�s de mil a�os; y a ti, �oh el m�s compasivo escudero que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo. Disp�n desde hoy m�s, amigo Sancho, de seis camisas m�as que te mando para que hagas otras seis para ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son todas limpias.
Bes�le por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas en el suelo. Mand� el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza, y le pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. Suplic� Sancho al duque que le dejasen la ropa y mitra, que las quer�a llevar a su tierra, por se�al y memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondi� que s� dejar�an, que ya sab�a �l cu�n grande amiga suya era. Mand� el duque despejar el patio, y que todos se recogiesen a sus estancias, y que a don Quijote y a Sancho los llevasen a las que ellos ya se sab�an.
Durmi� Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don Quijote, cosa que �l quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sab�a que su amo no le hab�a de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en disposici�n de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los ten�a presentes, y no le dejaban libre la lengua, y vini�rale m�s a cuento dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompa�ado. Sali�le su temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que, apenas hubo entrado su se�or en el lecho, cuando dijo:
— �Qu� te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la fuerza del desd�n desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a Altisidora, no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro instrumento b�lico, ni con venenos mort�feros, sino con la consideraci�n del rigor y el desd�n con que yo siempre la he tratado.
— Muri�rase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera —respondi� Sancho—, y dej�rame a m� en mi casa, pues ni yo la enamor� ni la desde�� en mi vida. Yo no s� ni puedo pensar c�mo sea que la salud de Altisidora, doncella m�s antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los martirios de Sancho Panza. Agora s� que vengo a conocer clara y distintamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no me s� librar; con todo esto, suplico a vuestra merced me deje dormir y no me pregunte m�s, si no quiere que me arroje por una ventana abajo.
— Duerme, Sancho amigo —respondi� don Quijote—, si es que te dan lugar los alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.
— Ning�n dolor —replic� Sancho— lleg� a la afrenta de las mamonas, no por otra cosa que por hab�rmelas hecho due�a, que confundidas sean; y torno a suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sue�o es alivio de las miserias de los que las tienen despiertas.
Sea as� —dijo don Quijote—, y Dios te acompa�e.
Durmi�ronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide Hamete, autor desta grande historia, qu� les movi� a los duques a levantar el edificio de la m�quina referida. Y dice que, no habi�ndosele olvidado al bachiller Sans�n Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y derribado por don Quijote, cuyo vencimiento y ca�da borr� y deshizo todos sus designios, quiso volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el pasado; y as�, inform�ndose del paje que llev� la carta y presente a Teresa Panza, mujer de Sancho, ad�nde don Quijote quedaba, busc� nuevas armas y caballo, y puso en el escudo la blanca luna, llev�ndolo todo sobre un macho, a quien guiaba un labrador, y no Tom� Cecial, su antiguo escudero, porque no fuese conocido de Sancho ni de don Quijote.
Lleg�, pues, al castillo del duque, que le inform� el camino y derrota que don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza. D�jole asimismo las burlas que le hab�a hecho con la traza del desencanto de Dulcinea, que hab�a de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin, dio cuenta de la burla que Sancho hab�a hecho a su amo, d�ndole a entender que Dulcinea estaba encantada y transformada en labradora, y c�mo la duquesa su mujer hab�a dado a entender a Sancho que �l era el que se enga�aba, porque verdaderamente estaba encantada Dulcinea; de que no poco se ri� y admir� el bachiller, considerando la agudeza y simplicidad de Sancho, como del estremo de la locura de don Quijote.
Pidi�le el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por all� a darle cuenta del suceso. H�zolo as� el bachiller; parti�se en su busca, no le hall� en Zaragoza, pas� adelante y sucedi�le lo que queda referido.
Volvi�se por el castillo del duque y cont�selo todo, con las condiciones de la batalla, y que ya don Quijote volv�a a cumplir, como buen caballero andante, la palabra de retirarse un a�o en su aldea, en el cual tiempo pod�a ser, dijo el bachiller, que sanase de su locura; que �sta era la intenci�n que le hab�a movido a hacer aquellas transformaciones, por ser cosa de l�stima que un hidalgo tan bien entendido como don Quijote fuese loco. Con esto, se despidi� del duque, y se volvi� a su lugar, esperando en �l a don Quijote, que tras �l ven�a.
De aqu� tom� ocasi�n el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que gustaba de las cosas de Sancho y de don Quijote; y haciendo tomar los caminos cerca y lejos del castillo por todas las partes que imagin� que podr�a volver don Quijote, con muchos criados suyos de a pie y de a caballo, para que por fuerza o de grado le trujesen al castillo, si le hallasen. Hall�ronle, dieron aviso al duque, el cual, ya prevenido de todo lo que hab�a de hacer, as� como tuvo noticia de su llegada, mand� encender las hachas y las luminarias del patio y poner a Altisidora sobre el t�mulo, con todos los aparatos que se han contado, tan al vivo, y tan bien hechos, que de la verdad a ellos hab�a bien poca diferencia.
Y dice m�s Cide Hamete: que tiene para s� ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ah�nco pon�an en burlarse de dos tontos.
Los cuales, el uno durmiendo a sue�o suelto, y el otro velando a pensamientos desatados, les tom� el d�a y la gana de levantarse; que las ociosas plumas, ni vencido ni vencedor, jam�s dieron gusto a don Quijote.
Altisidora —en la opini�n de don Quijote, vuelta de muerte a vida—, siguiendo el humor de sus se�ores, coronada con la misma guirnalda que en el t�mulo ten�a, y vestida una tunicela de tafet�n blanco, sembrada de flores de oro, y sueltos los cabellos por las espaldas, arrimada a un b�culo de negro y fin�simo �bano, entr� en el aposento de don Quijote, con cuya presencia turbado y confuso, se encogi� y cubri� casi todo con las s�banas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que acertase a hacerle cortes�a ninguna. Sent�se Altisidora en una silla, junto a su cabecera, y, despu�s de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada le dijo:
— Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando noticia en p�blico de los secretos que su coraz�n encierra, en estrecho t�rmino se hallan. Yo, se�or don Quijote de la Mancha, soy una d�stas, apretada, vencida y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta; tanto que, por serlo tanto, revent� mi alma por mi silencio y perd� la vida. Dos d�as ha que con la consideraci�n del rigor con que me has tratado,
�Oh m�s duro que m�rmol a mis quejas,
empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de los que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoli�ndose de m�, deposit� mi remedio en los martirios deste buen escudero, all� me quedara en el otro mundo.
— Bien pudiera el Amor —dijo Sancho— depositarlos en los de mi asno, que yo se lo agradeciera. Pero d�game, se�ora, as� el cielo la acomode con otro m�s blando amante que mi amo: �qu� es lo que vio en el otro mundo? �Qu� hay en el infierno? Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero.
— La verdad que os diga —respondi� Altisidora—, yo no deb� de morir del todo, pues no entr� en el infierno; que, si all� entrara, una por una no pudiera salir d�l, aunque quisiera. La verdad es que llegu� a la puerta, adonde estaban jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en calzas y en jub�n, con valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con unas vueltas de lo mismo, que les serv�an de pu�os, con cuatro dedos de brazo de fuera, porque pareciesen las manos m�s largas, en las cuales ten�an unas palas de fuego; y lo que m�s me admir� fue que les serv�an, en lugar de pelotas, libros, al parecer, llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admir� tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los gananciosos y entristecerse los que pierden, all� en aquel juego todos gru��an, todos rega�aban y todos se maldec�an.
— Eso no es maravilla —respondi� Sancho—, porque los diablos, jueguen o no jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.
— As� debe de ser —respondi� Altisidora—; mas hay otra cosa que tambi�n me admira, quiero decir me admir� entonces, y fue que al primer voleo no quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y as�, menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: ''Mirad qu� libro es �se''. Y el diablo le respondi�: ''�sta es la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragon�s, que �l dice ser natural de Tordesillas''. ''Quit�dmele de ah� —respondi� el otro diablo—, y metedle en los abismos del infierno: no le vean m�s mis ojos''. ''�Tan malo es?'', respondi� el otro. ''Tan malo —replic� el primero—, que si de prop�sito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara''. Prosiguieron su juego, peloteando otros libros, y yo, por haber o�do nombrar a don Quijote, a quien tanto adamo y quiero, procur� que se me quedase en la memoria esta visi�n.
— Visi�n debi� de ser, sin duda —dijo don Quijote—, porque no hay otro yo en el mundo, y ya esa historia anda por ac� de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en o�r que ando como cuerpo fant�stico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de la tierra, porque no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera, tendr� siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no ser� muy largo el camino.
Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don Quijote, cuando le dijo don Quijote:
— Muchas veces os he dicho, se�ora, que a m� me pesa de que hay�is colocado en m� vuestros pensamientos, pues de los m�os antes pueden ser agradecidos que remediados; yo nac� para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si los hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente desenga�o es �ste para que os retir�is en los l�mites de vuestra honestidad, pues nadie se puede obligar a lo imposible.
Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:
— �Vive el Se�or, don bacallao, alma de almirez, cuesco de d�til, m�s terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a vos, que os tengo de sacar los ojos! �Pens�is por ventura, don vencido y don molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que hab�is visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejantes camellos hab�a de dejar que me doliese un negro de la u�a, cuanto m�s morirme.
— Eso creo yo muy bien —dijo Sancho—, que esto del morirse los enamorados es cosa de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, cr�alo Judas.
Estando en estas pl�ticas, entr� el m�sico, cantor y poeta que hab�a cantado las dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran reverencia a don Quijote, dijo:
— Vuestra merced, se�or caballero, me cuente y tenga en el n�mero de sus mayores servidores, porque ha muchos d�as que le soy muy aficionado, as� por su fama como por sus haza�as.
Don Quijote le respondi�:
— Vuestra merced me diga qui�n es, porque mi cortes�a responda a sus merecimientos.
El mozo respondi� que era el m�sico y paneg�rico de la noche antes.
— Por cierto —replic� don Quijote—, que vuestra merced tiene estremada voz, pero lo que cant� no me parece que fue muy a prop�sito; porque, �qu� tienen que ver las estancias de Garcilaso con la muerte desta se�ora?
— No se maraville vuestra merced deso —respondi� el m�sico—, que ya entre los intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere, y hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento, y ya no hay necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia po�tica.
Responder quisiera don Quijote, pero estorb�ronlo el duque y la duquesa, que entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce pl�tica, en la cual dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de nuevo admirados a los duques, as� con su simplicidad como con su agudeza. Don Quijote les suplic� le diesen licencia para partirse aquel mismo d�a, pues a los vencidos caballeros, como �l, m�s les conven�a habitar una zah�rda que no reales palacios. Di�ronsela de muy buena gana, y la duquesa le pregunt� si quedaba en su gracia Altisidora. �l le respondi�:
— Se�ora m�a, sepa Vuestra Se�or�a que todo el mal desta doncella nace de ociosidad, cuyo remedio es la ocupaci�n honesta y continua. Ella me ha dicho aqu� que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de saber hacer, no las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos, no se menear�n en su imaginaci�n la imagen o im�gines de lo que bien quiere; y �sta es la verdad, �ste mi parecer y �ste es mi consejo.
— Y el m�o —a�adi� Sancho—, pues no he visto en toda mi vida randera que por amor se haya muerto; que las doncellas ocupadas m�s ponen sus pensamientos en acabar sus tareas que en pensar en sus amores. Por m� lo digo, pues, mientras estoy cavando, no me acuerdo de mi o�slo; digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero m�s que a las pesta�as de mis ojos.
— Vos dec�s muy bien, Sancho —dijo la duquesa—, y yo har� que mi Altisidora se ocupe de aqu� adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer por estremo.
— No hay para qu�, se�ora —respondi� Altisidora—, usar dese remedio, pues la consideraci�n de las crueldades que conmigo ha usado este malandr�n mostrenco me le borrar�n de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con licencia de vuestra grandeza, me quiero quitar de aqu�, por no ver delante de mis ojos ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura.
— Eso me parece —dijo el duque— a lo que suele decirse:
Porque aquel que dice injurias,
cerca est� de perdonar.
Hizo Altisidora muestra de limpiarse las l�grimas con un pa�uelo, y, haciendo reverencia a sus se�ores, se sali� del aposento.
— M�ndote yo —dijo Sancho—, pobre doncella, m�ndote, digo, mala ventura, pues las has habido con una alma de esparto y con un coraz�n de encina. �A fee que si las hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!
Acab�se la pl�tica, visti�se don Quijote, comi� con los duques, y parti�se aquella tarde.
Iba el vencido y asendereado don Quijote pensativo adem�s por una parte, y muy alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegr�a, el considerar en la virtud de Sancho, como lo hab�a mostrado en la resurreci�n de Altisidora, aunque con alg�n escr�pulo se persuad�a a que la enamorada doncella fuese muerta de veras. No iba nada Sancho alegre, porque le entristec�a ver que Altisidora no le hab�a cumplido la palabra de darle las camisas; y, yendo y viniendo en esto, dijo a su amo:
— En verdad, se�or, que soy el m�s desgraciado m�dico que se debe de hallar en el mundo, en el cual hay f�sicos que, con matar al enfermo que curan, quieren ser pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla de algunas medicinas, que no las hace �l, sino el boticario, y c�talo cantusado; y a m�, que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas, pellizcos, alfilerazos y azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a tal que si me traen a las manos otro alg�n enfermo, que, antes que le cure, me han de untar las m�as; que el abad de donde canta yanta, y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud que tengo para que yo la comunique con otros de b�bilis, b�bilis.
— T� tienes raz�n, Sancho amigo —respondi� don Quijote—, y halo hecho muy mal Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu virtud es gratis data, que no te ha costado estudio alguno, m�s que estudio es recebir martirios en tu persona. De m� te s� decir que si quisieras paga por los azotes del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como buena; pero no s� si vendr� bien con la cura la paga, y no querr�a que impidiese el premio a la medicina. Con todo eso, me parece que no se perder� nada en probarlo: mira, Sancho, el que quieres, y az�tate luego, y p�gate de contado y de tu propia mano, pues tienes dineros m�os.
A cuyos ofrecimientos abri� Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio consentimiento en su coraz�n a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:
— Agora bien, se�or, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo que desea, con provecho m�o; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me muestre interesado. D�game vuestra merced: �cu�nto me dar� por cada azote que me diere?
— Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondi� don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potos� fueran poco para pagarte; toma t� el tiento a lo que llevas m�o, y pon el precio a cada azote.
— Ellos —respondi� Sancho— son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me he dado hasta cinco: quedan los dem�s; entren entre los tantos estos cinco, y vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no llevar� menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos cuartillos, que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen setecientos y cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta medios reales, que vienen a hacer setenta y cinco reales, que, junt�ndose a los setecientos y cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco reales. �stos desfalcar� yo de los que tengo de vuestra merced, y entrar� en mi casa rico y contento, aunque bien azotado; porque no se toman truchas..., y no digo m�s.
— �Oh Sancho bendito! �Oh Sancho amable —respondi� don Quijote—, y cu�n obligados hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los d�as que el cielo nos diere de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible sino que vuelva, su desdicha habr� sido dicha, y mi vencimiento, felic�simo triunfo. Y mira, Sancho, cu�ndo quieres comenzar la diciplina, que porque la abrevies te a�ado cien reales.
— �Cu�ndo? —replic� Sancho—. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced que la tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abrir� mis carnes.
Lleg� la noche, esperada de don Quijote con la mayor ansia del mundo, pareci�ndole que las ruedas del carro de Apolo se hab�an quebrado, y que el d�a se alargaba m�s de lo acostumbrado, bien as� como acontece a los enamorados, que jam�s ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se entraron entre unos amenos �rboles que poco desviados del camino estaban, donde, dejando vac�as la silla y albarda de Rocinante y el rucio, se tendieron sobre la verde yerba y cenaron del repuesto de Sancho; el cual, haciendo del cabestro y de la j�quima del rucio un poderoso y flexible azote, se retir� hasta veinte pasos de su amo, entre unas hayas. Don Quijote, que le vio ir con denuedo y con br�o, le dijo:
— Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida antes de llegar al n�mero deseado. Y, porque no pierdas por carta de m�s ni de menos, yo estar� desde aparte contando por este mi rosario los azotes que te dieres. Favor�zcate el cielo conforme tu buena intenci�n merece.
— Al buen pagador no le duelen prendas —respondi� Sancho—: yo pienso darme de manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la sustancia deste milagro.
Desnud�se luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenz� a darse, y comenz� don Quijote a contar los azotes.
Hasta seis o ocho se habr�a dado Sancho, cuando le pareci� ser pesada la burla y muy barato el precio della, y, deteni�ndose un poco, dijo a su amo que se llamaba a enga�o, porque merec�a cada azote de aqu�llos ser pagado a medio real, no que a cuartillo.
— Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes —le dijo don Quijote—, que yo doblo la parada del precio.
— Dese modo —dijo Sancho—, �a la mano de Dios, y lluevan azotes!
Pero el socarr�n dej� de d�rselos en las espaldas, y daba en los �rboles, con unos suspiros de cuando en cuando, que parec�a que con cada uno dellos se le arrancaba el alma. Tierna la de don Quijote, temeroso de que no se le acabase la vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le dijo:
— Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece muy �spera esta medicina, y ser� bien dar tiempo al tiempo; que no se gan� Zamora en un hora. M�s de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado: bastan por agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas no la sobrecarga.
— No, no, se�or —respondi� Sancho—, no se ha de decir por m�: "a dineros pagados, brazos quebrados". Ap�rtese vuestra merced otro poco y d�jeme dar otros mil azotes siquiera, que a dos levadas d�stas habremos cumplido con esta partida, y a�n nos sobrar� ropa.
— Pues t� te hallas con tan buena disposici�n —dijo don Quijote—, el cielo te ayude, y p�gate, que yo me aparto.
Volvi� Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya hab�a quitado las cortezas a muchos �rboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y, alzando una vez la voz, y dando un desaforado azote en una haya, dijo:
— �Aqu� morir�s, Sans�n, y cuantos con �l son!
Acudi� don Quijote luego al son de la lastimada voz y del golpe del riguroso azote, y, asiendo del torcido cabestro que le serv�a de corbacho a Sancho, le dijo:
— No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto m�o pierdas t� la vida, que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere Dulcinea mejor coyuntura, que yo me contendr� en los l�mites de la esperanza propincua, y esperar� que cobres fuerzas nuevas, para que se concluya este negocio a gusto de todos.
— Pues vuestra merced, se�or m�o, lo quiere as� —respondi� Sancho—, sea en buena hora, y �cheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando y no querr�a resfriarme; que los nuevos diciplinantes corren este peligro.
H�zolo as� don Quijote, y, qued�ndose en pelota, abrig� a Sancho, el cual se durmi� hasta que le despert� el sol, y luego volvieron a proseguir su camino, a quien dieron fin, por entonces, en un lugar que tres leguas de all� estaba. Ape�ronse en un mes�n, que por tal le reconoci� don Quijote, y no por castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que, despu�s que le vencieron, con m�s juicio en todas las cosas discurr�a, como agora se dir�. Aloj�ronle en una sala baja, a quien serv�an de guadameciles unas sargas viejas pintadas, como se usan en las aldeas. En una dellas estaba pintada de mal�sima mano el robo de Elena, cuando el atrevido hu�sped se la llev� a Menalao, y en otra estaba la historia de Dido y de Eneas, ella sobre una alta torre, como que hac�a se�as con una media s�bana al fugitivo hu�sped, que por el mar, sobre una fragata o bergant�n, se iba huyendo.
Not� en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se re�a a socapa y a lo socarr�n; pero la hermosa Dido mostraba verter l�grimas del tama�o de nueces por los ojos. Viendo lo cual don Quijote, dijo:
— Estas dos se�oras fueron desdichad�simas, por no haber nacido en esta edad, y yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara a aquestos se�ores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con s�lo que yo matara a Paris se escusaran tantas desgracias.
— Yo apostar� —dijo Sancho— que antes de mucho tiempo no ha de haber bodeg�n, venta ni mes�n, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras haza�as. Pero querr�a yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado a �stas.
— Tienes raz�n, Sancho —dijo don Quijote—, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en �beda; que, cuando le preguntaban qu� pintaba, respond�a: ''Lo que saliere''; y si por ventura pintaba un gallo, escrib�a debajo: "�ste es gallo", porque no pensasen que era zorra. Desta manera me parece a m�, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que todo es uno, que sac� a luz la historia deste nuevo don Quijote que ha salido: que pint� o escribi� lo que saliere; o habr� sido como un poeta que andaba los a�os pasados en la corte, llamado Maule�n, el cual respond�a de repente a cuanto le preguntaban; y, pregunt�ndole uno que qu� quer�a decir Deum de Deo, respondi�: ''D� donde diere''. Pero, dejando esto aparte, dime si piensas, Sancho, darte otra tanda esta noche, y si quieres que sea debajo de techado, o al cielo abierto.
— Pardiez, se�or —respondi� Sancho—, que para lo que yo pienso darme, eso se me da en casa que en el campo; pero, con todo eso, querr�a que fuese entre �rboles, que parece que me acompa�an y me ayudan a llevar mi trabajo maravillosamente.
— Pues no ha de ser as�, Sancho amigo —respondi� don Quijote—, sino que para que tomes fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo m�s tarde, llegaremos all� despu�s de ma�ana.
Sancho respondi� que hiciese su gusto, pero que �l quisiera concluir con brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino, porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando y con el mazo dando, y que m�s val�a un "toma" que dos "te dar�", y el p�jaro en la mano que el buitre volando.
— No m�s refranes, Sancho, por un solo Dios —dijo don Quijote—, que parece que te vuelves al sicut erat; habla a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como muchas veces te he dicho, y ver�s como te vale un pan por ciento.
— No s� qu� mala ventura es esta m�a —respondi� Sancho—, que no s� decir raz�n sin refr�n, ni refr�n que no me parezca raz�n; pero yo me enmendar�, si pudiere.
Y, con esto, ces� por entonces su pl�tica.
Todo aquel d�a, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mes�n don Quijote y Sancho: el uno, para acabar en la campa�a rasa la tanda de su diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consist�a el de su deseo. Lleg� en esto al mes�n un caminante a caballo, con tres o cuatro criados, uno de los cuales dijo al que el se�or dellos parec�a:
— Aqu� puede vuestra merced, se�or don �lvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la posada parece limpia y fresca.
Oyendo esto don Quijote, le dijo a Sancho:
— Mira, Sancho: cuando yo hoje� aquel libro de la segunda parte de mi historia, me parece que de pasada top� all� este nombre de don �lvaro Tarfe.
— Bien podr� ser —respondi� Sancho—. Dej�mosle apear, que despu�s se lo preguntaremos.
El caballero se ape�, y, frontero del aposento de don Quijote, la hu�speda le dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que ten�a la estancia de don Quijote. P�sose el reci�n venido caballero a lo de verano, y, sali�ndose al portal del mes�n, que era espacioso y fresco, por el cual se paseaba don Quijote, le pregunt�:
— �Ad�nde bueno camina vuestra merced, se�or gentilhombre?
Y don Quijote le respondi�:
— A una aldea que est� aqu� cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced, �d�nde camina?
— Yo, se�or —respondi� el caballero—, voy a Granada, que es mi patria.
— �Y buena patria! —replic� don Quijote—. Pero, d�game vuestra merced, por cortes�a, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo m�s de lo que buenamente podr� decir.
— Mi nombre es don �lvaro Tarfe —respondi� el hu�sped.
A lo que replic� don Quijote:
— Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don �lvaro Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, reci�n impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.
— El mismo soy —respondi� el caballero—, y el tal don Quijote, sujeto principal de la tal historia, fue grand�simo amigo m�o, y yo fui el que le sac� de su tierra, o, a lo menos, le mov� a que viniese a unas justas que se hac�an en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice muchas amistades, y que le quit� de que no le palmease las espaldas el verdugo, por ser demasiadamente atrevido.
— Y, d�game vuestra merced, se�or don �lvaro, �parezco yo en algo a ese tal don Quijote que vuestra merced dice?
— No, por cierto —respondi� el hu�sped—: en ninguna manera.
— Y ese don Quijote —dijo el nuestro—, �tra�a consigo a un escudero llamado Sancho Panza?
— S� tra�a —respondi� don �lvaro—; y, aunque ten�a fama de muy gracioso, nunca le o� decir gracia que la tuviese.
— Eso creo yo muy bien —dijo a esta saz�n Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, se�or gentilhombre, debe de ser alg�n grand�simo bellaco, fri�n y ladr�n juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo m�s gracias que llovidas; y si no, haga vuestra merced la experiencia, y �ndese tras de m�, por los menos un a�o, y ver� que se me caen a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las m�s veces lo que me digo, hago re�r a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y hu�rfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por �nica se�ora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este se�or que est� presente, que es mi amo; todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burler�a y cosa de sue�o.
— �Por Dios que lo creo! —respondi� don �lvaro—, porque m�s gracias hab�is dicho vos, amigo, en cuatro razones que hab�is hablado, que el otro Sancho Panza en cuantas yo le o� hablar, que fueron muchas. M�s ten�a de comil�n que de bien hablado, y m�s de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen a don Quijote el bueno han querido perseguirme a m� con don Quijote el malo. Pero no s� qu� me diga; que osar� yo jurar que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece aqu� otro don Quijote, aunque bien diferente del m�o.
— Yo —dijo don Quijote— no s� si soy bueno, pero s� decir que no soy el malo; para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi se�or don �lvaro Tarfe, que en todos los d�as de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que ese don Quijote fant�stico se hab�a hallado en las justas desa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y as�, me pas� de claro a Barcelona, archivo de la cortes�a, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y, en sitio y en belleza, �nica. Y, aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, s�lo por haberla visto. Finalmente, se�or don �lvaro Tarfe, yo soy don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser caballero, sea servido de hacer una declaraci�n ante el alcalde deste lugar, de que vuestra merced no me ha visto en todos los d�as de su vida hasta agora, y de que yo no soy el don Quijote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza mi escudero es aqu�l que vuestra merced conoci�.
— Eso har� yo de muy buena gana —respondi� don �lvaro—, puesto que cause admiraci�n ver dos don Quijotes y dos Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que no he visto lo que he visto, ni ha pasado por m� lo que ha pasado.
— Sin duda —dijo Sancho— que vuestra merced debe de estar encantado, como mi se�ora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su desencanto de vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como me doy por ella, que yo me los diera sin inter�s alguno.
— No entiendo eso de azotes —dijo don �lvaro.
Y Sancho le respondi� que era largo de contar, pero que �l se lo contar�a si acaso iban un mesmo camino.
Lleg�se en esto la hora de comer; comieron juntos don Quijote y don �lvaro. Entr� acaso el alcalde del pueblo en el mes�n, con un escribano, ante el cual alcalde pidi� don Quijote, por una petici�n, de que a su derecho conven�a de que don �lvaro Tarfe, aquel caballero que all� estaba presente, declarase ante su merced como no conoc�a a don Quijote de la Mancha, que asimismo estaba all� presente, y que no era aqu�l que andaba impreso en una historia intitulada: Segunda parte de don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda, natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde provey� jur�dicamente; la declaraci�n se hizo con todas las fuerzas que en tales casos deb�an hacerse, con lo que quedaron don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaraci�n y no mostrara claro la diferencia de los dos don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas de cortes�as y ofrecimientos pasaron entre don �lvaro y don Quijote, en las cuales mostr� el gran manchego su discreci�n, de modo que desenga�� a don �lvaro Tarfe del error en que estaba; el cual se dio a entender que deb�a de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios don Quijotes.
Lleg� la tarde, parti�ronse de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don Quijote, y el otro el que hab�a de llevar don �lvaro. En este poco espacio le cont� don Quijote la desgracia de su vencimiento y el encanto y el remedio de Dulcinea, que todo puso en nueva admiraci�n a don �lvaro, el cual, abrazando a don Quijote y a Sancho, sigui� su camino, y don Quijote el suyo, que aquella noche la pas� entre otros �rboles, por dar lugar a Sancho de cumplir su penitencia, que la cumpli� del mismo modo que la pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto m�s que de sus espaldas, que las guard� tanto, que no pudieran quitar los azotes una mosca, aunque la tuviera encima.
No perdi� el enga�ado don Quijote un solo golpe de la cuenta, y hall� que con los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que hab�a madrugado el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su camino, tratando entre los dos del enga�o de don �lvaro y de cu�n bien acordado hab�a sido tomar su declaraci�n ante la justicia, y tan aut�nticamente.
Aquel d�a y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no fue que en ella acab� Sancho su tarea, de que qued� don Quijote contento sobremodo, y esperaba el d�a, por ver si en el camino topaba ya desencantada a Dulcinea su se�ora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer ninguna que no iba a reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las promesas de Merl�n.
Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hinc� de rodillas y dijo:
— Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe tambi�n tu hijo don Quijote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de s� mismo; que, seg�n �l me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede. Dineros llevo, porque si buenos azotes me daban, bien caballero me iba.
— D�jate desas sandeces —dijo don Quijote—, y vamos con pie derecho a entrar en nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza que en la pastoral vida pensamos ejercitar.
Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.
A la entrada del cual, seg�n dice Cide Hamete, vio don Quijote que en las eras del lugar estaban ri�endo dos mochachos, y el uno dijo al otro:
— No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los d�as de tu vida.
Oy�lo don Quijote, y dijo a Sancho:
— �No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ''no la has de ver en todos los d�as de tu vida''?
— Pues bien, �qu� importa —respondi� Sancho— que haya dicho eso el mochacho?
— �Qu�? —replic� don Quijote—. �No vees t� que, aplicando aquella palabra a mi intenci�n, quiere significar que no tengo de ver m�s a Dulcinea?
Quer�ale responder Sancho, cuando se lo estorb� ver que por aquella campa�a ven�a huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual, temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio. Cogi�la Sancho a mano salva y present�sela a don Quijote, el cual estaba diciendo:
— Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: �Dulcinea no parece!
— Estra�o es vuesa merced —dijo Sancho—. Presupongamos que esta liebre es Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la pongo en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala: �qu� mala se�al es �sta, ni qu� mal ag�ero se puede tomar de aqu�?
Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno dellos pregunt� Sancho que por qu� re��an. Y fuele respondido por el que hab�a dicho ''no la ver�s m�s en toda tu vida'', que �l hab�a tomado al otro mochacho una jaula de grillos, la cual no pensaba volv�rsela en toda su vida. Sac� Sancho cuatro cuartos de la faltriquera y di�selos al mochacho por la jaula, y p�sosela en las manos a don Quijote, diciendo:
— He aqu�, se�or, rompidos y desbaratados estos ag�eros, que no tienen que ver m�s con nuestros sucesos, seg�n que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes de anta�o. Y si no me acuerdo mal, he o�do decir al cura de nuestro pueblo que no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas ni�er�as; y aun vuesa merced mismo me lo dijo los d�as pasados, d�ndome a entender que eran tontos todos aquellos cristianos que miraban en ag�eros. Y no es menester hacer hincapi� en esto, sino pasemos adelante y entremos en nuestra aldea.
Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y di�sela don Quijote; pasaron adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al cura y al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza hab�a echado sobre el rucio y sobre el l�o de las armas, para que sirviese de repostero, la t�nica de bocac�, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el castillo del duque la noche que volvi� en s� Altisidora. Acomod�le tambi�n la coroza en la cabeza, que fue la m�s nueva transformaci�n y adorno con que se vio jam�s jumento en el mundo.
Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a ellos con los brazos abiertos. Ape�se don Quijote y abraz�los estrechamente; y los mochachos, que son linces no escusados, divisaron la coroza del jumento y acudieron a verle, y dec�an unos a otros:
— Venid, mochachos, y ver�is el asno de Sancho Panza m�s gal�n que Mingo, y la bestia de don Quijote m�s flaca hoy que el primer d�a.
Finalmente, rodeados de mochachos y acompa�ados del cura y del bachiller, entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don Quijote, y hallaron a la puerta della al ama y a su sobrina, a quien ya hab�an llegado las nuevas de su venida. Ni m�s ni menos se las hab�an dado a Teresa Panza, mujer de Sancho, la cual, desgre�ada y medio desnuda, trayendo de la mano a Sanchica, su hija, acudi� a ver a su marido; y, vi�ndole no tan bien adeli�ado como ella se pensaba que hab�a de estar un gobernador, le dijo:
— �C�mo ven�s as�, marido m�o, que me parece que ven�s a pie y despeado, y m�s tra�is semejanza de desgobernado que de gobernador?
— Calla, Teresa —respondi� Sancho—, que muchas veces donde hay estacas no hay tocinos, y v�monos a nuestra casa, que all� oir�s maravillas. Dineros traigo, que es lo que importa, ganados por mi industria y sin da�o de nadie.
— Traed vos dinero, mi buen marido —dijo Teresa—, y sean ganados por aqu� o por all�, que, comoquiera que los hay�is ganado, no habr�is hecho usanza nueva en el mundo.
Abraz� Sanchica a su padre, y pregunt�le si tra�a algo, que le estaba esperando como el agua de mayo; y, asi�ndole de un lado del cinto, y su mujer de la mano, tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a don Quijote en la suya, en poder de su sobrina y de su ama, y en compa��a del cura y del bachiller.
Don Quijote, sin guardar t�rminos ni horas, en aquel mismo punto se apart� a solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les cont� su vencimiento, y la obligaci�n en que hab�a quedado de no salir de su aldea en un a�o, la cual pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en un �tomo, bien as� como caballero andante, obligado por la puntualidad y orden de la andante caballer�a, y que ten�a pensado de hacerse aquel a�o pastor, y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta pod�a dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercit�ndose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no ten�an mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios m�s importantes, quisiesen ser sus compa�eros; que �l comprar�a ovejas y ganado suficiente que les diese nombre de pastores; y que les hac�a saber que lo m�s principal de aquel negocio estaba hecho, porque les ten�a puestos los nombres, que les vendr�an como de molde. D�jole el cura que los dijese. Respondi� don Quijote que �l se hab�a de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrasc�n; y el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.
Pasm�ronse todos de ver la nueva locura de don Quijote; pero, porque no se les fuese otra vez del pueblo a sus caballer�as, esperando que en aquel a�o podr�a ser curado, concedieron con su nueva intenci�n, y aprobaron por discreta su locura, ofreci�ndosele por compa�eros en su ejercicio.
— Y m�s —dijo Sans�n Carrasco—, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy celeb�rrimo poeta y a cada paso compondr� versos pastoriles, o cortesanos, o como m�s me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos andurriales donde habemos de andar; y lo que m�s es menester, se�ores m�os, es que cada uno escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus versos, y que no dejemos �rbol, por duro que sea, donde no la retule y grabe su nombre, como es uso y costumbre de los enamorados pastores.
— Eso est� de molde —respondi� don Quijote—, puesto que yo estoy libre de buscar nombre de pastora fingida, pues est� ah� la sin par Dulcinea del Toboso, gloria de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede asentar bien toda alabanza, por hip�rbole que sea.
— As� es verdad —dijo el cura—, pero nosotros buscaremos por ah� pastoras ma�eruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.
A lo que a�adi� Sans�n Carrasco:
— Y cuando faltaren, dar�mosles los nombres de las estampadas e impresas, de quien est� lleno el mundo: F�lidas, Amarilis, Dianas, Fl�ridas, Galateas y Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos comprar nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora, por ventura se llamare Ana, la celebrar� debajo del nombre de Anarda; y si Francisca, la llamar� yo Francenia; y si Luc�a, Lucinda, que todo se sale all�; y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadr�a, podr� celebrar a su mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.
Ri�se don Quijote de la aplicaci�n del nombre, y el cura le alab� infinito su honesta y honrada resoluci�n, y se ofreci� de nuevo a hacerle compa��a todo el tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con esto, se despidieron d�l, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su salud, con regalarse lo que fuese bueno.
Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la pl�tica de los tres; y, as� como se fueron, se entraron entrambas con don Quijote, y la sobrina le dijo:
— �Qu� es esto, se�or t�o? �Ahora que pens�bamos nosotras que vuestra merced volv�a a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada, se quiere meter en nuevos laberintos, haci�ndose
Pastorcillo, t� que vienes,
pastorcico, t� que vas?
Pues en verdad que est� ya duro el alcacel para zampo�as.
A lo que a�adi� el ama:
Y �podr� vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que �ste es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que pastor. Mire, se�or, tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta a�os que tengo de edad: est�se en su casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre mi �nima si mal le fuere.
— Callad, hijas —les respondi� don Quijote—, que yo s� bien lo que me cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejar� siempre de acudir a lo que hubi�redes menester, como lo ver�is por la obra.
Y las buenas hijas —que lo eran sin duda ama y sobrina— le llevaron a la cama, donde le dieron de comer y regalaron lo posible.
Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinaci�n de sus principios hasta llegar a su �ltimo fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, lleg� su fin y acabamiento cuando �l menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancol�a que le causaba el verse vencido, o ya por la disposici�n del cielo, que as� lo ordenaba, se le arraig� una calentura que le tuvo seis d�as en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quit�rsele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero.
�stos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea le ten�a de aquella suerte, por todas las v�as posibles procuraban alegrarle, dici�ndole el bachiller que se animase y levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual ten�a ya compuesta una �cloga, que mal a�o para cuantas Sanazaro hab�a compuesto, y que ya ten�a comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno llamado Barcino, y el otro Butr�n, que se los hab�a vendido un ganadero del Quintanar. Pero no por esto dejaba don Quijote sus tristezas.
Llamaron sus amigos al m�dico, tom�le el pulso, y no le content� mucho, y dijo que, por s� o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corr�a peligro. Oy�lo don Quijote con �nimo sosegado, pero no lo oyeron as� su ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del m�dico que melancol�as y desabrimientos le acababan. Rog� don Quijote que le dejasen solo, porque quer�a dormir un poco. Hici�ronlo as� y durmi� de un tir�n, como dicen, m�s de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se hab�a de quedar en el sue�o. Despert� al cabo del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo:
— �Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen l�mite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres.
Estuvo atenta la sobrina a las razones del t�o, y pareci�ronle m�s concertadas que �l sol�a decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y pregunt�le:
— �Qu� es lo que vuestra merced dice, se�or? �Tenemos algo de nuevo? �Qu� misericordias son �stas, o qu� pecados de los hombres?
— Las misericordias —respondi� don Quijote—, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre �l me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballer�as. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desenga�o ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querr�a hacerla de tal modo, que diese a entender que no hab�a sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no querr�a confirmar esta verdad en mi muerte. Ll�mame, amiga, a mis buenos amigos: el cura, al bachiller Sans�n Carrasco y a maese Nicol�s, el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escus� la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
— Dadme albricias, buenos se�ores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy enemigo de Amad�s de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballer�a, ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas le�do, ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.
Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva locura le hab�a tomado. Y Sans�n le dijo:
— �Ahora, se�or don Quijote, que tenemos nueva que est� desencantada la se�ora Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y �agora que estamos tan a pique de ser pastores, para pasar cantando la vida, como unos pr�ncipes, quiere vuesa merced hacerse ermita�o? Calle, por su vida, vuelva en s�, y d�jese de cuentos.
— Los de hasta aqu� —replic� don Quijote—, que han sido verdaderos en mi da�o, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, se�ores, siento que me voy muriendo a toda priesa; d�jense burlas aparte, y tra�ganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales trances como �ste no se ha de burlar el hombre con el alma; y as�, suplico que, en tanto que el se�or cura me confiesa, vayan por el escribano.
Mir�ronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las se�ales por donde conjeturaron se mor�a fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas razones a�adi� otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y qued�se solo con �l, y confes�le.
El bachiller fue por el escribano, y de all� a poco volvi� con �l y con Sancho Panza; el cual Sancho, que ya sab�a por nuevas del bachiller en qu� estado estaba su se�or, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenz� a hacer pucheros y a derramar l�grimas. Acab�se la confesi�n, y sali� el cura, diciendo:
— Verdaderamente se muere, y verdaderamente est� cuerdo Alonso Quijano el Bueno; bien podemos entrar para que haga su testamento.
Estas nuevas dieron un terrible empuj�n a los ojos pre�ados de ama, sobrina y de Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las l�grimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condici�n y de agradable trato, y por esto no s�lo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conoc�an.
Entr� el escribano con los dem�s, y, despu�s de haber hecho la cabeza del testamento y ordenado su alma don Quijote, con todas aquellas circunstancias cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:
— �tem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre �l y m� ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, despu�s de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que ser� bien poco, y buen provecho le haga; y, si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la �nsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condici�n y fidelidad de su trato lo merece.
Y, volvi�ndose a Sancho, le dijo:
— Perd�name, amigo, de la ocasi�n que te he dado de parecer loco como yo, haci�ndote caer en el error en que yo he ca�do, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
— �Ay! —respondi� Sancho, llorando—: no se muera vuestra merced, se�or m�o, sino tome mi consejo y viva muchos a�os, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin m�s ni m�s, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancol�a. Mire no sea perezoso, sino lev�ntese desa cama, y v�monos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quiz� tras de alguna mata hallaremos a la se�ora do�a Dulcinea desencantada, que no haya m�s que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, �cheme a m� la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron; cuanto m�s, que vuestra merced habr� visto en sus libros de caballer�as ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y el que es vencido hoy ser vencedor ma�ana.
— As� es —dijo Sans�n—, y el buen Sancho Panza est� muy en la verdad destos casos.
— Se�ores —dijo don Quijote—, v�monos poco a poco, pues ya en los nidos de anta�o no hay p�jaros hoga�o: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimaci�n que de m� se ten�a, y prosiga adelante el se�or escribano.
��tem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina, que est� presente, habiendo sacado primero de lo m�s bien parado della lo que fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfaci�n que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha servido, y m�s veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al se�or cura y al se�or bachiller Sans�n Carrasco, que est�n presentes.
��tem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho informaci�n que no sabe qu� cosas sean libros de caballer�as; y, en caso que se averiguare que lo sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con �l, y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras p�as a su voluntad.
��tem, suplico a los dichos se�ores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ah� con el t�tulo de Segunda parte de las haza�as de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasi�n que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escr�pulo de haberle dado motivo para escribirlos.
Cerr� con esto el testamento, y, tom�ndole un desmayo, se tendi� de largo a largo en la cama. Alborot�ronse todos y acudieron a su remedio, y en tres d�as que vivi� despu�s deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada; pero, con todo, com�a la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es raz�n que deje el muerto.
En fin, lleg� el �ltimo de don Quijote, despu�s de recebidos todos los sacramentos, y despu�s de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballer�as. Hall�se el escribano presente, y dijo que nunca hab�a le�do en ning�n libro de caballer�as que alg�n caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y l�grimas de los que all� se hallaron, dio su esp�ritu: quiero decir que se muri�.
Viendo lo cual el cura, pidi� al escribano le diese por testimonio como Alonso Quijano el Bueno, llamado com�nmente don Quijote de la Mancha, hab�a pasado desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio ped�a para quitar la ocasi�n de alg�n otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente, y hiciese inacabables historias de sus haza�as.
Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre s� por ahij�rsele y ten�rsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero.
D�janse de poner aqu� los llantos de Sancho, sobrina y ama de don Quijote, los nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sans�n Carrasco le puso �ste:
Yace aqu� el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo lleg�
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunf�
de su vida con su muerte.
Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acredit� su ventura
morir cuerdo y vivir loco.
Y el prudent�simo Cide Hamete dijo a su pluma:
— Aqu� quedar�s, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni s� si bien cortada o mal tajada p��ola m�a, adonde vivir�s luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:
''�Tate, tate, folloncicos!
De ninguno sea tocada;
porque esta impresa, buen rey,
para m� estaba guardada.
Para m� sola naci� don Quijote, y yo para �l; �l supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevi�, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deli�ada las haza�as de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertir�s, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haci�ndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que �l hizo, tan a gusto y benepl�cito de las gentes a cuya noticia llegaron, as� en �stos como en los estra�os reinos''. Y con esto cumplir�s con tu cristiana profesi�n, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedar� satisfecho y ufano de haber sido el primero que goz� el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballer�as, que, por las de mi verdadero don Quijote, van ya tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.
Fin
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